Lo que Mycroft explicó a Irene, en breve, es que cuando copió los archivos a la memoria flash, sacó más que sólo la vinculación de Benhima, el consorcio y Doenitz.
-Inconscientemente, señorita Adler, ha atado uno de los mayores problemas del gobierno británico con un caso que parecía no revertir mayor importancia, en nivel jerárquico. Y debo hacerle llegar las felicitaciones de muchos ilustres interesados en el asunto. La firma de esos contratos hubiese significado un escándalo mediático y político a nivel mundial, en el que el gobierno británico se hubiese visto vergonzosamente envuelto.
-Agradezco sus palabras, pero, ¿Cuál es el otro asunto?
-Tráfico de armas. Quizás el mayor en la historia. Con una guerra ad portas, era de esperarse, sólo que a esta escala…
Mycroft hizo una pausa. Miró con pesar los diseños del mantel mientras que Adler creía entender en que pensaba. Pero su cabeza estaba ocupada también. Esto lo cambiaba todo.
Finalmente, Mycroft se levantó de la mesa y dijo:
-Tendrá noticias nuestras, señorita Adler.
Y salió de la habitación.
Irene se terminó el desayuno, se puso un vestido que aparentemente Mycroft había mandado a pedir a su casa y finalmente dejó el hotel. Al llegar a su hogar, se quitó los zapatos y se tiró sobre la cama, vestida. Aunque la misión había sido un éxito, y la tensión no la dejaba pensar, al terminar, sintió como todas las emociones que había llamado para engañar a Benhima comenzaban a bailar entre sus sueños, amenazando con desestabilizarla. Durmió un par de horas y al despertar, tomó su móvil. Visitó el blog de John. Disipó sus dudas con las entretenidas aventuras de Sherlock Holmes y su amigo.
Pasaron un par de días, cuando Irene, salía de la galería por almuerzo, con su vestido blanco, el cabello tomado y las uñas rojas como de costumbre, se fue a su lugar favorito cuando su móvil encriptado sonó. Un mensaje.
Comprobó que el número no era el registrado como Mycroft, y casi con el corazón en la mano, subió las escalinatas de la entrada del restaurant para pedir su mesa habitual y, tratando de controlarse, volvió a mirar el teléfono. Era el otro. Ese que no tenía nombre, el que pertenecía a una figura hasta ese entonces desconocida para Adler. Respiró profundo y abrió el mensaje al momento que llegaba su copa de vino blanco.
"TENGO ALGUNAS IDEAS DIVERTIDAS.
¿QUIERES JUGAR CONMIGO?
HABITACION 221 RIAD ABRACADABRA
XXX
JM"
La tormenta de ideas que pasaron por la cabeza de Adler es indescriptible. Bebió su vino de un trago y cuando el camarero le trajo su ensalada mediterránea de camarones, casi no pudo sacar la voz para pedirle que le volviese a llenar la copa.
Mycroft Holmes había guardado en SU teléfono el número de Jim Moriarty. ¿Por qué? ¿Qué pretendía? Ella estuvo pensando muchísimo tiempo en la posibilidad de que fuese Sherlock, hasta que se convenció, con gran esfuerzo de lo contrario. Pero ¿y si no? ¿Si sólo la curiosidad le ganaba y decidía comprobarlo? ¿Qué hubiese pasado entonces? Todas, absolutamente todas las posibles alternativas le parecían oscuras. Se llevó las manos a la cabeza, mirando fijamente el mensaje. Jim la había encontrado. ¿Cómo? ¿Cómo consiguió el número de ese celular? León, Mycroft, los terroristas de Karachi, y quien sabe cuánta gente más la buscaba.
Comenzó a comer. Entendió que por mucho que hiciese bien su trabajo, que fuese confiable, pulcra y eficiente, Mycroft jamás dejaría de verla con ese resentimiento. ¿Por qué se esforzaba en ser buena? La figura de Jim le parecía tentadoramente encantadora en estos momentos. No era precisamente un buen empleo, sin riesgo y con prestaciones, pero quizás era su única alternativa. Después de todo, gracias a él había conseguido tener a los Holmes a sus pies.
