X. – The Angel´s Revenge.

bueno, aqui mi disculpa, jejeje. disfruten. y espero jamas se vuelva a repetir este problema... :)

Dean negó.

—Por favor, Cassie, no vayas—suplicó Dean—Hazme caso. Por favor, obedéceme. Juro que será la única vez que te presione a hacer algo, pero hazlo esta vez. Si vas a pelear contra Gabriel, te matará. Tiene secuaces, Castiel. Sólo quiere matarte—

Castiel le miraba dudando.

—Cass, quédate con migo. Por favor, no me dejes solo ahora—

Sam pareció moverse en el sofá. Un escalofrío pareció estremecer su cuerpo, e instintivamente cubrió su cuerpo con la gabardina del ángel; se volteó y siguió durmiendo.

—Prométeme que no saldrás a buscarlo—susurró Dean.

Castiel volvió a dudar; pero ésta vez asintió y besó a Dean en la frente.

—Y por favor, Deannie… no vuelvas a preocuparme de esa forma—susurró.

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A Dean le dieron de alta dos semanas después. Sam pudo quedarse la mayoría de las noches, pero las otras, Castiel se quedaba vigilándole. Como el ángel no podía curar huesos rotos, Dean tendría que sanar "naturalmente" sus huesos rotos. Así que salió del hospital afirmándose de Castiel y cargando su brazo en una muleta y con Sam vigilándole. Lograron sentarle en el asiento de copiloto del Dodge y Castiel se tendió, ocupando todo el asiento trasero, suspirando.

—Dime que el Impala está en casa—

—Sí, lo llevé hace dos semanas, Dean. Está sano y salvo en casa—

Mientras esperaba a que el semáforo cambiara de color, Sam se acercó a Dean y le besó tiernamente en el rostro.

—Pedí una semana en el trabajo, así que estaré con tigo—

Dean se sonrió y volvió a voltear la cabeza, mirando hacia el frente. Se fijó en el espejo retrovisor de su asiento y vio a Castiel sentado en los asientos de atrás, de brazos cruzados y de ojos cerrados, respirando bastante tranquilo. Sólo en aquel momento se dio cuenta de lo que sucedía. Castiel descansaba en los asientos traseros, Sam conducía el auto. Ambos estaban juntos y lo habían estado dos semanas y parecían llevarse bastante bien. Tal vez, lo que decía Sam acerca de convertir su relación en una relación de tres personas podría ser verdad.

Decidió hablarlo con él aquella noche.

"Aquella noche". Se detuvo a pensar ¿Cómo estarían aquella noche? Deseaba dormir con ambos, pero de seguro ambos se negarían.

Se ahorró la pregunta; al llegar, se fue de inmediato a la cama, se durmió casi de inmediato con Kansas sonando en sus oídos. Cuando despertó, no tenía los audífonos cerca y dormía de lado. Sam dormía tras él, abrazándole por la cintura. Y Castiel dormía frente a él, bastante acurrucado, tomando una parte de su cintura. No sabía si se habían puesto de acuerdo, no sabía si Castiel habría llegado de pronto o Sam, tal vez. Pero se sentía bien. Bastante. Suspiró y se acurrucó más a Castiel, y sintió que su hermano se movía y se abrazaba más a él.

Su relación podría ser así. Era perfecta. Se quedó unos segundos mirando a Cassie y acariciando la mano de Sam, que seguía durmiendo y parecía no sentirle. Sobre la mesita de noche, aparte de la lámpara, estaba su celular con los audífonos y varias cajas de pastillas. No recordaba haber tomado pastillas.

Volvió a dormirse. Cuando despertó, sólo Sam le abrazaba. Frente a él, estaba el espacio que Castiel había ocupado aquella noche, pero ya no estaba. Eran pasadas las nueve de la mañana. Decidió incorporarse un poco y terminó despertando a Sam, quien se incorporó y se puso de pie, moviéndose al baño a ducharse.

—Sammy… ¿Cuándo viniste a la cama… estaba sólo yo, cierto? —

—No. Castiel estaba durmiendo también. Se veía cansado. Se sintió bien, ¿verdad? —le decía Sam, desde la ducha.

Se sintió ruborizar. No quería aceptarlo, pero sí. Dormir con ambos se había sentido tan bien. Todo su sufrimiento había desaparecido. Se sentía pleno, se sentía feliz.

