Holas... como tan toos?, espero ke bien, yo aki subiendoles un nuevo capitulo de esat historia...

espero ke les guste... y le damos con la magia jojojo

ya saben esta historia no me pertenece asi como tampoco los personajes de rk T.T en fin... es lo ke hay

Muchas gracias a toos los ke han dejado sus reviews.. realmente les agradesco.. y ya saben mientras mas reviews dejen, mas rapido subo capitulo jojjo


Bailando en el Aire

Nueve

—Los poderes —le dijo Kaoru a Misao— llevan aparejados una responsabilidad, un respeto por la tradición. Deben combinarse con la compasión, la inteligencia, a ser posible, y la comprensión de las flaquezas humanas. Nunca deben emplearse irre­flexivamente, aunque hay un margen para el senti­do del humor. Sobre todo, nunca deben utilizarse para hacer daño.

—¿Cómo supiste que eras...¿Cómo supiste lo que eras?

—¿Una bruja?

Kaoru se sentó sobre los talones. Estaba quitan­do las malas hierbas del jardín. Llevaba un vestido amplio de color verde como la hierba con grandes bolsillos en la falda, unos guantes de jardinera estampados con flores y un sombrero de paja con ala ancha. En ese momento, parecía exactamente lo opuesto a la bruja que decía ser.

—Puedes decir esa palabra. No es ilegal ser bruja. No somos esas viejas desdentadas, con sombrero de punta que van montadas en escobas. So­mos personas: amas de casa, fontaneras, ejecutivas. Nuestra forma de vida es siempre el resultado de una elección personal.

—¿Los aquelarres?

—Otra elección personal. Yo nunca he sido muy aficionada a las reuniones. La mayoría de las que se juntan en grupos o estudian la Hermandad buscan pasar el rato o una respuesta. No tiene nada de malo. Una cosa es llamarte bruja y hacer ri­tuales y otra distinta es serlo.

—¿Cómo sabes la diferencia?

—¿Cómo puedo responderte, Misao? —volvió a inclinarse hacia delante para cortar minuciosamen­te los tallos muertos—. Hay algo que te quema en el interior. Una canción en tu cabeza, un susurro en tus oídos. Tú conoces estas cosas tan bien como yo. Sencillamente, no las habías reconocido —tiró los tallos a la cesta—. ¿No has pensado nunca en que no se rompiera la piel de la manzana cuando la pe­labas para que te diera buena suerte¿No has tira­do el hueso de la suerte¿No has cruzado los de­dos? Son pequeños hechizos —dijo Kaoru mientras volvía a sentarse— viejas tradiciones.

—No puede ser tan sencillo como eso.

—Tan sencillo como un deseo y tan complejo como el amor. Tan peligroso, potencialmente, como un rayo. Hay peligro en los poderes, pero tam­bién júbilo.

Agarró un tallo muerto y lo guardó delicada­mente entre las manos. Volvió a abrirlas y le ofre­ció a Misao una hermosa flor amarilla.

Misao, fascinada y encantada, la tomó entre los dedos.

—Si puedes hacer esto¿por qué dejas que al­gunas se mueran?

—Hay un ciclo, un orden natural. Debe respe­tarse. La evolución es necesaria —se levantó, tomó el cesto con las malas hierbas y flores muertas y lo llevó al compost—. Sin ella no habría progreso, ni renacimiento, ni intuición.

—Una flor muere para dejar sitio a otra.

—En la Hermandad hay mucho de filosofía. ¿Quieres intentar algo más práctico?

—¿Yo?

—Sí, un conjuro sencillo. Agitar un poco el ai­re, por ejemplo. Además, hace calor y se agradece­ría un poco de brisa.

—¿Quieres que yo...? —Misao hizo un movi­miento circular con el dedo—. ¿Agite el aire?

—Es cuestión de técnica. Tienes que concen­trarte. Sentir que el aire se mueve en tu cara, en tu cuerpo. Verlo mentalmente, ver como sopla, como gira. Puedes oírlo, puedes oír su música.

—Kaoru...

