«–Eres un inmaduro, Fielding.

–¿Inmaduro? ¿Cómo que soy inmaduro?

–Bueno, emocionalmente, sexualmente e intelectualmente.

–Bueno, pero, ¿y en el resto?»

Bananas, 1971

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El amor es complejo. El concepto de lo que es, varía en función de la época, la persona, la raza, la religión y un sinfín de factores. Aristófanes, por ejemplo, afirmaba que el amor es el sentimiento más grande que una persona puede llegar a tener, y que el placer de sentirlo no se compara a nada. Por su parte, Platón poseía un punto de vista mucho más abstracto y complicado, opinando que es la motivación que impulsa a contemplar la belleza en sí: apasionada, pura y desinteresada.

Eren jamás había entendido las ideas de los filósofos de antaño, percibiendo aquel sentimiento como extraño y desconocido. Así que, viendo que a sus treinta años albergaba las dudas de un adolescente con la mitad de su edad, convocó a la persona más letrada que conocía, su mejor amigo, para charlar y preguntar cómo debía comportarse en una cita.

—Es simple: sé tú mismo —dijo Armin, sin apartar la mirada del partido de FIFA que disputaban en la play— ¡Toma esa! Cristiano regatea como un campeón hasta en los videojuegos.

—¿Yo mismo? Ambos sabemos que soy un puto desastre... ¡Eh, eso es tarjeta!

Armin sabía que era un desastre: le estaba pidiendo consejo mientras jugaban a la videoconsola.

—Tal y como yo lo veo, sí, debes comportarte tal y como eres —Procedió a concretar—. Verás: si te presentas como un galán frente a una mujer, ella seguramente quede enamorada, pero, después de unas cuantas citas, se dará cuenta de que eres todo un desastre y un falso, y, por supuesto, te dejará.

—Mm, entiendo. Si me me comporto como soy, me dejará pensando que soy un desastre y un idiota, pero si finjo ser un caballero de cuento de hadas, me dará calabazas después de un tiempo al darse cuenta de que soy un desastre, un idiota y, además, un falso.

Armin soltó una carcajada sardónica. El marcador cambió a su favor.

—¿Vas con la idea de que te rechacen? Ironías de la vida, cuando empezaste a salir con Annie tenías la misma mentalidad, y al cabo de unos meses, estabas casado.

Ciertamente, Eren no tenía muchas esperanzas en sí mismo. Ni en su prima. ni siquiera sabía cómo era la persona con la que Sasha le concertaría una cita. Sólo conocía su nombre, el cual le resultó interesante por su indudable origen oriental. Y por último, pero no menos importante, la glotona con la que compartía sangre le aseguró que era bastante atractiva.

—¿Sabes lo que es irónico? Qué siendo cardiólogo, no tenga ni idea de asuntos del corazón.

Armin no pudo evitar reír por el juego de palabras.

—Con razón Annie me dejó —Suspiró el médico—. La hice quedar como a una cornuda...

El partido terminó, con un 2-1 a favor del rubio.

—No eres el único al que lo han dejado.

Eren lo miró, haciéndose una idea de lo que ocurría. Armin dejó el mando sobre la mesita de vidrio, y se echó el cuello hacia atrás, suspirando.

—¿Historia te ha...?

—Sí.

—¿Puedo preguntar por qué?

Armin Arlet no era un mujeriego. Era un tipo fiel y leal. Cuando era más joven poseía unas facciones más aniñadas, pero ahora, con el pelo dorado corto, unos ojazos azules y unas facciones más duras, podría encarnar a la perfección el ideal de hombre perfecto para muchas chicas. Y, para añadirle más puntos positivos, tenía un excelente oficio como rector de la universidad de Shigansina. Armin era una buena persona, una eminencia. Y quería muchísimo a Historia Reiss.

¿Entonces, por qué cortaron?

—Estuvo experimentando con su orientación sexual, y... descubrió que las mujeres le atraen. Mucho. De hecho, ahora está con una.

—Joder, qué putada. Voy a por unas cervezas —Se levantó Eren.

—Sí, trae todas las que tengas.

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Hallar el look perfecto para una cita jamás le resultó sencillo. Está claro que lo primero que entra por los ojos de una persona, es el físico, por lo que la vestimenta debía cuidarse y ser adecuada. Mikasa siempre había opinado que menos es más a la hora de elegir qué ponerse. Cuenta todo: desde el perfume, hasta la selección de ropa interior. Nunca hay que emplear ropa demasiado sexy.

Debía elegir algo que le quedase bien, parecer arreglada, pero casual. Nada de aros gigantes, o de pulseras que no paran de tintinear. Lo mismo con el maquillaje; sobria, y lo más natural posible. Sin sobrecargarse.

Por fortuna —o por desgracia—, Mikasa contaba con el asesoramiento de Hanji Zoe, la novia de su hermano mayor, Levi.

—Quiero algo sensual, pero sin insinuar demasiado.

Hanji se acarició la barbilla, pensativa.

—Háblame del chico: ¿Es atrevido, tímido...? Quizás podamos buscar un conjunto que le guste en función de su personalidad.

Mikasa dejó escapar un suspiro. Sasha no le contó gran cosa sobre el tal Eren, sólo su nombre.

—No lo conozco.

—¿Eh?

—Es una cita a ciegas que me ha organizado Sasha.

—Oh —Asintió Hanji—. Ya veo, ya veo. En ese caso, debemos movernos en terreno conocido. ¿Quieres saber cómo me vestí yo para seducir a Levi?

