RENACIMIENTO

Por Mal Theisman

Notas aclaratorias:

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.

El siguiente capítulo, el noveno de esta historia, será presentado ante ustedes como dividido en dos partes debido a problemas de sist-- ahem, por razones ajenas a mi poder e intenciones. A continuación viene la primera parte de este capítulo, a la que le seguirá, como debe ser y lo indica la lógica más elemental, la segunda.

Desde ya, pido disculpas a todos por los inconvenientes.

Capítulo IX: Pesadillas, sueños e ilusiones

(Parte I)

Viernes 16 de septiembre de 2011

Existen dos clases de misiones de escolta: las aburridas, que naturalmente son aquellas en donde nada ocurre que pueda romper la rutina del vuelo... y las excitantes, en donde pasa toda clase de eventos que prueban los nervios y las capacidades de los pilotos de combate.

Ese mediodía de septiembre, el teniente comandante Rick Hunter creía haber descubierto una tercera clase de misiones de escolta: las furiosas.

El Líder Skull volaba ese día junto a otros cuatro Veritech de su escuadrón, piloteados por los tenientes Starakis, Boisclair, Hollis y Kotane, en lo que el brigadier Maistroff había calificado de "misión vital para los intereses del GTU" y "tarea de la máxima responsabilidad". La tarea en cuestión consistía en escoltar a un enorme avión de transporte VC–27 Tunny hasta las obras de construcción de la ciudad de Nueva Boston, en donde debía entregar un reactor Reflex fabricado en el SDF-1 que serviría como productor principal de energía de la nueva ciudad.

Una vez más, las palabras de Maistroff retumbaron en los oídos de Rick, y el piloto debió hacer el mejor esfuerzo para evitar aullar de la indignación.

"Tarea de la máxima responsabilidad... ¿qué cree que hago mientras vuelo, maniobras de circo?"

La mirada de Rick se desvió al gigantesco avión de transporte, que volaba con la pesadez de una ballena, custodiado por los Veritech del grupo de escolta. Dos horas llevaban en vuelo, y aún le quedaba otra hora más hasta llegar a Nueva Boston... dos horas de vuelo absolutamente libres de eventos "interesantes" que alteraran la insufrible rutina de esa mañana.

Dos horas que, sin tener otra cosa en qué enfocar su atención excepto el paisaje y los instrumentos de vuelo, le habían servido a Rick para dar vueltas obsesivamente en lo único que ocupaba sus pensamientos.

Lisa Hayes, desde luego.

Dos días habían pasado desde que ella partió a Denver en esa nunca suficientemente maldita misión diplomática... y habían sido dos días largos, eternos e interminables para Rick. Los eventos de aquella última noche que habían pasado juntos continuaban atormentándolo en cada rato de distracción que tenía y haciéndolo estremecerse con las sensaciones que todavía le recorrían el cuerpo. Hubo momentos en aquellos días en los que sencillamente se desesperó de no tenerla cerca... y de saberla a miles de kilómetros de distancia. Y si los días habían sido malos... las noches eran aún peores, con esos sueños intensos e inolvidables que lograban en Rick que no deseara despertar jamás...

De todas maneras, no iba a faltar mucho para que aquella separación terminara. Antes de partir en su misión de escolta a Nueva Boston, Rick se había tomado la molestia de averiguar, vía Vanessa, la situación de la misión diplomática en Denver. La respuesta de la teniente Leeds fue todo lo que Rick esperaba que fuera: un pulgar levantado y un guiño detrás de esos enormes anteojos que Vanessa usaba.

Quizás esa misma tarde, los dos ya podrían...

No convenía pensar en esas cosas, de modo que Rick enfocó la vista al frente y se ocupó de volar… aunque no dejaba de prestar atención a lo que sus muchachos decían en la red táctica para matar el tiempo.

Como solía suceder en aquellas discusiones, el teniente Hollis se había encontrado convertido en la víctima elegida por el resto de los pilotos para sobrevivir aquel vuelo de escolta sin aburrirse mortalmente. Y el motivo de aquella batalla verbal era uno demasiado caro al teniente Hollis, lo que lo hacía defenderse a capa y espada frente a las fintas de sus camaradas pilotos.

– ¿Y qué crees que tendría que haber hecho, genio?

- ¡Tendrías que haber corrido a su camarote, tonto! – le respondió airado el teniente Boisclair, mientras Kotane reía para acompañar el ataque. - ¡Tendrías que haber golpeado la puerta hasta que te abriera y después decirle algo como "Karin, no soporto pasar un minuto sin ti… tengo alquilada una habitación en el Persian Love para esta noche, ¿quieres venir conmigo?"!

La expresión de Hollis fue la misma que habría puesto si alguien le hubiera ordenado atacar él sólo a la base de Dolza.

– ¿Estás loco?

– No, tú estás loco, Hollis... – replicó exasperado Boisclair, como si lo desesperara que su joven camarada no entendiera lo que le quería decir. – Si tanto querías salir con ella, ¿qué te importaba golpear la puerta del camarote?

– ¡Se había ido a dormir! – se defendió Hollis por enésima vez. – Ya te dije que no estaba en el hangar cuando fui a buscarla... y decidí que tenía que pensar mejor las cosas antes de lanzarme...

Ni Kotane ni Boisclair creyeron por un instante aquella historia, y el primero se lanzó sin misericordia a destripar el argumento que había esgrimido Hollis para defenderse.

– Deja de buscar excusas, Hollis. Te acobardaste, es tan simple como eso...

Hollis iba a responder cuando el rostro del teniente Starakis invadió el canal de la red, mostrando su expresión furiosa e irritada a los demás pilotos de la formación.

– ¡Cállense!

– ¿Y a ti quién te llamó, Starakis? – devolvió Boisclair. – ¿No ves que estamos dándole una clase al chico?

– ¡Estoy captando algo en la red, idiota! – bramó Starakis con tanta fuerza que ninguno de los otros pilotos osó contradecirlo.

Menos aún cuando Rick les hizo una seña a sus subordinados para que se mantuvieran en silencio y dejaran de llenar la red táctica con cháchara… orden que los demás pilotos acataron al instante y sin necesidad de hacer que Rick abriera la boca.

Y en efecto, unos segundos después…

– ¡Woooaaahhhh! – exclamó el teniente Starakis en el radio con tanta fuerza que Rick se volteó para ver si había alguna nave enemiga.

– ¿Qué pasa, Spiros?

– La red táctica se ha vuelto loca, señor... – explicó el segundo al mando del vuelo, sin levantar su mirada confundida de la pantalla de comunicaciones del Skull Seis. – Hay tráfico cruzado por todas partes... es como si todo el mundo estuviera tratando de hablar con todo el mundo al mismo tiempo.

– Quizás sea alguna falla de sistema... – aventuró el teniente Hollis.

– O quizás sea algo serio, John – opinó Rick, negando con la cabeza al revisar su propio sistema de comunicaciones y comprobar que si Spiros Starakis había cometido un error, ese era el de haber subestimado la demencia en la que había caído la red táctica... semejante locura de comunicaciones no podía ser una simple falla de sistema. – Avísame si captas algo concreto, Spiros.

– Entendido, señor – respondió el teniente Starakis, reconociendo la orden de Rick y cerrando el canal de comunicación con el Skull Uno.

A pesar de continuar enfocado en pilotear su caza Veritech, Rick no podía quitarse de la cabeza una pregunta que lo atacaba obsesivamente... y más cuando de tanto en tanto desviaba la mirada a la pantalla que mostraba el tráfico de comunicaciones de la red.

"¿Qué diablos estaba pasando?"

La curiosidad de Rick encontró satisfacción escasos tres minutos después, cuando el rostro del teniente Starakis volvió a aparecer en la pantalla de la red táctica.

– Señor, estoy recibiendo una transmisión de uno de nuestros puestos avanzados... – comenzó a informar Starakis, mirando algo en su cabina con evidente preocupación. – Reportan que hubo un ataque contra uno de nuestros vuelos militares.

El rostro de Rick empalideció ante la mera mención de las palabras "ataque" y "vuelos militares" en la misma oración... en aquel día, de entre todos los malditos días del año, tenía que reportarse un ataque contra un vuelo militar.

– ¿Un ataque? – preguntó Rick a su subordinado, haciendo lo imposible por contener su inquietud. – ¿Sabes algo más?

Starakis meneó la cabeza, y ese sólo gesto alcanzó para dejar a Rick en un estado peor de preocupación.

– Nada aún, señor... – dijo Starakis tras revisar una vez más los canales del radio, sin encontrar otra cosa que no fuera un galimatías de transmisiones simultáneas y frecuencias invadidas. – Pero por las dudas...

El segundo teniente Spiros Starakis no necesitaba aclarar más que lo que había quedado implícito en aquellas últimas tres palabras, y Rick captó al vuelo la sugerencia.

– Comprendo – asintió Rick en un gesto silencioso de agradecimiento a Starakis, para luego cambiar el radio de manera tal de tener contacto con todos los aviones de la formación de escolta. – Líder Skull a unidades de escolta, manténganse bien atentos ante cualquier cosa extraña. No quisiera que nos encontráramos con alguna sorpresa desagradable.

– ¡Entendido, señor!

Con cada segundo que pasaba, la tensión y los nervios de Rick iban en aumento. Por más que se esforzara, no había forma de sacar nada en claro de lo que se estaba diciendo en la red táctica; el tráfico era tan intenso que muy probablemente ni siquiera las personas a las que estaban destinados esos mensajes pudieran entender lo que les estaban diciendo.

La tensión y los nervios de Rick tenían un nombre... y cada vez que lo recordaba, y cada vez que pensaba en ella o en su seguridad y bienestar, el terror ante la incertidumbre se hacía más negro e intenso en su interior...

"Dios, por favor, que no sea..."

El caos de comunicaciones desapareció como por arte de magia, y una voz femenina, clara y oficial invadió todos los canales de la red táctica, según lo estipulaban los protocolos de emergencia.

– Atención a todas las unidades en vuelo... se declara estado de Alerta Uno... repito, se declara estado de Alerta Uno. Todas las unidades, contactar de inmediato a sus bases de operaciones.

"¿Alerta Uno?"

No era común que se declarara una Alerta Uno para las aeronaves militares; semejante estado solamente se declaraba cuando el Alto Mando tenía la necesidad imperiosa de saber la situación exacta en la que se hallaba cada avión militar en vuelo... lo que significaba que alguien en el Alto Mando estaba muy preocupado por la seguridad de todos los vuelos militares.

Y por lo general esa preocupación surgía cuando le ocurría algo particularmente malo a un vuelo militar determinado.

Lo mejor que podía hacer en ese momento, razonó Rick, era ponerse en contacto con el SDF-1 en respuesta a la declaración de Alerta Uno, para lo que encendió una vez más el radio del Veritech:

– Aquí Líder Skull en vuelo de escolta 2312 con destino a Nueva Boston, llamando a Central SDF-1. Confirmo recepción del mensaje, cambio.

La respuesta vino a cargo de Sammie, quien saludó a Rick con evidente alivio en su rostro al cabo de unos segundos.

– Líder Skull, aquí Central SDF-1... qué gusto verlo.

– Igualmente, Sammie... – contestó Rick, aunque lo último que sentía en ese momento era gusto. – ¿Qué ocurrió?

– Estamos en Alerta Uno, señor. ¿Sus unidades ya...?

Rick se apresuró a responder, sin darle tiempo a Sammie de terminar la pregunta:

– Las puse en alerta hace dos minutos, uno de mis pilotos recibió una transmisión que indicaba que uno de nuestros vuelos fue atacado.

Una sonrisa cansada apareció en el rostro de Sammie, y Rick reparó en que ella se veía como si estuviera en medio de un huracán.

– Bueno, lo que sea que hayan escuchado, tienen razón – murmuró secamente la teniente Porter.

Rick iba a hacerle otra pregunta, pero se contuvo de hacerlo en cuanto vio que Sammie se volteaba para escuchar lo que una de las operadoras de la Central tenía para decirle.

– Disculpe, teniente Porter, pero tengo al jefe de operaciones de la Base Denver en la línea prioritaria – comenzó a explicar la operadora, quien en todo momento se mantuvo fuera del alcance visual de Rick. – Despacharon helicópteros de búsqueda y rescate... llegarán a la última posición conocida del vuelo 2841 en 42 minutos.

