Wish You Were Here

Capítulo Diez: Rastreo

Cuando cayó la noche, Erik entró en un bar concurrido y se sentó en una mesa con un refresco. Escogía detenerse en lugares donde hubiera mucha gente para mantenerse a salvo de los ataques de Trask. Era una técnica que había aprendido de adolescente, cuando la guerra había terminado, y aún temía toparse con algún nazi que le guardara inquiría.

De repente, alguien se sentó en la punta de su mesa. Volteó y vio a Mystique bajo su apariencia humana.

-Es tan bizarro encontrar a Magneto tomando una coca – sonrió burlona -. No va con tu perfil.

-¿Cómo me encontraste? – preguntó Erik en voz baja, conteniendo la furia.

-Con ese casco llamas la atención.

Erik miró alrededor y no notó nada extraño. Definitivamente Raven estaba sola.

-¿Charles te mandó a buscarme? – ella no le contestó -. Si es así, dile que no se moleste. Cuando nazcan las criaturas se las llevaré. Lo decidí después de pensarlo mucho. Mi ritmo de vida es peligroso para un niño. Sé que en Westchester, en la nueva escuela que piensa abrir, se educarán seguros.

Pasó una mesera y Raven le pidió otra coca.

Erik sintió una patada fuerte a la altura de las costillas y se masajeó el abdomen.

-Ya princesa – sonrió -. Estás más entusiasmada que otras veces.

-¿Princesa? – rió Raven -. ¿Cómo sabes que es una niña?

-Lo presiento. Ahora que sé que son dos, al menos una debe serlo.

-¿Qué tal si son dos príncipes?

Erik bebió y solo la miró a los ojos.

-Sigo investigando a Trask – informó Mystique -. Hubo otros casos de aducción de mutantes preñados antes del tuyo. Siempre Trask conseguía llevárselos con sus respectivas parejas. ¿Sabes por qué? Porque los gestantes necesitan la presencia del otro progenitor en dos ocasiones: para que se implante el embrión y para dar a luz. Necesitas a Charles para el parto, o tú y tus princesas morirán.

Se suponía que su tono debía intimidarlo, pero Erik ni se inmutó.

-Fue grato charlar contigo, Raven – se levantó y dejó el dinero de su refresco sobre la mesa.

-Tengo otra cosa más que contarte – añadió Mystique con gravedad -. Ni Sean ni su pareja sobrevivieron pero su hijo sí, y puedo encontrarlo.

-Suerte con eso.

-Erik, no seas estúpido – lo reprendió, enojada -. Hablé con Charles, él me contó que se emborrachó y te lastimó mucho después de conocer la tragedia de Banshee. Me dijo que también a ti te había afectado y piensa que seguramente pensaste en vengarlo. ¿Qué crees que hubiera deseado Sean? ¿Ser vengado o que su hijo estuviera a salvo?

Erik volvió a sentarse sin saber bien por qué. Con el embarazo y la fluidez de sus emociones se había vuelto sensible y una noticia tan cercana a él, como la protección de un padre por su vástago le llegó al alma.

-¿Piensas que puedo ayudarte en este estado?

-No voy a pedirte que vengas a patear traseros conmigo – contestó Raven -. Erik, deja de huir, por favor. Charles está desesperado. Todavía no le he dicho que es vital que esté contigo durante el nacimiento, y aún así necesita que regreses. Imagina cuando sepa que sin él no podrías dar a luz.

-Charles debería medir sus palabras y el alcohol que bebe.

-Ya no es más un adicto – confesó Raven y su tono era desesperado -. No ha vuelto a inyectarse desde que te fuiste, te rastrea día y noche, hasta intentó sentir las ondas de la criatura pero a la distancia y protegidas dentro de tu carne se le hizo imposible. Lo que te dijo ese día no era verdad. Estaba ebrio.

-Estaba ebrio por eso dijo exactamente lo que sentía – replicó Erik con rencor -. Cuando mis hijos nazcan y estén a salvo, te ayudaré a encontrar al de Sean. Pero solo trabajaremos tú y yo.

-¿Qué hay del parto?

-Ya me las arreglaré – contestó fríamente y ahora sí, se marchó.

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Erik comió un sándwich mientras caminaba. Sabía que no era una cena saludable en su estado, pero no tenía otra alternativa.

