CAPITULO 10 UN MAL RECUERDO
***DICIEMBRE 1981, LA CALLE DE LA HILANDERA***
Vanessa apenas pudo sentir que el ambiente había cambiado cuando un aroma a podrido la obligó a abrir los ojos. Estaba en una estancia pequeña con libros amontonados en una esquina y junto a ella estaba un burbujeante caldero con una sustancia viscosa y blanquecina causante de aquel desagradable aroma. Decidió caminar un poco por la habitación cuidando sus pasos para evitar pisar los trozos de pergamino que estaban regados por el piso.
Un cuadro torcido en la pared llamó su atención; en él se apreciaban tres figuras: El hombre de aspecto serio con sus dos cortinas de grasiento cabello estaba de pie junto a una silla en la que estaba sentada su esposa Marianne Selfish y una tierna niña de cabello negro ondulado y radiantes ojos azules sobre su regazo pasando su mirada de uno al otro y luego al frente con aspecto sorprendido como si el fotógrafo la hubiera regañado por arruinar la foto.
—¿Por qué no se me ocurrió antes? —dijo dando un vistazo a toda la estancia al recordar que desde que había vuelto con Harry no había hecho ninguna visita a la casa de La hilandera. ¿Acaso ahí encontraría más respuestas?
No le dio tiempo de concentrarse mucho en aquello, gritos de la planta baja llamaron su atención. Salió de la habitación y caminó por un estrecho rellano para poder oír mejor.
—Se volvió loca Severus, ¿Qué vamos a hacer? Quiere llevarse a nuestra niña.
—Rápido, recoge todo lo que puedas. Estoy seguro de que Dumbledore puede ayudarnos. El me prometió que si testificábamos en contra de los mortifagos podría protegernos.
—No aceptaré ayuda de ese viejo —dijo la mujer con firmeza. —tal vez tú puedas engañarlo porque cree que eres un espía de la Orden del Fenix, pero yo no puedo. No me es tan sencillo ocultar mis pensamientos. Por culpa de ellos encerraron a varios amigos nuestros.
—Y seremos los próximos si no tomamos esta oportunidad. El Señor Tenebroso está muerto, Marianne, ¿Qué importa de dónde provenga la ayuda?
—Intentó salvar a los Potter y mira como terminaron —la muchacha pudo atisbar que los ojos de su padre se ensombrecieron. —Es lo único que después de todo salió bien. Espero que por fin logres olvidar a esa pelirroja bonita.
—Basta Marianne.
—¿Basta?... Es lo mismo que te he pedido los últimos dos años. ¿Crees que no me percaté de lo mucho que te afectó cuando el Señor Tenebroso decidió ir tras los Potter? ¿O que no sé qué empezaste a salir conmigo después de que esa sangre sucia dejó de hablarte? ¡Soy tu esposa Severus! Pero parece que haga lo que haga sólo tienes ojos para ella. Menos mal que el Señor Tenebroso la quitó de en medio.
—Es suficiente —dijo él apenas despegando los labios —No hay tiempo para tus sermones. Estamos hablando de la seguridad de nuestra hija. Empaca lo que puedas, nos vamos en 20 minutos. Es mi última palabra.
—Lo haré, pero ni creas que aceptaré ir con Dumbledore.
—¿Mami?
La mujer se sobresaltó y giró su cuerpo para encontrarse con una niña que sujetaba fuertemente su vestido.
—Vane, mi amor… Ya te dije que no te aparezcas así. Asustas a mamá. —se agachó para tomarla en brazos. La niña sonrió.
—¡¿De verdad yo lo hice?!—dijo Vanessa desde el rellano al observar como de la nada la pequeña había aparecido.
—¿Qué te parece si haces chispas por mí? —dijo la madre sentándola en el suelo cerca de la chimenea. Hizo un chasquido con los dedos y salió una débil llama de fuego azul que revoloteó frente a la niña y luego se esfumó.
La niña le dedicó otra sonrisa a su madre y acto seguido se puso a jugar con sus diminutos deditos tratando de imitar los movimientos de la pelirroja. En el tercer intento una débil chispa salió. Ella volteó a ver a su madre buscando aprobación y Marianne le aplaudió.
—No tenemos mucho tiempo —le urgió Snape. La mujer le puso mala cara y entró a la habitación contigua.
