Cuando Vegeta por fin decidió que el tiempo que había pasado bajo la regadera era suficiente y salió del baño se encontró con su habitación de nuevo reluciente. Al parecer Bulma mandó a los robots de limpieza, tal y como se lo gritó, y estos habían hecho muy bien su trabajo. Anduvo un rato usando sólo unos ajustados bóxers, buscando las prendas menos ridículas entre lo que había en el enorme closet que sus anfitriones habían preparado para él desde el día de su llegada a la Corporación Cápsula, pero no tuvo suerte en su búsqueda. El último traje de combate que le quedaba estaba hecho pedazos gracias a su descontrol de la noche anterior así que no tenía otra opción: tendría que conformarse con esos esperpentos que usaban los terrícolas.

—Creo que prefiero ir desnudo —gruñó, mirando la ropa que había elegido.

Primero se puso una camiseta interior, previniendo una situación vergonzosa ya que sabía muy bien que en cualquier momento la irritante terrícola de cabello azul entraría por la puerta.

—¡Maldición! —tomó la demás ropa y la aventó con coraje.

Se recostó sobre la cama, con ambos brazos detrás de la nuca y cerró los ojos, en un intento de conseguir la calma que no obtuvo con la ducha.

—¿Puedo pasar? —escuchó.

«Con esta mujer rondando siempre por ahí jamás voy a relajarme», pensó. Abrió los ojos y miró hacia la puerta.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó sin moverse.

—Te dije que vendría a curarte —respondió mientras entraba por completo a la recámara—. También te traje comida.

La chica llevaba consigo dos pequeñas cápsulas; una con las cosas necesarias para tratar a Vegeta y la otra contenía un frigorífico enorme lleno de comida y bebidas para satisfacer el apetito del saiyajin.

—Yo no necesito que me cures, mujer.

—Cierra la boca y quítate esa camiseta, que las heridas en esa zona son las peores.

—Tú lo que quieres es verme desnudo —respondió.

Volvió a cerrar los ojos, ignorando la petición de la muchacha. Bulma sonrió ante su comentario. No podía negar que le encantaría ver al completo el trabajado cuerpo del saiyajin, pero ni loca lo iba a admitir estando en su presencia. Ya que el chico mantenía los ojos cerrados, aprovechó para admirarlo de pies a cabeza.

—No creo que te moleste tanto que te vea —comentó—. Tú mismo decidiste no vestirte.

Harta de ver que el príncipe no respondía, decidió comenzar con su trabajo. No pensaba irse de allí hasta haber curado y vendado de nuevo sus heridas. La mayoría tenían una pinta terriblemente dolorosa, no entendía cómo era que el guerrero soportaba todo aquello sin quejarse. Abrió una de las cápsulas que había preparado e hizo aparecer un botiquín de gran tamaño que contenía todo lo necesario para tratar las lesiones de Vegeta. Acomodó todo sobre la mesita de noche y se sentó sobre la cama, a la altura de las caderas del muchacho.

—Recórrete un poco —le pidió, a lo que él obedeció casi de inmediato pero no sin antes soltar un gruñido de disgusto— Ahora levanta tu brazo.

Después de varios minutos, Vegeta ya tenía los dos brazos vendados y banditas adhesivas en ambas mejillas. Y en todo ese tiempo no se había dignado a abrir los ojos para mirarla. La verdad era que el saiyajin estaba disfrutando de las pequeñas caricias que la chica le estaba regalando sin querer mientras lo curaba con cuidado y no quería que ella se diera cuenta. Manteniendo los ojos cerrados se le hacía más fácil disimular lo que sea que estuviera sintiendo en ese momento.

—Ahora necesito que te sientes —le informó la chica mientras se inclinaba hacia él para poder continuar—. No puedo seguir si estás acostado.

Vegeta se recargó sobre sus codos casi al instante para enderezarse, gesto que sorprendió a Bulma e hizo que no fuera capaz de echarse hacia atrás para que sus frentes no chocaran.

—¡¿Pero qué haces?! —preguntó molesto.

Abrió los ojos y se encontró con el rostro de Bulma a pocos centímetros de distancia. Ambos se quedaron de piedra al descubrirse tan cerca.

—Eres un idiota —susurró sin despegar la mirada de los labios del saiyajin.

La chica había comenzado a acortar la distancia entre los dos con suma lentitud. Con esfuerzo despegó la mirada de sus labios para subirla hasta sus ojos azabache. El saiyajin la miraba de una manera que jamás había visto y no supo identificar si él deseaba tanto como ella lo que se avecinaba. Decidió que valía la pena arriesgarse a continuar. Soltó los pedazos de tela que llevaba en las manos y acarició su mejilla, disfrutando de sentir su piel en la palma de su mano y su respiración sobre sus labios.

—Lo siento —murmuró de pronto, separándose abruptamente de él.

Vegeta se quedó pasmado ante la repentina actitud de la chica. Si tan solo hubiera actuado con rapidez, la hubiese detenido para que no se alejara. Bulma se levantó de la cama y comenzó a acomodar las cosas de la mesita de noche con desesperación mientras el saiyajin la observaba con curiosidad, intentando descifrar el motivo que la había hecho reaccionar así tan de repente.

