Capítulo 10

La cita

—Vamos, vamos, levanta tu cuerpito de esa cama de una vez por todas—mis oídos escuchaban una voz lejana que me llamaba y mi cuerpo sentían dos brazos que me sacudían. — ¡Arriba dormilona! —seguía insistiendo la afinada y melodiosa voz, Alice.

— Ya estoy despierta —me quejé con voz pastosa y poco audible para un humano.

—Levántate, por favor ¡Tengo que irme! —me suplicó con voz apurada, seguramente estaba frunciendo sus labios en un puchero que yo no podía ver por tener la cara tapada con las sábanas.

Saqué mi rostro de entre los cubrecamas y comprobé mi teoría, mi tía estaba gesticulando un dulce mohín apesadumbrado. Reí por su expresión y comencé a erguir mi cuerpo ¿Quién podría negarse a ese rostro angelical?

— ¿A dónde vas? —le pregunté mientras me levantaba de la cama completamente. —Creí que tu trabajo lo hacías desde aquí.

—Claro, pero hoy un cliente quiere reunirse y ya estoy retrasada—se quejó.

— ¿Y por qué no te fuiste aun? —le pregunté, tomando la bata que me alcanzaba y dejándola sobre la cama.

—No hay nadie en la casa Jazz ¿Quién iba a despertarte?

— ¿Y Renesmee? ¿Y mi madre?—pregunté preocupada. — ¿Quién va a llevarme al instituto?

—No te hagas problema, eso está solucionado, ya tienes un chofer propio hasta que cumplas los tan esperados diecisiete años—me contestó con una resplandeciente sonrisa. —Suerte, debo irme.

— ¿Dónde está mi mamá? —le pregunté rápidamente antes de que se esfumara.

—Chao—vociferó por última vez, antes de desaparecer.

— ¡Gracias por responder! Chao—contesté indignada al aire, debido a que ya se había marchado.

Miré mi reloj pulsera, era demasiado temprano. Mi tía se había encargado de despertarme más temprano de lo habitual, así que bajé a desayunar en camisola. Me cambiaría luego de ingerir algo, moría de hambre.

Habían pasado algunas semanas desde que Max me había sanado, y ya era increíble el cambio que eso había generado en mí. Me levantaba siempre de buenos ánimos y contenta, hacia el ejercicio que Emmet me ordenaba y hasta me agradaba hacerlo. No me dolía el cuerpo, no tenía mareos, ni fiebre, ni hemorragias y lo más importante era que siempre tenía apetito. Vivía con algún alimento en mi boca, una fruta, un chocolate, tal es así que ya había recuperado varios kilos. Mi familia estaba radiante de alegría y yo también.

Pero si había algo que no me gustaba en lo más mínimo de todo esto, era mi relación con Max. Había cambiado radicalmente. Se podía decir que éramos grandes amigos, nos sentábamos juntos en el almuerzo, en las clases conversamos animadamente y hasta reíamos juntos, nos hacíamos chistes y nos contábamos algunas cosas de nuestras vidas. Camille seguía insistiendo en que Max estaba perdidamente enamorado de mí, pero él no daba señales de estos sentimientos, yo solo veía amistad. Y eso me fastidiaba, desde que había curado mi leucemia se comportaba como un amigo, parecía que su vínculo conmigo se había desquebrajado completamente.

¡Basta Jasmett! —me grité mentalmente a mí misma, mientras golpeaba mi cara con mi propia mano.

Día tras día me auto castigaba por tener estos ridículos pensamientos. Yo debería estar feliz de que Max no correspondiera mis sentimientos, así podría tener lo que siempre quise, una buen trabajo, un esposo, una hermosa familia, con hijos y nietos. Y un vampiro lamentablemente no podía darme estas cosas, por más sexy, hermoso, perfecto y encantador que este fuera.

Terminé de bajar las escaleras de a saltitos despreocupados, pero grité sobresaltada al ingresar a la cocina y ver un hombre sentado plácidamente en la mesa.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté, con mi corazón aun agitado por el susto.

—Lamento haberte asustado, soy tu nuevo chofer—dijo Max con una sonrisa, acercándose hasta mí y besándome en la mejilla.

— ¿Te pagan por hacer eso? —consulté, mientras me sentaba frente a un enorme cuenco de cereales que seguramente mi tía había preparado para mi antes de irse.

—Sí, claro.

— ¿De verdad?

—No, claro que no—dijo en tono sarcástico y con una sonrisa burlona. — ¿Cómo voy a aceptar que me paguen por ser tu chofer? Lo hago porque me divierte.

— ¿Te gusta ser chofer? —le pregunté confusa.

—No—me respondió rodando los ojos. — Me gusta ser TU chofer, me gusta verte recién salida de la cama, despeinada, sin arreglar y en camisón…—dijo, examinando mi imagen detenidamente.

Y caí en la cuenta, que llevaba puesto el camisolín de noche, ni siquiera me había cubierto con la bata que me había pasado mi tía, ya que no la creí necesaria porque pensaba que estaba sola. Por algo Alice me había alcanzado la bata y por algo no había insistido en la lleve puesta. Mataría a Alice cuando regrese, espero que haya visto eso.

