Titulo: Castillo de luces


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Las palabras que estaba por decir iban a surtir efecto en sus acciones. Eso no la detenía, estaba plenamente consciente de ello y aun así pensaba seguir con eso. Sin embargo, no encontraba la manera de sacarlas de su boca. Y de un momento a otro, Sougo la cubrió con su saco. El aire era frio, y lo único que tenía puesto ella era un blusón para dormir.

—Quizá con esto dejes de temblar

Kagura se quedó muda. Dejándola ahí se retiró a la cocina.

—Siéntate—Le ordenó señalando con la mirada el sofá—Enseguida vuelvo

Decidió hacerle caso, no estaba para pelear. Esperó un rato, hasta que él llegó con dos tazas de té. Una le ofreció a Kagura, y otra era para él.

— ¿Por qué haces esto?—Preguntó ella sin dejar de ver el fondo de esa taza donde estaba el té—Se supone que somos enemigos, ¿no?

—Si—Afirmó él—Pero soy rival de esa necia idiota, no de la chica que está aquí, tomando el té conmigo sin insultarme

Kagura simplemente sonrió.

—Tienes razón—Le dio un sorbo a su té

—Entonces dime lo que me tenías que decir—Dejó la taza en la mesa

—Necesito de tu ayuda—La mirada de ella estaba vacía—Estoy dejando a un lado mi orgullo para que me ayudes a salvar a Soyo… La princesa

— ¿Pero no la policía la está buscando ya?

—Yo sé quién fue quien la secuestró, conozco a esa persona muy bien. Quiero atraparlo con mis propias manos, pero…

La mirada de Kagura reflejaba una llama intensa.

—Pero necesitas mi ayuda—Completó seguro de sus palabras

—La ayuda de un ladrón de impuestos—Corrigió ella—Bueno… Yo tengo cierto conocimiento de donde se ubica la mafia, aunque sólo en eso podría ayudar ¿Entonces qué dices?

Él se levantó del sofá con una sonrisa pegada a los labios, y extendió su mano hasta Kagura.

—¿Trato?—Ella sonrió y le dio la mano

—Trato

Ella de igual manera se paró. Le devolvió el saco, y volvió a saltar para ir de nuevo a su balcón. No hubo necesidad de despedida, porque sabían que en el día volverían a verse. Pero, entre aquel salto, un débil susurro permaneció "Gracias", siendo llevado únicamente por el viento.

Al día siguiente ambos se reunieron de nuevo en ese lugar donde habían hecho el trato. Salieron, y Kagura siempre (o la mayoría de tiempo) iba perdida en sus pensamientos. Sougo lo notaba, pero decidía no decir nada. Ella sólo se limitaba a indicarle a donde debían ir por que iban en un taxi.

Bajaron y revisaron el primer lugar que había dicho ella, que estaba cerca de una bodega, pero nada. Continuaron viendo otros lugares, sin embargo no parecía haber señales de ellos.

—¿No recuerdas otro lugar?—Preguntó Sougo cansado, pero ella no respondió

Estaba frustrada, creyendo que sería más fácil, que lo encontraría y le daría esos golpes que le faltaban para reaccionar; le diría que no siguiera haciendo estupideces y… ¿Qué volviera a ser el hermano atento de antes? Imposible, sólo le bastaba con hacerlo reaccionar.

—Ya es tarde—Habló de nuevo Sougo—Deberías volver, china. Esta oscuro, además no creo que hoy podamos seguir buscando

—Pero…—Ella tenía la mirada en el suelo

—Escúchame—La tomó del mentón e hizo que la mirara. Tenía los ojos llorosos—Mañana seguiremos buscando, y si crees que es tu culpa por pensar que esos tipos aun se mantenían en el mismo lugar para siempre, te diré que no es tu culpa, pero que si eres estúpida por creer que ellos nunca se moverían de ese lugar

Kagura se sorbía los mocos triste, pero su rostro cambio a uno de furia. Empuñó su mano y lanzó un golpe directo a Sougo pero él logró esquivarlo con facilidad.

—¿¡A quien llamas estúpida, bastardo!?—Lo sujetó del cuello de la camisa

—¿Hay alguien más a quien pueda llamar así aquí?—Preguntó el con todo el cinismo y toda la tranquilidad del mundo, lo que hizo enojar más a ella

—¿Tanto deseas morir maldito sádico?