—Te propuse la idea de vivir juntos, Dean. Y de traer a Cassie a la relación, pero no querías aceptarlo—murmuró el menor, ya vistiéndose, después de un buen rato de silencio entre ambos.

— ¿Ya es tarde? —

Sam se sonrió, se acercó a Dean y le besó en la frente.

—Nunca es tarde. Estoy dispuesto a que traigas a Castiel a la relación. Me sentiría más tranquilo. Así no tendría que "aceptar todas las invitaciones de mis colegas" —rió Sam.

El mayor se sonrojó.

— ¡Noooo! ¿Sabías? —

—Siempre lo supe—

— ¿Cómo? —

—Jamás los vi—murmuró Sam—Pero lo presentía. Anda. Ofrécele la idea. Dile que yo estoy dispuesto a que estemos juntos. Sería mejor así, ¿no crees? Podríamos dormir juntitos. Te gustó como dormimos anoche, ¿verdad? —

Dean se sonrió.

—Cuando lo vea le propondré aquello

—Ah, cierto—murmuró el menor—Como a las siete de la mañana, vino Gabriel y se llevó a Cassie—

— ¿Qué le dijo? —

—Algo de Raphael—

Dean quiso levantarse; se había movido, pero de inmediato le había paralizado un violento dolor que le impidió moverse y le dejó gimiendo. Furioso por no poder hacer nada, tomó la almohada frente a él y la arrojó al suelo, cubriéndose el rostro con ambas manos, sintiéndose frustrado.

—Fue a pelear con él—se quejó—Va a matarlo—

— ¿Cómo sabes que Castiel va a pelear solo? No creo que Gabriel lo deje ir sin nadie, de seguro tiene a varios ángeles que le apoyen en esta guerra—le calmó Sam.

—Claro, Castiel tiene ángeles que lo apoyan, pero ¿no te has dado cuenta que Raphael también? Cada ángel con cada ángel, me prometió que no iría a enfrentarlo—

Sam suspiró y se sentó a su lado, con una toalla sobre la cabeza.

—Dean, quiero que te calmes. Estoy seguro de que Castiel estará bien. Ambos sabemos que es fuerte. Aparte… ponte a pensar, debe tener algo para atacar a Raphael, ¿no? Ambos tienen seguidores que vayan a luchar una batalla por ellos, no tienes que preocuparte por Castiel—

Dean suspiró, aún con un rostro entristecido y se dejó caer sobre el regazo de Sam, como pidiendo que le confortaran por un tiempo.

A los pocos minutos, Sam decidió incorporarse y abrazó a Dean, como obligándole nuevamente a recostarse sobre la cama y dejar que le cubrieran con las frazadas y el plumón azul a rallas.

—Hey… ya que estoy aquí con licencia sólo para cuidarte y mimarte… ¿Qué te gustaría comer? —

—Cualquier cosa—suspiró Dean, volteándose en la cama, dándole la espalda a Sam y ocultando su rostro con las frazadas.

—Anda, Deannie…—se acercó a él y le abrazó por la espalda—Sé que quieres algo rico, sólo pídelo—

El mayor volvió a suspirar y sólo se abrazó a Sam, escondiendo la cabeza entre su pecho y sus brazos.

—Sólo quiero que hoy te quedes con migo y no me dejes—

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Sam había conseguido al rato que Dean se calmara y había bajado hacia la cocina para prepararle algo que pudiera comer. Estaba tendido en cama, pero más relajado. Sam tenía que tener en cuenta, también, que no estando Castiel disponible, Dean tendría que estar en su habitación, sin poder moverse mucho. Una pierna rota le impedía bajar las escaleras con normalidad y, en sí, seguridad, y un brazo roto también le impedían afirmarse de algo. El único lugar al que podría moverse sería a la otra habitación o a la terraza, y ni siquiera podría ir con normalidad al baño, así que le oía quejarse de su desdicha desde la cama.

Revolvía con más tranquilidad una sopa de la cual, de vez en cuando, salían a flote unos cuántos huevos, cuando escuchó desde arriba el quejido de Dean, maldiciendo su estado de inválido total que le mantenían en la cama. Sam sólo se sonrió, tapó la olla y subió por las escaleras, trotando.