—Esta camisola no es tan de dormir, casi parece un vestido—intenté explicarle a modo de defensa, subiendo el escote del camisón dificultosamente con mis manos.

—Pasaría por un bonito vestido tranquilamente sino fuera tan… ¿Cómo decirlo sin que suene depravado?… TRANSPARENTE—dijo Max alzando una ceja y chasqueando sus dedos, con la sonrisa más hermosa que jamás había esbozado. —No es que me esté quejando, te sienta bien—agregó, ensanchando aún más su sonrisa, y logrando que mi rostro adquiera el color escarlata más brillante de toda mi vida.

—Idiota—le insulté, mientras hundía la cuchara en el cuenco de cereales y agachaba mi mirada.

—No te ofendas—me dijo con voz dulce. —Te dije que te quedaba bien, deberías llevar modelitos así más segui…

No pudo concluir su frase debido a que saqué la cuchara de mi boca y le golpeé en la cabeza con ella, con todas mis fuerzas. Esto ocasionó un feo ruido metálico, como si hubieran colisionado dos planchas de acero y la cuchara se dobló por la mitad.

— ¡Rompiste mi cuchara! —le acusé, examinando como el pobre utensilio se doblaba al medio.

—Yo no la rompí—dijo riendo, mientras me la quitaba de las manos. —La rompiste tú cuando la estrellaste en mi cabeza.

—Te lo merecías—le dije tercamente, mientras cruzaba los brazos sobre mi pecho.

Él solamente negó con la cabeza y sin quitar la sonrisa de su precioso rostro, tomó la cuchara por ambos extremos y volvió a doblarla en sentido contrario para acomodarla. Como resultado la cuchara quedo medianamente derecha, pero torcida.

—Ya está—dijo complacido, entregándome la cuchara.

—Gracias—le respondí, examinando la cuchara.

— ¿Está rico el cereal? Le agregué dos cucharaditas de azúcar como a ti te gusta…

— ¿Lo preparaste tú? —le pregunté, luego de tragar.

—Claro.

— ¿También te contrataron como mi cocinero? —le pregunté con tono socarrón, mientras metía otra cucharada de cereal en mi boca. — ¿O cocinas porque te gusta ver cómo mastico? —le pregunté, abriendo mi boca para mostrarle el cereal a medio masticar en mi cavidad bucal.

Él observo el contenido de mi boca con detenimiento entrecerrando los ojos, hasta que la cerré.

—Me gusta el cereal en tu boca ¿Puedes mostrarme un poco más? —me preguntó riendo.

—Voy a cambiarme antes de que termines rompiendo algo más—le dije mientras llevaba el tazón al fregadero. El solo se rio mientras me iba.

Ingresé en mi cuarto y me cambié con mi uniforme escolar. Intenté peinar mi cabello, pero era algo dificultoso, así que terminé atándolo en una coleta.

Cuando bajé las escaleras, me encontré a Max apoyado sobre el enorme piano de la sala.

— ¿Tocas? —consultó señalando el piano, mientras se acercaba a la puerta.

—Mi padre es el mejor pianista del mundo—le dije con una sonrisa, recordando las numerosas nanas que había compuesto mi padre, varias de ellas dedicadas a sus hijas.

— ¿Y tú? —me preguntó, abriendo la puerta de entrada para que yo salga primero.

—Solía hacerlo—le contesté con melancolía mientras me dirigía hacia su lujoso automóvil.

— ¿Por qué ya no lo haces? —volvió a interrogar, abriendo la puerta del copiloto y haciéndome señales para que me tome asiento.

—No lo sé—le contesté sinceramente.

— ¿No te gusta? —me preguntó, sentándose en el asiento contiguo y poniendo la marcha.

—Sí, me encanta, simplemente dejé de hacerlo.

—Uno no deja de hacer algo que le encanta "porque si" —me dijo poniendo especial énfasis en la frase "porque si". —Abrocha tu cinturón—me ordenó, mientras emprendíamos la marcha al instituto. Asentí e hice lo que me ordenó sin reprochar.

—No sé, dejé de hacerlo desde antes de venir a Forks, comencé a enfocarme en otras cosas—le respondí.

—¿Qué otras cosas? —preguntó con sincera curiosidad.

¿Cómo podrían importarle los importunos de una simple humana?

—En pasar mis materias, priorizar los estudios—le dije sin pensarlo con aparente honestidad, aunque no era del todo cierto. Lo que me había alejado de la veta artística era la preocupación por mi futuro, pero no mi futuro universitario, sino mi casi inexistente futuro humano.

El pareció analizar mis palabras poco convencido y por suerte no continuó socavando información, cambió de tema al llegar al instinto.

— ¿Conoces a Adams? —me preguntó, con gesto curioso mientras bajaba del automóvil ágilmente.

— ¿Adams? —le pregunté fingiendo desconocimiento, no estaba segura de deber reconocer que lo conocía, no quería delatar a Camille. Aunque seguramente él ya había escuchado que habíamos estado hablando él. Sentidos vampiros.

—Adams Thierry—me contestó, llegando a mi lago para ayudarme a bajar del auto.

