Fer: Me alegra te gustara. Actualizo Pronto! Y sí, veremos a Apollo celoso pronto ;)
Antgoncab: Yo también te adoro :3 Actualizo Pronto!
Srta. Tragalibros: Muy, MUY apuesto 3 Actualizo Pronto!
Adriana Mikaelson: Me alegra te gustara el capitulo! Actualizo Pronto, y don't worry, que pronto tal vez empiecen a deducir quien es "Él"
Capítulo 10
Otra vez, nadie se ofreció. Estuvieron un minuto en silencio, hasta que Hera lo rompió.
—¿Por qué no leemos por turnos?—dijo.
Todos se miraron.
—Es una buena idea—dijo Athenea.
—Deberíamos sentarnos diferente ¿no...? Estamos un poco fuera de orden y entremedio de todos los que ya han leído—dijo Percy.
La mayoría asintió, pero antes de que pudieran decir algo, Athenea se puso de pie, y los mini-tronos de los dioses se convirtieron en sillones iguales a los de los semidioses, y para sorpresa de todos, ningún dios protesto.
La diosa de la sabiduría los acomodo a todos, hubieron quejas y protestas, pero se quedaron así. Al final todos quedaron más o menos así. En el mismo medio de la U que formaban los sillones estaba Hestia junto al fuego. Empezando del lado izquierdo de la U hacia arriba estaban Hera, Hefeso y Demeter sentados. A su lado izquierdo estaban Athenea, Artemis y Afrodita. Al lado de ellas estaban Nico y Frank en un sillón de dos personas. Al lado de ellos, ya casi en el frente de la U estaban Apollo, Percy y Hermes. Al lado de ellos, ya a la derecha, estaban Poseidon, Annabeth y Zeus. A su lado estaban Jason, Piper y Leo. Les seguían Hades, Hazel y Ares. Y por ultimo, en una esquina medio solitaria, estaba Dionisio.
Casi nadie estaba contento con los cambios, pero bueno, nadie ha a discutir por algo así, así que se conformaron.
Los primeros tres sillones ya habían leído, así que por orden, era el turno de Apollo. Con un suspiro pesado, el dios empezó a leer.
—Capítulo 9 Me ofrecen una misión.
A la mañana siguiente, Quirón me trasladó a la cabaña 3.
No tenía que compartirla con nadie. Gozaba de espacio de sobra para todas mis cosas: el cuerno de Minotauro, un juego de ropa limpia y una bolsa de aseo. Podía sentarme a mi propia mesa, escoger mis actividades, gritar «luces fuera» cuando me apeteciera y no escuchar a nadie más.
—Deprimente—dijo Nico.
Jason y Percy asintieron. Ellos eran los que mayormente se sentaban solos en el comedor de Campamento, y tenían la cabaña para ellos solos. Y era...solitario, aburrido y deprimente.
Pero me sentía totalmente deprimida.
Algunos la miraron con pena, y Poseidon habló.
—No te preocupes, Percy, te daré más hermanos—dijo en tono bromista.
Los ojos de Percy se abrieron de par en par y ella se vio parcialmente asustada.
—¿En...en serio?
Poseidon solo le guiñó un ojo, y ella suspiró.
Justo cuando empezaba a sentirme aceptada, a sentir que tenía un hogar en la cabaña 11 y que podía ser una niña normal —o tan normal como se pueda cuando eres mestizo—, me separaban como si tuviera una enfermedad rara.
—Eso es ser cruel—dijo Hestia.
—Muy, muy cruel—asintió Demeter—No es culpa de ella que sea hija de Poseidon.
Nadie mencionaba el perro del infierno, pero tenía la impresión de que todos lo comentaban a mis espaldas.
Percy miro a Annabeth con curiosidad, y esta asintió.
Obviamente hablaban sobre eso a espaldas de Percy.
El ataque había asustado a todo el mundo. Enviaba dos mensajes: uno, que era hija del dios del mar; y dos, los monstruos no iban a detenerse ante nada para matarme. Incluso podían invadir el campamento que siempre se había considerado seguro.
—No es cierto, ese perro fue invocado—dijo Jason—No hay otra forma de que haya podido entrar al Campamento.
Los demás campistas se apartaban de mí todo lo posible.
Percy desvío su vista de las miradas de pena que le enviaban. Ella no quería pena, no la necesitaba. ¿De qué le iba a servir?
Después de lo que les había hecho a los de Ares en el bosque, la cabaña 11 se ponía nerviosa conmigo, así que mis lecciones con Luke ahora eran particulares. Me presionaba más que nunca, y no temía magullarme en el proceso.
—Cómo dije, un total caballero—susurró Apollo con sarcasmo, interrumpiéndose a si mismo.
Percy, a su lado, le dio un golpe en el pecho.
—No empieces—le dijo—Me estaba ayudando.
Apollo puso cara de "Oh, sí, claro"
—Vas a necesitar todo el entrenamiento posible—me dijo, mientras practicábamos con espadas y antorchas ardiendo—Vamos a probar otra vez ese golpe para descabezar la víbora. Repítelo cincuenta veces.
—¡50 veces!—exclamó Leo—Auch.
Percy se encogió de hombros.
Annabeth seguía enseñándome griego por las mañanas, pero parecía distraída. Cada vez que yo decía algo, me reñía, como si acabara de darle una bofetada.
Algunos miraron a la rubia hija de la diosa de la sabiduría y a la morena hija del dios del mar. Eran tan unidad y tan amigas que era difícil hacerse a la idea de que en algún momento ambas de odiaban.
Después de las lecciones se marchaba murmurando para sí: «Misión... ¿Poseidón...? Menuda desgracia...
Poseidon, que estaba sentado junto a Annabeth, le dio una mirada, y esta se sonrojó fuertemente. Sintiéndose por primera vez, nerviosa de estar sentada junto a dos dioses, y no cualquiera de ellos. No. Dos de los tres grandes.
Tengo que planear algo...»
Incluso Clarisse mantenía las distancias, aunque sus miradas cargadas de veneno dejaban claro que quería matarme por haberle roto la lanza mágica.
Ares sonrió arrogantemente.
—Por supuesto que te querrá matar por eso—dijo Hermes rodando los ojos—Rompiste su juguete.
Deseé que me gritara, me diera un puñetazo o algo así.
