A/N: Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas, de la cuál esta colección de Omakes forma parte. En específico, este Omake se ubica después de "Alicui in Amore Respondere" y hace referencia al nuevo estado de Marin. Por favor, quienes dejan reviews anónimas, dejen un mail de contacto para que pueda responder sus comentarios con más agilidad.
Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al Sr. Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy sacando beneficio económico de este escrito: nada más hago esto para relajarme y entretener a mi imaginación, eso es todo.
ADVERTENCIA.
Del Manual del Villano Para la Malvada Conquista de la Galaxia, Noveno Artículo: No incluiré un mecanismo de autodestrucción a no ser que sea absolutamente necesario. Si es necesario, no será un gran botón rojo con una etiqueta que diga "PELIGRO: NO PULSAR". Si bien habrá un gran botón rojo, este disparará una ráfaga de balas sobre cualquiera lo bastante estúpido para usarlo. De igual forma, el botón ON/OFF no estará claramente marcado como tal.
Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo.
"Colección de los Omakes Perdidos."
(Omakes de los 9 meses: Aioria y Marin.)
Cesto de la Ropa Sucia.
Casa de Leo.
19:47 pm.
"¿CUÁL es su problema con los cestos?"
Marin empuñó las manos y apretó los dientes. Se quedó mirando el cesto en donde se suponía que debía ir la ropa sucia con los ojos furibundos. La tapa del cesto yacía a un costado, pero el interior del mismo estaba vacío, excepto por sus propias prendas. No obstante, un montón de ropa sucia, sudada y arrugada adornaba el suelo. Un calcetín colgaba del borde. Se veía muy desordenado y a su juicio hasta se veía insalubre. Marin se quitó la máscara del rostro, resoplando molesta. Avanzó hasta el cesto, al que le dio una patada, y luego se pasó ambas manos por el rostro. Inspiró una buena bocanada de aire y no dudó en soltarle con una melodiosa increpación.
"¡AIORIA!"
Como ven, Marin no estaba muy contenta. Culpa del embarazo o del fastidio que le producía el comprobar una vez más que el santo de Leo era un completo incapaz de dejar la ropa sucia dentro del cesto. Marin llevaba años, desde que había accedido a lavarle la ropa por vez primera, tratando de inculcarle tan sencillo hábito a Aioria, pero sin importar todos sus esfuerzos, su ahora marido parecía ser demasiado cabeza dura y simplemente no aprendía.
La única manera en que Marin conseguía que el León pusiera su ropa dentro del cesto, era engrifarse como puerco espín y decirle a lo gritos que si la próxima veía ropa fuera del cesto, o bien dormiría con el perro (que no tenían) o le diría a Seiya que le hiciera compañía un mes.
Hay que admitir algo y ver el vaso medio lleno para variar. Aioria había aprendido una cosa o dos: al menos la ropa sucia terminaba acumulada alrededor del cesto y no regada por toda la casa.
"¡Aioria!"
Nope. Definitivamente la amazona no era un águila feliz, sino todo lo contrario. Tampoco ayudaba la subida de hormonas que estaba experimentando: apenas estaba en su primer trimestre y le estaba costando trabajo acostumbrarse a todos los altibajos que implica un embarazo. Para colmo esa mañana había despertado 'pesada'… tal como si hubiera tenido una generosa comilona la noche anterior, ya saben ese tipo de malestar menor, que durante todo el día había persistido y que no la había dejado descansar o entrenar normalmente.
A pisotones, Marin se dirigió a la salida del lavadero. Al llegar a la puerta, se sujetó unos segundos en el dintel y volvió a llenar sus pulmones de aire y así proceder a llamar la atención del puerco de su marido.
"¡AIORIA! No Me Ignores Y Ven Aquí."
"¡Ya Te Oí Con El Primer Grito! Cielos, Marin. No Estoy Sordo." Aioria dijo de pronto, a sus espaldas, dándole un buen susto a la amazona.
"¡Por Athena, Aioria! No me asustes de ese modo." La amazona giró sobre sus talones una vez que se hubo recuperado del susto.
"Disculpa, creí que te habías dado cuenta que venía." Se disculpó el León con una sonrisa traviesa. "¿Qué ocurre?" Preguntó al tiempo que se apoyaba en el muro.
"¿Qué Ocurre?" Marín frunció el ceño y tras dar un amenazador paso hacia su marido, señaló al interior del cuarto, hacia el cesto de ropa. "ESO OCURRE. ¿No Te Da Vergüenza? No Eres Más Guarro Porque No Tienes Más Tiempo. ¿Acaso Estás Impedido Que No Puedes Dejar La Ropa Sucia DENTRO del MUGRE CESTO? No Estoy Pidiendo Mucho, No Más Una Pequeña Ayuda YA QUE NO HACES NADA."