—No. Deja a un lado las dudas y piensa en esas posibilidades. Concéntrate. Es algo sencillo. Lo tienes a tu alrededor. Sólo tienes que usarlo, ago­tarlo. Tomarlo entre las manos —dijo mientras le­vantaba las suyas—. Y decir las palabras: «El alien­to es aire y el aire aliento. Gira y gira y se forma el viento. Que se levante la brisa y lo haga sin prisa». Que se haga tu voluntad, Misao. Repite tres veces las palabras.

Misao, como hipnotizada, la obedeció. Notó un levísimo aleteo en la mejilla. Volvió a repetirlas y vio que el pelo de Kaoru se levantaba. La tercera vez, Kaoru unió su voz a la de Misao.

El aire giró alrededor de ellas en un remolino particular, fresco y fragante que las arrullaba con una melodía alegre y ligera. La misma melodía que Misao oía en su interior, mientras daba vueltas con la corta melena al viento.

—¡Es una maravilla! Lo has hecho tú.

—Yo le he dado el último empujón —Kaoru se rió mientras se le hinchaba el vestido—, pero lo has empezado tú. Lo has hecho muy bien para ser la primera vez. Ahora, detenlo. Emplea la mente. Visualízalo. Así. Muy bien. Te imaginas bien las cosas.

—Siempre he querido dibujar momentos en mi cabeza —dijo Misao casi sin aliento—. Ya sabes, imágenes que me atraen o que quiero recordar. Es algo así. Caray, estoy mareada —se sentó en el suelo—. Siento un cosquilleo que no es desagrada­ble. Casi como cuando piensas, cuando piensas realmente en el sexo.

—La magia es erótica —Kaoru se dejó caer al la­do de ella—. Sobre todo cuando tienes poderes. ¿Has estado pensando mucho en el sexo?

—Ni una sola vez en ocho meses —Misao, más tranquila, se echó el pelo hacia atrás—. No estaba segura de querer volver a estar con un hombre. Desde el 4 de julio, sin embargo he pensado mu­cho en el sexo. Esos pensamientos que te hacen sentir muchas ganas.

—Bueno, ya me lo conozco. ¿Por qué no haces algo¿Por qué no te quitas las ganas?

—Yo creí, di por supuesto, que después de los fuegos artificiales, Aoshi yo acabaríamos en la cama. Me dio un beso de buenas noches en la puerta, unos de esos besos que te vuelven loca, y se fue a casa.

—Me imagino que no se te ocurrió arrastrarlo dentro, tirarlo al suelo y arrancarle la ropa.

Misao se rió.

—No se me ocurren cosas así.

—Hace un minuto tampoco creías que pudie­ras levantar el viento. Tienes poderes, querida. Aoshi Shinomori es de esos hombres que están desean­do que utilices con él todo ese poder, que tú elijas el momento y el lugar. Si a mí me atrajera un hom­bre así y yo le atrajera a él, haría algo.

Misao volvió a sentir un hormigueo, esa vez, la agitación estaba en su interior.

—No sabría por dónde empezar.

—Visualízalo, querida, visualízalo —dijo bur­lonamente Kaoru.

A Aoshi no se le ocurría una forma mejor de pa­sar una mañana de domingo que bañarse desnudo con la chica a la que amaba. El agua estaba fría, el sol calentaba y la ensenada estaba lo suficiente­mente apartada como para poder abandonarse a ese tipo de actividades.

Comentaron la posibilidad de ir más tarde a navegar y la devoción que Aoshi vio en sus ojos marrones le dijo que le seguiría a cualquier parte. Él la acarició y ella se estremeció de placer. Luego se metieron en el mar y nadaron juntos en el agua fresca y tranquila.

Aoshi pensó que un hombre que tuviera una compañera tan completamente entregada, lo tenía todo.

Ella dio un pequeño ladrido, le salpicó en la cara y fue hacia la orilla. Aoshi vio cómo su alegre compañera lo abandonaba por la mujer que estaba de pie en las rocas.

Lucy saltó a la playa y se lanzó sobre Misao, ha­ciéndola retroceder dos pasos y cubriéndola de agua salada y besitos de perra.

Aoshi oyó las risas de Misao y vio cómo pasaba las manos por el pelo mojado de LucyDecidió que, por preciosa que fuera, un hombre que tuvie­ra una perra no lo tenía todo.

—¡Eh¿Qué tal va todo?

—Muy bien —pensó que él tenía unos hom­bros impresionantes—. ¿Qué tal está el agua?

