"Tus conocimientos y comprensión de Dominante, eliminaran los miedos de tus seres sumisos"


Closer

Capítulo 9: RACSA

Los nervios son perseverantes en ese arduo trabajo suyo por inundarme de incertidumbre, sus palabras no dejan de resonar en mi mente en ningún momento, ¿cuáles son nuestros asuntos que arreglar? Puedo resumir, quizá, mi estado en tres palabras simples.

Anticipación, ese estado en el que tienes una leve indicación de lo que viene, o al menos de lo que puedes llegar a sentir. Y no sé qué es peor si ser advertida o vivir en la ignorancia.

Expectación, definida como el interés, un interés muy grande, sentido a causa de la espera de algo, algo que puedes o no saber, no es para menos. Y en mi caso no sé qué es lo que espero.

Y excitación, por supuesto, técnicamente la palabra se define como: En el hombre, el pene se llena de sangre aumentando de tamaño, es decir, formando una erección; en la mujer, se dilata la vulva y se humedece la vagina. ¡Pero quien quiere ahora esos conceptos! lo que yo siento, definido de esa forma, suena demasiado pobre y poco adecuado.

—Baja—ordena cuando ya ha estacionado el auto, con su voz y postura calmada. Todas las emociones de mi cuerpo, al lado suyo, parecen ridículas. Abro la puerta del auto y salgo a la noche cálida. Él ya ha salido y se encuentra unos pasos por delante de mi posición, voy tras él siguiendo el andar elegante de su cuerpo mientras ascendemos para entrar a la casa.

Él abre y traspasamos el umbral silencioso, el ruido de voces nos hace detener a ambos.

—Michael, ya es hora de irnos. El Señor debe estar por llegar—la voz de Carmen resuena por el pasillo proveniente de la cocina, sin duda alguna acercándose. Creo que ninguno escuchó el auto o la puerta.

—Carmen, ¡Por favor!, sólo déjame comer una pieza de pollo más. ¡Está muy bueno!—dice éste. Hablando con lo que parece, la boca llena de comida. Observo la espalda de mi Señor, expectante esperando con la mirada puesta en el pasillo directo de donde vienen sus voces. La figura de Carmen es la primera en aparecer ante nuestros ojos y puedo decir que ella se ha petrificado, espero que esté bien.

— ¡Señor Cullen!—exclama ella asustada—Señorita Swan, buenas noches. Yo... —tiembla— ¡Michael!—grita con su rostro avergonzado, pobre mujer.

— ¡Dije que ya voy!—grita el hombre apareciendo detrás de ella. Juro por todo lo bueno que alguna vez he tenido y tengo en la vida, que estoy haciendo mi mayor esfuerzo para no desfallecer en carcajadas. El hombre habitualmente silencioso, de cabello rubio y figura algo encorvada, viste su habitual traje escuro, desentonado por lo que trae en sus manos, una pieza de pollo y la boca llena. Él mira a Carmen como si no se percata de nuestra presencia, al menos en un primer instante. Entonces nos mira, y sus ojos se abren de una manera que parece van a volar de las cuencas, se atraganta tosiendo audiblemente y no quiero ver porque creo va a escupir los restos de comida en su rostro. Sin embargo me contengo, porque de nuevo la risa quiere salir de mí.

— ¿Carmen?—mi Señor se dirige hacia la mujer de rostro compungido. Su voz suena hasta incrédula por la escena frente a nuestros ojos.

—Lo siento, Señor Cullen—susurra con, a juzgar por mí, verdadero arrepentimiento.

—Les agradezco se retiren—dice él, sin mencionar el tema—Hasta el lunes—hace la aclaración y todos lo miramos.

—S-Señor—la voz de Michael tiembla, y es la primera vez que escucho eso desde que estoy aquí—Lo siento, n-no se vo-olvera a repetir—dice incapaz de mirarlo por completo.

—No se preocupe Michael, ya me encargare yo de ello—murmura mi Señor sin darles mucha importancia, sin embargo sus palabras hacen que un escalofrió recorra mi espalda, recordando que él sabe cobrar muy bien las cosas.

—S-Señor Cullen—llama Carmen, y le doy una mirada de advertencia, hasta yo sé que no debe decirle nada ahora, sino hacer lo que él ha pedido. Observo a mi Señor, su espalda se tensa en el acto.

—Fuera, ¡Ahora!—ruge demandante y ambas personas cierran la boca, se miran entre si y corren prácticamente pasando por nuestro lado para salir de la casa. En mi mente, rezo porque él nunca me grite de esa manera.

Sin embargo ahora estamos solos, de nuevo, y lo que siento a continuación no encuentro bien cómo explicarlo. Veo, en lo que parece una lentitud excesiva, como su cuerpo gira hasta quedar de frente a mí. No puedo definir lo que veo en su mirada, ni su expresión pues la mía está dirigida a sus pies mientras mis manos se retuercen juntas por delante de mi cuerpo. Él me mira, cada trozo de mi piel que él repasa parece arder.

—Isabella—llama por mi nombre, y es la primera vez que me gusta como suena. Como si acariciara cada letra con su lengua. En un movimiento deliberadamente lento, levanto mis ojos hasta toparme con los suyos. Un vibrante escalofrió llena la distancia entre nosotros apoderándose de mi cuerpo, soy testigo de la risa canalla que esto le produce viendo el devastador efecto que ejerce sobre mí. La necesidad de hablar, de decir cualquier cosa para llenar el silencio bajo el cual no se actuar, impera en mi mente. Sus ojos me traspasan, no como en una lucha de miradas, sino como su mirada dominando la mía, haciéndola presa de él. Aclaro mi garganta y abro la boca, no sé qué voy a decirle.

—Señor... —empiezo, con timidez. Antes de que pueda decir algo más su ceño se frunce y sus ojos se congelan, helando mi sangre.

—No recuerdo haber dicho que puedes hablar—declara fríamente y me recrimino el error.

—L-lo siento—balbuceo con los nervios a flor de piel.

— ¡Silencio!—brama con actitud arrogante. En dos zancadas que no preveo se encuentra frente a mí, toma mi rostro con una de sus manos y aprieta mi mandíbula por los lados haciéndome abrir la boca por acto reflejo ante el dolor causado. Dos de sus dedos entran en mi boca presionando sobre mi lengua hacía abajo, en ningún momento dejando de lastimar mi mandíbula. Mis ojos se cubren de inmediato de húmedas lágrimas, él sonríe, gozando quizá del dolor que infringe, tira fuerte de mí y empuja hacia abajo y hago lo más fácil para alejarme del dolor, dejo que mis piernas cedan y caigo de rodillas sobre el duro suelo.

A través de la brumosa capa acuosa, lo miro, sus ojos brillan exuberantes. Pero no deja de mantener sus dedos en mi boca, presionando, se mueve hacía atrás y me impulsa a moverme de rodillas, arrastrándome prácticamente para seguirlo. Y es imposible negar lo innegable, como está tratándome, el modo en que me hace sentir. Un nudo se atora en mi garganta, ¿Por qué lo hace?

Me arrastro siguiéndole hasta que llegamos al inicio de las escaleras, pienso en cómo vamos a subir de esta forma pero él tira de mi ahora hacía arriba, obligándome para evitar la tirantez, a ponerme de pie. Intento cobrar equilibrio para no caer de bruces frente a él y sentirme peor de lo que hago ahora.

—Te espero arriba, mascota—susurra acercándose a mi oído. Dejando atrás la repentina fiereza con la que estaba tratándome hace un segundo. ¿Por qué es tan contradictorio? sus cambios me desconciertan al punto en que no tengo idea de cómo sentirme, me quedo ahí de pie, incapaz de mover ninguna articulación de mi cuerpo; él sonríe complacido por lo que acaba de suceder y luego se da vuelta para ir escaleras arriba.

Tiemblo incrédula.

No pienses, sólo actúa.

No pienses, sólo actúa.

No pienses, sólo actúa.

Me sorprendo cuando escucho en mi cabeza esas palabras suyas, con tanta claridad como si las acabara de pronunciar, como si él estuviese frente a mí diciéndolo, asegurando que todo está y estará bien. Pensar en las cosas que él hace me da un flujo de tormento que no me gusta. Su figura desaparece en lo alto de las escaleras sin mirar atrás, sin fijarse que hice o si lo estoy siguiendo. Tomo una respiración profunda, de esas que ahora son habituales, muevo mi mandíbula de un lado a otro porque aún siento la presión de sus dedos. Al menos no he llorado, llorar no es una posibilidad ahora, no cuando él no está haciéndome realmente algo, sería mostrarme mucho más débil de lo que soy o puedo llegar a ser. Me sujeto de los pasamanos y doy un paso para alcanzar el primer escalón, intento distraer mi mente en el proceso de ascenso, y lo logro tarareando una canción para mí misma.