Mikasa sintió que se le engrifaban los pelos al oír la palabra «seducir» y «Levi» en la misma oración. No se quería ni imaginar como Hanji, una científica loca especializada en química, se las apañó para hacer sucumbir al estoico, gruñón y malhumorado maniático de la limpieza que tenía por hermano. Es más, no comprendía como los dos, que eran el día y la noche, podían haber sido amigos desde niños y, posteriormente, novios.

—¿Utilizaste un disfraz de lejía, de desinfectante...? —cuestionó la abogada, con burla.

—Estuve barajando esa opción, pero al final me decanté por algo más sencillo: un little black dress.

Mikasa se miró en el espejo. Bueno, la prenda mencionada podría quedar mejor que la blusa que llevaba puesta. A continuación, se probó un vestido negro que le llegaba hasta la mitad de los muslos, acentuaba su figura y no tenía mucho escote. Le quedaba muy bien y, combinado con unos tacones plateados que guardaba en el armario, quedaría aún mejor.

—Ah, me siento como si tuviera dieciséis otra vez.

Hanji sonrió, observando la figura ajena reflejada en el espejo.

—¿Has pensado en la ropa interior?

—¿Debería?

—¡Claro que sí! —exclamó la química—. Cuando Levi y yo terminamos de ce—

—Vale, vale. No hace falta que me expliques eso —interrumpió—. No quiero que esta cita se convierta en la típica relación de una noche.

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—Es un chico estupendo y un magnífico doctor. Nunca ha perdido un paciente. Ha dejado preñadas a algunas, pero nunca ha perdido un paciente.

—Por Dios, Hitch —Nanaba, exasperada, se llevó una mano a la frente— ¿Cómo puedes decir eso del doctor Jaeger? Ten un poco de respeto.

Hitch hizo un gesto con la mano, restándole importancia. La reputación de Eren, además de la de ser un gran galeno, comprendía otro sector para sus compañeros de trabajo: las mujeres. Los chismorreos de hijos ilegítimos frente a la máquina del café eran falsos e infundados, pero los de las amantes que iban a visitarlo a su consulta, eran verídicos. El último —y más grande— amorío del apuesto doctor, fue con Mina Carolina, una enfermera, la cual estaba casada y no dudó en... echar una canita al aire.

—Respeto los interludios de infidelidad que tuvo el doctor, Nababa.

—Interludios que le costaron el divorcio —comentó Petra—. Pobrecito, se le ve tristón desde su ruptura...

—Buenos días, chicas.

Hablando del rey de Roma, por ahí asomaba. El trío de enfermeras cambió el tema de conversación rápidamente. Eren se acercó a la máquina, seleccionando un descafeinado mientras silbaba. Parecía estar de muy buen humor.

—Buenos días, doctor. ¿Qué tal? —respondió Nanaba.

—Muy bien, la verdad —Sonrió Eren—. Por cierto, ya que estamos en confianza, tengo una pregunta que haceros: ¿cómo os gusta que vistan los hombres en una cita?

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El sábado llegó, y con él, el encuentro. Sasha había decidido citarlos en un restaurante de la ciudad, un ambiente relajado en el que podrían cenar tranquilamente, charlar y conocerse. Después de eso, no sabía en qué desembocaría la cita, pero tenía una cosa clara: sería una historia para contársela a los nietos.

—Procura romper el hielo, tanto verbal como físicamente —le aconsejó Sasha, conduciendo el vehículo—. Conversación, gestos... No dejes que haya un silencio incómodo.

Mikasa terminó de retocarse los labios. Según los consejos de Hanji, debía elegir si resaltar sus labios, o sus ojos, pero no las dos cosas. Se decantó por la primera opción, empleando un labial carmín.

—Si me contaras algo más de tu primo...

—¡Nop! Si te digo más, te estaría condicionando a actuar de cierta manera. Solamente te diré que es guapo, moreno, castaño y de ojos verdes. Y punto.

Sasha detuvo el coche cuando llegaron a la puerta del establecimiento, Ñam ñam se llamaba. Era un restaurante al que el matrimonio Springer-Braus solía acudir, y que servía los mejores bistecs de Shigansina. Mikasa tenía otras preferencias en cuanto a emplazamientos para intereses románticos, pero no dijo nada al respecto.

Tenía fe en Sasha.

—A por ello, ¡lígatelo! —le dijo antes de que bajara.

Por supuesto, «lígatelo». Como si fuera tan fácil poner en práctica el arte de ligar después de eones. Bueno, aunque con Jean fue bastante fácil: supuesto amor a primera vista, debió echarle otro vistazo. De Reiner, no hablemos. Ni siquiera recordaba cómo fue, demasiados años habían pasado y tampoco tenía interés en recordarlo.

Un interior mínima lista la recibió. El salón, iluminado por una luz cálida, manifestaba una atmósfera de paz comparable a la de los templos budistas. La mayoría de los clientes, eran parejas, aunque pudo distinguir a un grupo de amigos congregado alrededor de una mesa. Tras un breve intervalo de búsqueda visual, localizó a un hombre, sentado solo, que se correspondía con las características dadas por su amiga: Moreno. Cabello castaño, mediano y levemente ondulado. Desde la distancia no pudo distinguir bien la tonalidad de sus ojos, pero discernió una cuidada barba de tres días.

Debía ser Eren, no podía ser otro.