Como ya saben, está basado en los personajes y mundo creados por J.K. Rowling.
Era la tercera semana de noviembre. Después de la cena, Helena estaba en la sala común con Daphne y Millicent jugando una partida de snaps explosivos, sentadas en el suelo. A ninguna les apetecía hacer los deberes. Una figura entró por el muro de la sala común con paso firme. Helena le vio buscar a alguien con la mirada, y cuando la encontró, se dirigió hacia ella. Cuando pasó al lado de Crabbe, Goyle y Malfoy, éste último se levantó del sofá donde estaba.
-Buenas noches, profesor Snape- dijo.
-Buenas noches, Draco- el hombre no se paró, sino que siguió hasta donde estaban las tres chicas sentadas, y en ése momento una carta explotó cuando Daphne la posaba en el suelo.
-¿Podría acompañarme, señorita Riverside?
-Por supuesto, profesor- sus amigas la interrogaron con la mirada. Ella se levantó, se arregló el uniforme y le siguió, que ya iba hacia la salida. Ella le siguió todo el trayecto a dos pasos de distancia, oyendo el fru-frú que hacía la túnica de Snape al caminar. Ya casi cuando llegaron a la gárgola de piedra, él sacó la varita, la apuntó con ella, y sin pronunciar el hechizo en voz alta, ella notó un pitido en los oídos que no la dejaban oír nada. Vio cómo él decía la contraseña a la gárgola, y en lo que ascendían los escalones, él la tomó de la mano, suave pero firmemente, y cogidos de la mano subieron las escaleras. Antes de entrar en el despacho, él la volvió a apuntar con la varita y dejó de notar aquél zumbido.
-Gracias- dijo ella, encantada porque aún seguían sus manos entrelazadas.
-Soy yo quien debería dártelas, por lo de la espada. El "truco o trato que querían hacer en mi despacho"- esta vez Helena se lo esperaba, él se inclinó y se besaron. Un beso largo y apasionado, que sonó como una ventosa cuando se separaron. Helena rio nerviosa, y él con su sonrisa ladeada.
-No creo que sólo hayas venido a buscarme por esto- dijo ella.
-Cierto, tengo que pedirte un favor- soltándola de las manos, abrió la pesada puerta y entraron al despacho. La voz de uno de los directores se oía con más claridad que la de los demás.
-Ya era hora, señor director, ésa estúpida sangre sucia…
-Phineas- dijo Snape en tono cortante.
Helena vio que el retrato del profesor Black llevaba puesta una venda en los ojos.
-Creo que están juntos, pero no sé dónde- el hombre seguía en sus trece.
-Phineas, Severus viene acompañado.
Esta vez era Dumbledore el que habló. La verdad es que el cuadro le había quedado magnifico. El pelo y la barba plateados, que se había inspirado en una catarata, las gafas de media luna, posadas en esa nariz torcida, y los intimidantes ojos azules, que tenían la misma vida. Sonrió a la joven, mirándola por encima de las gafas.
-Buenas noches, Helena. Me alegra verte.
-Lo mismo digo, profesor.
-Parece que fue ayer cuando pintabas este retrato. No te llegué a decir lo mucho que me alegré cuando supe que habías sacado un Extraordinario en el TIMO.
-Gracias, señor. Y eso que casi tuve que acabarle mirando su cromo de las ranas de chocolate.
El viejo director y demás cuadros de la estancia rieron por el comentario. El retrato ya estaba casi acabado fue cuando la horrenda cara de sapo Dolores Umbrigde ocupó temporalmente el cargo de directora, puesto que Dumbledore tuvo que huir del castillo. Afortunadamente, Dumbledore volvió al sitio que le correspondía, y pudieron acabar el cuadro. El mismo fue quien intercedió y convenció a los examinadores para que la muchacha pudiese presentar el retrato, pese a que oficialmente habían acabado los exámenes.
-Ya sé que ahora estás con el retrato del actual director- cabeceó en señal de aprobación hacia Snape- Seguro que a Severus le agrada tener alguien con quién charlar, más joven y mucho más guapa que todas estas viejas pinturas.
Entre los cuadros se oyeron burlas, risas y algún que otro gruñido de protesta. Cuando Snape le fue a replicar, el profesor Black estalló.
-No estamos aquí para risas, damas y caballeros ¡Mi cuadro!, Mi obra de arte- se llevó las manos a la venda que le cubría los ojos- ¡Que alguien me quite esto de una vez!
Como quedaba en alto, Snape hizo aparecer una escalera, y la sujetó. Con la cabeza, hizo una señal a la joven para que subiera. Cuando Helena sacó la varita y apuntó al retrato, Snape la cortó.
-¿Podrías decir el hechizo en voz alta? Para aprenderlo y no tener que molestarte en futuras ocasiones.
-Por supuesto, señor- Helena disimuló la curiosidad. Apuntó con la varita al hombre que estaba en el cuadro, de pelo oscuro, rostro puntiagudo y con barbita- Si es tan amable de quedarse quieto un momento, profesor Black. Gracias. Luminati.
La venda desapareció. El hombre se llevó las manos al rostro, miró a Helena, y a la "S" de Slytherin de su túnica, y ella creyó oír un "gracias" disimulado en una tos.
-Phineas- le regañó Dumbledore.
-Está bien, está bien. Gracias, señorita Riverside- admitió a regañadientes.
Snape le tendió la mano, para que se apoyase mientras bajaba la escalera, y ella aceptó encantada. Cuando su pie se posó en el suelo, él retiró la mano con más brusquedad de la que ella creía que debía. Luego hizo desaparecer la escalera.
-¿Te viene bien mañana para la siguiente sesión?- preguntó Snape.