—Si no te sientes cómodo para que te cure, puedo dejarte las cosas para que lo hagas tú mismo —le informó sin mirarlo—. También puedo explicarte cómo hacerlo.

—No soy idiota —respondió con un tono de voz más agresivo de lo que pretendía.

Estaba comenzando a ponerse de mal humor. ¿Cómo se atrevía esa terrícola a dejarlo en ridículo de esa manera? Él, que había hecho a un lado su orgullo para demostrarle lo que comenzaba a sentir por ella.

—Yo... —comenzó a hablar. Había dejado de moverse y miraba el suelo en una actitud extraña, poco común en una mujer tan segura de sí misma como lo era ella— No quiero que me lastimes otra vez.

Dicho aquello dio media vuelta con la intención de poner toda la distancia posible entre el saiyajin y ella. Lo mejor sería dejarlo estar y que hiciera lo que se le viniera en gana con su cuerpo. Si quería matarse con sus entrenamientos, ya no sería su problema. Pero algo la detuvo. Vegeta la sostenía con firmeza de la muñeca.

—Quédate —le pidió, desviando la mirada.

El contacto repentino de sus pieles hizo que Bulma se paralizara por un momento. No podía creer lo que acababa de escuchar, mucho menos por el tono de voz con que lo había pronunciado: cálido y suplicante. La inseguridad que se había apoderado de ella unos momentos atrás se desvaneció de golpe dando paso a una sensación desconocida que iba recorriendo cada parte de su cuerpo.

Vegeta se levantó de la cama sin decir palabra, tomó las vendas que la chica había dejado caer antes de poner distancia entre ellos y se las extendió sin mirarla. Ella comprendió de inmediato que el saiyajin, muy a su manera, le estaba pidiendo que continuara curándolo.

—Creo que será mejor si permaneces de pie —le indicó.

Vegeta la soltó, dejándola libre para que retomara su trabajo. Bulma comenzó por la cabeza, limpiando y desinfectando las heridas para proceder a vendarlo, cuando se dio cuenta de que el saiyajin había cerrado los ojos nuevamente. No comprendía el por qué de aquel gesto pero le gustaba. Cuando el príncipe sintió que la terrícola concluyó su labor por completo, abrió los ojos y se inspeccionó a sí mismo, encontrándose con su torso vendado casi por completo.

—¿No crees que exageras, mujer? —le cuestionó con una mueca de disgusto en el rostro.

—¡Deja de llamarme así, sabes perfectamente que mi nombre es Bulma!

Ahí estaban sus gritos otra vez, lo que más disfrutaba él de estar en su compañía.

—Nunca he sido bueno recordando nombres —respondió sonriendo.

Pero la chica no pudo ver esa sonrisa, su mirada estaba fija en los pectorales y hombros del saiyajin. De nuevo esas marcas de guerra... Era como si le transmitieran el dolor que él sintió cuando lo hirieron.

—¿Puedo...?

Sin terminar la pregunta y mucho menos recibir respuesta, Bulma alzó un brazo y posó una mano sobre la cicatriz más grande del guerrero. Sabía que estaba arriesgando demasiado: la mejora en la actitud de Vegeta, la situación tan íntima en la que se encontraban, las cortas y fugaces sonrisas e incluso su propia vida, pero no podía evitarlo. Se sentía irremediablemente atraída por ellas.

Flashback.

Tu vida debió ser muy dura —murmuró mientras delineaba las ásperas marcas de batalla del saiyajin—. Gracias por preocuparte por mí y cubrirme con esa manta durante la noche.

El roce de sus dedos con su piel no le desagradó en absoluto. No podía negar que le costaba mucho trabajo mantenerse firme y duro en su presencia pero el hecho de que ella se mostrara tan cómoda con su debilidad y vulnerabilidad hizo que su rabia surgiera de golpe. Además él no había hecho tal cosa como cubrirla con una manta. Era más su enfado consigo mismo que con la muchacha por haber dicho aquello pero fue precisamente eso lo que le impidió controlarse. La tomó de la muñeca con fuerza, deshaciendo la caricia que le estaba regalando. Sus ojos celestes se inundaron de miedo e intentó echarse hacia atrás sin resultados.

Su-suéltame —le pidió, presa de los nervios al mismo tiempo que forcejeaba para zafarse de su agarre—. ¿Vegeta? Me estás lastimando...

Fin del flashback.

Bulma se atrevió a subir la mirada hasta encontrarse con los ojos del guerrero. Su expresión era tan similar a la de aquel día que parecía como si estuviera reviviendo el desagradable momento. Verle así, con una mueca entre molestia y sorpresa la hizo arrepentirse de su osadía de inmediato.

«Prepárate para dos días más de dolor» pensó ella cuando se percató de que Vegeta había alzado el brazo. Reaccionó cerrando los ojos e intentando quitar sus dedos de la cicatriz, pero en un segundo su delicada mano se vio aprisionada contra el cuerpo del saiyajin.

—No voy a hacerte daño —murmuró.

