Hola!
Ya sé, soy muy mala, lo corté en lo mejor buajajja xD pero me sorprendió la rapidez con la que aparecieron mis queridos lectores a leer la actuslización :') así que intenté tener lo más pronto que pude la conti, pero no se acostumbren, ya saben que ando corta de tiempo :(
Gracias por sus comentarios!
—¿Quién es? —preguntó Natsu con el auricular pegado al oído.
—La pregunta es, ¿quién eres tú? —preguntó la voz del otro lado de la línea.
—Yo pregunté primero quién eres.
—No pienso decir mi nombre hasta que tú me digas el tuyo.
Natsu apretó el teléfono y por un momento Lucy temió que este pudiera romperse bajo su agarre, no sabía qué clase de conversación estaban teniendo pero podía hacerse una idea. Algo como: el más débil dirá su nombre primero.
—¡Bien! No me importa quien seas, pero no quiero saber que vuelves a molestar a Lucy —amenazó el pelirosa.
—Bueno, bueno, Cerebrito. ¿Cómo esperas saber si la vuelvo a molestar sin saber mi nombre? —se burló Sting.
Touché.
—Natsu, es Sting, no vale la pena —dijo Lucy, intentando evitar una pelea entre ambos.
Hubiera sido mejor para la rubia haberse guardado el nombre, ya que inmediatamente la mente de Natsu regresó a su primer encuentro cara a cara con Sting, solo que esta vez él llevaba la delantera.
—¡Eres Sting! —exclamó el pelirosa sin poder contenerse.
Afuera de la casa de Lucy el rubio abrió los ojos de par en par. ¿En qué momento...? La respuesta llegó antes que la pregunta, esa rubia traidora acababa de quitarle su ventaja.
Simultáneamente, en el puesto de comida rápida, la mente de la escritora también tuvo un momento para asimilar lo que estaba ocurriendo y lo que iba a ocurrir después. Sting y Natsu iban a pelear afuera de su casa. Debía frenarlo, ahora ya, no podía permitir que eso ocurriera o...
—Sting —Natsu volvió a abrir la boca para lanzar las palabras que lanzarían a ambos al duelo.
Lucy, sin pensarlo, se levantó de su asiento y tomó al pelirosa por sorpresa arrebatandole su teléfono, en un acto reflejo cortó la llamada, dejando perplejos a ambos chicos, y a sí misma.
Acababa de romper un hecho secuencial, se había entrometido en su propia historia y había cambiado el destino de los acontecimientos. ¿Era eso si quiera posible?
—¡Lucy! ¡Lucy!
Volvió a la realidad gracias a la voz de Natsu llamándola, mientras empujaba su cuerpo adelante y atrás desde los hombros.
—Natsu —lo nombró, asustada.
—¿Estás bien?
—No. Es decir, sí... Pero no, yo no... —balbuceó, incapaz de conectar las ideas—. ¿Qué es lo que acabo de hacer?
—Cortaste la llamada justo cuando estaba comenzando a encenderme.
El pelirosa continuaba con las manos sobre los hombros de la rubia, se veía tan asustada e ida que parecía que, si dejaba de sujetarla, ella en cualquier momento abandonaría el plano material.
—Natsu, no sé si es terrible o es grandioso —dijo Lucy.
Quería decirle lo que pasaba, en serio quería contarle. Las palabras se atropellaban en su garganta, incapaces de ver la luz. ¿Por qué no podía decirlo? Él debía saberlo, Natsu tenía el derecho de saber el secreto del cuaderno, pero las palabras no salían de su boca. No podía decirlo y punto, quizás porque dentro de la historia nunca se mencionó un cuaderno mágico ni nada de eso, por lo que su existencia era algo irracional dentro de un mundo basado en lo que estaba escrito ahí.
—No lo tomes como algo de vida o muerte, puedes volver a llamarlo y así termino de decirle lo que le estaba diciendo —dijo Natsu.
Otra idea se abrió camino en la mente de Lucy. Tomando la lógica de que el cuaderno no existía dentro de la historia, entonces ahora que todo estaba ocurriendo de acuerdo a lo escrito, el cuaderno había dejado de existir.
Esa idea era mucho más terrorífica que la hipótesis inicial. De pronto la idea de que su cuaderno fue robado resultaba, incluso, aliviadora.
Regresó a tierra y miró la expresión preocupada de Natsu. Necesitaba hacer sus pensamientos a un lado si quería evitar la pelea, más tarde tendría tiempo para inventar teorías escalofriantes.
—No deberías buscar duelos innecesarios —le dijo.
El pelirosa liberó sus hombros, no sin dudar un momento.
—Él no me agrada, pero me gustaría probar mi fuerza con él —contestó Natsu.
—No necesitas probar nada, esto no es ficción y una pelea tiene sus consecuencias.
—Pero Lucy…
La Heartfillia le dedicó una mirada desaprobadora a Natsu, de esas que traen una amenaza implícita, estaría en serios problemas si se atrevía a desobedecerla.
—De todos modos ya es tarde y debería volver —avisó Lucy.
Natsu volvió a advertirle que no le agradaba Sting y la dejó partir de regreso a su hogar.
Lamentaba que Sting le hubiera arruinado su encuentro con Natsu —se resistía a llamar aquel encuentro "una cita"—, no sería una cita hasta que la invitara formalmente. El pensamiento provocó que sus mejillas adoptaran un delicado carmín.
Se estaba adelantando un poco a los hechos, aún era pronto en la relación como para estar pensando en una cita.
Sin embargo Natsu había dicho: "Nos vemos luego". Lo que anticipaba que se verían de nuevo.
Se dio a sí misma un golpe mentalmente, claro que se verían de nuevo. Ella misma había planificado nuevos encuentros con él, pero no quería recordarlos, por un momento deseó que no estuviera todo tan rigurosamente escrito para así poder sorpenderse cuando el momento llegara.
Afortunadamente su casa, que en realidad se trataba de un pequeño edificio cerca de un río, quedaba a menos de una hora del lugar, al menos quince minutos. Haberle dicho una hora a Sting por teléfono era solo una excusa para no tener que regresar tan pronto.
Y hablando del rey de Roma, este aún se encontraba afuera del edificio, se sorprendió de no ver llamas al rededor de él, para hacer más gráfico su enfado, obviamente la lógica de la realidad no permitía que un aura de fuego lo rodeara.
Sting levantó la vista hacia ella cuando la sintió llegar, no había ira en su rostro, pero sí una amenaza implícita. Hace un rato estuvo enojado, que ahora no lo estuviera no significa que se había salvado.
—No me gusta esperar —dijo.
—Estaba... —pensó un momento que sería más adecuado decir—. Estaba con alguien.
—Me enteré.
El chico tenía una bolsa en sus manos, a juzgar por la forma se podía deducir que se trataba de los cuadernos. No se lo entregó en la mano, tampoco se los lanzó. Sencillamente los soltó y dejó que estos cayeran frente a la entrada.
—Algún día me gustaría probar la fuerza de ese amigo tuyo, llévale el mensaje.
Sin decir nada más, Sting pasó por su lado, dejándola sola, de pie a unos cuantos pasos de la entrada a su departamento.
Su cuerpo se congeló ante la idea, sin embargo se obligó a si misma a caminar, tomar sus cuadernos y entrar.
Dirigió una última mirada a la calle y alcanzó a divisar una silueta de cabeza rosada esconderse de su mirada. Dio media vuelta en dirección a la puerta para ocultar su sonrisa.
