Al día siguiente, la primavera regresó a París y los ciudadanos volvieron a guardar la ropa de invierno que habían sacado de los armarios a toda prisa la noche anterior. No obstante, salieron a la calle con vacilación, como si no terminaran de creerse que había salido de nuevo el sol. Algunos, de hecho, no se atrevieron a prescindir de las chaquetas, solo por si acaso.
Marinette salió de casa aquella mañana con el corazón encogido. Ladybug y Cat Noir habían derrotado finalmente a Iceberg, pero todos los medios subrayaban lo mucho que habían tardado en hacerlo, y el hecho de que, entretanto, París había sufrido temperaturas polares sepultada bajo un grueso manto de nieve, como si hubiese experimentado una nueva glaciación. La magia de Ladybug había fundido el hielo y la nieve al final, pero los parisinos no olvidarían fácilmente aquella terrible noche.
Marinette tampoco. Había soñado que caía de nuevo al río, que la capa de hielo volvía a cerrarse sobre ella, que no podía respirar. Se había despertado al amanecer, boqueando, y se había abrazado a su almohada gatuna en busca de consuelo.
Pero, por muy familiar que le resultara, la almohada no era tan cálida como el verdadero Cat Noir.
Ninguno de los dos había vuelto a mencionar aquel momento de intimidad que habían compartido en la mansión Agreste, ni durante la lucha ni después. Pero antes de despedirse, cuando Cat Noir había alzado el puño para ejecutar su tradicional saludo, Ladybug había estrechado a su compañero en un súbito y fuerte abrazo.
Tras un instante de duda, él la había abrazado a su vez, enterrando el rostro en su cabello. Pero no se había atrevido a más, y Ladybug no sabía si había sido por miedo a que alguien los grabara compartiendo un gesto cariñoso o porque no deseaba presionarla. Ella se lo había agradecido en el fondo. Todavía no estaba segura de si lo que sentía por Cat Noir, fuera lo que fuese, era algo real o simplemente se trataba de una mezcla de cariño y agradecimiento por la forma en que él la había salvado la noche anterior.
No había logrado volver a dormirse después de aquello, y por esta razón, y en contra de su costumbre, iba a llegar al colegio puntual aquella mañana. Tiritó, deseando haberse llevado una chaqueta un poco más gruesa. No hacía frío en realidad, pero ella deseaba volver a envolverse en algo cálido que la hiciese sentir mejor. Como un abrigo, una manta...
...o los brazos de Cat Noir.
Sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos de su mente.
Tenía que admitir, sin embargo, que lo echaba de menos. Por primera vez desde que lo conocía deseó poder tener una forma de ponerse en contacto con él en su vida diaria. Pero eso implicaría probablemente revelar su verdadera identidad... y era algo que ninguno de los dos podía permitirse.
Subió las escaleras a paso ligero y entró en la clase. Algunos de sus compañeros habían llegado ya y escuchaban el relato de Alya, que siempre tenía información actualizada sobre las actividades del superdúo.
Adrián también estaba allí, advirtió Marinette con cierto sobresalto. Pero parecía concentrado en pasar las páginas de su libro de historia y no prestaba atención a las palabras de Alya. Marinette se dio cuenta de que se mostraba cansado y con ojeras, y extrañamente distante, como si tampoco tuviese interés en su libro en realidad.
–...pues resulta que Iceberg era Dominique Latour, el campeón de patinaje artístico –estaba explicando Alya–. Un rival saboteó sus patines y se le rompieron mientras participaba en la final de un torneo internacional. Quedó descalificado y Lepidóptero lo akumatizó.
Pero sus compañeros no parecían interesados en los antecedentes del villano.
–¿Sabes ya por qué Ladybug y Cat Noir tardaron tanto en derrotarlo? –preguntó Nathaniel–. En mi casa teníamos estropeada la caldera y la noche se nos hizo larguísima. –Se estremeció–. No había pasado tanto frío en mi vida.
–Eso, ¿por qué tardaron tanto? –coreó Chloé–. Era evidente que el akuma estaba en los patines otra vez. No era tan difícil, la verdad.
–¿Habéis visto ese vídeo en el que Cat Noir le da la espalda al villano y sale huyendo con el rabo entre las piernas? –intervino entonces Kim.
