Los personajes le pertenecen a J.K. Rowling y la historia a Eve Berlin que se llama El limite del deseo, yo solo juego con ambos por entretenimiento, no pretendo violar ningún derecho de autor ni nada parecido. Espero que la disfruten
Diez
Draco ejerció un poco de presión en su nuca. Una vez más, a ella le sobrevino esa sensación instantánea de seguridad y de alivio intenso.
— Hermione, estás en mis manos —le recordó en un tono encantador que la tranquilizaba como si fuera bálsamo en la piel—. Estarás bien. Estarás increíble.
Con la otra mano le acarició el vientre y ella sintió una oleada de placer en el sexo, como si esa parte tuviera pulso propio. Miró el banco, que se le antojaba aterrador e increíblemente atrayente a la vez.
Quería que Draco estuviera orgulloso de ella. Quería sentirse orgullosa de ella misma también.
—Draco... No quiero que el miedo se interponga. Quiero hacerlo. Tengo muchas ganas. Solo necesito... respirar un momento.
—De acuerdo. Entonces, inspira hondo otra vez. Así, muy bien.
Se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Cuando ella giró la cabeza para mirarle, él le cogió la barbilla y la besó en los labios. La invadió el calor con el sabor a él y la sedosa textura de su boca. Cuando le introdujo la lengua, el calor y el anhelo empezaron a correrle por las venas.
«Ah, sí. Quiero hacerlo...»
Él se apartó un poco para susurrarle a los labios:
—Eres preciosa. Esto irá muy bien. Me encargaré de que te guste, Hermione.
Ella asintió y la mayor parte del miedo se esfumó cuando el deseo se apoderó de ella.
—¿Estás preparada? —preguntó.
—Sí. Sí.
—Todo irá bien. Haz lo que te diga. Entrégate a mí.
Ella volvió a asentir, relajó los hombros y le siguió.
El banco de azotes era como un caballete de madera, salvo que tenía dos niveles y estaba tapizado de cuero rojo. La parte superior era una columna estrecha, larga y acolchada con reposabrazos a cada lado. La sección inferior eran unos salientes estrechos a cada lado para apoyar las rodillas y los codos. Por doquier había cáncamos para poder atarla con esposas o cuerdas. O cadenas.
Se estremeció.
—Súbete, preciosa. Yo te ayudo.
Draco le sujetó una mano y apoyó la otra en su cintura. Y aunque una parte de ella no creyera que lo estuviera haciendo de verdad, se subió al banco y se tendió sobre el nivel superior, afianzándose con los codos en los apoyabrazos antes de subir las rodillas a las repisas inferiores.
Al instante reparó en que, en esa posición, su trasero desnudo estaba en pompa. Tenía el monte de Venus apoyado en el suave cuero e inmediatamente le entraron ganas de empujar un poco hacia abajo para aliviar las ganas. Sin embargo, sabía que no debía hacer nada a menos que Draco se lo pidiera. Ella solo quería hacer lo que le ordenara.
Draco se le acercó.
—Como es tu primera vez, no te ataré, pero no debes moverte si no te lo pido. ¿Lo entiendes?
—Sí, lo entiendo.
Entonces notó sus manos acariciándole la espalda desnuda, los hombros y luego columna abajo, hacia ese punto tan sensible en la parte baja de su espalda. Cerró los ojos. Era consciente de su roce, de sus caricias y del ritmo que marcaba con las palmas delas manos, acompasado con la música que sonaba de fondo. Le pareció una eternidad. Mientras, se notaba el sexo cada vez más caliente y mojado. Quería que la azotara. Quería pedírselo pero se quedó callada, disfrutando del ardiente deseo que la recorría entera y encendía todas sus terminaciones nerviosas.
Draco bajó una mano hasta sus nalgas y le rozó la parte superior de los muslos. La otra mano permaneció en la parte baja de su espalda, inmovilizándola con una presión suave pero imponente que le encantaba. Tenía la sensación de que la tocaba en todos los sitios a la vez... salvo donde más lo necesitaba.