La muchacha de los ojos azul zafiro de repente sintió un escalofrió cuando una sombra negra pasó detrás de ella. La figura encapuchada descendió con velocidad por las escaleras apenas haciendo ruido mientras con una mano sacaba su varita mágica.
Vanessa quiso gritar para advertir a su padre que se dirigía a una segunda habitación, pero se tuvo que tapar la boca para no hacerlo. Un segundo después se vio un destello rojo y Snape cayó de espaldas. El encapuchado lo sostuvo antes de que tocara el suelo y lo arrastró detrás de uno de los sofas
—¡Papi! —exclamó la bebé agitando los brazos al encapuchado.
—Sí, soy yo. No hagas ruido. —dijo el hombre colocando su dedo índice sobre sus labios y acercándose a la niña.
La tomó en brazos y la estrechó contra su cuerpo dándole un beso en la frente. Después la levantó en el aire para poder admirarla mejor. La pequeña posó sus manitas sobre su rostro y le deslizó la capucha hacia atrás dejando ver su grasiento cabello.
—Pero ¿cómo? —susurró la ojiazul confundida —Creo que por fin llegué al momento en que Snape cambio las cosas. Esto debe ser su mayor error.
—Tu padre necesita que le ayudes con algo, ¿lo harás? —preguntó con voz ronca. La niña asintió con la cabeza y se apresuraron a subir las escaleras.
Vanessa se movió sigilosamente hacia otra esquina del rellano rogando por no ser descubierta, pero su padre estaba tan absorto en la niña que no se dio cuenta de la presencia extra que estaba en la casa. Severus entró a la habitación donde estaba el caldero y ella quiso seguirlo, pero se llevó una sorpresa cuando le cerró la puerta en la cara.
—¡Maldición, maldición, maldición! ¿Qué me vas a hacer? —exclamó la muchacha a modo de berrinche. Esperó tras la puerta por un minuto y al ver que no se abría volvió a asomarse al salón de abajo para buscar a su madre o atisbar un movimiento del Severus aturdido, nada ocurrió.
De repente la niña empezó a llorar como si estuviera sufriendo mucho y se oyó a su madre gritar su nombre varias veces desde la otra habitación. Marianne salió de donde se encontraba y al darse cuenta de que Vanessa ya no estaba en la chimenea subió las escaleras ahora buscando a Severus con gran preocupación.
Vanessa observó debajo de la puerta esperando ver el reflejo del fuego. Si madre e hija tenían el mismo poder y si reaccionaba igual que Mel, entonces ese cuarto ya estaría ardiendo en llamas. Para cuando Marianne alcanzó el pomo de la puerta el llanto ya había aminorado. Aun así abrió la puerta con varita en mano.
—¡¿Qué pasa aquí?! —exclamó al ver a su esposo tratando de tranquilizar a la niña arrullándola en uno de sus brazos, mientras que en el otro sostenía otro frasco con un líquido color dorado.
—Por fin lo conseguí. Tómalo. —la mujer abrió mucho los ojos tratando de comprender a qué se refería. —Por fin logré terminar la poción para quitarle esos horribles poderes a nuestra hija. Es tu turno. Tómalo y podremos olvidarnos de Rebeca Bessat para siempre. —dijo el mago ofreciéndole el frasco que ella no tomó.
—Severus, ¿qué hiciste?... sus poderes… ¿por qué? —empezó a balbucear retrocediendo y saliendo de la habitación —Eres un monstruo. No había necesidad de hacer eso. Pudimos encontrar otra solución.
—Era la única forma de que Rebeca nos dejará tranquilos. Sus poderes siguen ahí, aunque ocultos de los demás.
—¡Has convertido a mi hija en una squib! Eres un…
—No, sólo sus poderes especiales. —se apresuró a decir al tiempo que con su varita mágica invocaba un escudo protector ante el ataque que se veía venir de su esposa. —Ella estará bien. Tendrá una vida normal como bruja. Cuando esté fuera de peligro le devolveré esa magia. Tengo el antídoto. Si algo no sale bien, o si llego a olvidarlo. Hay una copia de ambas pociones en Hogwarts y la receta está en mi libro, quitamanchas...
—Demasiada información. No quiero saber más.
—Pero es importante que lo sepas.
—No va a funcionar. Acabas de arruinar su futuro. Sabes bien que mientras Vanessa esté conmigo ella siempre nos encontrará.
