Capítulo 10 – Midnight Runners, Part 1
Tirado en el suelo de la habitación del Hotel Cabracornia a un lado de la cama de tamaño matrimonial, Nicholas Wilde tenía problemas para dormir. No era que no estuviera cansado, porque la seguidilla de peleas de las últimas horas lo habían dejado hecho polvo, ni que se sintiera de verdad incómodo en esa posición, más allá de que a la alfombra del lugar le hiciera falta una buena lavada y que la frazada tuviera un olor muy fuerte a algo que tenía miedo de imaginar, sino que era una acumulación de pensamientos en su cabeza.
Era diferente a cuando terminó entre esa ola de niños en Bunnyburrow y el tacto le provocó una andanada de datos inútiles sin contexto que se sintieron como miles de agujas clavándose en el cerebro. Nada más diferente: esas punzadas eran dolorosas pero efímeras, mientras que lo que sentía ahora no le causaba dolor físico, pero sí la sensación de tener un coro de voces chillando en su cabeza. La razón de semejante sensación era tan simple que a Nick le pareció casi insultante: aunque intentara disimularlo cada vez que estaba frente a la coneja que ahora dormía en la cama de la habitación, la verdad era que nunca se había sentido tan aterrado.
Como agente de S-paw-agon, ponerse en peligro era algo de todos los días, una consecuencia lógica de enfrentarse con seres que podían aparecer en cualquier lado, de cualquier forma, en cualquier número y en cualquier momento. Pero ahora era diferente porque no lo acompañaba otro agente que había jurado poner su vida en juego, sino que era una conejita cuya mayor preocupación hasta hace unos días debía ser saber si el chico lindo de su clase estaba interesado en ella. Era preferible una inquietud tan trivial antes de tener que verse forzada a pensar en que cualquiera a su alrededor podía estar pensando en matarla, o que cualquier ruido extraño podía ser un enemigo al acecho. Nick no podía dejar de pensar en que no le deseaba a nadie tener que pensar en esas cosas.
Aunque la ayuda de Judy fuera enorme, en cualquier otra circunstancia hubiera hecho todo lo posible para dejarla afuera del enfrentamiento con S.A.V.A.G.E. Tal vez dejarla dormida con un dardo o con un toque profundo en algún punto del cuello, que uno de los usuarios de la Fundación manipulara sus recuerdos y que ella simplemente despertara en su cama, con la única inquietud de encontrar la combinación correcta de ropa para un nuevo día en la escuela, o que sus padres le dejaran ir a la fiesta que hacían los chicos populares. Nick no sabía muy bien si esas eran de verdad las cosas en las que pensaba Judy como la adolescente que era, porque él mismo había dejado de ser uno hace rato y ni siquiera cuando tenía su edad entendía lo que pensaban las chicas, pero sí sabía que esa coneja tenía toda una vida por delante, y que no podía dejar que todas las posibilidades que ella tenía se vieran truncadas por un descuido minúsculo. Ya había perdido tres de sus cuatro patas enfrentando a los últimos enemigos, ¿qué pasaría si en algún momento no tuviera zanahorias cerca para poder curarse?
Y fue así que el zorro terminó por imponerse una determinación, una que hizo que las voces en su cabeza comenzaran a acallarse: su mayor preocupación ya no era qué ocurriría con el enfrentamiento entre S-paw-agon y S.A.V.A.G.E, sino que de ahora en más su misión principal era hacer todo lo que estuviera en sus patas para que Judy saliera de todo este embrollo sana y salva, costara lo que a Nicholas le costara.
Las voces mentales terminaron por callarse ahora que había logrado encontrar algo de paz mental en medio del caos, y se dispuso a descansar en lo que le quedaba de tiempo antes de que Clarice llegara al hotel. Se acurrucó, ya sin que le importara el incómodo tacto del suelo de la habitación, y bajó los párpados, que sentía pesados como si estuvieran hechos de puro acero.
