Capítulo 10: 'Low'
Estuve en la casa de los Black hasta las siete de la tarde. Casi no sentí el paso del tiempo, pero cuando el padre de Jacob entró al garaje a invitarme a cenar, entonces vi la hora y recordé con pesar que no podía hacer enfadar a mi madre llegando tarde a casa. Quería seguir allí, refugiada en los brazos de Jacob. Fue así como me disculpé y anuncié que ya debía retirarme.
Jacob me acompañó hasta mi coche. Íbamos tomados de las manos en completo silencio, y se lo agradecí con la mirada. No me había presionado al hablar de Ben o de la universidad, tampoco me había llenado de preguntas que me produjeran angustia como usualmente hacían las personas cuando se les contaban problemas. Él se había limitado a abrazarme por un largo rato después de que nos besáramos, y luego comenzáramos una conversación tan ligera y dinámica como siempre.
-Nos vemos, Jacob –dije después de quitarle la alarma al coche y sin mirarlo a los ojos.
-Me encantaría mantenerte aquí por más tiempo –comentó riendo, y se despeinó su pelo-, pero aún no se me ocurre alguna buena excusa.
-¿Quizás si me confiesas que tienes una enfermedad terminal? Eso siempre funciona en las películas románticas –sonreí con pena.
-La verdad estaba pensado en decirte que necesitaba ayuda en mi tarea de Francés, ya que la próxima semana tengo un examen –bufé y se burló de mi reacción.
-Gracias por traer el tema de nuestra edad. Es muy cordial de tu parte.
Sin percatarme, comenzó a acortar la distancia que nos separaba y de pronto me encontré rodeada por sus brazos. Su boca estaba a escasos centímetros de mi oreja izquierda y cuando habló, me hizo cosquillas.
-Pero debo admitir que me gusta saber que nos comparas con una película romántica –murmuró en un tono juguetón.
-Jacob… -suspiré. Me sentía como una vil arpía que jugaba con sus sentimientos: salía oficialmente con otro chico-, lo siento tanto. Siento que haya pasado esto entre nosotros cuando estoy con Ben.
-¿Recalcas que es una pena que esto haya pasado o que haya pasado estando con ese imbécil? –preguntó cortante.
-Lo segundo, por supuesto –respondí sintiéndome más acalorada de lo que estaba entre sus brazos-. Y Ben no es un imbécil.
-Lo sé, no todos tienen mi personalidad, físico y sex appeal para cautivar al mundo –añadió para distender el humor. Reí, sintiéndome más aliviada por su cambio de humor-. Supongo que te veré pronto.
-Dalo por hecho. Te llamaré.
Nos separamos con rapidez. Ambos sabíamos que si lo hubiéramos hecho lo contrario, habría sido prácticamente imposible dar pie a la retirada.
Subí al coche y cuando cerré la puerta, temblé, extrañando el calor del cuerpo de él. Giré la llave en el contacto y encendí la calefacción mientras me preparaba para pisar el acelerador.
-¡Ya sabes lo que quieres, Ang, sólo no debes dudar de ti misma! –dijo Jacob levantando sus dedos pulgares con una expresión bastante graciosa, por lo que no pude evitar reír.
Llegué a casa justo a la hora indicada para la cena. Mis hermanos me recibieron sin sus gritos usuales, dándome a entender que el ambiente en casa no era muy agradable. La cena fue muy silenciosa, la única vez que alguien habló fue mi padre para pedir el salero.
De eso ya habían pasado dos días hasta llegar al presente. Y en este preciso momento me hallaba en mi cuarto ya casi vacío, recordando cómo había llegado hasta esta situación.
Suspiré, impaciente. ¿Cuánto más se iba tardar Ben en llegar? Me estaba empezando a preocupar. Atroces imágenes de un accidente automovilístico se reprodujeron en mi cabeza, poniéndome más nerviosa, y me sentí bastante estúpida. En Forks había pocos accidentes, el oficial Swan en contadas ocasiones había tenido que dirigirse a la escena donde un coche atropellaba a alguien o chocaba con otro. Inconscientemente recordé el accidente de Bella en el estacionamiento de la escuela dos años atrás y negué con la cabeza. No debía ser tan pesimista. Él llegaría.