—No lo hará si tú también tomas la poción. Hazlo ahora y protejamos juntos a nuestra hija. —dijo ofreciéndole nuevamente el frasco. Marianne dudó.
—Lo siento Severus, no puedo hacerlo. Sería renunciar a lo que soy y no estoy dispuesta a eso. Debe haber otro modo.
—Tengo otra idea. —dijo él con aire pensativo. Con esto podremos eliminar el mal de raíz. Haré que Rebeca beba esto.
—Intentará matarnos después de que lo tome.
—No si nos vamos de aquí antes de que lo haga. Dejará de rastrearte.
—¿Por qué tengo la sensación de que hay algo más? ¿Qué es lo que me ocultas?
—No oculto nada —dijo él con su rostro inescrutable. Si Marianne supiera que él realmente era un Snape del futuro reinaría el caos. –Lo correcto es que yo te pregunte ¿Qué es lo que aún no me has dicho? ¿Acaso vas a esperar hasta que se te note?
Marianne puso los ojos como platos al sentirse descubierta y llevando automáticamente su mano al vientre, empezó a balbucear tratando de replicar, pero ninguna palabra coherente pudo salir de su boca. Vanessa abrió la boca sorprendida ante tal declaración, sus padres no sólo la habían tenido a ella, sino que existía un hermano o hermana.
-No importa ahora, Es mejor que me lo digas esta noche, me haré el sorprendido. –añadió el hombre y la comisura de sus labios se elevó, claramente cuando el Snape real se enterara sería una gran sorpresa.
Los dos voltearon la vista a la pequeña Vanessa que continuaba en brazos de su padre, había terminado tan agotada del llanto que se había quedado dormida. Ambos caminaron por el pasillo hasta la habitación de la niña y Snape la colocó sobre su cuna.
—Déjala que duerma en lo que terminamos de empacar. —dijo Marianne pasando sus manos sobre su rostro para limpiarle las lágrimas.
—¿Empacar? —preguntó Snape y el semblante le cambió.
—Pues sí, dijiste que iríamos a buscar ayuda de Dumbledore.
—No. Sea lo que sea que te haya dicho no puedes ir con Dumbledore, hoy no, es una mala idea. Yo sé lo que te digo.
—Hace 5 minutos me convenciste de lo contrario. ¿Qué es lo que sucede?
—Cosas malas pasarán si lo hacemos. Es mejor ir de una vez con Rebeca y obligarla a tomar la poción.
Marianne frunció el ceño confundida. Ya no entendía nada.
—Okeeeey. Pero si lo hacemos será a mi manera. —dijo saliendo de la habitación y bajando las escaleras. —Rebeca sólo confía en mí. Y uno de los 2 debe de cuidar a Vanessa. —Se aproximó a la entrada y tomó su capa de viaje. —Tú deberías continuar empacando. De igual modo querrá atraparnos cuando se dé cuenta.
—¿Usarás la chimenea? —preguntó colocándose cerca del sofá para tapar el bulto que estaba oculto a sus espaldas.
—No, podría sospechar, mejor hago una llegada casual por la puerta principal.
Snape asintió con la cabeza.
—Deberíamos ir a la casa que me dejaron mis padres en Cambridge. Es un buen lugar para formar una familia. Rebeca no sabe de ese lugar.
—Nos veremos allá entonces. ¿En 30 minutos?
—Si. Debes prometerme que en cuanto esto termine le devolverás sus poderes.
—Lo haré. Ten cuidado.
—Regresaré pronto. Cuida bien de mi hija. —y dicho esto salió de la casa.
Snape se quedó frente a la puerta durante un instante que se hizo eterno. Después se aseguró de que su otro yo continuara noqueado. Rebuscó entre sus bolsillos y sacó uno de los collares con los dijes en forma de corazón.
—Eres brillante Snape. Imagino que al igual que nos pasó a Harry y a mí no sabías que al interferir y regresar a tu tiempo ya no ibas a recordar nada. Eso explica porque todo se fue al carajo.
—Después de todo si podré cambiar el futuro y salvarlas a las 3. —dijo el mago mientras jugueteaba con él entre sus manos.
—¿A las 3? —Vanessa frunció el entrecejo. —¿Quién más está involucrada en este asunto o se refiere al bebé en camino?
