Capítulo 10 – En la oscuridad de la noche – Segunda parte
Unas horas después, la tormenta había desatado su furia sobre las tranquilas tierras de Vizuri Shetani. Las fuertes ráfagas de viento huracanado sacudían las ramas de los arboles con violencia, las gotas de lluvia resonaban fuertemente sobre los techos y cristales de los hogares, y los rayos y centellas estremecían a los más pequeños, quienes aún no habían logrado conciliar el sueño.
En tanto, a varios kilómetros del pueblo, cerca de la entrada del puente Bagheera, había movimientos que no debería haber; sonidos inusuales, que presagiaban el inicio de una cruel pesadilla, que amenazaba con destruir hasta el último bastión de paz de aquella aldea.
Desde el bosque frente al puente, bajo el cual el agua fluía con la ira y violencia de la naturaleza, comenzaron a emerger extrañas figuras, no siendo propias del lugar.
Se trataba de decenas de criaturas hibridas, de las cuales la mitad inferior de su cuerpo parecía pertenecer a alguna clase de felino, y la mitad superior, a un ave de rapiña. La musculatura de sus cuerpos era notable, y sus miradas no mostraban sentimiento alguno; eran ojos muertos, sin expresión.
Al frente de todos había una criatura que sobresalía, de ojos azules que irradiaban una fría mirada capaz de intimidar al más valiente de los guerreros, y cuyo pelaje y plumas blancas resaltaban con cada destello producto de la tormenta.
-Es hora… -Dijo finalmente, con una voz gruesa y grave, siendo seguido por todo su escuadrón.
Las pesadas garras de aquellas bestias provocaban el crujir de la antigua madera del puente, aunque tales sonidos se veían opacados por el tronar de las nubes de tormenta. No perdían tiempo, no habían llegado allí por casualidad; tenían un objetivo en particular, uno que se encontraba a escasos kilómetros en dirección al sur de aquel lugar.
Un destello fugaz, seguido de un fuerte estruendo fue lo que despertó a la pequeña Lin, extrayéndola de los dulces sueños en los cuales se encontraba sumergida. Somnolienta, pronto examinó el exterior a través de la ventana frente a ella, y encontrando allí tan solo una penumbra total, únicamente opacada por espaciados relámpagos y el resplandor de algunas antorchas que aún permanecían encendidas bajo los techos de los hogares, dedujo que aún debían faltar algunas horas para el amanecer.
Dando un gran bostezo, intentó visualizar algo más en medio de la oscuridad de su habitación. Encontró a su querido hermano profundamente dormido en el sillón donde antes le había contado su deseada historia, apoyando el rostro sobre su casco, con una expresión en su rostro que reflejaba la paz que sentía. Segundos después, la joven pudo notar entonces que aquel sonreía levemente.
¿Qué estará soñando? –Se preguntó, con gran curiosidad.
La pequeña entonces se había desvelado. Se encontraba exhausta por causa de su actividad de aquel mismo día, pero aún así el fuerte tronar de las nubes de tormenta le dificultaría el sueño enormemente por el momento.
Se levantó de la cama algo desorientada, pero pronto se incorporó, saliendo lenta y silenciosamente al pasillo –de forma de no perturbar los sueños de su familia-, y se dirigió al tocador. Encendió rápidamente una vela haciendo uso de algunos cerillos en una pequeña mesa, y se colocó entonces frente al lavatorio subiendo una diminuta escalera, hecha exclusivamente para ella.
Examinó su rostro reflejado en el espejo unos instantes, mientras intentaba recuperar en su mente las imágenes del hermoso sueño del cual había disfrutado momentos antes, únicamente perturbado por aquella tempestad.
Mientras tanto en una de las torres de vigilancia del pueblo, bajo un pequeño techo, Misha, la centinela en turno –una joven de ojos azules, cabello en trenzas, y fría mirada-, vigilaba atentamente la entrada norte. Su visión privilegiada capaz de divisar un enemigo a kilómetros de distancia, y su Hekima perfeccionado que trabajaba en conjunto con su vista para ubicar a cualquier ser extraño en las proximidades mediante su energía natural, la convertían en un vigía perfecto, al igual que sus tres compañeros quienes vigilaban atentamente cada una de las entradas restantes.
Sus parpados comenzaban a pesar en medio de aquella noche de fuerte tormenta, y el golpeteo rítmico de las gotas de lluvia no ayudaba en lo más mínimo. Se percató de esto y rápidamente se despejó, manteniendo siempre presente en su mente que aquel era uno de los trabajos más importantes en su sociedad. Descuidar cualquiera de las entradas por un instante, podía desembocar en un número de bajas inconcebible en caso de una invasión.
Para ello estaba la campana dorada a su lado, pues en un caso tal, lo que debía hacer era hacerla sonar. Acto seguido, lo mismo harían sus compañeros, alertando al jefe y a cada uno de los guerreros del pueblo, que responderían al llamado del campo de batalla sin retraso.
Dos horas después terminaría su turno y finalmente podría retirarse a su lecho a descansar hasta el mediodía; y considerando que la tormenta no cesara, podría pasar de sus labores diarias y quedarse en casa a pasar tiempo con su querida hija. Aquel deseo le hizo más fácil el permanecer despierta para cumplir correctamente con su rol, pronto afirmándose, y esperando con ansias el amanecer.
En aquel instante sintió algo a lo lejos: una energía extraña. En un primer momento no le dio importancia, puesto que conocía la energía natural de cada uno de sus enemigos ubicados en el norte de las tierras de Upendo, y podía afirmar con seguridad de que no se trataba de ninguno de ellos, aunque tampoco correspondía a los animales que ella conocía, y ello la desconcertaba.
Antes de llegar a cualquier conclusión, comenzó a percibir más presencias como aquella; al principio diez, luego veinte, e instantes después, podía percibir al menos cincuenta de esas presencias, y todas y cada una de ellas, aún distanciadas, se dirigían a Vizuri. No había duda alguna.
Se precipitó rápidamente sobre la campana de alerta, cuando algo se incrustó en su espalda, algo que la desvió de su objetivo original, yendo parar contra la barandilla de la torre. Intentó moverse, pero su cuerpo no respondía a las exigencias de su cerebro. Comenzó a sentir el mundo a su alrededor más lejano, más distante. Ni siquiera era capaz de voltearse para saber qué era lo que la había atacado. Cayó al suelo de costado, mientras la sombra de Hekima desaparecía, y sus ojos se cerraban, perdiendo poco a poco la consciencia.
Ella sabía que a una distancia tal, sus compañeros deberían ser capaces de advertir aquellas presencias y actuar en consecuencia, pero al notar la ausencia del sonido que debía de alertar al pueblo, dedujo rápidamente que aquellos habían sufrido su mismo destino, antes de cerrar los ojos finalmente.