La mayoría miro a Percy.
—Wow, Princesa, no sabia que te gustaran...esas cosas—el tono de Apollo tenia doble sentido en todas las letras, y Percy le dio una mirada, y este guardo silencio.
Los dioses varones se rieron de él.
—Dominado por una chica—tosió Hermes.
—No cualquier chica, una mortal—señaló Ares de forma fea.
Apollo los ignoro, pero le sonrió a Percy.
—Totalmente dominado—dijo en el oído de la chica, y dejo un beso en su cuello, haciendo que esta se estremeciera. Hermes se vio incomodo, deseando mentalmente que Athenea no lo hubiera sentado al lado de esos dos tórtolos.
Prefería meterme en peleas todos los días a que me ignoraran.
Sabía que alguien en el campamento me tenía manía, porque una noche entré en mi cabaña y encontré un periódico que habían dejado en la puerta, un ejemplar del New York Daily News, abierto por la página dedicada a la ciudad. Casi me llevó una hora leer el artículo, porque cuanto más me enfadaba, más flotaban las palabras por la página.
UNA CHICA Y SU MADRE SIGUEN DESAPARECIDAS TRAS EXTRAÑO ACCIDENTE DE COCHE.
POR EILEEN SMYTHE
La mayoría gruñó.
—¿Quién dejo ese periódico allí?
—Uno de los Stoll—dijo Annabeth—Creo.
—Pero no lo hicieron con mala intención—dijo Percy—Solo fue...bueno, conocemos a los Stoll.
La mayoría asintió.
Sally Jackson y su hija Percy llevan una semana en paradero desconocido tras su misteriosa desaparición. El Cámaro del 78 de la familia fue descubierto el pasado sábado en una carretera al norte de Long Island, calcinado, con el techo arrancado y el eje delantero roto.
—Ups—sonrió Poseidon macabramente—Creo que Gabe no estara tan contento.
El coche había dado una vuelta de campana y patinado varios metros antes de explotar. Madre e hija estaban de vacaciones en Montauk, pero se marcharon muy pronto en misteriosas circunstancias. En el coche y la escena del accidente fueron hallados pequeños rastros de sangre, pero no había más señales de los desaparecidos Jackson. Los residentes de la zona rural aseguraron no haber visto nada anormal alrededor de la hora del accidente.
—Los mortales nunca ven nada—dijo Leo con un resoplido.
—Oh, la dulce niebla.
El marido de la señora Jackson, Gabe Ugliano, asegura que su hijastra Percy Jackson es una niña con problemas que ha sido expulsada de numerosos internados y que en el pasado manifestó tendencias violentas.
Todos rechinaron los dientes. Maldito imbécil.
—Yo que creí que no volvería a escuchar de él en buen rato—dijo Apollo.
La policía no se pronuncia acerca de si la hija, Percy, es sospechosa de la desaparición de su madre, pero no descarta ninguna hipótesis.
—¡Tenia doce años!—exclamó Poseidon incrédulo—¡¿Cómo...
—Eh, tío P, calma o te dará un ataque—dijo Apollo un poco preocupa.
Poseidon respiró hondo varias veces.
Las imágenes de abajo son fotos recientes de Sally Jackson y Percy. La policía ruega a todos aquellos que posean información que llamen al siguiente número de teléfono gratuito.
Habían señalado el teléfono con un círculo en rotulador negro.
Tiré el periódico y me dejé caer en mi litera, en medio de la cabaña vacía.
—Luces fuera—dije con tristeza.
Apollo miró de reojo a Percy, la cual leía por encima de su hombro.
Esa noche tuve mi peor pesadilla.
—Hasta ese momento—dijo Percy.
Poseidon y Apollo la miraron preocupados. Pero los demás no dijeron nada, todos los semidioses pasaban por pesadillas también. Era común.
Corría por la playa en medio de una tormenta. Esta vez había una ciudad detrás de mí. No era Nueva York. Estaba dispuesta de manera distinta, los edificios más separados, y a lo lejos se veían palmeras y colinas.
A unos cien metros de la orilla, dos hombres peleaban. Parecían luchadores de la televisión, musculosos, con barba y pelo largo. Ambos vestían túnicas griegas que ondeaban al viento, una rematada en azul, la otra en verde.
Todos miraron a Poseidon y a Zeus.
Ellos no les devolvieron la mirada.
Se agarraban, forcejeaban, daban patadas y cabezazos, y cada vez que colisionaban, refulgía un relámpago, el cielo se oscurecía y se levantaba viento. Yo tenía que detenerlos. No sé por qué, pero cuanto más corría el viento me ofrecía mayor resistencia, hasta que acababa corriendo sin moverme, mis talones hundiéndose en la arena.
Por encima del rugido de la tormenta, oía al de la túnica azul gritarle al otro:
—¡Devuélvelo! ¡Devuélvelo!—Como dos niños peleando por un juguete.
Algunos se rieron, mientras que Zeus fulminaba a Percy con la mirada, y ella escondió su rostro en el cuello de Apollo.
Cinco segundos después, ella capto lo que hizo y se alejó de Apollo súbitamente, prácticamente cayendo en el regazo de Hermes, el cual se río y la aguanto allí, en su regazo.
Percy forcejeo, pero Hermes no la soltó.
—¡Suéltame!
Hermes miro a Apollo, y noto que este no estaba molesto, en cambio, se veía divertido.
—Nope—dijo Hermes.
Las olas crecían, chocaban contra la playa y me impregnaban de sal.
—¡Deteneos! —gritaba—. ¡Dejad de pelear!
La tierra se sacudía. En algún lugar de su interior resonaba una carcajada, y una voz tan profunda y malvada que me helaba la sangre entonaba con suavidad:
—Baja, pequeña heroína. ¡Baja aquí!
Todos miraron a Hades, y este rodó los ojos.
—No era yo—dijo medio agitado, molesto de que siempre crean que era él el culpable de todo lo malo.—Honestamente, mi risa es todo menos malvada.
Percy por otro lado, seguía forcejeando con Hermes.
—Me siento como una bebé—dijo ella con un bufido.
Ella sintió el pecho de Hermes vibrar con risa.
—No es mi culpa, tu fuiste la que brincaste a mi regazo...
—¡Fue un accidente!
