Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la trama está basada en uno de mis libros favoritos, "La Doncella de Piedra" de Susan King. Es una adaptación en la cual, los personajes de King fueron reemplazados por los de Meyer, pero la trama sigue siendo exactamente la misma. A pesar de ser una adaptación, sigue siendo una historia original, por lo cual, queda prohibida su copia parcial o total sin permiso.


Capítulo 9

El patio estaba en silencio bajo la claridad plateada del alba cuando Edward lo cruzó. Levantó la vista y vio a Isabella apoyada contra el umbral de un edificio alargado y de techo de paja que estaba construido contra la empalizada, con Finan a su lado. Se fijó en que se trataba del mismo edificio en el que había entrado la noche anterior.

Estaba encantadora a la luz del amanecer, la piel pálida, las trenzas de color caoba oscuro, la sencilla túnica de un tono gris paloma. Se preguntó por qué estaría ya levantada y haciendo cosas incluso antes de que rompiera el día.

—Que el cielo os guarde —murmuró la joven en gaélico.

—Y que os colme de bendiciones —contestó cortésmente Edward al acercarse. Finan agitó la cola y levantó la cabeza hasta que él se inclinó para acariciarle el pelaje y el hocico.

—Es temprano —dijo Isabella—. Los demás están todavía acostados.

Edward se alzó de hombros.

—Yo suelo levantarme temprano. Me gusta esta hora del día. Había pensado en dar un paseo para ir a ver otra vez a vuestra Doncella de Piedra. Aquél es un lugar pacífico. —Habló en inglés, y ella asintió.

—Muy pacífico, a menos que se acerquen por allí los MacNechtan.

—Sé cuidar de mí mismo.

—Pero no pretenderéis ir de patrulla tan temprano, y solo.

—Aún no. Hace mucho tiempo que tengo la costumbre de practicar con la espada a primeras horas del día. Creo que eso es lo que voy a hacer esta mañana. Más tarde, vuestro hermano adoptivo ha aceptado salir a cabalgar conmigo y con algunos de mis hombres para echar un vistazo a la propiedad. —Revolvió el pelo de la cabeza y los hombros del perro. Finan gruñó de gusto. Edward miró a Isabella—. Vos también os despertáis temprano.

—Suelo comenzar el trabajo antes de que los demás empiecen a rondar por aquí.

Él la miró con curiosidad.

— ¿El trabajo?

—El trabajo con la piedra.

Edward parpadeó sorprendido.

— ¿Con la piedra? —Creía que le respondería cocinar o hacer pan, pues tenía las manos cubiertas de un polvillo blanco que tomó por moledura de grano.

—Tallado. Éste era el taller de mi primo Malcolm. Ahora es el mío.

Intrigado, Edward miró más allá del hombro de la joven.

— ¿Puedo verlo?

Isabella se apartó. Él agachó la cabeza para pasar bajo el dintel* y entró. Se trataba de un espacio alargado y de techo bajo, atestado de bancos y piedras. Por una ventana cuadrada de la pared frontal penetraba un poco de luz, pero tenía las contraventanas parcialmente cerradas para que no entrara el frío. En el centro había un brasero de hierro que creaba un círculo de calor. Cuando Isabella cerró la puerta, Edward vio el fresco vapor que formaba su respiración en la penumbra.

El suelo estaba cubierto de una gruesa capa de esquirlas de piedra que crujían bajo sus botas al andar. En los bancos de trabajo se veían piedras de diversos tamaños y colores, y las estanterías de las paredes estaban repletas de herramientas, velas y otros objetos. En una mesa alargada que se apoyaba contra la pared había varias piedras planas y talladas. En el aire parecía flotar el olor vagamente terrenal de la piedra y también una sensación de frescor.

Edward se fijó en que las paredes encaladas estaban cubiertas con dibujos, algunos hechos en telas sujetas con clavos, otros directamente sobre las paredes. En un rincón más alejado descansaba una gran losa de color rosáceo a modo de tablero de una mesa apoyado en un robusto caballete.

Finan se acercó al brasero y se tumbó sobre un grueso jergón que había allí, con la enorme cabeza apoyada en las patas cruzadas, y contempló a los humanos con mirada lánguida antes de dejarse llevar por el sueño.