Pagó la habitación en un motel en los suburbios de Cambridge para pasar la noche. Era un cuarto sencillo y cómodo. Se sentó en un extremo de la cama. Estaba exhausto pero no quería dormir todavía. Era tarde, sin embargo, tenía mucho en qué pensar después de la visita a Meg y el encuentro con Raven. Como él ya lo había imaginado, Charles lo estaba buscando con desesperación. Con la confesión durante la borrachera, Erik creía que ya no lo amaba pero debía interesarse por los niños. Se preguntó qué cara pondría cuando se enterara que eran gemelos. Estaba decidido a entregárselos cuando nacieran mas, claro, antes tenían que nacer y su situación no era la ideal para afrontar el tercer trimestre y el parto.

Ahora se enteraba que necesitaba otra vez de la presencia de Charles para sobrevivir al alumbramiento y también necesitaba cuidarse por la salud de los niños. Estaba delgado y cansado, necesitaba alimentarse mejor pero era difícil con la vida errante que llevaba. Tampoco podía dormir lo suficiente viajando de un lado al otro y protegiéndose de un posible secuestro. Vivía en alerta constante y eso repercutía en su humor y en su cansancio.

Pensó en Sean, que no había tenido la suerte como él de ser rescatado. Al menos su hijo estaba vivo pero no se conocía su paradero. ¿Quería Erik arriesgarse y terminar de esa manera? ¿Quería arriesgarse a que Trask lo secuestrara, torturara, asesinara y se quedara con sus hijos? Ya había sufrido demasiado de niño en manos de doctores dementes y le provocaba escalofríos imaginar un futuro así para sus criaturas. Primero había pensado que cualquiera fuera su destino, Charles se encargaría de proteger a los bebés. Sin embargo, ahora pensaba que era él quien tenía la obligación de protegerlos. Al alejarse de Charles, se había convertido en el único responsable de sus hijos.

Erik bajó la cabeza y lloró. A pesar de todo, extrañaba a Charles. Extrañaba sus masajes, su preocupación, su compañía, lo extrañaba porque lo amaba. Le dolía lo que le había espetado y temía que fuera verdad, pero lo necesitaba. ¿Qué tal si esa misma noche, en cuestión de horas, Trask lo encontraba? No le importaba lo que pudiera hacerle a él pero sí a sus bebés.

Por primera vez en cuatro meses, se quitó el casco para dormir. Al apoyar la mejilla sobre la almohada, sintió la agradable caricia de la tela suave. Antes había tenido que dormir boca arriba por el casco y últimamente el peso del vientre en esa posición le molestaba demasiado. Esta vez se acomodó de lado y observó la ventana con las cortinas descorridas. Esta vez dejó su mente a la intemperie. Si Charles lo buscaba, esta vez lo encontraría.

No se quitó el casco por él mismo, ni por Charles, ni por su relación destruida, se lo quitó por sus hijos.

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Moira se limpió los restos de comida con la servilleta y bebió un poco de agua. Estaba cenando en Westchester, con Hank y Charles, y el dueño de casa había prohibido cualquier rastro de alcohol. Ella concurría con frecuencia para consolar a Charles, que se encontraba peor que cuando habían cerrado la escuela.

-¿Qué te sucedió hoy? – indagó Moira a su anfitrión. Charles se veía más taciturno que de costumbre -. ¿Hay noticias?

Hank lo observó con interés.

-Sí – afirmó Xavier, mientras doblaba su servilleta -. Hoy me llamó Meg y me dijo que Erik la había visitado en el departamento para que lo examinara.

-Entonces, está en Cambridge – dedujo Hank.

-Supongo que sí – contestó Charles -. Eso fue a la tarde y pienso que no habrá abandonado la ciudad todavía.

-¿Concertó una nueva cita con la doctora? – preguntó Moira.

-Erik jamás haría eso si está huyendo – contestó Charles con nostalgia -. Meg me dijo que lo vio cansado y triste – suspiró, pensando que era él quién lo había arrastrado a ese estado, y quedó en silencio.

-¿Vas a conectarte a Cerebro esta noche? – quiso saber Hank.

-No le veo el sentido – opinó Moira -. Si se dejó ver durante la tarde, tomará todas las precauciones durante la noche.

-O tal vez – suspiró Charles con esperanza – se dejó ver porque está buscando que lo encontremos.

-Eso es ridículo – rebatió la joven -. No ha hecho más que huir durante estos meses.

-Pero ya lleva seis de embarazo y debe sentirse pesado – comentó Hank.

