Capítulo beteado por Mónica León, Beta Élite Fanfiction.

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Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

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Capítulo X

Abuelos

Edward POV.

Estábamos todos en el cuarto riendo, ya Arturo había pasado con el pretexto de reprendernos por el ruido, pero en realidad él también se unió a nuestra felicidad.

—Y… ¿Ustedes cuándo piensan darme nietos? —A Sofía se le acabó la risa y Guille… Pobre. Estaba rojo como un tomate—. No me vengan con que todavía quieren disfrutar. —Todos reímos a verles las caras.

—Papá… —gimió Sofía—. Aún no es el momento. Estamos bien así. —Miró a Guillermo, pidiéndole ayuda, pero este solo se encogió de hombros y rió—. ¿Y tú porque te ríes?

A estas alturas todos reíamos a carcajadas. Arturo se mostraba enojado porque no le daban un nieto. Solo le faltaba tirarse al suelo con un ataque de pataleta como los niños malcriados.

Doctor San Andrés, por favor, acercarse a la isla de enfermería, en cualquier área que se encuentre, tiene una llamada.

Al escuchar esto, él salió renegando del cuarto, asegurándonos que iba a regresar porque no trabajaba hoy, era su día libre.

Todos continuamos en nuestra felicidad. Mi Anthony estaba dormido, pero apenas lo tuve en brazos, se despertó, haciendo gorjeos. Siempre hacía eso cuando lo cogía en mis brazos.

Bella aún no podía darle el pecho a la bebé porque tenía anestesia en el sistema y todo por mi culpa. No la levanté para que tomara agua. Estaba cansada. Tener 12 horas de parto y una herida, todo en un solo día, debía ser agotador. Se le cerraban los ojos. Sabía que ella tampoco había dormido. La sentía observándome mientras atendía a Carlie, preparando y dándole el biberón, cambiándole los pañales, sacándole los gases, cantándole para que durmiera, paseándola...

—¿Edward? —Arturo estaba parado en la puerta—. ¿Me acompañas? —Estaba serio. Se terminaron las risas y solo logré asentir—. No, tráelo, ya regresamos —me dijo cuando vio mis intenciones de entregarle Anthony a Alice—. Ya volvemos. —Salimos del cuarto. Me preocupaba mucho—. Iremos al aeropuerto. ¿Qué le pasó a tu celular? —¿Aeropuerto? ¿Celular? Fruncí el ceño.

—Se descargó y no he ido a casa. ¿Qué… qué pasa?

—Tus padres. Llegaron a Guayaquil, vamos a verlos. —¿Mis padres? Me había olvidado de llamarlos. Solo les había avisado que Carlie ya estaba con nosotros. También había olvidado que mi padre y Arturo eran amigos desde la universidad.

—Me asustaste de verdad. —Solté todo el aire que tenía retenido—. Pensé había sucedido algo.

—Es que Carlisle me dijo que te dijera que hoy tenías una… ¿conferencia? —Arturo tenía el ceño fruncido, no entendía nada de lo que estaba pasando.

—Ya sé. Mamá no sabe a qué viene, así que se le hará raro que vayamos al hospital —le expliqué.

El trayecto al aeropuerto no tardó mucho, en diez minutos estábamos aparcando. Me sentía nervioso. Ni Bella ni mamá sabían lo que estaba pasando y creí que lo mejor sería llamar para avisar y que estuvieran preparados. Le expresé esto a Arturo y estuvo de acuerdo. Me prestó el celular para llamar a los chicos y avisarle a Bella.

En el hall estaban mis padres, mi hermana, mi cuñado y mi sobrino esperándonos. Robert saltó a abrazarme, mamá me quito a Anthony de los brazos para que pudiera saludarlo bien, como a él le gustaba.

—Abuelo, ¿por qué felicitas al tío? —Nos quedamos estáticos y automáticamente nos giramos a ver a mamá, pero ella estaba ocupada con Bree.

—¡Hey, hermanito! —Bree también se lanzó a mis brazos—. ¿No piensas saludarme?

—Ya me cogiste, pensaba huir —bromeé, revolviendo su cabello—. ¿Todo bien? —Señalé a mamá con la cabeza.