La arena se separaba bajo mis pies, se abría una brecha hasta el centro de la tierra. Yo resbalaba y la oscuridad me engullía.
Desperté convencida de que estaba cayendo.
—Uh, ese es el peor sentimiento del mundo—dijo Leo.
Casi todos asintieron de acuerdo con él.
Seguía en la cama de la cabaña número 3. Mi cuerpo me indicó que era por la mañana, pero aún no había amanecido, y los truenos bramaban en las colinas: se fraguaba una tormenta. Eso no lo había soñado.
Oí sonido de pezuñas en la puerta, un carnicol que pisaba el umbral.
—Pasa.
Grover entró trotando, con aspecto preocupado.
—El señor D quiere verte.
—¿Por qué?
—Quiere matar a... Bueno, mejor que te lo cuente él.
Apollo y Poseidon miraron a Dionisio, el cual se había quedado dormido en su sillón.
Me vestí y lo seguí con nerviosismo, seguro de haberme metido en un lío gordo. Hacía días que llevaba esperando que me convocaran a la Casa Grande. Ahora que había sido declarada hija de Poseidón, uno de los Tres Grandes dioses que habían acordado no tener hijos, supuse que ya era un crimen seguir viva.
—Sí que lo es—dijo Ares.
Apollo y Poseidon lo miraron.
—Era—se corrigió rápidamente.
Sin duda los demás dioses habrían estado debatiendo la mejor manera de castigarme por existir, y el señor D ya estaba listo para administrar el castigo.
—Ha, que se atreva—gruñó Poseidón.
Por encima del canal Long Island Sound, el cielo parecía una sopa de tinta en ebullición. Una cortina neblinosa de lluvia se aproximaba amenazadoramente. Le pregunté a Grover si necesitaríamos paraguas.
—No—contestó—Aquí nunca llueve si no queremos.
Señalé la tormenta,
—¿Y eso qué demonios es?
—Lenguaje—dijo Hera chasqueando su lengua.
Percy le rodó sus ojos, todavía en el regazo de Hermes.
Miró incómodo al cielo.
—Nos rodeará. El mal tiempo siempre lo hace.
Reparé en que tenía razón.
En la semana que llevaba allí jamás había estado nublado. Las pocas lluvias que habían caído lo hacían alrededor del valle.
Pero aquella tormenta era de las gordas.
En el campo de voleibol los chavales de la cabaña de Apollo jugaban un partido matutino contra los sátiros. Los gemelos de Dionisio paseaban por los campos de fresas, provocando el crecimiento de las matas. Todos parecían seguir con sus ocupaciones habituales, pero tenían aspecto tenso. No dejaban de mirar la tormenta.
Grover y yo subimos al porche de la Casa Grande. Dioniso estaba sentado a la mesa de pinacle con su camisa atigrada y su Coca-Cola light, como en mi primer día; Quirón, en el lado opuesto de la mesa en su silla de ruedas falsa. Jugaban contra contrincantes invisibles: había dos manos de cartas flotando en el aire.
—Bueno, bueno—dijo el señor D sin levantar la cabeza—Nuestra pequeña celebridad.
Esperé.
—Acércate —ordenó el señor D—. Y no esperes que me arrodille ante ti, mortal, sólo por ser el hijo del viejo Barba-percebe.
Dionisio despertó al recibir agua muy fría en su rostro.
—¿¡Qué!?—preguntó irritado.
Poseidon solo lo miró, y este luego de unos segundos se encogió de hombros, regresando a dormir.
Un relámpago destelló entre las nubes y el trueno sacudió las ventanas de la casa.
—Bla, bla, bla —contestó Dionisio.
Quirón fingió interés en su mano de cartas. Grover se parapetó tras la balaustrada. Oía sus pezuñas inquietas.
—Si de mí dependiera —prosiguió Dioniso—, haría que tus moléculas se desintegraran en llamas. Luego barreríamos las cenizas y nos evitaríamos un montón de problemas.
Apollo y Poseidón se vieron listos para asesinar a Dionisio.
Percy, por otro lado, le dijo algo al oído de Hermes, y este la soltó.
Ella volvió a sentarse muy junto a Apollo, y colocó su mano en su rodilla. Este se calmo instantáneamente.
Pero a Quirón le parece que eso contradice mi misión en este campamento del demonio: mantener a unos enanos mocosos a salvo de cualquier daño.
—La combustión espontánea es una forma de daño, señor D —observó Quirón.
—Tonterías. La chica no sentiría nada. De todos modos, he accedido a contenerme. Estoy pensando en convertirte en delfín y devolverte a tu padre.
Poseidon volvió a gruñir, y Percy suspiro.
Definitivamente su ladre tendría un ataque cardiaco o terminaría matando a alguien para el final del libro.
—Señor D... —le advirtió Quirón.
—Bueno, vale —cedió Dioniso—. Sólo hay otra opción. Pero es mortalmente insensata.—Se puso en pie, y las cartas de los jugadores invisibles cayeron sobre la mesa—. Me voy al Olimpo para una reunión de urgencia. Si la chica sigue aquí cuando vuelva, la convertiré en delfín. ¿Entendido? Y Persephone Jackson, si tienes algo de cerebro, verás que es una opción más sensata que la que defiende Quirón.
—Oh, claro, muy sensata—gruñó Poseidon por lo bajo.
Dioniso tomó una carta y con un gesto la convirtió en un rectángulo de plástico. ¿Una tarjeta de crédito? No. Un pase de seguridad.
Chasqueó los dedos. El aire pareció envolverlo. Se convirtió en un holograma, después una brisa, después había desaparecido y dejó sólo un leve aroma a uvas recién pisadas.
Quirón me sonrió, pero parecía cansado y en tensión.
—Siéntate, Percy, por favor. Y tú también, Grover.
Obedecimos.
Quirón dejó las cartas sobre la mesa, una mano ganadora que no había llegado a utilizar.
Dionisio—ahora bastante despierto—bufó. Nunca lograba ganarle a aquel viejo Centauro.
—Dime, Percy, ¿qué pasó con el perro del infierno?
Me estremecí de sólo escuchar el nombre. Quirón quizá quería que dijera: «Bah, no fue nada. Desayuno perros del infierno.» Pero no me apetecía mentir.