Consideró seriamente la posibilidad de unirse a él, por lo menos oírlo. No había sabido de Mycroft en varios días, y la inquietud de sus últimas palabras pesaba sobre sus sueños. Quizás si conseguía un buen trato con Moriarty lograría dejar de depender de alguien.
Nunca había sido una mujer de escrúpulos, era imposible con su profesión. Había manipulado, chantajeado y hecho caer a los hombres más poderosos del mundo; en resumen, pocas cosas podían causar que su estómago se apretase o que su corazón se agitase como lo hacía en ese momento. Pero ocurría, había algo dentro que luchaba por resaltar, que le decía que simplemente no podía dejarlo todo por seguir a Jim. Y recordó que él la dejó sola, a merced de sus ejecutores en Karachi. Que cuando su plan falló, él no hizo nada por ayudarla. Que la traicionó, tal y como si nunca hubiesen tenido un trato.
Sin embargo, la curiosidad fue más fuerte.
"17.30 TE VEO AHÍ.
IRENE"
Respondió desde el mismo móvil. Pidió la cuenta y se fue.
Pasó la tarde revisando facturas y pensando en lo que Moriarty tenía que decirle. Era difícil adivinar lo que pasaba por su cabeza. Podía ser sobre Sherlock o sobre como alentar un golpe de estado en Argelia.
Irene pidió un taxi y se fue al hotel. Pensó en acercarse a la recepción, pero la sola idea de que alguien más se enterase de que se reuniría con Moriarty le molestaba. Pidió el elevador y subió, al salir del ascensor, estiró su vestido en la zona del vientre, respiró profundo y se dirigió a la habitación. Iba a tocar la puerta cuando notó que la llave estaba abajo. La recogió y abrió.
La habitación estaba oscura y sólo pudo distinguir una silueta junto a las cortinas. Al adentrarse, sus ojos se acostumbraron y pudieron ver mejor; a un costado, una pequeña mesa, con una vela apagada, una botella de champagne y dos copas. Había un objeto que parecía ser un arma sobre uno de los sofás de la habitación y Jim, de espaldas, jugaba con sus manos entrelazadas detrás de él golpeando sus nudillos con sus dedos, siguiendo el ritmo de, aparentemente, una pieza musical.
-Enciéndela – dijo, sin voltearse.
Irene obedeció y se acercó a la mesita, dejando su bolso sobre ella. Notó que junto a la vela había una pequeña caja de cerillas, tomó una para encender la vela. Sus manos temblaban. Moriarty se acercó con una sonrisa maliciosa en los labios.
-Irene, Irene, Irene… mi querida Irene – comenzó. Parecía complacido - ¿cómo es que llegaste hasta aquí?
-Huí de Karachi, me oculté, conseguí una nueva identidad y ahora, estoy aquí. – contestó ella, en el tono más tranquilo que pudo.
-Trabajando como espía de Mycroft Holmes. No creas que no sé. Has enfadado a muchos de nuestros amigos.
Irene bajó la mirada, y Jim siguió acercándose.
-Pero te puedes redimir. Tu salvación está a un "si" de distancia. – ofreció, mordiéndose los labios al final.
-Tengo que saber a qué digo que si, Jim – respondió ella, mirándolo firmemente.
Moriarty sonrió. Caminó un poco hacia la ventana de nuevo, Irene permanecía inmóvil. De espaldas, Adler lo observó para intentar obtener la mayor cantidad de información posible.
-¿Notaste que nuestro Sherlock ahora es famoso? – dijo, sin voltearse – de tenernos sólo a ti y a mí como sus fieles admiradores, pasó a tener fans y gente que cree que es una especie de "súper humano" ¿No es repugnante? – dijo, volviéndose repentinamente.
Irene se sobresaltó, pero retomó la compostura, ahora tenía una idea sobre porque Jim la había convocado.