Abrió los ojos sorprendida y se encontró con un rostro serio pero amable que la miraba fijamente. ¿Le estaba dando permiso de continuar? No lo sabía exactamente pero no estaba dispuesta a desaprovechar la oportunidad. Era la primera vez en todo el tiempo que el saiyajin había estado en su casa en la que se comportaba de esa manera. Lo que ella tanto estuvo esperando. Dejó su mano sobre sus pectorales y sin despegar la mirada de sus ojos azabache colocó la que aún tenía libre sobre su mejilla. Ahí estaba de nuevo la caricia. Esta vez, Vegeta no estaba dispuesto a dejarla echarse para atrás. Bulma se vio sorprendida al sentir la mano del saiyajin en su espalda. Sin necesidad de hacer esfuerzo hizo que la chica diera un paso adelante, matando la poca distancia que había entre ellos. Fue en ese momento cuando supo que él estaba de acuerdo, que todo iba a salir bien. Dejó de acariciar su mejilla para posar un dedo sobre los labios del guerrero.

—Estuve esperando este momento durante mucho tiempo —susurró.

No era como si esperara una respuesta pero le hubiera encantado recibir una. Estaba pidiendo demasiado y no podía permitirse cometer ese error tan pronto. Lo conocía muy bien y sabía que esa situación le estaba tocando en un punto muy delicado: el orgullo. Al final, tenía que aceptar que su actitud grosera y arrogante era una de las cosas que le habían atraído de él. Lo aceptaba con todo lo que llevaba dentro y era hora de demostrárselo.

Sentir su aliento sobre su rostro hizo que a Vegeta lo recorriera una sensación desconocida por todo el cuerpo que no hizo más que aumentar su deseo de tener a la terrícola cerca. Bulma recorrió su boca con el pulgar con lentitud y cuando esta se vio libre cerró los ojos para poder disfrutarla ahora con sus propios labios. Fue un beso torpe en un principio. La chica mantenía sus ojos cerrados, disfrutando de la cálida sensación que nacía dentro de su pecho, mientras que el saiyajin tardó un poco más en dejarse llevar. La abrazó por la cintura y la pegó aún más a él, hasta que pudo ser capaz de sentir absolutamente toda su figura chocando contra su cuerpo. El roce de sus labios fue aumentando de ritmo hasta hacerles perder el aliento.

Bulma fue quien terminó con el beso, aunque no lo quisiera. Necesitaba tomar aire y tranquilizar los latidos de su corazón. Estaba segura de que iban tan rápido y se oían tan fuerte que incluso Vegeta podía escucharlos. Hundió su rostro en su cuello y se quedaron así por varios minutos.

—¿Puedo quedarme contigo esta noche? —preguntó, insegura.

Su voz fue amortiguada por la piel del saiyajin pero eso no impidió que él la escuchara con claridad. En respuesta a su pregunta, Bulma se vio acorralada con más fuerza por los brazos de Vegeta.

El encanto del momento terminó con un rugido proveniente del estómago del saiyajin ocasionando que Bulma soltara una risita corta al escucharlo. Se separó un poco de él, con cuidado de no dejar de hacer contacto con su piel.

—Tengo la solución perfecta para esto —le informó con una sonrisa en el rostro y dándole un leve golpe en el estomago que él ni siquiera notó.

Se sintió un poco decepcionada cuando Vegeta dejó de abrazarla y puso distancia entre ellos.

—¿Cocinarás para mí? —preguntó en un tono de burla. Sabía que aquello era imposible. La peli-azul jamás había cocinado, mucho menos para alguien más.

—¡Por supuesto que no! —respondió—. Te dije que había traído comida en una cápsula.

—Era demasiado bueno para ser verdad.

Bulma pensó que eso no era nada en comparación a lo que estaba pasando. Estaban manteniendo una conversación sin gritos ni insultos; se habían besado y había permitido que lo tocara hasta convertir la caricia en un abrazo e incluso había aceptado que ella se quedara a pasar la noche junto a él. Eso sí que era demasiado bueno para ser verdad pero prefirió no decir nada. En cambio, tomó la cápsula que había llevado consigo y la abrió haciendo aparecer un gran frigorífico repleto de deliciosa comida. Sacó todo lo necesario, ante la mirada atónita del saiyajin, y lo puso en el piso, creando una alfombra de deliciosos platillos y varias bebidas de diferentes tipos. Ambos se sentaron cruzados de piernas, usando la cama como respaldo y comenzaron a comer. La chica miraba hipnotizada cómo Vegeta iba devorando cada uno de los alimentos que estaban frente a él. Cuando por fin terminaron, Bulma sirvió dos copas de vino y le ofreció una al príncipe.

—Pruébalo —le sugirió con la mano extendida—. Es una bebida deliciosa, te gustará.

La miró de reojo y aceptó la copa que le ofrecía. Siguieron bebiendo durante un rato, mientras Bulma no dejaba de hablar. Sentía una extraña felicidad que incrementaba a cada minuto.

—¿No crees que ya has bebido suficiente? —le preguntó el saiyajin al notar un cambio en la actitud de la chica.

Pero en lugar de recibir respuesta, sintió cómo Bulma dejaba caer su cabeza sobre su hombro.

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