Mientras en la cabina de su Veritech Rick sentía todos los pelos de su nuca erizándose de terror al escuchar la palabra "Denver", en su consola de la Central Sammie asintió rápidamente, y respondió a ese reporte con una serie de instrucciones para la operadora.

– Excelente, Alicia. Dile al jefe de operaciones que ya enviamos un VC-33 de evacuación y una sección de Veritech a la última área conocida, y que en unos minutos más enviaremos partidas de soldados para rastrear el desierto. Hablando de eso...

– Recibí el reporte del teniente Shelby desde la cubierta del Daedalus hace dos minutos, señora – se apuró a contestar la interlocutora de Sammie a la pregunta que no le había sido hecha, provocando en Sammie una mirada de aprobación en medio de aquella locura. – Sus hombres ya están listos para partir, y sólo esperan la orden.

– Ya tienen la orden, entonces.

La controladora murmuró algo que Rick no pudo comprender, y en el instante en que la atención de Sammie volvió a la pantalla de comunicaciones, Rick exclamó con desesperación:

– ¡¿Denver?!

– Ahora no, Rick... – le suplicó Sammie, quien ya se imaginaba lo que iba a venir.

Pero Rick no iba a calmarse... de ninguna manera iba a tranquilizarse hasta no tener alguna explicación de lo que estaba ocurriendo, y antes de decir una palabra, se obligó a tomar algo de aire. No bastaba para tranquilizarlo... todo su cuerpo estaba erizado de terror, y una febril desesperación lo había hecho prisionero.

– Dime, Sammie... – preguntó haciendo acopio de la poca sangre fría que le quedaba: – ¿Se trata del vuelo de Lisa?

– Rick, por favor...

– ¡¡Dime qué está pasando!! – gritó el piloto, ya sin controlarse.

Sammie no necesitó decir una sola palabra para responderle al piloto... la mirada de pavor que veía Rick en la joven oficial bastó para confirmar de una vez sus peores temores, y por unos breves instantes Rick creyó que acabaría perdiendo el control de su caza Veritech.

– Perdimos contacto con el vuelo 2841 hace diez minutos... – explicó Sammie, mientras Rick se obligaba a sujetar con mayor fuerza la palanca de control, al sentir que sus dedos se resbalaban. – Recibimos una transmisión automática en el canal de emergencia pocos segundos después. La clave era la correspondiente a "hemos sido atacados".

– ¡¿Sabes quién fue?! ¡¿Quién hizo esto?! ¿Fueron Zentraedi o saqueadores?

– Rick, no sabemos nada aún... – trató de explicarle Sammie, deteniéndose unos segundos para recorrer con la mirada el pandemónium que era la Central de Operaciones. – Todo esto es un caos, estamos tratando de compilar toda la información disponible, tener una idea de donde está cada uno de nuestros vuelos...

– ¿Ese vuelo no llevaba una escolta de Veritech?

Rick pudo ver que Sammie tragaba saliva...

– La despacharon a atender un problema de saqueadores en Nueva Omaha...

Sammie no pudo terminar la frase... y el grito de Rick provocó que literalmente se quitara los audífonos para no quedar sorda...

– ¡POR TODOS LOS CIELOS! ¿EL VUELO IBA SIN ESCOLTA?

Sin encontrar las palabras que pudieran acallar la furia desnuda que se veía en los ojos de Rick, Sammie balbuceó algunas pobres explicaciones que ni siquiera sonaban como sonidos coherentes. ¿Cómo diablos explicarle que el vuelo en el que estaba la mujer a la que él amaba había estado volando sin protección?

Antes de que Sammie pudiera ensayar una explicación que de seguro iba a enfurecer más a Rick, el propio comandante Hunter lanzó una solicitud pronunciada en un tono que era apenas aceptable para las comunicaciones militares:

– Central SDF-1, aquí Líder Skull... solicito permiso para dirigirme a la última área conocida del vuelo 2841.

Para la estupefacción de Rick, no fue Sammie quien respondió al pedido que acababa de hacer, sino una voz muy diferente... una voz gruesa, masculina, veterana... y de marcado acento ruso.

– Permiso denegado, comandante Hunter.

Esa voz... no podía ser.

– ¡¿Almirante?!... – balbuceó Rick en cuanto pudo juntar la fuerza para hacerlo. – Repita por favor, no lo he oído.

La repetición no tranquilizó a Rick en lo más mínimo.

– Su petición ha sido denegada, comandante... la misión de escolta tiene prioridad – repitió el almirante Gloval, clarificando mejor la razón para su negativa. – Asegúrese de que ese vuelo llegue a Nueva Boston y repórtese con el SDF-1 al llegar...

– Señor, con todo respeto, tenemos cinco Veritech asignados a este vuelo... podemos prescindir de uno de ellos.

– Negativo, comandante. Estamos en Alerta Uno... no sabemos si esto fue un incidente aislado o si van a ocurrir más ataques. Lo importante ahora es mantener a nuestros vuelos fuera de peligro...

– ¿Qué hay del vuelo de Lisa? – devolvió Rick, ya sin evitar que una nota de ira se colara en sus palabras. – ¿No está en peligro ahora mismo?

– Estamos haciendo todo lo que podemos para buscarlo, comandante... su prioridad--

Gloval no terminó la frase, debiendo hacer su mejor esfuerzo para no mostrar irritación ante la interrupción brusca que le había hecho el comandante Hunter.

– ¿Entonces por qué no me deja ir a buscarla? – inquirió Rick con una expresión que dejaba entrever una sorda desesperación.

En silencio, contemplando la expresión desencajada de terror de su Comandante del Grupo Aéreo, el almirante Gloval se obligó a recordar que no era insubordinación lo que motivaba a Rick, sino algo que a él le provocaba una enorme alegría en situaciones más normales... el saber que había alguien que amaba y cuidaba a Lisa Hayes.

"Tenle paciencia al muchacho, Henry", pensó el almirante, conteniendo la urgencia de tomar su sempiterna pipa y encenderla. Podía entender perfectamente lo que sentía Rick, y no le faltaban deseos de permitirle volar a intentar aquel rescate... él sabía que Lisa necesitaría toda la ayuda posible.

Pero no podía pensar solamente en Lisa; había docenas de vuelos militares en ese momento en el aire, y hasta tanto no se supiera lo que había ocurrido con el vuelo del consejero Pelletier, no podían descartar la posibilidad de nuevos ataques. El transporte que escoltaban los cazas del Skull era un vuelo prioritario, del cual dependía nada más y nada menos que una ciudad entera; de una manera u otra, ese vuelo debía llegar a Nueva Boston.

Aunque eso significara destrozar a un hombre que sólo deseaba asegurarse de que su amada estuviera bien.

Había días en los que el almirante Gloval odiaba su trabajo.

– Ya hemos enviado efectivos de búsqueda y rescate a su última posición reportada, estarán llegando allí en una hora – contestó Gloval en un esfuerzo por tranquilizar al Líder Skull, dirigiéndose luego a Rick con su voz más oficial: – Comandante Hunter, escúcheme con atención... le ordeno que permanezca en su vuelo de escolta.

Las palabras de Gloval le sonaban a Rick como gruñidos sin sentido alguno... meros ruidos de ambiente que apenas lo distraían del terror negro que lo había hecho prisionero. Y de cualquier manera, si había algo que las palabras de Gloval despertaron en Rick no era precisamente tranquilidad... sino una sorda furia. Él no le iba a hacer esto... de ninguna manera lo iba a mantener fuera de esto, lejos de Lisa... no cuando había sido su culpa que ambos estuvieran tan cerca y tan lejos a la vez... no cuando él la había enviado a aquella misión... no cuando había sido su culpa que ella estuviera en aquel vuelo...

– ¡Váyase al diablo! – gritó Rick con toda la furia y con una mirada que parecía una llamarada azul.

Aquel grito bastó para hacer que todas las cabezas en la Central de Operaciones del SDF-1 voltearan hacia el módulo de comando, como si necesitaran confirmación de lo que acababan de oír... algo tan absurdo y delirante como que alguien había mandado al diablo al Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida y a través de un canal abierto, para colmo...

Pero ninguno de los presentes estaba más estupefacto que el propio almirante Henry Gloval, quien se había quedado de una pieza al oír aquel grito... Ciertamente no había esperado tal reacción por parte de Rick Hunter, y la atribulada mente del almirante tenía problemas para procesar el hecho de que un subordinado suyo se hubiera atrevido a lanzarle en cara semejante maldición, y menos alguien a quien apreciaba y respetaba mucho... y menos alguien que amaba a quien prácticamente era su hija...

– ¡¿Disculpe?! – preguntó el almirante con una voz peligrosamente baja y fría.

Para disgusto de Gloval, el teniente comandante Richard Hunter no estaba en ánimos de disculparse... o siquiera de calmarse.

– ¡ELLA NO ESTARÍA EN PELIGRO SI USTED NO LE HUBIERA ORDENADO IR A ESA MALDITA MISIÓN! – continuaba gritando Rick como un poseso. – ¡ES CULPA SUYA QUE ELLA ESTUVIERA EN ESE MALDITO VUELO PARA EMPEZAR!

Se hizo el silencio en la Central de Operaciones... un silencio tenebroso, a tal punto que podía oírse el ronroneo de los servidores de computación, usualmente apagado y bajo, como si fuera un alarido ensordecedor. Nadie decía una sola palabra... nadie siquiera podía pensar algo en qué decir, nadie podía procesar el hecho insólito de ser testigos de semejante discusión; lo único que igualaba a la curiosidad por saber lo que ocurría e iba a ocurrir, era la sensación de que aquella pelea vía red táctica iba a tener severas consecuencias...

– Teniente Starakis – ordenó Gloval al segundo al mando de la formación, aunque sin dejar de mirar de reojo a Rick a través de la pantalla de comunicaciones. – Relevará del mando al comandante Hunter... y a su llegada a Nueva Boston, usted se asegurará que--

A Rick aún le quedaban fuerzas para mascullar una maldición entrecortada... "Por todos los cielos".

– Olvídelo, señor... – escupió Rick en una nueva interrupción al almirante, pronunciado cada sílaba como si fuera venenosa mientras por dentro sentía solamente ira hacia Gloval y sordo terror por Lisa. – Cumpliré la misión que se me encomendó... el transporte llegará a Nueva Boston tal como está previsto.

Desde su lado de la pantalla, Gloval apenas asintió en respuesta a lo que Rick le había dicho.

– Una vez que el transporte haya aterrizado en Nueva Boston, regresará de inmediato al SDF-1 – le ordenó Gloval con una voz más fría que las heladas de su Rusia natal. – Veremos entonces los pasos a seguir... comandante.

– Entendido – replicó con tono cortante Rick, olvidándose intencionalmente de agregar el "señor"... y cerrando al instante el enlace con el SDF-1.

Levantó la vista nuevamente al frente... en dirección hacia Nueva Boston, hacia la misión que cumpliría mientras la mujer a la que amaba estaba en lo que podía ser un peligro mortal. En las cercanías, volando en su formación tan precisa como inhumana, los otros cuatro VF-1 de su escuadrón continuaban rodeando al enorme VC–27... dándole a ese transporte la protección y seguridad de la que había carecido el vuelo de Lisa.

La sola frustración que lo inundó fue suficiente para que Rick golpeara furiosamente el techo de vidrio de la carlinga... y para que dejara escapar un salvaje grito de impotencia y dolor, en un vano intento de dar rienda suelta a la tormenta de dolor y pánico que llevaba dentro.

Y aún le faltaba otra hora para llegar a Nueva Boston. Y desde allí, otras tres horas para regresar al SDF-1. Por más que lo intentara, los equipos de rescate del SDF-1 llegarían al lugar de colisión del avión de Lisa mucho antes que él.

Sólo le quedaba una cosa por hacer, y una vez más volvió a encender el enlace con el SDF-1, encontrándose nuevamente con el rostro cauteloso y aterrorizado de Sammie Porter.

– Sammie... – comenzó a decir en el tono más frío y neutro que pudo lograr. – ¿Podrías decirle algo al teniente Shelby, de parte mía?

– Por supuesto, señor... ¿Qué desea que le diga?

La mirada de Rick se hizo terrible, cruel y desprovista de toda compasión.

– Dile a Dan que encuentre a los malnacidos que hicieron esto...


Las turbinas del Skull Uno ni siquiera se habían apagado por completo cuando Rick descendió de la carlinga del Veritech, corriendo a todo lo que le daban sus piernas por la cubierta de vuelo del Prometheus en dirección a ninguna parte.

