Capítulo 10
-Supongo que era mucho esperar que nos hubiésemos librado de ti para siempre-. Dijo Donovan arrastrando las palabras, su cara una máscara de irritación y decepción cuando Sherlock salió del despacho de Lestrade. Anderson se quedó a un lado, la sorpresa sobrepasando a cualquier otra emoción en su cara mientras miraba a Sherlock.
John abrió la boca enfadado para contestarle pero Sherlock se le adelantó. Sonrió con suficiencia.
-Sí, y yo también estoy encantado de volver a verte, Sally. Resulta que no era yo el que estaba detrás de los secuestros y todos esos crímenes. Eso significaría que te equivocaste―otra vez. Aunque supongo que eso es algo a lo que estás acostumbrada. Dime, ¿cómo están los índices de criminalidad estos días? Increíblemente altos me imagino, con vosotros trabajando-. Comenzó a alejarse, luego se dio la vuelta y sonrió, una sonrisa pequeña y cruel que puso a Donovan de los nervios. -¿Todavía esperando a que Anderson deje a su esposa, Sally? Para una mujer tan fuerte eres totalmente patética cuando se trata de hombres.
Salió de la oficina con su habitual estilo y John le siguió con una ancha sonrisa en la cara, por una vez no quedándose atrás para disculparse.
John soltó una bocanada de aire una vez que estuvieron en la calle y dijo sarcásticamente. –Bueno, eso fue bien. ¿Iremos a ver a Molly ahora y completamos el día? Puede que todavía tenga tu fusta y empiece a golpearte con ella-. Rio.
-No es necesario-. Dijo Sherlock distraídamente, con las manos metidas en los bolsos de su abrigo, su mente llena de lo que Lestrade le había contado. –Ella sabe que estaba vivo. Me ayudó a derrotar a Moriarty.
Hubo un momento de silencio antes de que John consiguiera articular palabra.
-Espera un momento… tú―espera, ¿Molly lo sabía? ¿Durante todo este tiempo, Molly sabía que estabas vivo?
-Sí. Era un elaborado plan que ejecuté para asegurarme de que todo el mundo creyese que estaba muerto. No podía haberlo hecho solo. Molly fue extremadamente útil jugando su papel. Lo hizo a la perfección, mucho mejor de lo que me esperaba… ¿John?-. Sherlock se giró para mirar donde John debería de estar caminando junto a él, pero John no estaba allí.
Había dejado de caminar y permanecía unos pasos atrás de Sherlock, en medio de la acera, sus manos a sus lados, su expresión ensombrecida con ira y dolor.
-No puedo, Sherlock. Ni siquiera puedo mirarte ahora mismo. En este momento ni siquiera puedo estar contigo-. Dijo John, dándose la vuelta, metiendo sus temblorosas manos en los bolsillos de su chaqueta y comenzando a caminar en dirección opuesta.
-¿John?-, Sherlock se dio la vuelta y corrió tras él. –John, ¿qué pasa?
-¿Qué pasa? ¡¿Qué pasa?! Sherlock, joder, estuve a punto de matarme en el dolor porque creí que te habías suicidado. Creí que te habías suicidado porque era una basura de amigo, que tal vez, había hecho algo que te hizo sentir que esa era tu única salida. No sabía que me estabas salvando, no sabía que había francotiradores dispuestos a matarnos a todos. Solo te conocía, solo te vi saltar desde esa azotea y estrellarte contra la acera, caminando hacia ti y viendo tus ojos sin vida y tu sangre-. John estaba llorando, su voz temblaba de rabia y tristeza y Sherlock miraba, impotente.
-Ahora haces que todo suene tan sencillo— He vuelto, no morí, todo está bien, ¡pero no, Sherlock! ¡No está bien! ¡No está bien que me dejaras, no está bien que tuviera que ver tu suicidio, tanto si era real como si no! Para mí fue real, me definió durante el tiempo que no estuviste. No está bien que pasara el último año y medio entumecido por el dolor y queriendo acabar con mi vida. ¡Ese-ese dolor no se va en una noche y no puedes remediarlo solo con aparecer de nuevo- y amarme!-, los sollozos de John eran dolorosos y Sherlock quería estirar el brazo y tocarle, envolverle con sus brazos y hacer que este horrible dolor desapareciera. El dolor que él había causado.