A lo lejos una criatura miraba a través del cristal de un extraño artefacto, que sostenía firmemente con sus garras. Cuatro proyectiles habían salido de su cañón y cada uno de ellos había impactado en su respectivo blanco sin falla alguna. No era la razón de que fuera una mira realmente precisa, sino también los ojos de aquellas criaturas, cuya precisión y alcance los convertía prácticamente en cazadores perfectos.
No pasó mucho tiempo antes de que el escuadrón reiniciara su paso, siguiendo a la criatura que los lideraba, una bestia totalmente blanca -que únicamente variaba su color en el borde de sus alas, con negro tan oscuro como la noche- que cargaba en su espalda un extraño báculo con el mango en el centro, y filosas terminaciones en cada extremo.
La tormenta arreciaba fuertemente, y mientras que todos los animales a su alrededor, presentes en la escena, hacían uso de los árboles como refugio, ellos mantenían un paso firme sobre el lodo bajo ellos, sin duda en sus miradas; pronto llegarían al pueblo.
Minutos después, en medio de la fuerte tempestad, Taka también despertó, pero no por causa de ruidos producidos por la tormenta, sino por uno proveniente de su hogar. Había oído lo que parecía ser el crujir de un cristal muy cerca de su habitación.
Lo primero que cruzó por su mente fue que su padre, en una de sus visitas nocturnas al tocador, había roto por segunda vez en la semana el jarrón de flores que adornaba la mesa del corredor. Aquel pensamiento lo tranquilizó, sonrió ligeramente al oír en su cabeza a su madre regañándolo en la mañana, y estuvo a punto de sumergirse en su sueño nuevamente, cuando escuchó el rechinar de la perilla de su puerta; ahora si estaba confundido.
-¿Padre? -Cuestionó somnoliento, sentándose en su cama, y refregando sus ojos con su casco.
La sombra que asomó en el umbral de la puerta, de proporciones inconcebibles, distaba mucho de ser la de su padre o la de cualquier miembro de su familia; fue capaz de percatarse de ello de inmediato. Reaccionó rápidamente en un intento por bajar de su lecho y activar a Hekima, pero su velocidad en nada se comparaba con la del ser que invadía la privacidad de su habitación.
Aquel realizó un rápido movimiento con la velocidad de un rayo, y algo se incrustó en el pecho del guerrero. Taka intentó gritar, reaccionando a tal daño, pero su cuerpo no respondía. Intentaba hablar, pero las palabras ya no salían de su boca; intentaba quitarse el objeto que en un instante había profanado su cuerpo, pero sus brazos tampoco respondían. Las sensaciones de las cuales había gozado hasta ese momento de su vida le fueron arrebatadas con gran violencia, mientras sus parpados caían lentamente, el mundo a su alrededor se oscurecía, y su ser caía rendido en el lecho una vez más.
Detrás de aquella sombra que ahora permanecía inmóvil, pasaron otras similares cruzando el pasillo, encontrando su objetivo en las habitaciones vecinas.
-Captura normal de tipo 196; completada. –Susurró aquel con seriedad, sin inmutarse, pero sus camaradas estaban ya demasiado ocupados como para oír sus palabras.
Luego de apagar la vela de débil resplandor, Lin salió de aquel cuarto con sus ojos entrecerrados por causa del sueño que ahora la invadía, caminando en dirección hacia su habitación. El crujir de las tablas en el suelo de su morada se hizo presente, haciéndole ver que no era la única que había despertado en medio de la tormenta.
-¿Papi…? ¿Mami…? -Cuestionó en dirección al oscuro pasillo, esperando alguna respuesta por parte de sus familiares. No hubo ninguna, y fue entonces que en la pequeña se infundió el temor de la incertidumbre, a lo desconocido, que albergaba la amenazante oscuridad de aquella negra noche.
-¿Blast…? –Cuestionó una vez más, sin obtener respuesta una vez más, y entrando en pánico a causa de ello, sintiendo el crujir de la madera a lo lejos; le era imposible determinar su dirección por causa de las gotas de lluvia, cuyo fuerte impacto contra el hogar dificultaba aquel intento.
Comenzó a retroceder hacia su habitación, siempre mirando hacia adelante, vigilando lo que fuera que pudiera provenir de la penumbra total, en un estado de alerta y desesperación tal, que le era imposible levantar la voz para nombrar a sus familiares una vez más.
Llegó un punto en que sus flancos impactaron con algo, una figura que no debía estar ahí, pero antes de ser capaz de proferir cualquier grito, impulsada por aquel contacto, la figura la rodeó con un brazo de repente, cubriendo su boca, y resultando en audibles gemidos por parte de la pequeña.
En medio de su desesperación había comenzado a forcejear contra aquel ser en un intento por liberarse de su prisión. Aquellos esfuerzos se volvieron nulos repentinamente al ser capaz de oír un ligero chistido, el mismo chistido con el cual su hermano solía llamarla, sabiendo que aquello realmente la molestaba.
Al cesar su forcejeo y mirar en dirección hacia arriba, encontró a aquel con seria expresión, quien aún la mantenía presa entre sus brazos, esperando que cesaran también sus gemidos. Cuando al fin sucedió, la liberó lentamente.
-Permanece en silencio… -Le susurró, manteniendo a misma expresión.
-¿Qué sucede? –Cuestionó con el mismo tono, con mucha preocupación.
-Es posible que-…
-Es posible que tengamos una situación de invasión en nuestros cascos. –Completó el padre, junto a la madre, que se acercaban lentamente sin producir sonido alguno, más que el leve crujir de la madera.
-Ustedes también lo oyeron, ¿Verdad?
-¿Qué oyeron qué? ¿Qué sucede? –Cuestionó la niña una vez más, sin levantar la voz más de lo necesario para ser escuchada por sus mayores.
-Hace un momento oí un grito en el exterior; fue breve, pero lo suficientemente audible como para indicar que algo no va bien. –Explicó Blast.
-¿Habrán herido a alguien? ¡D-debemos ir a ayudar!
-Lin, mantente al margen de esto. –Le respondió el padre con gran firmeza, la cual nunca había mostrado frente a la pequeña. Al percatarse de la mirada de su hija, no tuvo más opción que calmar su mente, antes de hablarle con un tono más suave y tranquilo.- No podemos ir a ayudarlos, debemos planear una estrategia para enfrentarnos a los invasores antes de poder auxiliar a cualquier herido, e incluso antes de salir de esta casa.
-Pe-pero, si alguien hubiera entrado sin permiso, los centinelas deberían haberlo advertido, ¿No es así?