Hermes lo considero por unos segundos, y asintió, causando que la mayoría alzara las cejas.
—No siempre es necesario mentir—dijo en defensa—La verdad es más sencilla en algunas situaciones.
—Me dio miedo—admití—Si usted no le hubiera disparado, yo estaría muerta.
—Vas a encontrarte cosas peores, Percy, mucho peores, antes de que termines.
—Termine... ¿qué?
—Tu misión, por supuesto. ¿La aceptarás?
Miré a Grover y vi que tenía los dedos cruzados.
—Yo... —titubeé—. Señor, aún no me ha dicho en qué consiste.
Quirón hizo una mueca.
—Bueno, ésa es la parte difícil, los detalles.
El trueno retumbó en el valle. Las nubes de tormenta habían alcanzado la orilla de la playa. Por lo que podía ver, el cielo y el mar bullían.
Volvieron a mirar a ambos hermanos.
—Poseidón y Zeus están luchando por algo valioso...—dije—Algo que han robado, ¿no es así?
Quirón y Grover intercambiaron sendas miradas. El primero se inclinó hacia delante e inquirió: —¿Cómo sabes eso?
Me sonrojé. Ojalá no hubiera abierto mi bocaza.
—El tiempo ha estado muy raro desde Navidad, como si el mar y el cielo libraran un combate. Después hablé con Annabeth, y ella había oído algo de un robo. Y... también he tenido unos sueños.
—¡Lo sabía! —exclamó Grover.
—Cállate, sátiro —ordenó Quirón.
—¡Pero es su misión!—Los ojos de Grover brillaron de emoción—. ¡Tiene que serlo!
—Sólo el Oráculo puede determinarlo.
Apollo sonrió ante la mención de su preciado Oráculo.
—Quirón se mesó su hirsuta barba—. Aun así, Percy, tienes razón. Tu padre y Zeus están teniendo la peor pelea de los últimos años. Luchan por algo valioso que ha sido robado. Para ser precisos: un rayo.
Solté una carcajada nerviosa.
Zeus miró a Percy con aquella mirada de odio.
—¿Te parece gracioso?
Apollo leyó antes de que su ex-novia pudiera abrir la boca.
—¿Un qué?—pregunté.
—No te lo tomes a la ligera—dijo Quirón—No estoy hablando del zigzag envuelto en papel de plata que se utiliza en las representaciones teatrales de segundo curso. Estoy hablando de un cilindro de medio metro de purísimo bronce celestial, cargado en ambos extremos con explosivos divinos.
—Ah.
—Buena reacción—dijo Jason.
—El rayo maestro de Zeus—prosiguió Quirón, nervioso—El símbolo de su poder, de donde salen todos los demás rayos. La primera arma construida por los cíclopes en la guerra contra los titanes, el rayo que desvió la cumbre del monte Etna y despojó a Cronos de su trono; el rayo maestro, que contiene suficiente poder para que la bomba de hidrógeno de los mortales parezca un mero petardo.
—Ósea muy importante—resumió Percy.
Zeus la miró.
—Muy, muy importante, niña.
Hera rodó los ojos. Sip, definitivamente Zeus amaba a su rayo más que a ella.
—¿Y no está?
—Ha sido robado —dijo Quirón.
—¿Quién?
—Mejor dicho, por quién —me corrigió Quirón, maestro siempre—Por ti.
Me quedé atónito.
—Al menos eso cree Zeus —apostilló Quirón—. Durante el solsticio de invierno, durante el último consejo de los dioses, Zeus y Poseidón tuvieron una pelea. Las tonterías de siempre, que si Rea te quería más a ti, que si las catástrofes del cielo eran más espectaculares que las del mar, etcétera.
—Es que obviamente el mar es mejor que el cielo—sonrió arrogantemente Poseidon.
—¡Claro que no!—dijo Zeus con una sonrisa falsa—El cielo es mejor.
Annabeth quería que la tierra se la tragara en ese momento, definitivamente no era bueno estar entre medio de ambos.
Apollo leyó por encima de sus voces, para que se callaran.
Cuando terminó, Zeus reparó en que el rayo maestro había desaparecido, se lo habían quitado de la sala del trono bajo sus mismas narices. Inmediatamente culpó a Poseidón. Ahora bien, un dios no puede usurpar el símbolo de poder de otro directamente; eso está prohibido por las más antiguas leyes divinas. Pero Zeus cree que tu padre convenció a un héroe humano para que se lo arrebatara.
—Ridículo—rodó los ojos Poseidon.
—Pero yo no...
—Ten paciencia y escucha, niña. Zeus tiene buenos motivos para sospechar. Verás, las forjas de los cíclopes están bajo el océano, lo que otorga a Poseidón cierta influencia sobre los fabricantes del rayo de su hermano. Zeus cree que Poseidón ha robado el rayo maestro y ahora ha encargado a los cíclopes que construyan un arsenal de copias ilegales, que podrían ser utilizadas para derrocar a Zeus. Lo único que Zeus no sabía seguro es qué héroe habría usado Poseidón para cometer el divino robo. Ahora Poseidón acaba de reconocerte abiertamente como su hija. Tú estuviste en Nueva York durante las vacaciones de invierno y podrías haberte colado fácilmente en el Olimpo. Por tanto, Zeus cree que ha encontrado a su ladrón.
—¡Sí ella nunca había ido a el Olimpo!—exclamó Piper incrédula.
—Ni siquiera sabia que era una semidiosa—dijo Nico.
Zeus se encogió de hombros.
—¡Pero yo nunca he estado en el Olimpo! ¡Zeus está loco!
Silencio. Los ojos de Apollo estaban abiertos de par en par, y leyó tan rápido que casi no se entendió. Todo para no darle tiempo a su padre a reaccionar.
Quirón y Grover observaron el cielo, nerviosos. Las nubes no parecían evitarnos, como había prometido Grover; antes bien, se dirigían directamente hacia nuestro valle, y nos estaban cubriendo como la tapa de un ataúd.
—Linda comparación—dijo Frank sarcásticamente.
—Eres un rayo de sol, Percy—dijo Leo con sarcasmo.
—Esto, Percy...—dijo Grover—No solemos usar ese calificativo para describir al Señor de los Cielos.