Lo amenazaba tanto verbalmente como con la mirada.

—¿Por qué solo estamos hablando con preguntas?—Sougo hizo la cabeza de lado como un niño curioso

—¿Por qué lo sabría yo?—Dijo Kagura con las venas inundando su sien

—¿Por qué tu empezaste?—Cada palabra de él alteraba más a esa pelirroja

—¡Pero tú le seguiste idiota!

—Y tu acabas de perder—Se burló él, y ella instintivamente lo soltó

—¿Competíamos?

—Quien sabe—Sonrió Sougo

Luego de decir eso, comenzó a caminar y Kagura lo siguió a regañadientes.

Llegaron hasta el edificio donde vivía esa chica. Él sólo la dejó para luego marcharse. Kagura no lo quería admitir, pero de alguna ese chico se había vuelto una cálida compañía. Subió las escaleras hasta llegar a su departamento donde vio a Gintoki descansando en el sofá con el periódico cubriéndole la cara y los ronquidos. Entró a hurtadillas, procurando no despertarle. Con ese silencio con el que vagaba, entró a su habitación-armario. Sin embargo, antes de lograrlo chocó con una pequeña mesita de noche, provocando que cayeran unas cartas. Con torpeza trató de levantarlas y pidiendo que Gin no se despertara. Las fue recogiendo hasta que encontró una que captó su total atención; era de su padre.

"Kagura, ¿Cómo has estado? Espero que bien y sin novio.

Pero no me podía contener las ansias de saludar a mi pequeña. Hablando de eso, ¿Ningun mocoso te ha pedido la mano verdad? Si es así, dile de una vez por todas que la pequeña de papi aún está en crecimiento.

Dejando todo eso, Kagura, hay algo que debo decirte, y el principal motivo de que escriba… Salva a tu idiota hermano. ¿Recuerdas que te conté acerca de un castillo donde vivía tu madre? No es un castillo, pero si parecido, y otra cosa verídica es que es donde realmente vivía tu madre antes. Yo iba ahí muy seguido, pero cuando me enteré que Kamui había sido mandado allá, decidí irme, por el bien de él, por el mío y el tuyo, Kagura. Sabes que a pesar de todo los quiero, y si me marché fue para no involucrarlos en este negocio que tanto odio. Todo para que tu tonto hermano decidiera hacer lo contrario.

Abajo encontraras la dirección de aquel lugar… Kagura lo vuelvo a repetir, no importa donde este, los querré.

Umibozu"

Kagura bajó la mirada hasta donde estaba la dirección y no dudó en agarrar cualquier cosa que tuviese a la mano y aventarlo hacia la ventana de enfrente. Pensó en gritarle, pero no lo hizo porque no quería ser reprendida de nuevo, hasta que luego de unos segundos lo pudo ver debajo de ella, fuera de los edificios.

Escribió una nota acompañada de algo y la lanzó a él, quien lo recibió con un gesto de incomprensión.

Esas palabras lo dejaron pensando, No importaba si ella se había equivocado tantas veces, de alguna manera logró creerle esta vez.

—¡Entonces mañana nos vemos aquí al amanecer!—Gritó él, haciendo lo que ella estaba evitando

—¡No grites bastardo!—Lo reprendió, pero casi de inmediato se tapó la boca y el no pudo evitar reírse

"Tomaré eso como un sí" pensó él, retirándose de nuevo a la estación de policía, donde tenía que reponer las horas que no estuvo en el día. Kagura lo vio irse. Esa silueta desaparecía en medio de la oscuridad, pero confiaba en que volvería. Ansiaba que esa figura apareciera de nuevo, bañada con los tenues rayos del sol del amanecer.

Se fue a acostar, sin embargo, no podía pegar los parpados. Estaba nerviosa, hasta contaba ovejas y aun así el sueño no venía ni por asomo, lo que hacía que obviamente el tiempo pasase más lento. Pasó un rato y ahora sentía sus ojos arder. Daba vueltas en su pequeña cama, como un gusanito inquieto. Entonces, el sueño comenzó a invadir su cuerpo, pero logró ver el reloj y faltaban menos de un medio de hora para que amaneciera. Suspiró y se levantó de esa cama que parecía más cómoda cuando no estaba acostada en ella, pero habían cosas más importantes que dormir.