Edward se volvió.

— ¿Todo esto es vuestro trabajo?

—En efecto. —Isabella fue hasta un banco que sostenía una piedra colocada en ángulo. Junto a ella había herramientas desperdigadas que parecían haber sido dejadas allí recientemente. Sobre una mesa pequeña se veía una palmatoria de hierro con dos velas encendidas.

—No me habíais dicho que erais cantera, ni siquiera en la abadía, cuando estuvimos admirando la obra de vuestro primo.

—No me lo preguntasteis.

Él sonrió a medias y se encogió de hombros para admitir aquel razonamiento.

—Sabía que erais un imagier pero no se me ocurrió pensar que fuerais una maestra de tallar la piedra. No es una ocupación habitual en una mujer.

—Mi primo viajó a muchas ciudades para hacer trabajos con piedra. Me dijo que las mujeres a menudo son artesanas y artistas junto con sus maridos y hermanos, que son enseñadas por ellos y que trabajan a su lado pintando, iluminando libros y esculpiendo. Las mujeres no están limitadas por su naturaleza delicada a bordar, como pueden creer algunos caballeros andantes.

—Yo no pienso así. Y he visto en las ciudades mujeres artesanas y comerciantes. ¿Aprendisteis este arte de vuestro primo?

Isabella afirmó con la cabeza.

—Malcolm pasaba varios meses al año en Kinlochan con los suyos, ya que los canteros trabajan poco en invierno. Viajaba mucho, pero cuando estaba aquí trabajaba para las parroquias locales haciendo cruces, ménsulas y tímpanos, lápidas de cementerios. Construyó este taller y procuraba trabajar aquí lo más posible, excepto cuando tenía que realizar la obra in situ*. —Se encogió de hombros—. Yo era rápida con el ojo y con la mano, y él necesitaba un ayudante, de modo que me enseñó los rudimentos del oficio. Pero yo no soy una artista tan experta como lo fue él.

Edward observó algunas de las piedras.

—Yo creo que poseéis destreza suficiente como la de cualquier maestro de la piedra, sea hombre o mujer —dijo—. Estas obras revelan una mano firme y delicada para el diseño y la técnica.

—Gracias.

Edward paseó por la estancia mirando las piedras talladas y las que estaban a medio terminar, los cinceles de hierro, las mazas de madera, los instrumentos de medida y otras herramientas que no conocía. Tomó una que parecía un pequeño atizador de hierro y la sopesó.

—Eso es un escoplo, o un punzón —explicó Isabella—. Se usa para cortar trozos de piedra con ayuda del martillo.

Edward lo dejó y sacudió la cabeza un tanto divertido.

—Confieso que todavía estoy asombrado de que una mujer realice un trabajo como éste.

Ella se acercó.

—No es difícil. Las herramientas requieren una mano cuidadosa más que la fuerza bruta, y las piedras más blandas no resultan más difíciles de trabajar que la madera.

—Entiendo. —Miró alrededor—. ¿Cómo os las arregláis para mover las piedras? Algunas de éstas son bloques enormes.

—No estoy desvalida —dijo ella.

Edward enarcó una ceja.

—No lo dudo.

—Se puede mover una piedra de cualquier tamaño con palancas y rodillos. Si una es lo bastante pequeña para levantarla, la levanto yo misma o busco a alguien que me ayude. Soy más fuerte de lo que parezco.

La mirada de Edward recorrió su cuerpo con gesto apreciativo. Esta vez tomó nota del porte recto y cuadrado de sus hombros, del elegante equilibrio de su esbelto cuerpo, de sus manos largas y ágiles, de la firmeza de sus brazos bajo el vestido. No cabía duda de que poseía cierta fuerza, y estaba seguro de que la joven era excelente en un trabajo que requiriese destreza. Sabía que poseía suficiente determinación para cualquier tarea.

Paseó por el taller, observando los trabajos de las piedras, mientras Isabella lo contemplaba sin decir nada. Se detuvo junto a la mesa alargada. Las piedras que había encima variaban en tamaño desde el de una hogaza de pan hasta otras mucho más grandes. Todas estaban talladas en altorrelieves que revelaban la misma mano firme, dotada para los detalles.