—Sí, ya sé quién es—fingí que me acordaba de él. — Presencia las clases de apoyo de matemáticas.

—Exacto, el que toma asiento siempre al lado de Camille—concordó el, acompasándose a mi paso en nuestro camino hacia las clases.

—Sí, Camille me mencionó algo sobre él—le dije, no tenía sentido mentirle.

—Excelente, porque tenemos una cita.

— ¿Una cita? —pregunté confundida

—Sí, Camille, Adams, tú y yo—me contestó con total naturalidad.

— ¿Tu y yo? —le pregunté, siguiendo confusa. — ¿Qué estas tramando en tu cabecita retorcida?

—Adams esta enamoradísimo de Camille y no se anima a invitarla a salir—comenzó a explicarme Max y ahí entendí por dónde iba el asunto. —Así que haremos una cita doble, porque a este paso Adams vestirá santos el resto de su vida.

—Entonces fingiremos que la cita es para nosotros, pero en realidad es para ellos—expresé con gesto calculador.

—Si así lo quieres—me concedió en un extraño tono de voz que no llegué a comprender y tampoco pude preguntar porque continúo hablando. —Es muy simple, ya lo tengo todo planeado—empezó a explicar, deteniéndose. — Yo te invito a ti a salir y tú invitas a Camille alegando que no te animas a salir sola conmigo y yo llevo a Adams como acompañante de Camille.

— Sabes que si Adams invita a Camille, ella aceptará ¿Verdad? —le pregunté, tirando por la borda sus ansias de ser cupido. —No hace falta que nosotros nos metamos en el medio.

— Lo sé, pero el problema aquí es que él no se anima a invitarla y tu amiga tampoco ha hecho nada, a pesar de estar pavoneándose del empoderamiento femenino— me recordó la conversación que había tenido con Camille en la cafetería, en la que se jactaba de tomar la iniciativa.

—No sé si está bien mentirle a Camille—dudé.

—Es por su propio bien—me contestó con una sonrisa.

— ¿Y si todo sale mal? —continué dudando.

—Eso es imposible—me contestó, como si el supiera cosas ocultas que yo ignoraba, y claro que lo hacía. —Mira Jas, ese muchacho la adora, se la queda mirando como un bobo, siempre tengo que golpearlo para que desprenda los ojos de ella medio segundo, cambió su clase de educación física para estar con ella, es un genio en las matemáticas solo asiste a nuestras clases y desaprueba la materia para estar junto a Camille dos horas más.

—Eso explica muchas cosas—le contesté, recordando como el muchacho jamás tenía dudas y hacia los ejercicios perfectamente, pero mantenía notas muy bajas.

—No te pido que me apoyes en esto, solo que me acompañes—me pidió Max, suplicándome con la mirada. —Sé que vamos a hacer lo correcto, ellos son el uno para el otro, solo déjame demostrártelo.

—Está bien—acepté, rindiéndome ante su perfección. No podía darle una negativa cuando me miraba de esa forma tan dulce.

—Prometo que no te arrepentirás—me dijo, dejándome en la puerta de mi primera clase.

—No lo sé, no estoy convencida con todo esto—me quejé, mirando como los alumnos se agolpaban para ingresar al aula. — ¿Qué le tengo que decir?

—Tú no digas nada, deja todo en mis manos—me pidió, yo le lancé una larga mirada de difidencia. —Confía en mí una sola vez en tu vida—agregó, poniendo sus manos a los costados de mis brazos, como si la confianza pudiera entrar en mi de ese modo, lo único que consiguió fue que pequeñas descargas eléctricas se desplazaran hasta mi vientre.

—Tengo que entrar a clases—le dije, notando que el aula ya estaba casi llena. —Más te vale que esto salga bien, porque si mi amiga derrama una sola lágrima por ese muchacho te juro que te…

—Si esto sale aunque sea un poco mal, juro solemnemente que seré tu chofer por trescientos años—apalabró, apoyando la mano sobre el lado izquierdo de su pecho. —Me tengo que ir a mi clase—dijo rápidamente luego de su juramento, acto seguido me besó en la mejilla y corrió por el pasillo a un paso ligeramente humano.

¿Trescientos años? Que buena broma, estaba loco si pensaba que yo iba a vivir tanto tiempo.

Sin reprocharle nada, entré a mi clase. Por suerte Camille llegó retrasada, así que no tuvo ni la más mínima sospecha de nuestro plan maestro.

Me sorprendía como Max se inmiscuía en cosas tan superfluamente humanas, como hacer de cupido entre dos amigos, y parecía divertirse con eso.

El día transcurrió lentamente hasta que, por fin, el milagroso timbre anunció que era el horario del tan esperado almuerzo.

—Bruja a las doce en punto—me susurró Camille al oído, mientras caminábamos por el pasillo hacia la cafetería. Alcé mí vista lo más disimuladamente posible para ver como Janet avanzaba hacia nosotras, tan sexy y petulante como siempre, rodeada de todas sus fatuas secuaces.

—¡Dos bichos! —gritó con voz escandalosa deteniéndose a mi lado y observándonos a Camille a mí con cara de asco. —Deberían llamar a los de fumigación.

