Capítulo X:

El Gato


¿A dónde se fue el escándalo de los seis hermanos? Se preguntó la casa, cuando al fin pudo conocer el silencio.

Nada de gritos, ninguna risa. Sólo el ruido de los pasos pasos al subir y bajar por las escaleras, puertas que se abren; puertas que se cierran, y la brisa chocando contra la ventana. Es una casa vacía con cinco almas dentro que se han olvidado de como ser una familia. Los padres no platican con los hijos. Los hijos no hablan entre ellos. Todos se observan, como si el germen de la culpa floreciera dentro de sus cuerpos. Los maullidos se extinguieron junto con las canciones de la terraza; ni mucho menos hay un libro a medio terminar sobre la mesa. Tres partes de aquel hogar se esfumaron como el humo de un cigarrillo.

—Ya pasó una semana...— Todomatsu estaba en el sillón, con la vista puesta en las afueras. Jugaba con el anillo que le regaló Ichimatsu, girándolo entre sus dedos, pasándolo de mano en mano, y rodándolo sobre el marco de la ventana. Algo que se encontraba debajo de la cajonera, llamó su atención. Se escabulló a recoger el objeto, al meter la mano se encontró con unas viejas gafas de Karamatsu. El miedo se le hizo presente, Osomatsu no estaba con el mejor de los ánimos: se iritaba por cualquier cosa, y su enojo le hacía azotar los muebles y llenar de insultos tanto a él como a Jyushimatsu.

Le dolió tener esos dos objetos que le pertenecieron a sus hermanos que ya no vivían en la casa. Todomatsu asentó las gafas, estaban sucias y con una patita rota, de igual manera que Karamatsu. Al lado de los lentes colocó el anillo decorado con un gato negro. Totty analizó ambas cosas, y las fue uniendo como si formaran parte de un mismo rompecabezas. No encontró forma de juntarlas, las curvas del anillo alejaban a los lentes, "por la fuerza nada funciona" pensó. Hasta que se le ocurrió encajar la argolla en la pata descompuesta. —¿El anillo te lo dio él, verdad?— Todomatsu le habló al recuerdo de Ichimatsu, como sí estuviera en el cuarto jugando con su gato.

—Totty...— Jyushimatsu se sentó a un lado de su hermano. Tenía una caja de zapatos donde reposaba el gato naranja de Ichimatsu. —No quiere comer...— el gato respiraba lento y sus costillas se hundían por cada latido de su corazón. Un maullido apenas se escuchaba cuando aspiraba aire y sus ojos se mantenían cerrados, con unas cuantas lágrimas acumuladas.

—Tenemos que buscar a Ichimatsu nii-san...— dijo Todomatsu y puso las cosas dentro de la caja. El gato era el único que comprendía el dolor de toda la familia sin juzgar a nadie. Él sólo amaba.

El gato reconoció el aroma de su dueño al olfatear el anillo. Le maulló a Ichimatsu como si le diera la bienvenida a casa. De la emoción brincó de su resguardo y por la falta de fuerza, su cuerpo se estampó en el piso y no se pudo mover. Sin embargo, sus ojos miraban la puerta de la habitación, era como si supiera que en cualquier momento fuera entrar su mejor amigo y lo acurrucaría entre sus brazos. El gato le ronroneó al recuerdo y sus patitas masajearon el piso; era feliz, para él, Ichimatsu estaba cerca. El felino logró pararse cuando una silueta se formó en los paneles de papel. Su maullido se hizo agudo y sus orejas se pusieron rectas al reconocer el sonido de las pisadas de su dueño al arrastrarse por el piso, ese andar lento, cansado, con leves pausas. Sin embargo, no era él, era uno que se le parecía pero con un olor distinto como personalidad.

Osomatsu vio como el gato se dejó caer y no hizo nada. No le importaba nadie dentro de esa habitación, estaba encerrado en su terquedad y seguía indignado con Choromatsu.