—Casi perfecta. Ven a comprobarlo por ti misma.

—Gracias, pero no he traído el traje de baño.

—Yo tampoco —sonrió—. Por eso no he se­guido el ejemplo de Lucy.

—Ah —bajó la mirada y volvió a subirla inme­diatamente unos dos metros por encima de la ca­beza de Aoshi—. Bueno. Ya...

Kaoru le había dicho que lo visualizara, pero aquél no parecía ser el momento más adecuado.

—Prometo no mirar. Ya estás mojada.

—Da igual, creo que me quedaré fuera.

Lucy volvió a meterse en el agua para recuperar una pelota de goma. Trepó la escarpada orilla y de­jó la pelota a los pies de Misao.

—Quiere jugar —dijo Aoshi.

El también quería jugar.

Misao, complaciente, cogió la pelota y la tiró. Lucy se lanzó a por ella antes de que tocara el agua.

—Tienes un buen brazo. Tenemos un partido de béisbol dentro de un par de semanas, a lo me­jor te interesa —se acercó a la orilla mientras ha­blaba.

Misao agarró la pelota que le había llevado Lucy y volvió a lanzarla.

—Es posible. Estaba pensando en probar otra receta.

—¿Cómo es eso?

—Lo de servir comidas está convirtiéndose en una verdadera empresa. Si quiero crecer, tengo que poder ofrecer una amplia variedad de platos.

—Soy un ferviente seguidor del capitalismo, de modo que si hay algo que yo pueda hacer...

Ella bajó la mirada. Se concentraría en su her­mosa cara y no pensaría en el resto de su cuerpo. Por el momento.

—Te lo agradezco, sheriff. Hasta ahora he ido improvisando, pero creo que ha llegado el mo­mento de hacer una lista de verdad, con precios y servicios. Si lo hago, tendré que solicitar una li­cencia de actividad empresarial.

Misao sabía que eso no supondría un problema.

—Vas a estar muy ocupada.

—Me gusta estar ocupada. Lo peor es no saber qué hacer con el tiempo o con tus intereses —sacu­dió la cabeza—. ¿No te parezco aburrida y pesada?

No, pero le había parecido sombría.

—¿Qué te parecería un poco de diversión?

—Muy bien —ella arqueó las cejas al notar que él le agarraba un tobillo—. ¿Qué haces?

—Yo lo llamo el largo brazo de la justicia.

—Eres demasiado caballeroso como para tirar­me al agua después de que haya venido hasta aquí a invitarte a comer.

—No, no lo soy —dio un pequeño tirón al pie—. Pero sí estoy dispuesto a darte la oportunidad de que te desnudes primero.

—Es muy amable de tu parte.

—Mi madre me dio una buena educación. Mé­tete a jugar con nosotros —Aoshi miró a Lucy que iba de un lado a otro con la pelota en la boca—. Tenemos una carabina.

¿Por qué no, pensó Misao. Quería estar con él. Más aún, quería ser del tipo de mujer que podía estar con él. Una mujer lo suficientemente segura de sí misma y abierta de mente como para poder hacer algo tan tonto y divertido como quitarse la ropa y meterse en el agua.

Le lanzó una sonrisa fugaz e irreflexiva. Mien­tras se quitaba los zapatos él se mantuvo flotando en el agua.

—He cambiado de opinión. Voy a mirar —le avisó Aoshi—. Dije que no lo haría, pero he men­tido.

—¿Dices mentiras?

—No, si puedo evitarlo —bajó la mirada mientras ella se cogía el borde de la camiseta—. De modo que no voy a decirte que no te voy a to­car cuando entres al agua. Te deseo desnuda y mo­jada, Misao. Sencillamente, te deseo.

—Si no quisiera que me tocaras, no estaría aquí —respiró hondo y empezó a quitarse la camiseta.

—¡Sheriff Shinomori¡Sheriff Shinomori!

—No es posible —gruñó Aoshi mientras Misao volvía a cubrirse precipitadamente el trozo de piel cremosa que había llegado a vislumbrar—. Aquí —gritó él—. ¿Eres tú, Ricky? —se volvió hacia Misao—. No te vayas, tardaré sólo un par de minu­tos en ahogarlo.

—Sí, señor.