—Y tú deberías ir a un nutricionista urgente —le respondió Camille con gesto serio. —Estás más gorda que la semana pasada ¿Eso es un cúmulo de grasa? —le consultó con tono de voz espantado, apretando el costado de la panza de Janet.

—Calla—gritó Janet apartándose de nuestro lado. —Vamos—les ordenó a sus amigas, y todas partieron a la cafetería con paso apresurado.

—Yo creo que está más gorda realmente—le dije a Camille en tono lo bastante alto para que Janet nos escuche.

—Claro que sí, no sé cómo le quedan ganas de acercarse al salón de comidas con esa panza enorme que tiene.

Seguimos nuestro camino hacia la cafetería ahogando nuestras risas. Al llegar, vimos que ni Janet, ni sus seguidoras estaban probando alimento alguno. Nosotras seguimos riendo y comenzamos a hacer la fila para comprar el almuerzo. Ambas elegimos un suculento emparedado con una soda, yo agregué una manzana, estaba demasiado hambrienta.

Mientras comíamos Max se acercó a nuestra mesa, seguido por Adams, quien llevaba tal expresión de susto, que parecía como si estuviera por enfrentarse al mismísimo Satanás.

— ¿Qué le hicieron a Janet que está llorando? —nos acusó Max sentándose en la silla contigua a la mía y apoyando una bandeja rebosante de comida a mi lado.

—Nada—dijo Camille, poniendo su mejor expresión de inocencia.

—No me engañan con esas caritas de moscas muertas, sé que está llorando por sus culpas—nos acusó.

— ¡Nos llamó bichos! —me defendí gritando y señalando la mesa de las huecas. —Si la defiendes puedes ir a sentarte con ella.

—No gracias, paso de eso—dijo negando con sus manos y poniendo cara de desagrado. —Siéntate Ad—le indicó al muchacho que aún se encontraba de pie al lado de la mesa y le acercó una silla.

El muchacho asintió y tomó asiento con una sonrisa

—Gracias—dijo con voz apenas audible, mirando a Camille amablemente.

—Camille, Jasmett—este es Adams, mi amigo.

—Hola Adams, te conozco de las clases de apoyo ¿cierto? —le dije con una sonrisa, para infundirle valor.

—Sí—asintió tímidamente.

—Sí—asintió también Camille, sonriendo maravillada. —También estás en educación física con nosotras, eres genial en deportes ¿Por qué el profesor McCarthy aun no te traslado a los juegos institucionales?

—Quiso pasarme al equipo de básquetbol, pero yo me negué—le dijo Adams sonriendo, sin dejar de mirarla con apego.

— ¿Por qué? ¡Eres tan bueno! —le decía Camille, sin entender porque Adams se había negado a esa gran oportunidad.

Y así, el amigo de Max y mi amiga comenzaron una charla sobre deportes, en la que yo no entendía nada, ni quería entender.

—Te lo dije—me susurró Max al oído.

—Parece que se agradan—le contesté, también en voz baja para no romper la burbuja que se había creado alrededor de nuestros amigos, que se encontraban tan inmiscuidos en su conversación que no se enteraban de que estábamos hablando de ellos.

—Hay amor en el aire ¿no lo hueles? —me preguntó inspirando hondo y reclinándose hacia atrás en su silla, complacido.

—No—contesté, también respirando profundamente. Él se río y volvió a acercar su cuerpo a la mesa para observar mi bandeja vacía, con restos de envoltorios y un carozo de manzana.

—Estás comiendo más que antes—me dijo con una sonrisa. — Eso me gusta —me felicitó, palmeándome suavemente la espalda, como si fuéramos grandes amigos.

—Sí, es increíble, estoy hambrienta todo el tiempo—le contesté, observando un chocolate que había entre los tantos alimentos de su bandeja. — ¿Vas a comerte ese chocolate? —le pregunté tímidamente señalando la golosina que tanto ansiaba comer.

—Por supuesto que no—me dijo con una sonrisa. —Lo traje para ti, sé que son tus preferidos—me dijo, tomando el dulce y entregándomelo.

— ¿Cómo sabes que son mis preferidos? —le pregunté, tomando la golosina y abriéndola rápidamente.

—Tengo mis contactos—dijo en tono misterioso.

— ¿Sobornas personas para que te cuenten cosas sobre mí? —le pregunté, con la boca llena de chocolate.

—Siempre.

— ¡Amo estos chocolates! —le confesé mientras mordía otro bocado de la golosina.

—Sí… Se nota—contestó observando como deglutía. —Debes ir al baño—me dijo en un susurro, mirando a Adams y Camille.

— ¿Por qué? —le pregunté, mirando yo también a nuestros amigos. Ellos aún se encontraban conversando animadamente, como si estuvieran solos en la mesa, sin nadie a su alrededor, como si no estuvieran en la cafetería escolar.

Se los veía muy bonitos juntos.

—Tú solo ve y déjame poner en marcha mi plan—me pidió amablemente, mientas me extendía otro chocolate.

— ¿Me quieres engordar para comerme en navidad? —le pregunté, tomando lo que me ofrecía sin dudarlo demasiado.

—No estaría para nada mal, pero soy vegetariano—me contestó con una sonrisa casi perversa. —Unos kilos de más te vendrían bien Jazz.