Fue entonces que sonaron tres golpes en la puerta, que casi sobresaltaron al zorro.
—Nicholas… ve a ver… quién es —dijo la coneja, con una voz tan baja y adormilada que Nick apenas podría haber escuchado si no fuera por su oído tan sensible.
—¡Ya…! Ya voy —respondió, primero exclamando, pero luego bajando la voz para no despertar a Judy.
El zorro se levantó de muy mala gana, llevando su sábana como si se tratara de una capa, y se acercó a la puerta.
—¿Quién es?
El zorro hubiera dado cualquier cosa por escuchar la voz de Clarice.
—¡Soy tu buen amigo de al lado, colega!
Nicholas vio a través de la mirilla de la puerta, y pudo notar las puntas canosas de unas orejas de zorro. Definitivamente no era su noche de suerte.
Abrió la puerta y pudo ver al zorro viejo, con la misma bata de antes y una mueca de sonrisa en su rostro.
—¿Cómo andas, colega? Espero no haber interrumpido nada —dijo al verle.
El zorro de la bata extendió su pata para darle un apretón, pero Nicholas decidió responder rápido para no tener que corresponderle, no sólo porque no tenía sus guantes y no quería entrar en su mente, sino también porque no sabía dónde había estado esa pata.
—Eh… para nada —respondió, intentando hacer una mueca de sonrisa que terminó pareciéndose más a una de dolor—. ¿Qué se le ofrece a estas horas de la madrugada?
—¡Ah, nada en especial! —dijo el otro, con un tono de voz que parecía que iba a despertar a todo el motel—. De casualidad, ¿no tendrías algo de… azúcar?
—¿Azúcar? —preguntó, queriendo cerciorarse de que había escuchado bien.
—Sí, azúcar —respondió al guiñarle un ojo en un gesto que le recordó a un vendedor de autos usados, que le había convencido de comprar uno que terminó partiéndose al medio a las pocas horas—. Es que soy un zorro viejo, y mi chica me pide mucho. Ya sabes, para recuperar las energías.
Nicholas se volteó a ver a Judy, que seguía acostada en la cama pero con las orejas en alto, prestando atención a la conversación.
—Eh… Judy, ¿tienes idea de si tenemos… azúcar?
—Creo que… hay algo… en el mueble encima de la cocina… —respondió la coneja, cerrando todo con un bostezo de cansancio.
Nicholas se acercó al mueble, mirando de reojo para vigilar que el de la bata no intentara mirar donde no debía, y sacó una pequeña bolsa de plástico, llena de azúcar que no estaba muy lejos de su fecha de vencimiento.
—Aquí tiene —dijo el agente, entregándole la bolsa al que estaba en la puerta.
—Ehmmm… gracias —dijo el zorro viejo. La expresión en su rostro le recordó a la de un niño que recibe ropa interior de regalo cuando él quería el juguete de moda, pero que tiene que fingir estar complacido frente a sus abuelos—. No es la azúcar que buscaba… pero puedo decirle a mi chica… de tomarnos un café mientras vemos el amanecer.
—Me alegro que pueda verle el lado bueno —dijo el agente con un tono condescendiente que no pudo ocultar aunque lo hubiera intentado con todas sus fuerzas—. Debo despertarme temprano, ¿se le ofrece algo más?
—Nada más, colega —respondió el zorro—. Gracias igual, amigo.
Nicholas se aseguró de que el de la bata se alejara y cerró la puerta, volviendo a acurrucarse en el espacio entre la cama y la pared al lado de la entrada.
—Este lugar está lleno de locos —se dijo Nicholas, cerrando los ojos—. ¿Quién pide azúcar a esta hora?
