DISCLAIMER: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
¿ DIFERENTES ?
CAPITULO 10
- Te enfriarás – susurró Edward al volver del lavabo, donde había ido para deshacerse del condón.
- Contigo aquí, déjame dudarlo – dije haciéndole reír
- Venga, métete bajo las mantas – dijo ayudándome a retirar el edredón bajo mi cuerpo para cubrirme con él
- ¿Vas a acostarte conmigo? – pregunté ansiosa
- Si tú quieres...
Me hice a un lado en la cama moviendo el edredón para que se acostara junto a mí. Me tumbé sobre su pecho y él nos cubrió con las mantas.
- ¿Te quedarás a pasar la noche?
- ¿Quieres que me quede? – preguntó con temor
- Sí
- Entonces aquí estaré – prometió acunándome contra él – Ahora duerme – susurró – Estás cansada.
- Tu delito – aseguré y rió divertido
La luz de la mañana se colaba entre las cortinas cuando me desperté aún enredada con el cuerpo de Edward.
Dios, despertar junto a tamaño espécimen masculino, realmente podía levantar la autoestima de cualquier chica. Y la chica en cuestión era yo.
Era guapísimo, perfecto. Su cabello cobrizo, despeinado, su incipiente sombra de barba que le daba un aire sexy y masculino.
Su cuerpo delgado y fibroso, sus músculos recubiertos por su piel clara y lisa.
Mirarlo era desearlo, y desearlo era, al menos parecía que lo era para mí ahora mismo, desearlo era tenerlo.
Recostada sobre su pecho, aspiré su delicioso olor, mejor que cualquier colonia de Hugo Boss. Olía a una mezcla de after shave, sexo, y un leve sudor masculino.
Intenté separarme pero tiró de mí apretándome en su abrazo mientras gruñía suavemente.
- No te vayas – murmuró aún sin abrir los ojos.
- Seguro te apetecerá un café.
- Más me apeteces tú – confesó empujándome para tumbarme en la cama y acostarse sobre mí
Sus labios acariciaron mi cuello haciéndome cosquillas que me estremecieron riendo.
- Mmm, buenos días – dijo llevando su boca a la mía y besándome con ternura que rápidamente se convirtió en lujuria
Sentirlo sobre mí me excitó y me moví para dejarlo acostado entre mis piernas.
Sentir la punta de su erección golpeando los labios externos de mi vulva me hizo humedecer aún más y empujé contra él.
- Nena – gimió – estás mojada...
- Házmelo, Edward – rogué empujando más profundo
Su pene me empaló resbalando con facilidad en mi vagina.
Estaba demasiado caliente y sabía que me correría rápidamente.
- Házmelo rápido, Edward.
Edward gimió quejoso.
- No puedo hacértelo rápido, nena.
- ¿Por qué? – gimoteé – Lo necesito.
- Si te lo hago rápido voy a correrme y no tengo preservativos.
- Mmm – sollocé y Edward comenzó a embestirme tal como se lo había demandado poniendo nuevamente mi placer por delante del suyo.
Sus envites me enloquecían pero aún me faltaba algo.
Edward se puso de rodillas entre mis piernas y las alzó pegando mis rodillas contra mi pecho, mientras no dejaba de embestirme.
Necesitaba más y llevé mi mano a mi clítoris.
- No lo hagas – me detuvo
- Lo necesito – lloriqueé
- No lo necesitas – dijo y después de un par de envites cambió el ángulo de su penetración y me hizo estallar.
Dio de lleno en mi punto G, ese, hasta ahora, gran desconocido y exploté ciñéndolo con las paredes de mi vagina.
Edward me embistió una y otra vez antes de salirse de mi interior gruñendo y descargar su simiente sobre mi vientre.
Su tibia secreción golpeó mi vientre y mis pechos mientras su mano exprimía su pene que no dejaba de gotear.
Exhaló finalmente dejando caer la cabeza contra su pecho.
- Lo siento – se disculpó
- ¿Qué es lo que sientes?
- Haberme derramado sobre ti, lo siento, no pude aguantarme.
Reí y levantó su mirada hacia mí para verme llevar mi mano al espeso líquido que mojaba mi vientre y esparcirlo sobre mi piel.
- Si eso es lo que debo pagar por haber descubierto lo que me acabas de develar, puedes hacerlo mil veces más – reconocí y pude ver en su rostro su ya conocida sonrisa arrogante.
