Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Amy J. Fetzer


Capítulo Nueve

Edward le tomó la mano, la atrajo hacia sí y capturó sus labios haciéndola gemir de una forma que le volvía loco. Solo la idea de que ella lo deseara, quisiera darle placer, le arrastraba a las profundidades de la necesidad. La pasión se desató y los envolvió. Todas las sutiles caricias, las miradas y los besos dados culminaron en una llamarada de ansia y deseo que ninguno de los dos puro ignorar.

Edward intentó ser paciente, pero cuando las uñas de ella le arañaron con suavidad los pezones, la fuerza de su beso la hizo tambalearse hacia atrás.

Su trasero rozó el borde del lavabo. Edward la alzó sobre él, sus caderas la abrieron los muslos y su boca dibujó un ansioso sendero por su garganta. Le abrió entonces la bata desnudando sus senos y abarcándolos antes de inclinarse. Sus labios se cerraron sobre un erecto pezón y gimió ofreciéndose con salvaje abandono.

Aquello, pensó ella jadeante, era divina locura. Edward la lamió rodeándole la aureola con los dientes antes de tomar el segundo pezón en el calor de su boca una y otra vez hasta dejarla sin sentido.

—Edward… nosotros… sí… oh, sí. Nece… necesitamos protección.

Él se enderezó y capturó su boca negándose a detenerse ni un instante mientras alcanzaba a ciegas la bolsa de afeitar y vaciaba el contenido en el lavabo.

Entonces la arrastró del lavabo de espaldas sin dejar de besar su garganta y sus hombros desnudos.

Con la cama a poca distancia, se detuvo en mitad de la sala necesitando sentir su piel contra la de él, la suavidad contra la dureza. Los labios de Bella dibujaron la curva del lóbulo de su oreja y él se estremeció cuando su mano se introdujo dentro de sus pantalones y sus dedos se cerraron alrededor de su erección. Edward arqueó la cabeza hacia atrás y bramó como un animal liberado de repente.

—Bella –gimió con las rodillas temblorosas.

Nada en su vida lo había preparado para sus caricias.

Estaba temblando por ella y Bella se sintió poderosa al ver el placer asomar a sus facciones. Estaba ansiosa por sentirlo, ser penetrada, frotada y amada. Por él. Solo por él. Sentía más deseo del que hubiera creído posible y todo su cuerpo suplicaba abandonarse a él. Nunca se había sentido más lista en toda su vida.

—Estás tan caliente –susurró contra él—. Y palpitas por mí.

No desvió la mirada de su mano al deslizar los dedos por la suave piel de su sexo.

Él apoyó la mano sobre la de ella para subírsela hacia el pecho.

—Si sigues haciendo eso, haré algo más que palpitar –dijo contra su boca antes de arrastrarla a la cama, meterse la mano en el bolsillo de la camisa y dejar los envoltorios sobre la colcha.

—Enséñame.

Bella mantuvo la mirada clavada en la de él mientras le desabrochaba la bata de satén y la abría.

Su sensual mirada se deslizó de su cabeza a sus pies.

—Sabía que eras preciosa, pero no me imaginaba que tanto.

Bella se sintió orgullosa y preciosa cuando él le apartó el pelo de los senos y empezó a dibujar un velo interminable de humedad con sus labios y su lengua. Tenía una boca increíble. Y sabía cómo usarla con infinito cuidado sobre sus senos, sus costillas, su estómago, su ombligo y la redondez de su cadera.

Con suavidad la tendió sobre la cama doblándose sobre ella lo suficiente como para dibujar un sendero húmedo hasta los rizos morenos entre sus muslos.

—¿Edward?

Le abrió las piernas y enterró la lengua al instante entre ellas.

Ella lanzó un grito y se arqueó gritando su nombre con un largo y jadeante gemido, retorciéndose y si Edward hubiera pensado un poco, habría jurado que nunca había experimentado nada como aquello.

Bella no lo había experimentado. Nunca. Y cualquier idea de negarse voló de su mente. Se perdió bajo sus caricias expertas que la llevaron pronto al borde del rapto. Edward le alzó las piernas sobre sus hombros sumergiendo más la lengua hasta introducir dos dedos en ella.

El cuerpo de ella se fracturó, se contrajo y le suplicó que parara. Con una risa ahogada Edward se negó adorando sus temblores, sus gritos y sus gemidos mientras su boca la arrastraba al final del placer. Un leve gemido escapó de su garganta cuando él se apartó para subir a su lado. Deslizando una pierna sobre su cadera, Bella deslizó una mano por dentro de los pantalones.

—No. Párate, Oh, no –dijo él paralizado antes de tomar la punta de su pezón entre los labios.

Ella lo liberó contra la palma de su mano.

—¡Oh, Edward! ¿Es eso para mí? –preguntó con una carcajada de picardía.