—Quizá paranoico...—matizó Quirón—Además, Poseidón ha intentado destronar a Zeus con anterioridad. Creo que era la pregunta treinta y ocho de tu examen final...—Me miró como si realmente esperara que me acordara de la pregunta treinta y ocho.
¿Cómo podía alguien acusarme de robar el arma de un dios? Ni siquiera era capaz de robar un trozo de pizza de la partida de póquer de Gabe sin que me pillaran. O una galleta antes de cenar sin que mi madre me atrapara...
Hermes se vio horrorizado.
—Percy...oh dioses, estas peor de lo que imaginaba—dijo—Tienes tanto que aprender.
Percy medio sonrió.
Quirón esperaba una respuesta.
—¿Algo sobre una red dorada? —recordé—. Poseidón, Hera y otros dioses... Creo que atraparon a Zeus y no lo dejaron salir hasta que prometió ser mejor gobernante, ¿no?
Zeus bufó.
—Correcto. Y Zeus no ha vuelto a confiar en Poseidón desde entonces. Por supuesto, Poseidón niega haber robado el rayo maestro. Se ofendió muchísimo ante tal acusación. Ambos llevan meses discutiendo, amenazando con la guerra. Y ahora llegas tú, la proverbial última gota.
—¡Pero si sólo soy una niña!
—Percy —intervino Grover—. Si fueras Zeus y pensaras que tu hermano te la está jugando, y de repente éste admitiera que ha roto el sagrado juramento que hizo tras la Segunda Guerra Mundial, que ha engendrado un nuevo héroe mortal que podría ser utilizado contra ti... ¿no estarías mosqueado?
—Pero yo no hice nada. Poseidón, mi padre, no ha mandado robar el rayo, ¿verdad?
—¡Por supuesto que no!—dijo este.
—Lo sé papá, lo sé.
Quirón suspiró.
—Cualquier observador inteligente coincidiría en que el robo no es el estilo de Poseidón, pero el dios del mar es demasiado orgulloso para intentar convencer a Zeus.
—Ya se sabe de donde Percy saco su orgullo—masculló Annabeth.
Éste ha exigido que le devuelva el rayo hacia el solsticio de verano, que cae el veintiuno de junio, dentro de diez días. Por su parte, Poseidón quiere el mismo día una disculpa por haber sido llamado ladrón. Confío en que la diplomacia se imponga, que Hera, Deméter o Hestia hagan entrar en razón a los dos hermanos. Pero tu llegada ha inflamado los ánimos de Zeus. Ahora ningún dios va a echarse atrás. A menos que alguien intervenga y que el rayo original sea encontrado y devuelto a Zeus antes del solsticio, habrá guerra. ¿Y sabes cómo sería una guerra abierta, Percy?
—¿Mala?
—Muy, muy, muy mala.
—Imagínate el mundo sumido en el caos. La naturaleza en guerra consigo misma. Los Olímpicos obligados a escoger entre Zeus y Poseidón.
—Duda, ¿quien se iría con quien?—preguntó Leo con curiosidad.
Los dioses se tensaron, observando a Zeus y Poseidon.
—Déjalo...déjalo en que seria horrible, ¿ok?—le dijo Hefeso a su hijo.
Destrucción, carnicería, millones de muertos. La civilización occidental convertida en un campo de batalla tan grande que las guerras troyanas parecerán de juguete.
—Mal asunto—dije.
—Y tú, Percy Jackson, serás la primera en sentir la ira de Zeus.
Apollo inconscientemente atrajo a Percy hacia él. Esta se recostó sobre su pecho sin darse cuenta de lo que hacia.
Empezó a llover. Los jugadores de voleibol interrumpieron el partido y miraron al cielo en silencio expectante. Era yo quien había traído aquella tormenta a la colina Mestiza. Zeus estaba castigando todo el campamento por mi culpa. Sentí rabia.
—Uh, oh..—dijeron todos los que conocían bien a la chica.
Percy molesta no era...nada lindo.
—Así que tengo que encontrar ese estúpido rayo—concluí
—¡No es estúpido!—bramó Zeus.
—Y devolvérselo a Zeus.
—¿Qué mejor ofrecimiento de paz —apostilló Quirón— que sea la propia hija de Poseidón quien devuelva la propiedad de Zeus?
—Si Poseidón no lo tiene, ¿dónde está ese cacharro?
Zeus la fulmino con la mirada otra vez.
—Creo que lo sé.—La expresión de Quirón era sombría—Parte de una profecía que escuché hace años... bueno, algunas frases ahora cobran sentido para mí. Pero antes de que pueda decir más, debes aceptar oficialmente la misión. Tienes que pedirle consejo al Oráculo.
Apollo se vio contento, muy emocionado, mientras que Percy se sonrojó al recordar su primera vista al Oráculo, y las palabras que este le dio.
—¿Por qué no puede decirme antes dónde está el rayo?
—Porque, si lo hiciera, tendrías demasiado miedo para aceptar el desafío.
Tragué saliva.
—Buen motivo.
—¿Aceptas, entonces?
Miré a Grover, que asintió animoso. Qué fácil era para él, ya que Zeus no tenía nada en su contra.
Algunos resoplaron, otros medio sonrieron.
—De acuerdo —contesté—. Mejor eso que me conviertan en delfín.
—Pues ha llegado el momento de que consultes con el Oráculo —concluyó Quirón—. Ve arriba, Percy Jackson, al ático. Cuando bajes, si sigues cuerda, continuaremos hablando.
—Que confortante—dijo Hazel con sarcasmo.
Cuatro pisos más arriba, las escaleras terminaban debajo de una trampilla verde. Tiré de la cuerda. La portezuela se abrió, y de ella bajó una escalera traqueteando.
El cálido aire que llegaba de arriba olía a moho, madera podrida y algo más... un olor que recordaba de la clase de biología. Reptiles. Olor a serpientes.
Contuve el aliento y subí.
El ático estaba lleno de trastos viejos de héroes griegos: armaduras cubiertas de telarañas; escudos antaño relucientes y ahora manchados de orín; baúles viejos de cuero con pegatinas en las que se leía: «ÍTACA», «isla de circe» y «PAÍS DE las AMAZONAS». Había una mesa larga atestada de tarros con cosas encurtidas: garras peludas troceadas, enormes ojos amarillos, distintas partes de monstruo.