La voz tan molesta del zorro de la bata hizo que, por contraste, el silencio que se hizo alrededor fuera todavía más profundo. Acostumbrado al ruido de la ciudad, el agente se sentía un tanto incómodo sin sentir la música a todo volumen de alguna fiesta a la distancia o alguna discusión entre vecinos, pero sabía que eso era más por costumbre que por verdadero placer, y que por eso no le molestaría terminar acostumbrándose a esas noches donde sólo escuchaba algún auto pasando muy de vez en cuando… y la respiración tranquila de la coneja, que se había vuelto a dormir.
Fue en medio de esa paz absoluta que ese silencio se rompió con otros tres golpes, más espaciados entre ellos que los últimos, dieron contra la puerta de la habitación. Nick se levantó, todavía más somnoliento que antes, y pudo observar a través de la ventana la figura del zorro canoso, de nuevo parada frente a la entrada. Nunca sintió tantas ganas de insultar a los cuatro vientos, pero se contuvo al pensar en que tenía a Judy al lado, más allá de que el hecho de que ella encontrara divertidos los comentarios del de la bata seguro indicaba que no tendría problemas con que lo hiciera.
Nicholas se acercó a la puerta y apoyó la pata en el pomo.
—Mire señor, si ahora quiere harina o algo por el… —decía, deteniéndose en seco al apenas terminar de abrir la puerta.
Frente a él estaba parado el zorro de antes, pero sus ojos estaban en blanco y su boca estaba abierta y babeante. No tardó mucho para que éste terminara por desplomarse, dando de lleno contra el suelo dentro de la habitación.
—¿¡Pero qué…!? —Nick apenas tuvo tiempo de alarmarse, porque de repente las luces se apagaron y sintió que algo se clavaba en su pata inferior derecha.
Dando un gemido de dolor, el zorro cayó de espaldas contra el suelo, apresurándose a meter el cuerpo del viejo con la fuerza de Foxy Lady para poder cerrar la puerta de una patada. El primero de aquellos sonidos ya había sido suficiente para que la coneja se despertara con sobresalto, desplazándose a cuatro patas al final de la cama, cuando un grito a lo lejos retumbó en las paredes del hotel, un grito de terror que según calculó la por intensidad y eco provenía de la sala del recepcionista en la planta baja, cruzando el estacionamiento.
—¡Nicholas! —intentó acercarse al levantar la pata, cuando algo pasó frente a ella con la velocidad de un rayo.
Siguiendo a su instinto, Judy se retiró hacia atrás al instante, pero aquello que se desplazaba en la oscuridad a gran velocidad alcanzó a arrebatarle uno de sus dedos, que cayó frente al zorro al tiempo que Judy gritaba horrorizada, apretando su puño sangrante contra el pecho.
Por un instante recordó a Cheezi Pigdwell, y reconoció una gran diferencia en su técnica con la del presente enemigo. Después de todo, el jabalí le había arrancado miembros enteros apenas provocándole dolor, pero el actual enemigo había cortado el hueso su dedo índice de una sola vez, dejándole a la coneja una nausea terrible, aparte de un dolor sordo e insoportable.
—¡Cuidado! ¡Va hacia ti! —advirtió Judy al retroceder, percibiendo con las orejas de The Bunnyman el recorrido en línea recta que el enemigo estaba realizando en dirección hacia el zorro.
—Maldición —dijo al notarlo, con desesperación en su mirada.
Actuando rápidamente en consecuencia, pasó por encima del viejo zorro muerto a su lado, este mismo resultando un útil escudo cuando la criatura impactó contra él, instante en que la pata de Foxy Lady atravesó a la víctima para capturar al enemigo, estrujándolo con todo el poder de su pata.
Al retirar a su Stand, Nicholas intentó incorporarse mientras Judy observaba expectante el escenario frente a ella, pero el zorro fue incapaz de ponerse de pie, siendo devuelto al suelo con un dolor terrible en el tobillo. Fue entonces al voltearse que, a la luz de la luna, notó que el enemigo había efectuado un corte limpio en su pata derecha que de seguro había alcanzado el tendón calcáneo, impidiendo así cualquier intento de huida.