Ante su pregunta, Kanto intentó disimular el nudo que se había formado en su garganta al recordar que Bicar, su querido amigo, formaría parte del equipo de centinelas esa misma noche. Pero el guerrero bien sabía que en momentos así, lo peor que podía llegar a suceder era que se dejase llevar por aquellas emociones. Debía de apartarlas y despejar su mente, antes de continuar.
-Es posible que no lo hayan conseguido, por esa razón es que nosotros deberemos ocuparnos del resto.
-¿Cuál es el plan? –Cuestionó la madre, frente a lo cual el padre bajó levemente la mirada, antes de levantarla una vez más, con inquietud en su expresión.
-Lo más importante ahora es que tu y Lin se escondan, al menos por el momento. Blast y yo nos ocuparemos de analizar la situación, y de actuar en consecuencia de la forma que sea necesaria. –Respondió, con gran seriedad.
-Kanto, al igual que tu, yo también soy una guerrera de alto rango. No puedo permitir-… -Le replicaba la guerrera, antes de ser interrumpida.
-¿Piensas dejar a Lin sola? -Cuestionó rápidamente, dejándola perpleja.
-Yo… -Respondió con cierta duda.
-Daremos la vida por ustedes si es necesario, pero dejar a una niña sin protección en medio de un ataque enemigo... –Explicaba, antes de notar la triste expresión de Lin.- Tranquila mi amor, no… no pasará nada. Nosotros nos encargaremos de todo; te quedarás con mamá hasta que esto termine, y entonces todo estará bien. –La calmó, con una falsa sonrisa.
-Kanto, tu sabes que no puedo-…
-Shin… no te lo estoy pidiendo por mí, te lo estoy pidiendo por esta familia, por nuestra familia. De una forma o de otra, debemos protegerla acomode lugar. –Le explicaba, con tristeza en sus ojos.
Luego de unos instantes de incertidumbre y de indecisión, la guerrera finalmente accedió, acercándose para besar a su esposo. Un afecto rápido y sin mucha ceremonia, más breve de lo que cualquiera de los dos hubiera deseado, antes de que de él se apartara, y el casco de Lin tomara.
-Por favor, tengan mucho cuidado.
-Todo estará bien, no te preocupes. Ahora vayan.
Y así se retiraron una vez más a la habitación de los padres de la familia, mientras que en el pasillo solo quedaron Kanto y Blast, apenas divisables por causa de la total oscuridad.
-Vamos, es hora de moverse. -Ordenó, a lo cual Blast asintió rápidamente.
Rápidamente ingresaron al recibimiento del hogar, tomando lugar junto a las dos ventanas a los lados de la puerta principal. En un instante, únicamente Kanto activó su Hekima -puesto que por causa del resplandor que generaba el de Blast, aquel no podía activarlo sin alertar a los enemigos-, y pronto fue capaz de sentir la energía de las criaturas que ahora rondaban la aldea.
-¿Se trata de los guepardos una vez más? –Cuestionaba, con preocupación.
-No… no lo sé...
-¿No-... no lo sabes? -Cuestionó, con una no muy grata sorpresa.
-Esto… esta energía, no se parece a nada que conozca.
-Entonces… es un enemigo al cual no nos hemos enfrentado antes.
-No solo eso, una gran cantidad de energía circula por sus cuerpos, pero lo hace de una forma irregular… es realmente extraño.
-Sean quienes sean, irrumpieron en nuestro pueblo, y pronto conocerán el castigo. –Respondió con determinación- ¿Cuántos son?
-Por los ancestros…
-¿Qué? ¿Qué sucede?
-Son decenas… cientos…
-Al parecer ahora realmente reconocen nuestro poder. –Susurró, con una ligera sonrisa de confianza.
-Blast, ten mucho cuidado, no sabemos a qué nos enfrentamos.
-Lo sé, ¿Pero por qué el abuelo no ha llamado a todos? Luego de los centinelas, él es quien… demonios, ¿Crees que… crees que lo hayan…?
-No lo sé, desde aquí no soy capaz de sentir su energía, pero si no recibimos una señal pronto no tendremos más opción que actuar por nuestra cuenta para proteger a Vizuri y a nuestra familia. Es posible que esté, al igual que nosotros y el resto del pueblo, esperando el momento preciso para atacar, pero debemos estar atentos y listos para actuar. -Decía, pronto oyendo pasos sobre el lodo del exterior, que se acercaban a su morada.
-¿Puedes ver algo afuera? –Susurró al hijo mayor.
Aquel joven se asomó lentamente a la ventana, intentando divisar algo en la penumbra total. Su tarea se vio facilitada por un fugaz relámpago que atravesó el lugar en un instante. Había una inmensa cantidad de extrañas criaturas aladas circulando por aire y tierra en el exterior y cargando extraños artefactos, una de las cuales se encontraba precisamente frente a la ventana -no mirando en el interior, sino en otra dirección-.
Fue capaz de divisar cada una de sus facciones; realmente nunca había visto nada igual. Aquellos seres de afiladas garras, miradas sin el más mínimo sentimiento, y cuya complexión y musculatura dejaba en claro que un solo golpe podía significar el fin para quien fuera que se interpusiera en su camino, ahora circulaban libremente a través del pueblo.
El resplandor terminó breves instantes después y todo quedó sumergido en las tinieblas una vez más. La lluvia y los truenos camuflaban casi cualquier sonido producido por los invasores, menos uno; el girar de la perilla de la puerta principal.
Padre e hijo intercambiaron serias miradas al ver que aquella comenzaba a girar muy lentamente. El tiempo se detuvo para ellos en ese preciso movimiento, en ese preciso instante. Sabían lo que debían hacer, no había otra alternativa.
Fue entonces que un fuerte grito irrumpió en todo el pueblo, con un volumen y tono de voz que todos y cada uno de los habitantes reconocía, y frente al cual reaccionaron rápidamente.
¡AHORA!
La puerta del hogar fue abierta antes de que el perpetrador de tal acción fuera capaz de responder al movimiento y al sonido. Padre e hijo, Asili activado, se abalanzaron sobre el invasor, atravesando pecho y cabeza de lado a lado con sus brazos afilados por su poder, sin restricción. Al retirarlos, el cuerpo había caído al suelo sin rastro alguno de vida.
En un instante, cada guerrero de Vizuri había salido expulsado de su vivienda, hallando su objetivo en el blanco más cercano, ubicado mediante su Hekima. Blast y Kanto, junto a todos sus compañeros, habían emprendido una intensa batalla con sus oponentes.
