Crónica diez
—Alcohol—
Personaje (s): -Yuki-Eiri Uesugi.
Pareja: Eiri-Shuichi.
Categoría: No menores de 16 años.
Notas: POV (Point Of View) de Yuki Eiri.
Advertencia: Connotaciones sexuales (Tengo el descaro de llamarlo "advertencia").
Hablando de licores, alcoholes y cualquier otra sustancia nociva en contra del hígado, tengo que comentar que Shuichi no es alguien que sepa beber con "moderación", de hecho, pienso que no sabe diferenciar entre la cerveza y el agua porque las bebe ambas como si no hubiera un mañana. Lo que considero malo, es que cada vez que un éxito suyo se galardona en la radio como el número uno, se va de juerga al karaoke con sus inseparables amigos para volver a casa tan ebrio que apenas y puede andar... si se le puede decir andar a medio arrastrarse, caerse y pararse en una sincronía pésima.
Cuando estoy durmiendo y se cuela en la cama con un tufo asqueroso, prefiero mil veces el sofá… para que él duerma ahí. ¡Realmente es molesto!
Al parecer, ha decidido que hoy es una de esas noches escandalosas y, para fastidiarme, se escurre en la habitación con una risilla tonta que me taladra los oídos sin consideración. Se desnuda lo más velozmente que puede—yéndose de bruces al suelo al sacarse el pantalón—y se mete en la pijama lo más ágilmente que puede. Ni ganas me dan de decirle que se ha puesto los pantalones al revés, prefiero fingir que aún duermo. En cuanto se meta entre las mantas, lo patearé y enviaré a dormir al salón.
«Yuki… bu-buenas noches» sisea entre hipidos estrepitosos que hacen que la cama se sacuda.
¡Es horrendo!
«¡Oy…!»
Pero antes de que pueda decir algo, su cuerpo está tan pegado al mío por la espalda, que hace que me estremezca. Su respiración palpita en mi cuello al compás de su corazón y sus manos se deslizan por encima de mis muslos como si fueran un par patines en la pista de hielo. Aprieta con tanta fuerza que casi duele. El pantalón se está perdiendo cuesta abajo y sus manos cada vez están más cerca de mi locura y perdición.
Cuando está ebrio… Nunca puedo adivinar lo que pasará por su mente. Más bien, nunca puedo saber lo que piensa.
Mientras pasan los minutos, su boca enredándose con la mía me transmite el sabor del alcohol, uno amargo y poco fino que me pica levemente. Sus piernas están encontrándose con las mías y sus rodillas me lastiman porque se mueven demasiado, pero sentirlo tan cerca es asfixiante.
Poco a poco, el calor en nuestros cuerpos aumenta y no puedo contenerme. Teniéndolo tumbado de boca contra el colchón, con su voz aguda resonando contra las paredes, enloquezco antes de poder saborear bien lo que estoy haciendo. Quien se ha embriagado ahora soy yo, con este profundo olor envolviéndonos y su sabor estallando en la punta de mi lengua y chocando con mi paladar.
Simplemente, lo amo. Y amo cada una de sus estupideces porque, a pesar de todo, estas me involucran. Siempre me involucran. Y estoy feliz con ello.