—¿Qué es eso? —preguntó, pero la coneja estaba tan confundida como él.
Tomó el objeto que había capturado e inhabilitado con su pata, contemplando lo que aparecía frente a él como un artilugio metálico con forma de calavera, con grandes colmillos en la parte inferior, y tres pares de patas con forma de cuchillas en los laterales.
Aquello era, a todas luces, una araña mecánica, pero al abrirla con el poder de Foxy Lady no encontró mecanismo alguno en el interior que la hiciese funcionar. No cabía duda, aquella construcción física sólo podía ser obra de un Usuario de Stand, pero...
—¡Nick, hay otra más frente a ti! —gritó la coneja al atraer una zanahoria de la bolsa sobre la televisión en el instante en que el zorro levantó la vista, apenas alcanzando a ver por un instante a la criatura de metal que se encontraba en pleno salto hacia su rostro.
El tiempo se detuvo en ese instante, en el que el zorro razonó a toda velocidad, mientras levantaba su pata para defenderse, que sería incapaz de bloquear el ataque a tiempo, su vida pasando frente a sus ojos al momento en que la coneja realizó el más desesperado lanzamiento de toda su vida, apenas habiendo transformado en hierro la punta de la zanahoria.
El proyectil viajó como un rayo en dirección al rostro del zorro, dando en el costado de la araña y desviando su curso por apenas unos pocos centímetros de su objetivo final: la unión completa del hombro del zorro.
El choque derivó en el proyectil zanahoria quedando clavado en la pared a la izquierda del zorro, y en las patas cuchilla de la araña generando un amplio corte en el brazo derecho. Y en el instante en que la máquina de muerte se detuvo en la pared fue aplastada por todo el poder del puño izquierdo de Foxy Lady, reduciéndola a un montón de piezas metálicas inanimadas.
—Judy, ¿estás bien? —se preocupó el zorro. La coneja observó por un instante su puño aún sangrante envuelto entre las sábanas, y apretó los dientes antes de responder.
—Sí, no es nada que no pueda arreglar. Pero, ¿qué hay de ti?
—El bastardo lastimó mi pata, quiso asegurarse de que no pudiese huir, y lamento decir que... lo ha conseguido —sonrió tristemente—. Si la situación se vuelve desfavorable para nosotros, no lograré escapar. Me tendrá en sus patas.
—¡De eso ni hablar! ¿Acaso no ves que aún estoy aquí? ¡Ya te lo he dicho, que estaríamos juntos en est...!
—¡No! —cortó secamente—. Judy, si esto llegara a complicarse más... no quiero que dudes al momento de huir. Sólo corre... corre tan lejos como puedas de este lugar, ¡y no mires atrás! Si este tipo va a capturarme, que así sea. Pero al menos haré todo lo que esté a mi alcance para evitar que te capture a ti —le dijo con gran convicción, una frente a la cual la coneja no pudo responder por un breve instante, al contemplar el serio rostro del zorro—. Debí habértelo dicho en ese entonces. Ayer... en el negocio, debí haberte dicho que pertenecía a S-paw-agon. Debí decirte que me habían encargado llevarte allí para que estuvieras segura, pero cometí un error, un error fatal. Y ahora, por causa de ese error, te viste envuelta en esta maldita situación... lo siento, Judy.
—No lo sientas —interrumpió ella—. No importa que no me lo hayas dicho antes, pues estos tipos iban a ir detrás de nosotros tarde o temprano. Y no te lamentes, Nicholas. Esta situación no es culpa tuya, y te aseguro que saldremos de esta juntos. ¿Entiendes? —preguntó, pero el zorro estaba perplejo al mirar a la coneja frente a él, cuya expresión le resultaba extrañamente familiar—. ¿Nicholas?
—Lo siento, es solo que... me recordaste a alguien más —sonrió—. Pero tienes razón, te lo prometí... estamos juntos en esto, hasta el final —asintió con una sonrisa—. ¿Pudiste oír el grito de hace rato?