Pronto las nubes que rodeaban el cielo comenzaron a teñirse de un naranja y rosa pálido, mientras una parte del cielo seguía siendo de un azul profundo. Y en ese lugar donde él le había dicho que la esperaría, estaba ella, siendo coloreada por la endeble gama de tonos de esa alborada. La podía ver recogiendo un mechón de su suave cabello para alejarlo de su rostro. Pero lo que más llamó su atención—y que pudo darse cuenta sólo cuando ella recogió su cabello—fue que estaba peinada de una distinta manera; todo lo tenía atrás, mientras que unos cuantos pedazos de su cabello quedaban enfrente desordenados.

Otra cosa, lo que más le sorprendió, fue verla con ese vestido que le había regalado (o más bien, sirvió de interceptor). Era un vestido largo, que le daba un toque de elegancia que jamás creyó ver en ella. Sonrió, y cuando se percató ya estaba enfrente de esa chica.

—Entonces… ¿A dónde se supone que debemos ir?—Preguntó Sougo y ella sonrió con picardía

Sacó la carta que había recibido de su padre. Leyó en voz alta a donde debían ir; era un pueblo cercano, donde se suponía estaría aquel lugar que estaba a unas pocas horas en tren.

En un taxi se dirigieron a la estación. Llegaron y ahí podían ver personas despidiéndose de sus seres queridos, otras llegar, y aquellos enamorados intrépidos que osaban despedirse de beso con un beso estando ya arriba del tren, todo eso mientras esperaban que el suyo llegara. Cuando por fin subieron, ella se sentó en la parte de la ventana y él, sin otra opción, a lado de ella.

Estuvieron sentados un rato sin hacer nada, hasta que por fin el tren arrancó. Él podía verla como una niña curiosa viendo en la ventana.

El camino iba a ser un poco largo, así que ese sádico optó por ponerse su antifaz y tomar una siesta. No le tomó mucho conciliar el sueño, estaba consciente de lo que les esperaba más adelante no sería muy agradable. Lo sabía, y aun así decidió acompañarla, sin preguntar más motivos que el lugar donde se dirigían. De alguna manera había aprendido a confiar en ella. Pronto, un golpe leve en el hombro lo hizo despertar. Se quitó el antifaz y pudo ver a Kagura recargando su cabeza, profundamente dormida. Un hilo de saliva colgaba de su boca. Reflejaba una gran inocencia detrás de sí. Sonrió, pero estaba algo cansado para protestar contra esa intromisión en su adorado sueño.

El tren por fin se detuvo y ambos despertaron por el incesante ruido que este hacia al detener su marcha. Kagura observó unos segundos aquel paisaje que se presentaba en breve ante sus ojos. Luego de eso, bajaron viendo aquel pueblo, distinto de la ciudad de dónde venían.

Sin más, Kagura volvió a sacar la carta donde venía la dirección y segura de sí misma habló:

—Estamos cerca

Jaló a Sougo del brazo. Corrieron en aquel bello y viejo pueblo, entre esas hermosas construcciones. Y entonces, en las orillas de ese lugar, encontraron eso que buscaban desde un principio. Era una enorme casa, con ese lúgubre ambiente rodeándola. Ese jardín descuidado, tan marchito, donde parecía haber rastro de lo que podían ser rosas llenas de vida y de belleza.

Kagura soltó a Sougo, empujó el ese portón enorme y un rechinido se escapó de él. Ella no tuvo que hacer mucha fuerza para abrir. Al entrar parecía que todo cobraba vida de nuevo, como si esas extintas flores cobraran vida de nuevo, y como si aquella reina estuviera de vuelta, siendo que esa princesa de ojos como zafiros estaba ahí, en ese lugar que quizá buscaba encontrar sin saberlo, en cada cuento que le contaba su padre y su madre antes de dormir.

Sougo lo notó casi de inmediato cuando ella entró, o tal vez, había notado que ella era la susodicha princesa de esos cuentos. Entonces, se movió de ese estado en el que estaba y se acercó a ella.

Antes de que él dijera algo, ella habló:

—Quería venir aquí vestida como a mami le pudiera gustar—Expresó, sin separar su vista de ese lugar

—Pues así no pareces tanto un monstruo—Comentó aquel chico de mirada carmesí, pasando a lado de ella y adelantando sus pasos

Entraron a la casa, y Kagura puso una cara de molestia.