La gran mayoría había activado su fácilmente reconocible Asili, mientras que otros continuaban haciendo uso del modo normal, puesto que no eran capaces de alcanzar el más avanzado. Aquellos se lanzaban al ataque con filosas lanzas y trajes de combate -manufacturados en su mayor parte con madera de roble y gruesas lianas-, que habían vestido rápidamente al notar que algo andaba mal.
Cada uno de los habitantes del pueblo se ocupaba por su parte de los enemigos que eran capaces de enfrentar, pues todos se habían percatado de que eran superados en número.
Un segundo antes de que sus cascos impactaran con las garras de su enemigo, el unicornio recordó las palabras dichas por Hiuka en la tarde; las instrucciones que aquel le había dado le impedían estrictamente librar una batalla durante el siguiente mes, pero aquello no iba a esperar un mes; su pueblo estaba bajo ataque, y de no solucionar el problema en ese instante las vidas de decenas de sus queridos hermanos se perderían.
En un instante, desde distintos puntos a lo largo de la aldea, los invasores dispararon varios proyectiles en dirección al cielo, que terminaron por encenderse y proyectar una luz roja sobre la totalidad del terreno al inicio de su caída, iluminando hasta el último rincón.
Solo entonces el joven guerrero notó que en varias partes del pueblo, incluso muy cerca de su posición, habían sido colocadas cajas de barrotes, a simple vista, de hierro. ¿Eran jaulas, acaso? ¿Por qué traerían cosas tan grandes y pesadas consigo, siendo que los ralentizarían enormemente, a una invasión? ¿Acaso pensaban tomarlos prisioneros? ¿Hacerlos sus esclavos? No había tiempo para pensarlo. Aquellas criaturas habían invadido su territorio, y era imperioso exterminarlas a toda costa.
Su enemigo ahora era una extraña criatura de plumas café en la parte superior de su cuerpo, parecida a la de un ave, y pelaje marrón claro en la parte inferior, la cual se parecía más a un felino. Esto lo confundió enormemente; ¿A qué clase de enemigos se estaban enfrentando? Sin duda nunca habían visto criaturas como aquellas en sus vidas, puesto que no pertenecían a esa región, pero había algo que la gran mayoría reconocía: las patas y cola de león, un rasgo que era imposible para los guerreros más veteranos ignorar.
-¿Quién demonios son ustedes? –Cuestionó Kanto a la criatura que sostenía del cuello, con una furia sin igual.
Su enemigo, lejos de responder con palabras, le propinó una fuerte patada en el rostro, liberándose de su prisión, cayendo sobre sus garras y acto seguido propinando una fuerte patada en el estomago del guerrero, quien resultó impactado en la pared exterior de su propio hogar.
Aquel sonido inquietó en sobremanera a Shin y Lin que permanecían ocultas en uno de los armarios de la habitación, pero aún así se limitaron a obedecer a las órdenes del jefe de familia, y permanecieron en su sitio.
Kanto se encontraba momentáneamente conmocionado por causa del golpe, oportunidad que el contrincante no desaprovecho para dejar al guerrero cebra fuera de combate. Rápidamente tomó entre sus garras una de las dos armas que cargaba en su espalda: un báculo con sus dos extremos bien afilados, con el mango en el centro. Uno de los extremos atravesó el aura de Kanto, incrustándose directamente en su hombro derecho.
El padre profirió un fuerte alarido de dolor por causa de la herida, y comenzó un rápido forcejeo en un intento por extraer el arma que su enemigo mantenía fuertemente incrustada.
Por alguna razón, el guerrero sentía debilitarse su cuerpo conforme avanzaban los segundos, y las fuerzas con las cuales se defendía pronto emigraban de su cuerpo. No era capaz de detenerlo; esa no era un arma normal pues estaba prácticamente absorbiendo su energía, y no solo era prueba el hecho de que ahora se estaba debilitando rápidamente, sino que había sido capaz de penetrar limpiamente en una armadura de energía pura, una tal y como solo eran capaces de crear los usuarios más avanzados de Asili.
El escudo comenzaba a debilitarse, y no pasaría mucho tiempo antes de que Kanto quedara fuera de combate. Un casco embebido en el aura roja de Asili atravesó al enemigo limpiamente de lado a lado, sobresaliendo por su pecho.
Aquel profirió inentendibles palabras, antes de toser una gran cantidad de sangre, y caer al suelo sin vestigio alguno de vida. El unicornio no había perdido tiempo, y tomando aquella arma por el mango la extrajo rápidamente del hombro de su padre, a quien atendió de inmediato.
-Y pensar que fuiste tú quien me dijo que tuviera cuidado, ¿Estás bien? –Cuestionó, mientras realizaba una rápida transferencia de energía a través de sus cascos, lo cual en aquel momento era lo más importante puesto que la herida del hombro no presentaba una gran profundidad.
-Sí, lo estoy, pero esto… ¡Tengan cuidado! ¡Las armas del enemigo son capaces de absorber la energía! ¡Eviten cualquier contacto con ellas! –Exclamó fuertemente el guerrero a sus compañeros, llamando la atención de las criaturas más cercanas, que se abalanzaron rápidamente sobre el grupo de dos.
Blast no había tardado más de un solo segundo en voltearse, y emerger de sus cascos dos lanzas de energía con las cuales contrarrestó rápidamente el ataque de sus enemigos.
En cuestión de segundos el pacifico pueblo de Vizuri se había convertido en un cruento campo de batalla. Sus habitantes defendían con pesuñas y dientes combinando sus poderes, tanto los usuarios de Asili como los de Hekima, en un intento por exterminar a las bestias.
Podía verse emerger de las bocas de algunos fuego, que se combinaba con el viento que emergía de otros para resultar en llamas mucho más poderosas, o la tierra en forma de columnas que otros hacían emerger, que combinada con el agua que expulsaban otros por sus bocas, generaba un viscoso lodo que envolvía a sus enemigos, y ralentizaba sus movimientos y ataques.
Pero los usuarios tenían ciertas restricciones que el jefe había impuesto con el paso de los años respecto al uso de Asili en caso de necesitar combatir en aquel mismo terreno: los usuarios de fuego solo podrían hacer uso de su poder lejos de cualquier vivienda o flora –lo cual limitaba mucho su rango de ataque-, y los usuarios de roca no podrían hacer uso de sus técnicas más reconocidas, como fisura o elevación puesto que, dada la distancia, había más posibilidades de destruir el pueblo o herir a uno de sus compañeros, que de herir al enemigo.
Para una no muy grata sorpresa de los guerreros, el número de enemigos apenas descendía con el paso de los minutos, mientras que el de locales si lo hacía… drásticamente; los habitantes, luego de ser debilitados, eran capturados por aquellas criaturas hibridas que los aprisionaban en las jaulas estratégicamente posicionadas.