—Sí, y estoy segura de que vino de la recepción. Allí es en donde se encuentra el Usuario —dijo al mirar hacia la ventana desde la cama.
—No necesariamente. De seguro se deshizo de todos los demás huéspedes del hotel para estar seguro, así que podría estar usando cualquiera de las habitaciones.
—Te equivocas... está silbando.
Nick se quedó pensando un momento, sin saber si había oído bien.
—¿A qué te refieres?
—El enemigo... está silbando, en la sala del recepcionista. Puedo oírle —aclaró al bajar de la cama, con el puño izquierdo envuelto por un pedazo de sábana arrancado de la cama—. Voy a salir de la habitación, pero no te preocupes... no me alejaré mucho de la puerta —dijo al atraer una zanahoria hacia su pata derecha—. Sólo necesito un buen ángulo desde la barandilla, y podré derrotarle con un solo lanzamiento —le decía al tomar el pomo de la puerta.
Un instante fue lo que se requirió al momento en que la coneja apoyó su pata en el metal. Fue el tacto con algo pegajoso, una vibración, una mínima corriente de aire, y su pata izquierda entera se desprendió de su cuerpo con un corte limpio, la coneja cayendo de espaldas con la sangre escapando a borbotones del hueco en donde antes había estado su pata envuelta por la sábana, la cual seguía adherida al pomo de la puerta.
Los gritos de la coneja eran desesperados, y cargaban consigo el dolor y el terror de aquella bestia cuyas garras se cernían sobre ellos.
—¡Judy, cálmate! —suplicó Nicholas al acercarse a ella, pero sus gritos no cesaban.
Quien fuera que los estuviese atacando no era como los animales que se había cruzado con anterioridad; este enemigo no tenía piedad, y escuchando aquel maldito silbido provenir de aquel, Judy estuvo segura de que estaba disfrutando de ese momento.
Aquel era el pensamiento que la llenaba de ira mientras era incapaz de dejar de gritar, cuando clavó la punta de la zanahoria en el hueco abierto de su brazo. La zanahoria comenzó a cambiar de forma, y se convirtió en su pata faltante.
—No eran solo dos... hay más de esas cosas aquí dentro —razonó el zorro, mientras Judy abría y cerraba la palma de su pata.
—¡¿De qué estás hablando?! —exclamó Judy.
—Tú no puedes verlas, pero mi visión nocturna me permite notarlo con claridad ahora: hay telarañas rodeando toda la puerta, así como prácticamente... toda la habitación —aclaró Nicholas.
Judy comenzó a ver a su alrededor y, gracias a la luz de la luna que se colaba por la ventana, pudo ver aquellos hilos que reflejaban el claro, extendiéndose por todas partes, y apenas habiendo dejado libres ciertas secciones de la habitación, como en la que ahora se encontraban.
—Esas dos no estaban atacando indiscriminadamente, solo lo hicieron al final... después de haber tejido las telarañas para que sus compañeras se movieran libremente aquí. No sé por qué... pero parece que las arañas que quedaron aquí sólo reaccionarán si tocamos alguna de las telarañas. Y si damos un paso en falso... van a acabar con nosotros —dijo mientras razonaba la situación—. La araña que cortó tu pata...
—Fue mucho más rápida que las otras dos —dedujo su pensamiento casi al mismo tiempo.
—Por eso las otras dos fingían atacarnos mientras ponían sus telarañas alrededor. Sus compañeras se desplazan varias veces más rápido si lo hacen sobre las telas. ¡Maldición!
—Sus ataques de por sí ya eran difíciles de evadir, pero si tocamos las telas... son ineludibles.
—Este tipo no se anda con juegos... preparó el escenario a la perfección, y si no encontramos la forma de evadir las telarañas... no saldremos de esta con vida —dijo mientras se ponía de espaldas con la coneja, abarcando el mayor campo visual posible. No iban a dejar que aquel enemigo les acorralara tan fácilmente.