Su sexo latente era cada vez más difícil de aplacar. Se notaba los pezones duros en contacto con la superficie del banco. Y justo cuando pensaba que no podría soportarlo más notó las primeras caricias de sus dedos perdiéndose entre sus pliegues.
—Oh —gimió ella al tiempo que se echaba un poco hacia atrás.
—No, Hermione. Estate quieta.
Ella se mordió el labio e hizo un esfuerzo para no moverse. Contuvo la respiración mientras él mojaba los dedos en su sexo, arriba y abajo.
El placer se manifestaba en forma de olas, líquidas y serpenteantes, que le recorrían las extremidades, los músculos y la piel. Cuando la penetró con sus dedos, Hermione dio un grito ahogado y cuando los introdujo aún más, gimió abriendo los ojos de par en par.
Al otro lado de la sala había un hombre joven de facciones hermosas. Tenía un cuerpo increíble. Solamente llevaba puestos unos vaqueros oscuros y un collar de cuero. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, que ese apuesto hombre estaba mirando lo que le hacía Draco, se empapó aún más; solo sentía calor y deseo con una intensidad que nunca antes había experimentado.
Ella no apartó la mirada de la suya.
Y justo cuando el joven esbozaba una sonrisa, Draco bajó la mano y le propinó un buen azote en el trasero.
—¡Oh!
Acto seguido le acarició la nalga, allí donde ardía, para aliviarla un poco.
Entonces volvió a azotarla y a acariciarla, y luego volvió a darle otro cachete. La dualidad de sensaciones lo hacía todo más intenso. Hermione se aferró a los reposabrazos acolchados. La mirada del joven era casi abrumadora.
Draco presionó aún más con los dedos.
—Joder, estás empapada, preciosa—le dijo—. Y te encanta que te mire, ¿verdad? Te gusta que te azote y sentirte vulnerable. A mí también me gusta. Disfruto viéndote así y teniendo público. Compartir con los demás lo hermosa que estás así, sometida y embargada por el deseo.
Se estremeció al oír esas palabras y detectar el placer en su tono.
La volvió a azotar una y otra vez, marcando un ritmo rápido. Siguió introduciéndole los dedos y a ella la abrumó la mezcla de deseo y dolor. Las sensaciones se sucedían y se aunaban hasta que solo fueron una: necesidad.
Algo puro y primario.
El placer aumentaba, superponiéndose al dolor. Le vibraban la cabeza y el cuerpo entero. El punzante calor de los azotes de Draco se mezclaba con sus apremiantes dedos. Se notaba el sexo hinchado y se frotó contra el banco de piel; no podía evitarlo.
Frotó hasta que sintió la presión suficiente en el clítoris. Llegó al orgasmo, gritando y sintiendo como si estallara en mil pedazos. Él siguió azotándola y penetrándola con los dedos. Su sexo era como un guante cada vez más ceñido; cada vez necesitaba más. Y el joven seguía mirándola fijamente, haciendo que el clímax siguiera de una forma inexplicable.
—¡Joder, Draco!
No podía dejar de correrse. Temblaba; los estertores del orgasmo parecían durar indefinidamente.
Al final su cuerpo empezó a calmarse. El extraño le dedicó una última sonrisa y se marchó. Notó las manos de Draco en el pelo, acariciándole las mejillas y los labios después. Estaba arrodillado frente a ella y le levantó el rostro para que le mirara a los ojos. Brillaban como oro en la penumbra.
—Ha sido excelente —le dijo él en un tono preñado de deseo—.Simplemente perfecto, Hermione. Eres preciosa.
Le dio un beso y esos suaves labios sobre los suyos, su sabor y el mero hecho de saber que era Draco hicieron que el deseo aumentara una vez más.
—Mi chica —murmuró, boca con boca.
«Suya.»
«Sí.»
Él volvió a besarla; esta vez con mayor intensidad. Sus labios ejercían más presión sobre los suyos y su lengua la invadía, entrando en la boca del mismo modo en que lo habían hecho sus dedos hacía un momento. Se sentía totalmente liberada y la piel le ardía allí donde él la había azotado, como una especie de recordatorio de lo que había hecho y de cómo se lo había hecho. Él se apartó.