Un muchacho con el pelo como de estopa y de unos diez años apareció entre las rocas. Tenía la cara sonrosada por el nerviosismo. Hizo un movimiento brusco con la cabeza para saludar a Misao.

—Señora. Sheriff, mi madre me ha dicho que viniera a decírselo. Los inquilinos de los Abbott están peleándose. No paran de gritar, de romper cosas y de insultarse.

—¿Es en la casa de Dale Abbott o de Buster?

—De Buster, sheriff. La que está enfrente de la nuestra. Mamá dice que parece que el hombre está dando una paliza a la mujer.

—Voy ahora mismo. Tú vuelve allí y quédate en casa.

—Sí, señor.

Misao se quedó donde estaba. Tuvo una visión borrosa del cuerpo musculoso y bronceado de Aoshi mientras salía del agua.

—Lo siento, Misao.

—Tienes que ir. Tienes que ayudarla —sentía como si tuviera una fina capa de barniz sobre el cerebro mientras veía cómo él se ponía los vaque­ros—. Deprisa.

—Volveré en cuanto pueda.

Subió los escalones de dos en dos para hacerse con una camisa; no le hacía ninguna gracia dejarla allí sola agarrándose firmemente una mano con la otra.

A los cuatro minutos, Aoshi estaba en la casa de los Abbott. Había un grupo de personas en la calle y de la casa salían ruidos de gritos y cristales rotos. Un hombre que Aoshi no reconoció se le acercó mientras iba hacia las escaleras.

—Usted es el sheriff¿no? Soy Bob Delano, he alquilado la casa de al lado. He intentado hacer algo, pero las puertas están cerradas con llave. Pensé rom­per una, pero me dijeron que estaba usted de camino.

—Yo me ocuparé, señor Delano. Quizá pueda mantener apartada a esa gente.

—Claro. He visto al tipo, sheriff. Es un hijo de perra enorme. Tenga cuidado.

—Gracias. Ahora, váyase —Aoshi golpeó la puerta con el puño. Hubiera preferido que Megumi estuviera con él, pero no había querido arriesgarse a esperar a que ella oyera el busca—. Soy el sheriff Shinomori. Abra la puerta ahora mismo —algo se hizo añicos en el interior y se oyó un grito de mujer—. Si no abre la puerta antes de cinco segundos, lo haré yo de una patada.

El hombre apareció en la puerta. Delano tenía razón, era un hijo de perra enorme. De casi dos me­tros. Parecía tener resaca y estaba hecho una furia.

—¿Qué coño quiere?

—Quiero que se aparte y que deje las manos donde yo pueda verlas.

—No tiene derecho a entrar aquí. He alquila­do la casa y la he pagado.

—El contrato de arrendamiento no le da dere­cho destrozarla. Apártese.

—No va a entrar sin una orden judicial.

—¿Seguro? —dijo en voz baja Aoshi. Sacó las manos a la velocidad del rayo, agarró al hombre por la muñeca y se la retorció—. Si quiere golpearme —continuó con el mismo tono tranquilo—, añadi­remos resistencia a la autoridad y agresión a la de­nuncia. Es más papeleo, pero me pagan por ello.

—Cuando hable con mi abogado, me quedaré con esta jodida isla.

—Podrá llamarle desde la comisaría —Aoshi le puso las esposas y vio con alivio que Megumi subía las escaleras.

—Lo siento. Estaba en Broken Shell. ¿Qué ocurre¿Una pelea familiar?

—Algo así. Es mi ayudante —le comunicó Aoshi a su detenido—. Créame, puede tumbarlo con un dedo. Mételo en la parte de atrás del coche, Megumi. Tómale los datos y léele sus derechos.

—¿Cómo se llama?

—Que te jodan.

—Muy bien, señor Que te jodan, está detenido por... —Megumi miró alrededor y vio que Aoshi se acercaba, entre loza y cristales rotos, a una mujer que estaba sentada en el suelo llorando con la cara entre las manos.

—Daños en la propiedad privada, alteración del orden y agresión. ¿Ha entendido? Ahora, salvo que quiera que le patee el culo delante de toda esta gente tan simpática, va a acompañarme al coche y daremos un pequeño paseo. Tiene derecho a permanecer en silencio —le dijo ella mientras le daba un pequeño empujón para que se pusiera en marcha.