—Éste es un trabajo excelente —dijo. Las piedras más pequeñas tenían forma de cruces y llevaban complejos dibujos lineales en relieve, al estilo celta. Tocó una de ellas—. Disteis una pieza como ésta al rey Guillermo. De modo que se trataba de una obra vuestra, aunque no lo dijisteis.

—En efecto. Estoy haciendo ésas para nuestra parroquia. El padre Padruig quiere un juego para las estaciones del Vía Crucis.

Edward asintió. Clavada en la pared frente a él estaba la tela que recordó de la abadía, en la que se veían unos cuantos dibujos y la impresión de la marca distintiva del primo. También se fijó en un pequeño dibujo de un caballero vestido con cota de malla, cuya espada se parecía mucho a la de él. No hizo ningún comentario, ni Isabella tampoco, aunque percibió un ligero rubor en las mejillas de la joven cuando examinó el dibujo.

La mayor parte de las grandes piedras rectangulares que había colocado unas junto a otras encima de la mesa estaban cuidadosamente terminadas. Eran todas similares, color gris suave, tenían un delicado brillo plateado, y también en su tamaño y diseño: una longitud de un brazo y una anchura de la mitad, cada una con un palmo de profundidad; estaba claro que formaban un conjunto.

— ¿Qué clase de piedra es ésta? —preguntó Edward, tocando una de ellas. La notó fría bajo los dedos.

—Piedra caliza gris —contestó Isabella—. Se extrae un poco al sur de aquí. Mi padre hizo que trajeran éstas hace un año, y que fueran cortadas y formadas por el hacha de los canteros, cuando yo le dije que quería hacer un conjunto de imágenes en piedra. Hay veinte bloques del mismo tamaño, y he terminado siete. Pero no creo que veinte sean suficientes para lo que quiero hacer.

— ¿Y qué es lo que queréis hacer? —Examinó una piedra ya terminada y después otra, moviéndose a lo largo de la mesa.

—Quiero plasmar en imágenes la historia del clan Laren.

Edward la miró, sorprendido por la ambición de la joven. Luego observó las piedras más de cerca. Cada losa terminada tenía una cenefa que mostraba unas ramas y nudos entrelazados que enmarcaban las imágenes del interior. Había visto dibujos trenzados y entrelazados parecidos a aquéllos de los manuscritos y de las tallas de iglesias escocesas. Los que había hecho Isabella eran muy detallados, y poseían elegancia y ritmo.

En conjunto, el estilo era de una simplicidad de formas y diseño que se adaptaba muy bien a la piedra gris. Las imágenes representaban figuras humanas, animales, aves, barcos y armas. Había escenas de hombres en barco, hombres cazando, una mujer luchando contra un lobo, varias figuras a caballo y una escena de una sirena sobre una roca.

—Son muy bellas —comentó.

Isabella se acercó hasta él.

—Cada una relata una historia de mi clan. Esta muestra al primer Labhrainn* que partió de Irlanda con sus hermanos y vino a Escocia. Se enamoró de una sirena que vivía en un lago. —Señaló la imagen de la sirena en la roca, sosteniendo un espejo en una mano y un peine en la otra.

Edward afirmó con la cabeza.

— ¿Y esto? —Señaló la escena de la mujer que se enfrentaba a un lobo. Agarraba un cuchillo en una mano, mientras que en el otro brazo llevaba un niño envuelto en mantas.

—Mairead la Valiente, esposa de Niall, hijo de Conall, que mató a un lobo para proteger a su hijo.

—Ah. Todas las mujeres de vuestro clan poseen gran valor.

—Hacemos lo que tenemos que hacer para proteger a los nuestros.

Edward la miró. Un rubor rosado teñía sus cremosas mejillas. La tenía tan cerca, mirando las losas con él, que su hombro le rozaba el brazo. Volvió la cabeza hacia ella.

