10
La quema
Descansó unas horas en la primera luz de la mañana luego de la balacera. No pudo dormir mucho ya que tener a Kardia encerrado en la comisaría lo inquietaba. Sabía que Sisifo no lo abandonaría: Kardia había sido un miembro muy útil dentro de la misma y no lo dejaría pudrirse en la misma para posteriormente caminar a la horca.
Además quería hacerle él mismo unas cuantas preguntas, como por ejemplo: ¿Cuántos hombres tienen? Si existe un punto débil en el fuerte y si lo hay, ¿Cuál?
Dio tres, cuatro, cinco vueltas más en la cama y cuando no pudo conciliar el sueño creyó que lo mejor sería ir a darle una visita a su ex compañero.
Se vistió y salió de la habitación de la taberna. Debajo, en el primer piso, se escuchaba el sonido del piano, risas y gritos de hombres borrachos, lo de siempre.
Bajó negando por la escalera, el sonido le molestaba cuando estaba recién despierto. Pidió un trago en la barra y salió bajo el sol de la media mañana. Si no fuera por su sombrero se hubiera quedado ciego por varios segundos. Tenía los ojos rojos, cansados y llevaba el entrecejo fruncido lo que le daba una pinta a la que nadie quería acercarse.
Caminó con pereza hasta la comisaría y cuando intento abrir la puerta notó que estaba cerrada. Intentó abrirla con fuerza varias veces más y no hubo caso, estaba cerrada. Ahora que miraba bien tampoco había señales de los caballos de Fenix y los ayudantes. Le pareció bastante curioso.
Sin más, chifló y el caballo vino a su encuentro. Montó y con paciencia prendió un cigarro. Apretó con suavidad con sus espuelas los costados del caballo y el mismo avanzo con lentitud. Visitaría el Rancho Kido.
Fue sin mucha prisa y llegó cerca del mediodía. Iría a contarle la buena nueva a Sasha, después de todo, le debía la vida y contarle que su misión recién iniciaba la dejaría tranquila, suponía.
Bajó del equino y lo ató al poste del capataz del Rancho y caminó mientras bostezaba a la vieja casucha donde se hospedaba.
—Disculpe, Sr. Cid, ¿ha visto a mi padre? —sintió la voz cantarina de la mujer y volteó con sorpresa. Sonaba agitada.
—No.
—Salió esta mañana a recorrer las tierras pero tenía que haber vuelto hace horas. No sé. Los rancheros han salido en su busca pero no han encontrado nada todavía. —se tocó la frente con preocupación.
—Vamos a buscarlo. —Cid sonó tranquilizador y Sasha sonrió asintiendo.
Ambos montaron y comenzaron a trotar para salir del pueblo.
—Esto me da mala espina. No es propio de él que se vaya tanto tiempo.
—No se preocupe. Lo encontraremos.
—Ya no es tan joven. ¿Y si se ha hecho daño? —la voz de la mujer sonaba afligida.
—Su padre sabe cuidar de si mismo, señorita Kido. Es un roble.
—Quizá tenga razón, pero no puedo evitar preocuparme. Es todo lo que tengo.
Trotaron hasta la salida del Rancho y siguieron por las afueras, por los caminos de tierra. La mujer llevaba un semblante que el español nunca antes había visto: realmente estaba mal, preocupada. Su padre era todo lo que tenía… o al menos eso creía él. Para sacarse las dudas y para intentar apaciguar el momento, habló:
—¿Tiene hermanos o hermanas, señorita Kido?
—Tenía seis hermanos, pero cinco de ellos murieron por enfermedades o malas decisiones. —dijo firme.
—¿Y el otro?
—Se fue al este y nunca volvió. Ya hace diez años de aquello. Según su última carta, es banquero en Nueva York y es un engreído.
—Debería estar aquí ayudándoles a usted y a su padre.
—No quiero su ayuda. Que viva como quiera. —la voz de Sasha sonó infantil, con voz de niña—. Pero cuando veo a esos tipos emperifollados de la ciudad en el tren… temo por su alma. Cambió la silla de montar por la corbata y no pasa nada, pero nunca me he fiado de los tipos trajeados.
El resto del camino fue en silencio. Había sido mala idea preguntar después de todo. Iba a contarle su acontecimiento más reciente cuando le pareció ver algo a un costado del camino. El español se desvió y la mujer le siguió.
Avanzaron hasta detenerse frente a un caballo muerto junto dos cuerpos inmóviles y el señor Mitsumasa en cuclillas tomando en brazos el cuerpo de uno de los muertos.
—¡Papá! ¿Qué ha pasado?
—Nada bueno. Cuatreros, creo. —dijo el adulto, reincorporándose—. Creo que vinieron de Fort Old. —señaló a su hija—. Ve al rancho ahora mismo a por el carromato.
—Si, señor.
—¡Cid, cuide de ella! —le ordenó el mayor con voz dura.
—Eso haré, señor.
Dieron la vuelta y volvieron a toda prisa por el camino que siguieron para ir hasta allí. Cid iba con sus dientes enclavijados de furia. Conocía a Sisifo de por demás y sabía que lastimaría a esta gente para que lo piense dos veces antes de joder con ellos.
—¿Qué les habrá pasado a estos pobres hombres? Sus caballos también estaban muertos.
—Creo que deberíamos volver cuanto antes. —dijo Cid sin revelar nada más.
—¿Quién habrá hecho algo así? —insistió la mujer.
—Su padre parecía tener cierta idea. Hagamos lo que nos ha pedido y vayamos a por el carromato. —dijo firmemente el español rogando que Sisifo no se aparezca por el camino y maté a la chica.