—Venga, te ayudaré a bajarte de aquí.
Se colocó detrás otra vez y ella esperó. Draco la sujetó por la cintura y la ayudó a incorporarse hasta que pudo sentarse a horcajadas afianzándose con las rodillas. Entonces sus manos acariciaron los pechos y ella suspiró, arqueando la espalda. Notaba el calor de su cuerpo a la espalda y sus palmas ardientes en contacto con la piel desnuda. Tenía los pezones tan duros que le dolían. Él se los tocó, pellizcó y retorció ligeramente, lo justo para enviarle una oleada de intensa sensación por todo su ser. Eso la hizo ser consciente de lo húmeda que estaba; eso y el aire fresco que sentía entre los muslos.
—Te encanta tener público, ¿verdad? Ahora mismo no te está mirando nadie en concreto pero ¿lo notas? ¿Notas la energía en el aire y su presencia?
—Sí —dijo ella con la voz entrecortada. Era verdad. Solo saber que no estaban solos era un subidón.
Aunque no tanto como cuando ese extraño la había visto correrse. Oh, no.
Esa había sido la experiencia más intensa de su vida. Quería volver a hacerlo pero también quería estar a solas con Draco. Necesitaba algo de consuelo por su parte, aunque no terminaba de entenderlo. Y, de repente, se echó a temblar.
—¿Draco...?
—Sí, ya lo noto. Yo te sostengo, cielo.
La ayudó a bajar del banco y la acogió entre sus brazos al tiempo que se sentaba en una de las butacas de terciopelo y la colocaba en su regazo. Le puso una manta sobre los hombros y le hizo beber agua de una botella que acercó a sus labios.
—Draco, ¿te he...?
Él le frotó un poco los brazos por encima de la manta.
—Shhh, sí. Me has complacido muchísimo. Has estado maravillosa. Perfecta.
¿Cómo sabía que era exactamente eso lo que quería oír?
—No me siento... yo misma.
—Ya, claro que no. Es normal. Has tocado fondo pero te pondrás bien. Yo te cuidaré.
¿Cuándo le habían dicho algo semejante? ¿Cuándo se lo habían dicho sintiéndolo de verdad? Estaba al borde de las lágrimas.
«Le quiero.»
No.
Era la experiencia en sí la que hablaba. La ligereza que notaba en la cabeza y el hecho de tocar fondo. Pero, entonces, ¿por qué le vibraba el cuerpo entero al pensar en la idea? ¿Por qué tenía que morderse el labio para no decírselo?
Mierda, no podría decírselo. A él, no. Ella, no.
Contuvo las lágrimas y se prometió que se ocuparía de esto, que reflexionaría sobre este asunto, más tarde, cuando volviera a tener la cabeza en su sitio.
— Hermione, estás demasiado tensa. Venga, respiremos un poco para que te tranquilices otra vez.
—No puedo.
Draco la abrazó más fuerte hasta que notó los latidos fuertes y regulares de su corazón en el pecho.
—Claro que puedes. Mira, haz lo que yo. Inspira hondo, poquito a poco.
Le costó un poco pero hizo lo que le pedía. Al final el pulso volvió a la normalidad y la cabeza dejó de darle vueltas. Respirar bien la ayudaba pero lo que le iba mejor era tener su sólido cuerpo tan cerca del suyo. Sus brazos alrededor y su esencia masculina envolviéndola.
Draco le acarició la espalda con suavidad y cuando llegó a la parte baja trazó círculos con los dedos. E igual que antes, sus caricias volvieron a encender el deseo.
¿Cómo podía sentir algo semejante justo después de lo que le había parecido un pequeño colapso? Estaba muy confundida pero era mucho mejor dejarse llevar por la sensación y sus caricias. Entregarse al placer que invadía su cuerpo una vez más. Entregarse a Draco.
Él le susurró al oído:
—Quiero llevarte a casa. Tengo ganas de follarte en mi cama. Vamos, preciosa.
La recorrió otra oleada de calor.