Charles acarició su vaso mientras lo miraba, perdido en sus propios pensamientos. Imaginó a Erik barrigón, con cansancio y con un peso que le quitaba agilidad, y deseó más que nunca tenerlo a su lado. No iba a dejar pasar la oportunidad de conectarse esa noche.

-Bien – exclamó Moira, devolviéndolo a la realidad -. Vamos a probar mi pastel de manzana.

Hank accedió entusiasmado y se levantó para retirar los platos. Charles solo continuó en silencio.

···········

Después de tantos meses buscando sin resultados, Charles se conectó y encontró la mente de Erik antes de que conciliara el sueño. Entró en ella sin atreverse a hablarle para localizar su ubicación. Como Magneto estaba solo, no pudo tomar otra mirada para observarlo de frente. Fue en los instantes previos a que Erik cerrara los ojos. Por eso solo pudo echar un breve vistazo: vio una silla, una mesa, el tapiz verde de las paredes y, desde la ventana con las cortinas descorridas, vislumbró los nombres de las calles.

Con esta información volvió a la realidad.

-Sigue en Cambridge – comentó a Hank, que había entrado con él a la bóveda -. Está encerrado en una habitación de hotel, pero gracias a que le gusta dormir con la ventana descorrida para sentir el sol, pude leer las calles.

-Cambridge – repitió Hank -. Son casi dos horas de vuelo.

-Llegaríamos antes del amanecer – dedujo Charles, leyendo su reloj de pulsera -. Tenemos que apurarnos para encontrarlo antes de que se vaya.

-Bien, iré yo con, ¿quién a buscarlo? ¿Moira?

-Descartado – replicó Charles, recordando los celos de Erik -. Yo te acompañaré pero permaneceré en el avión mientras vas a buscarlo.

-Creo que Raven anda por esa ciudad – recordó el joven.

-Descartado también, Hank – Charles le cortó la ilusión -. Me conecté con ella antes y me contó que se había cruzado con Erik en un bar, y él se había alejado. No nos arriesgaremos, contigo se llevó bien el tiempo que estuvo aquí y te tiene confianza. Eres el indicado.

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Al despertar, Erik observó su casco sobre la mesa de cama. Había resultado extraño dormir sin él después de cuatro meses. Fue al baño y al regresar, pensó calzárselo para salir. Sin embargo, lo contempló un instante. Charles había tenido tiempo de conectarse esa noche, pero tal vez lo haría por la mañana. ¿Quería realmente que lo encontrara? Temía a Trask, no por él sino por sus hijos, y sabía que enojado o no con Charles, solo en Westchester estaría a salvo. Por segunda vez, Erik se planteó permitirle acceder a su mente solo por la seguridad de los niños. Por eso hizo a un lado su obstinación y se llevó el casco debajo del brazo.

Devolvió la llave en la conserjería y salió. Ya con la luz matinal que lo había bañado al abrir los ojos, supo que sería una mañana despejada. Se dirigió a la esquina para detener un taxi y un coche azul estacionó junto a él. Lo conducía Hank.

-Hola – murmuró el joven y, nervioso, se acomodó los lentes -. ¿Subes?

Erik suspiró.

-¿No vas a convencerme? – preguntó con sarcasmo -. ¿Piensas que me subiré así porque sí?

-Charles piensa que anoche te quitaste el casco para que pudiera encontrarte – explicó Hank con sinceridad -. Me envió a buscarte porque temía que no quisieras venir si lo veías a él.

-Entonces, Charles no vino.

-Está en el aeropuerto, dentro del avión, esperándote.

Erik se mordió los labios. Una patada en su interior le enseñó el motivo para aceptar la oferta. Abrió la puerta del acompañante y entró.

Hank arrancó el coche. Si la gente de Trask había seguido la pista de Erik y pensabas capturarlo en ese momento, no lo supieron más.

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Erik subió al avión privado, seguido de Hank que fue hasta la cabina. Charles estaba sentado junto a la última ventanilla, detrás de la biblioteca. Frente a él había una mesa que contenía un tablero de ajedrez. Las piezas blancas estaban de su lado, mientras que las negras del de su oponente.

Erik se sentó en el primer asiento, alejado y enfrentado al de Charles. Estiró el cinturón para que le calzara la cintura y se lo prendió, ignorando a su viejo amigo. Después de un rato, cuando Hank encendió los motores, recién murmuró como al pasar.

-Buenos días, Charles – serio y cortante.

-Buenos días, Erik.

Hank oyó el saludo a pesar del sonido de los motores y bufó. Los esperaba un largo viaje.