Mientras tanto en la recepción, cruzando el silencioso estacionamiento, la hiena se encontraba en cuclillas sobre el cadáver del órice.
La habitación estaba en penumbras pero aún así, con lentes oscuros, la hiena no tenía ningún problema para ver el trabajo en sus patas mientras retiraba otra pieza de piel de su víctima con un filoso cuchillo de supervivencia, uno que la había acompañado durante sus años en el ejercito, para luego coserla con hilo y aguja a la parte inferior de su trabajo para llenar el hueco faltante, luego colocando el retazo de tela cortado de la camisa de su víctima con sumo cuidado.
Aquella hiena simplemente no podía dejar de silbar con alegría, dado que consideraba que era una muy buena noche para ella. Después de todo, había atrapado con suma facilidad al zorro y la coneja que el jefe le había encargado, e incluso había podido darse el gusto de hacer un nuevo amigo.
Levantó la pata en alto, contemplando su nuevo títere de pata con forma de órice, hecho con la piel, cuernos, y ropa de uno real. No podía estar más orgullosa de su trabajo manual con un alto detalle. El interior del títere incluso conservaba la calidez del cadáver que yacía muerto con un hueco del tamaño de un puño en el pecho.
—Es un gusto conocerte, pequeñín —saludó alegre la hiena—. ¿Cómo te llamas?
—Bucky, señorita. ¿Y usted? —Abría y cerraba la boca del títere al hablar, pero sin mover un milímetro la suya propia. La cartera del órice aún yacía abierta en el suelo, cerca del cuerpo.
—Teniente Dexy Fuery, pero puedes decirme simplemente Dexy. Es un placer, Bucky —dijo al tomar la pequeña pata del muñeco con la suya.
—Lo mismo digo, señorita Dexy.
—¿Señorita? Oh, eso es demasiado amable de tu parte.
—Pues a mi me parece una señorita. ¿Cuántos años tiene?
—Bucky, es de mala educación preguntarle a una hembra su edad. ¿Qué no lo sabes?
—Solo pregunté por preguntar. No quise faltarle el respeto, señorita Dexy.
—Oh, está bien... te perdono. Eres una cosita tan tierna.
—Tú también lo eres.
—No digas eso, vas a hacerme sonrojar.
—¿Y qué piensa hacer con la coneja y el zorro? Si no es mucha molestia preguntar.
—No lo es, dulzura. Primero que nada, los llevaré al punto que el jefe me indicó. Él hará su trabajo con ellos, y me dejará las sobras como siempre —dijo al cortar con el cuchillo en su pata izquierda un pedazo de la carne expuesta del abdomen del órice, llevándola a sus fauces con la misma arma. Tal y como esperaba, tenía un sabor exquisito—. ¿Y quien sabe? Si siguen en buen estado incluso podría hacerte un par de amigos más. ¿No te gustaría tener una amiga coneja?
—¡Sería genial! ¡Usted es la mejor, señorita Dexy!
—Oh, lo sé cariño —dijo al besar la cabeza del títere, acariciándola después—. Lo sé.
Para ese momento, Judy ya había empleado a The Bunnyman para recuperar la bolsa de zanahorias sobre la televisión, no dispuesta a perder aquella valiosa munición.
Tomando una de allí y, sin dudar un instante, comenzó a roer alrededor sin comer, empleando la ralladura obtenida en el talón herido del zorro, quien gimió de dolor al contacto. El Stand de la coneja se ocupó del resto del trabajo, adaptándose a la carne del zorro y convirtiéndose en su carne, piel y pelaje.
—Nunca entenderé como lo haces —comentó el zorro con una sonrisa—. Creí que habías dicho que no podías hacer estructuras complejas, y francamente no imagino algo más complejo que el cuerpo de un animal.