—¡Malditos cuatreros! Estoy pensando en ir yo misma a Fort Old.
—No creo que sea buena idea.
—Y usted tampoco sirve. ¿A cuántos hombres ha matado?
—¿De veras quiere saberlo?
—Qué asco.
—No conoce a los hombres que he matado.
—He oído cómo hablaba de la banda en la que estuvo, como si hubiera cierta mortal retorcida en lo que hacía.
—Todos tenemos un código, aunque unos pocos no nos demos cuenta.
—¿Un forajido con un código de conducta? ¡Qué romántico! El asesino reacio, el delincuente noble. —parecía como si la mujer se estuviera descargando la frustración del momento con el español y éste lo sabía—. No hay nada más deprimente que un hombre que ha encontrado el modo de justificar su maldad.
—Está enfadada, Srta. Kido.
La mujer suspiro pesadamente y siguieron a trote por el camino de vuelta al Rancho. De pronto vieron un humo negro y blanco alzarse desde el pueblo. Sasha hizo un grito ahogado.
—¡Dios mío! ¡Se quema el granero!
Aceleraron el paso velozmente y rápidamente ingresaron al pueblo. Cid maldecía en cada segundo mentalmente, nunca tendría que haberse quedado allí, solo traía problemas.
Bajaron de los caballos y ya los granjeros intentaban apagar el fuego con baldes de agua.
Un hombre alto y calvo intentaba sin éxito abrir la puerta del granero con un martillo gigante.
—¡Las puertas están bloqueadas! ¡Hay que buscar otra entrada! —gritó el calvo.
—Sisifo. —murmuró por lo bajo el español mientras daba un rápido rodeo al granero incendiado.
Subió unas cajas hasta un pequeño techo de madera que lo conducía a una plataforma junto al molino. Trepó, saltó y se balanceó para llegar a la parte superior del granero y entrar por una de las ventanas. El fuego lo enceguecía y debía taparse el calor y las llamas con el antebrazo cerca de los ojos para no salir lastimado. Bajó escalera por escalera hasta llegar a la puerta principal que habían intentado abrir momentos antes.
Un rastrillo trababa la puerta desde dentro. Lo sacó con rapidez y empujó las grandes puertas. Tuvo que detenerse para toser, el humo le impedía ver bien y seguir.
—¡Muy bien! ¡Salvemos a los caballos! —gritó Sasha desde afuera.
El español se volteó y observó los animales cada uno en su sitio. Estaban aterrados.
Sasha intentó entrar pero el humo la derribó sobre sus rodillas y comenzó a toser frenéticamente. Cid se armó de valor y tomando una buena bocanada de aire volvió a ingresar.
Se acercó a los caballos y con un golpe en la parte trasera estos salían rápidamente. Tuvo que repetir la acción tres veces más con cada uno y finalmente los animales habían quedado fuera del granero incendiado. Cid salió a duras penas del lugar.
Su vista era borrosa pero fue suficiente para acercarse a un costado de una cerca y apoyarse. El hombre calvo que había estado intentando abrir el granero se le acercó con una sonrisa.
—Usted si que sabe cómo comportarse. Gracias, Cid.
—Sí, Cid, gracias. Ha… ha salvado el rancho. —dijo Sasha desde detrás, apenada.
—Si me disculpa, tengo tareas pendientes. —dijo nuevamente el hombre calvo y se retiró, dejando a Cid y a la mujer solos.
—En serio, Cid, gracias. —Sasha le sonrió con sinceridad.
—Bueno, hice cuanto pude, Srta. Kido. —se sacó el sombrero de la cabeza e intentó respirar bien—. Siento los daños. Esa banda parece decidida a echarme.
—Bueno, mi padre se enfrentó a los indios. Dudo que vayan a asustarnos unos cuantos blancos despreciables.
—Pues esos blancos parecen temibles. —dijo Cid con vergüenza, ya que todo esto había sido por él.
—A mí no me dan miedo.
—Bien. —bajó la cabeza y se sentó lentamente, las piernas le temblaban.
—Cid… mi familia le debe mucho.
—Creo que ya tienen deudas suficientes. —le miró desde abajo—. Me ha salvado la vida. Lo único que le voy a pedir es lo siguiente: si vuelvo a casa y empiezo de nuevo con mi granja, véndame ganado. Prefiero hacer negocios con conocidos.
—Claro, Sr. Cid. Será un placer. —la muchacha se separó unos metros de él—. Mmm… En fin, descanse. Tengo que ir a ver cómo está mi padre. —Cid le saludó con un gesto de la mano y ella con la cabeza gacha se fue del lugar. Se sentía apenada por todo lo que dijo antes de que Cid salvara el rancho.
El español volvió a poner el sombrero en su cabeza y se quedo allí, con la cabeza y espalda apoyada en la cerca de madera. Estaba decidido, no volvería al Rancho Kido hasta atrapar al mal nacido de Sisifo, no quería poner más en peligro a la familia Kido. El hijo de puta de Sisifo se arrepentiría de haberle hecho eso al Rancho.
Notas del autor: Ahora que Cid sabe que Sisifo realmente le estaba siguiendo los pasos, tendrá que ser cuidadoso de con quien se mete, el perjudicado puede ser alguien querido y no él. Tan, tan, taaaan (?)
Espero que les haya gustado la historia! Y agradeceria a Kaito Hatake Uchiha que ponga algo mas que unos "mmmm" que hasta a mi me da hambre, ja.
Muchas gracias a los comentarios, como siempre, de LiaraPrinceton, lobunaluna y Kaito Hatake Uchiha de verdad muchas, muchas, muuuchaaas gracias n.n