-¿Cuánto creías que iba a tardar? – cuestionó con firmeza.
-Lo curioso – comentó Moriarty, quien parecía no haberla oído – es que el caso que le dio toda esta repentina fama fue la recuperación de esa pintura. Esa que tú vendiste. ¿No es adorable el destino? Y ahora, mi querida Irene – dijo, acercándose nuevamente – tenemos público para su caída. Para verlo y hacerlo caer. – finalizó con una sonrisa que llenó su cara.
-No entiendo para qué me necesitas.
-Mi hermosa Irene. Quizás fuiste algo estúpida al enarmorarte de Sherlock, pero él también lo fue, ¿no es así? Algo moviste. Yo, yo lo puedo asustar – comenzó a exponer, paseándose por la habitación, moviendo los brazos como en un gran soliloquio – pero tú, tu conseguiste quebrarlo, moviste algo dentro de él que aun podemos usar a nuestro favor. – Se acercó a Irene y tomó su barbilla – tu lo puedes destruir por dentro con sólo una mirada, Irene. – La soltó y se alejó por unos segundos, se sentó – mi plan consiste en básicamente, hacerlo caer. Mostrarlo como lo que todo el mundo cree que es: un psicópata que no distingue entre resolver un crimen y cometer uno. Una farsa. La caída del falso héroe. Yo puedo hacer eso, quebrar su reputación, sacarlo de quicio y matar su imagen, pero te necesito a ti para quebrarlo por dentro. Te ofrezco venganza. Te ofrezco redención. Ven, ven conmigo – dijo, extendiendo su mano – vuelve conmigo a Londres y hundamos juntos a Sherlock.
Irene no supo cómo responder. No porque estuviese confundida, al contrario, tenía todo claro. Cada vez que Jim nombraba a Sherlock, su corazón se apretaba. Quizás había aprendido la lección sobre los sentimientos, pero esa sensación, física, irrefutable y real era suficiente para comprobarle que simplemente, no podía. Sin embargo, su confusión pasaba por el discurso de Moriarty. ¿Qué tan desesperado estaba? Si no aceptaba, quizás no podía salir con vida de ese lugar. Tragó saliva, sin embargo, Jim entendió en su expresión que la mujer que él había conocido se había quedado en Londres. Su semblante se oscureció y retiró la mano que mantenía extendida a Adler. Comenzó a jugar con una pequeña pelota de golf que se sacó del bolsillo.
-Ya veo, no creas que no entiendo – dijo, suavemente – oh, por dios ¿de verdad eres tan obvia? ¿Crees que él te ama? – comenzó a gritar y se puso de pie de un golpe - ¿qué vendrá a salvarte? ¿Qué vivirán felices por siempre? – luego, volvió a adoptar su tono de voz habitual - ¿Crees que él será tu héroe? – entonces comenzó a reír estrepitosamente.
-¿Y qué motivos tendría para hacerlo? – dijo Irene, levantando la voz por sobre las carcajadas maniáticas de Moriarty.
El hombre detuvo su risa de golpe y la miró fijamente.
-El placer, querida. El placer de verlo sucumbir a tu látigo otra vez. – contestó, seriamente.
Irene se acercó a la mesa y tomó su bolso. Sacó un pequeño látigo que llevaba con ella.
-Eso lo puedo solucionar justo ahora, ¿no crees? – insinuó sensualmente.
Moriarty se acercó a ella. Frente a frente, podían sentir la respiración del otro. Él cerró los ojos y apoyando su frente en la de Adler, comenzó a mover suavemente su cabeza, con una sonrisa coqueta entre los labios.
-¿Te acuerdas? – le preguntó, abriendo los ojos y mordiéndose los labios - Únete a mí, Irene. Al fin y al cabo, sabes que somos almas gemelas.
Irene llevó su mano libre al pecho de Moriarty. Podía sentir su corazón emocionado, aunque no tenía muy claro por qué. Lo miró fijamente, justo en los ojos y se mordió el labio, haciendo un ademan de besarlo, sin embargo, presionó su mano contra su pecho y lo alejó.