Había estado corriendo desde que el vuelo de transporte aterrizó en la base de Nueva Boston; primero lo hizo con el Skull Uno, al cual llevó de regreso a la fortaleza espacial a la máxima velocidad que le permitían sus turbinas, dejando atrás a los otros cazas de la formación de escolta con el consentimiento tácito de sus pilotos... pero ni siquiera semejante velocidad era lo suficientemente rápida para calmar las ansias y urgencias que Rick llevaba en el pecho, y que amenazaban con hacerlo estallar.

Corría por la cubierta de vuelo del Prometheus sin ir a ningún lugar... no tenía la menor idea de si el vuelo de rescate había regresado, no sabía en qué condiciones estaba Lisa, no sabía qué estaba ocurriendo en el resto del mundo... y así había estado durante la agónica hora y media de vuelo desde Nueva Boston hasta el SDF-1.

Aislado del mundo... cerrado en su dolor y furia.

Ni siquiera había prestado atención a los técnicos del Prometheus que se habían hecho cargo de su caza... ni siquiera le importaban las actividades que se desarrollaban en la cubierta de vuelo del enorme portaaviones... todo lo que existía en su mente era el terror.

Hizo falta el ensordecedor rugido de unas turbinas para sacar a Rick de su locura temporaria y hacer que volteara para ver el cielo... encontrándose con cuatro cazas Veritech que escoltaban a un aeroplano de transporte, un VC-33 a juzgar por el diseño... sólo que este VC-33 en particular estaba pintado por completo de blanco, y llevaba enormes Cruces Rojas en los costados y timones de vuelo.

No fue necesario que nadie le dijera quién iba en ese avión, hacia el cual corrió por puro instinto, movido por una fuerza que él no sabía que tenía dentro.

Escasos segundos luego de posarse junto a uno de los ascensores en la cubierta de vuelo del Prometheus, el portalón de popa del VC-33 se abrió, dejando salir equipos de paramédicos y enfermeros; algunos de ellos sostenían a heridos que aún se mantenían conscientes, pero que necesitaban ayuda para llegar a la enfermería... otros conducían camillas que llevaban a los que estaban inconscientes hacia las enfermerías y puestos sanitarios del Prometheus y del SDF-1.

Con el corazón latiéndole a todo lo que daba, Rick se acercó cada vez más al transporte de evacuación, pero a cada paso que daba, las piernas se le sentían débiles e incapaces de sostener el peso de su cuerpo... Buscó desesperadamente con la mirada entre los heridos, buscando a Lisa entre ellos, pero sin éxito alguno... y cada nuevo rostro que no era el de Lisa provocaba un alarido silencioso en el interior de Rick.

– ¿Usted es el comandante Hunter? – oyó Rick que le preguntaba uno de los heridos que aún podían caminar, distrayéndolo momentáneamente.

– Soy yo... ¿Donde está Lisa? – respondió Rick, conteniendo las ganas de sacudir a ese hombre por los hombros... y desistiendo de hacerlo al comprobar las heridas que tenía en el rostro y en los brazos.

– Consejero Marcel Pelletier – se presentó el herido. – La comandante Hayes está... bueno...

– ¿CÓMO ESTÁ ELLA?

Pelletier se limitó a indicar con la cabeza en dirección al VC-33, de cuyo interior estaba saliendo una camilla empujada por dos enfermeros... una camilla en la que se podía ver una mata revuelta de cabellos color miel asomando por debajo de las sábanas.

Rick no supo cómo lo había hecho, pero cuando pudo notarlo descubrió que había caído de rodillas sobre la metálica cubierta de vuelo del portaaviones, temiendo lo peor.

– ¡Ella está inconsciente! – le gritaba Pelletier. – La han estabilizado, pero tienen que tratarla...

Rick no escuchó esa última parte... nada de lo que el hombre había dicho luego de la palabra "inconsciente"; sólo le bastaba saber que ella estaba aún con vida. Todo lo que le importaba era estar a su lado, acompañarla a donde fuera que la llevaran esos paramédicos, aún si fuera al mismísimo infierno.

No tardó en alcanzar a la camilla, corriendo a la par de los paramédicos y enfermeros en su carrera hacia la enfermería del Prometheus. Uno de los paramédicos quiso decirle a Rick que se alejara, que estaba interfiriendo con su trabajo y que debía irse de allí, pero bastó que Rick lo fulminara con la mirada para que el hombre se encogiera de hombros –cosa difícil de hacer mientras se está a las corridas y llevando una camilla con una herida–, gritando luego para que Rick lo oyera:

– ¡Qué diablos!... Venga con nosotros, comandante... acompáñenos a la enfermería.

Mientras los paramédicos y enfermeros llevaban la camilla lo más rápido que podían por los pasillos y corredores internos del Prometheus, haciéndose notar para que les liberaran el camino, Rick sencillamente corría a su lado, sin despegar los ojos de la figura inmóvil de Lisa, sin importarle otra cosa que no fuera su bienestar y seguridad... y estremeciéndose de ver a una persona tan intensa y llena de vida como ella, inconsciente en una camilla, con magullones y cortaduras en su cuerpo.

Sin pensarlo, y sin dejar de correr, Rick buscó la mano de Lisa hasta sujetarla firmemente con la suya... y creyó que se derretiría al comprobar que todavía estaba caliente. Sujetó aquella mano como si fuera lo único que lo mantenía con vida, no la iba a dejar escapar, no la iba a soltar, no la iba a dejar ir nunca más... y el sentirla tan cerca de él hizo que por un minuto todo lo que ocurría a su alrededor desapareciera; los gritos de los enfermeros, los ruidos cotidianos del Prometheus, incluso el propio sonido de sus jadeos. Todo lo que existía era Lisa... y Rick aguardaba con aliento entrecortado por la corrida y el pánico a que se diera el milagro y Lisa abriera sus ojos... para que todo aquello quedara solamente como un mal susto.

No ocurrió.

Tras minutos de correr por las entrañas del portaaviones, la camilla se detuvo sorpresivamente, y Rick tardó en notar que habían llegado a la enfermería principal del Prometheus, dándose cuenta solamente cuando sintió que alguien le ponía una mano en el hombro.

– Hasta aquí llegó, comandante Hunter – le dijo uno de los médicos, levantando el otro brazo como cortándole el paso a Rick.

– Pero...

– Necesitamos revisar a la comandante Hayes y hacer el tratamiento que sea necesario, y tenemos que meterla en la enfermería para eso, lo que significa que usted – la palabra "usted" vino remarcada por un duro gesto de señalar el piso – se queda aquí afuera. ¿Entendió?

La respuesta de Rick vino en forma de gruñido, pero el doctor no se amilanó.

– Si quiere decirle algo, hágalo ahora...

Asintiendo ya un poco más calmado, Rick se inclinó sobre la camilla, sin intención de desperdiciar un sólo segundo de mirar a Lisa, queriendo llevarse cada facción de ella en la memoria, como si con ello él pudiera quedársela siempre junto a él... Soñó una vez más con que ella despertara, con que él pudiera volver a perderse en esos brillantes ojos verdes que lo enloquecían y con que los dos pudieran irse de allí... dejar esa separación y esa horrenda mañana atrás, como si hubieran sido una horrible pesadilla.

Sin pensarlo, Rick se agachó hasta posar sus labios sobre la frente de Lisa, juntándolos para un suave beso cargado de cariño... un beso que no quería terminar jamás... y que cuando finalmente lo terminó, separando sus labios de la piel de Lisa, le provocó una onda de dolor que lo recorrió de la cabeza a los pies.

Y entonces, en medio de su inconsciencia, Lisa sonrió.

No fue algo consciente o deliberado, ni siquiera fue una sonrisa como esas que enloquecían a Rick... apenas fue una media sonrisa, lenta y casi imperceptible... pero que había aparecido en el rostro de Lisa justo en el momento en que Rick terminaba aquel beso.

Esa leve y tenue media sonrisa casi hizo que Rick rompiera en llanto... aunque no tanto como ver cómo los enfermeros metían la camilla de Lisa dentro de la enfermería... y cómo la puerta de la enfermería se cerraba, ocultándola de su vista una vez más.

A su lado, el doctor que le había impedido la entrada estaba siendo requerido por una enfermera, que venía corriendo por uno de los corredores con una hoja de papel firme en su mano.

– Aquí tiene el reporte preliminar del estado de la comandante Hayes, doctor Kinnunen.

Al oír que nombraban a Lisa, Rick automáticamente volteó para ver lo que ocurría. Por su parte y sin darse por aludido, el médico militar comenzó a leer la hoja de papel con una expresión concienzuda, seria... y totalmente inescrutable para Rick, acostumbrado a mantenerse lo más alejado que pudiera de los médicos.

– Ajá... – masculló Kinnunen tras terminar de leer la hoja, guardándola en uno de los bolsillos de su bata blanca de médico. Dirigiéndose a la enfermera, le dijo: – Vaya preparando todo... yo voy a ocuparme de la comandante Hayes.

– ¿Cómo está ella, doctor? – le preguntó Rick, con ansiedad que apenas le cabía en el pecho.

– Se lo diré en cuanto la haya revisado – devolvió el médico con un tono que era tan sarcástico como irascible. – Mientras tanto, asumo que usted tiene ganas de hacer algo por la comandante Hayes, ¿no es así?

Haciendo un enorme esfuerzo por no estrangular al médico –y eso solamente porque Lisa dependía de las atenciones y habilidad del facultativo–, Rick asintió rápidamente, ansioso por escuchar qué podía él hacer por Lisa.

– Bueno... siga a la enfermera Mathani, ella le dirá qué hacer.

Dicho esto, el médico giró sobre sus talones y entró a la enfermería sin prestar un segundo más de atención al desconcertado comandante Hunter, quien apenas tuvo tiempo de escuchar a Kinnunen ladrar las primeras instrucciones a su staff médico antes de oír a la enfermera Mathani hablándole.

– Comandante, sígame por favor...

Dejando que lo guiara, Rick caminó obedientemente detrás de la enfermera, sintiendo que su corazón iba a estallar de la velocidad a la que estaba latiendo. Él caminaba casi inconscientemente... sus pies podían estar llevándolo a Dios sabía donde, pero su espíritu y su corazón estaban en aquella sala de la enfermería del Prometheus, deseando con todas sus fuerzas que todo estuviera bien con Lisa... y que todo esto terminara rápidamente.

La enfermera lo condujo hasta una pequeña sala de atención médica junto a la enfermería principal del portaaviones, en la que había tres sillas rodeando una mesa de trabajo repleta de instrumentos médicos. Rick no tuvo tiempo de reparar en lo que había en aquella sala, ya que la enfermera le indicó con un gesto duro que tomara asiento en una de las sillas, cosa que hizo inmediatamente.

– Esto es bueno... usted posee el mismo tipo de sangre que la comandante Hayes – descerrajó Mathani tras consultar en su computadora lo que indudablemente eran los registros médicos de él y de Lisa.

Rick asintió, cuidando de no mostrarse sorprendido ante una coincidencia que jamás hubiera creído posible, pero poco a poco la sorpresa por esa coincidencia dio paso a la intriga por saber qué tenía pensado hacer aquella enfermera con él.

– Necesitaremos algo de sangre, comandante Hunter – ordenó la enfermera, indicándole a Rick con la mirada que se arremangara.

Una vez que Rick obedeció la instrucción, la enfermera ajustó una faja de presión en el brazo del piloto, procediendo luego a ocuparse de otros preparativos para los que Rick no prestó atención alguna... ya que su mirada estaba centrada en uno de los instrumentos médicos sobre la mesa... específicamente, una reluciente e impecable aguja hipodérmica.

Notando cómo los ojos de Rick se agrandaban perceptiblemente ante la visión de la aguja, la enfermera frunció el ceño, maldiciendo por dentro que justo le tocara extraer sangre a alguien con pánico a los objetos punzantes, y preparándose por dentro para lo que prometía ser una de las batallas más antiguas del arte de la enfermería... una que no se limitaba precisamente a los niños.

Rick no notó la expresión de la enfermera, ocupándose de pensar en aquella aguja. No importaba cuántas veces le aseguraran que una pinchada de esas agujas dolía menos que una picadura de mosquito, a Rick siempre se le habían hecho gigantes y atemorizantes... definitivamente algo que convenía más perderlo que encontrarlo.