—Ew, Ew, Ew, Ew, Ew—dijo Afrodita.
En la pared destacaba un trofeo polvoriento; parecía la cabeza gigante de una serpiente, pero tenía cuernos y una fila entera de dientes de tiburón. En la placa ponía: «cabeza n.° i de la hidra, woods TOCK, N.Y., 1969.»
Junto a la ventana, sentada en un taburete de madera de tres patas, estaba el objeto más asqueroso de todos: una momia.
—¡Ey, no le digas asqueroso a mi Oráculo!—le dijo Apollo a Percy.
—Perdón amor, pero era muy asqueroso...—Percy se quedo callada al notar como había llamado a Apollo.
Apollo sonrió de oreja a oreja.
No de las que van envueltas con vendas, sino un cadáver de mujer encogido y arrugado como una pasa.
Hazel, Frank, Jason, Piper y Leo—los que no llegaron a conocer a la momia, se vieron asqueados y extrañados.
Llevaba un vestido teñido con nudos, muchos collares de cuentas y una diadema por encima de una larga melena negra. La piel del rostro era delgada y coriácea, y los ojos eran rajas de cristal blanco, como si hubieran reemplazado los auténticos por piedras de mármol; llevaba muerta muchísimo tiempo.
—Nooooo...—dijeron algunos con sarcasmo.
—Vaya Percy, si no lo dices no nos hubiéramos dado de cuenta—dijo Nico con sarcasmo.
Ella, siendo la chica madura que es, le saco la lengua.
Mirarla me produjo escalofríos. Y eso fue antes de que se retrepara en el taburete y abriera la boca.
—Uah, ¿que?—dijeron los que no conocieron a la momia con extrañeza.
De dentro de la momia salió una niebla verde que se enroscó en el suelo con gruesos tentáculos, silbando como veinte mil serpientes juntas. Tropecé intentando llegar a la trampilla, pero se cerró de golpe. Una voz se me coló por un oído y se me enroscó en el cerebro: «Soy el espíritu de Delfos, portadora de las profecías de Phoebus Apollo, dedegollador de la gran Pitón. Acércate, buscador, y pregunta.»
—Pero...pero...¿Y Rachel?
Percy le sonrió a todos ellos.
—Rachel no siempre fue el Oráculo. Ella parecerá en...Uh...¿el tercer libro?
Ella se encogió de hombros.
—Oh.
Yo quería decir: «No, gracias, me he equivocado de puerta, sólo estaba buscando el baño»,
Eso hizo a varios reír.
pero me forcé a inspirar. La momia no estaba viva. Era algún tipo de receptáculo truculento para otra cosa, el poder que ahora me envolvía en forma de niebla verde. Sin embargo, su presencia no transmitía maldad como mi profesora de matemáticas demoníaca o el Minotauro.
—Por supuesto que no—dijo Apollo—Es buena.
Era más bien como las tres Moiras que había visto hilando en aquel puesto de frutas: arcaica, poderosa y sin duda no humana, pero tampoco particularmente interesada en matarme.
Reuní valor para preguntar, y lo hice muy torpemente.
—¿Cuál...cuál es mi destino?
—Eh, cariño, esa pregunta es muy vaga, no te hablara de la misión...—empezó Apollo.
—Lo sé—Percy se sonrojó recordando las siguientes palabras del Oráculo.
Para mi sorpresa, la momia sonrió.
Tu destino se encuentra por la mañana en el Este, por la tarde en el Oeste
Nunca había estado más confundida en mi vida.
—¿Qué?
Apollo, por otro lado, tenia la sonrisa más grande del mundo en su rostro. Percy evitaba la mirada de todos, y Afrodita estaba dando saltitos emocionada.
—Lo sabia, lo sabia, lo sabia—decía ella una y otra vez—¡Ustedes dos son tan lindos juntos que tenia que ser obra del destino su amor!
Poseidon, por otro lado, intentaba no asesinar a su sobrino por ser, "el destino" de su hijita.
Quirón hablo sobre una profecía, nunca imagine que...la momia me hablara. Y que es eso de mi destino esta en el Este y luego en el Oeste.
—¿Uh, debo ir al Este...?—pregunté confusa.
Otra vez la niebla verde se disipo a mi al rededor.
No
Entonces entendí que mi pregunta no había sido la ideal.
—Uh, cuál es mi destino en la misión—especifique.
La niebla se espesó y se aglutinó justo frente a mí y alrededor de la mesa con los tarros de trozos de monstruos en vinagre. De repente aparecieron cuatro hombres sentados a la mesa, jugando a las cartas. Sus rostros se volvieron nítidos: eran Gabe el Apestoso y sus colegas. Apreté los puños, aunque sabía que aquella partida de póquer no podía ser real. Era una ilusión de niebla.
Gabe se volvió hacia mí y habló con la voz áspera del Oráculo: «Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado.»
El tipo a su derecha levantó la vista y dijo con la misma voz: «Encontrarás lo robado y lo devolverás.»
El de la izquierda subió la apuesta con dos fichas y después dijo: «Serás traicionado por quien se dice tu amigo.»
Por último, Eddie, el portero del edificio, pronunció la peor de todas: «Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»
Nadie comento, estaban ocupados mirando a Percy y a Apollo. Apollo seguía sonriendo como el gato de Alicia en el País de las Maravillas, mientras que Percy no miraba a nadie. Que el destino de ella estuviera escrito en un libro y todos lo oyeran...la avergonzaba.
Las figuras empezaron a disolverse. Me quedé alelada contemplando cómo la niebla se retiraba y, enroscándose como una enorme serpiente verde, se deslizaba por la boca de la momia.
—¡Espera! —grité—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué amigo? ¿Qué es lo que no podré salvar?
—No puede contestarte—dijo Apollo.
—Lo sé—susurró Percy.
La cola de la serpiente de niebla desapareció por la boca de la momia, que se reclinó de nuevo contra la pared y cerró la boca con fuerza, como si no la hubiera abierto en cien años. El desván quedó otra vez en silencio, abandonado, nada más que una habitación llena de recuerdos.
Me dio la sensación de que podría quedarme allí hasta que tuviera telarañas y aun así no averiguaría nada más.
Mi audiencia con el Oráculo había terminado.
—¿Y bien?—me preguntó Quirón.
