"La diosa menor"


Cap. 10: De muerte.


- ¡ME TENÉIS HASTA EL MISMÍSIMO GORRO!

Con éste violento bramido, las paredes grises del Reino Invisible temblaron desde los cuatro puntos cardinales.

Las almas residentes, ya de por sí atormentadas haciendo cola hasta el día del Juicio Final que a cada una correspondía, se encogieron en su eterno navegar por el río Estigia hasta apiñarse las unas contra las otras para soportar lo que hubiera de venir tras aquel griterío.

El gigantesco can Cerbero agachó las orejas y fue a aovillarse a un rincón gimiendo como un cachorro al que acaban de castigar, temeroso de la ira de su amo quien, al llegar de la superficie hace tres días, en vez de darle una chuleta de carne como era su costumbre, le había dado un grito furioso de que se apartara de su vista y no le molestase con sus malditos ladridos.

El remero Caronte en su barca negó con el cráneo y, rascándose pensativamente la huesuda frente, suspiró por enésima vez en aquel día.

- A mí no me pagan lo suficiente para aguantar esto... - bufó resignado – Qué ganas tengo de jubilarme, por los dioses... - se quejó con voz ronca volviendo a su mismo trabajo de siempre, plagado de horas extras e ínfimos descansos que no le permitían ni tomarse un café tranquilamente mientras leía el periódico – Ay, si hubiera hecho caso a mamá cuando me dijo que me metiera a dietista...

Lord Hades, desde la última vez que se le había ocurrido salir del Inframundo para mezclarse en asuntos de mortales (y de esto hacía ya tres días por lo menos) había vuelto arisco, sumamente susceptible, con el temperamento aún más volátil del que ya exhibiera como parte de su "comportamiento normal".

Y la pareja de diablillos que tenía como subordinados, Pena y Pánico, no hacían más que quemarle con sus constantes y monumentales meteduras de pata.

En aquel momento, precisamente, ambos estaban siendo debidamente chamuscados por su irascible jefe a consecuencia de inundarle de papeleo atrasado del que se habían olvidado hasta hacía relativamente media hora cuando, al presentárselo deprisa y corriendo a Hades y éste ver que eran cosas de hace un mes, ponerse ya no hecho un basilisco, lo siguiente.

Tanto la rosada criatura rechoncha como su verdoso compinche narigudo acabaron reducidos a dos montoncitos de cenizas con ojos en menos de lo que canta una musa, haciendo un supremo esfuerzo por no regenerarse demasiado rápido para no sufrir más lesiones tan de seguido.

Hades estaba que mordía, más de los nervios que nunca, con la tensión por las nubes y el ánimo bastante... inestable.

Desde la maldita fiesta de la Pianepsia se notaba raro, ansioso, incapaz de concentrarse en su trabajo como es debido, sumamente frustrado y... confuso.

Le costaba pegar ojo por las noches y comer a gusto de tanto darle vueltas a la cabeza con aquello que le venía obsesionando desde que abandonara el plano mortal tres días atrás: la chica pelirroja.

No se la podía sacar de la cabeza, le tenía absolutamente comida la moral. A ratos le encantaba, a ratos la odiaba, a ratos la deseaba y a ratos no quería verla ni en pintura.

No sabía ni quién era o cómo se llamaba. Era inaudito: una simple mortal de tres al cuarto se le había metido por los ojos y le tenía obsesionado al mismo nivel que su ansia por conquistar el Olimpo.

Caminando despacio hasta su enorme mesa-tablero mientras chirriaba los dientes compulsivamente se sentó en su trono oscuro y, de la nada, reprodujo una figurilla ahumada que acabó tomando la forma de una representación en miniatura de la muchacha pelirroja y la colocó tentativamente en la zona del tablero donde se podía adivinar la forma de Atenas.

El tablero en sí estaba repleto de figurillas de monstruos varios, algunos dioses del Olimpo a tener en consideración, los titanes y el dichoso Ridícules de las narices que no moría ni a la de tres.

La figurilla de la chica quedaba casi fuera de lugar allí, como una muñeca intrusa que viene a distraer al jugador con sus gracias y piruetas en mitad de una partida importante.

En realidad, ¿qué importancia podría tener una débil y simple humana en un plan cósmico a tan gran escala? Los humanos no contaban para nada en sus maquinaciones. Los humanos eran seres con los que rara vez merecía la pena siquiera hablar. Jamás habían erigido un templo en su nombre y procuraban nombrarle lo menos posible en sus conversaciones.