Después de todo, Ben era un chico de los mejores: siempre atento, dejaba que opinara sin interrumpirme, me ayudaba en cualquier percance y era muy detallista. Me abría la puerta del coche, me ayudaba a bajar las escaleras o a cargar mis libros. Era demasiado bueno.
La conversación que tuve exactamente hacía dos horas atrás con él todavía resonaba en mi cabeza:
-¡Ang! –me saludó efusivamente-. Te iba a llamar dentro de poco…
-¿Ya has regresado? –pregunté con la garganta oprimida.
-Sí, hace poco Mike me trajo a casa. El viaje fue increíble. Había osos, un riachuelo lleno de peces y las nuevas tiendas de campaña que llevó Mike, esas nuevas que llegaron hace un mes a la tienda de su familia, son lo mejor del mundo. Nunca tuve una noche tan reconfortante como en una de esas y… –dijo rápidamente. De repente, yo hacía algunos comentarios de vezs en cuando, pero nunca lo interrumpía hasta que acabara de contar su experiencia-… y nos reímos muchísimo. Fue genial.
-Me alegro que lo hayas pasado bien.
-¿Y qué cuentas? Dime lo que has hecho estos días.
-Er… He estado en casa ayudando a mis padres y a los gemelos. También salí un par de veces con Jacob Black, el amigo de Bella –comenté, tratando de no oírme nerviosa-. Es bastante simpático.
-¿No es ése, el de la motocicleta?
-Sí, pero ya no la conduce.
-Ah –exhaló aire y me di cuenta que no le interesaba mucho lo que le decía-. Cambiando de tema, pensaba en recogerte para cenar. ¿Qué te parece a las ocho?
-Por eso te llamé –respiré hondo varias veces y me preparé para decir la frase más odiada en la existencia humana-: tenemos que conversar.
-Estaré en tu casa dentro de quince minutos. ¿Está bien? –preguntó, después de varios segundos de silencio con un tono de voz más serio de lo normal. Dije que sí-. Nos vemos. Te quiero.
-Vale –terminé la llamada con reticencia.
Me daba muchísima pena actuar así con él, pero debía hacerlo porque no podía seguir fingiendo que las cosas eran perfectas. Algo malo pasaba. Y no era Ben el problema, sino yo. De alguna manera me fui desencantando de mi novio. Él era el chico más dulce y detallista del planeta, alguien que sabía que me apoyaría en cualquier dificultad y haría lo posible para hacerme feliz. Quizás me di cuenta que ya no quería tanto a Ben como antes en la fiesta de graduación, cuando deseaba que me besara como los otros chicos a sus novias: con pasión y descaro, con deseo hasta que se viera plenamente vulgar. O tal vez el último día de clases cuando le quité mis libros diciéndole que podía cargarlos sola. No sé cuándo ocurrió, pero pasó. Fue entonces cuando seguí en la rutina, viviendo el día a día con las personas y situaciones ya cotidianas en mi vida. De alguna me negué a admitir que ya no sentía lo mismo por Ben y seguí con mis planes: universidad, amigos, etc.
Lo de la universidad sólo había sido una señal de mi descontento, ya que con Ben planeábamos seguir los estudios en el mismo lugar para no mantener una relación a larga distancia. Cumplía mi planificación; seguía estancada en la rutina, sin querer pensar siquiera que no quería ir a la universidad de Utah, que estaba cometiendo un error y que estaba jugando con Ben, el dulce y amable Ben. Él no se merecía esto, no merecía que dudara de él ni que lo criticara por cualidades que cualquier chica mataría para que su novio las tuviera.
Ya había tomado la decisión, pensé nuevamente.
-¡Ang! –me llamaron los gemelos.
Giré rápidamente hacía la ventana para ver si había llegado, y en efecto así fue: la camioneta de Ben estaba aparcada junto a mi coche.