Debían de planear una estrategia rápidamente, de lo contrario la batalla no llegaría a buen término; pero el jefe nunca permitiría esto último. Aquel era su pueblo, su hogar, su clan, y protegería a cualquier costo a sus camaradas y las tierras que habitaban y amaban. Todos los integrantes del clan Vivuli pensaban de la misma manera; nunca se rendirían.
-¿Mami? –Llamó la pequeña de verdes ojos una vez más, al no obtener respuesta.
Shin se encontraba consternada. Oír en el exterior los gritos de dolor y terror de su gente estaba consumiéndola por dentro de la peor forma imaginable. Ella sabía que una responsabilidad casi tan grande como cuidar de su propia familia, era cuidar de sus hermanos y hermanas del clan. No podía continuar allí, no mientras su gente se encontraba sufriendo en el exterior, no mientras ella aún pudiera salvarlos.
-Lin –Respondió finalmente con seria expresión, sorprendiendo a la pequeña.-, escúchame con atención: quédate aquí dentro, y por nada en el mundo salgas, no hasta que esta batalla encuentre fin.
-Espera, ¿Mami? ¡Mami, espera! –Suplicaba la niña, con dolida voz.
-No te preocupes, todo estará bien. Volveré... antes de que te des cuenta. –Prometió, con humedecidos ojos, considerando en su interior el hecho de que era muy posible -por causa de los suplicios en el exterior- que esta vez no regresara, pero iría a la batalla de ser necesario, con tal de proteger lo más amado para ella.
Cerró la puerta del armario con su hija aún sollozando en el interior, aún con aquel llanto carcomiendo en lo más profundo de su alma. No tardó en salir de la habitación, corriendo por los pasillos del hogar para llegar finalmente al recibimiento, tomando de la parte alta de la pared tras el sillón la lanza que su padre tiempo atrás le había obsequiado; era su arma predilecta para la batalla.
Saliendo precipitadamente de su hogar, se lanzó contra el primer objetivo a su alcance guiada únicamente por la energía percibida mediante Hekima, dirigiendo entonces su lanza de combate hacia el punto detectado, hallando en el pecho de una de las desprevenidas criaturas invasoras su deseado blanco.
Aquella arma atravesó fácilmente el lado izquierdo del pecho su enemigo, y ahora las bengalas que bañaban el pueblo con un rojo resplandor una vez más le permitían visualizar a quien había sido su victima.
-No, no puede ser… -Susurró para ella misma, habiendo quedado completamente perpleja, con su respiración acelerada- son… grifos, ¿Qué están haciendo los grifos aquí? –Se preguntó, completamente anonadada, estado del cual debió reponerse para evitar el ataque a garra limpia de uno de ellos, extrayendo la lanza del pecho de su oponente y contraatacando ágilmente.
Aquella arremetida no fue suficiente para acabar con su enemigo, sobre el cual rápidamente se abalanzó en busca de respuestas. Clavó la lanza en su hombro y lo empujó contra una pared, inmovilizándolo, mientras aquel rugía de dolor.
-¡Ustedes no son un clan de Upendo, ni siquiera habitan un territorio cercano! ¡¿Qué rayos están haciendo aquí?! –Cuestionaba con desesperación, cuando la parte lógica de su cerebro le hacía saber que era imposible que aquel ser proveniente de Balthosna conociera su lenguaje.
-Pronto… lo sabrás. –Respondió dificultosamente, helando la sangre de la joven, quien no encontraba una razón lógica para el ataque de aquellos seres, y menos aún para el conocimiento de su lengua.
Rápidamente debió evitar el ataque lateral de dos grifos que se dirigían hacia ella. Extrajo la lanza una vez más y se colocó en posición defensiva frente a los dos grifos que pretendían atacarla, y frente a los otros dos que momentos antes había interrogado, quienes se incorporaban poco a poco, listos para reiniciar la batalla.
-¡Señor, detrás de usted! –Exclamó uno de los jóvenes guerreros, frente a lo cual Felshak no tardó en reaccionar, volteándose de inmediato y haciendo uso de su báculo ceremonial para frenar el potente ataque a modo de espada del arma enemiga –una gran barra de metal oscuro terminante en filosos extremos, con un mango azul de distinto material a la mitad de este-, propiedad de un gran grifo de pelaje y plumas blancas, con fría expresión.
-Felshak del Trueno, supongo… tengo el placer de conocerlo. –Susurró la criatura, con amenazador tono de voz.
-Me gustaría poder decir lo mismo, mitad león… –Le replicó, al tiempo que ambos se apartaban por choque de sus armas, cuyo roce producía grandes chispas.
-No esperábamos una bienvenida más calurosa... por parte de los viejos enemigos de nuestros antepasados.
-¿Quién demonios son ustedes? -Cuestionaba, sin bajar la guardia ni un segundo. El mundo parecía haberse desvanecido fuera del círculo que conformaban los poderosos contrincantes, al cual los demás combatientes -tanto grifos como cebras- no se atrevían a ingresar.
-¿Qué sentido tendría responder a esa pregunta? De cualquier forma, su destino ya está sellado, no pueden escapar de él…
-Quienes han pronunciado esas palabras en mis territorios, en mi presencia, ahora descansan bajo tierra, muy cerca de este pueblo. Pero no te sientas mal por ellos, en tan solo unos minutos tu y tu gente iran a hacerles compañía. -Replicó el jefe, con gran determinación.
-Mucho me temo que deberemos rechazar su tentadora oferta, Felshak del Trueno, pues tenemos compromisos anteriores, y debemos regresar… -Decía, tomando posición de batalla una vez más, con una maliciosa mirada en su rostro- con nuestro botín. –Concluyó, inmediatamente lanzándose en picada contra el guerrero, quien fue capaz de repeler el ataque de su arma una vez más de la misma forma.
El grifo blanco había hecho uso de sus alas para realizar un preciso y rápido salto inmediatamente después de que su ataque frontal fuera evadido, colocándose a espaldas de Felshak, y dirigiendo el extremo de su extraña lanza contra él. Lejos de acertarle terminó por atinar al aire, puesto que el jefe era capaz de esquivarlo a una velocidad sobrenatural gracias a su Asili, rápidamente volteándose y asestando con el extremo de su báculo un fuerte golpe en la mejilla de su enemigo, el cual realmente iba dirigido al centro de su sistema.
Aquella arma realmente no lo había tocado, pero sí lo había hecho el aura de Asili que lo envolvía, la cual produjo un profundo corte en la piel de su enemigo, pasando a través de las plumas.
-En verdad son seres bastante hábiles, no puedo negarlo. –Le dijo, recorriendo la herida abierta con sus garras, sin ni siquiera inmutarse por el dolor producido.