El hombre salió del campo visual de Vanessa durante varios minutos y después pareció decidido a subir las escaleras.
"Debo irme ahora, o va a encontrarme y será un caos peor" —pensó la muchacha sacando su propio juego de collares, pero se detuvo en cuanto escuchó un serpenteo de las llamas en la chimenea acompañado de un destello verde. Marianne estaba en casa.
—Hola, Severus. —saludó su esposa apenas moviendo los labios. Sus ojos carecían de emoción.
—Marianne —contestó él sin despegar la mirada de su mujer haciendo un cuestionamiento silencioso, pero ella lo ignoró como si fuera otro mueble del lugar —¿Qué fue lo que pasó? Es muy pronto, este no era nuestro punto de reunión.
—Tu poción fue un éxito. Rebeca perdió sus poderes. Ya no puede encontrar a magos con poderes especiales. —dijo ella en tono serio. —Vanessa está a salvo. Y seguirá estándolo siempre y cuando me entregues el antídoto ahora.
—Creí que no querías tener mucha información sobre eso —dijo al notar que había algo extraño en la situación. Lentamente llevó su mano al bolsillo en busca de su varita mágica. —No te diré dónde está ¿Qué harás al respecto? —la retó.
La bruja levantó la vista hacia la escalera y el mago al percatarse de lo que planeaba le lanzó un hechizo que le dio en el hombro y la hizo retroceder.
—¡Severus, ayúdame! —gritó de repente la mujer a la que le cambió el semblante y ahora sólo había sorpresa y desesperación en su rostro. Se abalanzó sobre Snape, pero sólo dio 2 pasos antes de recuperar su anterior postura. —Eso estuvo muy cerca.
—Rebeca —dijo él apretando los dientes. El rostro de Marianne sonrió burlonamente. —Debí darme cuenta de que era la maldición Imperius.
—¡Correcto! Ya me descubriste. —festejó la bruja —Debo reconocer que tu hechizo me tomó por sorpresa y me distraje. No volverá a ocurrir. Tú tomaste mis poderes y yo tengo a tu querida esposa. —dijo con frialdad —Fue muy sencillo de hecho. La oclumancia nunca se le dio bien a la pobre Marianne y yo he practicado bastante las artes oscuras en los últimos años. Si hubiera decidido huir después de engañarme con la poción quizá se habría salvado, pero se asustó tanto de verme gritar e implorar por el dolor que se quedó esperando a que pasara el efecto. Tiempo suficiente para regresarle el favor.
—Si tu plan es cambiar a Marianne por nuestra hija será mejor que te vayas por donde viniste.
—Tu hija ya no me importa. Sé que también tomó la poción y que es una bruja ordinaria y sin chiste. Así que esta es mi última advertencia. Dame lo que te pido y te devolveré a Marianne y no molestaré nunca más a su hija.
—Es una oferta bastante generosa, pero no confío en ti. Conozco a Marianne, ella no querría eso. —dijo arrastrando las palabras. Le lanzó otro hechizo que la bruja repelió con un protego.
—¿Sabías que el uso prolongado de la maldición Imperius causa daños irreversibles en el usuario? ¿Estás seguro de que quieres eso para tu mujer? Sería lindo tenerla como mi títere personal.
Otro rayo salió de la varita de Snape. Ella se movió hacia un lado para evitarlo y comenzó a reír.
—Debes odiarme demasiado como para atreverte a atacar a Marianne. Ella está muy asustada y si en algo coincidimos es que ninguna de las dos queremos morir, no ahora, mucho menos cuando viene otro bebé en camino. Le hicimos un juramento al Señor Tenebroso y lo voy a cumplir así tenga que obligarla y eliminar a quien se interponga en mi camino. Apuesto a que no pensaron en eso cuando planearon darme aquella poción.
—El Señor Tenebroso está muerto. El juramento murió con él.
—Él volverá y yo tendré un grupo de magos que serán dignos de pertenecer al mundo mágico. La magia es poder Severus, lo sabes muy bien... En esta guerra mágica sólo sobrevivirán los más fuertes. Sin mi habilidad sólo se hará el camino más largo, pero no me van a detener. Si tú no quieres darme el antídoto encontraré otra forma hasta recuperar lo que me fue quitado. Eso sí, te recomiendo que cuides tu espalda y la de tu preciosa hija. Las consecuencias podrían ser severas.