Totty acercó la caja de zapatos y con cuidado, metió al animal dentro. El gato se aferró al anillo y se durmió sin soltarlo. Él sólo amaba...


Ichimatsu no sabía cuantos días transcurrieron desde que lo sacaron de casa. Los moretones de su rostro comenzaban a desaparecer, excepto por la inflamación de su ojo, que no cedía, pero al menos ya no era un cúmulo de sangre. Vivía con una pareja, un chico de lentes y su novia. No hablaba con ellos, y no contaba con el valor para dedicarles un hola o de agradecer por sus cuidados. Los chicos no lo presionaban a que se marchase y todos los días le regalaban una sonrisa, tenían fe de que su invitado les contase lo ocurrido o les dijera algo.

Ichimatsu tenía en cuenta que debía marcharse y buscar un lugar a donde pertenecer, ¿dónde era eso? Nunca se sintió como parte de un todo. Su escasa autoestima lo encerraba a rememorar sus palabras con que culpó a Karamatsu, cómo si su hermano fuera el único que se dedicó a querer a la persona incorrecta. Ni siquiera usaba su típica sudadera morada y sus pants angostos; su padre los rasgó por los golpes, dejando en hileras parte de su ropa. Ahora vestía con las prendas sobrantes del chico de lentes: una playera blanca que le quedaba bastante ancha e igual que los vaqueros de mezclilla. Andaba descalzo y arrastraba la tela como si fuera su alma. No tenía ganas de nada y eso entristecía a los chicos que le dieron asilo, dentro de un departamento donde apenas cabían los tres.

"Una vez habló con nosotros" dijo el chico de lentes a su novia "fue en Navidad y se veía feliz..."

Una tarde, Ichimatsu se acercó a la pareja y se sentó a la mesa. Era la primera vez que se atrevía a convivir sin que ellos lo llamasen. —Me tengo que ir...— dijo con la mirada puesta en sus rodillas.

—¿Tienes a donde?— la chica preguntó tomando de la mano a su novio.

Ichimatsu negó.

—¿Estudias?— preguntó el muchacho con lentes.

Ichimatsu volvió a negar.

—¿Trabajas?

La respuesta fue otra negativa. Ichimatsu se tensó sobre la silla, encogiéndose: no tenía nada, era menos que basura.

—Bueno, con algo se empieza, ¿no crees?— la chica le sonrió y el chico de lentes le puso una mano en el hombro.

Ichimatsu tembló ante el tacto, era un gato huraño que quería ronronear y a la vez salir corriendo ante las muestras de afecto. Se sintió peor cuando no supo que decir o hacer. No tenía más amigos que no fueran sus hermanos y gatos; ahora ni a ellos. La garganta se le hizo un nudo que no le permitió respirar, una tos se le presentó que se llevó las manos a la cara para ocultar sus gestos; extrañó su cubrebocas, le ayudaba a escudar sus emociones. Ichimatsu se descompuso en llanto: se abría al dolor, dejaba que sus sentimientos le limpiasen el alma.

La pareja se asustó por el estado de su invitado. El chico de lentes estuvo a punto de abrazarlo, cuando su novia lo detuvo sin que Ichimatsu se diera cuenta. No sería correcto invadir el espacio de un chico que apenas se abre a la realidad de las cosas. Lo vieron llorar y no lo interrumpieron. En ningún momento se metieron con su vida, tampoco se burlaron de sus lágrimas. Lo dejaron desahogarse, permitieron que llorase hasta que sólo le quedaron suspiros cansados.

—¿Qué harás primero?— el chico de lentes le habló cuando lo notó más tranquilo.

—Trabajar...— Ichimatsu respondió y sus manos arrugaron la mezclilla del pantalón.