—Cuando trato de curar, es diferente. Al usar las zanahorias con mi cuerpo o el de alguien más, puedo sentir como funciona el sistema, y reconocer como debería funcionar. En ese momento, con ayuda de mi Stand, las zanahorias también reconocen como debería funcionar, lo que falta o está dañado, y lo arreglan, se transforman siguiendo el designio de ese cuerpo. Sé que suena algo tonto, pero no se me ocurre otra manera de explicarlo.
—Oye... está bien, mientras funcione —dijo cuando el trabajo estuvo listo, y la coneja retiró las patas—. Parece que no van a atacarnos de momento mientras estemos aquí, pero el Usuario no va a quedarse de patas cruzadas hasta el amanecer.
—De hecho, no me sorprendería que nos ataque el mismo en los próximos minutos.
—No, no va a hacer eso —negó el zorro—. Su Stand es un tipo de largo alcance, y lo exprimirá hasta donde sea necesario para vencernos sin necesidad de acercarse a nosotros hasta que lo haya conseguido. Y dado que estas arañas ni siquiera son la verdadera forma de su Stand, atacarlas tampoco nos ayudará a derrotarle. Solo tiene que seguir enviando a más arañas para que se encarguen de nosotros.
—Y aún así, tampoco tenemos mucho tiempo —dijo ella, llamando la atención de su compañero—. Clarice llegará aquí dentro de poco, y si no detenemos al Usuario para entonces...
—La atacará a ella —razonó al tragar saliva, y Judy asintió.
—A nosotros nos necesita vivos, pero no a ella.
—¡Maldición! —gritó al golpear el suelo con su puño cerrado—. No, no puedo permitirlo. Tenemos que derrotarle ahora, ¡no hay otra manera!
—Pero ella llegará en cualquier momento, ¡tenemos que advertirle antes! ¿Dónde está mi celular? —se preguntó, hallándolo con la mirada en la mesita de luz, a dos metros de distancia, y bajo una capa de telarañas—. Debes estar bromeando...
—El Usuario sabe lo que hace... nos impide comunicarnos, y ni siquiera se molestó en cubrir las zanahorias porque sabe que podrás atraerlas con The Bunnyman. No realizó ningún paso innecesario, y tampoco está esperando a que nosotros caigamos en su trampa —Estaba razonando cuando, por casualidad, cruzó por su mente la necesidad de ver hacia arriba.
Al hacerlo, apenas alcanzó a ver el reflejo de la luna sobre un hilo que caía lenta pero inexorablemente sobre la coneja, así como dos que se cernían sobre él, y Judy no tenía la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo.
—¡Judy, cuidado! —Se abalanzó sobre ella, esquivando los dos hilos que se cernían sobre él, cubriendo a la coneja con todo su cuerpo y sacando a su Foxy Lady, usando su pata como un potente abanico para alejar la tela de araña, que se pegó al techo nuevamente.
—¿Acaso era...?
—Está llevando su trampa a nosotros. Esas dos no eran las únicas tejedoras, ¡era lo que quería hacernos creer! —dijo cuando tres hilos más comenzaron a caer a sus espaldas.
—¡Detrás de ti! —gritó Judy al convertir la zanahoria en su pata en un búmeran que lanzó con todas sus fuerzas, cortando los hilos, alcanzando la mesa de noche y arrancando el celular cubierto de telarañas en un intento por recuperarlo al regreso de su arma—. ¡Lo tengo! ¡Ahora podemos advertir a...!
—¡Judy, no! ¡Es una trampa! —advirtió el zorro desesperado, que lo había visto venir gracias a su visión nocturna, pero para la coneja era ya demasiado tarde.
Sobre la superficie del búmeran, aparte de viajar el celular adherido por las telarañas, también viajaba otra de las arañas mecánicas, que al encontrarse a un metro de distancia de la coneja dio un potente salto, empujando con las patas traseras el búmeran para que el mismo regresara contra la pared contraria, y extendiendo las delanteras para atacar con sus cuchillas directamente el cuello de la coneja.