Sobrevino un silencio. Adrián levantó la cabeza y dirigió a su compañero una extraña mirada, pero él no se dio cuenta.
–Bueno... –vaciló Alya–. Sí, lo he visto, pero...
–¿Qué vídeo? A ver, enséñanoslo –exigió Chloé.
Ella suspiró, buscó algo en su teléfono y después lo mostró a sus compañeros. Marinette se acercó a mirar la pantalla con el corazón encogido.
Un videoaficionado había grabado a Cat Noir corriendo por los tejados, alejándose a toda velocidad del villano que lo increpaba a sus espaldas.
–No está huyendo exactamente –señaló Alya–. Lleva a cuestas a Ladybug. Probablemente resultó herida en la pelea.
–Así que fue más bien una retirada estratégica –apuntó Max.
–O sea, que huyó con el rabo entre las piernas –insistió Kim–. Como un cobarde.
–¡Cat Noir no es un cobarde! –saltó Marinette–. Solo estaba tratando de poner a salvo a Ladybug. Y después ellos dos volvieron para pelear, ¿no? Y vencieron.
–Pero tardaron demasiado –insistió Chloé–. Yo tenía una cita con mi estilista esa misma tarde y tuve que anularla porque todas las calles estaban cortadas por culpa de la nieve. Confiaba en que Ladybug lo solucionaría a tiempo, pero me ha fallado. Me siento taaaan traicionada –concluyó dramáticamente, mientras Sabrina trataba de consolarla.
–Ladybug no puede solucionar nada si está muerta –intervino de pronto una voz, repleta de ira contenida.
Todos se volvieron con sorpresa a contemplar a Adrián, que les devolvió la mirada con frialdad.
–Y estuvo a punto de morir durante la batalla –reveló él; le temblaba un poco la voz, pero Marinette seguía percibiendo un timbre de helada cólera en ella–. Cat Noir la salvó justo a tiempo.
Todos permanecieron en silencio un momento, impresionados. Entonces se oyó la aguda risa de Chloé.
–Eso es imposible. Ladybug es una superheroína, no puede morir –razonó.
–Ladybug no es inmortal –replicó Adrián–. Detrás de esa máscara hay una chica como nosotros... increíblemente lista y valiente, sí, pero una chica al fin y al cabo. Puede caer en cualquier batalla, igual que Cat Noir. Así que no estaría de más que todos nosotros mostráramos un poco más de respeto y agradecimiento hacia ellos por proteger París sin pedir nada a cambio.
Marinette tenía un nudo en la garganta. Sabía que Adrián tenía a Ladybug en gran estima, pero en ningún momento había esperado que saliera a defenderla de aquella manera.
–¿Qué... qué le pasó anoche a Ladybug? –preguntó Rose, y Marinette apreció que tenía los ojos húmedos.
Adrián inspiró hondo.
–Al parecer, Iceberg la lanzó al río, congeló la superficie del agua y la dejó atrapada debajo –dijo de un tirón–. Cat Noir logró sacarla en el último momento.
Marinette desvió la vista al recordar aquellos angustiosos momentos.
–¿Y cómo sabes tú eso? –preguntó entonces Kim.
–Ah, po-porque hay vídeos en internet –respondió Adrián, un poco incómodo–. ¿No es cierto, Alya?
–Hay uno, sí –reconoció ella–. Pero no de esa parte de la batalla, sino de un testigo que lo vio todo y luego lo contó ante la cámara de un videoaficionado.
Marinette suspiró, aliviada. No sentía el menor deseo de que otras personas tuviesen la oportunidad de ver cómo casi había muerto ahogada bajo el hielo. Los detalles de aquella experiencia quedarían entre Cat Noir y ella... y también Iceberg, pero no contaba, porque después de ser liberados los villanos akumatizados siempre olvidaban todo lo que había sucedido previamente.
–Si Ladybug no hubiese sobrevivido –dijo entonces Mylène–, ¿París habría quedado sepultada bajo la nieve para siempre?
–Probablemente –respondió Adrián a media voz.
–Pero eso no puede pasar –intervino por fin Marinette con voz firme–, porque Ladybug y Cat Noir siempre ganan.
Trató de imprimir un tono alegre y positivo a sus palabras, pero Adrián negó con la cabeza.