—Siempre para ti.

Ella lo apretó. Y no era que Edward necesitara más estímulos. Solo verla desvestirlo y enroscarse para quitarle los pantalones le dejaba tembloroso de deseo. Tuvo que hacer acopio de contención, reprimir el impulso de tenderla de espaldas y penetrarla. Entonces Bella se encaramó sobre sus piernas sonriente, suave y misteriosa antes de deslizar la lengua por el sexo masculino. Los músculos de Edward se tensaron y tuvo que alzarla de allí y besarla con la pasión de un hombre que se hubiera vuelto loco.

—Deseo tenerte toda la noche –susurró jadeante.

—Pero yo te deseo ahora.

Bella lo empujó de espaldas y lo montó.

Edward arqueó una ceja acariciándole las nalgas y los muslos. Estaba tembloroso como un adolescente en su primera cita y ladeó la cabeza para mirarla. Las piernas de ella estaban extendidas sobre sus muslos, preciosas y eróticamente femeninas. El pelo castaño se ondulaba sobre sus hombros ocultando sus senos. Edward los descubrió y sus curvas lujuriosas tentaron a su paciencia. Aquella era una mujer que nunca hubiera imaginado tener en su cama, con la que quería compartir mucho más que su cuerpo. Edward se sentó de repente, la asió por las caderas y la apretó contra su ardor.

Ella se deslizó húmeda contra él con una fricción deliciosa que lo dejó débil y rendido. Y bramando por más.

A Bella le encantó manipularlo, juguetear con él. Edward cerró los ojos, su largo y fibroso cuerpo brillante de sudor a pesar del aire frío. Él se acercó a su oído susurrándole lo que sentía, lo caliente y firme que estaba para ella y lo que eso le producía. Él gimió llegando al límite de su control.

—Bella, cariño –deslizó rápidos besos por su boca y sus senos—. Ven a mí.

Ella mantuvo la mirada clavada en él mientras lo abarcaba en su palma y Edward sintió un estremecimiento de profunda intimidad cuando le deslizó el preservativo. Nunca habían estado más unidos que en aquel instante. Ahora sí confiaba en él. Ahora sí era suya. Si podía durar una noche o una vida entera, eso no lo sabía. Solo sabía que ella lo deseaba tanto como él a ella.

Se introdujo apenas dentro de ella. Bella estaba increíblemente apretada y frotó la perla de su sexo esperando que su cuerpo se ajustara, pero ella abrió las piernas y le obligó a penetrar más hondo gimiendo cuando la llenó por completo. Edward gimió su nombre temblando ante la increíble sensación de sentirse envuelto por ella. Entonces la besó con ternura mientras intentaba entender por qué le parecía lo más natural del mundo estar dentro de ella. Era como si hubiera esperado una vida entera para estar allí en ese momento.

Bella enterró la cara en su hombro y la pequeña punzada de dolor dio paso a una extraña libertad que le hizo sonreír.

Edward gimió y se aferró a ella deslizando besos por su cara y agarrándola como si pudiera desvanecerse de repente.

—Bella, cariño.

La voz se le quebró.

—Ya lo sé –susurró ella enroscando los brazos y las piernas alrededor de él. Reposó la mejilla en pecho mientras él la acunaba suavemente.

Edward cerró los ojos apretándola y los latidos de su corazón le decían que lo que habían compartido tenía una intensidad que iba fuera de aquella cama, de aquel momento. Y eso lo asustaba tanto como lo reconfortaba.

—Tenía razón –dijo después de un momento—. Me produces adicción.

Ella alzó la cabeza para mirarlo.

—No puedo creer que después de esta experiencia explosiva, todavía siga deseándote –ella sonrió—. Pero las piernas me están matando.

Bella se rió y se deslizó por el borde de la cama para acercarse al baño. Edward la siguió cuando estaba metiéndose en la ducha.

Se quitó el preservativo y entonces se detuvo. Había un hilillo de sangre en su muslo y algo le atenazó el pecho.

—¿Bella?

Ella abrió la cortina de la ducha y lo miró a los ojos.

Su sonrojo de culpabilidad le dijo lo que quería saber.

—¿Por qué no me dijiste que eras virgen?

—No necesitabas saberlo.

—¿Cómo puedes decir eso? – Se metió bajo la ducha con ella y la rodeó con sus brazos—. ¡Bella! ¡Eso no es algo que una mujer entregue con facilidad!

—Yo no lo he hecho –le abarcó la cara mirándolo a los ojos—. Ha sido una experiencia maravillosa, Edward. Una que desde luego nunca olvidaré y habría sido diferente si tú lo hubieras sabido.

—Cielos, sí. Pero no hemos estado precisamente suaves.

—Sí, ¿no es fantástico?