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Charles no le quitaba los ojos de encima. En cambio, Erik se había acomodado en el asiento y dormitaba con los ojos cerrados. Se lo notaba más delgado que lo común y tenía aspecto cansino. De repente abrió los ojos y se masajeó un costado de la barriga.

Charles no necesitó leerle la mente para saber que había sentido el movimiento de uno de los bebés.

-¿Duele? – preguntó Xavier, sin poder soportar más el silencio denso.

-No, solo molesta – contestó Erik y murmuró -. Comprendo que estés nerviosa, princesa. Es tu primer vuelo en un avión privado.

-¿Princesa? – sonrió Charles conmovido -. ¿Cómo sabes que al menos uno es una niña?

Erik lo miró, alzando una ceja.

-Entonces, sabes que son dos.

-Meg me llamó ayer después de que te fuiste – confesó Charles -. Yo le había pedido que me avisara de cualquier novedad cuando te marchaste hace cuatro meses.

-No sé si será una niña – cambió Erik bruscamente de tema -. Pero me gustaría tener una – soltó un suspiro y se acomodó de cuenta nueva, cerrando los ojos para dormir e ignorar a Charles.

Charles se frotó los párpados.

-Perdóname, Erik – suspiró con la voz trémula -. Lo que hice fue terrible . . . falté a mi promesa de acompañarte – se mordió los labios - . . . pero nada de lo que dije estando borracho era cierto.

-No quiero discutir – replicó Erik sin abrir los ojos -. Necesito descansar.

Charles sintió un nudo en la garganta. Se frotó los ojos y lo observó: Erik se veía tan vulnerable con su barriga y al mismo tiempo tan hermoso. Sintió que lo amaba, sintió ganas de abrazarlo y besarlo, sintió que necesitaba más que nunca su perdón.

-Entonces, hablaremos cuando lleguemos a casa – pidió Xavier.

-No – contestó Erik drásticamente y lo miró -. Te dejaré ahora mismo las cosas en claro: dejé que me encontraras porque te necesito para dar a luz. Una vez que los gemelos nazcan, los dejaré contigo en Westchester. No pienso abandonarlos pero sé que contigo, en la escuela que piensas abrir, estarán a salvo. No llevo una vida segura para ellos.

-Erik, solo te pido que hablemos – insistió Charles -. Si no deseas, no lo haremos hoy, tú elegirás el momento, pero tenemos que aclarar lo que ocurrió.

-¿Por qué quieres salirte siempre con la tuya? – cuestionó Erik con bronca -. ¿Crees que con el perdón voy a olvidar lo que me gritaste? Es fácil decir que eran mentiras pero para mí expresaste lo que realmente sientes. Quizás ni siquiera lo puedas reconocer de manera consciente pero es lo que siente tu corazón, Charles. Lo sé. No puedo reconciliarme y estar contigo porque me odias por el accidente de hace once años y piensas que de no haberme conocido, hoy podrías caminar y ser feliz con tus poderes.

-Nada de eso es cierto – refutó Charles taxativo -. Si no te hubiera conocido, hoy sería la sombra del hombre que ansío ser. Erik, eres el único hombre que amé y contigo engendré a mis hijos. ¿Cómo puedes pensar que el no haberte conocido me haría feliz?

-No me trates como a una de tus antiguas conquistas femeninas – recriminó Erik -. El sentimentalismo no va conmigo.

-No es sentimentalismo decir la verdad.

Erik sonrió con bronca y resignación.

-Ayer fui el causante de tu desgracia, hoy soy la razón de tu existencia.

-Erik, yo te amo – confesó Charles, desesperado, abriendo el corazón.

-¡Basta, Charles! – exclamó Erik, furioso. Hubo un leve balanceo en el avión y tuvo que respirar profundo para calmarse -. No me importa lo que me digas ahora. Te dejé las cosas en claro: subí a este avión porque los niños te necesitan para nacer y yo para sobrevivir al parto. No quiero discutir más sobre esto y si te atreves a intentarlo, me marcharé y me fijaré el casco a la cabeza con pegamento si es necesario, para no quitármelo jamás. Y esta es una promesa que dalo por hecho que la cumpliré.

Charles lo miró con los ojos centellantes. Erik hablaba en serio. Tragándose la humillación de que su confesión de amor fuera rechazada, guardó silencio.

Como Hank lo había pensado, era un largo viaje.

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Hola: Al menos ya están juntos. Espero que les siga gustando.

Midhiel