—Señora —Aoshi calculó que tendría treinta y muchos. Seguramente sería hermosa cuando no tu­viera el labio partido ni morados los ojos marrones—. Quiero que me acompañe. Le llevaré al médico.

—No necesito un médico —la mujer se hizo un ovillo. Aoshi comprobó que tenía algunos cortes en los brazos hechos por los cristales rotos—. ¿Qué le va a pasar a Joe?

—Ya hablaremos de eso. ¿Puede decirme su nombre?

—Diane, Diane McCoy.

—Permítame que le ayude, señora McCoy.

Diane McCoy se sentó encorvada en una bu­taca y se puso una bolsa con hielo en el ojo izquierdo. Insistió en rechazar la atención de un médico. Aoshi le ofreció una taza de café y sacó su butaca de detrás de la mesa con la esperanza de que eso la tranquilizara.

—Señora McCoy, quiero ayudarla.

—Estoy bien. Pagaremos los desperfectos. Bas­ta con que la agencia de alquiler haga una relación de los daños y los pagaremos.

—Eso ya lo hablaremos después. Quiero que me diga qué pasó.

—Tuvimos una discusión, eso es todo. Le pue­de pasar a cualquiera. No hacía falta que encerrara a Joe. Si hay que pagar una multa, lo haremos.

—Señora McCoy, el labio le sangra, tiene el ojo morado y cortes en los brazos. Su marido le ha agredido.

—No ha sido así.

—¿Cómo ha sido?

—Yo lo provoqué.

Megumi resopló de forma malintencionada, pe­ro Aoshi le dirigió una mirada de advertencia.

—¿Provocó que le pegara, señora McCoy¿Que le tumbara y le partiera el labio?

—Le ofendí. Está sometido a mucha presión —titubeó; el dolor del labio dolorido le impedía hablar con claridad—. Estamos de vacaciones y yo no debería haberle incordiado de esa manera.

Debió de notar el evidente desacuerdo de Megumi, que volvió la cabeza y la miró desafiantemente.

—Joe trabaja como un animal cincuenta sema­nas al año. Lo menos que puedo hacer es dejarlo en paz cuando está de vacaciones.

—A mí me parece —replicó Megumi— que lo menos que puede hacer él es no golpearle cuando usted está de vacaciones.

—Megumi, trae un vaso de agua a la señora Mc­Coy, y «cállate» —añadió con un gesto elocuente—. ¿Cómo empezó todo, señora McCoy?

—Debí levantarme con el pie izquierdo. Joe se había quedado despierto hasta tarde, bebiendo. Un hombre puede ver la televisión y tomarse unas cervezas cuando está de vacaciones. Dejó la sala patas arriba; latas de cervezas por todos lados y pa­tatas fritas por el suelo. Me puso de muy mal humor y empecé a reprochárselo en cuanto se des­pertó. Si me hubiera callado cuando me lo dijo, no habría pasado nada.

—¿Y no callarse cuando él se lo dijo le da dere­cho a golpearle, señora McCoy?

Ella tomó fuerzas.

—Lo que ocurra entre un marido y su mujer sólo es asunto de ellos. No deberíamos haber roto nada y lo pagaremos. Yo misma limpiaré la casa.

—Señora McCoy, en Newark hay centros de asistencia y alojamientos para las mujeres que los necesitan. Puedo hacer un par de llamadas y con­seguirle información.

—No necesito información —tenía los ojos hinchados, pero todavía podían destilar ira—. No puede mantener encerrado a Joe si yo no presento una denuncia y no voy a hacerlo.

—Se equivoca. Puedo tenerlo encerrado por alteración del orden y los propietarios pueden presentar una denuncia.

—Eso sólo empeorará las cosas —le cayeron unas lágrimas. Tomó el vaso de papel que le ofreció Megumi y se bebió el agua de un trago—. ¿No se da cuenta? Sólo empeorará las cosas. Es un buen hom­bre. Joe es un buen hombre, sólo se le cruza un cable de vez en cuando. He dicho que pagaremos. Le haré un cheque. No queremos tener problemas. Fui yo quien lo enfureció. Yo también le tiré cosas. Tendrá que encerrarme con él. ¿Qué sentido tiene?