—Solo dice que algo raro está pasando. —Abracé a Diego que estaba a su lado, intentando quitarme a Robert.

—¿Vamos? —Cogí la maleta que estaba a los pies de mamá y le pasé un brazo por sus hombros y ella pasó el suyo por mi cintura, suspirando—. Ya casi es mediodía —susurré. Al mediodía Bella salía del hospital.

—¿Podemos pasar a comprar algo? —preguntó papá. Ya sabía lo que quería comprar, un regalo para su nieta.

—Carl, en el hospital hay una tienda —contestó Arturo en voz baja para que solo lo escuchara él.

Caminamos en silencio al estacionamiento, acomodamos las maletas en el automóvil y subimos. Todos íbamos callados y mamá veía nuestros rostros. Sabía que algo pasaba. Nos conocía tan bien y teníamos miedo por su reacción. Aunque no era team Tanya, era de las que decía que el matrimonio se tenía que respetar.

Llegamos al hospital y dejamos las maletas en el automóvil. Ellos se quedarían en casa de Arturo, que estaba cerca de la de Bella.

—Tienes cara de no haber dormido nada —señaló mamá en su tono maternal—. ¿Anthony está enfermo?

—Sí dormí, mamá, solo que ayer fue un día muy ajetreado. —Traté de responder lo más tranquilo, tratando de no darle ninguna alarma, pero ella me conocía muy bien. Puso esa cara que aseguraba no creerme nada.

Mientras papá compraba un peluche y encargaba que llevaran unos globos al cuarto de Bella, nos encargamos de entretenerla. Lo mismo cuando estuvimos frente al letrero que señalaba que nos encontrábamos en el área de maternidad. Mamá estaba extrañada. Abrí la puerta, dejando entrar a todos al cuarto, incluida a una enfermera que pasaba a hacer sus rondas y que amablemente me saludó. Bella no estaba en la cama. Interrogué a Alice con la mirada y ella me contestó de la misma manera que estaba en el baño. Carlie dormía profundamente en la cunita. Ya la habían cambiado de ropa y la enfermera estaba chequeando que todo estuviera bien.

—¿La doctora Swan? —preguntó.

—En el baño —le contestó Alice, quien se había levantado a saludar a Esme—. ¿Desea algo?

—Tiene que firmar el acta de nacimiento. ¿El papá llegó?

—Aquí estoy. —Mamá me observó, alarmada. Salí con la enfermera al pasillo para poder tener un poco más de privacidad. Me temblaban las manos solo de pensar lo que me esperaba allí adentro. Firmé el acta y la enfermera la dejó para que Bella la firmara. También me informó que Carlie tenía una pequeña gripe. En mi mente solo quería entrar y revisarla—. ¿Sofía? —le pregunté al primero que se me cruzó en el camino, Emmett.

—Dijo que ya venía —contestó Bella que salía del baño a pasos cortos—. ¿Qué pasa?

—Carlie tiene gripe. ¿Tienes algo para que pueda revisarla aquí? —Bella se alarmó. Se desvió hacia el bolso que habíamos traído y me entregó unas llaves—. Esta es la llave de mi consultorio, está en el piso de abajo. —Me señaló una llave dorada—. En el escritorio, en las gavetas del lado izquierdo, está mi estetoscopio y el otoscopio. —Se volteó a ver a Emmett y lo señaló con el dedo índice—. ¡Tú! Dijiste que tenías gripe… ¡Has contagiado a Carlie!

—Bella, siéntate, no puedes tener molestias. —Hice que se sentara en la cama—. Traeré los aparatos, ¿sí? —Suspiró, cerró los ojos, luego los abrió y asintió—. Ya vuelvo. Y tú. —Encaré a Emmett—. Mantente alejado de Carlie. —Alzó los brazos en señal de rendición.

Fui corriendo al consultorio de Bella, busqué tal y como ella me lo había explicado. Cuando encontré todo lo necesario, pasé por la farmacia para comprar un termómetro, un frasco de alcohol y algodón. Al esperar para pagar, recordé a mamá. Me golpeé mentalmente. Ellos estaban allí sin saber qué hacer y Bella dabía estar nerviosa. Pagué y ni siquiera pedí el cambio. Salí a toda carrera hacia la habitación, pero todos estaban afuera en la sala de espera.