-¡Ya voy! –dije histérica. Había deseado que llegara, y por fin cuando lo había hecho, contradictoriamente, me sentía fatal. Con pasos cortos y frenéticos, salí de mi cuarto y me aproximé al de los gemelos-. Yo abriré. No quiero que molesten, por favor.
-¿Pero qué clase de petición es esa? –escuché que preguntaba molesto Joshua-. Es mi casa y hago lo que se me da la gana…
No puse más atención a mis hermanos, puesto que todos mis sentidos estaban concentrados en no caerme ni desmayarme. Era la primera vez que me sentía tan ansiosa, angustiada, nerviosa, histérica y preocupada, y todo al mismo tiempo. Fue por eso que cuando escuché el timbre de la puerta de entrada repiquetear, di un salto como si estuviera en una película de terror.
Me repetí mentalmente varias veces que estaba comportándome de la misma forma que una chiquilla de cinco años y respiré hondo siete veces exactas mientras me plantaba frente a la puerta. En ese momento, entendía por qué las personas odiaban tener que afrontar los problemas cara a cara y solucionarlos de la mejor, pero más difícil manera: con la verdad.
Quité el seguro de la puerta con las manos un poco temblorosas, aún así ya no me encontraba tan nerviosa como segundos antes, y mientras erguía la espalda, abrí la puerta.
Ben estaba en la pequeña escalinata del porche. Miraba con curiosidad los maceteros que pendían de unos tejidos hechos por mi madre.
-Lindas plantas. ¿Dalias? –inquirió con voz perdida señalando un macetero con flores de color rojo oscuro y motitas blancas.
-Sí. Mamá quería decorar el porche para darle un ambiente más armónico y vivo a la casa. Arregló todo esto ayer –respondí con suavidad. Entonces, él me miró y suspiré en un vano intento de mantener la compostura-. ¿Quieres entrar?
-No, así está bien –se alzó de hombros y cerré la puerta.
Un extraño escalofrío me recorrió la espalda al observarlo. Me crucé de brazos sabiendo que ese movimiento no impediría que esa pequeña corriente siguiera extendiéndose por mi cuerpo, ni tampoco que desapareciera esa recién nacida opresión en el pecho.
Casi había olvidado a Ben. En todo el tiempo en el que habíamos salido y en el que me empezó a gustar, jamás veía su imagen en mi memoria como un vago recuerdo borroso. Pero ahora sí. Sus ojos rasgados me parecían más pequeños de lo que creía, era más bajo de lo que recordaba, su pelo oscuro estaba más corto, su nariz era plana y recta, su mentón era demasiado pronunciado, sus labios muy delgados y la contextura de su cuerpo muy delicada. Era como si me hubiera liberado de una especie de hechizo que me había devuelto al realidad, la verdadera noción de lo que me rodeaba. Y, casi al instante relacioné ese tipo de hechizo con Jacob. Cuando estaba con él no podía pensar en nadie ni nada más, todo era demasiado lejano y él era el único que estaba a mi lado… Junto a Jacob, me olvidaba de Ben. La figura de mi novio no era más que un diminuto chispazo de memoria que quedaba rezagada por la presencia de Jacob.
-¿No dirás nada? –preguntó, evadiendo mi mirada. Parecía impaciente-. Dijiste que teníamos que conversar.
-Sí, lo sé…
-¿Qué quieres decirme, Ang? –pidió con una débil sonrisa.
Me gustaría decirte tantas cosas, pensé lamentándome.
Me mordí el labio inferior, juntando el torbellino de palabras que se arremolinaba en mi mente. Tenía que armar una frase coherente, algo que tuviera sentido dentro del tumulto de emociones y explicaciones que quería hacerle saber.
-Ben… -abrí la boca repetidas veces sin saber cómo comenzar, y decidí decirle lo que sentía por él. Tenía que ser sincera-. Eres el chico más maravilloso de este mundo. Me has apoyado y me has querido en todo momento, siempre has estado a mi lado –él bajo la cabeza con una mueca de incredulidad, pensado que quería ablandarlo con mis palabras y eso me hizo sentirme aún peor-… Y recuerdas cuándo es mi cumpleaños y nuestro aniversario. También te ofreces a ayudarme a cuidar a los gemelos, y hasta te acuerdas de cómo me gusta aliñar las ensaladas…
-Ve al grano –dijo serio pero sin perder ese tono dulce que lo caracterizaba-. No quiero que te des más vueltas en círculos, cuando ya sé… cuando quieres llegar a otro punto.