—Yo creo —murmuró— que Isabella, hija de Laren, ha heredado el valor de Mairead la Valiente, esposa de Niall. Defendéis vuestro clan con toda la ferocidad de un guerrero... o de una madre. —Levantó la mano en un impulso de apartar los mechones sueltos de pelo que le habían caído sobre la frente—. Que Dios ayude al que se atreva a amenazar vuestro clan.

Isabella lo miró directamente a los ojos.

—Entonces, que Dios os ayude a vos.

Edward dejó escapar un suspiro.

—Habladme de las otras piedras —dijo. Estaba claro que Isabella no quería establecer una tregua con él. Tendría que descubrir momentos de paz sobre la marcha, o de lo contrario chocar frente a frente con ella cada vez que estuvieran juntos.

Isabella lo complació y le explicó la piedra siguiente, y la siguiente. Él estaba fascinado por las imágenes y las historias, y por la voz grave de la joven. Su mano rozó la de ella cuando tocaron una piedra los dos a la vez, los dedos de él largos y de nudillos salientes, los de ella suaves, largos y ahusados.

Isabella cerró los dedos rápidamente, pero no antes de que Edward advirtiera que tenía callos y pequeños cortes que se estaban curando. Aquel gesto reveló una tierna vulnerabilidad por debajo de la exhibición exterior de fuerza y orgullo.

—Las piedras cuentan la historia de mi clan a lo largo de varias generaciones, o la contarán cuando las termine.

—Sois afortunada al tener un legado tan rico.

—Todo el mundo tiene un legado.

—No todo el mundo —murmuró Edward, tocando la piedra con los dedos.

Ella no preguntó, ni él tampoco dijo más.

—Temo que nuestros relatos se pierdan para siempre. —Alzó la barbilla—. Mi intención es salvar nuestro legado tallándolo en estas losas.

Edward estaba perplejo por la voluntad y determinación que poseía Isabella. Había visto el orgullo en muchas de sus formas, pero nunca combinado de modo tan exquisito con una intención honorable.

—Sois una narradora de historias, igual que Billy.

Ella negó con la cabeza.

—Soy... un guardián. Una conservadora. Billy guarda cientos de cuentos que se remontan a un millar de años, perdidos en las nieblas del tiempo. Él es una hebra de la larga cuerda de narradores que une las generaciones con su cultura celta, y es capaz de desarrollar esa magia una y otra vez. Yo guardo las historias de nuestro clan. Cuando estén grabadas en piedra, mi tarea estará concluida.

—Otros podrían narrar su legado en una crónica, o en un árbol genealógico.

—El pergamino y la tinta se pierden o se destruyen con facilidad. Además, yo no sé leer ni escribir.

Edward apoyó una cadera en la mesa y cruzó los brazos sobre el pecho, mirando a Isabella de frente.

—Esto es el trabajo de toda una vida.

—Pues entonces, que así sea. Narraré las historias grabándolas en piedra aunque ello me cueste la vida entera. Puede que algún día los de nuestra sangre y nuestro apellido desaparezcan, y no quiero que nuestro legado se pierda en la memoria ni tampoco quiero que esté escrito en pergamino.

—La piedra durará para siempre.

—Así es. Cuando no quede nadie de nuestra sangre que relate las historias del clan Laren, estas piedras contendrán nuestro legado.

—Isabella —dijo Edward—, vuestro clan no morirá.

—Vos habéis venido aquí a destruir algo que ha existido durante generaciones. Yo soy la última de mi apellido, por eso mis hijos deben llevarlo también.

Él suspiró con gesto de impaciencia y tomó a Isabella del brazo.

—No he venido aquí a destruir nada. Y no pienso cargar con la culpa de vuestra ira y vuestra pena.

Ella trató de zafarse.

—Sea lo que sea lo que pretendéis, es muy posible que tenga por resultado el fin de mi clan.

—Escuchadme —le dijo él sin soltarla-. Quedaos aquí –le dijo, y la acercó a sí agarrándola de los brazos cuando ella intentó escabullirse-. Os he escuchado, ahora concededme la misma cortesía. –Y la sujetó con firmeza como el que sujeta a un niño díscolo.

—Hablad, entonces. —Isabella se quedó quieta, con la frente arrugada.