—¿Monstruo?—Gritó furiosa

—¿Por qué siempre tomas lo malo de lo que te digo?—Dijo tranquilo mientras subían las escaleras

—Eso es porque… —Lo tomó del cuello de la ropa, pero algo la interrumpio

Una dulce melodía llegó a sus oídos. La había escuchado antes, en armoniosos cantos antes de dormir, esta vez parecía provenir de algo distinto.

Soltó a Sougo y corrió hacia donde venía ese sonido, como una luciérnaga atraída a la luz.

—¡China, espera!—Exclamó él y empezó a seguirla

La vio correr, perdida en aquellos elegantes pasillos arrastrando ese hermoso vestido con fervor.

Kagura continuó corriendo un poco más hasta llegar a una habitación que abrió sin pudor alguno. Su cuerpo se tensó, pero contrariamente, sus ojos se ablandaron de un momento a otro, observando aquello que se presentaba ante ella.

—Kamui…—Dijo con un hilo de voz

Sougo no tardó ni un segundo en llegar hasta donde estaba Kagura. Viendo lo mismo que ella; a ese chico de cabellos bermellón, sentado en la cama a lado de una pequeña caja musical, decorada de una manera que sólo alguien de buen gusto podía apreciar.

Su peculiar sonrisa había desaparecido de su pálido rostro, y su fría expresión fue sustituida por una sombría.

….

De nuevo tenía que escapar para poder ser libre de esos martirios llamados responsabilidades. ¡Ah, como odio ser heredero de algo tan complicado! Gracias a dios pude cambiar con uno de esos chicos las tareas; el iría a esa inspección tan aburrida, y yo tendría que ir por el alcohol y las mujeres. Fue un trato justo después de todo. Pero vaya que estaba lejos ese maldito lugar, así que apresure el paso corriendo.

Todo estaba perfecto hasta que una piedra decidió estorbar en mi camino haciéndome caer. Que estúpido me veía cayéndome de esa manera a esta edad. Desee que nadie me viera, pero fue una mala idea… La mirada de una hermosa mujer me hizo olvidar todo aquello. Se veía despreocupada, atrás de esas esas rejas de una enorme residencia. Entonces, para mi sorpresa abrió ese portón y fue hasta donde estaba aún tirado.

—¡Pobre hombre!—Expresó, ayudándome a levantarme. Era como un ángel caído

O eso esperaba que pasara, ya que esos inverosímiles hechos sólo pudieron salir de mi cabeza después de ver a semejante mujer parada detrás de aquellos barrotes que la separaban de mí. Era ella, en pocas palabras, simplemente preciosa. Me miraba desde lejos, con esos ojos que no reflejaban todo lo que quería saber de ella, tan impenetrables y fríos. Ni siquiera dijo nada y volteó despreciándome, como si fuera un asqueroso bicho.

—¡Espera señorita!—Le grité aun estando en el suelo—¿¡No me va a ayudar!?

Le seguí insistiendo, pero su mirada—Y ella—me seguían siendo indiferentes. Sin embargo, mi lucha seguía, aun estando en el suelo tirado como un gusano.

—¡Señorita!—Estaba desesperado—¡Tengo algo en mis pantalones que le puede gustar! ¡Sólo salga y se lo muestro!

Entrecerró los ojos y, seguido de eso, me lanzó una piedra, que si bien no me dejó inconsciente, si un gran dolor. Yo, que sólo quería ofrecerle unos dulces que compré en el camino. Luego de golpearme comenzó a retirarse, y yo, casi al instante, me levanté y llevé mis manos hasta esos barrotes, como un preso.

—Aun no te vayas—Le supliqué

No me contestó. Se encerró dentro de aquella mansión. Mis ansias de continuar viéndola se volvían más grandes.

Ese hombre quedó un gran rato esperando a que ella volviera, hasta que anocheció, y no tenía más remedio que volver. Lo que no sabía era que, esa mujer lo observaba desde la ventana de su recamara. Un suspiro se escapó de ella y regresó a lo que hacía, pero antes de que se fuera por completo, algo captó su atención;

—¡Volveré!—Gritó Kankou, que era el nombre de él, antes de irse por completo—¡Te lo prometo!