—Sofía nos sacó. —Alice hizo un mohín—. Entró con una enfermera y dijo que limpiaría la herida, que ella avisaría para que entraras. Ya terminaron de firmar todo, solo falta que firmes para que pueda irse a casa.

—Edward, ¿qué tienes que firmar? —preguntó mamá. Todos nos quedamos callados—. Tienes que darme muchas explicaciones, Edward Anthony Masen Cullen —dijo a manera de reproche.

—Mamá… Este no es lugar para hablar. Si tu pregunta es si esa niña es mi hija, pues sí, sí lo es. —En la sala ni los grillos cantaban.

Entré al cuarto por el simple hecho de que no quería seguir dando explicaciones. Estaba preocupado por Carlie.

—Ya puedes darle leche. No te preocupes por la gripe, es algo simple. Apuesto que un poco de vitamina C arreglará todo —le decía Sofía a Bella —. Ya puedes ir a casa. —Volteó al verme pasar a su lado para poder coger a Carlie, quien estaba metiéndose los puños a la boca—. ¿Edward? Tu mamá te matará.

—Sí, ya me di cuenta. —Yo seguía con el chequeo de mi hija—. Hija, papá te extrañará. —Me sequé las lágrimas invisibles y Carlie rió a carcajadas.

—Alguien te encontró cara de payaso… —Canturreó Bella, riéndose y yo no dudé unirme a sus risas—. ¿De verdad tendrás problemas con tu mamá? —dijo con tono preocupado.

Sonreí, restándole importancia, a lo que Bella se relajó y extendió sus brazos para que le pasara a la bebé que estaba llorando. Haríamos el intento de darle el seno—. Oh, no te preocupes. Si para ser padre de Carlie tengo que pasar por incontables regaños de mamá, los recibo todos con gusto. —Contorneé la carita de Carlie con mi dedo índice—. Tengo la imagen más hermosa del mundo solo para mí. —Bella estaba dándole el seno a Carlie y la bebé tenía su dedo índice en su manita y miraba fijamente a Bella, que le sonreía de manera tierna, demostrándole todo el amor que tenía para ella.

Nos quedamos en completo silencio, solo se escuchaban los ruidos que yo hacía al recoger las cosas para llevármelas a casa, rebuscando en los cajones una que otra vez. Quedé prendado de la imagen de Bella y Carlie. No aguanté las ganas y les tomé una foto, ni cuenta se dieron, ellas seguían concentradas en sus miradas. Luego de esto, continué con mi tarea y de vez en cuando miraba la escena, maravillado.

No dejamos entrar a nadie, alegando que en pocos minutos estaríamos con ellos en casa. Todos se fueron, quedándose nuestra chofer asignada, Sofía, y mis padres que esperaban a Arturo.

Cuando salimos de la habitación, yo llevaba a mi hija en brazos, pero cuando nos topamos con mis padres, desapareció por arte de magia, dándome espacio para poder ayudar a Bella. Teníamos que ir despacio con la silla de ruedas, ya que al menor movimento, la herida le punzaba.

Papá y mamá le encontraron los parecidos con nuestra familia de hasta de cuatro generaciones anteriores. Mencionaban personas que casi ni conocía o ni sabía que existían, solo le dejaron a Bella el color de cabello, los ojos grandes y saltarines, y el color de piel.

—Creo que tendrá el color de tus ojos, Edward —dijo mamá.

—¿Verdad que sí? —dijo Bella, quien ya no estaba tensa—. Me gustaría que tuviera los ojos verdes como los de Edward. —Me sonrió.

—No. Yo quiero los ojos chocolate de Bella y así los tendrá —insistí como niño pequeño—. Aparte, Anthony ya tiene mis ojos.

—¡Anthony! —Bella me miró alarmada—. ¿Quién lo tiene?

— Rose se lo llevó. Ya estaba cansado —contestó papá. No tenía idea de quién se lo había llevado, solo sabía que estaba con los chicos—. Mucho gusto, Bella. Soy Carlisle, el padre de Edward, y ahora abuelo de esta hermosa señorita que nos has dado. —Mi padre le ofreció la mano y ella gustosa la aceptó.