-Espero se hayan percatado de que al irrumpir en nuestra aldea… firmaron su sentencia de muerte. –Sentenció Felshak, con firmeza.
-Oh, por el contrario, quizá ustedes lo hayan hecho… al no rendirse y aceptar su destino por las buenas. –Le replicó, apartando su garra y cambiado su tono de voz, tomando una expresión más seria.
Por los ancestros… -Ante los ojos de Felshak, la herida que instantes atras había producido a su enemigo había comenzado a sanar. Pronto se cicatrizó, y segundos después no había quedado rastro alguno de ella. El experimentado guerrero nunca en su vida había visto algo semejante, y ahora se encontraba perplejo.
-No puede ser... no es posible... -Susurraba la hija del jefe, al notar que la herida infringida en el hombro y pecho de sus adversarios poco a poco desaparecía, cuando la piel comenzaba a regenerarse, y nuevas plumas surgían en las áreas afectadas- ¡¿Qué demonios son ustedes?!
-Somos la nueva luz de este mundo... consumido por la oscuridad. Lo libraremos de las cadenas de muerte y dolor que lo envuelven y, finalmente, le devolveremos la vida. -Explicó, antes de que sus heridas sanaran por completo.
La guerrera iba a cuestionar el porqué de sus palabras, pero antes de poder proferir alguna, vio tras sus actuales enemigos a sus compañeros luchando fervientemente contra los rivales, siendo muchos de ellos debilitados, capturados, y lanzados en jaulas posicionadas en varios puntos de la aldea a la vista de todos.
Quienes no eran capaces de activar Asili, caían ante el ataque de extraños proyectiles disparados por los cañones de los grifos, mientras que el resto que si era capaz de hacer uso de él, simplemente no era capaz de enfrentar aquel enemigo que, aunque no los superaba en poder, si lo hacía en número, llegado al caso en que se daban batallas entre diez soldados contra un único guerrero de Vizuri.
Fuera lo que fuera lo que pretendieran allí aquellas criaturas, estaban aprisionándolos, destruyendo su hogar. Estaba perdiendo valiosos instantes, y no iba a permitir que lo consiguieran por ningún motivo.
Cuando dos de los cuatro grifos de diversos tonos se lanzaron una vez más en su búsqueda, potenciada por el poder de su Hekima, realizó una fuerte barrida con su lanza, rasgando la parte superficial del pecho de sus contrincantes -daño suficiente para incitarlos a que se apartaran-.
Disponiéndose a adelantarse para auxiliar a sus camaradas, estaba siendo apuntada por los grifos que habían quedado en la retaguardia, los cuales sostenían extraños cañones en sus garras. Shin sabía bien que era lo que sucedía una vez que sus extremos explotaban produciendo humo y un fuerte sonido, pero no disponía del tiempo necesario para evadir su ataque; cuando dos extraños objetos salieron disparados desde su interior en su dirección, empuñó rápidamente la lanza girándola sobre si misma a una gran velocidad, formando un impenetrable escudo que interceptó en el aire los proyectiles terminantes en agujas, que cayeron a sus cascos.
Antes de cesar el movimiento de su defensa, cambió rápidamente a un modo ofensivo, y la colocó horizontalmente sobre su cabeza para repeler el ataque de los grifos que antes había herido, siendo empujados hacia atrás una vez más; la guerrera ya no podía permitirse ningún error.
Realizando una ágil voltereta -ganando una gran altura en el proceso-, al descender empuñó su arma destinándo el ataque a destruir el centro del sistema de la bestia a su derecha, retirándola rápidamente y haciendo uso de ella una vez más para golpear las patas de la adversa, que al caer de frente fue atacada con furia en el mismo punto, con su cuerpo cediendo al instante.
Shin de las Flores, más allá de su personalidad, su forma de ser, la ternura que presentaba para con los niños de la aldea, y su paciencia para enseñar a los pequeños sus conocimientos, hacían difícil de creer que el actual comportamiento de la madre correspondiera a la misma cebra, pues dentro del campo de batalla se convertía en una cruenta guerrera cuyo corazón no conocía la piedad ni la compasión.
Las batallas libradas a lo largo de su vida habían moldeado enormemente sus habilidades y sus convicciones, al igual que en sus compañeros. No importaba que enemigo amenazara la paz de su hogar, incluso si el mismo era un habitante del pueblo; quien cometía un crimen contra sus semejantes, se convertía en una amenaza de aquella paz, y sería detenido a toda costa, vivo o muerto.
Aún quedaban dos enemigos frente a ella, y era posible que al notar los poderes de la hija del jefe, quien no requería de Asili para enfrentar a múltiples contrincantes sin complicaciones mayores, más grifos se unieran a la batalla. Ella no flaquearía, no cedería, no hasta encontrar a su esposo y a su hijo en medio de aquel cruel escenario de guerra.
La joven Lin ahora se movía rápidamente entre las viviendas de sus vecinos, en medio de la cruenta batalla que allí se había desatado. Su madre le había ordenado que no se moviera de su hogar, pero ella realmente no era de las niñas que simplemente se esconden en el armario y esperan a que todo pase. No, esa no era su forma de ser, pues era una guerrera, tal y como lo era el resto de su familia, y no podía permitirse ser menos que ellos.
Al llegar donde el hogar de Nikatari, casi pegada a la pared de este, la joven asomó su rostro para encontrar allí el origen de los gritos que momentos antes había oído; una de aquellas monstruosas criaturas llevaba en sus hombros a Miliah -su joven amiga- junto con su madre. Ambas estaban inconscientes, y pronto fueron llevadas hasta una de las jaulas que cerca de su hogar se habían colocado. Allí las arrojaron sin la más mínima delicadeza, y pronto cerraron la prisión, para en aquel lugar dejarlas.
El terror se había infundido una vez más en la joven cebra, quien sin darse cuenta había retrocedido algunos pasos, rompiendo una pequeña rama en el proceso. Aquel sonido casi imperceptible fue suficiente para advertir a aquellas criaturas, que sin decir palabra alguna, se dirigieron hacia su posición. El corazón de Lin golpeaba en su pecho como nunca en su vida. Luchaba contra el impulso de correr, suplicando a los ancestros que aquellas bestias se voltearan y alejaran rápidamente.
Cuando se encontraban a escasos centímetros de aquella esquina, una ardilla pasó entre los cascos de Lin y corrió en dirección hacia los invasores, pasando junto a ellos. Aludieron entonces el sonido a aquella criatura, y pronto se voltearon, emprendiendo vuelo en dirección al centro del pueblo.
