Al día siguiente Hermione se despertó todavía furiosa con él.
Se vistió sin poner atención a lo que hacía y cuando llegó al vestíbulo miró sin poderlo evitar los marcadores de las casas, para poder confirmar que iban por debajo de Slytherin. Cuál no fue su sorpresa al encontrar el estado del reloj de Griffindor.
Entró en el gran comedor, sus ojos lo buscaron rápidamente en la mesa de los profesores y sabiendo que él la veía, movió sus labios en un insonoro "gracias", sonriéndole después como solía hacer cada día durante el desayuno.
Contra todo pronóstico, el profesor de pociones le respondió.
Su plan de hacer como si nada hubiera ocurrido no iba a funcionar después de todo, pensó Snape cuando su cara sonrió sin que apenas lo advirtiera.
Esa tarde después de las clases, ella entró en su despacho como hacía siempre al principio.
Y no fue violento ni extraño, parecía que la chica comprendiera el breve lapsus en su actitud. Simplemente no hicieron referencia a la regresión comportamental del profesor, mientras se quedaban comentando los detalles de su día.
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Jean despertó, esa noche había vuelto a estar con él, pero ya a penas la sorprendió enontrarse al lado de Paul cuando abrió los ojos.
Se levantó con cuidado de no despertarlo y se metió en la ducha.
Se acordaba del día anterior cuando Lucius le preguntó por el apellido.
Estaba acostumbrada a dar la misma respuesta a los extraños que le preguntaban, pero nunca se había puesto tan nerviosa. Y es que a diferencia de normalmente, esta vez el que le preguntaba tenía un papel importante en la historia.
Pero no podía dejar que él lo supiera. No, en ese momento lo único que haría sería empeorar las cosas y entristecer a Paul, que siempre había estado enamorado de ella.
Además, Lucius tenía su familia y su vida. Igual que ella.
Volver a verlo no significaba que nada hubiera cambiado. Ella lo amaba, pero la vida debía seguir el curso que llevaba.
Encontrarse de vez en cuando no hacía daño a nadie, pero ahondar en heridas pasadas, los dañaría a todos.
Cuando la presión fuera demasiado grande el hermoso sueño se rompería, como se rompe una copa de cristal cuando la voz es demasiado aguda.
Y su secreto era una bomba de relojería.
No, Malfoy no podía enterarse de que Paul era en realidad un primo suyo, que había accedido a casarse con ella y encubrir así su embarazo.
No podía permitir que Lucius descubriera que Hermione en realidad era hija suya.
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Entre Severus y su alumna las cosas volvían a fluir tranquilamente, solo que con una diferencia, una diferencia que ninguno de los dos había imaginado nunca, su relación se había convertido simplemente en una amistad, una amistad muy enriquecedora y que ambos habían necesitado toda su vida, pero una amistad al fin y al cabo.
Ninguno de los dos planeó que iba a necesitar al otro de ese modo, pero ya no podían pasar un solo día sin contarse sus problemas cotidianos.
Ella le hablaba de los estudios y de sus fallidos intentos de encajar con los gustos del resto de Griffindors.
Él le hablaba de la impotencia que sentía en las clases y que provocaba sus enfrentamientos con profesores y alumnos.
Se reían juntos, no falsamente como en la fase adolescente de Snape, sino sólo cuando les salía, y es que, aunque nadie lo diría, tenían un humor muy parecido.
Habían logrado un entendimiento profundo, un acoplamiento perfecto.
Sus excepcionales mentes estaban sedientas la una de la otra, y por primera vez en sus vidas se estaban permitiendo ser ellos mismos, porque sabían que serían entendidos.
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Las manos de Jean se movían con velocidad mientras guardaba en su lugar las últimas cosas de la consulta, por fin apagó las luces y se subió en el coche para volver a casa.
Pensó una vez más en el que supo que sería el hombre de su vida desde la primera vez que estuvieron juntos.
Ahora Lucius a lo mejor también estaba volviendo de su trabajo, ¿en qué trabajaría?
Puede que en ese momento estuviera entrando a su casa y lanzándose a los brazos de su mujer. Su hijo debía estar en Hogwarts, porque iba al curso de Hermione.
El corazón de Jean se encogió al pensar en esto.
Si Draco nació el mismo año que su pequeña, eso quería decir que Lucius había estado con su esposa y con ella al mismo tiempo. Se preguntó cuanto tiempo estuvo casado y viéndose con a la vez con ella.
Bueno, ahora se puede decir que soy oficialmente la amante. Pensó sintiéndose extraña con el título que acababa de ponerse a si misma.
Aunque siempre había tenido muy clara la importancia de la fidelidad, ahora que ella era "la otra" las cosas cambiaban radicalmente, de pronto no le parecía tan mal llevar una relación extramatrimonial, no en su caso al menos.
Entre ellos parecía lo más natural del mundo, la mejor forma de estar juntos.
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Llegó a casa y había una nota de Paul. "Voy a salir, me ha llamado mi tía diciéndome que tiene que hablar conmigo urgentemente, no me esperes despierta."
Jean sonrió y abrió la puerta, en ese mismo instante, Lucius se apareció frente a ella.
-¿Se puede?- sonrió él besándole la frente.
Jean lo atrajo al interior de la casa y cerró la puerta tras él.
-¿Y que le trae tan pronto por aquí de nuevo señor Malfoy?- dijo ella colgándose de su cuello.
-Tenía que verte.- contestó el acercándose peligrosamente a sus labios.
Ella sonrió y lo besó. Él le respondió al beso abrazándola y luego sin previo aviso pasó el brazo tras sus piernas y la levantó del suelo.
Jean rió mientras él la llevaba a la cama. Una vez allí, la tumbó y se colocó sobre ella sin parar de besarla.
Jean llevó una mano hasta su nuca y soltó el lazo que sujetaba su largo pelo. Una lisa cortina de pelo rubio cayó a un lado de su cuello mezclándose con los rizos castaño oscuro del cabello de ella.
Él se alejó un poco su cara para mirarla y sonreírle, y las manos de ella no tardaron en empezar a desabrochar la túnica de él, que pronto salía por su cabeza mientras Lucius se deshacía de la camisa blanca que llevaba ella.
Cuando, sin el estorbo de la ropa, sus cuerpos se juntaron de nuevo, un gemido escapó de la garganta de ella.
Sentía el cuerpo fuerte y ardiente de él apretándose contra el suyo, y totalmente hipnotizada miraba como los músculos de sus brazos se tensaban cuando dejaba caer su peso sobre ellos.
Lo adoraba, adoraba como se movía, como sonreía, y como finalmente perdía el control de sí mismo haciendo que todo fuese aún más perfecto si cabía.
Adoraba como sus palabras la mecían antes, durante y después de estar con él.
No volvería a perderlo, pensaba mientras acariciaba su pelo mientras él estaba tumbado en su pecho totalmente rendido. Besó su cabeza y él se acomodó sobre ella.
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