-Me temo que no- el rostro de Snape se contrajo- los miércoles tengo clases todo el día. ¿Podría ser el jueves, a las tres?
-El jueves entonces. A raíz de la escaramuza que hicieron esos tres…alumnos- Helena sonrió, seguro que no era "alumnos" la palabra que le hubiese gustado decir a Severus- continuaremos en el aula de Arte. Ya aviso yo al profesor Canvas. Vamos, te acompaño a la sala común.
Helena se despidió con la mano del retrato de Dumbledore y demás directores. Algunos le devolvieron el saludo, y le desearon buenas noches. La muchacha estaba empezando a coger cariño a esas escaleras, pues él la besó y la abrazó con timidez. Ella aspiró el aroma de su túnica, que olía a una mezcla de ingredientes para pociones. Y de perfume, para disimular el mal olor de alguno de ellos.
El jueves llegó, y aunque estaba un poco saturada de deberes y hechizos a practicar, fue al aula de arte diez minutos antes de la hora. Colocó el lienzo sobre el caballete, fue al armario donde estaban las pociones y las pinturas, cuando entró el contrahecho Amycus Carrow. La miró de manera calculadora y se acercó a ella, demasiado cerca.
-Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí?- el aliento le apestaba, Helena no se atrevía ni a pestañear. Cuando iba a hablar, él le puso un dedo sobre la boca- Prefiero las sangre pura, pero con una muñequita mestiza tan bonita como tú podría hacer una excepción. Incluso si te portas bien, podría pasar por alto ése comportamiento a favor de los muggles- dijo, mientras ascendía el dedo por la mejilla.
-¿Qué crees que estás haciendo, Amycus?- La voz de Severus solo fue un susurro, pero tan amenazador como el silbido de una serpiente, que hasta a Helena se le puso la carne de gallina. Carrow se separó un par de pasos de la chica, y como si se hubiese aparecido, Severus se colocó entre él y Helena, empujando a la chica detrás de él. Tenía la varita en la mano.
-Disculpa, Severus, sólo quería… jugar un poco con ella.
-No toleraré este comportamiento. No vuelvas a hacer nada parecido, o hablaré con El Señor Tenebroso. Además ella es mía- añadió con fiereza.
Aquellas palabras sorprendieron a Carrow, que miró a la chica como un hambriento ve un festín, se relamió los labios.
-Hay que reconocer que tienes buen gusto con tus juguetes, Severus.
-Fuera de aquí- Snape acompañó hasta la puerta a Amycus, y cuando éste salió, cerró la puerta con un portazo, apuntó con la varita, y dijo "Fermaportus" y después "Muffiato".
Se acercó a zancadas a Helena, que apenas se había movido de donde la había dejado. La cogió por los brazos y las sacudió.
-¿Estás bien?- preguntó preocupado.
-Sí- se obligó a mirarle a los ojos, y le sonrió, incluso eso la ayudó a tranquilizarse- Has llegado a tiempo. Gracias.
La soltó y se puso a dar paseos por el aula, con los puños apretados, varita en mano, de la cual empezaron a salir chispas rojas.
-Severus, cálmate, no ha pasado nada, estoy bien, de verdad- ella se acercó a él, pero la apartó de un empujón.
-Esto ha sido un estupidez…Cómo he podido…
-¿A qué te refieres?- Helena estaba confusa.
-No debí acceder… además… yo… ella…- el hombre desvariaba, se desplomó sobre una silla. Ella se acercó corriendo.
-Severus- ella susurró su nombre, le tomó el rostro entre las manos para obligarlo a mirarlo a los ojos, que estaban brillantes por las lágrimas contenidas y lleno de dolor.
-La mujer a la que amaba, que sigo amando, murió por mi culpa- dijo al fin, había una profunda pena en su voz- No quiero que te pase nada a ti- cerró los ojos, y ella le besó la frente, los párpados, las mejillas, en la aguileña nariz y finalmente en los labios, una, dos, tres veces, hasta que él, más sereno, la apartó suavemente de su lado.
-No te librarás de mí tan fácilmente, Severus- dijo ella con una sonrisilla- ¿Quieres que aplacemos la sesión de pintura para otro momento?
-No- su voz sonaba segura, haría recuperado la compostura, hizo aparecer la silla medallón y se sentó en ella. Por un momento a Helena le pareció un rey en su trono.
-¿Necesitas que esté de pie?- preguntó él.
-Te aviso cuando haga falta, lo que sí necesito- sacó su varita- Sphaeri Lucis- una esfera luminosa apareció, y la dirigió hacia la derecha de Snape. Él la miró y curvó los labios.
-¿El foco de luz?- preguntó él, al ver que no contestaba, se asustó-¿Pasa algo?
-Tu pelo…-consiguió articular. Y esta vez fue él quien soltó una carcajada, y Helena llegó a pensar si alguien le había escuchado reír alguna vez.
-Me pediste que lo lavara, ¿no?- no brillaba, pero sí estaba más suelto, menos grasiento que como lo llevaba habitualmente.
Ella sonrió de pura felicidad. Cogió pincel y la paleta de color, y comenzó a dibujar, rellenado los huecos del esbozo.
Esta vez, él le pidió que le hablase de su tierra natal, de su infancia, de lo que se la ocurriese. Ella se emocionaba recordado los verdes campos, las montañas, el mar y las playas. También de los sitios que había visitado con sus padres, alrededor del mundo. También él le preguntaba, pero a Helena le dio la sensación que a veces estaba un poco ausente, pero no le importó.
Casi a las seis, ella recogió los bártulos, le enseñó cómo iba la pintura. Se despidieron hasta la siguiente sesión. Ella abrió la puerta con "Alohomora" y al cerrarla, el portazo sonó como una fría despedida.