¿Qué les debía él a ellos? Los humanos eran simples y llanas herramientas... pero jamás se topó en todos los eones que llevaba existiendo una "herramienta" tan... ais, sumamente... incalificable.

Dejó que su captador de imágenes se desplegara ante sus ojos y la pantalla rectangular le mostrase una vez más a la chica sentada en clase tomando apuntes, sentada en la cafetería al lado de Tocinito de Cielo y sus otros amigos mortales comiéndose una ensalada, paseando con los libros de texto en la mano por los pasillos de la academia a la que iba a estudiar, riendo y divirtiéndose con los demás humanos...

Hades se quedó un buen rato embebido en la pantalla sin hacer nada, de brazos cruzados y con los amarillos ojos entornados, hasta que la voz atiplada de su famélico esbirro verdoso a su izquierda vino a despertarle de sus ensoñaciones.

- Am... a ésa chica yo ya la he visto... - se le escapó, distraído como estaba también con las imágenes de la pantallita hasta que su secuaz rechoncho y rosado voló hacia él agitando nerviosamente sus alitas membranosas y te tapó la boca de inmediato.

Los ojos del Señor del Averno se abrieron como platos.

- ¿Qué acabas de decir...? - siseó peligrosamente mientras se giraba hacia los diablillos y les encaraba con un halo de mala leche que prometía un sinfín de represalias.

- Eh... ¡nada, absolutamente nada, su Grandísima Lugubriedad! - exclamó Pena con una fingida sonrisa de inocencia – Aquella vez... cuando lo de las flechas... creo que la debimos de ver por la calle...

Los ojos de Hades se entornaron.

- Ya... chicos, es extraño que os logréis acordar de una simple mortal con tanta lucidez... ¡Y NO DEL MALDITO PAPELEO DE HACE UN MES, ¿EH?! - terminó prácticamente ladrando, asiendo a ambas criaturas infernales por el pescuezo antes de que lograran volar lejos de su alcance - ¡¿De qué la conocéis?! ¡Hablad u os mando de viaje!

- ¿De viaje a dónde? - preguntaron Pena y Pánico al unísono, ahogados como estaban bajo el agarre de su Señor.

- ¡AL TÁRTARO!, ¡Y CON PASAPORTE PERMANENTE! - vociferó el cada vez más alterado dios.

Los diablillos temblaron en sus manos.

- ¡Fue en compañía de Hércules! - logró exclamar Pena pese a casi no poder ni hablar - ¡Querían una ánfora llena de las Aguas del Olvido y no tuvimos más remedio que dársela! ¡Nos amenazaron! - mintió.

Sin embargo, aquella mentira no les salvó de ser ensartados cuales malvaviscos en un pincho que el Señor de los Muertos, muy gustosamente, chamuscó lentamente. Al fin y al cabo, las Aguas del Olvido eran un bien escaso.

Más relajado tras haberles torturado un poquito, Hades volvió a encender la pantalla y siguió contemplando las imágenes que ésta le transmitía de la chica pelirroja.

Pero Pena y Pánico, no queriéndose dar por vencidos en congraciarse con su amo, volvieron a revolotear a su alrededor manteniendo una prudencial distancia.

- ¿Podemos ayudar? - inquirió Pánico.

- Sí, jefe, ¿podemos ayudar? - se hizo eco Pena a la voz de su compañero.

- No. - dijo Hades ensombreciendo el semblante.

- Te podemos traer a la chica... si quieres. – sugirió el regordete diablillo – Así te podrías vengar de Hércules.

- No.

- También podríamos matarla... - probó Pena de nuevo – O echarle aceite en el champú.

- No.

- ¿Unos torreznos, jefe? - ofreció Pánico con una bolsa de torreznos en la mano, masticando estos a carrillo lleno.

- ¡No! - exclamó Hades finalmente, indignado, apagando la pantalla flotante y sentándose en su sillón de brazos cruzados y gesto mohíno.

Semejaba un crío enfurruñado al que no le dan lo que pide.

Los diablillos bajaron al suelo y se pusieron a los pies de su trono como dos mansos cachorrillos, esperando a que su Señor hablara.

Porque estaba muy claro que lo que preocupaba a Hades en aquellos instantes distaba mucho de ser algo relacionado con Hércules y el gobierno del Cosmos.

Sin embargo, el primigenio dios, sin mediar palabra, se limitó a materializar de la nada un espejo de mano y a contemplarse detenidamente en él.