—¡Expelliarmus! —gritó el mago.
—Necesitarás algo más fuerte que eso para derrotarme —dijo ella después de repeler nuevamente el hechizo.
Acto seguido se desató una intensa ráfaga de hechizos entre ambos magos. Algunos de ellos empezaron a rebotar en las paredes rompiendo objetos que se cruzaban a su paso.
—¡Incarcerus! —dijo él buscando apresar a la pelirroja sin hacerle daño, pero el ser atacado de aquella forma le complicaba las cosas. Ella se movió pero la cuerda alcanzó uno de sus pies haciéndola tropezar. —¡Petrificus totalus! —exclamó creyendo que todo terminaría pronto.
—¡Crucio! —exclamó ella furiosa intentando levantarse. Los hechizos chocaron y explotaron en el aire. —¡Crucio, crucio! —siguió gritando frenéticamente y uno de ellos lo alcanzó haciéndolo caer de rodillas y retorcerse de dolor. La técnica de ponerse sólo a la defensiva no estaba funcionando, debía atacar de verdad y ya encontraría después la manera de disculparse con su esposa.
—¡Reducto! —dijo Snape apuntando a un librero junto a Marianne que explotó haciéndola retroceder. —¡Relaskio! —gritó de nuevo sin darle tiempo de reaccionar. La bruja fue impulsada hacia atrás y chocó contra otro librero, por la fuerza varios objetos le cayeron encima —¡Expelliarmus! —exclamó una vez más y por fin logró quitarle su varita mágica que salió volando por los aires hasta caer muy cerca de la chimenea. —Ya es suficiente Rebeca. Estas desarmada. Libera a Marianne del maleficio ahora.
—Aún no he terminado. —dijo ella saliendo de entre el desastre que los últimos dos ataques habían provocado. Agitó su mano y de ella salió una bola de fuego azul directo al rostro de Snape y otra y otra vez; con cada lanzamiento las llamas incrementaban de tamaño y para el mago era cada vez más difícil poder detener los ataques y evitar que la casa comenzara a incendiarse.
—¡Dije que es suficiente! —vociferó perdiendo el control —¡Sectumsempra!
—¡Severus, no! —exclamó la bruja sin poner ningún tipo de resistencia antes de que el haz de luz la golpeara y le provocara varios cortes, una última mirada llena de dolor y cuestionamientos se cruzó entre los dos antes de que cayera al suelo.
—Marianne —susurró Snape arrepintiéndose al instante de lo que había hecho.
Corrió hasta ella y se arrodilló sujetándola por los hombros mientras canturreaba el contra hechizo para aminorar las heridas. —lo siento —dijo en voz baja. —lo voy a arreglar. Lo prometo.
—Mi bebé… —chilló la otra débilmente.
Severus sacó ambos collares planeando usarlos para regresar específicamente a ese trágico momento, pero en ese instante la llama de la chimenea se encendió de nuevo y por ella entró la Rebeca real.
Snape cerró el puño en torno a ellos e hizo la mano hacia atrás para ocultarlos de la bruja, de repente los collares empezaron a emitir débiles destellos de forma intermitente.
—Largo de mi casa —dijo él ignorando lo que pasaba en el puño de su mano y también lo que sucedía detrás del sofá donde su otro yo empezaba a moverse.
—¡Sepáralos, sepáralos! — murmuró Vanessa tapándose la boca para evitar gritarle a su padre. Era cuestión de segundos antes de que los collares en automático se activaran y lo llevaran de regreso al futuro.
Muchas cosas pasaron a la vez. Los collares incrementaron su resplandor obligando a Severus a levantarlos para observarlos mejor, pero ya era tarde para impedir que se activaran. Rebeca abrió mucho los ojos pasando la vista de los collares al Snape arrodillado y de ahí al otro Snape que desde la otra esquina preguntó "¡¿Qué está pasando aquí?! antes de verse obligado a cerrar los ojos por la cegadora luz que inundó el salón acompañada de una ráfaga de viento. Rebeca que continuaba sorprendida fue la primera en moverse; se agachó para tomar rápidamente la varita de la otra bruja. Lanzó un "Lumus Máxima" en la estancia para prolongar el efecto cegador y aprovechó para arrastrar a Marianne hasta la chimenea. Para cuando Snape pudo reaccionar sólo alcanzó a ver la última llama color esmeralda esfumándose entre las llamas.