Sin embargo, cuando se acercó un paso, John ahogó un grito y se apartó de él con rapidez.
-No me toques, Sherlock. Déjame en paz-. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse, su espalda erguida. Sherlock lo vio alejarse, su corazón doliéndole en el pecho, inseguro de cómo arreglar esto. Había creído que John estaba bien. Parecía haber estado bien esa mañana antes de que fueran a ver a Lestrade. Sí, había estado triste la pasada noche pero… Sherlock había pensado que eso ya había pasado. Era obvio que había estado horriblemente equivocado, parecía que se había equivocado en todo.
Volvió al piso, caminando despacio, pensando sobre todo lo que había pasado. Cuando llegó, habló con la señora Hudson, cada palabra que le dijo acerca de John era una dolorosa lanza, pero necesitaba oírlo, necesitaba saber. No podía ignorar lo que había pasado, por lo que John había pasado. Después caminó por el piso, tomando nota de todo, observando y deduciendo, removiendo cielo y tierra en su búsqueda de la verdad. Leyó las pesadillas de John en sus sábanas arrugadas y sus gastadas tablas del suelo, dedujo su depresión a través de cada superficie del piso, cada una reflejándole tanto dolor que a veces quería cerrar los ojos, pero siguió. Sherlock no era un cobarde. Si John había sufrido a través de esto, entonces él también.
Muchas horas después oyó los cansados pasos de John subiendo las escaleras. Sherlock había estado sentado en el sillón de John, mirando al que solía usar él, e imaginando a John sentado en ese mismo sitio, con una pistola a mano, preparado para acabar con su propia vida. Un frío que no desaparecería le subió por la espalda y se alojó en su corazón.
John se detuvo en la puerta, luego, lentamente caminó hasta estar enfrente de Sherlock y se arrodilló ante él, sus ojos hinchados y con los bordes rojos, y Sherlock le devolvió la mirada, sintiéndose como si estuviera mirando a las estrellas. John Watson, el hombre al que amaba, estaba a un millón de kilómetros de distancia y no era posible llegar hasta él y tocarle. No tenía ese derecho después de todo lo que le había hecho pasar. Le dolía la separación.
John sonrió, una triste y ligera sonrisa, y estiró la mano para tocar suavemente el oscuro moratón donde Greg había golpeado la mejilla de Sherlock. Sherlock inhaló fuertemente y tembló bajo su toque, sin apartar los ojos de John.
-Todavía no te he perdonado-, dijo, y Sherlock hizo un ruido de asentimiento, sus ojos fijándose en los labios de John e inclinándose hacia delante. John se apartó, permaneciendo fuera de su alcance, y el corazón de Sherlock se desplomó.
-No-, dijo John, sus dedos todavía acariciando ligeramente la cara de Sherlock. –No puedo. No ahora. No cuando me siento así. Todavía te quiero, Sherlock, es solo que ahora mismo estoy muy cabreado contigo. Y ahora mismo, ni siquiera estoy seguro de si me gustas. Solo…solo necesito algo de espacio ¿vale?- Se levantó del suelo, sus dedos acariciando la mejilla de Sherlock mientras se apartaba y Sherlock giró la cara para mantener el contacto el mayor tiempo posible.
-Yo… lo siento, John-. Hizo una mueca, odiando la manera en la que su voz sonaba tan pequeña y débil. –Yo… no me gusta haberte hecho daño. Sabía que te haría daño cuando cayera, solo que no sabía cuánto… pero sabía que era la única forma, era la única manera. Yo… no me arrepiento de mis acciones, pero… me arrepiento que esas acciones te hicieran daño. Lo siento.
Los hombros de John se hundieron y se dio la vuelta, caminando de nuevo hacia Sherlock. Sus manos alrededor de la cara de Sherlock y lo besó suavemente. –Me alegro de que digas eso. No lo quita, el dolor, la amargura y todo eso, ni de lejos. Pero ayuda, Sherlock. Gracias.
Ay, pobre John... y pobre Sherlock.