«Sí, en su cama. Entre sus brazos.»
Quería hacer cualquier cosa que él deseara de ella e incluso con más fuerza que antes, cuando la tenía subida al banco de los azotes. Quería —necesitaba, mejor dicho— estar tan cerca de él como le fuera posible.
Draco la incorporó y la vistió con cariño y sumo cuidado. Una vez más, Hermione tuvo la sensación de ser amada.
En el fondo sabía que todo se debía a las dinámicas del juego de poder y a su papel como dominante, pero por ahora aceptaría cualquier cosa. Ya se aferraría a eso luego, cuando él hubiera terminado, que era algo inevitable. En su corazón sabía que las cosas buenas no solían durar para siempre.
Mientras regresaban a su casa en un taxi por las calles mojadas, a Draco le daba vueltas la cabeza. Tener a Hermione en el club había sido demasiado. Se sentía algo avergonzado. Había estado a punto de perder el control con ella; de darle la vuelta en ese banco y follársela allí mismo.
A ella le había excitado mucho que ese hombre sumiso les hubiera estado observando. Y a él, joder. No le interesaban nada los chicos pero le encantaba el exhibicionismo. No podía estar más orgulloso de la belleza y la reacción de Hermione. Se había puesto tan cachondo que apenas podía soportarlo. Tuvo que esforzarse al máximo para no arrimarse a su trasero —cada vez más enrojecido—, bajarse los pantalones y embestirla.
Sin embargo, se prometió que no haría nada parecido, al menos no en su primera vez en el club. A pesar de todo, algo se removió en su interior cuando ella empezó a tocar fondo. Incluso cuando ella estaba sentada a horcajadas en el banco y él tenía la mayor erección de su vida en contacto con la parte baja de su espalda. Se había vuelto extremadamente protector con ella. Y con eso también sintió la necesidad de tenerla para él solo. Era una sensación de propiedad y de un deseo que apenas podía controlar, y cada elemento hacía que el otro aumentara.
«Mía.»
Gruñó. Seguía teniendo una erección tan grande que le dolía el pene, incluso.
Ella, a su lado y aún algo aturdida tras llegar al clímax, seguía sumida en el subespacio. Era demasiado bueno. No veía el momento de llegar a su casa. La miró: tenía los ojos medio cerrados, con destellos dorados que irradiaban calor bajo sus largas pestañas. Sus labios eran de un rojo intenso y estaban hinchados. Joder, era preciosa.
Se acercó, le acarició los labios carnosos con un dedo y notó un chispazo de placer cuando Hermione se lo chupó. Su boca era todo calor y suavidad, como el terciopelo. Masculló. Su sexo le transmitiría lo mismo y estaría igual de húmedo.
Introdujo una mano entre sus muslos y sonrió cuando abrió un poco los ojos y luego de par en par al recorrer sus húmedos labios menores. Ah sí, estaba empapada, como ya esperaba. Estaba preparada para él.
—No te muevas —le dijo en un tono suave. No podía resistirse a hacerlo.
El taxista no les hacía ningún caso; estaba enfrascado escuchando música cutre en la radio. Draco la miró y vio cómo se mordía el labio mientras él le introducía el dedo y empezaba a bombear. Hermione arqueó la espalda y él sacudió la cabeza, tras lo que volvió a quedarse quieta.
Esa chica era simplemente perfecta. No era la primera vez que lo pensaba.
Oía la dureza de su respiración entrecortada mientras seguía moviendo la mano. El pene se le hinchaba por momentos. Estaba a punto de explotar.
—Tengo que follarte pronto, preciosa —le dijo al oído con un hilo de voz.
Ella se limitó a parpadear; tal vez estaba demasiado aturdida para responder. No le importaba. Le encantaba, de hecho.
El taxi se detuvo frente a su casa y él apartó la mano. Ella suspiró, resignada. Le pagó al taxista, dándole una propina demasiado generosa. No le importaba. Solo quería llevar a Hermione a su apartamento.