—¿Marianne? —preguntó con cautela recorriendo con la mirada la destrozada estancia. —Marianne, ¿dónde estás? —preguntó de nuevo. El miedo comenzaba a reflejarse en sus ojos a pesar de que intentaba ocultarlo. No tenía idea de lo que había ocurrido y su casa era un completo caos. —¡Vanessa! —exclamó al reorganizar sus pensamientos y recordar que la última vez que había visto a su pequeña niña había sido justo frente a la chimenea. Esquivando libros y trozos de madera subió las escaleras y entró a ver a la bebé. Nunca supo que detrás de la otra puerta una joven derramaba lágrimas silenciosas al tiempo que la intensa luz de los zafiros la envolvió para luego desaparecer.
OoOoOoOoOoOoOoO
**** PRESENTE — Primavera 2004 ****
-John, ¿puedo pasar?
El hombre dio un respingo al escuchar la voz de Cass al otro lado de la puerta y una gota de agua caliente que vertía en una taza cayó sobre su mano.
-¡Maldición! -se quejó.
-Sospechoso tener visitas a esta hora de la noche. Yo si fuera tú no le abriría -dijo Milly que estaba cómodamente sentada en un sofá dando un sorbo a su té.
-¿Lo dice la persona que lleva siguiéndome desde las cuatro de la tarde? -bufó. -Ya te mostré lo que no conocías de esta casa, es hora de que te vayas para que pueda recibir a Cass.
-Para hacer eso debo abrir la puerta donde ella está esperando. -dijo poniéndose de pie y dirigiéndose a la entrada, pero el joven mago le cerró el paso.
-O podrías volver por el pasadizo que está a tu espalda. -le contestó señalando un espacio entre la chimenea y un cuadro.
-¿Ir por ese oscuro lugar yo sola? Ni loca.
Llamaron de nuevo a la puerta.
-¿John? -esta vez parecía casi un susurro. -De verdad necesito hablar contigo.
-Fuera… -insistió John rechinando los dientes.
-¡Está abierto, puedes pasar! -exclamó Milly cruzándose de brazos y sacando la lengua a John en señal de victoria.
-Eres una… -empezó a decir el mago, pero se detuvo al escuchar la puerta cerrándose detrás de la pelirroja.
-Veo que estás ocupado, mejor vuelvo luego.
-Para nada, Milly ya se iba…
-Hasta que me termine mi té me iré, ustedes ignórenme, soy un mueble más en la pared. -contestó la castaña que ya había regresado al sofá.
Los dos pusieron los ojos en blanco.
-¿Qué sucede, Cassie? ¿Acaso estuviste llorando?
-¿Se nota mucho? -preguntó apenada y con la manga de la gabardina intentó limpiarse la cara, pero eso sólo provocó más enrojecimiento. -Es que estuve con Luna y me enteré de algo que me ha confundido mucho…
-Si te contáramos todo lo que nos enteramos esta noche…
-Los muebles no hablan -le reprendió John que comenzaba a perder las casillas. -¿Qué es lo que te preocupa, Cass? -continuó su conversación invitando a la muchacha a que entrara en otra habitación contigua a la pequeña sala para que pudieran hablar en privado.
-Siempre he sabido lo que sucede en nuestra familia y el por qué a veces se recurren a métodos poco convencionales para mantenernos unidos. Ya sabes, como cuando llegó Valeria o cuando íbamos a borrarles la memoria a los chicos que escaparon hace un par de años. –torció el gesto. –Siempre me pareció normal y algo sin importancia porque Rebeca nos ha dicho que todo lo que hacemos es para mantenerlos a salvo de los magos que no pueden comprender que somos un poco diferentes, que todo siempre es por el bien de la familia. Hoy descubrí que eso no tiene importancia hasta que te enteras de que es algo que te sucede a ti mismo…
-¿De qué te enteraste? –quiso saber John quien le dio palmaditas en la espalda cuando la chica comenzó a sollozar.
-Que a mí también me borraron la memoria, aunque todo lo que soy capaz de recordar es con Rebeca y nada más… ¡desde que era niña! Nunca he experimentado lagunas mentales así que no me pasó por la cabeza el hecho de que yo también formara parte de ese club, y luego están los libros morados y…
-¿Libros morados?