—Escuché tanto sobre ti, Bella —dijo mamá—. Tú eres el motivo por el que Alice y Rose no se han casado —bromeó—. No hasta que vayas a Estados Unidos.

—Oh… yo… Yo no sabía eso. —Bella me miró, pidiendo ayuda—. Ojalá que en vacaciones pueda ir. —Carlie comenzó a llorar—. ¿Tiene hambre?

—No —contestamos Bella y yo al unísono—. Es el pañal —finalizó Bella y comenzamos a reír.

—Bueno, como acaba de comer, seguro es el número dos. Iré al baño a cambiarla, ya regreso. —Iba a cogerla de los brazos de mamá, pero ella se negó y dijo que la dejaran hacer eso. Se retiró al baño con Bree y Sofía, que llevaba la pañalera. Solo quedamos en la sala los hombres y Bella, quien se mordía el labio, señal obvia de que estaba nerviosa.

Robert me quitó la cámara fotográfica, consiguió entrar a las fotos, y junto a Diego y papá, se instalaron en un sillón a ver las fotos de Carlie. Tenía muchas fotos, algunas Bella no las había visto.

Cuando llegamos a casa, todo había sido transformado. Había globos rosados, turquesas y blancos, un gran letrero que rezaba "Bienvenidas a casa", serpentinas y confeti por todos lados. Bella tenía los ojos cristalinos, su labio inferior le temblaba y lo único que pude hacer fue guiarla a un mueble del living para que se sentara, nadie decía una palabra.

—Y… ¿te gustó? —Alice rompió el hielo, señalando toda la sala a su alrededor.

—Gracias… de verdad, muchas gracias. —Las lágrimas caían de los ojos de Bella—. No sé qué haría sin ustedes.

—Nada que agradecer, señorita —habló Emmett—. Gracias a ti conocimos a nuestras mujeres. ¿Verdad, Jasper? —El aludido asintió vehementemente.

Alice y Rose se acercaron a sus maridos y los abrazaron. Jackson corría por ahí, libre y espontáneamente junto a Robert. Se habían hecho buenos amigos en apenas 10 minutos. Papá y Arturo hablaban acerca de hospitales y administración, mamá y Silvia de cocina y decoración, y, ¿yo? Lo único que podía hacer era mirar a mi hija dormir plácidamente. Ese pedacito de ser ya me tenía envuelto en su dedo meñique, hacía sus muecas y sonreía de lado.

La hora del almuerzo fue un caos. Todos comían lasagna, pero Bella el caldo de pollo, quejándose, así que yo, para que no se sintiera tan mal, renuncié al gran almuerzo que había hecho mamá y Silvia, y pedí el famoso caldo de pollo. Eso fue pie para las bromas de Emmett, acordándose del antojo que siempre me acompañaba, diciendo que nosotros compartíamos todo.

Solo quedábamos mis padres, Bella y yo. Se avecinaba la tormenta. Al menos, una apaciguada tormenta, por medio de mamá.

—¿Cómo se conocieron? —interrogó mamá.

—Er… ¿Emmett? —Me estaba poniendo nervioso—. Él nos presentó.

—Ella es la que salió contigo en el periódico —afirmó—. ¿Por qué me mentiste, Edward?

—¿Ah? Yo… Yo no quería… Bueno. —Dudé—. Perdón mamá, no quise mentirte.

—Bueno, hijo, las cosas ya están hechas. No hay marcha atrás. —Suspiró y vio a Carlie con una sonrisa. Estaba con Bella y ella le daba el biberón—. Es preciosa. Ahora sí… ¡Felicidades, Bella! —Se lanzó, abrazándola—. Gracias por darme esta nieta tan hermosa. —Bella le sonrió—. Y… ¿tus padres?

—Mm… Mis padres… eh… Ellos murieron el año pasado. —Una lágrima se derramó y no pude quedarme quieto, viendo lo triste que se había puesto. La abracé muy fuerte y un sollozo profundo salió de su pecho

—Ya… Shh… Bella, recuerda que nada de emociones fuertes. —Cogí su rostro entre mis manos y desvió la mirada—. Mírame. Ellos no pueden estar aquí, pero estamos nosotros. —Asintió—. Ahora, dame a mi hija que ya la has tenido demasiado tiempo —dije bromeando, a lo que ella solo rió.