Llegada al último escalón me siento, un poco al menos, más relajada. Camino hacía el salón pasando por alto el pasillo hacía mi habitación, sin embargo él no se encuentra ahí. Miro sobre la mesa en un repaso por todo el lugar y noto un trozo de papel que desentona con el orden adecuado de las cosas. Una nota, supongo, me acerco y la tomo, escrita con la típica y distorsionada letra de un Doctor, leo:

Desnúdate y regresa

A todas luces, es una nota que resulta inofensiva, eso si no tuviese todas las implicaciones que con él deben tomarse en cuenta. Rápidamente retrocedo en mis pasos para llegar a mi habitación, entro y empiezo a despojarme, de inmediato, de cada prenda de ropa hasta quedar completamente desnuda pues no llevo ningún tipo de ropa interior llamativa como para dejar sobre mi cuerpo. Voy frente al espejo y, audaz, me giro para ver sobre mi espalda, me encorvo un poco y llevo mi mano para tocar la base del plug que se nota entre mis nalgas, siseo un poco pero pienso que de verdad puedo acostumbrarme a ello, sino es que ya lo hice. Con una última mirada a mi cuerpo desnudo abandono la habitación, con la intención firme de acabar con la incertidumbre respecto a sus acciones.

Voy lentamente hacía el salón, esperando que esta vez no esté vacío, tarareando otra canción para mis adentros y así calmar los inevitables nervios. Preguntas y dudas sobre su comportamiento siguen resonando en mi cabeza. No tengo respuestas para ninguna de ellas, sólo él podría explicármelo, siempre y cuando yo me decidiera a plantearle mis inquietudes.

Llegando al salón miro todo el lugar, dudo en hacía donde ir, donde posicionarme. Ni siquiera sé si debo arrodillarme o debo quedarme de pie. Mis ojos se traban en el sofá, frente al cual he estado las últimas noches, de rodillas y sirviéndole, es el único sitio que me parece adecuado, ya me siento a gusto y relajada en ese espacio. Me arrodillaría simplemente, pero una audaz idea que no sé de donde proviene, decido ponerme sobre mis rodillas y manos, recojo mis codos e inclino mi rostro hasta dejar mi mejilla descansar contra el piso fresco. De esta manera estoy dejándome más que expuesta a él.

Es el sonido de sus pasos lo que advierte su llegada y el propio sonido de su respiración lo pone cada vez más cerca. No dice nada, pero no es necesario pues siento su mano hacer presión a la base del plug que se encuentra dentro de mi cuerpo. Ahogo un gemido.

—Logras maravillarme, mascota—murmura con todo el humor oscuro en su voz. Siento su mano subir acariciando mis nalgas, siguiendo el recorrido del canal de mi espalda, sus dedos tocan con suavidad y reverencia mi piel y provoca, a su paso, que cada terminación nerviosa de mi cuerpo cobre vida, me tambaleo en mi sitio. Repentino, toma todo mi cabello entre su puño. —Ven acá—dice a la par que tira de mi cabello haciéndome poner de pie, todo mi cuerpo encorvado hacía delante por su fuerte agarre en mi cabello. Tira fuerte de mí dando una vuelta innecesaria por el salón hasta que vuelve a donde estábamos y toma asiento en el sofá, la diferencia, me obliga a arrodillarme de pie frente a él.

Cuando me suelta no bajo la mirada de inmediato, por el contrario, observo su rostro, la camisa desabrochada dejando su torso desnudo a mis ojos, observo la V de sus caderas que señalan directo a donde su jean está a medio desabrochar y se aprecia el fulgor de su erección. Mis mejillas se calientan en mi escrutinio y mis deseos, mi boca se seca y tan perdida como estoy, soy traída a la realidad por una risa socarrona saliendo de su pecho.

—Otro día, mascota—dice y hace que lo mire, como haciéndome entender algo con esa profundidad verde de sus ojos. Agacho mi cabeza sin embargo, porque hay un tinte de vergüenza y rechazo en mi mente —No te avergüences, en algún momento voy a ocupar tu boca, no vas a ser una excepción en ello mascota. Pero todo llega en su momento—dice y mueve sus dedos por mi mentón, acariciando.

No me permite alejar la mirada, y no por su toque, sino por la forma en que él mismo me está mirando. Vuelve a sostener mi cabello, con tanta fuerza que un siseo sale de mis labios. Es entonces cuando un movimiento de su otra mano me hace prestar atención a un objeto que ha estado ahí desde que él ha llegado pero sobre el cual no he reparado. Un Flogger negro de tiras trenzadas junto con una cuerda blanca enrollada reposan a un lado de su cuerpo.

Un nuevo movimiento me impulsa a moverme, tirando de mí hace que cambiemos de lugar, o al menos yo ahora estoy en el sofá y él en cuclillas frente a mí. Me suelta y toma entre sus manos la cuerda blanca, me mira y acaricia con sus dedos la cuerda. Tiemblo.

—No olvides tus palabras de seguridad—me dice, observándome para dejar en claro la seriedad en sus palabras. Asiento, ignorando el miedo que sus palabras causan en mi interior. Ante mi aprobación alza la cuerda frente a nosotros y sé lo que debo hacer, así que alzo mis brazos dándole espacio y oportunidad de que él haga lo que ha planeado. —Recuéstate, inclínate, flexiona las piernas y ábrelas para mí, mascota—es su siguiente orden, mi corazón ya acelerado se arrebola en la vergüenza de abrirme de esa manera, siempre queda algo de pudor y reticencia, siempre. Y más que sin que él me haya tocado demasiado, siento la humedad entre mis piernas. Temo lo que él piense sobre mí.

Contrario a mis temores, él ignora por completo mi cuerpo cuando estoy en la posición que desea, ni siquiera mira entre mis piernas, él es todo concentración y control con la cuerda en sus manos. Una duda me asalta, ¿por qué estamos haciendo esto aquí? ¿Algo como esto no debía ocurrir en la mazmorra?

— ¿Quieres preguntar algo, mascota?—me mira, sus movimientos se detienen, aunque hasta ahora esos han consistido en pasar la cuerda por alrededor de mi tobillo derecho. Sé que ha notado la duda en mi ceño fruncido.

— ¿Por qué... Por qué estamos aquí, Señor?—pregunto, intentando controlar el temblor de mi voz. Me mira enarcando una ceja a la par de sus labios que se alzan exhibiendo satisfacción.

— ¿Extrañas la mazmorra, mascota?—pregunta, con ese brillo particular en sus ojos. La indulgencia de sus palabras no me pasa desapercibida. Y no es que extrañara el lugar, aunque de cierta manera se me han dado más fácil las cosas cuando he estado ahí. Asiento para él, parece enojado y lo compruebo cuando pellizca la cara interna de mi muslo haciéndome retroceder e intentar mover mi mano para sobar el lugar. —Cuando te hago una pregunta directa, debes responder en forma respetuosa—indica, toda diversión en su voz desapareciendo y dejándole paso a la frialdad lastimera.

—Sí, Señor. Si extraño la mazmorra—respondo bajo tocando la zona sensible donde él ha pellizcado.

—Bien, que nunca olvides con quien hablas—dice, sus facciones se endurecen dejándome ignorante de sus emociones.

—Lo siento—vuelvo a murmurar bajo.

—Respecto a tu angustia, estamos aquí porque se le está haciendo una modificación al salón, pero no será demasiado tiempo para que vuelvas ahí y marques tu territorio—en lugar de menguar, mi curiosidad sólo aumenta con sus palabras. Pero reconozco que él ya no tiene el humor como para responder mis preguntas, al menos con paciencia, por lo que decido mantener el silencio, tanto como soy capaz.

Me quedo totalmente quieta mientras lo observo reanudar los movimientos, pasa la cuerda de mi tobillo derecho a mi muñeca derecha. Mientras lo hace, sus manos son suaves y en el paso van dejando caricias leves en mi piel, rozando, haciendo hormiguear mi cuerpo a través de esa corriente nerviosa que viaja y se enrosca en mi sexo, expuesto a él en la evidencia de lo que causa. El roce de la cuerda cada vez que envuelve piel incrementa todo, mis pezones se endurecen con facilidad, con sólo empezar a sentir las sujeciones hacer su trabajo. No hay manera de ocultar mi cuerpo y mi respiración empieza a fallar a su causa.

Sin embargo, él se muestra ajeno a toda emoción física que yo siento y mi cuerpo expresa. Su concentración es tal que sus ojos sólo se enfocan en aquella parte en que trabaja la cuerda, ahora la pasa alrededor de mi torso, por encima de mis senos, ahí donde el pulso de mi corazón debe percibirse duro contra su tacto, y él ignora. Cruza la cuerda repetidas veces por debajo de mis senos hasta provocar presión, pero no es demasiado, lo compruebo cuando sus ojos me miran, esperando que le responda si es demasiado, pero él ve en mí que está bien y sigue el trabajo. Hace nudos y cruces de la cuerda sobre mi abdomen y luego de cruzarla por mi espalda va por mis extremidades izquierdas, tensando y finalizando en mi tobillo izquierdo.