Una vez dentro, la desnudó deprisa. Tuvo que detenerse y contemplarla para asimilarlo todo: sus mejillas encendidas, sus pechos, que se le antojaban hinchados, los pezones duros de un tono rojo oscuro. Deliciosa. Ardía en deseos de verla mojada entera.
Empezó a desvestirse y se desabrochó la camisa... pero se paró en seco. Sería mejor si la viera a ella con su camisa y el agua resbalando por la tela blanca. Gimió. Se quitó los zapatos de un puntapié y se lo quitó todo salvo la camisa. Hasta el dobladillo de algodón que se posaba sobre su pene le resultaba insoportable y le provocaba escalofríos de placer. Sin embargo, fue mejor aún cuando se quitó la camisa y la ayudó a ponérsela.
Aún no estaba debajo del agua y el pene le palpitaba de las ganas. Iba acorrerse de un momento a otro.
Entró en la ducha y la atrajo hacia sí.
No se la había follado allí lo suficiente y, además, ¿por qué no le había puesto una de sus camisas hasta ahora para ver cómo el agua adhería el algodón a su piel?
—Joder, Hermione, estás buenísima así. Me encanta verte la piel bajo la tela mojada y la silueta de tu cuerpo. Esto es increíble para mí. Ni siquiera puedo expresar lo que quiero hacerte...
Ella se quedó quieta, dócil, mientras él le pasaba las manos por los hombros y los pechos, que se marcaban bajo el algodón mojado. Ahora era casi transparente de lo empapado que estaba y así era como le gustaba.
Le pasó las manos bajo la camisa y por el vientre, y tembló al notarla a ella temblar. Cuando se inclinó y le succionó un pezón a través de la tela, sintió que el pene le iba a entrar en erupción de un momento a otro. Tuvo que apartarse, respirar hondo un par de veces y hacer de tripas corazón para tranquilizarse.
—Joder, Draco. Esto es... nunca había sentido nada igual.
—Me alegro de que te guste, preciosa —susurró al tiempo que volvía a cogerle los pechos con las manos, acariciándolos y masajeando sus pezones con los pulgares. Oía su respiración entrecortada y también la suya.
Se pegó más a ella y la sensación del algodón empapado y la curva de su vientre estuvieron a punto de hacerle estallar. Tuvo que parar, volver a respirar y apretar los dientes para no perder el control.
«Tranquilízate, tío. Tienes que relajarte un poco.»
Se separó un poco. Así estaba preciosa, pero tenía que reducir un poco la marcha o esto terminaría en un santiamén.
Cogió una esponja grande y su pastilla de jabón favorita, la de limón y almizcle, y empezó a enjabonarla en los muslos y el vientre, debajo del dobladillo de la camisa. Le encantaba que oliera como él, aunque no sabía por qué y tampoco le importaba. Lo que sí le importaba era ver cómo se le oscurecían y endurecían los pezones bajo la tela mojada. Cómo suspiraba. La manera de mirarle con ese deseo en el rostro mientras él se lavaba también, pasándose la esponja por el pene erecto.
Se estaba aclarando cuando le dijo:
—Draco, por favor. Déjame a mí. Deja que te toque.
Él sonrió y asintió. Entonces ella cogió la alcachofa de la ducha, se arrodilló y dirigió el chorro a su vientre y luego más abajo. El agua caliente se le antojaba como mil agujas en su piel deseosa y gimió. Hermione desplazó el chorro entre sus muslos y él separó un poco más las piernas. Giró un poco la alcachofa para que el agua llegara a sus testículos.
—Ay, joder, qué bien —musitó él. El placer le sobrevenía como una ola enorme. Tuvo que apretar la mandíbula para que no se lo llevara la corriente.
Ella le sostuvo los testículos en una mano y se los masajeó suavemente; Draco pensó que se iba a morir de placer. Lo que le hacía, el hecho de verla con su camisa, el algodón empapado adherido a su piel... La sujetó por los hombros; el pelo le caía en cascada por la espalda. Empezó amover las caderas hacia delante y hacia atrás; no podía evitarlo. Ella levantó la vista con las mejillas encendidas y una mirada ardiente. Y sin apartar la vista, le cogió el pene y le acarició la punta con los labios.