–Tampoco ellos son invencibles, Marinette –dijo a media voz.
Ella lo miró con cierta sorpresa. Estaba raro aquel día, pensó. Más serio de lo que era habitual en él, incluso triste, o quizá preocupado. Tal vez había tenido problemas con su padre otra vez.
Adrián se dio cuenta de que los ojos de Marinette estaban fijos en él y apartó la vista, como si no pudiese sostener su mirada. A ella le sorprendió y se preguntó, inquieta, si habría dicho algo que lo había molestado.
En realidad, Adrián tenía problemas para conciliar el beso que había compartido con Marinette el día anterior con los tiernos momentos que había vivido junto a Ladybug apenas un rato más tarde. Le había confesado a la superheroína que la quería; pero también le había dicho a Marinette que se sentía atraído por ella, y no deseaba hacerle daño. Era cierto que ella también le había revelado que estaba enamorado de otro pero, aún así, Adrián se sentía culpable por haber iniciado aquello en primer lugar. Y no se debía a que ahora tenía alguna posibilidad con Ladybug, por remota que fuera. Se debía, sobre todo, a que el hecho de haber estado a punto de perderla bajo el hielo había avivado con fuerza lo que sentía por ella. Por eso se había declarado poco después, y por eso ahora le resultaba mucho más difícil soportar el tiempo que pasaba lejos del amor de su vida.
Era un sentimiento real y verdadero, lo sabía. Y por esta razón, por increíble y maravillosa que fuese Marinette, Adrián sentía que estaría traicionando a Ladybug si seguía visitándola como Cat Noir.
Pero tampoco podía desaparecer sin más, sin una despedida o una explicación.
Ni sabía si quería hacerlo. Ladybug se había mostrado bastante receptiva la noche anterior, pero probablemente se sentía vulnerable tras haber estado a punto de perder la vida en aquella batalla. Y Adrián, por mucho que lo deseara, sabía que no debía extraer conclusiones precipitadas.
Había decidido, pues, que esperaría hasta saber con certeza cuál era su situación con Ladybug, y después hablaría con Marinette al respecto. Y entretanto se mantendría alejado de su compañera de clase, para no complicar más las cosas entre los dos.
Marinette, por su parte, no podía comprender las razones de la súbita frialdad de Adrián, que estuvo evitándola todo el día y solo habló con ella lo estrictamente necesario para no parecer grosero. Volvió a casa por la tarde con un extraño peso en el corazón. Sentía que Adrián se alejaba de ella por alguna razón, y aquella idea la angustiaba. Pero, por otra parte, también echaba de menos a Cat Noir. Ya en casa, subió a la terraza varias veces a lo largo de la tarde con cualquier excusa; pero mientras reorganizaba los tiestos, barría el suelo o regaba las plantas no podía evitar dirigir miradas de reojo al horizonte, por si veía acercarse a Cat Noir saltando de tejado en tejado.
Él no se presentó.
Marinette se sentó a cenar extrañamente melancólica, y sus padres lo notaron. Su madre quiso saber si había tenido algún problema en el colegio; pero ella respondió simplemente que estaba cansada y volvió a su cuarto en cuanto terminó la cena. Se acostó temprano, pero no podía dormir.
–Tikki –murmuró, abrazada con fuerza a su almohada felina–. No puedo dejar de pensar en Cat Noir. Bueno, también en Adrián, claro, pero eso es normal en mí. Lo de Cat, sin embargo, es nuevo. ¿Qué me pasa?
–Tú deberías saberlo –respondió ella con cierta picardía–. Después de todo, ayer lo besaste y le diste a entender que te gustaba... aunque fuera un poco, ¿no?
–¿Que lo besé...? –se alarmó ella–. Ah, es verdad, como Marinette. –Suspiró, más tranquila–. Por un momento creí que estabas hablando de... lo que pasó... en la habitación de Adrián –añadió, poniéndose colorada–. Porque en realidad no pasó nada, ¿no? Qu-quiero decir, solo nos abrazamos porque yo tenía frío y-y...
–Y te dijo que está enamorado de ti –le recordó Tikki–. Y fue increíblemente dulce...
–¿Verdad que sí? –suspiró Marinette–. Qu-quiero decir...