Cuando termina me encuentro restringida de todo movimiento coordinado, y eso incrementa la vulnerabilidad con la que estoy entregada frente a él. La cuerda presiona mi cuerpo en zonas claves. Soy suya, de una manera tan física que me abruma ese conocimiento y un gemido sale de mi garganta aunque no quiera hacerlo. Él se pone de pie, y desde su imponente altura observa mi cuerpo atado.

—No recuerdo habértelo dicho—su voz es áspera—Y ese ha sido quizá un error, pero voy a decirlo ahora—, sus ojos refulgen en emociones, viendo mi cuerpo, viendo lo que ha hecho conmigo—eres hermosa, mascota. Y el bondage en tu cuerpo... es arte pura—me mira, directo a los ojos—Eclipsarías bellezas—dice recorriendo una vez más mi cuerpo con sus ojos, me ahogo en el efecto de sus palabras. —Siéntate bien—ordena en un murmullo bajo y ronco. ¿Cómo voy a moverme? pienso en mis posibilidades, mis piernas abiertas y atadas sin inflexión no me dan estabilidad. ¿Cómo voy a moverme? estoy segura que si lo intento, voy a perder la poca dignidad que le queda a mi cuerpo y mente, quedando en ridículo frente a él y eso es algo que no quiero. Pero él se muestra implacable en la orden impartida; hago un esfuerzo empujándome hacía delante, empujando mi cuerpo hasta que consigo más o menos sentarme, en lo que permite la cuerda.

En el proceso empujo el plug hacía dentro, presionándome de una manera que llevaba rato ignorando. Me agito y por poco pierdo la posición.

— ¿Cómo se siente eso?—pregunta, pero soy incapaz de responder y agradezco que parece estar murmurando para si mismo—Espero que el plug haya hecho un buen trabajo, mascota. Voy a follar tu culo hoy—declara provocando que gima y lo desee, ya no tengo miedo, las imágenes corren rápidamente en mi cerebro y me encuentro ansiando su siguiente movimiento. —Eres una pequeña puta ansiosa—dice y abro los ojos para ver el momento en que se saca la camisa en una flexión de sus brazos. Lo contemplo, hermoso, fuerte e imponente.

Se acerca al sillón y extiende el cojín más alejado hasta hacerlo más grande, más parecido a una cama. A su gusto, gira en mi dirección hasta quedar a mi lado, tan sobre mí y yo siendo tan incapaz de hacer nada por defenderme, pero no quiero defenderme, estoy fascinada por la crudeza en la promesa de sus acciones.

—Dime, ¿Cómo te sientes, mascota?—pregunta tomando mi cabello en su mano, colocando la otra mano en mi cintura. Tirando de mí provocando un grito de puro instinto saliendo de mi pecho, me mueve hasta tenerme en la parte del sillón que ha extendido. Todo mi cuero cabelludo palpita de dolor. —Siempre he tenido fascinación por recolectar los pensamientos de una mascota, quiero saberlo, cada parte de cómo te sientes, si te duele y si te gusta también, todo—me estremezco y pienso en una buena respuesta, o lo que pueda ser.

—Me... me siento... despojada—le digo, sin mirarlo, huyo de sus ojos que se burlan de mis palabras, de lo que estoy sintiendo—Cada roce de la cuerda, la presión que siento cuando me agito, me recuerda que no puedo hacer nada por mí misma, y... —trago—y me gusta, a mi cuerpo le gusta estar así de... entregado y vulnerable—le digo, no me parece suficiente.

Cuando termino le miro, en el momento justo que está abriendo la boca para responder es él sonido de su celular lo que irrumpe el silencio, y lo hace mover en la escena.

— ¡Mierda!—suelta tomando el celular, mira la pantalla y me sonríe, respondiendo y, a juzgar por el sonido, activando el altavoz. —Garrett—pronuncia como un saludo.

Estimado Cullen, ¿Cómo estás?—una voz rasposa y divertida le habla desde el otro lado de la línea.

Bien, nada que no pueda mejorar—responde mi Señor. Y sé que se refiere a mí, no puedo sostener su mirada así que desvío hacía otra zona del salón.

Amigo mío, una noche de estas avísame y te ayudo a mejorar las cosas. Sólo llámame y tendrás a cualquier zorra a tu disposición—me tenso y agito alzando la vista hacía él, me sonríe como si supiera de mi incomodidad y mis pensamientos.

Puede que te tome la palabra—responde, acrecentando la incomodidad, lo observo, lleva una mano a su cinturón desabrochándolo, suelta el botón del jean, mete la mano y acaricia su erección. ¡Mierda!

Espero por eso Cullen. En fin, quiero recordarte sobre mañana. ¿Recibiste el recado, no?—pregunta el hombre.

Si, ella lo ha hecho bien—ambos ríen como si no estuviesen diciendo algo y la incomodidad vuelve a hacerse presente. —Sobre mañana no te preocupes. Mañana estaré ahí como dije—le aclara.

¿No te molesta?, me entere que tienes... ocupaciones, la voz corre rápido—murmura el tal Garrett, y por la forma en que mi Señor me mira creo que la conversación ha empezado a girar en torno a mí.

No me molesta, ira conmigo—aclara, definiendo un futuro muy claro para mí y acariciando tormentosamente su erección.

¡Joder! tengo que conocerla, algo me comento Victoria pero no le presté demasiada atención—y tengo claro que no quiero conocer ese hombre. ¿Quién es Victoria?

Victoria es muy comunicativa, pero no hay nada que ella sepa que pueda contarte, así que despreocúpate, pronto te estaré llamando, hay una actividad especial que puede me interese llevar a cabo—trago por la forma en que él indudablemente se refiere a mí, de nuevo haciendo planes de cosas que desconozco, con personas que desconozco. Me distrae, me atormenta y me lleva a un punto en que no se si debo pararlo o dejarlo hacer.

¡No me dejes fuera! y gracias por mañana, hablamos pronto—dice el hombre y luego se oye el pitido al cortar la llamada. Y es como si terminara una carrera de caballos, porque estoy respirando agitada una vez él baja el teléfono.

— ¿Dónde íbamos?—se vuelve a mí, tiemblo por lo que veo de él, su polla fuera del pantalón apunta directamente en mi dirección.

Borra la distancia que se generó cuando él fue a por su celular. En un rápido movimiento toma mis piernas y me acuesta de lado, atada y flexionada, comodidad es un término que no puedo considerar de ninguna manera pero a decir verdad poco me importa. Lo único que tiene importancia es la forma ruda y cruda en que estoy expuesta, imposibilitada de ocultarme. Toma el Flogger atrayéndolo a mí, dejándome verlo, contengo el aliento y lo suelto cuando vuelve a dejarlo, justo a mi lado.

Me da una mirada de soslayo, estudiándome pero en este preciso momento estoy segura que mis expresiones faciales no dicen nada, mucho menos mi boca y estoy controlándolo en mis ojos. Si de alguna manera puedo mostrar rebeldía, estoy haciéndolo manteniendo mis emociones a raya. No me siento bien con la conversación que él ha tenido al teléfono, haciendo menciones sobre mi sin yo saberlo.

Sus manos empiezan a trazar un camino por mis piernas mientras más miradas viajan desde lo que hace hasta mis ojos, y me mantengo igual de imperturbable, a pesar de sus caricias, a pesar de la suavidad de sus dedos contra mi piel. Cuando descubre lo que estoy haciendo sus propias facciones cambian, la burla que había mantenido da paso a la frialdad y con ello se va todo rastro suave de sus acciones. Aprieta sus dedos a una distancia milimétrica de mis rodillas, en un punto donde sé que si estivo ese de pie, ya habría caído; me quejo, es inevitable contraer mi rostro por el dolor que está causando.

Sin hacer pausa toma el Flogger entre sus manos, lo miro presa de las emociones que me sostienen y mantienen en una posición que le molesta. Ahora, somos dos cuerpos inertes de todas las emociones que puedan expresarse el uno al otro, pero desfallecidos en el deseo, él de poseerme y yo de recibirlo. Mi mirada le reta, una postura que le pide que me castigue ¿por qué? y él entiende el reto o la necesidad, por eso impulsa su mano rompiendo el aire, haciendo que las hebras del Flogger impacten sobre mis muslos expuestos para él.