—Joder, Hermione...
El placer le corría por las venas. Y cuando acogió la punta del pene entre sus cálidos y carnosos labios, le pareció que le flaqueaban las piernas. Se apoyó en las paredes de granito de la ducha e intentó respirar. Pero cada vez le resultaba más difícil; ella trazaba círculos con la lengua sobre la punta y la introducía en el agujerito para luego chuparle el pene entero y succionarlo con ganas.
— Hermione, me voy a correr si sigues así. Estoy a punto de correrme, cielo...
Pero ya había perdido el control dela situación. Ella chupaba y chupaba, introduciéndoselo hasta la garganta y luego lamiendo hasta la punta. Con una mano le tocaba la base del pene sin cesar y con la otra orientaba el chorro de agua hacia sus testículos. Iba a perder la cabeza. Empujaba las caderas hacia su boca. Tal vez con demasiada dureza, pero ella lo resistía bien.
«Es perfecto...»
El placer aumentaba de un modo agudo y casi doloroso. Ella le seguía estimulando sin tregua, como él había hecho con ella. Y al cabo de un momento llegó al límite con el frágil hilo que le unía a la cordura. Al borde del control, del orgasmo y de ella.
Al correrse gritó su nombre, una y otra vez. Empujó las caderas hacia ella de nuevo. Ella chupaba tan fuerte que le dolía pero al mismo tiempo le parecía maravilloso. Nunca se había corrido con tanta fuerza. Cuando terminó notó que le temblaba todo el cuerpo. Hermione se incorporó y le ayudó a sentarse en el banco de obra que había dentro de la ducha. Jadeaba e intentaba por todos los medios respirar con normalidad.
Y era ella quien le tranquilizaba, allí sentada a su lado en el banco mientras el agua caía a su alrededor; caía sobre la camisa de algodón pegada a su cuerpo, a su piel desnuda en forma de minúsculos riachuelos.
Hermione acariciaba con ambas manos sus hombros y las mejillas. Sus caricias eran... delicadas y tiernas. Tardó un momento en reconocerlas.
Se le antojaba muy extraño que una mujer le tocara de ese modo. No solía permitirlo. Era algo demasiado íntimo; estaba fuera de los límites de los papeles de dominante y sumisa. Los límites del juego de poder. El juego de poder en el que él era el dominante. Y no es que ella estuviera comportándose como dominante ahora, pero lo cierto era que Draco había bajado la guardia de algún modo. Por Hermione. Ella le había llevado a ese estado. E iba mucho más allá del placer que sentía con su tacto y mirándola. Era... simplemente por ella.
Nunca le había pasado antes. Que una mujer le redujera a... esto. Un hombre que no podía ejercer control alguno sobre sus deseos. Sobre su propio placer.
Emoción.
Le entró un poco de pánico, pero hasta eso era una vaga sombra al límite de la consciencia, tras el placer puro que aún sentía en su organismo. No podía creérselo. Estaba demasiado agotado para pensar en eso. Y se sentía tan increíblemente bien tras ese primer momento de sorpresa que en realidad no le importaba.
Nada era tan bueno como Hermione. Nada. Solamente podía pensar en ella. Lo único que quería. Era demasiado buena para él para caer en la cuenta de que nunca había tenido esos pensamientos antes.
« Hermione.»
Por primera vez no quería nada —ni a nadie— más.
Buenas! como andan por acá? Quiero contarles que me faltan 50 hojas para terminar de adaptar esta historia:) así que voy a tratar de subir mas de una vez a la semana, pero el día fijo es el domingo a esta hora :D yyy estoy pensando en adaptar una historia nueva, que prefieren? de época o actual?
Bueno volviendo a nuestra historia, que creen? se acerca el casamiento? se van a confesar su amor? Todo eso y más en los próximos capítulos ajajaja
Espero que les haya gustado y que me cuenten que opinan, mil gracias a todos los que se toman el tiempo de leer y a los que comentan también, como siempre les digo tienen un lugar en mi
Besos, Isa.