- ¿Qué aspecto tengo, chicos? - dijo de pronto y sin venir a cuento, pasándose un larguísimo dedo azulado por la línea de la mandíbula.

Las infernales criaturas, contentas de que su amo decidiera finalmente hablarles con normalidad, se deshicieron en lo que ellos entendían que eran halagos.

- ¡Sobrenatural!, ¡terrorífico! - exclamó Pena con una gran sonrisa - ¡De muerte!

- ¡Tenebroso!, ¡oscuro! - chilló Pánico haciendo exagerados aspavientos con los frágiles bracitos - ¡Pura maldad!

El semblante de Hades se apagó súbitamente y sus negras ojeras se hicieron aún más evidentes de lo que ya eran.

- Ya... - murmuró con súbito agotamiento – O sea, que para pasar por "normal" entre los humanos, nasti. - concluyó para, acto seguido, desvanecer el espejo y bajar la vista.

Pena y Pánico se miraron entre sí evidentemente preocupados. Aquello no era normal.

- ¿Para qué quieres mezclarte con los humanos, jefe? - preguntó Pena retorciéndose la puntiaguda colita rosada entre las manos.

- Para nada, dejadlo estar. – replicó Hades con la voz más apagada que nunca.

- Te puedes hacer invisible con tu casco...

- Dejadlo ya, chicos, en serio...

- Oye, ¿y si te disfrazaras? - sugirió Pánico.

Hades levantó la cabeza.

- ¿Qué?

- Si quieres mezclarte con los humanos, ¡imita su aspecto! - concluyó el verdoso diabillo muy contento.

- ¡Eso! - prosiguió Pena repentinamente animado – Eres un dios, ¿no? ¡Los dioses pueden hacer cualquier cosa, incluso parecer humanos!

Hades se pellizcó la barbilla pensativamente, sopesando la cuestión.

- Imitar a los humanos, ¿eh? - dijo poniéndose en pie, materializando un espejo de cuerpo entero y mirándose de perfil - ¿Cambiando qué?, el pelo, supongo. – aventuró, no muy seguro, cambiando su consabida cabeza llameante por una media melena negra – Y la piel... más oscura, ¿no? - dicho lo cual, cambió su habitual tono azulado de muerto por... el blanco aspirina.

- ¡Y los dientes! - se atrevió a decir Pena.

Hades le observó entre sorprendido y ofendido.

- ¿Qué hay de malo con mis dientes?

- Son puntiagudos...

Notando el punto de razón que tenía su subordinado, cambió su dentadura hasta parecer más... normal.

- ¡Y los bajos de la túnica! - exclamó Pánico, repentinamente envalentonado.

- ¡Y las orejas puntiagudas! - apuntó Pena.

- ¡Y la barbilla!

- ¡Y los ojos!

- ¡Y la cara...!

Segundos después, ambos acabaron más churruscados que una barbacoa pasada.

Volviendo nuevamente a su aspecto original, Hades inspiró hondo.

- Veamos... - comenzó de nuevo, hablando para sí mismo – Pelo. – y cambió su cabello al negro nuevamente – Piel. Dientes... - reflexionó un momento – Y unos cuantos añitos menos, ¿por qué no? - concluyó sonriendo, transformándose en una versión más humana y joven de sí mismo.

Lo malo es que él, con dieciséis años, estaba hecho un palillo. Sin músculos ni nada. Y la túnica le estaba enorme.

- Vale, no, un poco más mayor... - refunfuñó contrariado, haciendo mil y un balances de aspecto por edades que dejó a sus tostados subalternos a cuadros y con la boca abierta – ¡Quieto parado! ¡Ahí! - exclamó finalmente, muy contento cuando dio con lo que buscaba.

Tras los múltiples cambios que su aspecto acababa de sufrir a lo largo de una hora, Hades había dado con lo que él consideraba adecuado sin perder su apariencia por entero y se contempló en el espejo sumamente complacido: los dieciocho años le sentaban mejor que los dieciséis ya que la túnica le iba bien de talla; la piel se había quedado blanco tiza, las ojeras seguían en su sitio, el pelo negro y... por lo demás... seguía teniendo las mismas facciones angulosas, pero más jóvenes y humanas. Punto. Lo demás era puro detalle sin importancia, como el tema de los bajos de la túnica y los dientes y tal... además de que no pensaba cambiar de túnica, le gustaba ir tapado.