—Sí, tienes razón…—coincidí, guardando su regalo en mi bolso, lo comería más tarde. —Gracias.

—De nada, ahora vete—me pidió.

Y sin reprochar nada más, le hice caso y me fui al baño. Camille ni se dio cuenta que me había marchado. Realmente esa relación podía llegar funcionar y un novio podría hacerle bien a Camille, quizá la ayudaría a superar la muerte de Michael.

Ingresé en el toilette para encontrarme a Janet y sus seguidoras observándose todas en el gran espejo.

—Max me invitó a bailar esta noche—gritó Janet a los cuatro vientos cuando vio mi reflejo entrar al baño.

La miré confundida ¿Podría ser eso posible? ¿En qué momento la había invitado? ¿En alguna clase?

—¿Qué me puedo poner? —le preguntaba a una chica asiática que claramente pertenecía a su grupo. —Quizás mi vestido rojo pasión.

—Eso es perfecto—le respondió otra muchacha, mientras retocaba su lápiz labial.

Me metí en el cubículo de un baño y me senté en la tapa del retrete, no quería presenciar esa situación, aunque claramente seguía oyéndola.

—Es tan sexy—decía la voz de Janet.

—No sé cómo has conseguido que te invite a salir —le decía otra voz totalmente desconocida para mí. —Yo hubiera jurado que ni siquiera le agradabas...—continuó diciendo, pero un golpe la hizo callar en seco.

—Cierra la boca imbécil—la cortó claramente la voz de Janet, apresurando sus pasos.

Salí del cubículo en el que me refugiaba solo cuando oí que se alejaban los últimos taconeos.

No iba a caer en su juego, era obvio que Max no la había invitado a ningún lado, o eso quería creer.

—Idiota—murmuré en voz baja para mí misma, mientras salía del baño.

— ¿Me lo dices a mí? —me preguntó Max, materializándose de la nada a mi lado y dándome un susto que me hizo saltar.

— ¡Max! —le grité, aun agitada por el sobresalto.

—Lo siento, no quería asustarte—se disculpó dulcemente, caminando a mi lado. — ¿Ese insulto era para mí?

—No, no eres la única persona que insulto.

—Ya… Creía que cada vez que decías "idiota" o "estúpido" —dijo, imitando mi voz a la perfección. —Era para mí… y no lo digo de egocéntrico, simplemente estoy comenzando a creer que soy un mentecato realmente.

—No eres un mentecato, solo te lo digo para descargar tensiones—le dije con una sonrisa. —Ese insulto de recién para Janet.

—¿Qué hizo ahora? —me preguntó.

— ¿La invitaste a salir? —le consulté, sin intentar disimular la molestia en mi voz.

—¿Le creíste? —me preguntó, parecía envarado y algo ¿divertido?

— ¿La escuchaste decir eso en el baño? —le pregunté irritada, claramente había escuchado todo lo que había conversado con su grupo de amigas.

—Jasmett basta, tienes que dejar de responderme con preguntas—me dijo a modo de reto, ahora definitivamente estaba divertido. —Claro que no la invité a ningún lago ¿En qué momento lo haría? ¿Te olvidas de que hoy tenemos una cita?

—Eres un idiota—le dije recordando su plan maestro para unir a nuestros amigos. —Ése sí es para ti.

—¿Y eso por qué? ¿Por escuchar lo que hablan las demás personas? ¿O por ser irresistiblemente sexy? —me preguntó burlándose de mí en todo momento, sabía que esta celosa.

Me reí de forma sarcástica para camuflar la vergüenza de mis celos

—¿No crees que deberías darle más intimidad a la gente? —le consulté, para no reconocer lo increíblemente sexy que él era.

— Sí, realmente lo creo —me confesó y se notaba realmente sincero, así que lo miré incrédula. —No me veas así, es cierto que no me gusta escuchar lo que hablan los demás, es solo que a veces no puedo evitarlo—se defendió con una sonrisa. Y

Seguimos el camino a nuestra próxima clase hablando de los aburridos contenidos de las materias.

Tuve que enfrentarme a la furia de Camille, cuando Max y yo dimos por finalizada la clase de apoyo ya muy tarde ese día.

— ¿Por qué demonios no me avisaste que hoy salías con Max a cenar? —me preguntó mi amiga, visiblemente frustrada con el hecho de que no le haya contado.

— ¿Hoy salgo con Max a cenar? —le pregunté distraída, claramente no veía nuestro plan como una verdadera cita.

— ¿Cómo? Me dijo que te había invitado a salir —me preguntó confundida con mi respuesta.

—Sí, pero no sabía que íbamos a ir a cenar—le contesté sinceramente. Max no cenaba, qué se suponía que iba a hacer en un restaurante.

—Eso me dijo él—me respondió, poniendo su mejor expresión pensativa y calculadora. —Sí, me dijo eso, que no te animabas a ir a cenar con él solo, por eso quería que vaya yo también, con Adams.

—Sí, claro—le contesté, intentando sonar lo más convincente posible. Me sentía fatal mintiéndole a mi amiga, pero era algo que se me daba bien dadas las características de mi familia.