Exhaló profundamente al encontrar que al fin estaba a salvo. Deseaba dirigirse hacia su amiga recientemente capturada, a su madre, e intentar liberarlas de su encierro, pero hacía pocos instantes había visto como otros guerreros, al ser atrapados en aquellas jaulas, perdían sus fuerzas y finalmente, caían inconscientes.
Había algo en ellas que robaba las energias de quienquiera que las tocase a excepción de los grifos, e intentar forzar su cerradura tan solo lograría debilitarla, tal y como antes le había sucedido a sus camaradas. En ese momento se percató de que mientras había estado escondida junto a su madre, había logrado reunir la energía natural necesaria para completar sus reservas; ahora estaba lista.
Mientras concentraba aquellas energías en un solo punto de su ser, por su mente pasaban los recuerdos de la última invasión, cuando ella tan solo tenía cinco años. Había permanecido oculta en el hogar de uno de los sabios del pueblo mientras todo ocurría, junto a todos los niños y embarazadas de la aldea. Su papel en ese tiempo no era el de combatir, era el de correr y ocultarse, pero esos días ya habían terminado. Había elegido seguir la senda del guerrero en ese entonces, y ahora finalmente pelearía junto a los suyos.
Ya no soy una niña… ya no puedo serlo, no ahora. –Pensó, con sus ojos cerrados, al tiempo que la sombra oscura de Hekima se formaba bajo ellos, antes de abrirlos repentinamente, mostrando una mirada llena de valor.
Con mucha precaución, ingresó en la morada de su hermano mayor. Había una gran diferencia entre el resplandor rojo del exterior y la penumbra que podía apreciarse en el interior de aquella vivienda, pero los ojos de la jovencita ya se habían acostumbrado a la oscuridad.
No había nadie allí; sus ojos y su Hekima daban fe de ello. Ingresó rápidamente, y gracias a que solía visitar el hogar con gran frecuencia y fisgonear en cada uno de los rincones, encontró rápidamente lo que buscaba.
A través de Kaijin, unas semanas atrás se había enterado de que su hermano había estado preparando una sorpresa para ella el día de su cumpleaños, el cual sería el mes próximo. No pasó mucho tiempo antes de que hubiera irrumpido en su hogar en busca de aquella sorpresa, la cual encontró bajo un tabique flojo de su habitación, junto al armario.
Se trataba de un traje de combate, tal y como los que usaban los guerreros de primera división, hecho a su medida. Estaba conformado por una montura fabricada con corteza de roble, y varios cortes de esta que protegían los costados, pecho y parte del cuello, todo unido por finas pero fuertes lianas. Una sonrisa fugaz se dibujó en el rostro de Lin al notar que ahora el diseño había sido terminado, y no solo eso, sino que su hermano también había elaborado una lanza idéntica a la de su madre, algo más pequeña, pero no menos letal.
-Gracias, Blast… -Susurró, enternecida, como si su hermano pudiera oírla.
Apenas había terminado de vestir el conjunto, se precipitó a salir de su hogar. Habían pasado exactamente cuatro minutos, y ahora la tormenta arreciaba con un fuerte viento, habiendo apagado las escasas antorchas y bengalas que aún quedaban encendidas. Claro, eso no fue ningún impedimento para la pequeña, quien ni siquiera requirió de su Hekima para hallar una vez más el campo de la batalla, pues el resplandor del Asili de los guerreros mayores iluminaba el centro del pueblo, su próximo destino.
En un instante, Blast y Kaijin se encontraban espalda contra espalda, en medio de un grupo de grifos que rápidamente los acorralaban. Ambos mantenían a Asili Hekima activado, pero sabían bien que la transformación no duraría más que unos cuantos minutos más.
-Hay una posibilidad… de que estemos en graves problemas. –Decía su joven amigo, cubierto por una intensa aura marrón clara.
-Es posible. Aún así, estamos a una buena distancia de cualquier hogar, ¿Cierto? –Cuestionó el unicornio, con una maliciosa sonrisa.
-¿Estás pensando lo que creo?
-Quizás, ¿Estás listo para ello?
-¡Nací listo, hermano!
Al instante ambos, cebra y unicornio, chocaron sus cascos contra el suelo, y maleables columnas de roca ardientes surgieron a su alrededor desde aquel formando un circulo bajo las criaturas, envolviendo a los enemigos, cuyo cuerpo comenzaba a comprimirse y arder a voluntad de los guerreros.
Los gritos de dolor y agonía no tardaron en hacerse presentes, antes de que finalmente los soldados cesaran su resistencia, quedando sus cuerpos colgando del soporte de roca ardiente, mientras que en sus rostros no quedaba más que la expresión del intenso dolor que los invadió previos instantes al momento de su muerte.
-¿Crees que sea suficiente? –Inquirió Kaijin con cierta duda, mientras los cuerpos comenzaban a carbonizarse.
-Sí, estoy seguro, pero agoté casi todas mis reservas en el ataque. ¿Cómo están Khrista y Kirian?
-Resguardándose. Khrista ya no puede arriesgarse a combatir, y no podíamos dejar sola a nuestra hija.
-Lo entiendo, mi madre se ha ocultado para proteger a Lin. Demonios…
-¿Qué sucede?
-Mi padre… antes de encontrarte estaba con él, pero nos separamos… y ahora no puedo sentir su energía.
-Debe de estar al norte, pude ver que un gran grupo se dirigió allí por orden del jefe para evitar el avance del enemigo.
-Por los ancestros… ¡Debemos unirnos a ellos, no hay tiempo que perder! –Exclamó, lanzándose a la carga una vez más pasando a través de las columnas, antes de que frente a ellos aterrizara un gran grifo de proporciones inconcebibles, de pelaje gris y plumas negras como la noche.
-¿Acaso iban a algún lado? –Inquirió la bestia, con malicia en sus ojos. Los guerreros retrocedieron una distancia considerable de un solo salto para evitarlo.
-¿Aún te queda algo de energía para la emersión ígnea? –Cuestionó en un susurro Blast a su compañero.
-No mucha... creo que en estas circunstancias, la combinación táctica sería nuestra mejor opción. –Respondió con seguridad.
-¡Vamos! –Confirmó, sin perder tiempo, lanzándose a la carrera contra el actual enemigo, ambos corriendo en zigzag pasando el uno delante del otro, envueltos por una intensa aura. Al llegar donde el gran grifo, Blast se apartó rodeándolo a gran velocidad y dejando el camino libre para Kaijin, quien haciendo uso de su afilado brazo de roca se lanzaba contra el pecho del objetivo.