Pero no esta vez. No cuando Lisa estaba de por medio. No cuando él podía hacer algo por ella, tras lo que había sido un día entero de impotencia y rabia por no haber estado allí para ella...

La mirada de miedo que había asomado al ver la aguja desapareció, reemplazada por una expresión decidida en cuanto Rick cayó en la cuenta de que, donando sangre, literalmente le estaría dando vida a Lisa... y metiéndose en su sangre de manera literal, aunque nunca como ella se había metido en la de él.

La sola idea de que algo de él estaría por siempre dentro de ella bastó para borrarle cualquier fobia a los objetos punzantes que hubiera podido tener jamás.

– Usted saque lo que haga falta, enfermera... ya lo repondré más tarde – le aseguró Rick a Mathani con una seguridad que hizo que la enfermera sonriera, cosa que era rara en ella.

Sin decir nada, la enfermera acabó los últimos preparativos, tomando luego de la mesa la aguja hipodérmica, que a cada segundo se acercaba más y más al brazo de un Rick Hunter que contenía la respiración, pensando únicamente en que literalmente estaría dando de su propia vida para salvar la de ella...


A Rick ni siquiera le importaba saber qué hora era, ni lo hubiera preguntado, de haber tenido el menor interés en averiguarlo. Sólo le importaba una única cosa en el mundo, y su atención estaba enfocada obsesivamente en la puerta de donde provendría la respuesta a esa pregunta que lo había aterrorizado durante todo aquel día.

Pero no ocurrió nada... la puerta no se abría, ningún médico salía de allí... nada en absoluto, y con cada segundo de incertidumbre que pasaba, Rick se sumergía más profundo en el abismo de la desesperación.

De cualquier manera, no era como si hubiera tenido algo mejor que hacer... asumiendo que hubiera estado dispuesto en primer lugar a moverse de aquel banco mientras Lisa estuviera en la enfermería; no tenía el menor interés en regresar al SDF-1 a escuchar lo que fuera que Gloval quisiera decirle... ya había pasado demasiado tiempo lejos de ella, y el resultado era evidente y terriblemente doloroso.

No lo sacarían de allí... jamás.

Además, reflexionó Rick con un humor irónico y corrosivo, si intentaba pararse, lo más probable era que se desmayara del esfuerzo.

No era que se arrepintiera de haber donado sangre; de haber sido por él, la enfermera bien podría haberle quitado hasta la última gota si eso hubiera sido necesario para salvar la vida de Lisa. Sin embargo, la enfermera había sacado bastante... lo suficiente como para dejar a Rick completamente mareado y falto de aliento durante horas, además de darle la molesta sensación (que parecía que jamás se iría) de que aún tenía clavada la hipodérmica en su brazo. De hecho, Rick nunca entendería cómo había hecho para sentarse en ese banco justo al frente de la puerta de entrada a la enfermería del Prometheus.

Bebió otro trago más de su lata de Petite Cola, y al instante volvió a apoyar la lata en el banco en el que estaba sentado, haciendo una mueca de asco... aquella bebida le sabía como si fuera veneno en ese día, y si la había comprado, fue sólo porque la enfermera Mathani insistió firmemente con que él necesitaba azúcar en sangre tras una donación como aquella.

Su cabeza se sentía como si la hubieran usado para demoler edificios, todos los miembros de su cuerpo se sentían pesados y rebeldes a cualquier movimiento, y le costaba enormemente respirar, forzándolo a inhalar y exhalar con fuerza tan sólo para conservar el aliento.

¿Cómo estaría ella? ¿Estaría recuperándose, las cosas irían mejorando, estaría fuera de peligro? La falta de respuestas lo estaba matando lentamente, como lo había estado matando desde aquel momento nefasto en que escuchó por primera vez las noticias sobre el ataque a un vuelo militar...

Lo único que deseaba con todas sus fuerzas era que las cosas estuvieran mejorando y que Lisa ya estuviera fuera de peligro... y rogaba a Dios que por favor no se la...

No pudo terminar la plegaria, y sintiendo que su cuello no iba a poder sostener su cabeza por más tiempo, la dejó caer sobre sus manos, apoyando los codos sobre sus piernas y respirando con fuerza para no desmayarse... mientras las lágrimas escapaban una vez más de sus ojos hinchados y enrojecidos.

Si tan sólo le dieran algún dato, alguna noticia, alguna novedad de lo que estaba ocurriendo con ella... si tan sólo le permitieran verla...

De pronto, como respondiendo a su deseo, la puerta de la enfermería se abrió con pesadez, y como si eso hubiera bastado para devolverle a Rick toda la energía perdida, el joven piloto saltó hasta ponerse de pie, ignorando por completo el espantoso mareo y malestar que le había provocado ese movimiento tan repentino. Cada segundo se le antojaba como eterno, mientras la puerta se abría hasta dejar salir al doctor Kinnunen, quien parecía estar completamente agotado...

La mirada del doctor se cruzó con la de Rick, y bastó que Kinnunen señalara hacia la derecha con una leve inclinación de su cabeza para que Rick se decidiera a acompañarlo.

Ninguno de los dos dijo una palabra hasta que llegaron a la sala en la que Rick había donado sangre apenas unas horas atrás. Indicando con la mano una de las sillas, el doctor le indicó a Rick que tomara asiento mientras él hacía lo propio. Los dos hombres permanecieron unos segundos sin decir nada, pero esos segundos, al igual que todo aquel día, parecieron perdurar por una eternidad insufrible en la mente del piloto.

– Bueno... – murmuró Kinnunen, rompiendo brutalmente con el silencio.

– ¡¿Cómo está ella?!

Respirando pesadamente, Kinnunen se despatarró en la silla, dejando salir el agotamiento de aquel día que había pasado contrarreloj, mientras buscaba la forma de explicarle a Rick lo que estaba ocurriendo.

– ¿Prefiere la versión técnica o la sencilla, comandante?

– Sólo dígamelo, doctor – le contestó con fastidio el piloto, juntando fuerzas para resistir lo que fuera.

Kinnunen se inclinó hacia adelante, taladrando a Rick con la mirada.

– Muy bien... La comandante Hayes está fuera de peligro.

– ¡GRACIAS A DIOS! – exclamó el piloto, sintiendo que se estremecía de alivio ante la gloriosa noticia de que Lisa estaba fuera de peligro.

Para horror del piloto, la expresión de Kinnunen no era del todo reconfortante, obligando a Rick a recobrar la compostura y hacerse fuerte para lo que fuera que viniera.

– ¿Pero...? – preguntó Rick con cautela, tanteando las aguas de lo que vendría.

– Fue un golpe bastante duro el que se dió – le explicó Kinnunen. – Tiene algunos huesos rotos por la fuerza del impacto durante el aterrizaje de emergencia, y unos cuantos hematomas en el cuerpo. Hemos hecho lo posible por remendarlos, y fue un muy buen trabajo, pero sólo queda ahora dejar que pase el tiempo y que el cuerpo se recupere por sí mismo...

– ¿Algo más?

– Quiero que vea esto... – le dijo el médico, extrayendo de un folio una serie de radiografías y tomografías, sin necesidad de explicar que eran de Lisa.

Rick asintió lentamente, indicándole al médico que continuara con la explicación... él era todo oídos.

– El golpe le provocó a la comandante Hayes una conmoción cerebral... y una respetable, a juzgar por lo que nos muestran estas tomografías. No se preocupe; no hay daños permanentes en la estructura cerebrovascular... aunque, claro, deberemos esperar a que recobre la conciencia para tener resultados definitivos.

La mirada de preocupación y pánico de Rick bastó para que el doctor Kinnunen juzgara que debía ser extremadamente prudente con lo que fuera a decir.

– De cualquier forma, por lo que hemos podido analizar, las probabilidades de daño neurológico son ínfimas. Simplemente requerirá una atención constante en cuanto se despierte.

– ¿Y cuando será eso?

El doctor se encogió de hombros, volviendo a poner las radiografías y tomografías en su sobre.

– No hay forma de saberlo... en casos como éste, calculamos entre uno a cuatro días; por lo general preferimos no despertarlos, sino dejar que lo hagan por sí mismos... darle al cuerpo la posibilidad de recuperarse en sus propios términos.

Rick asintió, encontrando lógica en las palabras de Kinnunen a pesar de que sabía que serían días de agonía hasta que ella despertara...

– ¿Cuáles serán los próximos pasos? – preguntó Rick, haciendo lo posible por contener su ansiedad.

– La están trasladando en este momento a una sala de recuperación en el hospital militar del SDF-1. Permanecerá allí hasta que recupere la conciencia, y la tendremos en observación por unos días hasta que hayamos juzgado que no hay daños permanentes...

– ¡¿Por qué no se me avisó del traslado?! – exclamó Rick, que ya sentía que volvía a estar hecho una furia.

Levantando las manos en gesto conciliador, el doctor Martti Kinnunen apeló a su mejor voz de mando médica para calmar al piloto.

– Tranquilícese, comandante, no hay ningún riesgo, es un traslado normal. Las instalaciones del SDF-1 son más adecuadas para recuperación prolongada, como usted mismo podrá atestiguar.

Recordando su propia convalecencia tras aquel derribo –a manos de Lisa, de entre todas las personas, como recordó Rick con una sonrisa triste–, Rick se obligó a estar de acuerdo con el médico, y su postura amenazante volvió a algo más parecido a la normalidad. Ella estaría bien, eso era lo que importaba, estaba fuera de peligro y camino a la recuperación, los médicos de la fortaleza la tratarían bien y él estaría allí para cuidarla y acompañarla a cada paso del camino... hasta que ella se recuperara por completo.

Y si alguien tenía alguna objeción, problema de ellos.

Por su parte, el doctor Kinnunen volvió a ponerse de pie, y tras cavilar por algunos segundos le dijo a Rick con un tono serio que no daba lugar a dudas o cuestionamientos.

– Comandante Hunter, esta es la segunda vez que trato a la comandante Hayes luego de algún incidente del cual podría haber salido muerta y le diré esto... no sé si ella cree en Dios o no, pero lo que sí sé es que Dios debe creer en ella... ha sido afortunada, muy afortunada.

Rick asintió, sin saber qué decir a esas palabras...

– Por cierto, comandante – volvió a hablar el médico mientras abría la puerta de aquella sala para salir. – Muchas gracias por su donación... hemos hecho la transfusión a la comandante Hayes. Ahora lo llevaré hasta el hospital del SDF-1. Una sola cosa más...

– Lo que usted diga, doctor.

– Cuídela mucho... va a necesitarlo.

El camino hasta el hospital del SDF-1 se le hizo corto a Rick, quien simplemente caminaba siguiendo los pasos del doctor Kinnunen, pensando únicamente en el alivio infinito que sentía al saber que Lisa estaba fuera de peligro. Desde ya que lo que vendría no sería para nada fácil... y por lo que Kinnunen le había dicho, todavía faltaban algunos escollos por superar.

Pero eso no importaba... lo que importaba era que Lisa estaba a salvo.

No tardaron en llegar al hospital militar principal de la fortaleza espacial, y tras identificarse en la mesa de entradas, Kinnunen condujo a Rick hasta la habitación que le había sido asignada a Lisa. Sin embargo, antes de que Rick pudiera entrar, el doctor le bloqueó la entrada con el brazo, indicándole que aún tenía algo para decirle... y haciendo lo indecible para contener sus desesperantes ganas de ver a Lisa, Rick se detuvo en seco, aunque no sin dejarle ver al doctor su ansiedad.

– No necesito decirle, comandante, que no debe molestar a la paciente mientras descansa--

– No, doctor, no necesita decírmelo – le contestó Rick con dureza e irritación, aunque luego se calmó un poco. – Discúlpeme, doctor... he andado un poco nervioso hoy.

– Lo comprendo – le dijo Kinnunen, poniendo una mano sobre el hombro de Rick. – Ahora, si me permite, tengo que retirarme... vendré en un rato para revisar su condición.

Sin decir una palabra, Rick asintió en agradecimiento, tras lo cual estrechó la mano del doctor Kinnunen antes de que el facultativo se retirara, desapareciendo en los corredores del hospital.

Juntando algo de aire, el piloto abrió lentamente la puerta de la habitación, cuidando de no hacer demasiado ruido, aunque sabía bien que no la despertaría ni siquiera entrando con un Veritech... Dio los primeros pasos con calma y lentitud, tras cerrar la puerta procurando que no golpeara con el marco...