Me derrumbé en la silla junto a la mesa de pinacle.
—Estoy confundida. Me ha dicho que recuperaré lo que ha sido robado.
Grover se adelantó en su silla, mascando nervioso los restos de una lata de Coca-Cola light.
—¡Eso es genial!
—¿Qué ha dicho el Oráculo exactamente?—me presionó Quirón—Es importante.
Aún me resonaba en los oídos el tintineo de la voz de reptil.
—Ha... ha dicho que me dirija al oeste para enfrentarme al dios que se ha rebelado. Recuperaré lo robado y lo devolveré intacto.
—Lo sabía—intervino Grover.
Quirón no parecía satisfecho.
—¿Algo más?
No quería contárselo. No entendía lo de mi destino estaba por la mañana en el Este y por la tarde en el Oeste. No tenia sentido. Lo único que es así es el sol. No tiene sentido eso.
—Ahora lo tiene—dijo Percy suavemente.
Afrodita volvió a suspirar, y Apollo se vio tentando a besar a Percy, pero no se atrevió a hacerlo frente a Poseidon.
Además, ¿Qué amigo me traicionaría? Tampoco tenía tantos. Y la última frase: fracasaría en lo más importante. ¿Qué clase de Oráculo me enviaría a una misión y me diría: «Ah, y por cierto, vas a fracasar»?
—El Oráculo de Apollo—señaló Hermes.
La mayoría bufo mientras que Apollo rodaba los ojos.
—Mi Oráculo es genial, ok.
¿Cómo podía confesar aquello?
—No —respondí—. Eso es todo.
Estudió mi rostro.
—Muy bien, Percy. Pero debes saber que las palabras del Oráculo tienen con frecuencia doble sentido. No les des demasiadas vueltas. La verdad no siempre aparece evidente hasta que suceden los acontecimientos.
Tuve la impresión de que sabía que me aguardaba algo malo y que intentaba darme ánimos.
—Vale —dije, ansioso por cambiar de tema—. ¿Y adonde tengo que ir? ¿Quién es ese dios del oeste?
—Piensa, Percy. Si Zeus y Poseidón se debilitan mutuamente en una guerra, ¿quién sale ganando?
—Alguien que quiera hacerse con el poder—supuse.
Otra vez, los semidioses miraron a Hades, y este gruño.
—¡No soy yo!
Todos desviaron la vista.
—Pues sí. Alguien que les guarda rencor, que lleva descontento con lo que le ha tocado desde que el mundo fue dividido hace eones, cuyo reino se volvería poderoso con la muerte de millones. Alguien que detesta a sus hermanos por haberle hecho jurar que no tendría más hijos, un juramento que ahora han roto ambos.
Pensé en mis sueños, la voz malvada que había hablado desde las entrañas de la tierra.
—¿Hades?
Hades miro a Percy y negó con la cabeza, como diciendo "Oh, genial, tu también"
Quirón asintió.
—El Señor de los Muertos es el candidato seguro.
A Grover se le cayó un pedazo de aluminio de la boca.
—Uau. ¿Q-qué?
—Una Furia fue tras Percy —le recordó Quirón—. Lo observó hasta estar segura de su identidad, y luego intentó matarlo. Las Furias sólo obedecen a un señor: Hades.
—Hades odia a los héroes —comentó Grover—. Y si ha descubierto que Percy es hijo de Poseidón...
—Un perro del infierno se metió en el bosque —prosiguió Quirón—. Sólo pueden ser invocados desde los Campos de Castigo, y tuvo que hacerlo alguien del campamento. Hades debe de tener un espía aquí. Debe de sospechar que Poseidón intentará usar a Percy para limpiar su nombre. A Hades le interesa ver a esta joven muerta antes de que pueda acometer su misión.
—¡Por favor!—suspiró Hades—Como si yo necesitara un espía.
—Estupendo —murmuré—Ahora quieren matarme dos de los dioses principales.
—Pero una misión al...—Grover tragó saliva—. Quiero decir, ¿no podría estar el rayo robado en algún lugar como Maine? Maine es muy bonito en esta época del año.
Algunos rieron.
—Hades envió a una de sus criaturas para robar el rayo —insistió Quirón—Lo ha escondido en el inframundo, sabiendo de sobra que Zeus culparía a Poseidón. No pretendo entender las razones del Señor de los Muertos, o por qué ha elegido este momento para desatar una guerra, pero hay algo que es seguro: Percy tiene que ir al inframundo, encontrar el rayo maestro y revelar la verdad.
Poseidon suspiró.
—Siempre Percy—dijo.
Sentí un extraño fuego en mi estómago. Fue lo más raro del mundo: porque no era miedo, sino ganas. El deseo de venganza. Hades había intentado matarme ya tres veces, con la Furia, el Minotauro y el perro del infierno. La desaparición de mi madre en un destello de luz era culpa suya. Ahora intentaba atribuirnos a mi padre y a mí un robo que no habíamos listo para devolvérsela. Además, si mi madre estaba en el inframundo...
«Vamos, chico —dijo la pequeña parte de mi cerebro que aún conservaba un atisbo de cordura—. Eres un crío. Y Hades un dios.»
—¿Por qué nunca escuchas a esa parte tan importante de tu cerebro?—suspiraron Annabeth, Apollo y Poseidon.
Percy se encogió de hombros.
Grover estaba temblando. Había empezado a comerse las cartas del pinacle como si fueran chips. El pobre tenía que cumplir una misión conmigo para conseguir su licencia de buscador, fuera eso lo que fuese, pero ¿cómo podía yo pedirle que me acompañara en esta misión, sobre todo cuando el Oráculo me había dicho que estaba destinada a fracasar? Era un suicidio.
—Mire, si sabemos que es Hades —le dije a Quirón—, ¿por qué no se lo decimos a los otros dioses y punto? Zeus o Poseidón podrían bajar al inframundo y aplastar unas cuantas cabezas.
—Me gusta esa idea—dijo Ares—Pero no funciona así, gamberra.