Bella sonrió, pero él no. Dios, no se lo estaba tomando muy bien.

—¿Te he hecho daño?

—Podrías seguir haciéndomelo toda la noche.

Él bajó los brazos.

—No lo creo.

La expresión de ella se hundió.

—Por eso no te dije nada.

Se enjuagó y salió por delante de él.

Edward dejó que le cayera el agua mientras una parte de él se preguntaba si ahora ella esperaría algo de él y otra se sentía halagada. Él era el primer hombre que la había tocado, que había estado dentro de ella y sintió el ridículo deseo de gritar de alegría. Bella no era una mujer descuidada y el que hubiera querido darle aquel regalo le dejaba con la sensación de que no era merecedor de ello.

Se aclaró y salió de la ducha para ponerse un albornoz. La encontró en la terraza con una copa de vino en la mano. Estaba mirando al algo oscuro con aquella bata de satén que le hacía recordar las formas de su cuerpo bajo sus manos. Su cuerpo reaccionó al instante con turbadora rigidez y sin embargo, se sintió extrañamente incómodo después del abandono que habían compartido.

—No te sientas culpable, Edward. La elección fue mía.

—¿Por qué?

Bella se volvió para mirarlo.

«Porque me estoy enamorando de ti», hubiera querido decir. Pero él no estaba preparado para escuchar aquello y quizá nunca lo estuviera. En ese momento tenía una expresión más distante que nunca y ella se sintió de repente muy sola.

—Porque quería hacer el amor contigo. Así de simple.

—Nunca hay nada simple en ti, Bella.

Ella apuró el vino.

—¿Por qué estás tan preocupado? Has estado con suficientes mujeres como para haber tropezado alguna vez con una virgen.

—No, nunca –se acercó a ella hasta que pudo sentir su calor a través del satén—. Llevo tres años sin estar con una mujer.

Ella parpadeó antes de esbozar una leve sonrisa. Así que no había otras mujeres.

—Para ser un hombre eso es como una virginidad reciclada, ¿no?

Él se rió con suavidad y suspiró mientras la atraía contra sí.

—Sí, supongo que sí –le dio un beso en la sien—. No sé qué decir, nena. Me siento honrado, pero…

Ella lo miró y le tapó los labios con los dedos. No quería que sus excusas estropearan aquellos preciosos momentos.

—No he hecho el amor contigo para atraparte o hacerte sentir culpable, Edward. Estás interpretando demasiado en esto. Era tanto una carga como un regalo –deslizó la mano hasta su hombro—. Y te deseaba. No creo que eso puedas dudarlo.

Él la miró con timidez.

—Creo que por eso ha sido tanta sorpresa. No te has comportado como una virgen.

—Estamos en el siglo XXI, ¿sabes? Hay mucha literatura y películas como para que una mujer aprenda. ¿O hubieras preferido que fuera sumisa?

Edward sonrió. Bella no era una mujer que escarbara mucho en el pasado, sino que miraba hacía adelante.

—Me gustaría que me besaras.

—Encantada, señor…

Y lo hizo, volviéndole loco con su boca, su cuerpo pidiendo ser poseído. Y allí en la terraza, le dejó sin la menor duda de que era mejor una virgen de veinticinco años que una mujer con kilómetros de experiencia.

Una hora más tarde, cayeron en la cama entre un remolino de sábanas arrugadas y en entresijo de piernas y brazos. Edward se amoldó a las curvas de su cuerpo, pero antes de caer dormido, descolgó el teléfono.

—¿Servicio de habitaciones? Sí, galletas con leche, por favor –sonrió al mirarla—. Para dos.

Edward levantó la vista de su ordenador portátil y el pecho se le contrajo ante la imagen de ella tendida sobre el estómago, con el pelo sobre la cara y su espalda desnuda hasta donde la sábana cubría sus nalgas y caderas.

Deseaba meterse en la cama con ella, pero después de la primera vez debía estar un poco sensible. Frunció el ceño con inseguridad. Se había despertado dos veces durante la noche solo para mirarla preguntándose cómo no habría reconocido su inocencia. Entonces había pensado que su sofisticación había ocultado el hecho de que nunca había estado con otro hombre.

«Nunca ha conocido a otro hombre».

El corazón se le encogió ante la idea, medio con culpabilidad medio con alegría. No se la merecía.

Ella había dejado claro lo que quería y él no estaba listo para ello. No lo estaba. Su virginidad era una complicación que no había previsto y aunque ella le había absuelto de toda culpabilidad, él no se la podía sacudir del todo. Dio un sorbo al café y cerró los ojos. Él tenía muchos planes para su futuro, pero la imagen de ella con aquel bebé en brazos seguía asaltándolo. Sacudió la cabeza, posó la taza y se concentró en la pantalla.

—¿Por qué no me has despertado?