-Y a pesar de todo eso, de lo que increíble que eres... –respingué, sintiendo que mis ojos se tornaban llorosos-, a pesar de que eres el chico más extraordinario en el mundo, el que a cualquiera le gustaría tener por novio y que se fijara en ella… Yo…
La opresión del pecho subió hasta mi garganta, impidiéndome respirar de manera acompasada y comencé a ahogarme silenciosamente en mis propias lágrimas.
Ben no hizo ningún ademán de acercarse, pero me miró con dulzura. Con su siempre presente e impetuosa dulzura que me daba aún más pena y rabia conmigo misma por haberme burlado, de cierta manera, de sus sentimientos, de no mantenerlo más presente en mi cabeza cuando estaba con Jacob, de no valorarlo, de haber jugado con su corazón tan puro y solidario.
-Sería una mentira si te dijera que no lo presentía, pero… -ocultó sus manos en los bolsillos traseros del pantalón y dio una suave patada al suelo. Suspiró-. No puedo creer que uses la excusa de "tú no eres el problema, soy yo".
-No es una excusa, es la verdad –dije con voz ahogada y gangosa.
-Lo sé. Ese patético cliché resultó ser real en esta ocasión –musitó con una sonrisita penosa.
Me llevé las manos a la cara. Las lágrimas ya estaban secas, pegoteadas en mis mejillas, y me las limpié.
Estuvimos un rato largo en silencio, en el que pude tranquilizarme y analizar su reacción. Él no haría ni armaría ningún escándalo, lo conocía demasiado bien para saberlo. Lucía calmado, pero nada feliz. Algo de lo que teníamos en común y que nos aligeraba bastante los pocos problemas que habíamos tenido, era nuestra capacidad de reflexionar antes de actuar.
-¿Cómo supiste que…? –pregunté, ya más calmada. Retrocedí hasta apoyarme en la baranda del porche-. ¿Cómo te diste cuenta que…?
-¿Qué no querías seguir con lo nuestro? –completó y yo asentí. Me sonrió, como un niño cuando tiene un jugoso secreto, y se dispuso a contestarme manteniendo fijamente la mirada en el macetero de dalias-. Hacía bastante tiempo andabas distinta. No te mostrabas tan entusiasmada en lo que respectaba a nosotros y nuestros planes de futuro.
-Nunca quise realmente ir a Utah. Digo, me era indiferente –apunté, sintiendo como la verdad de lo que él había vivido me caía sobre los hombros.
-Es por eso que supe que estabas extraña. Una de las cosas que me encanta de ti es tu capacidad de opinar en cada tema referente a tu futuro, a nuestro futuro, y no me decías nada respecto a la universidad. Y tampoco a otros detalles que parecían molestarte y me daba cuento de ellos –explicó pausadamente, pero hizo una mueca de dolor reprimido. Quizás se trataba de enojo o frustración-. ¿Por qué no me dijiste nada, Ang? ¿Por qué aparentabas que todo iba bien cuando no era así?
-No lo sé –me alcé de hombros. Sus ojos oscuros me escrutaron algo sorprendido de que no tuviera una respuesta lógica-. Lo he pensado mucho, Ben, y… lo único que puedo sacar en limpio es que me negué mi descontento hasta el grado que no fui consciente de éste. No me di cuenta de todo hasta que te fuiste.
Caminó hasta estar a tres pasos de mí y parpadeó varias veces, anonadado.
-Yo te hubiera escuchado, Ang, y lo sabes. Podría haber hecho lo que fuera para salvar lo que teníamos. Podríamos haber ido a cenar a un restaurante costoso o haberte comprado…
-¿Crees que esto se trata de los regalos? –pregunté, ligeramente ofendida-. Mi descontento no tiene justificación ni en lo más remotamente parecido a lo material.