No gimo, jadeo, ni expreso absolutamente nada, aunque si siento, el duro y delicioso impacto de las hebras del instrumento que vuelve a golpear mi piel. El picor y la sensación de calor que el impacto genera, acompañado de esa punzada de deseo me inundan. Él tiene una habilidad innata para sorprenderme, para hacer las cosas más devastadoras en un movimiento precipitado. Abstraída como me deja el primer par de azotes del Flogger, no prevengo su siguiente acción. Un minuto estoy recostada de lado y al siguiente estoy con de cabeza en el mueble con mi espalda pegada al espaldar del sofá, dolorosamente levantada, con mis piernas al aire, vulnerable en una peor posiciones de todas en las que él me ha dispuesto esta noche. Apenas lo proceso.

Nada sale de mis labios, por un minuto me siento aturdida, perdida en lo que él ha hecho; observo su rostro, sus ojos donde sólo veo una determinación fiera, sin embargo tengo que mirar a otro lado y no a su rostro, y no es por vergüenza sino porque un movimiento captura mi atención. Su erección está a escasos centímetros de mi rostro, agitándose en cada respiración que doy, agitándose en cada respiración que él da. Deseo tocarlo, mi boca saliva y no puedo apartar mis ojos.

Él se mueve, agitando su cuerpo haciendo mis ojos desorbitar, creo que lo hace a propósito. ¡Maldita sea!, es absurda la forma en que me siento, tan... impotente. Un golpe duro y sordo me saca de la ensoñación, seguido por más que no dan tregua ni descanso, sin conteo, sólo el impulso del Flogger una y otra vez. Mantengo mi expresión aunque por dentro estoy gimiendo incontrolablemente mal, mi piel, mis piernas, ingle, sexo, cada zona recibe el picor de las hebras del flogger, todo mi cuerpo convertido en llamas. Dejo escapar jadeos bajos, gemidos que finjo él no escucha, él demanda burla cada vez que acerca su polla a mi boca pero se aleja sin ningún roce. Enfoca el instrumento de flagelación directo entre mis piernas, dejando que cada azote caiga sobre mi clítoris y pliegues.

Él hace de la experiencia algo cruel, un exquisito intercambio de sensaciones. Lo que hace y lo que veo, su cuerpo, sus músculos contrayéndose, su mandíbula tensarse, su miembro vibrando. El dolor queda aislado de mi cuerpo, no hay dolor, el dolor no existe, las miradas furtivas nunca dejan de ir y venir, pero ya no le huyo a su mirada porque sus ojos me provocan que afloje la tensión de mi boca y gima sin pudor, él reclama mis expresiones con cada movimiento de su cuerpo.

Mi mente y mi razón se nublan, no puedo seguir así y él lo hace todo peor cuando se dedica únicamente a golpear mis pliegues sobreexcitados, ¿cómo voy a soportarlo? me golpea la sensación del orgasmo, el hambriento deseo que veo en sus ojos no hace nada para aplacarme. Sé que me he molestado cuando escuché su llamada porque confirma una vez más que puede tener otras, pero en este momento él me desea a mí, tiene hambre de mí, y eso es evidente en sus ojos, en los ojos de cualquier hombre, en este caso, los ojos de mi Amo.

En un chispazo de sensaciones por mi mente pasa mi primera palabra segura, la veo como un desahogo y cierro los ojos sacudiendo mi cabeza porque la parte masoquista no quiere que su tortura acabe, absorbe cada potencial movimiento, golpe o caricia, de él y lo vuelve lava y placer. Me tenso cuando ya no es el flogger lo único que me toca, sino un dedo suyo, restregando mis pliegues que esparcen humedad en cantidad, empujo mi torso por inercia, todo mi cuerpo pidiendo más, intensidad, dolor, alivio, más. Los impactos del látigo nunca cesan y resuenan contra mi piel como un chispazo que quema, brazos, piernas, ingle, vientre, pechos, mis gemidos ya no son reprimidos ni bajos, son sonoros y se transforman en suplicas, a mis ojos ya han acudido las lágrimas de impotencia, de deseo excesivo, de sensaciones que son más poderosas que toda mi capacidad de aguante. Me canso, mi cuerpo se agota cayendo en una espiral final, su dedo incesante asciende y desciende en la raja de mi sexo, no es alivio, sólo más provocación, más tortura.

Lo llamo, lloriqueo, ruego y suplico. Y a él le gusta, me mira con deleite y presiona más mi cuerpo. En sus ojos brilla la malicia de doblegarme al punto de la súplica. Parece enajenado, utiliza una suavidad que no le caracteriza para volver a poner mi cuerpo de lado, medio acostada, afortunadamente mi cuerpo no duele con los múltiples azotes recibidos, simplemente se siente magullado. Busco sus ojos porque necesito saber sus siguientes movimientos, sé que estoy expresando más de lo que pretendo, emociones y sentimientos, nunca he sabido que es lo correcto por sentir, mi día a día siempre ha sido una búsqueda de aquello que es correcto porque siempre lo que es así para unos, es incorrecto para otros. Por eso busco lo que es correcto en sus ojos, en la seguridad que muestra por lo que hace, en la determinación que me llena, la firmeza de su posición en mi vida. El sentimiento que se ha ido construyendo en mi pecho por él se expresa, crece e hincha mi adoración hacía él. Sus ojos, tan verdes como quizá jamás los he visto, me confirman con firmeza y suavidad que jamás me hará daño y que el cataclismo de sensaciones que me llenan y que van más allá del simple dolor o el simple placer, son correctos, y si para él son correctos yo no tengo nada que decir, lo acepto y lo recibo como cada cosa que provenga de su persona.

Él responde a mis emociones con un amago de sonrisa en sus labios, me desarma completamente haciéndome ceder de una manera impensable. Tomo una gruesa bocanada de aire cuando lo siento presionando contra mi ano, hace presión con su polla ahí, se lo que va a hacer, una parte de mi lo está anhelando, no tengo miedo. Se siente caliente contra mí, o quizá es sólo mi cuerpo y la abrumadora sensación que lo llena, es el momento, la presión genera calor y dolor, mi cuerpo no está preparado pero quiere recibirlo, y es esa certeza la que me lleva a sonreírle, para hacerle saber que esto está bien.

—Eso es, mascota—susurra con aprobación a la par que empuja con rudeza penetrándome de golpe, dejándome sin respuesta. Me quedo sin aire y cierro los ojos. Un estiramiento brutal sacude mi cuerpo, el dildo en su momento parecía suficiente, pero en realidad parece que no del todo.

Un lamento sale de mis labios, me quejo aunque no quisiera hacerlo, el dolor es... es una presión agónica y, ¡mierda! las lágrimas me saltan, es un dolor bueno, aspiro tanto aire como mis pulmones pueden soportar y lo dejo salir sintiendo a mi cuerpo ceder y las paredes estiradas de mi cuerpo contraerse entorno a su miembro que se mantiene palpitando en mi interior. Abro los ojos y me lleno de su expresión, de su mirada y aspecto contraído, su semblante agónico de placer me hace saber cuánto está disfrutando de este primer momento. Eso es suficiente para saber que el dolor que me está produciendo es completamente justificado, que vale la pena. Se mueve hacia afuera, arrastrando consigo todo tipo de sensaciones que se reparten por cada músculo de mi cuerpo. Entonces empieza a moverse, a embestir de verdad, y no hay manera en que pueda parar la cataclasis en la que sucumbe mi cuerpo.

Gemidos, incoherencias, monosílabos y la reverberación del sustantivo que le representa sale de mis labios sin parar. Mi cuerpo es sacudido al ritmo de sus embestidas. Me desconozco, soy un ser primario reducido al deseo más carnal del humano. Observo el movimiento de sus manos mientras mantengo mi boca abierta y mi respiración perdida. Saca el cinturón que aún permanecía entre los ojales de su pantalón, detallo como lo acomoda en su mano y trae a mi mente recuerdos de padres que amenazan a sus hijos colocando el cinturón de esa amenazante forma en sus manos. ¿Qué va a hacerme? trago, respiro, gimo. Ondea su cadera y me retuerzo aunque es sólo mental, no puedo moverme.

Estoy perfectamente adaptada al grosor de su polla, el dolor es sólo una ráfaga que acompaña al placer, la tortura de su cuerpo sobre él mío, el choque de su piel contra mi piel. Y sé que voy a correrme, lo sé con una certeza que raya en lo imposible.

—Puedes correrte cuando quieras—dice sin dificultad aparente, contrario a la expresión de su rostro, la tensión de su cuello y el sudor en su torso. Ralentiza el movimiento de su cuerpo haciéndolo más pausado, pero es sólo para seguir haciendo lo que mejor se le da, en un ligero movimiento de su muñeca hace impactar el cinturón de cuero suavemente contra la carne húmeda e hipersensible en la que se ha convertido mi sexo, convulsiono ante el impacto retorciéndome y chirriando mis dientes en la deliciosa sensación que se esparce por mi cerebro y anula todo proceso cognitivo. Como ese siguen más azotes, uno y otro, y otro más. Jadeo en búsqueda de aire, no hay más, no lo resisto más, busco algo que me permita aferrarme a la realidad y no perderme en ese nebuloso mundo de oscuro placer que amenaza con consumirme. — ¡Déjate ir!—gruñe con firmeza y sus caderas vuelven a retomar ese ritmo desenfrenado presionando partes de mi cuerpo que no sabía que sentían hasta ahora.