—No te ves muy cómoda con esto—me descubrió cuando llegamos a su auto. — ¿No quieres salir con él?

—Sí, sí quiero… Es solo que me da miedo—le dije, y era verdad.

— ¿Qué te da miedo?

—Salir con él…

—Para eso voy yo—me dijo con una sonrisa. —Todo saldrá bien no te preocupes.

— Eso espero—le contesté poco convencida. —Podemos ir a tu casa, avisar a tus padres que saldrás conmigo esta noche, recoger tu ropa y luego vamos a mi casa. Yo ya telefoneé a Renesmee para que no venga a buscarme y avisé que llegaría más tarde.

—Me parece una gran idea—dijo Camille sonriente. Parecía agradarle la imagen de que salgamos los cuatro.

Llegamos al hogar de Camille, una casa muy hermosa pero algo descuidada. Al ver a su madre sentada frente al televisor, comprendí lo que mi amiga me contaba sobre su familia. La señora Brun solo nos saludó con un simple gesto de su cabeza y ni siquiera preguntó a donde iría a cenar su hija, ni a qué hora regresaría. Simplemente simuló que no escuchaba la explicación de Camille.

Subimos a su habitación y ella tomo unos vaqueros y una blusa. No tenía ninguna prenda más elegante que eso. Después le pediría algo de ayuda a Alice con el vestuario, el maquillaje y los peinados, quien la brindaría contenta como siempre.

— ¿Viste cómo es mi madre? —me preguntó Camille angustiada, mientras subíamos a su auto para ir a mi casa. —Y hoy estaba de buen humor, movió su cabeza cuando entraste.

—Yo… Lo siento…—le dije sin saber que más responder. No imaginaba lo que sería vivir en un habiente así.

—No te preocupes—me pidió intentando disimular su tono de voz melancólico, algo que no le salió del todo bien. —Mi padre es un poco más comunicativo. Cuando llego del instituto me dice "hola" y me da dinero cuando lo necesito, a veces si le fue bien en el trabajo hasta me pregunta cómo me fue y si saqué buenas notas.

—Deben estar angustiados por lo de Michael—intenté defenderlos.

—Yo no tengo la culpa de lo que le ocurrió a mi hermano—me dijo con la voz tomada por la angustia. —De todos modos, no eran muy distintos antes que él muriera.

— ¿Tu como llevas lo de Michael? —le consulté, para cambiar el tema de conversación.

—Mejor, mucho mejor gracias a ti—me dijo con una sonrisa. —Cada tanto voy al cementerio y conversamos mucho, le caes bien.

— ¿Le caigo bien? —pregunté asombrada.

—Sí, dice que le hubiera gustado conocerte y… ser tu novio.

— ¡Mentirosa! —la acusé.

—Es la verdad—me dijo, deteniendo el automóvil frente a mi casa y desabrochando su cinturón de seguridad.

— ¿Te hubiera gustado tenerme como cuñada? —le pregunté, poniendo mi mejor cara de inocente.

—Hubiera sigo genial—me respondió con una sonrisa.

Ambas nos dirigimos a mi casa y subimos a mi habitación luego de saludar a algunos miembros de mi familia. Estaban mi madre, Alice, Esme y Renesmee. Las suficientes mujeres para ayudarnos con nuestra producción. Y ningún hombre que estorbe. Camille debería estar despampanante para la cena con Adams.

Comenzamos bañándonos, ella lo hizo primero y cuando termino, Alice acaparó su rostro y cabello para producirla, mientras yo tomaba mi ducha correspondiente. Al salir del cuarto de baño, mi tía aún estaba peinando a Camille, con movimientos lentos y hoscos, simulando ser lo más humana posible. Me miro con cara de aburrimiento, mientras seguía alaciando el cabello de mi amiga a una velocidad humana.

— ¿Cómo vas a vestirte? —me consultó, aprovechando cada distracción de Camille, para hacer un certero movimiento vertiginoso.

—No lo sé—le confesé, confusa. Deseaba que mi tía me diera una pista de a dónde nos llevarían los chicos. —No tengo idea de a dónde nos llevaran a cenar.

—Conociendo a Max, estoy segura de que te llevara al sitio más costoso y hermoso—me dijo Alice con una sonrisa de ensoñación.

— ¿Conoces a Max? —preguntó Camille, con cara de desconcierto.

—Sí, por las cosas que me cuenta Jas sobre él—mintió Alice creíblemente.

— ¡Ja! Y luego dices que Max no te gusta—me gritó mi amiga en tono acusador.

—Calla—le dije, arrojándole uno de los tantos almohadones blancos que se encontraban sobre mi cama. —Alice no estas ayudando con nuestros vestuarios—le dije con tono sugestivo, para que busque en su mente de una vez por todas a dónde nos llevarían a cenar.

— ¿Cómo va todo? —consultó Renesmee ingresando a la habitación y mirando hacia todos lados del cuarto. —Ahora que tienes amigas, sales con muchachos y Alice tiene el trabajo de peluquera que tanto ansío toda su vida, le podríamos pedir a mamá que haga un cuarto exclusivamente de "maquillaje" o de "aquí se arregla Jasmett cuando tiene una cita".