—No lo hagas por favor—Susurró ella

Él se fue corriendo de nuevo donde estaban los demás hombres. Aun así, no dejaba de pensar en esa hermosa mujer.

—¿Y las mujeres?—Preguntó uno de esos hombres dando un trago a su bebida

—No hubieron respondió a secas

Se veía tan serio que nadie osaba seguir cuestionándolo. Sabían que no por nada llevaba el título de uno de los hombres más fuertes y peligrosos, ganado en innumerables peleas.

Se sirvió un trago, pensando aquellos indomables ojos. No podía pensar en algo más aparte de ella, todo, absolutamente todo, se volvía algo tan poco interesante a lado de ella, de su recuerdo y de su dulce esencia. Pero sonreía al pensar que la vería de nuevo, y que esta vez, aparecería como un príncipe.

Transcurrió de nuevo el día, y ahí estaba él… Parado, esperando a que ella volviera, pero eso no ocurrió, ni al día siguiente, ni el que seguía, así por un mes. Hasta que un día una torrencial lluvia azotó todo, el seguía esperándola. Y ella, que logró verlo desde la ventana, no dudó en correr hacia él, sin importarle si mojaba su hermoso vestido, si sus zapatos se llenaban de barro. No lo iba a dejar afuera, sería un acto inhumano. Abrió aquel portón y lo metió. Kankou no pudo evitar sonreír ante eso.

—¿Eres un idiota?—Lo reprendió

—Si se necesita ser un idiota para captar tu atención, entonces lo seguiré siendo toda la vida—Le sonrió

Esas palabras eran dignas de hacer a cualquier mujer sonrojar, y hacerla suspirar, pero en lugar de eso, ella le propinó un fuerte golpe en el rostro.

—No lo vuelvas a hacer—Se dio la vuelta—Siéntate. Enseguida traeré algo de té

Él se acariciaba el rostro, ¡Pero que dicha sentía! Toda la felicidad que sentía opacaba ese dolor insignificante. Ella lo volvía loco.

Hizo lo que le ordenó sentándose.

—Aquí esta—Dijo ella sirviendo las dos tazas de té, y con ese frío tono

Esa mujer sacó una pipa y la encendió.

—¿Fumas?—Preguntó Kankou asombrado y ella soltó una pequeña risa—No lo sabía

—Hay muchas cosas que no conoces de mi—Aclaró mientras sacaba ese humo de sus labios

—Auch—Rió ese hombre de negros cabellos—¿Podría sab…

—No—Negó ella a secas, pero luego rió

Verla reír lo hacía quererla más, era como si algo sumamente hermoso lo pulieran, sacando su extenso brillo, eso era para él ella al verla reír de esa manera, pero sus ojos volvieron a su melancolía habitual.

—En cuanto acabe la lluvia debes irte—Le ordenó con un tono serio

—Aun no me has dicho tu nombre—Recalcó él—No me quiero ir sin antes saberlo

—Te lo diré algún día de estos—Sin más, ella se dirigió hasta donde estaba la ventana y retiró la cortina de tercio pelo, dejando ver que ya estaba despejado—Puedes retirarte ya

Él se levantó con una sonrisa, animado por las palabras de ella.

—Entonces volveré para averiguarlo—Aseguró

—Y tal vez no te abra—Dijo ella divertida

—O quizá vuelva a llover… Estamos en época de lluvia, señorita—Después de decir eso, salió. Lucía tan radiante al igual que ese sol que se asomaba luego de tan intenso chubasco.

—Idiota—Musitó ella al verlo marchar

—¡Muchacha! Ven enseguida—Gritó desde el fondo de una habitación una anciana

Aquella voz ronca y áspera era su castigo eterno, que la obligaba a vivir en ese castillo como la princesa encantada en un cuento de hadas.

—Enseguida voy—Contestó viendo por última vez esa fornida espalda

"Puede que tu estupidez se me haya contagiado, porque yo también quiero saber tu nombre" pensaba ella mientras iba junto a esa anciana que continuaba llamándola.

Al día siguiente, Kankou llegó como había prometido, sin embargo, ella no salía a pesar de que la llamara, y ahí, continuó haciéndolo, aunque estuviera bajo la incesante lluvia, aunque sus pulmones no dieran más para llamarla, y su corazón se desvaneciera al igual que esas frágiles gotas. La esperó una semana, hasta que pronto comenzó a toser, debido al incansable esfuerzo de su cuerpo bajo la lluvia. Poco a poco fue perdiendo el conocimiento, y se desvaneció en el húmedo suelo.