El ambiente se carga del sonido de sus caderas chocando mi piel, los golpes del cinturón contra mi sexo que suena como chasquidos, los propios sonidos de su garganta. Mis ojos se llenan de sus facciones desgarradas por el placer, y eso... lo que veo en sus ojos, es lo que me permite ser catapultada al final de una larga carrera. Mi cuerpo convulsiona en sacudidas salvajes, siento como alcanzo la cima de un clímax que tensa y languidece mi cuerpo de un segundo a otro, él controla absolutamente mi orgasmo y me quedo rendida, para cuando recobro algo de pensamientos, puedo sentir la brumosa sensación de su espesa esencia derramándose en mi interior y fuera de mi cuerpo.

—Señor... —llamo, mi voz suena ronca y patosa, mi garganta está seca y duele. ¿Grité? es vergonzoso de pensar.

—Shhh—acalla. Sus manos están liberando mi cuerpo de las cuerdas, apenas puedo sentirlo, mis brazos son los primeros en caer y no soy nada fuerte para sostenerlos.

Estoy más allá del agotamiento físico y mental, apenas soy capaz de sentir algo de lo que hace, estoy en total sopor o shock, ¿quién lo sabe? ¿Me alza? creo que lo hace, creo que estoy en sus brazos, creo que me lleva a dormir. Si, necesito dormir. Él no dice nada, ni siquiera disfruto o pienso en el viaje en sus brazos, mi cuerpo agradece el contacto con la suavidad de una cama, mi cama. Creo que se ha ido, no escucho pasos, no escucho nada y mis ojos están medio cerrados, me siento tan liviana que sé que voy a dormir demasiado a gusto esta noche o lo que resta de ella, ¿qué hora es? Entonces siento como soy levantada en vilo y quiero protestar y llorar como una niña pequeña ¿por qué? quiero hablar pero la garganta me escuece y no consigo nada de voz dentro de ella, demasiado cansada como para esforzarme si quiera.

—Tranquila—escucho su voz como un susurro calmado y suave, y distante aunque creo que estoy en sus brazos, de nuevo. Creo que su voz suena satisfecha y por eso sonrío, al menos en mis pensamientos lo hago, porque si es real que él está satisfecho es gracias a mí.

Frunzo completamente mis pensamientos y de seguro el entrecejo cuando soy descendida en la tibieza de un líquido que provoca escozor en todas las zonas de mi cuerpo donde las hebras del flogger han sido más intensas. Me remuevo y reclamo y entreabro mis ojos pero no puedo hacerlo mucho tiempo, sin embargo sus manos me calman, su presencia y su voz se convierten en un bálsamo tranquilizador. Lava mi cuerpo, tan suave, tan cálido, tan dueño de mí.

Me lava, luego me seca con extremo cuidado y finalmente vuelve a alzarme para dejarme sobre la cama. Quiero abrir los ojos y comprobarlo de esa manera, pero no hay manera en que lo consiga.

—Descansa, mascota. Lo has hecho muy bien hoy—sus dedos se posan en mi rostro, eso creo, eso se siente, acaricia los cortes de mi boca y mi corazón se acelera en el sopor del sueño cuando siento un beso ligero siendo depositado contra mis labios. Demasiado pronto el peso y la tibieza de su cuerpo abandonan mi cama, voy a quedar sola.

De algún lugar dentro de mí, consigo mi voz.

—Gracias, Señor—me escucho decir.

—A ti, pequeña mía—es lo último que escucho decirle, el sueño se apodera demasiado rápido de mí y pronto me consigo navegando en un mundo perfecto que sólo los sueños puede otorgar.

...

Me remuevo, estoy sobre mi cama y me quejo en cada movimiento de mi cuerpo inquieto. Siento cada parte de mí magullada, mis músculos contraídos y tensos, cada porción de piel, musculo y hueso emite reclamos. Abro los ojos ante el evidente hecho de que no voy a poder dormir más. Respiro profundo y miro el mosquetón del dosel sobre mi cabeza, un pensamiento pesado se cuela en mi cabeza ¿Alguna vez sabré lo que es dormir con la tibieza de su cuerpo junto a mí? pero no me gusta ese pensamiento y lo desecho tan rápido como apareció. Cierro y aprieto los dedos de mis manos y pies, intento recobrar algo de fuerza y de dominio sobre mi cuerpo, pero todo duele cuando contraigo un musculo para moverlo y me lamento sonoramente.

Me obligo a sentarme y lo hago de golpe tensándome y quejándome tan fuerte por la punzada dolorosa en mi culo. ¡Mierda!

Contrario a seguir sintiendo dolor me distraigo en el recuerdo de la noche anterior y la causa de todo esto, eso hace que el dolor se convierta en un karma delicioso de sensaciones poderosas. Pienso en él, en su postura en nuestro encuentro, en sus cuidados de después, y agradezco lo que siento esta mañana.

Me pongo de pie y capto el movimiento en el espejo pero no me atrevo a mirarlo, quiero estar de frente al espejo de cuerpo completo para tomar una imagen general. Me acerco con pasos vacilantes.

— ¡Oh!—exclamo, mi voz sale rasposa y mi garganta arde en protesta. Observo detenidamente lo que está frente a mí, en el espejo. Mi cuerpo está... pintado: brazos, piernas, pechos, parte de mi vientre; todo cubierto por finas líneas que surcan en todas direcciones, marcas rojas intensas y otras débiles, que se extienden, van y vienen, que no parecen tener un fin o un comienzo. Soy una obra, soy su obra. Y no sé cómo sentirme al respecto.

Retrocedo y camino descalza dándole la espalda al espejo. Anoche fui siquiera incapaz de saber en qué momento fui despojada de los tacones, ¿antes o después? estoy perdida, pero estos se encuentran a un lado de mi cama, alineados uno junto al otro. En una percha se encuentra mi bata de seda color crema, la tomo y me envuelvo en ella.

Sé que no hay nadie en casa, excepto él y yo, así que puedo andar así en casa ¿no? siseo con el roce de la bata pero termino por anudarla en mi cintura. No cubre demasiado pero esencialmente no estoy desnuda, y sé que es mejor que cualquier otra tela en contacto con mi cuerpo. Tengo el propósito de buscar algo para mi garganta, recuerdo a la Señora Carmen señalando una dispensa llena de medicamentos para todo tipo de malestar. Pienso en un vaso con zumo de naranja, mi reseca garganta anhela esto. Busco una liga y recojo mi cabello en una coleta, voy al baño para lavar mi rostro y dientes.

Finalmente bajo, por primera vez me siento muy a gusto en la casa, ya no tan ajena, mis pies descalzos agradecen el contacto con el mármol frio mientras bajo cuidadosamente las escaleras.

Camino directo a la cocina, reconociendo la brillante luz de un maravilloso día que se filtra a través de los grandes ventanales que conforman toda la estancia de la casa. Observo el resplandor del jardín en tantos diferentes tonos de verdes, es hermoso. Busco lo necesario y empiezo a prepararme un vaso de zumo de naranja, hago un poco más que eso y lo vierto en una jarra, tal vez a mi Señor le apetezca. ¿Estará él aun durmiendo? eso espero. Camino hacía el comedor pues es ahí donde se encuentra la dispensa de los medicamentos, sin embargo soy detenida por un sonido, el sonido de una voz pequeña y dulce. ¿Qué rayos?

— ¿Eeemee?—pronuncia esa pequeña voz, y entre más cerca estoy, más dulce y tierna suena, semejante al sonido de campanillas. Me asomo de soslayo al comedor, ocultando mi cuerpo tras la pared y husmeando como de seguro no debo hacer, pero mi curiosidad es mayor. Un par de ojos grises, grises por esta mañana, me miran, es lo primero que consigo capturar, pero tan pronto como ocurre desvío la mirada a su lado, donde la pequeña figura de una niña de cabello rubio sujeto en dos colitas, con una postura adorable, un lápiz entre sus dedos y cuaderno en frente, se encuentra. Mi primera reacción es sonreír maravillada por lo que estoy viendo, pero la segunda es una idea que no me agrada en absoluto, ¿Su... hija? ¿Quién es la pequeña? ¡Oh! tapo mi boca cuando noto que estoy a punto de decir cualquier cosa, entonces vuelvo a mirarlo, siendo llamada completamente por el sondeo de su mirada.