–Sé exactamente lo que quieres decir –cortó el kwami con una risita–. Y tú también, aunque no quieras admitirlo.
Marinette no dijo nada.
–¿Cuál es el problema? –insistió Tikki–. Si los dos os gustáis, pues...
–Pero él está enamorado de Ladybug. No de Marinette.
–Sois la misma persona.
–Pero él no lo sabe. –Marinette se detuvo un momento para ordenar sus ideas–. Ayer descubrí que no le gusto sin más, sino que me quiere de verdad... mucho. A Ladybug, quiero decir. Y me da un poco de miedo porque no sé si lo que yo siento por él es igual de profundo, ¿entiendes? Supongo que por eso lo besé como Marinette. Porque no me atrevo a empezar algo con él como Ladybug. ¿Y si las cosas van demasiado deprisa y después quiero pararlas, o volver atrás, y no puedo..., o sí que puedo y le rompo el corazón?
–Estás hecha un lío –sonrió Tikki–. Entonces, ¿preferirías que fuese Marinette quien saliese con Cat Noir?
Ella gimió y enterró el rostro entre las manos.
–Ni siquiera sé si quiero salir con él, ni como Marinette ni como Ladybug. Ya sé que las cosas con Adrián parecen atascadas, y que, si Cat Noir me gusta, pues... quizá sí debería darle una oportunidad. Y sí, si diera el paso... preferiría hacerlo como Marinette. Pero él está enamorado de Ladybug y, después de lo de ayer, imagino que ya ha tomado su decisión y por eso no ha venido a visitarme hoy.
–¿Lo echas de menos? –planteó Tikki.
Marinette no respondió enseguida. Evocó de nuevo la maravillosa sensación de estar entre los brazos de su compañero, las dulces palabras que susurraba en su oído, la ternura con la que le acariciaba el pelo, y se estremeció. Recordó entonces lo que había sentido al besarlo la tarde anterior en la terraza, y suspiró.
–Sí –murmuró–. Tengo ganas de verlo, pero al mismo tiempo tengo miedo porque estoy hecha un lío y aún no comprendo lo que siento por él. Supongo que debería averiguarlo antes de tomar alguna clase de decisión. Y, si al final decido seguir adelante... imagino que no importará demasiado si lo hago como Marinette o como Ladybug.
–¿Por qué? –se sorprendió Tikki.
–Bueno, es evidente, ¿no? Si inicio algún tipo de relación con él, tendré que decirle quién soy en realidad...
–No, no, no, Marinette, no debes hacerlo –cortó el kwami, volando hasta situarse a su altura para mirarla a los ojos–. Sabes que es muy peligroso. Si sales con alguien, sea quien sea... incluso si se trata de Cat Noir... no debes revelarle tu doble identidad. Nunca.
–¿Ni... ni siquiera a mi futura pareja? –planteó Marinette, desolada–. Pero ¿cómo voy a mantener una relación a base de secretos y mentiras?
–Lo siento mucho, Marinette, pero ha de ser así. Míralo por el lado bueno –añadió Tikki al ver que ella se había puesto triste–: parece que empiezas a sentir algo por la única persona que puede comprender la necesidad de guardar un secreto como ese, porque él tiene que proteger uno igual de importante.
–Supongo que tienes razón –suspiró Marinette–. No me importaría tanto si Cat Noir no me conociese también como Marinette. Pero él está hecho un lío también; cree que se siente atraído por dos chicas diferentes cuando en realidad somos la misma.
–Tendrá que elegir –declaró Tikki con rotundidad–. Y tú también.
No añadió nada más, pero Marinette lo comprendió: ella no solo debería elegir entre Cat Noir y Adrián, sino también entre Ladybug y Marinette. Porque solo una de las dos podría iniciar una relación con Cat Noir... o con cualquier otro. La otra identidad debería permanecer completamente ajena a aquella relación, por el bien de todos.
–Necesito salir a dar una vuelta –decidió de pronto–. ¿Estás lista, Tikki?
–Cuando tú lo estés –respondió ella.
–¡Puntos fuera!
La noche anterior, antes de despedirse, Cat Noir le había dicho a Ladybug que no era necesario que saliese a patrullar, porque sin duda necesitaría recuperarse de la traumática pelea contra Iceberg. Por eso se sorprendió al verla llegar, balanceándose entre los tejados. El corazón se le aceleró cuando ella aterrizó a su lado con una tímida sonrisa y él pudo comprobar que no se trataba de una ilusión.