—Siiii—canturreó Alice felizmente—En el tercer piso hay una habitación que nadie usa, podríamos…

—No, gracias—la interrumpí seriamente. Si le decíamos a Esme de esta idea, lo haría sin dudar.

—Aguafiestas—me acusó Alice sacándome la lengua. —Nessy… ¿Podrías traerme un vasito de agua por favor? —le preguntó mi tía a Renesmee.

— ¿Un vaso de agua? —preguntó mi hermana confundida.

—Sí…—dijo Alice, haciendo gestos con sus ojos y mi hermana lo entendió enseguida.

—Sí, claro—dijo saliendo rápidamente por la puerta. Debería estar alejándose lo más posible de la casa para que mi tía pueda usar su tan preciado y admirado don.

— ¡Oh por Dios! —gritó sobreexcitada mi tía, luego de dejar su pequeño rostro de duendecillo en blanco unos segundos. —Vamos a necesitar dos lindos vestidos.

— ¿Qué?—preguntamos Camille y yo al mismo tiempo, con el mismo tono de desconcierto.

—Estoy doscientos por ciento segura, de que las van a llevar a cenar al lugar más caro y delicado de todo el maldito Estado de Washington chicas—dijo Alice con una sonrisa y tono de voz entusiasta y exaltada, no podía contener su felicidad.

— ¿Cómo lo sabes? —le preguntó Camille, desconfiada de lo que mi tía estaba "suponiendo".

—Nunca apuestes contra Alice—le advertí a mi amiga, antes de que mi tía haga algunas de sus locuras.

— ¿Tú le crees? —me preguntó mi amiga.

—Le creo y vamos a hacerle caso.

—Pero yo no traje un vestido, no tengo uno y creo jamás he usado uno en toda mi vida.

—Eso es solucionable—dijo mi tía, dándole el toque final a su cabello. Lo había alaciado hasta la exageración y lo había recogido en media cola. Era un look sencillo pero prolijo y a Camille le quedaba precioso. —Eres más rellenita y mucho más alta que Jasmett y yo… Pero eres menos sinuosa que Rosalie… Y… Creo que un vestido de Renesmee va a quedarte perfecto.

—Sí, yo también lo creo—dije con una sonrisa. Pensando en un magnífico vestido color rosa claro que Alice le había regalado a mi hermana y ella jamás había usado.

—El rosa—dijo Alice, con una sonrisa. Teniendo el mismo pensamiento que yo.

—Sí—afirme.

—Yo no uso color rosa—se quejó Camille.

—Hoy usarás—le afirmó mi tía, sin darle lugar a ningún reproche.

Alice siguió maquillando el rostro de mi amiga, acorde al vestido que llevaría puesto esta noche. Había agregado unos detalles rosados en sus ojos, y nunca creí que el rubor podría cambiar tanto a una persona. Cuando mi tía termino su trabajo, Camille era otra muchacha, parecía una modelo recortada de una revista de moda.

Fui la siguiente en ser peinada y maquillada, mientras Renesmee obligaba pacientemente a Camille a entrar en el fantástico vestido rosado. Mi tía se dedicó a batir mi cabello y darle una apariencia salvaje. Cuando concluyó, parecía que recién me despertaba de dormir y solo había acomodado mi pelo con las manos. Luego resaltó mis ojos de negro dándome un toque místico y sexy, me quedaba realmente bien. Nunca me había maquillado los ojos tan pronunciadamente de negro, pero me agrada como hacia resaltar el verde de ellos.

Horas más tarde, Camille y yo estábamos observándonos frente a mi espejo de pie, asombradas y contentas. Mi amiga enfundada en el vestido rosado que resaltaba su silueta, con ese peinado y ese maquillaje parecía un espíritu celestial y yo con un vestido verde que combinaba a la perfección con mis ojos parecía un hada de los bosques.

— ¡Llegaron! —anunció Alice, dando saltitos. —Voy a recibirlos.

—Estoy nerviosa—dijo Camille, observando su imagen en el espejo detenidamente. — ¡Saldré con Adams!

— ¿Nerviosa? —le pregunté.

—Sí ¿Tu no? —me preguntó, sujetando su abdomen con ambas manos, como si le doliera.

—Sí, un poco ¿Te sientes bien? —le pregunté, observando su gesto.

—Sí, solo son nervios—dijo riéndose de sí misma.

—Estás hermosa—le dije con una sonrisa, tomando su hombro suavemente.

—Gracias, tú también—me dijo sonrojándose levemente.

—Le encantarás—afirmé.

—Chicas—dijo Renesmee irrumpiendo en la habitación. —Sus pretendientes han llegado, les recomendaría que bajen rápido porque nuestros hermanos y Jacob les están dando unas lecciones—dijo Renesmee poniendo gesto de desagrado.

— ¿Nuestros hermanos? —le pregunté confundida.

—Sí, Emmet, Edward y Jasper—dijo Renesmee riendo.

—No puede ser—murmuré para mí misma, saliendo rápidamente de la habitación. —Ven Cam.

Bajé apresuradamente las escaleras para detener lo que sea que estuvieran haciendo mi padre, mis tíos, y mi cuñado con Max y Adams.