—Chloe, espérame un momento aquí, ¿quieres?—dice él, preguntándole sin apartar su mirada de mí. La pequeña niña distraída en su cuaderno emite un simple sí. Entonces vuelvo a mirarlo a él que se pone de pie, detallo que apenas lleva un pantalón de chándal y una camiseta negra de manga corta que, a decir verdad, le queda muy bien a su torso esculpido. Retrocedo en mis pasos mientras él se acerca, me sigue y acosa. —Buenos días, Isabella—dice cuando ya estamos en otra estancia, lejos de la niña. Me maravillo y extraño por verlo vestido de esa manera, tan... cómodo. Pero más extraño aún ha sido verlo junto a aquella niña, y sé que tengo que preguntarle.

—B-buenos días—le respondo, patosa, arrugo mi entrecejo cuando siento el ardor correr por mi garganta.

— ¿Qué sucede?—pregunta, supongo que notando la mueca de dolor en mi rostro.

—Sólo—señalo mi garganta—Me arde—le digo.

—Sube y vístete, luego reúnete con nosotros para desayunar y puedas tomar algo para la garganta—organiza con serenidad, ordenando por supuesto. Asiento pero me quedo, no me muevo, tengo que preguntar.

— ¿Qui... quién…?—pero él no me deja terminar la pregunta.

—Isabella—pronuncia mi nombre en un tono de completa advertencia—He hablado—declara.

Alzo una mano, indicándole no sé qué demonios, me giro y encamino de regreso a mi habitación con la pregunta rodando en mi cabeza. ¿Quién es esa niña? Sin embargo cuando llego a la habitación y me veo frente al reto de vestirme, la olvido completamente. ¿Que puedo ponerme? algo que luzca bien para él, pienso. Algo que a su vez sea cómodo porque hay una niña ahí abajo, miro mi closet y nada parece demasiado bueno. También algo que cubra las marcas que surcan todo mi cuerpo. Para mi suerte el día parece lo suficientemente cálido para vestir ligera, y no puedo. Observo shorts y franelas de tiras que no puedo ponerme. Finalmente tomo un pantalón de deporte y una blusa de manga larga, totalmente en contra de cualquier vestuario deseable, lo único bueno es que estoy cubierta.

No me gusta en absoluto la imagen que me ofrece el espejo cuando termino de vestirme, pero no sé qué más puedo ponerme y mi mente no parece colaborar mucho esta mañana, me maquillo un poco e intento mejorar mi cabello, me calzo unas zapatillas cómodas. Caminar es una auténtica cosa que odio, el roce de la tela con mi cuerpo, simplemente lo odio. Mejor sería pasar todo el día desnuda recostada a la cama sin mover un musculo de mi cuerpo, pero ¿tengo esa opción? ya sé yo que no, salgo de la habitación y voy a reunirme con ellos.

A medida que bajo escucho la melodiosa voz de la niña. ¿Quién será? vuelvo a preguntarme.

— ¿La mamá?—pregunta aquella voz, la incredulidad e inocencia en ese sonido de campanillas me hace sonreír.

—Buenos días—digo entrando donde se encuentran, ya no tengo porque ocultarme.

—Buenos días—es mi Señor quien responde.

— ¡Buenos di-itas!—me dice la niña que se gira para ver en mi dirección, jadeo cuando observo sus ojos de un profundo azul, tan azules como suele tenerlos él cuando está de buen humor, tan azules como cuando la serenidad es el estado predominante su persona. Sacudo, sus facciones son dulces y perfectas y está enfundada en un vestido rosa, ¡es preciosa! calculo unos cinco o seis años debido a su lenguaje fluido y rasgos definidos.

—Chloe, ven acá—dice mi Señor poniéndose de pie y volviéndose en mi dirección, me doy cuenta que desde que entre no me he movido, manteniendo una lejanía extraña a ellos, como si de esta manera me encontrara a salvo, a salvo de la realidad de quien es esa niña en su vida.

La pequeña hace un brinco elegante para ponerse de pie, enrolla su pequeña manita en un dedo de él y camina a su lado, hacía mí, los rasgos parecidos me abruman.

—Ella es Isabella. Isabella, ella es Chloe—presenta. Respiro profundo, sea quien sea, su hija o lo que sea, es una niña. Me agacho a su altura ignorando todas las protestas de mi cuerpo.

—Hola Chloe—extiendo mi mano hacía ella.

—Hola Isabella-bella—dice ella y rio.

— ¿Qué has dicho?—le pregunto medio en broma.

—Isabella es muuuuuuuy largo—dice alargando las vocales. —A mi mami le gustan los nombres cortitos como el mío ¿sabes? Y... Bella es muy bonito ¿Puedo llamarte Bella?—me pregunta con todo el deje de inocencia impregnado en cada palabra dicha.

—Por supuesto—le respondo sonriendo, sin embargo paro en seco en mis acciones y miro hacia arriba, enderezo mi posición y lo miro. — ¿No le molesta?—pregunto.

—No—responde con tranquilidad—Después de todo, no creo que si le diga a Chloe que te llame Isabella, vaya a hacerlo.

—Bella, mira mi tarea—la pequeña interrumpe e intenta llamar mi atención dando una suave palmada en mi pierna. ¡Ugh! mal sitio.

—Veamos—me acerco junto a ella evitando cualquier otro posible roce de su palma, observo garabatos que forman letras, algo como el abecedario.

— ¿Está biieeeen?—pregunta, me gusta su forma de alargas las palabras, me hace reír y su sonrisa acompañándolas sólo la hace lucir más adorable—si está mal, es culpa de tío Ed—acusa.

—Chloe, no te ayudare más si me acusas—dice él, bromeando. ¡Bromeando! Entonces me detengo a procesar lo que he escuchado. ¿Tío? Reacciono, ya que ella está esperando una respuesta de mi parte, vuelvo a observar su cuaderno.

—Está muy bien, Chloe. ¡Felicitaciones!—exclamo hacía ella.

— ¡Tío! ¡Quedo bien!—responde ella dando brincos alrededor de él—Ahora sí, ahora si vamos a desayunar—dice tocándose la barriga con entusiasmo.

—Por supuesto. Isabella—lo miro—acompáñame a servir el desayuno—asiento—Chloe, espera por nosotros en la mesita del jardín ¿de acuerdo?—, aun tan dulce como parece poder ser para con tan inocente criatura, sus ojos y voz reafirman el ímpetu de su orden.

La niña reacciona corriendo grácilmente hacía donde él le ha indicado, ambos, él y yo, giramos hacía la cocina.

— ¿Preguntas?—murmura mientras saca bandejas y sirve, sus manos me señalan el zumo de naranja que he dejado preparado, sirvo para los tres mientras él acomoda el resto en la bandeja. ¿Él cocinó? no veo otra opción, tostadas y tocino, waffles y huevos. Veo la comida y anhelo una humeante taza de café, pero por lo que sé hasta ahora, él no toma café y dudo que me deje conducir a un Starbucks o cualquier café de la ciudad que esté cerca.

— ¿Chloe es su sobrina?—tanteo el terreno.

—Preguntas inteligentes, Isabella. Ella me ha llamado tío, ¿qué creías?—dice en ese tono serio, reprendiendo, me sonrojo.

—Bueno, supongo entonces que es hija de su hermana Rosalie o ¿tiene más hermanos?—vuelvo a preguntar.

—Sí, es hija de Rosalie, ella la ha traído para cuidarla durante la mañana. He discutido con ella por venir sin avisar, no soy partidario de las sorpresas. Me gusta controlar las situaciones—dice terminando de acomodar tres platos sobre una bandeja.

—Lo sabré yo—murmuro bajo, arrepintiéndome en el acto y esperando que él no me haya escuchado.

— ¿Has dicho algo?—pregunta irónico. ¡Por supuesto que ha escuchado!

—Nada—respondo de inmediato.

—Vamos, Chloe debe estar hambrienta—señala.

—Iré por algo para mi garganta—lo digo a modo de información pero él me detiene con una mirada.

—Aquí esta—dice sacando un paquetito de su bolsillo—Con esto estará bien—asegura, y le creo.

—De acuerdo—digo y asiento, como si él lo necesitara. Vamos hacía donde se encuentra Chloe, mientras nos acercamos y la veo, me hago una idea de cómo debe ser Rosalie, a quien hasta ahora no he tenido la oportunidad de conocer y ni siquiera sé si quiero hacerlo, tampoco sé si el hecho de no conocerla se deba a mi Señor o ha sido todo una mera coincidencia. Estoy segura igualmente que no quiero acercarme mucho a los miembros de su familia, no sé me da muy bien permanecer alrededor de las personas, usualmente no sé cómo debo comportarme en ciertas ocasiones, pienso demasiado en lo que esperan de mí. Y me doy cuenta que últimamente no sé muchas cosas, estoy desconcertada como navegando en terrenos que no deberían ser tan desconocidos.