Nunca entendería ésa manía de los mortales jóvenes ni de muchos dioses del Olimpo por ir pululando por ahí en tirantes y faldones cortos. Le parecía, sencillamente, que para impresionar no hacía falta ir medio desnudo.

- Bueno, muchachos, me voy un ratito por ahí a pasear mi nuevo aspecto entre mortales, ¿de acuerdo? - dijo señalando a los estupefactos Pena y Pánico a modo de advertencia – De modo que, cuando regrese, no quiero un solo papel sin ordenar ni clasificar, ¡¿ENTENDIDO?! - terminó a voz en cuello.

- ¡Sí, su Engañosamente Humana Majestad! - exclamaron los diablillos cuadrándose como soldados y disponiéndose a comenzar de inmediato la tarea que su amo les acababa de adjudicar.

Y "El Invisible", como le llamaban algunos, desapareció de su reino subterráneo sin hacer un solo ruido, directo donde sabía que andaría la humana pelirroja a aquellas horas.


Perséfone andaba en aquellos instantes con la barbilla reposando perezosamente en una de sus manos mientras mordisqueaba distraídamente la pajita de su tercer vaso de zumo de granada vacío, símbolo de su mucho aburrimiento.

Cassandra, sentada a su lado, procuró disimular un más que evidente bostezo tapándose la boca con la mano y haciendo un gesto a la camarera para que viniera.

- ¿La cuenta? - inquirió la mujer, vestida de rojo apagado y muy en la onda de su deprimente local underground, al ver el aspecto de aburrimiento de las dos muchachas.

- Otro par de vasos de zumo de granada, por favor. – replicó la joven visionaria, suspirando sonoramente cuando la mujer se marchó con aire lánguido tras tomarles el pedido por enésima vez.

Frente a ellas, sobre el pequeño escenario habilitado en el local de "La Granada Apaleada", Electra, estudiante en la Academia Prometeo venida de Macedonia (cuna de la poesía grunge y de la variedad de frutas) declamaba verso tras verso de su tétrica y remarcadamente pesimista nueva composición poética.

La joven Diosa de la Primavera enarcó una ceja en el momento en que la oscura y complicada Electra hizo un especialmente dramático énfasis en la opresión del espíritu, la sociedad en sí y al vacío al que todos los mortales se hallan abocados.

- Por los dioses, contratan a ésta tipa para representar una tragedia griega y el resto de la plantilla de actores terminan suicidándose. – bufó.

Cassandra le dio un gruñido de aprobación.

- Yo creo que hasta incluso en el propio Inframundo las almas se lamentan de forma más alegre que Electra sobre el escenario. – bufó Perséfone de nuevo sin dejar de mordisquear la pajita de su vaso.

- Totalmente de acuerdo.

Ambas amigas, mortal e inmortal giraron sus cabezas a la derecha para ver quién había pronunciado aquellas palabras.

Cassandra alzó las cejas y se irguió de su desgarbada postura mientras que Perséfone alzó la cabeza con la pajita aún en la boca.

La persona que había hablado iba muy acorde con la estética del local: pálido, de negro, con ojeras... y, sin embargo, exhibía una expresión facial que expresaba optimismo, ironía y cierto descaro embaucador.

Y fue precisamente ése descaro del que su mirada parecía hacer gala lo que le hizo pillar una silla por banda y sentarse al lado de las dos sorprendidas chicas.

Se trataba de un chico algo más mayor que ellas, bastante alto y de rostro anguloso.

- Ey, ¿cómo va eso? - dijo el desconocido hablando a toda velocidad – Me llamo Ha... - en esto frenó en seco antes de soltar la burrada de turno que, de no tener cuidado, le descubriría frente a las chicas – Aidas. – se presentó finalmente eligiendo el nombre que más le convino en aquellos instantes. Además, "Aidas" o Ἀΐδας significaba en griego "El Invisible", no es que no estuviera diciendo de manera muy sutil quién era en realidad - Vaya panorama, ¿eh? Existencialismos envueltos en fino papel de pesadez por partida doble, muy recomendable para echarse una cabezadita. - concluyó con una cínica sonrisa en la que enseñó buena parte de su dentadura.

La diosa adolescente enarcó una ceja, divertida.

Cassandra, por el contrario, le escrutó detenidamente. No sabía por qué motivo pero, pese a que no recordaba haber visto nunca antes a éste chico en "La Granada Apaleada", le resultaba familiar...