Y entonces la vio por primera vez en horas.

Ella estaba recostada en la cama, vestida con una bata de hospital que sobresalía por debajo de las sábanas que la cubrían hasta la altura del pecho. Su cabello castaño, libre de los rizos y de todo peinado, estaba despatarrado sobre la almohada. Estaba recibiendo suero a través de una sonda intravenosa en el brazo, y su rostro dormido destilaba una paz que contrastaba notoriamente con el infierno de locura y ansiedad en el que Rick había estado viviendo durante todo el día...

Distaba de parecer herida o enferma, aunque ciertos magullones podían notarse por aquí y por allá, pero fuera de eso, ella bien podría haber estado durmiendo una larga noche de sueño reparador... y Rick hubiera jurado (aunque no fuera más que una expresión de deseo) que bien poco le faltaba para despertar. Incluso, notó él en cuanto se colocó al lado de la cama, en sus labios estaba dibujada esa sonrisa perezosa que tenía todas las mañanas antes de despertar... antes de besarlo como hacía cuando los dos pasaban la noche juntos.

Haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas, Rick tomó la mano de Lisa entre las suyas, sintiendo su calor y acariciándola con ternura y suavidad. Recorrió con su dedo el dorso de la mano de Lisa, estremeciéndose ante la suavidad de su piel, y poco a poco la mano de Rick subió por su brazo hasta llegar al rostro de la joven comandante Hayes...

Rick la acarició como solía hacerlo cuando ella dormía, tocando la punta de la nariz de Lisa con su dedo índice y bajando luego para delinear el contorno de sus labios... En medio de la emoción indescriptible de saberla viva y fuera de peligro grave, Rick creyó que los labios de Lisa se estremecían con su toque y por un instante fugaz se ilusionó con que ella le besaba ese dedo... y que luego despertaría.

Ya sin resistirse más, Rick se inclinó con cuidado sobre Lisa, cuidando de no causar problemas con el instrumental médico, bajando lentamente hasta posar sus labios sobre la frente de ella y dándole un cálido y tierno beso que dejó estar allí durante unos segundos... mientras acariciaba su rostro y dejaba que su mano se enredara con el cabello de Lisa, jugando con él como solía hacerlo...

– Duerme tranquila... – le aseguró en cuanto el beso terminó, susurrando cerca de su oreja – Aquí me quedo.


Sábado 17 de septiembre de 2011

Había sido una mañana tranquila, sin mayores novedades... y eso estaba perfectamente bien para Rick Hunter; ya había cubierto con creces su cuota de novedades, y no tenía el menor interés de continuar agregándole más problemas a su vida.

Aunque en ese momento lo que menos le importaba en el mundo era su propia vida; todo lo que le importaba, lo que lo hacía seguir adelante, era la frágil mujer que permanecía en la inconsciencia, acostada en esa cama de hospital y con una línea de alimentación intravenosa conectada al brazo izquierdo.

Rick no había dejado la habitación excepto para ir a su camarote a cambiarse de ropa y buscar algunas mudas y frazadas... y eso solamente porque pudo dejar a Lisa al cuidado de Max y Miriya, que habían ido a la habitación a visitarla a las últimas horas de la tarde anterior. Los tres amigos pasaron un buen rato hablando e intercambiando los rumores que habían estado corriendo por la fortaleza durante todo el día... muchos de los cuales tenían que ver con aquella feroz discusión entre Rick y el almirante Gloval.

A Rick no le había molestado en lo más mínimo que se corrieran rumores sobre lo que pasó entre él y el almirante, y de hecho le parecía que era algo de lo que la fortaleza entera tenía que enterarse... tenían que tener bien en claro hasta qué punto amaba a Lisa Hayes, y hasta donde estaba dispuesto a llegar.

Ni Max ni Miriya habían dicho algo acerca de castigos o represalias oficiales por el incidente, y Rick tampoco les preguntó; francamente le importaba bien poco lo que tuviera que pagar por eso, ya que había sido por Lisa y ella lo valía absolutamente todo para él.

Un par de horas después de que se fueran los Sterling, fue el turno de Claudia para visitar a Lisa, trayendo un ramo de flores que dejó en un florero junto a las rosas que Rick había comprado cuando volvía de su camarote. Claudia lo había puesto al tanto de todo lo ocurrido en la Central de Operaciones durante ese día, de la confusión y del caos que reinaron desde el momento en que llegaron los primeros reportes acerca del ataque contra el vuelo de Pelletier y Lisa... del propio terror que la había invadido al saber que su hermanita estaba en peligro, de la estupefacción que le provocó la furiosa discusión entre Rick y Gloval... de tantas cosas de las que Rick jamás se había enterado, enfocado únicamente en la seguridad de Lisa como había estado durante todo el día...

La conversación derivó luego a temas más sentimentales, a cómo estaban las cosas entre ellos dos, a qué planes tenían para el futuro... a tantas cosas hermosas que hicieron que por un instante Rick se olvidara de todo el sufrimiento e inquietud que sentía...

Una vez que Claudia se fue, a eso de las diez de la noche, Rick sintió que ya no podía permanecer despierto ni un minuto más, tras toda la tensión y locura de aquel día. Pero él no tenía la menor intención de dejarla sola, ni siquiera por un minuto, así que tras cambiarse en el baño de la habitación, simplemente dio un tierno beso de buenas noches a Lisa en la mejilla, recorriendo la piel de Lisa con sus besos hasta acabar con un suave beso en los labios de la mujer a la que amaba, antes de recostarse en el sofá, cubrirse con las frazadas y entregarse al sueño.

No había soñado en toda la noche, aunque hubo momentos en los que despertaba temblando, seguramente a causa de alguna pesadilla que no recordaba ni quería recordar, pero salvo eso, la noche fue tranquila, sin inconvenientes ni problemas con Lisa. De tanto en tanto, venía alguna enfermera a asegurarse de que las cosas siguieran bien, aprovechando la ocasión para reponer el suero de alimentación intravenosa.

Y al despertar por la mañana, lo primero que Rick hizo fue asegurarse de que Lisa estuviera bien... y darle un suave beso de buenos días en la frente. Tanto la enfermera de turno como el doctor Kinnunen le aseguraron que todo estaba en orden con Lisa, y que no había sufrido ningún contratiempo por la noche, y sintiéndose plenamente seguro, Rick dejó la habitación para buscar algo qué desayunar mientras Kinnunen y la enfermera se ocupaban de Lisa.

Ya estaba bien entrada la mañana, y absorto con Lisa como estaba, Rick apenas reparó en que la puerta de la habitación se abría, hasta que escuchó a una voz muy familiar:

– Aquí estabas, teniente comandante "perdido en acción"...

Volteándose para ver quién era el visitante, Rick se encontró con Dan Shelby, vestido con su uniforme camuflado de combate, con toda la apariencia de haber estado despierto durante días.

– ¿Cómo estás, Dan?

– Agotado... – murmuró el teniente del Ejército, dejándose caer junto a Rick en el sofá de la habitación, para luego señalar a Lisa con la cabeza, mientras le preguntaba a Rick: – ¿Cómo está ella?

Una leve sonrisa de optimismo apareció en el rostro de Rick al explicarle a su amigo la evolución de la condición de Lisa.

– Mejorando... sigue inconsciente pero poco a poco se va a recuperar.

– ¿Y cómo estás tú?

– Aquí estoy... – dijo Rick, sin despegar la mirada de la figura durmiente de Lisa. – Esperando.

Tras charlar un poco acerca de la condición de Lisa, y de las cosas que habían ocurrido en el mundo exterior a esa habitación, Rick miró fijamente a su amigo, sin necesidad de preguntarle si había recibido el mensaje que él le envió a través de Sammie... y no necesitó que Shelby se lo confirmara. El oficial del Ejército simplemente se acomodó en el sillón y comenzó a relatar los eventos que habían ocurrido durante su misión:

– Estuvimos buscando en el desierto durante ocho horas, montados en los helicópteros, y atentos a cualquier reporte de las aeronaves o de las demás patrullas. No eran Zentraedi, no había uno sólo en toda la zona, así que eso dejaba solamente a los saqueadores como responsables del ataque, pero no los encontrábamos... por un tiempo llegamos a pensar que los habíamos perdido... que habían logrado escapar.

Tratando de contener el temor y la furia que sentía al pensar que los responsables del ataque pudieran haber escapado, Rick hizo un leve gesto para indicarle a su amigo que tenía su total y completa atención, y Shelby lo tomó como una invitación a continuar con su relato.

– Hasta que recibimos un reporte de un caza Veritech, diciendo que había un pequeño convoy de vehículos a setenta y dos kilómetros del sitio del accidente. La mía era la patrulla que estaba más cercana a ese lugar, y fuimos de inmediato a ver de qué se trataba.

Shelby pausó su relato, dejando escapar una breve risa al recordar la satisfacción enorme que había sentido al tener noticias de que estaban cerca de encontrar a aquellos criminales.

– Para cuando llegamos, encontramos al Veritech en modo Battloid, encañonando a los vehículos... tres camiones y dos Humvees... el piloto les había dicho que dispararía a la menor señal de movimiento, y los tipos lo tomaron en serio. Inspeccionamos los vehículos; encontramos chatarra, restos de cosas perdidas por allí... y suficientes armas como para equipar a un pelotón de infantería.

La mirada de Shelby se hizo dura e intensa, y sus puños se cerraron de sólo recordar todas las cosas que habían encontrado en esos vehículos...

– Entre las armas, encontramos lanzadores de misiles antiaéreos... uno de los cuales tenía todo el aspecto de haber sido usado hacía muy poco tiempo.

Eran ellos... Shelby los había encontrado... había encontrado a las personas que le hicieron eso a Lisa. Rick podía sentir cómo sus puños empezaban a temblar de la furia, y cómo su cuerpo parecía quemarse de pies a cabeza con el fuego de la ira, atento ahora a cada palabra que salía de la boca de su amigo.

– Los sacamos de los vehículos y los pusimos a donde los pudiéramos ver... eran veintidós en total, mientras tratábamos de contactar a alguien que nos dijera qué hacer con esos tipos... pero sabes cómo son esas radios, siempre tienen alguna clase de desperfecto. Y en esas situaciones, bueno, si no puedes consultar con los mandos superiores, sólo queda seguir la propia iniciativa...

Inclinándose hacia adelante hasta quedar con la mirada perdida en algún punto de la pared, Shelby dejó pasar algunos segundos en silencio, mientras Rick podía notar que el rostro de su amigo del Ejército adquiría una expresión de dureza y determinación que jamás le había visto en su vida... la expresión de alguien con quien no convenía buscar problemas.

– Gracias a Dios por el estado de emergencia... – murmuró con inocultable satisfacción el teniente Shelby, dejando que en sus labios asomara una sonrisa más propia de un tiburón.

Rick no dijo una sola palabra, ni siquiera hizo un sólo sonido... sólo dejó que su rostro hablara por él...

– Diablos, mira la hora que es... tengo que reportarme al Daedalus – exclamó Shelby, cambiando abruptamente el tono de la conversación y saltando para ponerse de pie.

– Dan...

– ¿Sí? – le preguntó Shelby, ya a punto de abrir la puerta de la habitación.

– Muchas gracias.

Sonriendo comprensivamente, su amigo simplemente asintió a aquel agradecimiento, y dando un último vistazo a la joven mujer que ocupaba la cama de la habitación, aprovechó para decirle a Rick:

– Ni lo menciones, Hunter... sólo mantenme al tanto de la condición de Lisa.

Tras recibir la palabra de Rick de que así sería, el oficial del Ejército abandonó la habitación, permitiéndole a Rick continuar con la cuidadosa vigilancia que montaba en torno a la comandante Hayes.

Las horas transcurrieron sin novedad alguna, excepto por las visitas regulares de las enfermeras, una de las cuales le dejó a Rick algo para almorzar... y fue solamente en ese momento que Rick cayó en la cuenta del tiempo que había pasado.

Se veía tan pacífica y tranquila... tan ajena a la locura y vorágine del día anterior, tan distinta de la imagen que se había formado en la mente de Rick en los peores momentos de incertidumbre... se veía tan hermosa y tierna, no daba la impresión de que estuviera en un hospital, sino que parecía como si simplemente hubiera decidido pasar todo ese día durmiendo.