¿Qué sentido tenía, pensó más tarde Aoshi. No había sido capaz de persuadirla y tampoco era tan soberbio como para pensar que había sido el primero en intentarlo. Él no podía ayudarla si ella rechazaba la ayuda. Los McCoy estaban atrapados en un círculo vicioso que estaba destinado a acabar mal. Lo único que podía hacer era alejar ese círcu­lo de su isla.

Tardó medio día en encauzar el problema. La agencia de alquiler se conformó con un cheque de dos mil dólares. Los McCoy habían hecho ya las maletas, cuando llegó una cuadrilla de limpieza. Aoshi permaneció en silencio mientras Joe McCoy metía el equipaje en el maletero de un Grand Cherokee último modelo.

La pareja se montó en el coche cada uno por su puerta. Diane llevaba gafas de sol para ocultar los moratones. Ninguno de los dos hizo caso a Aoshi y éste se montó en el todoterreno para escoltarlos hasta el trasbordador.

Se quedó en el muelle hasta que el Jeep y sus ocupantes no fueron nada más que un punto que se alejaba de la isla.

No contaba con que Misao estuviera esperándo­lo y le pareció lo mejor. Estaba demasiado depri­mido y enfadado como para hablar con ella. Se sentó en la cocina con Lucy y se sirvió una cerveza. Estaba pensando en tomarse la segunda cuando entró Megumi.

—No me cabe en la cabeza. Las mujeres como ésa no me caben en la cabeza. El animal ése la ati­za con toda su fuerza, pero dice que la culpa es de ella. Y está convencida. —Megumi sacó una botella de cerveza de la nevera y le apuntó con ella a Aoshi mientras la abría.

—Quizá necesite hacerlo.

—Claro, Aoshi, como nada en el mundo. Segu­ro —se dejó caer en la silla de enfrente de Aoshi fu­riosa todavía—. Es joven y tiene cerebro. ¿Qué consigue atándose a un individuo que la muele a palos cuando se le cruzan los cables? Si lo hubiera denunciado, lo habríamos tenido encerrado el tiempo suficiente para que ella hubiera hecho las maletas y se hubiese largado. Deberíamos haberlo retenido en cualquier caso.

—Ella no se habría marchado. Todo habría se­guido igual.

—De acuerdo, tienes razón. Lo sé. Me saca de quicio, eso es todo —dio un trago de cerveza mientras lo miraba—. Estás pensando en Misao¿crees que ella ha pasado por lo mismo?

—No lo sé. Nunca habla de eso.

—¿Se lo has preguntado?

—Si hubiese querido contármelo, lo habría hecho.

—Mira, no me vengas con cuentos —Megumi puso los pies en la silla que tenía delante. —Te lo pregunto porque te conozco, hermanito. Si ella te interesa y la cosa pasa a mayores, no te quedarás tranquilo hasta que no te cuente la historia. Si no la sabes, no podrás ayudarla, y cuando no puedes ayudar, te pones muy nervioso. En estos momen­tos estás furioso porque no has podido hacer lo que querías por una mujer a la que no conoces y no volverás a ver en tu vida. Es el buen samaritano que llevas dentro.

—¿No hay nadie más en la isla a quien puedas incordiar?

—No, porque te quiero más a ti. Ahora, en vez de tomarte otra cerveza¿por qué no te vas a nave­gar con Lucy?Todavía hay mucha luz. Te aclararás las ideas y te pondrás de buen humor. Cuando es­tás enfadado, no tienes ninguna gracia.

—Quizá lo haga.

—Perfecto. Adelante. Es casi imposible que haya dos líos como éste en un día, pero haré una patrulla por si acaso.

—De acuerdo —se levantó y la besó en la fren­te después de dudar un instante—. Yo también te quiero más a ti.

—No estoy segura —esperó hasta que su her­mano estuvo en la puerta—. ¿Sabes una cosa, Aoshi? Sea cual sea la historia de Misao, hay una di­ferencia fundamental entre ella y Diane McCoy: Misao se largó.

Continuara...


Yaps eso es todo por hoy, espero ke disfruten de este capitulo, porke yo si lo hice escribiendolo jojojojoj

en fin, gracias por sus reviews, y espero ke no me defrauden y me dejen sus mensajes nuevamente...

beshos
matta neeeee