—Estoy aquí porque vos solicitasteis un paladín...

— ¡Yo no pedí que vinierais vos! Yo pedí...

—Ya sé, un guerrero celta. Pero yo estoy aquí para hacer lo que pueda por salvar vuestro clan. Debéis aceptarlo, por el bien de todos.

— ¿Salvar mi clan? ¿Un caballero normando que sólo se preocupa de cuánta tierra puede adquirir, cuánta riqueza, cuánta fama? No quiero vuestra salvación de normando. Salvar a los míos satisface las necesidades de los normandos, las vuestras, no las de ellos.

Edward entrecerró los ojos y acercó a Isabella hacia él hasta que sus senos, bajo la lana gris, se aplastaron contra su pecho y los muslos de ella entibiaron los suyos.

—Si pensara sólo en satisfacer mis necesidades —rugió—, vos seríais la primera en saberlo.

Ella lo miró sin mover una pestaña, con los senos agitados contra el pecho de él y el cuerpo cálido y flexible. El propio cuerpo de Edward vibró al sentir aquel dulce placer y la sangre se le aceleró en las venas, incendiada por un súbito ardor. Pero no dejó traslucir lo más mínimo de lo que sentía, sino que mantuvo la mirada fija y la mano firme.

Aguardó a que ella reaccionara, aguardó a que comprendiera, por fin y para siempre, que él no pretendía hacerle daño a ella ni a su clan. La cadencia de su respiración se fue calmando, pero Edward notaba el retumbar de su corazón contra su propio pecho. La joven parecía despedir cada vez más calor en sus brazos.

De pronto Edward pensó que si Isabella continuaba ardiendo como una llama delante de él, si el fuego natural de ella enardecía su pasión un poco más, le resultaría inmensamente difícil respetar su intención de dejarla en paz.

Isabella inclinó la cabeza hacia la de él y lo miró con un intenso brillo en sus ojos chocolates. Sus labios suaves y rosados estaban a escasos centímetros de los de Edward. Éste inclinó la cara hasta que sintió el calor que desprendía la piel de Isabella. Ella cerró los ojos lentamente; él luchó contra sus impulsos y contra algo que había subestimado cuando la atrajo hacia sí.

—Veréis —murmuró por fin—, puedo resistir vuestro atractivo aunque os tenga tan cerca como un amante. No importa que sienta un impulso irresistible de satisfacer mis necesidades... y las vuestras —añadió, observando cómo ella bajaba los párpados y volvía a levantarlos en un instante de verdad—. De modo que podéis estar segura de que tengo suficiente honor para encargarme de mantener vuestras tierras y vuestro clan a salvo y sin sufrir daño alguno.

—Soltadme —susurró Isabella.

Edward abrió las manos despacio. Ella retrocedió. En cuanto los cuerpos de ambos se separaron, Edward sintió en su interior algo intangible que se encogía y protestaba, y cruzó los brazos sobre el pecho.

Isabella lo miró fijamente, subiendo y bajando el pecho despacio. Él extendió una mano y le tomó la barbilla entre los dedos.

—He sido enviado aquí para ser el paladín que pedisteis. Pero debéis confiar en mí.

Ella cerró los ojos durante un instante.

—No puedo —susurró.

Edward le acarició con el dedo pulgar la nítida línea del mentón.

—Los dos tenemos genio y orgullo, y no es fácil olvidarse de esas dos cosas para tener paz. Pero yo tengo que hacer lo que el rey me ordena. Os dejaré en paz tan pronto como pueda. Encontraréis una vida más segura para vuestro clan cuando todo esté dicho y hecho.

— ¿Tenéis la intención de marcharos? —le preguntó Isabella.

—He de regresar a Bretaña —contestó Edward—. Aunque sea el barón de Kinlochan, y aunque pronto estaré casado con vos, tengo asuntos que atender allí, otras propiedades, otros... otros lazos. No es infrecuente que los caballeros viajen mucho y abandonen su hogar y su esposa durante largos períodos de tiempo.