Se trataba que él no podía ofrecerme lo que deseaba. Quería, además de una relación llena de detalles y ternura, algo con emoción y espontaneidad. Lo que tenía con Ben era digno de una película romántica, pero no podía compararse con el filme de rápidos diálogos y escenas dinámicas que quería vivir. Él no podía darme lo que buscaba, él no tenía esa chispa.
-No me refiero a eso –negó rápidamente-. Digo que hubiera hecho lo que fuera. Y lo habría hecho si no hubieras ya tomado una decisión… -dijo con pena-. ¿La tomaste, no?
-Es definitivo, Ben –suspiré hondamente-. Ayer llamé al decano de la Escuela de Artes de Massachusetts para pedir una matrícula excepcional y hoy me darán la respuesta, así podría empezar el viernes las clases –dije con la imperiosa necesidad de explicarle más-. No te lo conté, pero me dieron una beca y la rechacé para ir contigo a Utah.
-¿Y por qué no me lo dijiste? –exigió frunciendo el ceño. Me miró fijamente antes de bufar, visiblemente molesto-. Esto… Me cuesta creer que me hayas ocultado todo lo que te pasaba, y ahora tomas decisiones sin decírmelas.
Verlo tan triste, tan débil, tan frustrado, tan enojado me hizo sentirme fatal. Él había sido tan bueno conmigo y le había dicho que no quería seguir con él, sin realmente darle mis verdaderas razones; y para peor, él no me había preguntado por qué me sentía descontenta con nuestra relación. Lo había aceptado sin más.
-Ben, yo-
-Tú no eres así, Ang, –alzó su palma en un gesto para que me callara. Respiró profundamente antes de seguir-, no eres así. La Angela que conozco me hubiera dicho sus inquietudes, me diría lo de la beca y se hubiera esforzado-
-¿Crees que no me esforcé? –inquirí preocupada-. ¿Realmente crees que en todo el tiempo que me di cuenta que no estaba contenta con nosotros, no hice nada? -él simplemente me miró con elocuencia, dándome a entender que casi era una pregunta retórica a su punto de vista-. Pues, la Angela que conoces trató de resolver el problema sola. Intentó encantarse nuevamente de ti, de resaltar tus enormes cualidades e impedir que lo negativo saliera a flote en sus pensamientos…
-¿Qué intentas decirme?
-Que… -suspiré-, lo del cliché es verdad. Yo no soy para ti, Ben. Eres una persona increíblemente genial. Eres un chico caballeroso, detallista, colaborador, solidario –empecé a enumerar-. Y una parte de mí se siente como una estúpida al rechazarte, porque eres casi el prototipo de novio ideal.
Mis explicaciones parecieron calmarlo, puesto que sonrió con pena:
-¿Y la otra parte? –preguntó-. ¿Cómo se siente tu otra parte?
-Siente que no soy suficiente para ti… que busca algo distinto –mascullé haciendo uso de todas mis fuerzas para mantener nuestras miradas.
-Supongo que este es el final… -sacó las llaves de la camioneta de su bolsillo trasero y empezó a jugar con ellas-. Aunque me lo haya esperado, duele –dijo con el tintineo de las llaves como sonido de fondo.
Asentí vagamente consciente que lo hice, y me di cuenta que ya había terminado. Él estaba preparado para irse y yo para entrar a casa, él para viajar a Utah y yo para preparar un viaje hacia el otro lado del país. Entonces, el intoxicante sabor amargo de la despedida me golpeó los sentidos como el agua fría mientras se dormía.
-Cuídate, Ben –hice un ademán de acercarme, pero él dio unos pasos hacia atrás-. Yo-
-Adiós –se despidió-. Es mejor de esta forma, Ang. No trates de ser amable conmigo luego de… esto. Simplemente dejémoslo así.
Luego de dedicarme una extraña mirada, se encaminó a la camioneta. Me apoyé en uno de los delgados pilares del porche y observé como se fue. No volvió a girarse hacía mí en ningún instante.