- ¿Lo que te he develado? – inquirió petulante.
- Eres un engreído – me quejé dándole un suave cachete en el pecho y volteándome para alejarme de él.
- Hey, cielo... – dijo tirando de mí para acostarme sobre él.
- Vete al diablo – espeté completamente avergonzada y sonrojada.
- Hey, nena, no seas tontita – pidió obligándome a girarme hacia él – Ven aquí
- Eres un engreído
- Lo siento, cielo. Es sólo que me sorprendió.
- Lamento no tener tanta experiencia como tú
- Hey, nena, lo siento. De verdad. Pero no puedo evitar alegrarme al saber que es conmigo con quien has descubierto tu punto G.
- Sabía que estaba por allí, pero era más como una leyenda urbana – expliqué y se carcajeó divertido.
- Eres deliciosa – dijo con reverencia – Durmamos un rato – pidió mientras me abrazaba por la espalda para dejarme recostada en su pecho.
Sus manos sobre mi vientre tocaron mi cuerpo pegajoso y me separó un momento.
- ¿Quieres limpiarte?
- No me molesta si no te molesta a ti
- No me molesta – aseguró
- Es bueno para la piel.
- Mmm, cuando quieras – rió con voz somnolienta
Cuando volví a despertar eran las diez. Edward dormía a mi lado con su brazo sobre mi cintura.
Moría de hambre, así que intentando no despertarle me levanté y me fui a la ducha.
Me calcé unas braguitas limpias y mi camiseta de los Eagles y me fui a la cocina, donde me dispuse a preparar un suculento desayuno. Pude escuchar el ruido de la ducha, y quince minutos después Edward se acercaba a mí abrazándome por detrás y posando sus manos en mi abdomen.
- Eso huele muy bien, nena – susurró en mi oído – No te hacía cocinando
- ¿Por qué no? – pregunté levemente ofendida
- No sé. Te hacía más de comida preparada o de una cocinera contratada.
- Ya, veo la imagen que tienes de mí.
- Lo siento – dijo sonriente separándose de mí y acercándose a la cafetera para servir dos tazas de café que dejó sobre el desayunador de la cocina.
- Hay zumo en el refrigerador y allí están los platos – dije señalando la alacena sobre la encimera – He de confesar que mi padre contrató una cocinera que venía una vez a la semana, pero me sentí demasiado niña rica, y en mi segundo año de universidad le pedí que rescindiera el contrato.
Edward sonrió antes de sacar dos platos, dos vasos, el zumo y dejar todo sobre la mesa.
- Angela debía estar encantada y decepcionada luego – aventuró
- Tal vez, nunca lo confesó. – dije sirviendo una ración de huevos revueltos y bacon en cada plato
- Parece una buena chica.
- Lo es, aunque honestamente no la conozco tanto como imaginas – confesé en cuanto nos sentamos a comer
- ¿Por qué no? – preguntó intrigado metiéndose su primer bocado en la boca – Hace años que vivís juntas, ¿o no?
- Cuatro años – reconocí
- ¿Cuatro años? ¿Y no es una de tus mejores amigas? Después de cuatro años de convivencia imagino que sabréis todo la una de la otra.
Me sonrojé sin saber cómo contestar.
- ¿Qué? ¿No te cae bien? – continuó extrañado
- Sí. Mucho.
- ¿Entonces?
- Es difícil de explicar...
- Creo que puedo seguirte – replicó sonriente e intrigado
Suspiré buscando la forma de explicarme.
- Nunca he querido hacer amigos aquí – dije con la mirada fija en mi plato
- ¿Por qué no?
- Tengo mis amigos de toda la vida en Filadelfia. Siempre he tenido claro que volvería allí al acabar la universidad, no creí que tuviese sentido hacer amistades que tarde o temprano dejaría de ver.
- Entiendo – dijo pero estaba segura de que mentía – ¿Pero nunca pensaste que tal vez te estuvieses perdiendo algo?
- Es difícil de entender, lo sé. Pero siempre he sido una persona muy... no sé... No me gustan los cambios, me gusta que todo esté organizado, tener todo controlado.
- ¿Incluso tus amistades?