Si nunca hacía algo por él, debería empezar haciendo cosas por los demás. Así que le decisión ya estaba tomada. Buscaría un trabajo, pagaría lo que estos chicos le dieron de comer, buscaría donde vivir, iría por sus gatos e iniciaría una nueva vida lejos de Karamatsu, lejos de todos, les daría el mejor regalo a su familia que pensaba como idóneo: desaparecer. Era fácil en pensamiento, pero todo esto le atemorizaba, de nuevo, caía en la sensación de inutilidad y el abandonado le nubló la mente.

—¿Y de qué quieres trabajar?— preguntó la chica al servirle una taza de té a él y su novio.

—No lo presiones, algo se le ocurrirá. Estoy seguro de que es bueno para muchas cosas— dijo el chico de lentes.

"¿Qué cosas, dime?" Ichimatsu pensó pero no se atrevió a expulsar sus dudas. Era un bueno para nada, en la escuela y en ninguna parte aprendió a sobresalir, era el último para todo; sus hermanos se llevaban los méritos: Osomatsu, era bueno para ser el centro de atención y siempre le perdonaban que metiera la pata; Choromatsu resolvía los problemas y sus decisiones nunca le traían consecuencias a nadie; Jyushimatsu era un deportista nato que sabía como querer a todos sus hermanos; Todomatsu era el más independiente, buscaba cumplir sus objetivos y Karamatsu... él entregaba todo por su familia.

—Puedes llenar unas cuantas solicitudes y salimos a ver que encontramos— la chica volvió a hablar y le dejó unas solicitudes a Ichimatsu junto con un bolígrafo. Sin decir nada, empezó a rellenar las hojas con sus datos y cuando llegó a la parte de donde vivía, no supo que escribir.

—Escribe que vives con nosotros, la dirección es...— el chico de lentes le sonrió. Sin darse cuenta, Ichimatsu conseguía a sus primeros amigos.


Jyushimatsu y Totty buscaban por el centro de la ciudad a Ichimatsu. Se metían a los callejones y seguían a los gatos callejeros que se encontraban, por si alguno los llevaba con su hermano.

—¡Ichimatsu nii-san!— Jyushimatsu gritaba en las callejuelas y sostenía la caja de zapatos que albergaba al gato. Los felinos que vagabundeaban entre los tambos de basura corrían por el susto que les pegaba el chico por sus gritos.

Todomatsu hacía un seguimiento de los lugares por los que pasaban, mediante el google maps de su celular, para no andar en círculos y parecer estúpidos. Ya con los últimos actos de la semana bastaba.

—¡No está Ichimatsu nii-san, no está!— Jyushi no perdía los ánimos y corría por diferentes partes buscando a su hermano. Aquella energía era positiva para Totty, no le permitía que se entristeciera y le motivaba a que su indiferencia con sus hermanos no se presentara. Seguía adelante en encontrarse con Ichimatsu; sólo él lograría que el gato volviera a comer.

—En esa tienda de comestibles están solicitando, recuerda que tienes que sonreír o no te van a contratar— El chico de lentes le decía a Ichimatsu mientras este se detenía a ver el letrero del lugar señalado. Sabía sonreír, pero ahora no recordaba como hacerlo.

—Sí...— Ichimatsu respondió y releyó su hoja de empleo.

Jyushimatsu fue el primero en percatarse de la presencia de Ichimatsu fuera del callejón y alzó la caja donde estaba el gato por encima de su cabeza y llamó a su hermano todo emocionado: —¡Ichimatsu nii-san! ¡Ichimatsu nii-san! ¡Totty, es Ichimatsu nii-san!— continuó gritando.

Todomatsu se volteó y se llevó las manos a la boca por la emoción —¡Nii-san!— salió corriendo y se le abalanzó apretujándolo —¡ne, ne! ¡Te estabamos buscando!

—¡Gemelos!— la pareja dijo asombrada.

En eso Jyushimatsu se asomó y se unió al abrazo grupal.

—¡No, son tres!— la chica parpadeaba e intercambiaba miradas de sorpresa con su novio.