Empecemos por partes. De un momento a otro, Marin se le había engrifado y reconocer la causa probable de la molestia de su mujer le llevó dos segundos más de lo esperado. Aioria, que en un primer momento se molestó, se tragó el enfado en seguida al ver hacia el cesto. Una enorme gota le resbaló por la cabeza¿Qué tenían las mujeres con los cestos¿Acaso no era más fácil acumular la ropa en un rincón aleatorio en vez de estar depositándola dentro de un cursi y femenino accesorio? Y por último, aunque no menos importante…
"¡Ay, Marincita!" Rezongó Aioria. "La ropa al menos está en un solo lugar y…"
"¡PERO ESTÁ FUERA DEL CESTO!" Los ojos de la amazona entonces cambiaron. De pronto se llenaron de lágrimas y por dentro, Marín se sentía morir de la más profunda de las miserias. Se cubrió el rostro con sus manos y comenzó a llorar con amargura. "¡Me Tienes De Sirvienta! Hic. Después Soy Yo La Que Tiene Que Estar Recogiéndolo Todo Y Me Canso Tanto. Tú No Sabes Como Se Siente… ¡Buaaaaa!"
Dicho y hecho, Marin se dejó deslizar por la pared hasta que quedó sentada en el suelo, abrazando sus rodillas y llorando sin poder controlarse. Aioria, desconcertado, se rascó la nuca y se quedó viendo a su chica sin saber ni qué decir. Se arrodilló a su nivel y como si fuera de porcelana delicada, el león la abrazó.
"No digas esas cosas, que no es verdad. Sabes que no es cierto, no te considero la sirvienta y…"
"¿CÓMO QUE NO!" Furiosa, Marin levantó la mirada y le increpó con tenacidad. "¿ENTONCES PORQUÉ NO ERES CAPAZ DE LEVANTAR TU ROPA Y DEJARLA EN EL CESTO?"
"¡Calma, Calma! Te puede hacer mal, no quise decir eso. Es que sabes que se me olvida y…"
"¡Buuuuuuuu! No me consideras, HIC, para nada." Una vez más, Marin estalló en llanto. "HIC… No Me Quieres Nadita… Me Voy A Poner Como Pelota Y No Eres Capaz De Ser Así Tantito Más… ¡BUUUUU!" Y entre que lloraba e hipaba, el pobre de Aioria no sabía qué hacer.
Aioria apretó los dientes. ¿Qué hacer? Algo le había comentado Milo sobre los cambios de humor hacía unos días atrás, pero qué había sido… el león hizo memoria.
Flashback.
"Se ponen sensibles… En dos segundos les cambia el humor y es violento."
"¿Qué tan sensibles se puede poner?" Aioria, a quien todavía no le borraban la sonrisa, se llevó ambas manos detrás de la nuca y miró al cielo. "No creo que sea más terrible que…"
"¡JAJAJA! Créeme mi amigo, no tienes idea." Milo rió con conocimiento de causa. Al fin y al cabo que hablaba la voz de la experiencia: él mismo ya había pasado por esto antes. "Te lo digo: pasan de estar felices, a enfurecerse, al punto de ser capaces de lograr que Radamanthys se orine en los pantalones, y luego rompen en un llanto capaz de conmover a una piedra. ¡A uno que lo parta un rayo! No sabes ni como moverte para no empeorar las cosas."
"¿Te pasó con Alisa?"
"¿Tú qué crees?" Gruñó Milo de mal humor. Aioria le miró sopesando la nueva información. "Y antes que me preguntes qué hay que hacer en ese caso, te respondo: hasta el día de hoy, No Tengo Ni La Más Remota Idea."
Fin del Flashback.
"Al menos me lo advirtió." Suspiró Aioria que seguía abrazando a una llorosa Marin. "Marincita, ya se pasa, ya se pasa… tranquila. Te prometo que dejaré la ropa dentro del cesto la próxima vez."
"¡Eso Me Dijiste La Vez Pasada! Siempre Me Dices Lo Mismo, Pero Nunca Lo Cumples. Sigues Dejando La Ropa Tirada Y Yo Termino Recogiéndola."
"Marincita, no te alteres."
"¡NO ME DIGAS QUE NO ME ALTERE!" Esta exclamación tomó por sorpresa al León, quien del susto ni pudo moverse. Marin se puso de pie, echando humo por las orejas y con una enfurecida aura alrededor suyo.
Entonces la amazona suspiró y se calmó. Se limpió las lágrimas y se sentó en el suelo, frente al dorado. Se quedó mirando las manos, mientras absorbía aire por la nariz. Extrajo un pañuelo de uno de sus bolsillos y se limpió la cara. ¿Recuerdan aquél malestar que le había incomodado todo el día? Bueno… digamos que si hasta hacía unos momentos se sentía pesada, ahora se sentía más pesada.