El desayuno pasa de forma relajada, la niña da un ambiente risueño de preguntas propias de una infanta de seis años. Ella se enfrasca en fastidiar a mi Señor, insistiendo en que debe dejar de llamarme Isabella porque ella ya me ha colocado Bella, eso realmente lo ha frustrado, lo veo en sus ojos y aún me divierto silenciosamente con ello, claro que sin excederme, él lo vería y yo lo pagaría más tarde.

A todas estas, no he tenido oportunidad en medio del día que Chloe permanece en casa, de infórmame más sobre los planes de la tarde-noche que él tan afablemente mencionaba ayer; ayer quede con la duda, duda que empezaba a llenarme de curiosidad mala.

Toda la mañana permanecimos con Chloe en el jardín, siendo mi primera vez en el jardín, caminando por la suave y mullida grama, deleitando mis ojos en los preciosos matorrales que de seguro la Señora Carmen se encarga de mantener tan bien cuidados, tomamos el sol en medio del paraíso verde que presume ser. En silencio lo observo interactuando con Chloe, es muy bueno y es fácil ver que ella lo adora, sé por la forma en que se dirige a él, en como enrolla sus brazos alrededor de su cuello para abrazarlo o besar su mejilla. Nunca, de alguien habérmelo preguntado hace una semana, habría sido capaz de decir que yo iba a presenciar algo como esto.

En un momento dado mi cuerpo me exige ir al baño, las necesidad primarias y básicas me apremian a moverme con rapidez tras un asentimiento de aprobación por su parte. Descanso mi vejiga lamentándome en ese roce de la tela al bajar y luego subir el pantalón de deporte. No duro más de un par de minutos en el baño, pero es suficiente para que al salir, ya Chloe no se encuentre en el jardín con él, nada de su sonrisa o sus palabrillas alargadas o su risa de campanitas. Sólo consigo a mi Señor quien ya camina de nuevo hacia el interior de la casa, en mi dirección.

—Rosalie ha venido por ella más rápido de lo que esperaba—dice él a modo de explicación. — ¿Alguna vez has ido a un club BDSM?—me suelta.

Por poco me atraganto con mi propia saliva a causa de su inesperado cambio de palabras. Mi mente queda en blanco, soy atormentada por el paso de un tiempo dulce e inocente a su mundo perverso y sádico, al club.

—No—le respondo cuando finalmente soy capaz de hilvanar pensamientos acordes.

—Te va a gustar—dice como si supiera todo—Tengo la sospecha de que te va a gustar más de lo que piensas.

—Yo... ¿Yo voy a... —dejo la pregunta inconclusa sin ser capaz de procesarlo y pronunciarlo completamente.

—No, tu sólo vas a mirar, serás mi mayor espectadora—sus ojos flamean sobre mí—Ahora quiero que subas y te prepares, ya sea como está tu cuerpo y no me importa las marcas, vístete para mí. Hoy voy a lucirte, mascota, así que compláceme, nos vamos en dos horas—me informa, retengo en mi cabeza cada palabra suya. ¿Dos horas? pensé que iba a ser en la noche. —No es un club nocturno—dice respondiendo mi pregunta no formulada—Cuando se trata de sesionar puede ser en la mañana, al mediodía, en la noche o la madrugada, no es un bar de putas, al menos no de putas que cobran por su cuerpo. Es un club de Amos y sumisas, que intercambian placer a distintos niveles. Un lugar donde aquellos reprimidos cumplen sus deseos más profundos, un lugar donde los maestros enseñan sus mejores técnicas de dominación y los sumisos aprovechan, ven y viven un momento de enseñanza con esos maestros. Ahora ve arriba y compláceme—dice apremiante—Cuando estés lista quiero que me busques en un salón que tengo en la planta de arriba, está junto a mi habitación, la segunda entrada en el pasillo que lleva a la mazmorra ¿entendido?

De nuevo hago ese lento proceso de consumir cada una de sus palabras, intento calarlas todas tanto como me es posible.

—Entendido, Señor—y me voy de vuelta a mi habitación.

...

Una hora y algunos minutos más tarde me encuentro completamente lista, giro en varias direcciones frente al espejo para apreciarme desde diferentes ángulos y asegurarme que soy lo que él desea. Al vestirme opté por un vestido negro de falda corta que consiste en realidad en un sin número de pliegues con la particularidad de que en mi torso consiste en tiras horizontales que dejan descubierta parte importante de mi piel, piel surcada en líneas rojas. Sólo la parte que cubre mis pechos está completa, las tiras siguen incluso en los cortes de las mangas dándole un aspecto más allá de lo retorcido, me gusta. Aprovecho y coloco una ligera sombra negra sobre mis parpados y un poco de rubor en mis mejillas, termino por calzarme unos tacones-botines negros aunque haciendo a un lado el uso de medias y espero que eso no vaya a molestarle. En cambio me coloco unas ligas con sujeción y lencería negra, no llevo sujetador porque el vestido no lo requiere.

Finalmente me creo lista y me sonrío animosa, es hora de ir con él. Antes de salir observo mi celular puesto sobre la mesa de noche, lo he ignorado absolutamente mucho desde hace demasiadas horas, y ahora no es que tenga tiempo para detenerme a revisarlo, tampoco quiero. Ignoro esas pocas ganas de quedarme y revisar y elijo ir a reunirme con mi Señor.

Sigo en mi mente y pasos el camino que él ha señalado, doy la vuelta al pasillo que lleva la mazmorra, y mi piel se eriza al saberme tan cerca del sitio donde han sido llevadas a cabo nuestras sesiones, me concentro en él ahora y aprieto los nudillos en un puño para llamar a la puerta junto a su habitación. Tras ella escucho un amortiguado "Pasa", giro el pomo y estoy dentro.

Lo primero que busco son sus ojos, los cuales esta vez no se enganchan en los míos sino que hace un recorrido exhaustivo por todo mi cuerpo, contengo el aliento esperando ver el resultado de su escrutinio, los nervios se instalan en mi estómago a causa de su evaluación, hasta que lentamente vuelve a mirarme el rostro, a mis ojos y todo lo que veo es aprobación que engalana mi corazón.

—Perfecta—susurra su total aprobación—Recuerdas cuando te dije que el rojo te sentaba bien—dice más como afirmación que como pregunta, asiento. —Cuando eso apenas era una idea preconcebida, hoy puedo dar fe de ello—sus ojos chispean—Luces perfecta—y soy miel por su halago.

—Gracias, Señor—murmuro, entre avergonzada, cohibida y emocionada por sus palabras. El ardor de mi garganta cesó una vez hube tomado el medicamente que él me dio, hora sólo fastidia un poco.

—Siéntate—ordena desde su posición, observo la única silla libre más cercana a él. El salón en que nos encontramos parece una estancia amplia, miro alrededor para observar algunos ventanales enmarcados por espesas cortinas color negro, el suelo cubierto por una alfombra borgoña y felpuda, estantes con libros cubren las paredes y donde él se encuentra, un gran escritorio al cual me acerco para tomar asiento del lado visitante. —Veamos—dice ceremonioso, toma una carpeta del montón de documentos que tiene sobre el escritorio, reconozco el documento que saca de ahí, lo sé perfectamente y de memoria, mi contrato ¿Para qué lo quiere? empiezo a sentir una sensación desagradable crecer en mi garganta y espesarse hacía mi estómago. —Quiero modificar, o más bien agregar un término al contrato que le da vida a nuestro lazo, ten—me ofrece el papel, alzo mi mano medio temblorosa y recibo el documento. —Léelo y dime si estás de acuerdo—frunzo el ceño y asiento para disponerme a leer.

Al firmar el presente contrato, no sólo doy consenso de mi entrega, estoy dando fe de mi apego al termino RACSA (Riesgo Asumido y Consensuado para prácticas de Sexualidad Alternativa) asumiendo como adulto responsable la entrega que hago de mi cuerpo a disposición de mi Amo, para que él considere lo que es necesario para su placer, y el mío como su perra y esclava.

Lo miro atónita, ¿qué diferencia hace esto de lo que ya tenemos? ¿No le he dado ya todo?

—Te lo explicare—dice juntando sus manos sobre el escritorio, él se muestra estoico y profesional—Sólo es un mero formalismo, uno más en el acrónimo mundo en el que nos movemos. Es una ampliación o modificación del termino SSC, pues como sabrás, hay momentos en los que no te consulto que voy a hacer contigo, simplemente evaluó la necesidad en el mismo instante en que está ocurriendo, miro la capacidad que tienes para usar responsablemente tus palabras seguras en caso de ser necesarias—me quedo fascinada en su forma de expresarse respecto al tema. Y creo que debería estar prestando más atención. — ¿Estás de acuerdo?—me pregunta, y la verdad no es algo que no hayamos hecho ya, pero entiendo que él quiera dejarlo por sentado.

—Sí, estoy de acuerdo Señor—murmuro y devuelvo el papel.