-Ni aunque me pagaras – dijo, con firmeza.
Guardó el látigo y se dio la vuelta para marcharse, cuando Jim alzó la voz de nuevo.
-¿Crees que estás segura? – Irene se detuvo y se giró, asustada – Nombre, profesión, país. ¡No importa! – alegó Moriarty con teatralidad -¿Crees que los enemigos que hiciste no te encontrarán? – rió a carcajadas, para luego agregar: - ¿qué tan ilusa puedes ser, Irene Adler? ¿Tú sabes cómo te encontraron en Karachi? ¡Yo fui! Y te van a encontrar mil veces más, Alexandra Rainieri, Irene Adler, ¡No importa! Esta gente ni siquiera se entiende entre ellos, no necesitan un nombre. Ellos recuerdan tu cara, Irene. Y nunca la van a olvidar. No importa cuánto te escondas, no importa donde ¡Te encontrarán!
-Tal vez lo hagan. Pero por lo menos no será porque fui traicionada por quien se suponía me iba a proteger. – replicó Adler con firmeza.
Moriarty rió tan fuerte, que Irene pensó que de verdad esta vez había perdido la cabeza. Se paseó por todo el cuarto riendo.
-¿Qué es tan gracioso? – preguntó Adler
Moriaty dejó de reír de golpe y se sentó en el borde de la mesa. Comenzó a hablar con tranquilidad.
-Este es el momento exacto en que deberías unirte a mí, Irene. En serio, no me mires así, te prometo que esta vez es en serio. ¿Quieres saber por qué? Porque te van a traicionar. ¿Cómo te encontré? Yo sé que te lo preguntas. Te lo cuestionaste, luego de intentar adivinar mis razones para contactarte. ¿Qué hacía mi número en el teléfono que Mycroft Holmes te dio? Yo no lo sé. ¿Sabes quién sabe? Holmes. Y no, para tu pesar romántico, no el virgen. El otro. El que te contrató, el que te tiene en peligro constante, que desconfía constantemente de ti. Desconfía tanto, que cree que puede confundirte para hacerte ver como la villana que cree que eres. Te puso mi número ahí, sin decirte nada. ¿Qué tan a menudo pensante que era Sherlock? ¿Cuántas veces quisiste comprobarlo? Un día de debilidad, un segundo bastaba y ya no necesitaríamos a los terroristas que te atraparon en Karachi. Porque si tú hubieses marcado ese número, sólo para saber de quién era, alguien te iba a estar esperando. De hecho, te espera constantemente, y no, no es León Benhima, o Rochester. Hay alguien apuntando directo a tu cabeza con una pistola, listo para atravesarte el cerebro al primer paso en falso, y ese alguien es Mycroft Holmes. Y tú lo sabes, por algo estás aquí hoy, ¿verdad?
Irene no respondió y salió rápidamente de la habitación, para casi correr fuera del hotel. Pidió un taxi. Ahí miró hacia atrás. Moriarty no la había seguido.
Contrario a lo que se pueda pensar, estaba tranquila. Pero no comió, se fue directo a su habitación, tenía mucho en lo que pensar. Las palabras de Moriarty no habían pasado en vano. Pero eran tan sólo una confirmación de lo que creía desde que Holmes la había encontrado en la galería, hace tanto tiempo. Se acostó y se sumergió en sus cavilaciones. Lo único claro que pudo sacar antes de dormirse fue que Jim no sabía que fue Sherlock quien la salvó en Karachi. De saberlo, se lo hubiese sacado en cara, después de todo, era muy predecible en ese sentido. Sonrió e intentó dormir. A medianoche, volvió a recibir un mensaje
"QUE NO ME ACOMPAÑES NO IMPIDE NADA.
SHERLOCK VA A CAEEEEEEER
JM"
Un presentimiento tenue hizo que un escalofrío recorriese su espalda. Caída.