Entré a la casa después de lo que me pareció mucho tiempo. Fue una sensación extrañamente sobrecogedora la que me otorgaba el alivio y la pena. Ben estaría bien y sabría superarlo de la mejor manera, así que no debía sentirme mal por él. Quizás sí culpable por mí misma, ya que había permitido que esta situación llegara a esos límites.
Me senté en el sillón más grande de la sala y suspiré dejando escapar una gran sonrisa mientras otras lágrimas volvían caer. ¡Me sentía ridículamente aliviada! Pero Ben… Le había hecho daño. Nunca había sido mi intención herirlo de esa forma, sin embargo… Por mi bien había tenido que darle infelicidad. Él había sido una de las personas que más me apoyaron en mi vida; él fue el único que me comprendía cuando le contaba mis problemas con Lauren y Jessica en la escuela, el que me acompañó al hospital cuando uno de los gemelos estuvo internado por una semana. Le hice daño a él, a quien me había apoyado en mis momentos más dolorosos y felices.
Recé silenciosamente por Ben. Era un gran chico, muy talentoso y sabía que se construiría un futuro brillante. Él se merecía eso y mucho más. Realmente esperaba que estuviera bien, pronto.
Pensé en llamar a Jacob, pero decidí no hacerlo. Tenía muchas ganas de hablar con él; sin embargo, me parecía una mejor idea esperar a que me llamaran de la Escuela de Artes de Massachusetts y me dieran su respuesta antes de informar a cualquier de la decisión radical que había tomado. Además, si me escuchaba con esta voz se daría cuenta que no había quedado bien después de hablar con Ben y lo preocuparía más de lo necesario.
Para matar el tiempo, fui al pequeño estudio de mi padre y me revisé mi correo electrónico desde su computadora.
Respondí algunos emails de mis compañeros de secundaria y no me sorprendió no encontrarme con ninguno de Lauren o Jessica, lo que de cierta forma agradecí. Ellas eran una de las últimas personas de las que quería tener noticias sobre mi etapa escolar. Ambas me habían asfixiado con sus chismes y envidia, hasta que llegué al grado de no soportarlas. También le escribí a una prima de Nueva York, que me preguntaba cómo estábamos todos.
Y leí el último email en mi bandeja de entrada:
Angela:
¿Cómo creerías que me olvidaría de ti? Sé que ahora vivo lejos y que estoy casada, pero eso no significa que aparte a una de las personas que más me ayudó a sobrevivir en Forks.
Además de divertirme encontrando distintas formas a los copos de nieve (muy buena tu broma), estoy bastante ocupada estudiando. Las clases son infernalmente largas, por lo que me las paso hundida entre libros. Agradezco que sean libros como novelas contemporáneas o ensayos sobre la literatura clásica, ya que si fueran de Biología o Física gritaría de terror. En fin, tengo todo el tiempo del mundo para hundirme en mis novelas…
Supongo que ya estarás lista para viajar a Utah. Muchos saludos a Ben y a ambos les deseo suerte en esta nueva experiencia universitaria. No es tan terrible como se piensa, pero aún así tienes que estar preparada para dedicarle gran parte de tu tiempo a lo que elegiste estudiar.
Escríbeme cuando ya estés instalada en tu dormitorio y cuéntame cómo es todo.
Un gran saludo,
Bella.
PD: Edward también manda saludos.
Iba a responderle cuando un golpe en la puerta me hizo levantar la cabeza. Mi padre entró y fruncí el ceño. ¿Acaso no eran apenas las cinco de la tarde? Entonces, vi el reloj colgado en la pared que marcaban casi las siete. No me había percatado que ya era tan tarde.
-Hola, papá –lo saludé sonriéndole y él inclinó la cabeza como respuesta-. Desocuparé tu computadora en un rato. Espera, por favor –me giré un poco en el cómodo asiento giratorio de su escritorio para cerrar la sesión de mi correo electrónico.
-No es necesario, Ang –dijo, poniéndose a mi lado. Se aclaró la garganta-. Me gustaría hablar contigo antes de cenar.
Me recliné esperando a que comenzara.