Más de una vez, Rick no pudo contenerse y prodigó besos tiernos y cariñosos en los labios de Lisa, en sus mejillas, en su frente, en sus manos... la acariciaba con cuidado y cariño... sintiéndola cerca suyo, sintiendo que él la estaba protegiendo de todo lo que pudiera ocurrirle, y anhelando con el momento en que ella despertaría por fin, y los dos pudieran estar juntos de una vez por todas.

Eran las tres de la tarde cuando la puerta de la habitación volvió a abrirse... y Rick tuvo que contener las ganas de saltar al cuello de su visitante, cosa que se le hizo extremadamente difícil con toda la furia que le invadió al darse cuenta de quién se trataba.

– ¿Cómo está ella? – le preguntó secamente el almirante Gloval, quitándose la gorra y guardándola bajo el brazo.

Por unos segundos, Rick se limitó a taladrar al Supremo Comandante con la mirada más furiosa e indignada que podía lograr... indignación que surgía de la ira que le provocaba ver que Gloval viniera a visitarla, tras no haberle permitido ir a rescatarla...

– Está bien... – replicó fríamente Rick. – Se está recuperando.

– Muy bien...

El almirante caminó lentamente hasta colocarse junto a la cama de Lisa, mirándola con una expresión de preocupación y dolor paternal que casi logró conmover a Rick y hacerle olvidar la furia que Gloval le provocaba.

Casi.

– Tenemos que hablar – descerrajó el almirante, volteándose para contemplar a Rick con frialdad.

Rick no se dejó intimidar; en lo que a él concernía, Gloval podía poner toda la pose de almirante que quisiera.

– ¿Tenemos?

– Lo que ocurrió ayer ha sido injustificable, comandante Hunter – prosiguió el almirante, juntando las manos tras la espalda y apoyando la gorra sobre una de las sillas de la habitación.

– No lo creo así.

Gloval entrecerró los ojos, y una mueca de irritación asomó en su rostro.

– No me interesa cómo lo crea; es injustificable de cualquier forma.

– Lo injustificable es que no me haya permitido ir a buscarla – contraatacó Rick, lentamente perdiendo los estribos y obligándose a respirar para no lanzarse contra el almirante.

– Usted tenía órdenes que cumplir, comandante, órdenes que simplemente no puede--

– ¡No me salga con órdenes, almirante...! – lo interrumpió Rick, ya sin poder guardarse la furia que le provocaba, y señalando a Lisa con un gesto brusco. – Ella estaba en peligro, ¿qué esperaba que hiciera, seguir como si nada?

Lo que Rick no esperaba era que Gloval perdiera los estribos, y la respuesta del almirante fue tan dura que Rick retrocedió casi por acto reflejo.

– ¡Lo que esperaba que hiciera era continuar con la misión que le había sido ordenada, no que estallara en gritos a través de la red táctica!

– ¡No puede pedirme que siga adelante e ignore que la mujer a la que amo está en peligro!

Gloval levantó los brazos al cielo en señal de frustración, como si fuera un padre que no lograba que su chiquillo entendiera lo que pasaba.

– Sea sensato, comandante... ¿qué cree que le hubiera dicho Lisa?

Oh, no... no lo iba a tolerar... no iba a dejar que nombrara a Lisa en medio de su discusión, no cuando él había sido el responsable de toda aquella situación, no cuando había sido culpa suya que ella estuviera en ese vuelo, no cuando todas sus heridas lo tenían como exclusivo responsable...

– No, almirante... – escupió Rick con voz furiosa y entrecortada, mientras sus ojos azules brillaban de ira. – No le permito... no se atreva a usar a Lisa–

Pero ahora fue Gloval quien interrumpió a Rick, y su voz sonó calma y paternal, rompiendo con el clima tenso de aquella horrible discusión, desconcertando al joven piloto.

– ¿Cree que usted es el único que la quiere, comandante?

Gloval se acercó una vez más a la cama donde Lisa permanecía inconsciente, y se permitió un único momento de debilidad, un único instante en el que su postura dura y formal se ablandó, un único momento en el que el almirante Gloval dio paso a Henry Gloval, en el que el Supremo Comandante cedió su lugar a un hombre mayor y agotado por una espantosa carga... un hombre que, al apoyar su mano en el colchón de la cama y sonreir con tristeza sobre la joven mujer que dormía, parecía mucho más viejo y demacrado que lo que Rick había visto jamás.

– Ella es como una hija para mí... – murmuró el veterano almirante con voz levemente temblorosa. – ¿Sabe lo que fue para mí todo el día de ayer?

Rick no dijo nada; sencillamente no había nada que pudiera decir ante ese momento de pura humanidad por parte de un hombre al que había odiado ciegamente desde el día anterior, un hombre que ahora le permitía a Rick tener una vaga idea del drama interno que había sentido... y Rick comenzó a comprender que si él amaba a Lisa como mujer, Henry Gloval la amaba como si fuera la hija que él nunca tuvo...

Recobrando la compostura, Gloval volvió a colocarse la gorra, y el rostro conmovido que tenía volvió a la expresión dura e impasible que era habitual en él.

– Queda pendiente el tema de lo que haré con usted – le lanzó a Rick, clavándole la mirada.

– Haga lo que le plazca, señor, si con eso se va a sentir mejor.

– Cierre la boca, Hunter – lo calló Gloval con fría dureza, dejando al hombre más joven con la boca abierta ante la furia oculta en esas palabras.

Pero Gloval no había terminado... aquellas palabras de Rick habían sido como un insulto personal para él, un insulto para su integridad, un insulto para su honor... y un insulto para la mujer que estaba en esa habitación.

– ¿Cree que esto tiene algo que ver conmigo? ¿Realmente cree eso?

Rick no dijo nada, dejándole el campo libre a Gloval para que dijera lo que tuviera que decir.

– ¿Usted tiene alguna idea de la tensión que corría en la Central de Operaciones el día de ayer? ¿Sabe cómo estaba todo el personal tratando de mantener el control de la situación, en medio del caos?

El almirante comenzó a caminar por toda la habitación, como si estuviera en el puente del SDF-1 durante los peores momentos de la guerra, tratando de conservar la calma mientras le explicaba a ese jovencito lo que evidentemente desconocía, a juzgar por sus palabras.

– En una situación como esa, es absolutamente necesario mantener la atención enfocada en las consolas y sistemas de comunicación, o de lo contrario, pueden correr riesgo innumerables vidas... y lo último que necesitamos en un momento como ese es que alguien se ponga a gritar y distraiga a todas esas personas. ¿Tiene alguna idea de lo que podría haber pasado si una sola de esas controladoras de vuelo hubiera perdido el rastro de alguno de los aviones que teníamos en el aire, solamente por tratar de seguir el hilo de nuestra discusión?

Esa explicación dejó congelado a Rick; él había esperado que Gloval lanzara una diatriba personal contra él, pero no que le detallara con semejante crudeza las posibles consecuencias de su arrebato... y por un breve instante, creyó que no era Gloval quien le estaba hablando, sino Lisa... como siempre lo hacía cuando lo reprendía por la red táctica... y en su interior sintió la dura humillación de saber que había estado en el lado perdedor de la discusión.

– ¿Quién es el líder de escuadrón que le sigue en jerarquía? – preguntó Gloval, desconcertando a Rick a tal punto que le costó encontrar la respuesta.

– El teniente comandante Aref Shamkhani, Escuadrón Scimitar, señor.

Gloval se acomodó la gorra y comenzó a caminar en dirección a la puerta, sin mirar a Rick.

– Excelente – murmuró Gloval. – El comandante Shamkhani quedará a cargo del Grupo Aéreo en forma provisoria, hasta nuevo aviso.

En ese momento, Gloval giró abruptamente sobre sus talones, quedando frente a Rick y atravesándolo con la mirada más dura y fría que podía lograr... una mirada que Rick se obligó a sostener, so pena de demostrarle debilidad al almirante.

– En cuanto a usted, comandante Hunter... – dijo el almirante con una voz gélida – queda suspendido de las actividades de vuelo, por tiempo indefinido. Incluiré además una severa amonestación oficial en su expediente permanente por sus acciones del otro día. El teniente Sterling lo reemplazará provisionalmente al frente del Skull.

Rick no respondió; no le interesaba defenderse, y si ése era el precio que tenía que pagar por defender a Lisa, él lo pagaría gustosamente... y lo volvería a hacer.

– Para serle sincero, estuve a esto – la palabra "esto" vino remarcada con un gesto de los dedos del almirante que indicaba algo muy pequeño – de ponerlo bajo arresto y enviarlo a corte marcial. Considérese afortunado... muy afortunado.

Dicho esto, Gloval continuó caminando hacia la puerta para retirarse, aunque a último momento y con la mano en el picaporte, poco antes de irse, dijo a Rick sin voltear para mirarlo:

– Una última cosa, comandante...

– ¿Qué cosa?

Gloval hizo silencio por un par de segundos, y aún viéndolo de espaldas Rick lo notó caído y cansado.

– Aproveche este tiempo para algo útil... cuídela – dijo el almirante antes de dejar la habitación.


El primer teniente Max Sterling gozaba de un honor por el que cientos de pilotos hubieran estado dispuestos a matar por conseguir.

Estaba en ese momento sentado detrás de un escritorio repleto de papeles, maquetas y recuerdos de todo tipo, ubicado en una oficina pequeña y claustrofóbica que daba al hangar principal del Prometheus. Colgado en la pared que se alzaba detrás de su silla, un enorme escudo de la calavera cruzada por dos tibias le daba al lugar su marca distintiva: la oficina privada del comandante del Escuadrón Skull.

A esas horas de la tarde, Maximilian Sterling era el amo y señor del escuadrón de combate aéreo más distinguido de las Fuerzas de la Tierra Unida… era el encargado de custodiar, aunque fuera de manera provisoria, el legado marcado por hombres como Roy Fokker y Rick Hunter, un legado ennoblecido por el sacrificio de incontables pilotos de combate caídos en las luchas de la Unificación y la Guerra Zentraedi. Pilotos como Ben Dixon y tantos otros a los que Max había conocido personalmente antes de que la muerte los transformara en leyendas.

Y a pesar de todo ese honor, el primer teniente Maximilian Sterling se sentía asqueado y disgustado más allá de lo imaginable; estar a cargo de esa oficina le provocaba una ira que él no recordaba haber sentido antes.

A los eventos de los pasados días, con toda su carga de nervios e incertidumbre por la salud de Lisa Hayes luego del ataque sufrido por el avión que la transportaba de regreso de Denver se le sumó más tarde la preocupación por el ánimo de Rick… por lo que le habían comentado los otros pilotos que lo acompañaron durante aquella fatídica misión, el Líder Skull estaba oscilando peligrosamente entre la furia y el desconsuelo.

La tarde anterior y en compañía de Miriya, Max había visitado a Rick mientras éste hacía guardia en la habitación que le habían asignado a Lisa en el Hospital Militar. Había sido una visita tensa… una que dejó aterrado a Max al comprobar lo demacrado y agotado que se veía su mejor amigo. Sin embargo, Max podía comprenderlo perfectamente: Dios sabía que él estaría sumido en el terror si algo llegaba a ocurrirle a Miriya…

Por respeto a Rick, Max no le dijo nada acerca de regresar a sus labores en el Skull, tal como era su deber por ser segundo al mando del Escuadrón. Rick necesitaba todo el tiempo posible para pasarlo junto a Lisa, y Max tenía claro que si llegaba a separarlo de ella, lo único que ganaría el Skull sería un líder de escuadrón totalmente ausente y ajeno a la realidad.

Lo que Max jamás hubiera imaginado era que los altos mandos le iban a dar a Rick todo el tiempo que quisiera para recuperarse… pero no por caridad o por atención a la comandante Hayes sino como una sanción disciplinaria.

La orden oficial del almirante Gloval había llegado a manos de Max hacía dos horas, y el joven teniente que había quedado a cargo del Skull en ausencia de su líder todavía no había decidido comunicar la orden a sus camaradas.

Sus subordinados, al menos hasta que Rick volviera… si es que le permitían volver.

Pero por alguna razón, Max suponía que la decisión de informar al resto del Skull sobre la suspensión de Rick no iba a quedar en sus manos… hasta podía presentir que algo iba a pasar para que la noticia se supiera sin importar toda la prudencia que él hubiera querido ponerle al asunto.