Después de todo, un Usuario de Stand no moriría con tanta facilidad, y la coneja tardaría bastante antes de morir desangrada. El tiempo suficiente para vencer al zorro y cerrar sus heridas, manteniéndolos vivos hasta llegar al punto de reunión. Todo estaba listo.
Judy se dispuso a tomar una zanahoria para contraatacar y Nicholas dirigió el puño de su Foxy Lady contra el objetivo, en un instante que parecía haberse detenido en el tiempo. Los dos lo sabían: ninguno llegaría a destruirle a tiempo. Eso era lo que ambos pensaban cuando de la misma manera, como en cámara lenta, un hueco del tamaño de un puño se abrió en el costado de la araña, antes de estallar en mil pedazos frente a los ojos del zorro y la coneja, quienes se cubrieron para evitar que alguno de los restos alcanzara sus ojos.
—¡¿Qué fue eso?! —exclamó la coneja, aterrorizada.
—Un rifle de francotirador RT20 —respondió el zorro con una media sonrisa temblorosa al voltear hacia la puerta, notando el amplio hueco abierto en la madera por el proyectil—. Nunca pensé que me alegraría tanto de oír a esa monstruosidad —confesó.
A treinta metros del estacionamiento del hotel, prácticamente a la mitad del baldío, una pudú de pelaje marrón oscuro y ojos azules permanecía pegada al suelo entre la hierba alta, observando la situación detenidamente a través de la mira telescópica de un rifle cuyo largo superaba tres veces su altura. Se relamió al tiempo que lo ajustaba nuevamente, ignorando las manchas de pasto en su falda negra y camisa celeste, recargando uno de los proyectiles y contemplando mediante sus elegantes anteojos todo lo que ocurría en la habitación de hotel donde el zorro y la coneja se habían hospedado.
A diferencia de los lentes de Nicholas, cuya función era principalmente la de comunicación y transferencia de información, los suyos eran capaces de analizar un área específica con suma precisión, guiándose por señales de calor y movimiento. Esta poderosa herramienta, combinada con un rifle que bien podría ser el terror de cualquier guerrilla, y la habilidad para emplearlo con suma eficacia, la volvían una de las agentes más peligrosas en las filas de S-paw-agon.
Sonrió al notar que tanto el depredador como la presa estaban bien, pero volvió a preocuparse cuando vio a aquellos aparatos regresar a su escondite. Estaba claro que la Usuaria, Dexy Fuery, los había retirado luego de haber revelado su presencia con ese necesario disparo, y la pudú comenzó a recorrer rápidamente con la mira telescópica cada habitación del hotel, buscando cualquier señal de la hiena, alegrándose del hecho de que aquellos artilugios de metal creados por el Stand enemigo generaran calor mediante el rápido movimiento de sus patas en forma de cuchillas.
Había ubicado otra señal calórica extremadamente notoria en la recepción cuando, de la puerta de aquella oficina, salió disparado un gran grupo de arañas mecánicas que se dividió en dos, una parte dirigiéndose hacia ella, dispersándose en diferentes direcciones con el baldío como objetivo, mientras que el otro grupo ya estaba subiendo las escaleras hacia la habitación doce del hotel.
La hiena había previsto su ataque inminente y había enviado ambos grupos tanto contra la francotiradora como contra los otros Usuarios para asegurarse de que no fuese capaz de perpetuar el ataque final contra ella y, de paso, acabar con su vida y vencer al zorro y a la coneja. Pero la pudú sonrió, adivinando su plan y teniendo en claro cómo iba a actuar en consecuencia al momento de apuntar contra las arañas en la escalera, aun con las otras a unos pocos instantes de alcanzarla, pero eso no le preocupó al momento de apostarlo todo al siguiente disparo. No iba a dejarle ganar tan fácilmente.