— ¿Qué es lo que molesta tanto de estar en este estado? Piénsalo, todos te miman, no haces nada… ¿qué tiene de malo? Es flojear todo el día—

Dean le miraba seriamente.

— ¿Y dices que debo aprovechar un estado de flojera total? —reclamó.

—Pues… no necesariamente. Pero…—Sam de verdad no sabía qué decir para que Dean se sintiera mejor— ¿Qué te tiene así? —

—El saber que no puedo hacer nada ni en la casa, ni para ayudar a Castiel—

—Aunque todos tus huesos estuvieran sanos no habría nada que pudieras hacer por él. Ni siquiera sabemos dónde está. Pero quédate tranquilo, Gabriel está con él, tiene una legión de ángeles que le siguen… sólo necesito que te quedes tranquilo—

Dean suspiró y dejó caer su cabeza cansada sobre la almohada.

—En serio, Sam, no soporto esto—resopló.

Sam no sabía qué hacer; su corazón se quebraba cada vez que Dean sufría o se veía confundido o torturado por algo, pero no sabía qué hacer.

—Dean, dime que te vas a calmar—

Volteó la cabeza y miró los tiernos ojitos suplicantes de su Sammy. Sonrió.

—Trataré—

No pasó mucho para que Dean volviera a molestar —indirectamente— a Sam con sus constantes quejas sobre el estado de sus huesos. Sam estaba en el primer piso, un poco más relajado, pero sintió algo golpeando contra el techo, o mejor dicho, el suelo del segundo piso. Se volteó y subió corriendo, sólo para encontrar a Dean intentando ponerse de pie, afirmándose con un brazo bueno de la cama.

—Por el amor de Dios, ¿cómo se te ocurre, Dean?—se quejó—Pudiste dañarte—Ayudó a ponerle de pie y le recostó en su cama, cubriéndole nuevamente con las frazadas y la colcha.

—Dean, cielos… ¿jamás vas a parar, verdad? — — ¿Qué quieres que haga? ¿Qué invoque a Cass o a Gabriel y le pregunten si están bien? —

—No estoy de humor para un discurso, Sam, en serio—

—No es mi intención sermonearte, Dean, pero debes entender, no puedes hacer nada por Castiel más que dejarlo batallar solo, él iba a llegar a vivir este momento pasara lo que pasara—

Dean bajó la mirada; quería hacer algo, lo necesitaba, el propio estado en el que estaba le estresaba a niveles insospechados, y ni siquiera podía hacer algo en casa, pero Sam tenía razón. Castiel tendría que llegar al campo de batalla a enfrentarse a Raphael, se hubiera enamorado de él o no.

Y tal vez era hora de que le dejara batallar tranquilo.

— ¿Si llamaras a Gabriel…?—

—Podríamos molestarlo ¿Qué pasaría si tuviera que hacer algo importante y nosotros lo hacemos venir aquí? —

—Sé lo que quieres decir… y sé que estás en la razón total, pero debes comprender que me siento nervioso, me siento inútil—

—Vas a estar así por un tiempo, acostúmbrate—le recordó Sam.

—No vas por ben camino si tratas de hacerme sentir mejor, Sammy—se quejó Dean.

—Hey, no quise ofenderte, pero sabes que tengo razón. No quiero hacerte sentir o un inútil, o cualquier cosa que pienses… pero, velo de ésta forma. A más rápido te cures… o sea… mientras más tiempo pases en camita, dejando que te cuide y que te mime, vas a poder ponerte de pie más rápido—Sam le miró con tanta dulzura que Dean quiso derretirse entre sus manos—Anda… quédate tranquilo en camita por mí—

Oh, cielos. Aquellos malditos ojitos de cachorro pateado, ¿cómo era capaz de hacerle aquello? ¡¿Su propio hermano? Dean suspiró en derrota y se alzó a abrazarse a él, al menos con el brazo que tenía bueno. Sam sólo sonrió, dudando si podía ser otra de esas promesas que ambos sabían Dean no cumpliría, pero decidió confiar.

—Si te quedas tranquilito en cama te cocinaré algo rico, ¿te parece? —

Dean sólo le sonrió y se dejó caer sobre la cama; dudaba que pudiera descansar sabiendo que Castiel estaba en medio de una batalla que le podría costar la vida; tal vez, en ese mismo momento podría estar siendo herido de muerte, rememorando sus últimos tiempos y lamentándose por haber hecho un movimiento en falso frente a Raphael o a cualquiera de sus seguidores.