—Bien, ahora iremos al club pero antes hay dos cosas que debes llevar, una por obligación y otra... también por obligación, te lo pido yo, pero por supuesto, está a tu disposición si quieres negarte—aclara y sus palabras logran intrigarme. Lo observo con detalle, viendo cada movimiento. ¿Qué va a hacer?

Se pone de pie permitiéndome ver cómo va vestido, con una camisa negra de manga larga y un pantalón del mismo color, inconscientemente parece que el color hace parte del BDSM o de esto, como él lo llama, el mundo en que nos movemos. Lo observo caminar hacía uno de los estantes con libros y remueve un gabinete bajo. Temo mirar lo que saca y sostiene en sus manos así que desvío a mirar a otra parte, la curiosidad es más fuerte y lo miro pero me enfoco en sus sinuosos movimientos, en como su barba se ha intensificado en el paso de los días dándole hoy un aspecto tremendamente sexy, de hombre fuerte y maduro, me fijo en como su cabello también ha crecido, logrando centímetros y convirtiéndose en un desprolijo lio cobrizo que sólo le da un toque más perfecto e imposible, como si eso fuese posible. La camisa se mueve al compás de sus movimientos, ajustándose a los músculos bien definidos de su cuerpo, demasiado pronto me encuentro respirando con dificultad presa de un deseo carnal que su propia mirada retribuye.

Es como si el ambiente se cargara, como si mi cuerpo reconociera sus planes antes que mi cerebro, es ardiente y se desliza entre nosotros, como el aire que sale de sus labios y yo atrapo en mi nariz, como el calor acumulándose en mi cuello y humedeciéndome entre las piernas.

—Quítate las bragas, mascota—ordena limpiamente, tan cerca de mí que estoy abrumada por la imposición de su presencia, me levanto de inmediato y suelto las ligas que sujetan mis bragas metiendo las manos en la falda de mi vestido, las dejo caer y me hago a un lado. —Déjalas sobre el escritorio—obedezco, sin apartar la mirada de sus ojos que en este instante son dos finas líneas que miden mis movimientos. No soy rebelde al mirarlo, no podría serlo, pero necesito ver lo que pasa por él al mirarme. Se acerca y el objeto en sus manos intenta llamar mi atención, se mueve frente a mí y finalmente reúno coraje para observarlo. Mi respiración alcanza niveles de dificultad imprevistos y reculo hacía atrás, él espera mi aprobación mientras yo palidezco. —Una modificación del cinturón de castidad—explica—Yo no te quiero casta—se inclina hacia adelante reduciendo su tamaño imponente frente a mí—Quiero que sientas cuando me estés viendo, que estés llena y vivas. Hoy quiero que vivas, que sientas, que palidezcas del placer de verme y no poder tenerme, de estar tan al borde y empalada con las sensaciones que va a producirte el cinturón—me seco, mi garganta, mis ojos, el calor me inunda y el ardor abarca todo. Observo el par de dildos que se yerguen en el cinturón, el sigue esperando por mi aprobación para usarlo como dice, yo tengo la elección, la palabra, confío en él, de eso estoy segura y quiero experimentar todo lo que él ha descrito con tan autentico deleite.

No verbalizo mi respuesta, pero en un gesto mudo levanto la falda del vestido quedando desnuda de la cintura para abajo, expuesta para él. Una lenta sonrisa se forma en sus carnosos labios pero rápidamente procede a pasar la cuerda del cinturón por mi cintura ajustando al tamaño de mis caderas. Mi respiración cuelga de un hilo cuando sus manos rozan mi piel furtivamente, mi corazón late desbocado y agradezco que me excite tanto porque estoy preparada para la incursión del par de dildos, al menos uno de ellos. Deseo que lo ajuste, quiero complacerlo y sé que llevar el cinturón para él, lo hará.

—Abre las piernas, mascota, será más fácil y cómodo para ti—dice considerándome, se agacha hasta que siento su respiración dar de lleno contra mi sexo. ¡Mierda! eso no es ni remotamente tolerable para mis ya magullados sentidos. —Iré primero por atrás—me tenso y me relajo en una sucesión de imprevistos y no voluntarios movimientos, aunque sé que nada puede ser ahora peor que sentir su polla ahí dentro. Sus manos se posan en mis nalgas expandiendo mi piel, tantea con su dedo mi entrada y humedece la zona con mis propios fluidos, me pierdo de nuevo, soy un amasijo de las sensaciones que me produce. Entonces lo siento, el fuego propagándose por mi cuerpo, la presión de una penetración no lógica pero deseada, soy penetrada de golpe por aquel intruso y de inmediato el otro dildo roza contra la entrada de mi cavidad vaginal haciéndome flanquear en mis piernas y por poco caer. —Este va a ser más fácil—murmura ignorando mi depravado estado mental, lo inserta de golpe, deslizándolo con facilidad dentro de mí, doblemente llena. La presión es insondable. Cierro mis ojos y muevo mis manos intento agarrarme de algo, pero no consigo nada. Intento controlarlo, no acabar yo misma con toda la dulce y agónica sensación que se arremolina en mi cuerpo e insiste en catapultarme. Escucho que cierra con un candado y vuelve a erguirse. —Suelta la falda—ordena y mis manos temblorosas la dejan ir. Dudo, no voy a poder moverme.

Él espera que diga algo pero soy incapaz, si me muevo un poco voy a perder el poco control que he conseguido en un segundo.

—Bien, ahora lo siguiente, iremos a un club de prácticas BDSM como bien sabes ya, tu comportamiento como Mi mascota es muy importante, debes reflejar total respeto, no mires a nadie a los ojos y mucho menos a mí, no vas a dirigirte a nadie sin perder permiso correctamente. Si vas a hablarme debes pedir permiso antes de decir algo a menos que te haya otorgado el derecho de expresarte. Eres mía y eso debe saberlo todas y cada una de las personas que ahí se encuentran. No llevas ninguna marca visible más que la de haber sido bien zurrada, como sólo una buena puta lo merece—dice—necesito que lleves una identificación y eso será este collar—sentencia, lo alza y lo muestra. ¡No! jadeo, ya le he explicado que no me gusta usar collar, no quiero usarlo. —Recuerdo lo que me explicaste Isabella, no lo he olvidado, pero resulta que en ese sitio yo no estaré contigo, estarás sola y si no tienes al menos un ollar que haga saber que ya tienes dueño, entonces cualquiera podrá tomarte o ¿es eso lo que quieres? ¿Quieres que cualquiera pueda tomarte?—pregunta desafiando mi posición, disminuyendo mi recelo, poniéndolo así no sé si vaya a poder negarme, ¡manipulador!

—De acuerdo—no demoro nada en acceder.

—Eso pensé que dirías—dice y algo en su voz suena orgulloso, triunfante. Sólo muevo mi torso hacía delante, reclinando mi cabeza y dejando mis piernas estáticas. Alzo las manos para tomar mi cabello y así él pueda pasar el dichoso collar que, viéndolo ahora, consiste en una tira de cuero negra con detalles en diamante y las iniciales E.C en la parte delantera donde se encuentra un anillo que, supongo yo, es para sujetar una correa.

Sus manos me empujan de nuevo hacia arriba cuando ya ha ajustado el collar, su mirada me recorre y evalúa de arriba abajo y viceversa, trago saliva y siento la molestia del collar contra mi garganta, la prisión, la presión que ejerce y que me niega todo derecho a sentirme libre, aunque sé que es tolerable.

— ¿Bien?—pregunta, sabiendo lo que estaba haciendo. Asiento. —De acuerdo, vamos—dice con presurosa actitud, saca de su bolsillo una no muy larga cadena de plata y ajusta una punta al extremo del anillo del collar, la otra punta es un puño de cuero que deja en su muñeca. —Luces perfecta—dice de nuevo con deleite y sonrisa torcida. —Andando—tira de la cadena haciéndome mover, inmediatamente me tenso y lo sigo ¡Mierda!

Nunca, en mi vida, he experimentado tal nivel de sensaciones, seguirle de esta manera siendo guiada por él y su mano que sostienen la cuerda que ata a mi cuerpo del suyo, una cadena que muestra el respeto que me genera, la confianza que he depositado en él, la devoción que siento y me mantiene caminando. Sigo sus pasos firmes y el deseo es como una presa en mi cuerpo que va lavando cada proporción, los dildos se mueven en círculos con cada movimiento de mis piernas, acariciando zonas internas de mi cuerpo difíciles de conocer. No hay manera en que sea más suya que ahora, me digo, lo deseo, quiero y sé que haré cualquier cosa en este momento por él, y sé con una certeza demoledora que no quiero que esto que siento cambie, que el tiempo de nuestro contrato se desdibuja y me parece insuficiente, pero hago ese pensamiento a un lado para estudiarlo luego, quiero vivir lo que me propone, esta nueva experiencia que sólo él puede ofrecerme.