Abrió los ojos lentamente y se percató de que estaba en una habitación enorme acostado, y a lado de él estaba ella escurriendo un pañuelo, para luego cambiarlo por el que tenía en la frente.

—¿Me dirá su nombre ahora, señorita?—Preguntó él con una sonrisa

—¿Le diría mi nombre a un tonto que fue capaz de semejante barbaridad?—Él asintió como un niño pequeño—¡Ni loca! Primero concéntrate en mejorar

—El mío es Kankou—Dijo él de la nada—Por si le interesa

—¿Por qué me interesaría?

—Sólo se me ocurrió—La miró, pero luego comenzó a toser, sintiendo como sus pulmones se desgarraban

Ella de inmediato dejó lo que estaba haciendo, y fue en ayuda de él. Le dio de beber algo de agua, mientras trataba de que él dejara de toser.

—Kankou, por favor—Se acercó a él, con los ojos nublados

A pesar de todo, el aprovechó ese breve instante para rodearla con los brazos. La abrazó con todas sus fuerzas, como si temiera perderla. Ella sintió toda esa calidez contra su pecho.

—Por favor escapa de aquí y ven conmigo—Musitó en el odio de ella—Te lo suplico…

Ella lo separó de su lado.

—No quiero—De nuevo estaba ahí ese tono helado

—¿Por qué?—Kankou soltó eso como si no tuviera aliento, como si esas palabras le hubieran quitado las fuerzas—Aunque sea a dar un recorrido por el pueblo… Yo se que tu deseas salir

—¿Por qué lo dices?

—Porque si no desearas hacerlo no mirarías tanto al exterior

—Yo…—Balbuceó

—Mirabas con tanto anhelo a través de la ventana, que se me hizo imposible pensar en otra posibilidad. Como acosador que soy es mi deber saberlo, así que ven conm…

—No puedo salir de aquí—Dijo ella al fin, y sus ojos se llenaron de esa tristeza infinita—Si salgo de aquí… Moriré

Eso era ella, como una rosa que sólo podía vivir en ese extenso jardín, y a la misma vez tan solitario. Si la arrancaban de ahí, como la hermosa rosa que era, se marchitaría.

—¿De qué hablas?—Preguntó él, desconcertado por lo que ella acababa de decir

—Estoy bajo un hechizo, si intento salir de aquí estaré destinada a morirme poco a poco…—Todo eso lo decía tan impasible como siempre

—Pero puedo seguir viniendo a verte—Expresó Kankou con esmero, conservaba una vaga esperanza dentro de su corazón—Te prometo…

—No puedes, la anciana que me tiene condenada con esta maldición ya no quiere verte cerca—Su tono seguía siendo frío, pero sus ojos demostraban lo contrario—Considera esta la última vez que nos veremos

Todo eso era para él unas puñaladas que perforaban su pecho. Se negaba a aceptar que no la vería, era algo que no concebía para sí mismo.´

—Si es así, me quedaré un rato más aquí—Intentó tomar su mano sin que ella se percatara, pero para su desgracia, ella la movió para cambiar de pañuelo la frente de él

—Como sea, de todas maneras no te dejaría ir estando en este estado—Dijo con una expresión aburrida

Al escuchar eso, tosió tan fuerte como pudo, fingiendo estar más enfermo de lo que estaba. Ella de inmediato se percató de eso, y lo ignoró. Pero de alguna manera le parecía graciosa la forma en la que él tosia.

—Vamos, si sigues haciendo eso de verdad te voy correr de aquí—Lo amenazó con una sonrisa, y él dejó de hacerlo, acomodándose la voz

—¿De verdad jamás has salido de aquí?—Preguntó intrigado

Ella negó con la cabeza, y dejó soltar un gran suspiro.