"Discúlpame, Aioria." La amazona volvió a limpiarse las lágrimas. "No sé qué me pasa… sniff. ¡Es que todo me parece tan extraño! Nunca antes me había sentido así… sob, sabes que no soy así. Sniff."
Con cautela, Aioria se acercó a su chica y la abrazó. No le dijo nada, porque sabía que podía meter la pata, pero hizo su mejor esfuerzo en trasmitirle todo su cariño a Marin con su abrazo. Y le resultó. La amazona captó el mensaje y se dejó mimar sin oponer resistencia alguna. Aioria no podía ser tan bruto: al cabo que había hecho algo bien, para variar.
"¿Te parece que veamos una película esta noche? La que tú elijas." Sugirió Aioria con alegría. Estaba orgulloso de sí mismo por como había manejado la situación. "Te diré qué más: comeremos malvaviscos."
"¿De colores?"
"Claro. Todos los que quieras."
"Me parece una buena idea."
"Entonces vamos." Aioria se puso de pie y en seguida se dispuso a ayudar a Marin, que de pronto se veía muy mansita. La pareja se sonrió con cariño. "Sólo espero que no elijas ninguna payasada romántica ni nada por el estilo."
"¡Qué poca confianza me tienes! Por supuesto que no voy a… ¡AAAGH!"
Una puntada fría y horrible se le esparció por todo el vientre. Marin tuvo que sujetarse de Aioria para no caer al suelo. Sin embargo esto fue cosa de un instante y no pareció pasar a mayores.
¡Qué malvada que soy!
"Marin. ¿Todo bien?"
"… Sí… eso creo…"
"Es que estás muy pálida… y de repente." Aioria se veía tranquilo, pero sonaba preocupado. "¿Qué te pasó?"
"Fue un calambre… creo que no es… ¡Hmpf…!" El mismo dolor, pero más fuerte, se repitió, pero esta vez no desapareció. Un escalofrío le recorrió la espalda. "Aaaaaay…"
Marin se soltó de Aioria y se llevó ambas manos a la panza, al tiempo que sus rodillas cedían y su cuerpo se doblaba sobre sí mismo. Sin esperar por explicación de ningún tipo, el dorado apenas sí se percató del instante en que tomó a Marin en brazos y salía corriendo de la casa de Leo…
Hospital de Atenas.
Sala de Maternidad.
3 horas y media después.
La cara de espanto no se la quitaban con nada al pobre de Aioria, que en esos momentos, se estaba tomando una tila que una de las enfermeras, al verlo tan nervioso, le había llevado. Desde la camilla, Marin, con su máscara puesta, le observaba con la cara neutra, como si quisiera decirle que la asustada debería ser ella y no él…
… Bueno, sí estaba asustada. Desde que se había enterado de su nuevo estado que lo estaba y esta era la razón. Sin embargo, lo ocultaba muy bien: Marin era una experta en tragarse los sustos y trasmitir una actitud más bien indiferente cuando la ocasión lo exigía.
Estaban solos, aunque no por mucho rato más. El médico les había dejado por unos instantes y ya regresaba. En el intertanto, se hacían compañía. Nadie en el Santuario se había enterado de esto: es que Aioria había salido tan rápido que ni se percataron de que no estaban en Leo.
"¿Seguro que te sientes bien, Marin?"
"La verdad no, pero lo manejo. El que me preocupa eres tú."
"Pierde cuidado, a mi no me entran balas."
"Sí, como no." Marin suspiró y miró al techo. Sentía como si la ansiedad se le hubiera estacionado en el esófago. Hacía más de 3 horas que llevaba metida en el hospital y eso la inquietaba. Estaba conectada a un monitor fetal y le habían dado algunas medicinas.
"¡Claro que estoy bien! Yo no soy el que está en una camilla." Aioria se puso de pie, se acercó a su chica y le tomó la mano. "No me vuelvas a dar un susto así."
"Pierde cuidado, a mi no me entran balas."
"No uses mis frases en mi contra."
"Te va a decir cosas peores: he escuchado de todo." Dijo de pronto el médico que les había atendido. El sujeto era ya mayor y se veía serio. Les sonrió a ambos. "¿Ya estamos mejor?"
"Ya no duele nada."
"No debería dolerte más, pero tendrás que portarte bien." Le dijo el médico a Marin. Luego se quedó mirando a Aioria. "¿Cómo estás tú?"
"…" el León le quedó mirando con cara de espárrago. "¿Cómo está Marin y qué le pasó? Nos lo estaba explicando…"
"La señora está bien de momento, lo mismo el bebé. Tuvo principio de pérdida, pero fue tratado a tiempo y con éxito."
La completa indiferencia con la que Marin se quedó mirando al médico, contrastaba de lleno con el susto que de pronto le llenó el cuerpo… y a la fuerza con la que atenazó la mano de Aioria en busca de apoyo. 8 mil dudas sobre todo comenzaron a revolotear en las mentes de ambos.