-Me encantaría saber qué significa que un tal señor Wyatt Hensen llame informándome que mi hija tendrá de regreso su beca en un caso excepcional para estudiar en Massachusetts –dijo tratando de aparentar muy mal una sonrisa-. Ah, y que los papeles y todo estaba arreglado. Incluso, que ya le fue asignado un dormitorio en el campus a la señorita Weber.
-Significa que por fin tomé una decisión.
-Ay, hija –me abrazó felicitándome y me dio unas palmaditas en la espalda. No pude evitar reírme por su torpeza-. ¿Estás realmente segura de que esto es lo que quieres?
-Sí, papá. Esto sí es lo que quiero –asentí vigorosamente.
La animada voz de mi madre llamándonos a cenar me llamó la atención.
-¿Le contaste a mamá?
-Ella estaba presente cuando llamó el decano, el señor Hensen –respondió, contento. Supuse que hacía bastante rato que mis padres estaban en casa-. Y querrá oír con todo lujo de detalles el porqué de tu decisión.
-Lo sé. Sabía que llegaría el momento en que tendría que explicar todo lo que hice –me encogí de hombros mientras él abría la puerta.
Por más de una hora estuvimos en la mesa, a pesar que ya habíamos terminado de cenar hacía mucho, explicando a mis padres qué me motivó a tomar la decisión. Me ahorré mucho de mis argumentos sentimentalistas y atiné a contar que todo se debió a que no tenía claridad de que estaba viviendo un momento difícil, donde no me atrevía a pensar en lo que realmente quería y me haría feliz, y me mantuve regida por los planes ya armados y lo que mis cercanos esperaban de mí. Les dije también que había terminado con Ben. No comentaron mucho al respecto, sólo asintieron y me animaron diciéndome que si sentía que había hecho bien al romper con él, pues era lo correcto en este momento de mi vida. Supuse que no querían bajarme de mi pequeña nube con preguntas respecto al tema. Y después de eso, la conversación se desvió a las razones que le di al decano, el señor Hensen, para solicitar mi beca nuevamente.
Al haber tomado la decisión el día de ayer, traté de hacer todo en orden. Como Ben no había llegado aún, me dediqué a hacer una lista con poderosas razones para conmover al decano de la Escuela de Artes y de paso convencerlo que tenía que devolverme la beca. Me costó bastante redactar todo, pero lo hice y llamé. Gracias a Dios su secretaria me informó que no se encontraba en ninguna reunión y me lo dejó en línea. Lo que siguió después fue toda una escena sacada de una película donde la heroína parece conseguir lo imposible: que le devuelvan la beca que había rechazado para empezar sus estudios en cinco días más.
Mi madre era la más feliz con la noticia. No me felicitó, pero sí me abrazó y me dio un enorme pedazo de budín. Me alegré que ya no tuviera que soportar sus estúpidas discusiones o sus acosos interminables por mis malas decisiones.
-Parece que tendrás que desempacar algo de ropa, ya que te quedarás un poco más por aquí… -comentó mi madre, risueña.
Una vez que ya se había hecho muy tarde para seguir charlando, mis papás recogieron los trastes sucios y se dispusieron a lavar y ordenar todo. Pensé que ese preciso instante era el perfecto para llamar a Jacob, puesto que ya todo, absolutamente todo estaba solucionado.
Subí a mi cuarto y tomé el celular, que estaba conectado al enchufe para cargar la batería. Lo desconecté y me dirigí a la ventana mientras buscaba su número para llamarlo.
-¿Si? –preguntó él después que se escuchara tres veces el tono de espera.
-Adivine quién lo llama, señor Black –dije con el corazón latiéndome rápido al escuchar su exquisita voz.
-¿Quieres que diga que eres un anunciador de televisión diciéndome que gané un premio? Me encantaría un viaje al extranjero. O un millón de dólares –se rió.
-No tengo dinero ni para comprar goma de mascar, así que dudo que pueda deleitarte con un premio monetario. Lo siento –me preguntó cómo estaba-. Muy bien.
-¿Ah, sí? –carraspeó-. ¿Qué significa "muy bien" en el diccionario de Angela Weber? –imaginaba que estaría levantando una ceja y sonreiría picaronamente.