—Con decirte que sólo conozco la Torre Eiffel de una ilustración de un libro, puedes hacerte una idea—Comentó con una sonrisa

—Pues déjeme decirle que Paris es hermoso… Aunque no soy originario de allá, pude conocerlo más que a mi propia tierra natal, y sólo basta con verlo para saber qué quieres vivir ahí—Los ojos de ella se llenaban de un brillo especial que ocultaba con su inexpresivo rostro

Kankou le continuó contando de varios lugares que había conocido a lo largo de su vida, ella sólo se limitaba a imaginarlo todo y entrelazarlo con lo que los libros le habían enseñado, pese a eso, la forma en que lo narraba él era por mucho, mejor. Todo sonaba tan magnifico, que su mirada se perdió en el vacío, pensando cómo se vería ella en todos esos lugares… Una mirada afligida.

—Lo siento… —Se disculpó él, al percatarse de lo que realmente le estaban haciendo sus palabras a ella

—Suena bien como los describes, pero no me basta con palabras—Expresó ella recogiendo sus rojizos cabellos

Luego de decir eso, él intentó cambiar de tema, seguro de que eso cambiaría lo que quizá se estaba formando en su cabeza. El tiempo transcurrió, y él decidió que ya hora de irse, no era bien visto que un hombre se quedara tan tarde en la habitación de una joven. Se levantó, seguro de no volver a pisar aquella enorme residencia por el bien de ella.

—Adiós… —Se despidió, dándole la espalda a ella, para que no lo viera tan devastado

Ella sonrió.

—Hasta luego…Kankou

Luego de eso, esa puerta se cerró dejando el eco nada más.

Él corrió buscando olvidar todo. Le dolía el cuerpo, y más que nada, sentía la ausencia de ella dentro de sí. Sin embargo, se detuvo en seco al recordar algo. Su nombre. Se dio la vuelta, con el único objetivo de volver de averiguar su nombre.

A medio camino se topó enfrente con un individuo encapuchado, que lo hizo detenerse. No podía moverse, una fuerza superior a él lo obligaba a mantenerse así. Entonces ese ser se descubrió el rostro, dejando ver ese sublime rostro, pálido y ese cabello rojizo manchado por la noche. Y de paso en paso, se acercó a él, quien estaba en un estado de shock. Lo rodeó con los brazos, y le susurró algo al oído.

—Ese es mi nombre…

Esas simples letras combinadas no eran para nada agradables teniendo en cuenta lo que significaban. Ambos lo sabían, y Kankou entendió la razón por la que ella nunca dio su nombre.

—Desde ahora me llamaré Kouka… ¿Qué te parece? Sólo cambié el orden de las letras de tu nombre… Ese quiero que sea el significado de mi nombre ahora

—Pero…

—No quiero estar sola nunca más—Expresó segura de sus palabras—Es mi decisión… Así que déjame ser por lo menos libre en eso

—No interferiré… Kouka—Aseguró él, apretándola contra su cuerpo

—Gracias—Musitó ella—Entonces… ¿Me prometes llevarme a conocer Paris?

Afirmó con la cabeza, y ella sonrió. Pero en ese pequeño lapso de tiempo pudo sentirla a ella más frágil que antes. Sabía lo que eso significaba, y a pesar de eso, decidió aguantar sus terribles ganas de sollozar como un niño para que ella continuara con su decisión, ¿Pero que más podía hacer si estaba terriblemente enamorado de ella?

—Mañana partiremos… Te sacaré de aquí aunque sea lo último que haga—Ella rió ante el comentario de él

— ¿Te gusta hacer el papel de un príncipe verdad?—Se burló—Esta bien, tomaré su palabra

—Diablos, y yo me esforcé para no sonar de esa manera—Maldijo

Caminaron juntos ese camino, rodeados por la noche y las estrellas. Estaba junto a la mujer que amaba, y aun así no podía estar del todo feliz. No quería imaginarla muriendo, pero por ella iba a buscar una cura para eso. La quería seguir teniendo a su lado toda la vida si fuese necesario.

—¿No crees que mis decisiones son algo apresuradas?—Dijo ella

Él rió, y entre su perdida mirada en ella, no dudó en actuar. Juntó sus labios contra los de ella, y comprobó que era tan dulce como suponía.

Se separó de ella y le dedicó una tierna mirada.

—Las mías también…


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Nota de autor: Gracias por los comentarios y por leer :3 Pues ya lo tenía escrito todo pero en una libreta lo que me hizo transcribirlo, y por esa razon no pude actualizar antes xd

Espero sea de su agrado *w*

Y espero haber hecho bien la parte de los padres de Kagura Marianita Uchiha :0 Y Gracias por comentar x3