-Los expedientes con la información de todos nosotros… -empezó a decir la muchacha que se detuvo en cuanto detectó la cara de desconcierto de John. –Será mejor que te cuente todo desde el principio…
Cuando Cass terminó de contarle lo sucedido desde que había llegado a la oficina de Rebeca hasta su reunión con la brujita de la enfermería, John se puso de pie y dio un par de vueltas por la habitación.
-Esto es serio y no puedes decirle nada de esto a Rebeca.
-Pensé que me dirías que la enfrentara y le preguntara por la verdad. –John negó con la cabeza.
-Sígueme y entenderás.
Los dos salieron de la habitación y descubrieron que Milly continuaba en el sofá que ahora más bien parecía su cama. La ignoraron y caminaron hasta la chimenea. John se detuvo y observó a la pelirroja durante algunos segundos debatiéndose entre si debía continuar con su idea o si era mejor retractarse antes de que fuera tarde.
-¿Qué?
-¿Puedo confiar en ti? Voy a mostrarte algo, pero no puedes decirle a nadie, Cass.
-No estarás pensando en enseñarle eso… Era nuestro pequeño secretito. -dijo Milly que se incorporó de un salto y caminó hasta donde estaban.
-Sí, estoy pensando en eso.
-¡John! Sabes bien que no está lista.
-Yo creo que si está lista.
-Por supuesto que no –se quejó Milly poniendo mala cara. –Es de las favoritas de Rebeca, podría hablar y arruinarlo todo.
-Conozco a Cassie desde hace mucho tiempo, siempre hemos sido buenos amigos y no va a fallarnos. Confío más en ella que en ti. –la defendió John clavando su mirada en los ojos celestes de la muchacha.
-Sea lo que sea puedes confiar en mí. –dijo Cassie con firmeza aun sabiendo que podría llegar a arrepentirse, pero tenía tantas preguntas en la cabeza que si algo le ayudaba a entender lo que pasaba entonces estaba dispuesta a asumir el riesgo –Lo que vayas a mostrarme no diré nada.
-¡Si nos descubren moriremos todos!
-Milly, no seas dramática… -dijo John exasperado. –Lo peor que puede pasar es que roben nuestras memorias, somos necesarios para Rebeca, así que nadie va a morir.
-Comienzo a asustarme, es mejor que me muestres antes de que piense lo peor.
-¡Lumos! -exclamó John y las dos lo imitaron, después rebuscó en una chimenea hasta que se oyó un click y el cuadro se movió dejando ver un pasaje estrecho y oscuro. –Esta mansión está llena de pasadizos y en uno de ellos encontramos algo interesante.
-Increible. –murmuró Cassandra y los siguió por el pasillo esquivando telarañas.
Caminaron durante un par de minutos subiendo, bajando y girando en las esquinas tantas veces que la pelirroja comenzó a preguntarse si realmente su amigo conocía el camino de regreso, hasta que llegaron a un rellano con lo que parecía ser una casa de campaña mal montada y que bien, pudo ser construida por un niño. A su lado había un baúl con juguetes y varios pergaminos maltratados y llenos de polvo.
-Primera verdad, Esta casa era de los padres de Walter y Rebeca vino a vivir con ellos cuando era una adolescente. –dijo Milly.
-Eso no es ninguna novedad, todos lo sabemos. –replicó Cassie acercándose a John que acababa de abrir un pequeño cofre que estaba escondido detrás del baúl con juguetes.
-Segunda verdad -enumeró John pasándole una vieja fotografía muggle a la pelirroja. En ella una niña rubia de entre 8 y 10 años de edad abrazaba a un niño más pequeño, se apreciaba que en la foto faltaba una parte con los rostros de los adultos que seguramente eran los padres. –Rebeca fue hija de muggles y tenía un hermano.
Cass frunció el entrecejo y le dio la vuelta a la fotografía.
Je t'aime, mes enfants bien-aimés, Rebeca & Paul (1970)
-¿Y esto que dice? Yo no sé francés.
-Los amo, mis queridos hijos. –contestó Milly. –Todo indica que los pequeños Walter y Anne hicieron travesuras y le escondieron esto a Rebeca, pero eso no es lo más importante, el hermanito era un Obscurial que no pudo contener su poder y murió de pequeño.
-Eso son sólo suposiciones. ¿Cómo están seguros de lo que dicen? –quiso saber Cass tratando de defender a Rebeca.