Cuando llegué a la sala de estar reí al encontrar a Max y Adams parados frente a los hombres mi familia, quienes los miraban como si fueran dos criminales.

— ¿Qué pasa? —pregunté a mi padre, quien tenía la mirada fija en Max quien, a su vez, me miraba como si estuviera bañada en oro y fuera un gran tesoro.

—Nada Jasmett—dijo mi tío Emmet con una sonrisa burlona, palmeando el hombro de Adams fuertemente. —Solo conversábamos con tus amigos—continuó diciendo mirándonos a Camille y a mí, mientras que Adams se tomaba el hombro y plantaba la mirada en el rostro de mi amiga como si lo viera por primera vez en su vida.

—Buenas noches Jazz, Camille—dijo Max educadamente, mirándonos de hito en hito.

—Hola—dijimos ambas al mismo tiempo.

Luego de despedirnos de mi familia, luego de que Max y Adams juraran que nos traerían a horario y en una pieza y luego de que mi padre me dé el dinero suficiente para pagar la cena de todos los habitantes de Forks, nos fuimos en el carro de Max, camino al tan famoso y reconocido restaurante al que nos llevarían los muchachos. Ellos estaban muy guapos envueltos en dos trajes caros y modernos. Max era un monumento a la belleza, estaba tan elegante y apuesto, que mirarlo me producía un dolor agudo en el medio del pecho y me hacía sentir significativamente inferior.

Obviamente Alice había acertado con su pronóstico, y Camille notó ese detalle.

—Tu hermana tenía toda la razón—me susurró cuando subí en el lado de copiloto del auto de Max.

—Te dije que siempre la tenía—le dije girando mi cabeza hacia ella, también susurrando a pesar de saber que Max nos estaba escuchando. Éste solo me sonrío y me guiño su ojo derecho, consiguiendo que mi corazón se detenga un segundo para luego volver a latir apresuradamente.

—No sabía que Emmet era tu hermano—me dijo Adams, aun parecía aterrado y conmocionado por haberlo encontrado en mi casa.

—Tratamos de mantenerlo oculto, para que los chicos no crean me da ventaja…—les comenté. En realidad, Emmet no era mi hermano, era mi tío, se me hacía muy raro llamarlo "hermano".

— ¿Quién podría creer que te da ventaja? —preguntó Adams sonriendo. —Te obliga a hacer tus vueltas, incluso te presiona más que a otros alumnos, sino llegas a terminar tus ejercicios obliga a otro a terminarlos por ti... Nadie imaginaria que es tu hermano.

Cuando llegamos al restaurante Camille miró la infraestructura con asombro, era un lugar enorme y elegante. En la entrada había un muelle que daba a un hermoso lago privado. Todo el lugar estaba lleno de plantas, flores, árboles y empleados que te ayudaban hasta para caminar.

Demasiado a pecho se tomó su trabajo la camarera, que se encargó de acompañar a Max firmemente hasta la mesa. Él simplemente la ignoro como si no estuviera a su lado. Nos acondicionamos en una mesa para cuatro personas y pedimos la orden. Max por supuesto simuló comer y solo revolvió su comida desparramándola por todo el plato. Hablamos sobre cosas banales en toda la velada. El instituto, los profesores, nuestros compañeros.

Cuando terminamos Max pagó la cuenta y salimos rápidamente. Sospeché que el vampiro se traía algo entre manos por la sonrisa torcida que tenía pintada en la cara.

—Nosotros vamos a caminar por el muelle—dijo Max, tomando mi mano y haciendo que me sonrojara. Ese simple contacto enviaba llamas de fuego todo mi ser.

—Muy buena idea, nosotros nos quedaremos por aquí—dijo rápidamente Camille, guiñándome un ojo.

Mi sonrojo llegó a su máxima potencia dejando todo mi rostro color bermellón.

Max y yo nos alejamos, aún tomados por las manos.

—Hiciste eso a propósito—le acusé, retirando mi mano de entre la de él bruscamente. Al hacerlo la ausencia se hizo presente dejando un vacío helado en mi palma, donde antes había calor puro.

—Claro que lo hice apropósito—me dijo, volviendo a agarrar mi mano. —Quería estar contigo a solas.

— ¡Que tonto! —le dije, chocando suavemente el costado de mi cuerpo con el suyo. — ¿Prometes que no te enfadarás si te hago una pregunta?

—No lo sé—dudó. —Creo saber lo que vas a preguntarme—me dijo con cautela en la voz.

—Realmente me mata la curiosidad—le imploré mirándolo significativamente.

—De acuerdo—concedió para mi sorpresa. —Pero solo prometo responder tu pregunta sin enfadarme, si tu respondes las mías sinceramente—propuso con una sonrisa.

—De acuerdo—acepté el pacto, tendiéndole mi meñique como solía hacer con mi hermana para sellar la proposición, él lo tomó dulcemente.

—Dispara—dijo intentado sonreír, pero parecía que se estaba arrepintiendo del pacto que había hecho antes de empezarlo.


Hola, hola! Espero que les siga gustando la historia, no sean tímidos compartan sus opiniones conmigo.

Saluudos.