-Hay varios "muy bien", pero este en particular es especial: finalmente iré a Massachusetts.
-Me alegro. Al fin te decidiste –comentó, tratando de sonar más feliz de lo que se escuchaba.
-¿Acaso no estás feliz por mí? –pregunté, sonriendo maliciosamente-. Quizás se deba a que olvidé mencionar el pequeño detalle que ahora soy soltera.
-¿Qué?
-Terminé con Ben hoy –anuncié lanzando una risita-. Estoy oficialmente soltera, disponible al mercado masculino, sola, libre.
-No sabes cuán alegre estoy al oír esto –dijo después de un rato en silencio donde podría jurar que escuché que hacía un pequeño baile de la victoria-. Aunque tendremos que debatir eso de que estás totalmente disponible al mercado masculino.
-Estoy abierta a propuestas.
-Genial que lo digas, puesto que te quería proponer algo –se oía un poco nervioso, así que lo animé advirtiéndole que no aceptaba propuestas indecentes. Él rió y pareció haberse calmado para proseguir-. Me gustaría que saliéramos mañana, y pensé quizás podrías quedarte hasta la noche… Mis amigos harán una fogata en el bosque. Conversaremos, comeremos algo… y no será nada malo. Pero si quieres puedes decir que no, no importa mucho, puesto que…
-Detén tu verborrea –le pedí. Me parecía absolutamente tierno que estuviera tan nervioso por pedirme que conociera a sus amigos-. Y claro que me encantaría. ¿Estarán Embry y Quil?
-Bueno, sí. También Seth, Paul, Sam, Emily, Jared… y Leah –añadió con un leve dejo de desagrado-. ¿Vendrás?
-Qué va, Jacob. Ya he dicho que me encantaría.
-En ese caso, te veré mañana. ¿A qué hora?
-Iré luego del almuerzo a tu casa.
-Vale, aunque estaré algo ocupado trabajando en el motor que viste el otro día. Me tardaré un poco, pero creo que podremos dar una vuelta por allí antes de ir a la fogata.
-¿Por qué crees que quiero ir a esa hora, eh? –pregunté, alzando una ceja-. El otro día tuve una… agradable vista de ti sin camisa –escuché que se reía estruendosamente e hizo un comentario de mi rebelión como mojigata-. Nos vemos mañana –me despedí.
-Claro. Hasta mañana, Ang.
-Adiós, Jacob y…
-Di Jake, por favor, santa hermana Angela.
-Oh, eres imposible –susurré, bufando-. También puedo tener deseos algo sexuales… ¿Y qué mierda acabo de decir? –pregunté, sintiéndome más roja que un tomate. Estaba hablando barbaridades.
-¿Acaso estoy presente en tus fantasías sexuales? Ese tema es bastante interesante.
-Eso es privado. Mis fantasías sexuales son un secreto, Jacob –alejé el aparato de mi oreja-. ¡Hasta mañana y duerme bien! –su risa se escuchaba a pesar que tenía el teléfono móvil a unos quince centímetros de mí.
Estaba segura que si pudiera volar, lo habría hecho allí mismo, porque la perspectiva de no tener que vivir una relación en la que no me sentía feliz, de ir a la universidad que tanto deseaba y que podría pasar casi todo el día con Jacob me hacía sentir que, en cualquier instante, explotaría de la alegría.
N/A: Fue difícil el rompimiento de Ben y Angela. En los libros no se trata mucho a Ben, así que asumí que era un chico pasivo y comprensivo. Como no quería ningún dramón de telenovela, tuve algunos problemas en la escena y gracias a una amiga que leyó el primer bosquejo del capítulo, pude arreglar eso de "y seamos amigos por siempre a pesar que hayamos terminado". Vale, no se me dan los finales de relaciones.
Adoré sus reviews, todas sus palabras me animan a seguir escribiendo. Un gran beso a todos los que me dan su opinión (y demuestran que no todas odiamos a Jake).
Gracias a Sango Hale por betearlo. ¡Qué tengas unas muy buenas vacaciones :)!
¡Hasta la próxima!