Y entonces, como si algún dios bromista hubiera leído sus pensamientos, la suposición de Max se hizo realidad cuando la puerta de la oficina que debía ocupar se abrió con violencia, permitiéndole a la teniente Karin Birkeland entrar a los dominios privados del Líder Skull hecha una tromba.

Pequeña como era, la joven piloto de combate se veía totalmente furiosa e indignada, marcando un notable contraste con la expresión aparentemente aplomada de Max… aunque los dos compartieran la misma furia ante las novedades.

– ¡Señor! – exclamó casi sin aire la recién llegada, sólo entonces recordando que debía ponerse en posición de firme.

– Descanse, teniente – le ordenó Max. – ¿Qué pasa, Karin?

Una vez que se recuperó de la corrida y que pudo calmarse lo suficiente como para no gritar la respuesta, la teniente Birkeland trató de explicar lo que la había puesto de tan malo humor.

– Escuché a algunos pilotos comentando rumores... ¿Cómo es eso que el comandante Hunter está suspendido del servicio?

Con disgusto apenas contenido, Max le alcanzó a la teniente una hoja membretada de aspecto muy oficial y burocrático.

– Lee esto.

Bastó que Karin leyera las primeras oraciones de la orden para que su rostro volviera a petrificarse en una mueca de indignación furiosa… y las siguientes oraciones la pusieron de peor ánimo todavía, hasta hacerla parecer como una bomba a punto de estallar.

– ¡No pueden estar hablando en serio! – explotó la joven piloto, mientras la orden oficial temblaba en su mano. – ¡¿Insubordinación y obstrucción?!

Max se limitó a asentir sin decir una sola palabra… pero destilando todo el disgusto y la impotencia que le era posible sentir.

– ¿Y qué--? – exclamó descorazonada la teniente Birkeland. – ¿Qué va a pasar ahora, teniente?

– Me haré cargo del Skull mientras Rick esté suspendido. Las actividades normales del Escuadrón continuarán como hasta el momento, teniente Birkeland.

A juzgar por su expresión, Karin Birkeland había tomado la noticia como si fuera algo imposible de creer… como tantos otros pilotos del Skull, ella tenía un respeto por Rick Hunter rayano en el fanatismo, y la novedad de que su líder de escuadrón pudiera haber sido suspendido por algo como aquello le provocaba incredulidad e indignación.

De no haber estado las cosas tan mal como estaban, incluso hubiera llegado a insultar al mismísimo almirante Gloval… pero de nada hubiera servido. Además, todavía tenía otras dudas muy profundas e inquietantes por responder.

– ¿Señor?

– Adelante – la invitó a seguir Max, a lo que Karin respondió con inquietud.

– Por lo que escuché de lo que pasó, el comandante Hunter estaba haciendo lo correcto. La comandante Hayes había sido herida y el jefe sólo quería ir a --

– El comandante Hunter violó las normas militares, intentó abandonar la misión que se le había encomendado y desobedeció una orden directa del Supremo Comandante, Karin... y por eso, recibió una sanción mucho más liviana que la que podría haber tenido – respondió imperturbable Max, hundiéndose más aún en la silla del escritorio. – Se equivocó de medio a medio… pero tenía toda la razón al hacerlo.

– Con todo respeto, teniente, no lo entiendo – confesó Karin. – ¿Cómo pudo equivocarse y tener la razón al mismo tiempo?

Al principio, Max no supo qué contestarle a su joven subordinada… no sabía cómo decirle, cómo explicarle algo tan complejo y doloroso como aquello, cómo hacerle entender que parte del deber del soldado era saber sobreponerse a los propios sentimientos para cumplir con el deber.

Y que a veces, el deber del soldado lo llevaba a tener que elegir entre el deber y lo que amaba… elecciones que nunca jamás terminaban bien para nadie.

– Algún día, si tienes la mala suerte de pasar por una situación como esa, y créeme que no te lo deseo, lo entenderás... – explicó Max con un pesar terrible en su voz.


Martes 20 de septiembre de 2011

Si había algo que Rick Hunter odiaba por experiencia propia, era tener que batallar con mujeres tercas e imposibles; a algunas de ellas había aprendido a ignorarlas, de otras prefería mantenerse alejado y de una de ellas se había enamorado... pero ésta era una mujer terca e imposible frente a la cual no tenía escapatoria alguna... y frente a la cual sólo le quedaba suplicar e implorar como había estado haciendo desde hacía diez minutos.

Sin éxito alguno, desde luego.

– Por favor... – imploró Rick una vez más, ilusionándose con quebrar esta vez la cara impiadosa de la enfermera.

– Lo siento, comandante Hunter, pero no puedo hacer lo que pide.

– Vea, no le va a costar nada...

– Comandante, por favor, no me comprometa – insistió la enfermera, levantando las manos como queriendo detener a Rick.

– ¡No puede ser algo tan difícil! – protestó Rick.

Una vez más, la enfermera meneó la cabeza con fuerza, probando ser invulnerable a los ruegos y súplicas del suspendido Comandante del Grupo Aéreo.

– No es de dificultad o no, no puedo hacerlo...

Pero Rick Hunter no era alguien que se daba por vencido fácilmente... si era necesario, se arrodillaría y suplicaría hasta las lágrimas hasta lograr que esa enfermera cediera a sus pedidos... le tomara el tiempo que le tomara. Para su siguiente esfuerzo, sin embargo, Rick decidió probar una nueva táctica: allí donde las súplicas y los lloriqueos habían fracasado, tal vez la apelación al interés propio pudiera triunfar.

– Vea... Laura – dijo Rick en un tono más amigable, leyendo la tarjeta de identificación que la enfermera llevaba en el pecho y esforzándose por parecer una persona sensata y razonable – ¿Puedo llamarla Laura?

– No.

– Está bien, enfermera Lovett... – se retractó Rick, sin perder su nuevo tono amable. – Entiendo que usted tiene que hacer muchas rondas por todo el hospital...

– No sé qué quiera lograr con--

– ¡Déjeme terminar! – la interrumpió Rick con una brusquedad que sobresaltó a la enfermera. – Usted es una mujer ocupada... ¿no le parecería bien entonces que le dé una mano? Llevo cuatro días aquí, ya la he visto hacerlo demasiadas veces, creo que puedo arreglármelas.

La enfermera permaneció en silencio, considerando por primera vez las palabras del insistente piloto con seriedad, mientras se ponía a pensar en que, efectivamente, su propia carga diaria de trabajo era excesiva... a fin de cuentas, no era como si ese piloto le estuviera pidiendo algo ilegal; y de hecho, su pedido no era algo imposible de satisfacer... aunque si lo hacía, ella debería ocuparse de verificar que todo estuviera bien cuando hiciera sus rondas.

– Arghhhh... – gruñó en señal de rendición, fulminando a Rick con la mirada. – Lo confirmo... ustedes los pilotos tienen la cabeza hecha de granito.

Entrecerrando los ojos y borrando de su rostro la sonrisa, Rick le espetó:

– Enfermera, ese chiste no tenía gracia el año pasado y tampoco la tiene ahora...

– Como quiera – se encogió de hombros la enfermera, caminando hasta colocarse junto a la cama de Lisa. – Ahora, ¿me va a dejar enseñarle a usar la máquina de alimentación intravenosa o no?

– ¡Soy todo oídos! – exclamó Rick con júbilo, corriendo para empezar la clase que tanto había suplicado.

Para sorpresa de la enfermera Lovett, Rick demostró ser excepcionalmente hábil a la hora de aprender a manejar la máquina de alimentación intravenosa, y apenas le tomó diez minutos asegurarse de que el teniente comandante Hunter se interiorizara de los pormenores de ese aparato. Finalmente, en cuanto se aseguró de que Rick supiera manejar el aparato a su entera satisfacción, la enfermera Lovett le dijo que de ahora en más él iba a ocuparse de cambiar el suero en cuanto se acabara y de reajustar el aparato cuando fuera necesario, claro, bajo su experta supervisión.

Por su parte, Rick aprovechó la presencia de la enfermera Lovett –que, máquinas de intravenosa al margen, todavía tenía que ocuparse de varias cosas en esa habitación– para ir a la cafetería a comprar un buen sandwich y una lata de Petite Cola que le servirían de almuerzo. Tanta práctica había acumulado en los últimos cuatro días de vigilia hospitalaria, que regresó a la habitación antes de que la enfermera Lovett se fuera.

Tras ocuparse de su almuerzo, Rick se recostó en el sofá de la habitación, hojeando sin muchas ganas el último número del Macross Standard y deteniéndose a leer muy por encima algunas de las noticias. La mayoría de las noticias en el diario estaban relacionadas con temas políticos del GTU y de las recientemente establecidas Regiones Autónomas, cuya creación se había anunciado con bombos y platillos el día anterior... y el puño de Rick se cerró al ver la fotografía sonriente de Anthony Montague, quien había cambiado su título original de alcalde por el nuevo y más majestuoso de Gobernador de Denver-Colorado.

Por culpa de ese desgraciado, Lisa estaba donde estaba...

Las noticias sociales no le interesaban, y hacía mucho que Rick pasaba de largo los temas del espectáculo, aunque no pudo evitar leer por encima una nota que anunciaba una nueva gira de Minmei en la Costa Este, con posibles presentaciones en varias ciudades mexicanas. Ni siquiera había secciones de deportes en el diario, así que Rick se lanzó directamente a la página de humor.

Ya eran las dos de la tarde cuando Rick se cansó de leer una y otra vez el mismo ejemplar del diario, dejándolo en el suelo mientras se hacía la nota mental de ir a buscar algo más para leer en su camarote a la primera oportunidad posible; ya había devorado los libros que tenía allí, y estaba hambriento de más.

De pronto, mientras Rick se preparaba para cerrar los ojos y darse el gusto de una breve siesta, creyó ver que Lisa se movía en su cama.

Eso sólo bastó para captar su atención, y Rick giró la cabeza hasta quedar mirando a Lisa, sin perderle el rastro un sólo segundo mientras esperaba a que se repitiera ese movimiento... albergando esperanzas renovadas de que ella despertara de esa inconsciencia en la que había caído.

Pero no pasó nada.

Al principio, Rick pensó que debía tratarse de una jugarreta de su imaginación, que la ansiedad que sentía estaba por fin volviéndolo loco y haciéndole ver cosas que no estaban ocurriendo. Sí... debió ser algo que imaginó, concluyó decepcionado antes de volver a recostar la cabeza en el apoyabrazos del sofá, listo para seguir contemplando el techo y dejando volar a sus pensamientos.

Pero por el rabillo del ojo volvió a notar lo que parecía ser un leve movimiento de la cabeza de Lisa... acompañado esta vez por un gruñido.

Olvidando por completo que tan sólo medio minuto atrás había creído que se trataba de una mala pasada de su imaginación, Rick prácticamente saltó del sofá hasta ponerse junto a la cama de Lisa, inclinándose sobre ella y mirándola obsesivamente, atento a la menor señal de movimiento.

Y su espera no fue infructuosa.

No dejaba de recordarle a Rick los desperezos que Lisa solía hacer cuando despertaba por las mañanas; los pequeños gruñidos apagados que podían oírse, los movimientos lentos y perezosos de su cabeza, la sonrisa lenta y fugaz que aparecía en sus labios... más que una persona que se recuperaba de una herida, Lisa parecía una mujer que simplemente se despertaba tras una larga noche de sueño.

Cada segundo que pasaba era como una eternidad para Rick, era como si estuviera viendo la salida de un abismo en el que había caído al escuchar la noticia del ataque al vuelo de Lisa... era ver cada vez más cerca el final del dolor que lo había hecho suyo durante cuatro días.

Incluso el rostro de Lisa parecía recuperar su color habitual a cada segundo; ella se movía cada vez más en esa cama, desperezándose y cobrando vida con cada movimiento... y el corazón de Rick casi se detuvo al ver que lentamente los párpados de Lisa empezaban a abrirse, dejando entrever fugaces destellos verdes que maravillaron al piloto.

Tras lo que pareció ser un poco de esfuerzo, los párpados de Lisa terminaron de abrirse, y Rick sintió que se derretiría allí mismo al volver a ver los ojos de Lisa, dejándose encandilar como si fuera la primera vez que los miraba. Por su parte, la mirada de Lisa era ligeramente desenfocada, como si no estuviera del todo despierta, pero poco a poco, los ojos de ella volvieron a enfocarse, hasta posarse sobre el hombre joven y visiblemente emocionado que estaba de pie junto a su cama.