—Oh… No la carguen mucho —dijo mamá—. Se acostumbrará a los brazos y después Bella será la perjudicada.

—¿Escuchaste a tu madre? No coger a la bebé. —Movió su dedo índice de un lado al otro.

Todos reímos, la tensión había pasado. Carlie volvió a dormirse y tuve que ir a hacer mi papel de padre con Anthony. Lo había tenido un poco abandonado con mi cuñada.

—Edward, ¿podemos hablar? —Entró papá al cuarto que Bella había preparado para Anthony—. ¿Y esto? —preguntó, viendo a su alrededor.

—Bella decoró esta habitación para Anthony. —Papá sonrió—. Cierto, yo también quiero hablar contigo y con Emmett.

—Espectacular… —susurró.

—Sí, tiene buen gusto —contesté.

—No, no hablo de la decoración. Bella es una mujer espectacular, Edward. —Me miró y sus ojos decían toda la sinceridad de sus palabras. Ese era mi padre, el hombre que era un claro ejemplo de lo que yo quería llegar a ser.

—Pues… sí, he tenido la suerte de que esta vez fuera una excelente madre y mujer la que le ha tocado a mi hija.

—Y… ¿A ti? —Enarcó una ceja.

—¿A mí? —repliqué—. No dudo que sea buena madre, me lo ha demostrado. Me gusta, no te mentiré, pero dudo mucho que ella quiera ser algo más que la madre de Carlie…

—¿Qué te dice eso? Edward, solo piensa las cosas, por favor. Nada va bien con Tanya y lo sabes. Y de eso quería hablarte. Tenemos el veredicto del psicólogo, ya se lo di a Emmett y apenas todos pisemos terreno estadounidense, se entablará la demanda. Ambas. —Sacó dos dedos de su mano para que no quedara la menor duda—. ¿Qué querías decirme? ¿Llamo a Emmett? —Asentí y salió del cuarto. Yo miré a mi bebé que dormía tras un cambio de pañales y un biberón.

—¡Aquí estoy! —gritó Emm, entrando al cuarto. Lo fulminé con la mirada. Pudo haber despertado a Anthony—. ¿Papá ya te dio las buenas nuevas? —Asentí con una sonrisa—. Tenemos un problema, Edward.

—¿Cuál? —interrogué.

—Si Tanya se entera del motivo por el cual estás acá, el juez puede enviarlos a ambos a terapia y el divorcio demoraría más tiempo. —Hice una mueca de desaprobación.

—Bueno, cuando estemos allá y tengamos la demanda, hablaremos de eso. Ahora; esta casa es arrendada y tengo entendido que la están vendiendo. Quiero comprarla. —Papá asintió con una sonrisa—. Quiero hacer todo eso antes de irme. Las dejaré con un lugar seguro y propio.

—Mañana mismo haré la transferencia. No te preocupes, esta casa será de Bella —contestó mi padre. Todo mi dinero estaba en una cuenta a su nombre, salvando mis ahorros de un posible divorcio.

—Yo no ejerzo aquí, tienes que conseguir un abogado… ¿A nombre de quién? —dijo Emmett.

—De Bella. Y ahora sí tengo trabajo para ti Emm. El departamento de Bella, el que compré en L.A, quiero que pase a su nombre. Alice ya lo sabe, dijo que solo le dijeras dónde firmar.

Después de haber escuchado de la boca de la propia Tanya, que estaba en quiebra, había conversado con Emmett, Jasper y papá, y todos habíamos llegado a la conclusión de que debería resguardar mis bienes. Si no nos equivocábamos, ella estaba conmigo por el dinero, así que el 50 % del dinero del fideicomiso que me dejó el abuelo fue trasladado a nombre de papá y el otro 50 % a nombre de Anthony con mi mamá de tutora. La casa que había comprado para vivir con Tanya, a nombre de Emmett, y el departamento donde vivía Bella, a nombre de Alice. Solo era mío el departamento donde vivía con Anthony y la cuenta donde depositaban mi sueldo.

En el cuarto de Carlie, Bella y ella dormían plácidamente, la bebé en su cuna y la mamá en su cama. Verlas así me llenó de una sensación de paz y de tranquilidad.