- ¿Qué es esto? - le habló Perséfone con una sonrisa maliciosa, muy en la línea de su siempre presente actitud de ironizarlo todo - ¿Así se mete ficha ahora?, ¿qué pasó con lo de "estudias o trabajas"?

- Oh, vamos, eso está pasado de moda, encanto. – se defendió el supuesto Aidas sin dejar su cínica sonrisa – Ahora lo que se lleva es lanzar puyas, a ver si cuela.

Perséfone se echó a reír en voz baja para que la gente del local no se molestara.

- Koré. – se presentó extendiendo la mano, que fue inmediatamente estrechada por el chico, quien tenía la mano como el doble de larga que ella.

- Cassandra. – se presentó la visionaria con un leve gesto de cabeza.

Frente a ellos, la melodramática voz de Electra seguía proclamando tristezas y desencantos pormenorizados que eran aceptadas por el grupo de muermos inanimados a los que les gustaban aquellas cosas.

- Esta tiene cuerda para rato. – suspiró la joven diosa disfrazada negando con la cabeza - ¿Es que no se le acabará nunca el pergamino?

- Se le secará la lengua antes de acabar. – repuso el disfrazado Dios de los Avernos despreocupadamente – Y quizás con eso nos libre a los demás de seguirla oyendo. ¿A quién le importan las tonterías de si la vida está abocada a morir y esto y lo otro y lo de más allá? Bla, bla, blá. - dijo imitando la constante cháchara insustancial de Electra con la mano – Cuéntanos un chiste, Eli, uno mortalmente tétrico... Como ése de ¿Sabes que le dice un niño muerto a otro?: "¿Quieres gusanitos?"

Vaya tipo más extraño... a Perséfone le resultaba, pese a su estética, bastante gracioso. No era ya solo las cosas que decía, sino el CÓMO las decía: hablaba deprisa, con mucho retintín, bastante fluidez y con un extensísimo vocabulario en lo que a verborrea coloquial se refería.

Anduvo amenizándoles la sesión de poesía deprimente tanto a Cassandra como a ella con una interminable retahíla de comentarios jocosos y chistes fáciles que, lejos de desagradar a las muchachas, hizo que se animaran visiblemente.

Al cabo de un rato, las dos chicas estaban conteniendo la risa floja sin demasiado éxito: a la visionaria se le caían las lágrimas del pitorreo que se traía encima entretanto se tapaba la boca para no carcajearse mientras que la joven diosa tenía los carrillos hinchados y hacía ruidos nasales, intentando por todos los medios de no pecar de grosera en aquel ambiente echándose unas risas.

Sin embargo, Electra, viendo desde el entarimado el ambiente de jauja que sus muy sentidos versos despertaban en aquel trío, se molestó sobremanera y, bajándose, se aproximó a ellos con el ceño fruncido y cara de muy pocos amigos.

- ¿Debo suponer que mi desgarrador arte despierta el regocijo y la risa en vuestras obtusas mentes? - dijo con voz altanera y despectiva, retorciendo las palabras.

Los tres se la quedaron mirando fijamente, las chicas aún tratando de no reírse en su cara, el disfrazado dios con su cínica sonrisa aún intacta.

- Oh, vamos Eli, ¿puedo llamarte Eli? - dijo rápidamente, sin darle tiempo a la gótica a replicarle con una mordaz negativa – Verás, nena, no nos reímos de tu arte, ni mucho menos. Es tan... "electraizante"... - dicho lo cual, las chicas a su lado no pudieron contenerse más y estallaron en carcajadas.

Electra les miró con cada vez más indignación, invocando lentamente el poder de las Furias en su interior.

- ¿Acaso es motivo de risa la dolorosa pasión que mis palabras entretejen para vuestros inmerecedores oídos?

- ¿Pasión? Eli, encanto, lo tuyo es pura DEPRESIÓN.

Cassandra tuvo en aquel instante una visión, una visión de que se avecinaba un inminente desastre.

Y acorde con el don sobrenatural de la visionaria, el odio de la oscura poetisa se hizo patente hasta cargar la atmósfera de electricidad estática.

- ¡Vosotros, marionetas del Sistema, no entenderéis nunca cuán desgarrada y furiosa puede llegar a ser la pasión de un alma oscura como la mía! - gritó en voz alta, dejando que las Furias, en su forma de aves de presa gigantescas, irrumpieran de improviso en el local, armando tal revuelo y sumiendo el sitio en tal caos que la gente comenzó a correr despavorida y gritando auxilio.