Sacudió la cabeza; si seguía pensando así, no creía poder soportar mucho los malditos días que se le venían encima con una pierna y un brazo roto.

¡Oh, cielos! Maldecía el momento en el que se le ocurrió salir a pasear de noche, a un bar. Cómo odiaba a los Arcángeles, joder, qué coraje.

No se había ni dado cuenta; cuando Sam subió las escaleras para darle de ese algo rico que, definitivamente, no había cocinado, sino comprado, Dean ya estaba dormido, con la cabeza ladeada, con la mano abierta, semi sosteniendo el control remoto, que por poco se caía de la cama. Se adelantó y apagó la televisión, juntando la puerta y bajando a descansar un poco, a prender su propia tv. Que Dean estuviera dormido le serviría bastante; a ambos. Al menos, él estaría sin preocuparse, al menos por un rato, de que se levantara y se accidentara, y Dean, podría descansar de sus malos presagios y esos malos pensamientos de muerte e inutilidad que le afectaban.

Despertó para la cena. Comió poco. Sam sólo le calentó el par de panqueques que había hecho durante la tarde para matar el aburrimiento que apretaba su cabeza. Luego volvió a dormirse; Sam se quedó un par de horas más en el primer piso, descansando el cuerpo y luego a dormirse.

Castiel había llegado a la casa sin poder ubicarse mucho en el lugar en el que estaba. Sólo veía las paredes ocres y suponía que estaba en la casa que Dean le había ofrecido. Estaba herido. Horrendamente herido. Sangraba por la boca, tenía enormes heridas de espadas atravesando su vientre, su pecho, sus brazos. Su gabardina estaba con las esquinas rotas y manchadas en sangre y polvo. Había llamado a Dean y a Sam entre sollozos y gemidos de dolor, pero nadie respondía. Al cabo de un minuto de agonizar, sintió los pasos y ambos hermanos bajaban las escaleras con prisa. Ambos se acercaron a él. Dean le había afirmado con su brazo, cuando el ángel comenzó a sentir que le faltaba el aire en demasía, que su cuerpo no podía sobrellevar el dolor y que sus poderes como ángel habían desaparecido.

Sus ojos se cerraron, dejó de respirar y su corazón dejó de latir.

Dean se despertó de golpe; sus ojos cubiertos en lágrimas veían el techo de su habitación. Volteó la mirada y vio a Sam, durmiendo profundamente, con los labios entreabiertos. Lo último que había visto era a su Cassie muriendo entre sus brazos. No, no quería creerlo ¿Sería aquello un aviso de lo que estaría sucediendo en otro lado? No, por el amor de Dios, aquello no podía ser un aviso, no, simplemente no podía.

Sam ladeó un poco la cabeza y abrió los ojos, reconociendo el lugar. Si, la misma habitación en la que se había dormido la noche anterior. Perfecto. Volteó la mirada hacia el lado izquierdo. Dean estaba sentado en la cama, apoyando la espalda en la almohada, que a su vez estaba apoyada en la cabecera de la cama.

— ¿Dean? —Susurró, restregando sus manos por sus ojos e intentando despertar— ¿Qué sucede? —

Vio que Dean hacía algo similar a lo de él, pero sus manos salían con una lágrima.

— ¿Dean? ¿Qué pasó? —

El mayor negó con la cabeza.

—Sólo… tuve un mal sueño—susurró.

— ¿Te sentirías mejor si me lo cuentas? —

—Pues… —No sabía si era mejor hablar de eso, pero de todos modos habló—Bajábamos las escaleras y… Castiel estaba muriendo en el sofá. Sólo… alcancé a tomarlo y… se había muerto. Se había muerto en mis brazos…—

Como Sam notó que empezaba a sollozar nuevamente, dio un movimiento brusco saliendo de la cama, sentándose en el borde del otro lado y abrazándole, meciéndolo de un lado para otro con suavidad, besándole en el cabello y la frente y diciéndole que todo estaría bien.

— ¿Habrá sido una advertencia? —susurró Dean.

—No, no creas eso, Dean… estoy bastante seguro que fue… sólo una pesadilla, una compilación de todos los malos pensamientos que has tenido hasta ahora— El brazo sano de Dean recorrió su cintura, buscando el calor que generalmente tenía cuando estaba el ángel junto a su hermano.