-Te dije que no estaba lista, está defendiéndola. –refunfuñó Milly.
-Tenemos demasiada evidencia aquí para tener esas suposiciones. –argumentó John señalando los trozos de pergamino y cuadernillos. –Rebeca es muy cuidadosa con la información que comparte, hasta yo me sorprendí de haber encontrado esto y por ello dudé que fuera real, pero es la letra de Anne… dicen que los borrachos y los niños dicen la verdad y aquí hay bastantes quejas de un par de niños que no estaban felices viviendo con ella.
-Lo que nos lleva a la tercera verdad. -dijo Milly que parecía emocionada por lo que iba a decir. -Rebeca está loca. Está obsesionada en reclutar a niños con poderes especiales porque le recuerda que ella misma perdió a un niño que no pudo controlar su magia.
-¿Y eso es malo? Si lo hace por esa causa entonces ha salvado a varios de nosotros. Yo misma no sé qué hubiera sido de mi vida sin su guía…
-John, si vuelve a defender a Rebeca te juro que yo misma le lanzaré un Avada. -la interrumpió Milly que se había llevado ambas manos a la cabeza.
-Cass, tu guía de pequeña no fue sólo Rebeca, todo parece indicar que tú y tu madre vivieron aquí un tiempo.
La pelirroja abrió mucho los ojos al escuchar la palabra "madre", el saber más de su pasado comenzaba a intrigarla bastante.
-Deberías leer esto. –le pasó dos cuadernos que en la portada tenían gatitos que se paseaban de un lado al otro. –Es el diario de Anne Deyant, hay de un par de años, pero creo que estos fragmentos son los más importantes.
-¿Desde cuándo sabes esto?
-¿Desde que nos mudamos a esta mansión? Descubrí el pasadizo por accidente un par de semanas después.
-Y por accidente yo descubrí a John usándolo y lo obligué a mostrarme. –añadió la castaña.
Cass torció el gesto insegura de lo que estaba a punto de ver, pero aun así abrió el diario en las páginas que John le indicó.
"9 de Agosto, 1981
Extraño a mis papás y Rebeca cada vez es más rara, se encierra con Marianne a practicar artes oscuras y no deja de repetir que necesita encontrar niños especiales o morirá, nos hizo prometer que siempre vamos a estar con ella o va a perseguirnos hasta que nos encuentre porque la familia no se abandona… yo creo que está jugando"
-Ahora sabemos que no era broma. –dijo John cuando terminó. –Y este otro fragmento habla sobre ti.
"3 de Junio, 1984
Rebeca acaba de traer a una bebé nueva de nombre Luna, suficiente era con soportar los chillidos de Cassandra, la hija de Marianne-títere-Selfish y ahora esto. ¡Las odio! ¡Parecen Mandragoras lloronas! Prefiero soportar las críticas en Hogwarts por ser hija de mortifagos que este escándalo. Por lo menos tengo mi escondite secreto y a Walter quien ya me dijo que debemos aguantar algunos años más para que podamos reclamar la herencia cuando seamos mayores de edad."
-¿Marianne-títere-Selfish? –preguntó Cass casi en un susurro. -¿Ella era mi madre?
-Si era otra seguidora de Rebeca, es fácil deducir el porqué de su apodo. –se burló Milly. –Ahora ya sabes qué es lo que te está ocultando Rebeca.
De repente los 3 dieron un respingo cuando algo dio un leve tirón en su mano izquierda, la levantaron y vieron destellos en color rosa pastel que se enredaron en sus muñecas para llegar a la palma dibujar una pequeña frase "Jessica intenta fugarse, corran al patio" antes de convertirse en humo y diluirse en el aire. Un segundo destello en color morado llegó hasta la palma de Cass. "¿Dónde estás? Urge que detengas a esa niña"
-Rebeca debe estar furiosa. Esa chica no lleva ni un mes aquí.
-Rápido, tomen mi mano y aparezcamos juntos en el patio. –pidió Cass.
-No, no es bueno que nos vean juntos, tomaré un atajo… -dijo John y echó a correr por el pasillo. –¡Protejan su mente, nadie más puede saber esto!
-Yo traigo botas y no quiero correr, así que sácame de aquí. –pidió Milly con una falsa sonrisa, Cass puso los ojos en blanco y a regañadientes la tomó del brazo antes de desaparecer.