- Desde que cumplí quince he tenido mi vida perfectamente planeada – expliqué viendo a Edward escucharme con atención – Entonces decidí que estudiaría finanzas en Columbia, ya que es donde estudió mi padre. Siempre he sabido que al acabar volveré a Filadelfia y me haré cargo del departamento financiero de Swan Enterprises. He tenido los mismos amigos desde siempre. A mis mejores amigas las conocí cuando tenía cuatro años. Íbamos juntas a las clases de equitación. Fuimos juntas al colegio y al instituto. Sus novios lo han sido desde siempre.
- Incluso tu novio el abogado... – comentó con incomodidad
- Sí. Siempre supe que volvería con él cuando volviese a casa.
- Sólo tengo dos semestres para intentar hacerte cambiar de opinión – murmuró
Quise ignorar su comentario, pero invariablemente caló en mí.
- Nunca nadie cuestionó mis decisiones. Siempre, todo el mundo que me rodeaba pensaba que lo que yo tenía planeado era lo correcto. La única persona que alguna vez me ha cuestionado es mi hermano Alec, pero, aunque yo le adore, siempre ha sido la oveja negra, así que su opinión nunca ha sido tenida en cuenta por el resto de mi familia. De hecho mi hermana Jane piensa que Alec fue cambiado en el hospital y no es un Swan en realidad.
- Entiendo. Es por eso que has estado evitándonos, a Alice, a mí...
- Sí. Me es muy difícil tratar con Alice – confesé
- Y conmigo – conjeturó
- Se está volviendo más sencillo contigo – sonreí seductora – Pero Alice es demasiado avasallante. Toma decisiones por mí y eso me exaspera.
- Lo imagino. Tú ya tienes todas tus decisiones tomadas – replicó sarcástico pero no me molestó
- En realidad, sí. Sé que es difícil de entender y sé que probablemente esté equivocada, pero me llevará un tiempo cambiarlo.
- No tienes que cambiar, Bella. No tienes que cambiar por mí, y no tienes que cambiar por Alice.
- Lo sé.
- Sólo tienes que cambiar por ti, si en algún momento crees que tu opción tal vez ya no es la más correcta.
- Lo sé. Lo sé pero va a costarme un poco.
- Ven aquí, nena – dijo tirando de mi mano y obligándome a levantar para sentarme sobre su regazo.
Edward bajó sus labios a mi cuello y coló su mano bajo la camiseta, recorrió mi costado hasta alcanzar mi pecho y estrujarlo con suavidad entre sus dedos.
- ¿Por qué te gustan los Eagles? – murmuró en mi oído
- Porque son los mejores – dije arqueándome para que su mano presionara más fuerte mi pecho.
- Sabes que no lo son. Los Giants lo son. – discutió pasando su lengua a lo largo de mi cuello
- Algún día tendrás una seria discusión con mi padre por esa afirmación.
- ¿Tu padre es fanático de los Eagles?
- Sí. Podrás decir lo que quieras sobre sus hijos o su mujer, pero nunca digas que los Eagles o The Masen no son los mejores en lo suyo porque podrías aparecer misteriosamente muerto. Son sus ídolos. – expliqué sonriendo pero me sorprendió notar la rigidez de Edward
- ¿"The Masen"? – preguntó curioso
- Sí, eran un dúo de blues de los ochenta, mi padre era y es su fan número uno – expliqué pero Edward se mantuvo en silencio – ¿Qué pasa? – pregunté separándome de él para verle
- Nada – sonrió
- ¿No tienes ganas de seguir con tus caricias? – murmuré contra sus labios rodeando su cuello con mis brazos
- Acabo de recordar que no tengo protección – dijo haciendo un mohín y frustrada me recosté contra él
- ¿Puedo preguntar cómo es que no traías más que uno? – indagué
- Aunque pienses lo contrario, no vine buscando seducirte
- Pero al menos tenías uno – argumenté
- Un chico tiene derecho a soñar – dijo burlón levantándome para llevarme a la habitación donde nos masturbamos y nos dimos sexo oral durante el resto de la tarde
Gracias por los reviews, alertas, favoritos y gracias por leer!
Les dejo un adelanto del próximo capi:
Angela asintió y supe lo que estaba pensando. Edward y yo no teníamos nada en común.
- Sé lo que estás pensando – dije con una sonrisa
- ¿Yo? ¿Qué cosa? – preguntó apenada
- Edward es completamente diferente a los chicos con los que suelo relacionarme.
- Es un poco diferente a tus amigos, sí – sonrió
- Lo sé. Es completamente diferente. Lo sé y no puedo entender qué vio en mí.
Besitos y buen finde!