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Para Sam, el resto del día se sintió tenso. Bastante. Sentía un ambiente denso, casi nervioso. Había salido hace, tal vez, 20 minutos de la ducha, y ahora se deleitaba con el café que se había preparado, cuando sintió un escalofrío en la espalda, que le hizo temblar el cuerpo y botar un poco el café, y sintió que golpeaban a la puerta con especial rapidez, casi, podría decir que con desesperación. Se puso de pie y abrió, encontrando a Gabriel, cargando a Castiel en su espalda, que apenas la puerta le fue abierta, entró y dejó caer al ángel sobre el sofá.

Sam sólo dejó que todo aquello sucediera; cerró la puerta y se acercó a ver a un Gabriel que se sostenía el brazo con dolor. Se arrancó la tela del brazo y Sam pudo ver con sorpresa una larga herida abierta, desde la parte posterior del hombro y daba un giro de 180 en el bícep hasta finalmente desaparecer.

— ¿Qué pasó allá arriba? ¿Te sientes bien? —

—Yo estoy bien, pero trae algunas cosas para ayudar a Castiel, ¡cielos! Reacciona, Sam—

Sam sacudió la cabeza y subió las escaleras con prisa a buscar algunas cosas en el baño. A mitad de escalera, recordó que estaban en el baño del primer piso. Cielos, ¡cómo se ponía nervioso en estas situaciones! Sentía gemir a Castiel, aunque sin abrir los ojos, moverse, reclamar. Gabriel parecía acercarse a él y consolarlo, decirle en susurros que todo estaría bien y que se mejoraría.

— ¡Gabrieeeeeeellllll! —

Ambos voltearon; Dean debía de haberles escuchado y suponía lo que sucedía.

—¡Gabrieeeelll! —Hasta que el arcángel se puso finalmente de pie y desaparecer.

—Mírate, Dean, ¿qué demonios te pasó? —

—Rafael, ¿Qué le pasa a Cassie? —

—Está… está un poco herido, pero va a estar bien—

Dean bajó la cabeza, gruñendo.

—Llévame. Llévame abajo, necesito verlo—gimió.

Gabriel dudó un poco. Se soltó el brazo herido y se adelantó a tomar a Dean en brazos, desaparecer, y reaparecer a ambos en el primer piso, junto al sofá. Dean se dejó caer en el sofá, abrazándose a Castiel, gimiendo. Sin que pudiera escucharle mucho.

— ¡Tienes que decirme que va a estar bien! —

Gabriel pareció desconcertado un momento.

—Sí, no te preocupes, va a estar bien. Está herido, pero va a estar bien. Sólo está inconsciente porque… cuando… Raphael lo atacó yo aproveché la oportunidad—

— ¿Arriesgaste su vida para atacar a Raphael? —preguntó Dean.

Sam venía a prisa cargando algo entre sus manos, que dejó en el suelo y ocupó para curar al ángel.

—No, no creas. Como vi que lo atacaba, yo tomé mi espada y… listo—

— ¿Qué sucede con Raphael ahora? —

Sam se mantenía calmado curando a Castiel, secando y quitando la sangre. Parecía no escuchar la conversación entre su hermano mayor y el hermano mayor del ángel al que curaba.

—Está muerto, ¿qué quieres que te diga? —

— ¿Murió Raphael? ¿Lo mataste tú? —preguntó Sam, aún sin despejar la vista del cuerpo de Castiel.

—Lo maté yo mismo, sí. Me costó bastante, pero debo decir que no me arrepiento—susurró Gabriel, poniéndose de pie y avanzando hacia el baño, viendo su mano ensangrentada.

Dean sólo miraba, con temor, nerviosismo, ansias… cómo Sam trabajaba con aspecto tan profesional sobre el cuerpo de su amante. Cielos, no. Le veía respirar. Le sentía respirar. Su pecho subía y bajaba agitado, le oía gemir de vez en cuando. Pero no, por el amor de Dios, que aquella pesadilla de la mañana no haya sido una premoción.

ESPERO LO HAYAN DISFRUTADO, YAAAAY. SUBIRE EL PROXIMO CAP. EL PROXIMO JUEVES... NO OLVIDEN VER SUPERNATURAL