—S-somos seis...— Ichimatsu habló con dificultad, ya que Todomatsu le robaba el aire y Jyushimatsu le reventaba las costillas por su fuerza.

—¡SEIS!— la parejo alzó la voz ¡Era increíble que alguien tuviera seis hijos de golpe!

—Jyushi... el... gato...— Todomatsu tuvo que interrumpir el reencuentro por el bien del gato que yacía en la casa.

A Ichimatsu se le encogió el corazón por el tono de Todomatsu, que se apuró a mirar dentro de la caja. El chico de lentes y su novia observaron el cambio de su invitado cuando miró dentro: a Ichimatsu se le dilató la pupila del ojo bueno y el color de sus labios se comparó con el papel. Dentro de la caja se escuchó un maullido.

—No... Tú, no...— Ichimatsu dijo al ocultar al felino entre sus brazos. Poco le importó el anillo y las gafas, todo lo que deseó es que su mejor amigo no estuviera enfermo, que fuera una pesadilla y que estuviera pronto a despertar a media madrugada para salir a alimentar a sus gatos. Karamatsu estaría tocando su guitarra. Mamá y papá dormirían en paz sin ninguna preocupación. Sus hermanos ocuparían su espacio en el futón. Nadie pediría amor como si fuera uno de sus gatos. Todos serían hermanos y nada más...

El felino abrió los ojos cuando escuchó la voz de su amo. Le dedicó un suave maullido y su ronroneo no se hizo esperar. Ichimatsu le sonrió a su amigo y le apretó la nariz, jugando con él, como si nada hubiera pasado. Tomó las gafas de Karamatsu y le picó la barriga a su pequeño amigo. El gato hizo un esfuerzo por darle una zarpada, pero su patita se desvaneció y volvió a cerrar los ojos. Se acomodaba para dormir, pero a Ichimatsu se le escapaban las lágrimas, y sin embargo, mantenía el gesto como si recordase la felicidad.

"Por qué mi mundo era esa curva en su labios que nadie veía porque sólo yo le prestaba atención"

Jyushimatsu, Totty y la pareja le dieron espacio a Ichimatsu. Tenían mucho que preguntarse entre ellos, pero no se atrevieron por la escena que veían. Ichimatsu volvió a meter al gato en la caja y depositó las gafas, llevándose todo con él. Los cuatro restantes lo siguieron en silencio, fijándose en sus pasos y como su espalda se hundía de nuevo en la tristeza.

—Es su mejor amigo...— Dijo Todomatsu al mirar a la pareja.

Jyushimatsu avanzaba con las mangas cubriéndole los ojos. Por ratos se tropezaba por no fijarse en su camino, pero era su modo de ofrecer respetos al sufrimiento ajeno.

Los cinco llegaron a un puente e Ichimatsu fue el único que descendió a la orilla del río. Dejó la caja reposar en el cesped y la patita del gato se asomó, sacaba las garras, pedía jugar con su dueño. Ichimatsu le golpeó la pata con cuidado, por unos minutos parecieron los mismos de antes: el chico solitario que se la pasaba horas en su rincón con su gato durmiendo entre las piernas.

La tarde se fue desvaneciendo, cediéndole el paso a la noche naranja y azul, con unas cuantas estrellas que apenas brillaban. En las cercanías del río se encendieron unas cuantas farolas, pero apenas alumbraron al chico y su mascota. No era necesaria la luz cuando ellos se conocían muy bien.

Todomatsu se hacía al desentendido al verificar los mensajes de su celular. Jyushimatsu se sentó entre las divisiones del puente, tenía los pies por fuera y los movía. La pareja se abrazaba y veía para otra parte. Seguían en silencio, siendo testigos de otro tipo de cariño...