—Entiendo. —Isabella cerró los ojos, esta vez para contener las lágrimas. Edward sintió de nuevo aquella extraña opresión en el pecho y en las entrañas. Deslizó los dedos por la mejilla de la muchacha, sorprendido y a la vez impulsado por sensaciones mucho más profundas que el deseo, pero por alguna razón inexplicables.

Una lágrima resbaló de los párpados cerrados de Isabella. Apartó la cabeza para separar la mano de Edward y se volvió.

—Si veo que aportáis algún beneficio a los míos —dijo con voz ronca—, haré las paces con vos. Pero no hasta ese momento. Es todo lo que puedo ofreceros.

Se dirigió hacia el banco bajo y alargado sobre el que había una losa de caliza gris a medio tallar. Se echó las largas trenzas por detrás de los hombros, cogió un cincel de hierro y una maza de madera y se puso a trabajar. Apoyó el cincel en ángulo contra la áspera superficie de la piedra y con la maza redonda y desgastada empezó a golpear rítmicamente el mango de madera del cincel.

Edward comprendió que el hecho de reanudar el trabajo equivalía a una despedida, pero decidió mostrarse obtuso y no captar la indirecta, porque había mucho que deseaba saber acerca de aquella curiosa muchacha y su curioso trabajo. Así que se acercó y observó por encima de su hombro.

— ¿Qué historia es ésta? —le preguntó.

La superficie aún estaba lisa y plana en algunos sitios, cubierta de ligeros bosquejos. Isabella manejaba un cincel dentado en zonas en las que las herramientas ya habían mordido la piedra. Los trozos de piedra retirados habían convertido el nivel original de la superficie en un relieve elevado que iría resaltándose por los detalles y los toques de acabado a medida que avanzase el trabajo.

—Esta —dijo Isabella al cabo de unos instantes— es la historia de la Doncella de Piedra, que murió junto al lago.

—Estoy deseando conocer esa historia en particular.

—Os la contaré —dijo ella— algún día. —Descargó la maza y el cincel hizo un leve ruido metálico contra la piedra.

Edward observó cómo iba haciendo girar el cincel alrededor de una incipiente cenefa de ramas entrelazadas, similar a las que había visto en las otras losas. La escena central mostraba dos figuras al lado de lo que debía de ser el lago. El dibujo era todavía basto y poco claro.

Isabella permaneció silenciosa mientras se concentraba en el trabajo. Al cabo de unos momentos, Edward se incorporó.

—Mi señora, os agradezco que me hayáis enseñado vuestro trabajo. Es muy notable. Ahora os dejaré tranquila, quiero buscar a mis hombres y a algunos parientes vuestros para recorrer los límites de las tierras de Kinlochan.

—Por favor, decidles que pronto iré al salón —dijo Isabella sin levantar la vista—. Quiero hablar con ellos sobre el escrito del rey, y he de informarles de... las nupcias que se nos ha ordenado celebrar.

— ¿Os gustaría que estuviera yo presente? —preguntó Edward en voz baja.

Isabella no respondió inmediatamente, concentrada en manejar el cincel en una pequeña área de la piedra y después en soplar el polvo.

—Preferiría hablarles yo sola —dijo por fin.

Él murmuró unas palabras de acuerdo y se despidió. Ella no contestó ni levantó la mirada.

Mientras Edward cruzaba el patio, sonaron los firmes golpes de martillo semejantes a los latidos rápidos y apasionados de un corazón.


Labhrainn – Hablantes


Dintel: Parte superior de las puertas y ventanas que carga sobre las jambas.

In situ: En el lugar, en el sitio.

**Definiciones de la RAE**


Bueno, como prometí, otra actualización el mismo día...

Edward acaba de conocer el trabajo de Isabella y claramente se ha visto interesando y fascinado por ello, pero Isabella no le da tregua... ¿Cómo harán para sobrevivir a un matrimonio de esta manera? Es bastante notable la pasión que hay entre ambos... ¿Será esa su salvación? Sarah se tomó la cosas bien en el anterior capítulo, ¿El resto del clan Laren también lo hará? ¿Edward cambiará de opinión y se quedará con Isabella en Kinlochan?

Espero el capítulo haya sido de su agrado.

Un beso y un abrazo,

Dani.