Perséfone y Cassandra fueron a levantarse para ponerse a cubierto cuando las manos larguísimas de su nuevo acompañante las hizo sentarse de nuevo.

- Chicas, chicas, chicas... tranquilizaos, solo es puro atrezzo temporal. No os harán nada. – dijo Hades despreocupadamente.

- ¡¿Estás loco?! - le interpeló Cassandra, asustada - ¡Son las Furias!

- ¿Y?

- ¡Persiguen a la gente!

- Solo si han cometido ciertos crímenes. Deberías releerte la Ilíada, nena.

- ¡Están persiguiendo a la gente ahora mismo!

- Nah, solo es momentáneo. Al fin y al cabo las ha invocado ella. – dijo la disfrazada deidad apuntando con el dedo en dirección a la furibunda Electra.

Atónitas, tanto Perséfone como su mortal amiga no tuvieron tiempo de preguntar cómo sabía aquello ya que, sin previo aviso, uno de los temibles pájaros fue arrojado violentamente delante de ellos y, tanto Electra como los tres ocupantes de la mesa que la habían ofendido, se giraron y pudieron contemplar la heroica figura de Hércules surgiendo de frente para luchar contra aquellas aves sobrenaturales e irlas haciendo desaparecer con cada golpe.

El muchacho, lógicamente siempre alerta ante cualquier peligro en las inmediaciones de donde quiera que él se hallara, había visto a los pájaros enormes aquellos entrar en el local donde siempre iban su prima y su amiga y había ido corriendo a socorrerlas.

Electra bufó frustrada. Hades enarcó una ceja y resopló aburrido, ya estaba aquí de nuevo el famoso Tocinito de Cielo y su maldita fuerza sobrenatural.

Perséfone y Cassandra, por el contrario, observaron al muchacho pelirrojo casi con alivio en sus miradas.

Una vez terminó todo, el local quedó patas arriba y los clientes se fueron cada uno a sus respectivas casas.

Electra se alejó farfullando y Hércules sonrió por haber llegado a tiempo, sintiéndose orgulloso de su propia capacidad de intervención. No podía dejar que nada malo les ocurriera a su amiga y a su prima.

El aprendiz de héroe se ofreció a llevarlas a cada una a casa y Perséfone, antes de marcharse, se acercó al muchacho que se hacía llamar Aidas y le dijo sonriente:

- Ey, estudio en la Academia Prometeo. Si te quieres pasar algún día en uno de los descansos o al final de las clases, ya sabes... - dicho lo cual, se subió a lomos de Pegaso con su primo y su amiga y desapareció volando.

Hades se quedó un momento en silencio y, más contento que unas castañuelas, se teletransportó hasta el Inframundo haciendo el bailecito de la victoria.

Al llegar, sus dos esbirros Pena y Pánico le recibieron más tiesos que una vara.

- ¡Papeleo hecho, jefe! - exclamó Pena rápidamente.

- ¿Qué tal ha ido? - preguntó Pánico al captar el súbito buen humor del que su Señor regresaba.

Hades, volviendo a su aspecto real de siempre, se sentó en su trono oscuro y procedió a fumarse un puro parsimoniosamente.

- De muerte. – fue todo lo que dijo.


Nota de la autora: vale, ya sé que lo prometí para un poco antes, pero es que he tenido algo de lío y me ha costado un poco escribir este capítulo.

Ninjin: ¡muchas gracias! :D No sé qué tal me habrá salido este capítulo, pero espero que lo disfrutes mucho ^^

Aldridge: vaya... así que sois cuatro personas... oye, pues dile a tu amiga que le agradezco que lo recomiende y a ti te agradezco el que me hagas saber que os gusta ^^ Intento escribir bien para que podáis visualizarlo en vuestra mente en función de cómo vais leyendo, creo que, si uno escribe algo, ha de intentar que sea con algo de "calidad" y que sea entendible :)

Xitan22: hala, aquí tienes otro capi para seguir leyendo :) ¡Muchos ánimos con tu historia, que ya casi son 30 caps! ^^

Bien, gente, no sé cuándo actualizaré, ya que en breve tendré que ponerme a estudiar y puede que no haya otro capítulo hasta dentro de mucho (o puede que lo escriba en un día, según cómo vengan las cosas), pero tened presente esto: NO LA VOY A DEJAR COLGADA, ¿ok?

Un beso y muchas gracias por vuestro apoyo ^^ ¡Nos leemos!