"Si siguen mis indicaciones, no habría porqué preocuparse."
"¿Por qué… me pasó esto?"
"Hmm. Verás…" El médico se armó de paciencia y comenzó a explicarles a ambos, una vez más, las razones médicas de lo ocurrido. Si bien lo que le había pasado no era menor, la voz del médico y la forma en que les explicaba como que lograba calmarlos. "… Tienes que estar tranquila, al final no pasó nada y tu bebé luce bien."
"… Ha habido otras amazonas que han tenido bebés, y a ninguna de ellas le pasó lo mismo." Reclamó Marin.
"¡Vaya sí que eres terca! Todas las mujeres son diferentes y no porque sean amazonas las hace especiales a la hora de tener un bebé. Hace muchísimos años, una amazona dorada tuvo un embarazo perfecto, pero tuvo un parto muy complicado y murió poco después de dar a luz."
"Lümi de Aries: Más bien la mataron. Se comprobó negligencia médica." Recordó Aioria. El médico suspiró apenado.
"Sí, lo recuerdo muy bien: fue todo un escándalo. A lo que iba es que no solo por ser una amazona te garantiza un embarazo tranquilo."
"¿Qué debo hacer?" Preguntó Marin tras un suspiro.
"Olvídate de los entrenamientos. No quiero que ni siquiera sigas el programa especial: no quiero que hagas ningún esfuerzo, aunque este sea recoger tus pantuflas del suelo." Explicó el médico tajantemente. "Reposo absoluto. No subestimes ningún dolor, por muy nimio que parezca."
"¿Y el bebé…?" Marin y Aioria preguntaron al mismo tiempo y casi en un susurro.
"Tiene un buen latido. ¿No le oyen en el monitor? Está muy bien." Una vez más el médico comenzó a dar una larga y técnica explicación sobre el estado del bebé, cuyo pronóstico no sonaba tan mal como se hubiera creído. "Creo que eso es todo. Ya saben, nada de entrenamientos, ni esfuerzos, ni corajes ni nada…"
"¿Corajes?" Preguntó Aioria anonadado. ¡Con lo volátil que estaba su Marincita¿En serio este tipo esperaba que evitara los corajes?
"Habrá qué hacer un esfuerzo. En una hora más volveré para dar el alta, dependiendo como sigan las cosas. No creo que sea necesario la hospitalización." Suspiró el médico, encogiéndose de hombros. "Mejor les dejo. Que pasen buena noche y pórtense bien."
"Gracias, Doc."
El médico asintió con la cabeza, se dio la media vuelta y les dejó solos. Marin se quitó la máscara por unos instantes y se limpió algunas lágrimas que no habían caído. Tenía los ojos hinchados. Aioria por su parte se encaramó en la camilla y se las ingenió para abrazar a su chica. En silencio se mimaron unos segundos.
"¿Marin?"
"¿Qué, sob, Pasa?"
"Prometo Que Dejaré La Ropa Dentro Del Cesto, Te Lo Prometo, En Verdad Que Esta Vez Si La Dejo En El Cesto, Pero No Me Vuelvas A Dar Este Susto. ¡Que Ninguno De Los Dos Me Dé Este Susto!" Dijo Aioria a la rápida, angustiado como nunca y a punto de estallar en lágrimas. Marin tan solo se abrazó más de su dorado, prefiriendo darle el beneficio de la duda.
"Mugre cesto de ropa." Suspiró la amazona.
"Te lo he dicho por años."
"¿Tienes que quedarte con la última palabra?"
"…"
Nada. Más silencio. Aioria se mordió la lengua para no replicar, y no voy a decir que le fue fácil. Suspiraron al mismo tiempo y se quedaron así tal cuál.
…
Fin del Omake.
Por
Manquehuito (Misao–CG)
PS: Un omake sorpresa, que se me ocurrió de repente. Síp, les dejé el final un tanto abierto. Lamento haber sido tan mala con estos dos, pero bueno, véanle el lado rosado al asunto, pues esta vez Aioria se ve en verdad decidido a poner la ropa dentro del cesto. Necesitaba este Omake para beneficio de la trama general. Desde ya les aviso que estoy avanzando bastante lento con el fic de Máscara, pero no he podido evitarlo. Voy poquito a poco. De nuevo con mi mala manía de no pedir por una lectora de pruebas, y una vez más, el omake está recién salido del horno (literal). Faltas de ortografía, de gramática y redacción no son intencionales y si descubren alguna, por favor, sean buena leche y avísenme para poder corregirla, lo mismo si tienen quejas o críticas respecto de la historia, para poder ver como lo soluciono (en tanto sean educadas y civilizadas) ¡GRACIAS POR HABER LEÍDO EL OMAKE!