—Sospechar y saber no son la misma cosa —repuso él—. Además, aunque los demás dioses sospechen de Hades (y supongo que Poseidón no será la excepción), ellos no podrían recuperar el rayo. Los dioses no pueden cruzar los territorios de los demás salvo si son invitados. Ésa es otra antigua regla. Los héroes, en cambio, poseen ciertos privilegios. Pueden ir a donde quieran y desafiar a quien quieran, siempre y cuando sean lo bastante osados y fuertes para hacerlo. Ningún dios puede ser considerado responsable de las acciones de un héroe. ¿Por qué crees que los dioses operan siempre a través de humanos?
—Me está diciendo que estoy siendo utilizado.
Poseidon suspiró.
—Percy...
—Lo sé, papá, fue hace años ¿ok?
—Estoy diciendo que no es casualidad que Poseidón te haya reclamado ahora. Es una jugada arriesgada, pero el pobre se encuentra en una situación desesperada. Te necesita.
Mi padre me necesita.
Las emociones se arremolinaron en mi interior como pedacitos de cristal en un calidoscopio. No sabía si sentir rencor o agradecimiento, si estar contenta o enfadada. Poseidón me había ignorado durante doce años. Y ahora de repente me necesitaba.
—Percy no fue así—dijo Poseidon—No solo te reclame por eso...
—Lo sé—le dijo Percy dándole una sonrisa.
Miré a Quirón.
—Usted sabía que era hija de Poseidón desde el principio, ¿verdad?
—Tenía mis sospechas. Como he dicho... también yo he hablado con el Oráculo.
Intuí que me estaba ocultando buena parte de su profecía, pero decidí que ahora no podía preocuparme por eso. Después de todo, también yo me estaba guardando información.
—Bueno, a ver si lo he entendido —dije—. Se supone que debo bajar al inframundo para enfrentarme al Señor de los Muertos.
—Exacto —contestó Quirón.
—Y encontrar el arma más poderosa del universo.
—Exacto.
—Y regresar al Olimpo antes del solsticio de verano, en diez días.
—Exacto.
—Sin presiones—bromeo Piper.
Percy le sonrió.
—Exacto.
Miré a Grover, que se estaba tragando el as de corazones.
—¿He mencionado que Maine está muy bonito en esta época del año? —preguntó con un hilo de voz.
—No tienes que venir —le dije—. No puedo exigirte eso.
—Oh...—Arrastró las pezuñas—. No... es sólo que los sátiros y los lugares subterráneos... Bueno...—Inspiró con fuerza y se puso en pie mientras se sacudía pedacitos de cartas y aluminio de la camiseta —. Me has salvado la vida, Percy. Si... si dices en serio que quieres que vaya contigo, no voy a dejarte tirado.
Me sentí tan aliviado que tuve ganas de llorar, aunque no me parecía un gesto demasiado heroico.
—Al contrario—dijo Ares—Tener miedo o llorar no es nada malo. Es muy normal de hecho.
Varios lo miraron sorprendido, pero no dijeron nada.
Grover era el único amigo que me había durado más de unos meses. No estaba segura de hasta qué punto podría ayudarme un sátiro contra las fuerzas de los muertos, pero me sentí mejor sabiendo que estaría conmigo.
—Pues claro que sí, súper G.—Me volví hacia Quirón—. ¿Y adonde vamos? El Oráculo sólo ha dicho hacia el oeste.
—La entrada al inframundo está siempre en el oeste. Se desplaza de época en época, como el Olimpo. Justo ahora, por supuesto, está en Estados Unidos.
—¿Dónde?
Quirón pareció sorprendido.
—Pensaba que sería evidente. La entrada al inframundo está en Los Angeles.
—Ah —dije—Naturalmente. Así que nos subimos a un avión...
—¡NO!—gritaron todos.
—Sí—sonrió macabramente Zeus.
Percy dio un salto.
—Wow, eso si que es dejarse llevar por la lectura—dijo.
—¡No! —exclamó Grover—. Percy, ¿en qué estás pensando? ¿Has ido en avión alguna vez en tu vida?
Meneé la cabeza, avergonzada. Mamá nunca me había llevado a ningún sitio en avión. Siempre decía que no teníamos suficiente dinero. Además, sus padres habían muerto en un accidente aéreo.
—Percy, piensa —intervino Quirón—. Eres hijo del dios del mar, cuyo rival más enconado es Zeus, Señor del Cielo. Así pues, tu madre fue suficientemente sensata como para no confiarte a un avión. Estarías en los dominios de Zeus y jamás regresarías a tierra vivo.
Por encima de nuestras cabezas, refulgió un rayo. El trueno retumbó.
—Vale —dije, decidido a no mirar la tormenta—. Bueno, pues viajaré por tierra.
—Bien —prosiguió Quirón—. Puedes ir con dos compañeros. Grover es uno. La otra ya se ha ofrecido voluntaria, si aceptas su ayuda.
—Caramba —fingí sorpresa—. ¿Quién puede ser tan tonta como para ofrecerse voluntaria en una misión como ésta?
Percy y Annabeth se sonrieron.
El aire resplandeció tras Quirón.
Annabeth se volvió visible quitándose la gorra de los Yankees y la guardó en el bolsillo trasero.
—Llevo mucho tiempo esperando una misión, sesos de alga—espetó— Atenea no es ninguna fan de Poseidón, pero si vas a salvar el mundo, soy la más indicada para evitar que metas la pata.
—Anda, si eso es lo que piensas —repliqué—, será porque tienes un plan, ¿no, chica lista?
—Ah, que lindas, ya se tienen apodos—dijo Leo con sarcasmo.
—Cállate, Chico Reparador—sonrió Percy.
—Esta bien, Sesos de Alga—dijo Leo.
—¡Ey! Solo Annie me dice así.
—¡No me digas Annie!
—Como sea,...Chica Lista.
Se puso como un tomate.
—¿Quieres mi ayuda o no?
Vaya si la quería. Necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener.
—Un trío —dije—Podría funcionar.
Apollo y Hermes se miraron y sonrieron idénticas sonrisas de picardía.
Percy rodó los ojos.
—Mal pensados.
—Excelente—añadió Quirón—Esta tarde os llevaremos a la terminal de autobús de Manhattan. A partir de ahí estaréis solos.
Refulgió un rayo. La lluvia inundaba los prados que en teoría jamás debían padecer climas violentos. —No hay tiempo que perder —dijo Quirón—Deberíais empezar a hacer las maletas.
—Y...ese es el final del capítulo.