Un nuevo gruñido de Lisa pudo escucharse, y sin poder contener su alegría Rick se acercó más a ella, para escuchar mejor lo que tuviera para decirle. Pero no dijo nada; al cabo de unos segundos, la comandante Hayes gruñó una vez más, sólo que esta vez fue mucho más largo y fuerte.

– ¿Sí, amor? – le preguntó el piloto con aliento entrecortado, pendiente de cada palabra como si fuera su vida misma la que dependía de ellas y tomando suavemente la mano de Lisa en la suya.

Los labios de Lisa empezaban a moverse, buscando formar palabras mientras los ojos de ella se clavaban en los de su piloto...

– Hunter... – murmuró Lisa con voz arrastrada por el sueño, sin dejar de mirar a Rick. – ¿Qué... diablos hace...?

Aquellas palabras casi destrozaron a Rick, y bien poco le faltó para caer de rodillas al suelo. ¿Podía ser acaso que hubiera habido secuelas del accidente? Recordaba los libros médicos que había devorado durante los días que pasó allí, en un vano intento de aprender todo lo que pudiera acerca de las conmociones cerebrales, y la posibilidad de la amnesia apareció atemorizante en la mente del piloto.

La forma en la que Lisa se había referido a él distaba mucho de ser la de la mujer intensa y enamorada que había dejado el SDF-1 para partir a aquella fatídica misión... y tenía mucho más en común con la intransigente y enloquecedora controladora de vuelo que no le perdonaba un sólo traspié a Rick.

¿Sería posible que todo lo que pasaron juntos simplemente hubiera desaparecido de la memoria de Lisa? Como por instinto, Rick soltó rápidamente la mano de Lisa, y su semblante se hizo más serio y triste...

– Lisa... – dijo Rick con la voz quebrada, queriendo decirle algo pero a la vez temiendo inquietarla, y simplemente se quedó allí, buscando en su mente alguna forma de excusarse cortésmente por cualquier molestia que le estuviera provocando.

Pero Lisa simplemente gruñó con más fuerza, esta vez apoyando la cabeza en la almohada para mirar con una expresión de desaprobación a su propia mano, que permanecía acostada en la cama, libre ya de la mano de Rick.

– ¿Qué diablos haces... – murmuró una vez más, ya con la voz un poco más inteligible – que no me estás besando?

Rick simplemente sintió ganas de llorar de alegría y alivio al escuchar a Lisa echándole en cara que no la estaba besando... No podía ser de otra manera, tratándose de Lisa Hayes, pensó Rick en medio de su euforia, mientras la sonrisa de oreja a oreja reaparecía en su rostro y sus ojos dejaban escapar lágrimas de gozo... lágrimas que simplemente se hicieron más profusas al ver el brillo en la mirada de Lisa en el instante en que él volvió a tomar su mano.

– ¿Ahora tengo que... darte una orden... para que me beses? – murmuró ella, sonriendo como si acabara de hacer una broma muy graciosa.

Meneando la cabeza y sorprendiéndose de que Lisa pudiera bromear con él en una circunstancia como esa, Rick Hunter decidió recurrir a la mejor respuesta que se le ocurrió, e inclinándose levemente y con sumo cuidado, sin dejar de mirar a Lisa a los ojos, atrapó sus labios entre los suyos y la besó con infinita ternura, maravillándose de volver a sentir los labios de la mujer a la que amaba respondiendo a su beso... y conmoviéndose al sentir en carne propia el amor y la pasión que ella lograba ponerle a su propio beso...

Tardó Rick en recordar que lo mejor que podía hacer era darle a Lisa todo el aliento que pudiera, y muy a su pesar se obligó a separar sus labios algunos cuantos segundos después... encontrándose al abrir los ojos con la mirada tierna y enamorada de Lisa, tan intensa y brillante como él la recordaba.

– Amor, no sabes cuánto te extrañé... – dijo él mientras acariciaba suavemente el rostro de Lisa, llenando sus pulmones con el aroma de su cuerpo.

– ¿Dónde estoy? – preguntó Lisa, recorriendo con la mirada aquel lugar que le resultaba tan poco familiar.

– En una habitación en el hospital militar del SDF-1... tu avión fue derribado por una banda de saqueadores.

– Lo recuerdo... – contestó ella, y se tomó la cabeza como si acabara de sentir un dolor atroz. – ¿El hospital?

– Tienes una contusión bastante severa – le dijo él, señalando con el dedo un chichón de magnitud respetable cerca de la sien izquierda de Lisa. – Además has estado inconsciente--

Lisa lo interrumpió antes de poder terminar la pregunta.

– ¿Cuánto tiempo?

Rick inhaló con fuerza antes de responder la pregunta de Lisa, obligándose a mirarla a los ojos con toda la franqueza de la que era capaz.

– Cuatro días.

– Por todos los cielos... – murmuró ella, dejándose caer una vez más en la cama y quedando con la mirada clavada en el techo, con una mueca de incredulidad en su rostro.

Mientras Lisa se echaba en brazos de la incredulidad al comprobar cuánto tiempo había permanecido inconsciente a causa del accidente, Rick no tardó en reaccionar, movido tanto por el deseo de hacerla sentir mejor como por sus propias ansias de sentirla una vez más con él. Rápidamente se acercó a Lisa, tomando sus manos entre las suyas y acariciándolas, sin quitarle los ojos de encima... mientras Lisa se sentía a punto de derretirse ante la ternura con la que su piloto la estaba mimando, y toda la incredulidad y molestia que sintió instantes atrás simplemente desapareció...

– El doctor Kinnunen me dijo que le avisara en cuanto despertaras, pero... – susurró Rick, mirando a los ojos a Lisa al tiempo que se dibujaba una sonrisa en sus labios.

– ¿Pero qué?

Acercándose más y más a los labios de Lisa, Rick ya estaba entrecerrando los ojos cuando dijo:

– Creo que lo llamo en un par de minutos...

Con los labios de Rick rápidamente llevándola a la locura, la comandante Hayes sintió que estaba completamente de acuerdo con el análisis de su piloto, y simplemente se dejó llevar por ese beso, conmoviéndose además del cariño y cuidado que él le estaba poniendo... tan apasionado y a la vez tan protector... ese era uno de esos besos que ella desearía que jamás se acabaran...

Pero finalmente acabó, y tras algunos breves y tiernos besos en los labios, Rick llamó al doctor Kinnunen a través del teléfono interno de la habitación, mientras en su cama, la comandante Hayes le dedicaba a Rick la mirada enternecida y fascinada de una mujer enamorada... mirada que su piloto reciprocó casi al instante.

– ¡Ah, comandante Hayes, qué gusto verla despierta! – exclamó Kinnunen mientras entraba a la habitación, despertando a Rick y Lisa de su momentáneo trance.

– Gracias, doctor...

Asintiendo con la cabeza, el doctor buscó en los bolsillos de su bata hasta dar con una pequeña linterna que procedió a sostener a la altura de los ojos de Lisa.

– Bueno, vamos al grano...

Encendiendo la linterna, el doctor la apuntó a los ojos de Lisa para comprobar la dilatación de las pupilas, lanzando algunos gruñidos de conformidad al notar que la reacción era la normal, y tras terminar con esa prueba, el doctor le tomó la temperatura y el pulso a Lisa, sin encontrar nada malo o fuera de lo normal.

– ¿Qué año es este? – preguntó rápidamente el médico ni bien acabó de guardar sus instrumentos, tomando a Lisa por sorpresa.

– 2011 – alcanzó a responder.

– ¿Cuál es su rango militar? – preguntó nuevamente el médico, hablando con mayor rapidez, sin darle tiempo a pensar.

– Comandante.

– ¿Por donde sale el sol?

– Por el Este.

– ¿Qué día cumple años?

– 3 de marzo.

Comprobando que las respuestas eran las correctas, el doctor Kinnunen asintió con una sonrisa satisfecha en los labios, y antes de terminar, procedió a hacer la última pregunta de ese interrogatorio improvisado.

– ¿Es usted una comadreja parlanchina?

La respuesta de Lisa, acompañada por una mirada de furia capaz de derretir el acero, y labios contraídos en una fina línea de ira, no estuvo dirigida al médico militar, sino al piloto que, desde su lado de la cama, no podía contener una inoportuna carcajada ante la tormenta que acababa de desatar por pura diversión.

– Vete al diablo, Rick.

La carcajada de Rick salió de toda proporción.

– Sí, doctor... – le dijo a Kinnunen en cuanto pudo parar de reír. – Creo que está en perfectas condiciones.

Para sorpresa de Lisa, el doctor Kinnunen también entró a reír con aquel chiste a cargo de Rick, pero fue algo breve ya que su semblante volvió a exudar ese profesionalismo tan característico de los médicos... hasta que no quedó rastro del hombre que se había reído hacía algunos instantes.

– Estoy de acuerdo, aunque no crea que su recuperación ha acabado, comandante Hayes...

Muy a su pesar, sabiendo que sin importar todo lo que ella pudiera protestar el médico iba a insistir, Lisa gruñó y asintió, esperando a escuchar lo que Kinnunen tendría para decirle:

– Permanecerá en el hospital unos días más mientras nos aseguramos que no haya habido secuelas ocultas del accidente – le comunicó el médico militar, haciendo algunas anotaciones incomprensibles en su libreta. – Después podremos derivarla a su propio camarote para que repose...

– ¿Cuánto tiempo? – preguntó Lisa.

– Más o menos, contando la actual internación, estaríamos hablando de un mes, comandante Hayes...

Semejante noticia dejó a Lisa totalmente atónita, y le costó formar palabras mientras miraba al médico con los ojos bien abiertos y la boca contraída en una mueca de incredulidad. ¿Tenía que pasar un mes en reposo? ¿Qué pasaría con sus obligaciones?

– ¡¿Un mes sin hacer nada?!

– No se atreva a discutir, comandante... son órdenes médicas – lanzó Kinnunen, sabedor de que esta vez Lisa no podría burlar sus órdenes o siquiera pensar en hacerlo, y luego se dirigió a Rick, quien hacía lo posible por no reír. – Y en cuanto a usted, comandante Hunter, confío en que se asegurará que las respete.

Rick le devolvió al médico una sonrisa enorme, e incluso le hizo una aparatosa venia como si fuera un recluta que acababa de recibir su primera orden.

– ¡Cuente conmigo, doctor!

– Traidor... – murmuró Lisa por lo bajo, haciendo que Rick entrara a reír.

Ajeno a la reacción de Lisa, Kinnunen se acercó a donde estaba Rick y comenzó a darle las instrucciones que debía seguir durante los próximos días en materia de cuidados médicos.

– Especialmente, quiero que la mantenga bajo observación, al menos mientras sigue en el hospital... despiértela cada dos o tres horas y pregúntele cosas sencillas, esté al tanto de cualquier cambio brusco de humor, sueño a destiempo, dilatación desigual de las pupilas, dolores de cabeza... aquí tiene una lista, comandante – dijo dejando en la mano de Rick una lista manuscrita con los síntomas a los que debía prestar atención. – A la primera señal de alguno de estos síntomas, no dude en llamarme, o si no me encuentra, llame al médico de guardia.

Rick asintió con total seriedad y decisión.

– Lo haré, doctor. Muchas gracias.

– No se preocupe, comandante... todo saldrá bien – le aseguró el médico a Rick, aunque el mensaje también estaba dirigido para su renuente paciente. – La veré en unas horas para su revisión, comandante Hayes.

Dicho esto, Kinnunen se despidió de los dos y dejó la habitación para continuar sus rondas; ya solos, Lisa se quedó mirando a Rick en silencio, un silencio que ninguno de los dos se atrevía a romper hasta que Rick perdió el control de su risa, entrando a reírse a carcajadas a la vez que le dedicaba a su novia una tierna mirada...

– ¿De qué te ríes?

– Bueno... – respondió él. – Sucede que me han dado la mejor tarea que pudiera pedir.

Intrigada, Lisa sintió unas ganas profundas de saber con qué ocurrencia iba a salir su piloto, y comenzó a sonreír como adelantándose a la broma que sabía que iría a recibir en breve...

– ¿Y cuál es esa? – preguntó ella arqueando una ceja y desafiando a Rick a responderle.

La sonrisa de Rick, y el brillo cariñoso en sus ojos azules, podrían haber iluminado todo el camarote.

– Quedarme viéndote todo el día, preciosa...


CONTINUARÁ...