–M-milady –logró decir por fin–. No te esperaba esta noche.
El superhéroe había completado su ronda habitual y se había sentado sobre un tejado para descansar. No tenía prisa por regresar a su casa. Su propia habitación le había parecido siempre demasiado grande y vacía, pero ahora, después de la visita nocturna de Ladybug, aquella sensación había aumentado hasta volverse casi insoportable.
Ella se sentó a su lado, pero no demasiado cerca, como si no estuviese segura de cómo debía comportarse con él. Eso era una novedad, pensó su compañero. Ladybug siempre había sabido exactamente cómo debía manejar a Cat Noir.
–Tenía ganas de tomar el aire –respondió ella–. ¿He llegado tarde para la patrulla?
–Sí, pero no te preocupes; ya me he encargado yo y puedo informar de que la ciudad duerme tranquila y segura –dijo él con una sonrisa–. Y tú, ¿cómo te encuentras? –añadió.
Ladybug se estremeció, en parte por la ternura que percibió en el tono de aquella pregunta, en parte por el recuerdo del frío que había pasado el día anterior.
–Ya estoy completamente recuperada –le aseguró sin embargo–. Solo... me ha quedado algo de frío en el cuerpo, pero creo que no soy la única.
–Sí, era extraño ver esta mañana a la gente con chaquetas y bufandas a pesar de la buena temperatura –coincidió Cat Noir–. Supongo que ha sido una noche larga para todos, no solo para nosotros dos.
–Supongo –murmuró ella.
Cat percibió su tono abatido y la miró de reojo.
–¿Te ha llegado algún comentario desagradable? –adivinó.
–Bueno, tenían razón en parte –respondió Ladybug tratando de quitarle importancia–. Tardamos mucho en derrotar al akuma, y mientras tanto París...
–No sigas por ahí –le advirtió Cat Noir, muy serio–. Casi mueres ayer por defender París, Ladybug. Y lo hemos salvado otra vez. Si la gente está mal acostumbrada a que hagamos un trabajo impecable el 99% de las veces es su problema, no el nuestro. Tú no has hecho nada malo, Ladybug. Nadie tiene derecho a reprocharte nada de lo que pasó ayer.
Y ahí estaba de nuevo, aquella dulzura en su voz que hacía que Ladybug se derritiese entera por dentro. No era habitual en Cat Noir, y ella empezaba a intuir que, después de su confesión del día anterior, su compañero ya no encontraba razones para ocultar sus sentimientos y, por tanto, utilizaría aquel tono con ella mucho más a menudo.
Quiso responderle, pero tenía un nudo en la garganta.
–¿Ladybug? –murmuró Cat Noir, inquieto.
Y ella se lanzó a sus brazos, incapaz de estar separada de él ni un minuto más. Tras un instante de duda, Cat Noir la estrechó con fuerza. Ladybug suspiró y se acomodó contra su pecho, tratando de asimilar el torrente de emociones que la sacudía por dentro.
Cat enterró el rostro en su cabello y cerró los ojos.
–Me estás volviendo loco, bichito –susurró en su oído.
–Lo sé, lo siento. Quizá no debería... no sé si debería... lo siento, puede que sea mejor...
–No importa. Tómate el tiempo que necesites.
–Gracias. ¿Puedo...? –dudó un instante antes de continuar–. ¿Puedo quedarme así... un rato? ¿Si no te molesta?
–En absoluto –le aseguró él.
Se acomodó mejor sobre el tejado, apoyó la espalda contra la chimenea y volvió a abrir los brazos, invitando a Ladybug a refugiarse entre ellos. Ella lo hizo, con un nuevo suspiro de satisfacción, y no dijo nada cuando su compañero depositó un suave beso sobre su frente.
Instantes después, cuando él comenzó a ronronear, ninguno de los dos hizo ningún comentario al respecto. Era la primera vez que le sucedía, pero a Cat Noir le pareció lógico e inevitable, dadas las circunstancias. Ladybug, por su parte, lo encontró entrañable y extrañamente consolador.
Se quedaron así un buen rato, abrazados y en silencio, contemplando las luces de París.