—¿Oe? ¡¿OE?! ¡Espera!— se escuchó como Ichimatsu elevaba la voz. —¡Qué esperes!— el tono se hizo más agudo, lloraba, pero los presentes no se atrevían a mirar: observaban sus zapatos y las farolas, no estaban invitados a ser parte de ese dolor.

—No... No... No...— Ichimatsu metió las manos en la tierra, y empezó a cavar, lastimándose las uñas por las piedras que aparecían de repente —Es mi culpa...— la voz se le descomponía y sus berridos llenaron la parte baja del puente.

—Voy a estudiar una universidad nocturna— Choromatsu dijo muy animado.

—¡Yo seré un dandy, brotha!— contestó Karamatsu al llevarse una mano al mentón.

Ambos hermanos tenían la compra y se detuvieron en seco cuando se toparon con Totty y Jyushimatsu a mitad del puente.

—Brothas...— dijo Karamatsu al entregarle su parte de la despensa a Choromatsu y se acercó a sus hermanos.

Jyushimatsu mordía los barandales de metal del puente y Todomatsu le señaló a Ichimatsu que hacía un hueco en la tierra con sus propias manos.

Karamatsu no pidió una explicación, bajó corriendo por la inclinación del pasto. Sus pies se hundían en el lodo y eso le dificultaba que avanzase. Al final optó por dar un brincó y correr más a prisa, poniéndose de rodillas frente a Ichimatsu y quedar a su altura.

—Oi, Ichimatsu ¡Ichimatsu!— gritó Karamatsu y le sostuvo el rostro. Apenas vio sus heridas, sus mejillas rojas por el llanto y las lágrimas empápandole el rostro, que le limpiaba con los pulgares, pero volvían a fluir con tanta velocidad que resultó una tarea inútil.

—T-Todo es mi culpa... Tú... él... Todo...— Ichimatsu continuó sacando tierra, sus uñas le sangraban por el impacto al chocar contra el suelo.

—Non, brotha...— Karamatsu le sostuvo las manos por la muñecas y pegó a Ichimatsu sobre su hombro. Lo escuchó ahogarse con su saliva, escuchó como le crujía el corazón. Fue una estocada a su amor encontrarse con él en pleno sufrimiento.

—Está muerto, Cacamatsu... Él... Mi amigo... Está en la caja de zapatos...— Ichimatsu depositó todas sus lágrimas en el hombro de su hermano y lo abrazó por la espalda, clavándole las uñas, escálandolo, como si eso fuera a apaciguar su dolor. Karamatsu le correspondió el abrazo, y metió sus manos entre sus cabellos, alisándolos con los dedos; despeinando todavía más a su hermano.

—¿Ya te despediste, brotha?— Karamatsu estuvo a punto de besarlo. Se contuvo al apretarlo entre sus brazos.

Ichimatsu negó.

—Hazlo...— respondió Karamatsu y se apartó de él.

Ichimatsu se acercó a la caja, sacó el anillo y los lentes, guardándolos en los bolsillos del pantalón. Cerró la caja y la metió en el hoyo sin forma que cavó a base de sus emociones. Karamatsu empezó a echar tierra cuando Ichi le dio inicio a la sepultura. En silencio cubrieron el hueco, hasta que no se pudo hacer más.

—Karamatsu... dame un abrazo...— Ichimatsu dijo tan bajo que sólo su hermano lo pudo oír.

Karamatsu asintió y lo abrazó, cubriéndolo con todo su cuerpo. Sus latidos tenían diferente compás, nunca embonarían en ningún ámbito de la vida. Las farolas no ayudaron en nada... La luz apenas llegaba a los hermanos. Eran dos sombras en la oscuridad: estáticas y juntas, que ninguna persona en el puente podía saber que es lo que hacían...

—Miau... — maulló Ichimatsu y le besó el cuello.

—Miau... — respondió Karamatsu besándole una mejilla.

Los chicos pegaron sus frentes, y aprovecharon la noche, para besarse... Cómo si siempre hubiera sido así... Sin remordimientos.