Él deslizó la mirada y la vio abandonar la cama sin pudor por su desnudez.

—Tápate, cariño o estarás así todo el día.

Sonriendo, casi con provocación, Bella se puso la bata y cruzó la habitación hacia él para inclinarse y besarlo en los labios. El fuego ardió con rapidez y Edward la atrajo hacia su regazo abriéndole la bata y deslizando las palmas por sus senos mientras la besaba.

Bella se abandonó a la sensación de él, adorando sus manos sobre su cuerpo y haber perdido la inocencia en sus brazos la noche anterior. Aunque no tenía nada con qué compararlo, sabía que ninguna mujer podría esperar mejor introducción. Y ella estaba preparada para la siguiente lección, el vértice de sus piernas palpitante y mojado ya.

Le tomó entonces la mano y se la puso allí.

Edward sonrió contra sus labios. Le encantaba que mostrara con tanta desnudez sus deseos y jugueteó con ella apartando los suaves rizos y…

El teléfono móvil sonó.

Bella gimió en señal de protesta.

—Tengo que contestar –dijo él con pesar alargando el brazo.

Bella quiso deslizarse de su regazo pero él la detuvo besándola con suavidad.

—Cullen –contestó contra su boca—. ¿Lauren?

Ella se quedó rígida intentando no fruncir el ceño.

—¿Cómo has conseguido este número?

Bella escuchó el monólogo y cuando intentó abandonar su regazo esa vez, él se lo permitió.

—Borra ese número. Este teléfono es solo para negocios –hubo una pausa—. Ya lo sé, cariño.

A Bella se le atenazó la garganta al escucharle aquella terneza.

—No puedo hacer llamadas sociales ahora mismo. No, no estoy solo.

Ella lo miró desde el borde de la cama.

—No tiene nada que ver contigo. Son solo negocios.

Bella sintió un vuelco de dolor en el corazón. ¿Negocios?

—Adiós, Lauren.

Desconectó el teléfono y se lo quedó mirando un momento.

—No has sido muy amable, Edward.

—No quiero hablar de ella.

—Ya entiendo.

—No, no creo que lo entiendas. Ella es solo una amiga.

Bella se levantó en dirección al cuarto de baño.

—Compra un billete a la realidad, yankee. Una amiga no se dedica a cazarte en tu línea privada solo para charlar. Sobre todo cuando sabe que no debería.

Se metió en el cuarto de baño.

—Cambiaré el número. No puedo permitir que Lauren crea que puede entrometerse en mi intimidad cuando quiera.

—Entonces deberías habérselo dejado claro desde el principio –ante su confusa mirada, Bella le dio un empujón juguetón—. Ella te desea.

Edward lanzó un bufido.

—Lo que ella quiere es otro compañero de cena.

—Lo dudo mucho. Lo que quiere es casarse contigo.

Edward enarcó las cejas.

—¿Lauren? Ella solo se preocupa por su calendario social y por saber si tendrá que hacerse un estiramiento de piel dentro de diez años.

—Te estás engañando a ti mismo.

Edward deslizó los brazos alrededor de ella y apoyó la cabeza contra su pelo.

—¿De qué va todo esto?

—¿Por qué no le dijiste que estabas conmigo?

A Edward no se le escapó el dolor de su voz.

—No es asunto suyo. Y quiero guardarte para mí mismo.

—O esconderme.

Él frunció el ceño.

—No puedes pensar eso.

—Ninguno de los dos queríamos que esta relación fuera pública. Y antes era comprensible, ¿pero ahora?

—¿Vas ha arriesgarte a estar conmigo y ser el centro de todos los cotilleos de la semana?

Bella lo besó con suavidad.

—No me importa lo que diga la gente.

«Porque te quiero demasiado», pensó.

—Ya lo sé, pero no quiero que nadie te acose y que descubran lo que hemos estado haciendo aquí. No podría soportar que nadie te vituperara por culpa de mis errores o de mi reputación.

Bella lo entendía.

Edward suspiró pasándose la mano por el pelo. Maldita Lauren. Si no la conociera mejor hubiera jurado que le había puesto un detective. Y no quería contarle a nadie lo de Bella. No porque quisiera guardar en secreto su relación sino porque tenía miedo de que la fealdad de su mundo hiciera añicos aquella belleza. No quería pensar en Savannah y en lo que pasaría cuando volvieran. Solo quería olvidar su inseguridad, la insistente voz en su interior que le preguntaba si estaba preparado para arriesgarse a fracasar de nuevo como le había pasado con Jessica.


Casi nada para que se termine! Leo todos los reviews que dejan y me encanta que les guste tanto la historia. Por si no leyeron mis otras adaptaciones les recomiendo que lean Toda la Noche (otro fic EdxBe). Muchas gracias por todos los reviews!