Esperaban que aquel intentara esquivar el ataque frontal inminente, descuidando su flanco izquierdo que el unicornio atacaría sin compasión gracias a su velocidad; y aún si no lo hacía, dándole más importancia al ataque a su costado, Kaijin tendría más probabilidades de acertar el golpe principal. No podrían haber previsto la velocidad del enemigo, quien sin haberse movido un solo milímetro hasta entonces, detuvo con sus garras el brazo del joven oprimiéndolo fuertemente y destrozando la roca que lo cubría, momento en que aquel profería un desesperado grito de dolor al sentir el hueso literalmente partirse por la mitad.
Detrás de él, el joven unicornio se precipitaba a proferir una patada ígnea en la nuca del enemigo, quien inmediatamente se volteó, haciendo uso de la cebra como un mazó para derribar al guerrero, quien fue a parar al interior de una de las viviendas cercanas, destrozándola al instante.
Rápidamente arrojó al joven en estado de shock en sus garras, sin miramientos, a una de las jaulas cercanas, a la cual se dirigió y rápidamente cerró, mientras Kaijin poco a poco caía inconsciente, siendo drenado de aquel hasta el último vestigio de energía restante. Al terminar con ese guerrero, lo único que debía hacer era recuperar el cuerpo del unicornio de la derruida vivienda, y encerrarlo en una jaula distinta a la de su compañero.
En el camino, desde el suelo bajo la criatura emergieron dos garras hechas de un aura roja que lo tomaron fuertemente de las piernas, las cuales pronto comenzaban a arder bajo su abrazo. El unicornio, habiendo escapado de los escombros, se dirigía hacia su enemigo con decidida mirada, con su casco afilado mediante su aura, y listo para eliminarlo.
Al lanzarse, Blast esperaba que aquel lo tomase de la misma forma en que lo había hecho con su compañero, de manera que pudiera hacer uso de las lanzas que era capaz de crear con su poder para destruirlo gracias a la proximidad. No fue capaz de lograrlo, pues lejos de tomarlo por el brazo, lo que hizo el grifo negro fue aprovechar la distancia para propinar una fuerte patada hacia el estomago del unicornio dejándolo sin aliento, descargando un potente codazo en su espalda, y solo entonces, tomándolo por las patas traseras, para girar repetidamente sobre sí mismo, y lanzar a su presa en dirección al bosque. Aquel recorrió una gran distancia antes de chocar con un viejo roble, resultando gravemente herido y perdiendo su Asili Hekima en el proceso.
Maldición... -Aquel podía notarlo; la herida de sus costados se había abierto una vez más con el impacto, y ahora dolía mucho más que antes. Dificultaba su movimiento y le hacía imposible incorporarse perfectamente, aún usando de apoyo el roble contra el cual había impactado. No tuvo ni siquiera tiempo de levantar la mirada, antes de sentir la garra de su enemigo en su cuello, oprimiendo fuertemente y elevándolo poco a poco. Su respiración se hacía cada vez más dificultosa con el paso de los segundos, y los cascos con los cuales se tomaba de la garra que lo sostenía, poco a poco comenzaron a ceder por la falta de oxígeno.
-Asique tu eres una de las prioridades, ahora entiendo porque... -Susurró el atacante, con un tono de voz tranquilo. Blast abrió los ojos de par en par al oírlo, ¿Prioridades? ¿A qué se refería?- Ignoro la razón por la cual una criatura de Equestria se encuentra en un lugar como este, pero para ser sincero... no me importa. No tengo nada contra ti ni contra tu gente, pero tenemos órdenes -Continuó, levantándolo unos centímetros más-, y debemos cumplirlas a cualquier costo, sin cuestionar.
-¡Hermano! –Gritó una pequeña cebra con vestimenta de combate a unos cuantos metros, con el más puro terror reflejado en su rostro al ver a su ser querido en garras de las bestias.
-¡Lin! ¡C-corre! –Suplicó el guerrero con ahogada voz, cuando su adversario volteaba en dirección a la pequeña, sin inmutarse, mientras aún sostenía al unicornio del cuello.
-¡Suelta a mi hermano, monstruo abusivo! –Ordenó, lanzándose contra el enemigo, siendo repelida por una fuerte bofetada antes de alcanzarlo, que la envió varios metros en dirección opuesta.
Aquello incrementó en una medida inigualable la ira del guerrero, quien ahora se veía mayormente oprimido en un punto vital. Al parecer aquel extraño ser pretendía la pérdida de conciencia por parte de su presa, más no su muerte.
Con una voluntad inquebrantable, la pequeña poco a poco se incorporó una vez más, con el más puro desprecio en su mirada, bajo la cual podía apreciarse la inconfundible sombra de Hekima.
-¿Acaso… no me oíste? -Cuestionó en dirección a ambos, su ojo y mejilla izquierda realmente lastimados.- Te he dicho… que lo… ¡Soltaras! -Exclamó con el mayor volumen de su voz, galopando una vez más. Esta vez, a mayor velocidad.
El grifo de plumaje negro, irritado, se preparaba para repelerla de la misma manera, siendo sorprendido cuando a sus espaldas un casco embebido en un aura azul, afilado cual letal espada, cortó limpiamente la unión del hombro, arrancando de cuajo el brazo que sostenía al unicornio.
La pequeña se detuvo en seco al apenas haber notado el ataque inminente del padre, mientras que el hijo mayor caía al suelo con la garra de su oponente aún sosteniendo su cuello, brazo del cual se libró rápidamente; los lamentos de dolor de su propietario no se hicieron esperar.
El monstruo alado no tuvo más opción que alejarse de sus oponentes para tomarse del hombro derecho por causa del dolor que lo invadía, profiriendo fuertes gritos de desesperación que se vieron brutalmente acallados al ser atravesado de lado a lado por un arma muy distinta al casco del padre, con el enemigo a sus espaldas.
-¡Nadie va a poner una sola garra sobre mi familia! ¡NADIE! –Vociferó una furiosa y agitada Shin haciendo énfasis en la última parte, y hundiendo mucho más la lanza en su adversario. Lin aprovechó el momento, y entonces fue al encuentro de su malherido hermano rápidamente.
Aquel ser despreciable iba a intentar tomar aquella lanza que ahora veía de frente, atravesando su pecho, con su garra izquierda, pero sus intentos se vieron frustrados por su propia debilidad, y su único brazo restante finalmente cedió.
-Haberme herido de esta forma… no hace ninguna diferencia, de cualquier forma… ya no tienen escapatoria. –Decía, con una repetida tos de por medio.
-No creo que lo hayan entendido, asique lo repetiré: ¡Este es nuestro hogar, y lo defenderemos a cualquier precio! –Exclamó, empujando la lanza a una profundidad mayor, antes de retirarla, dejar caer al enemigo de frente, y clavar el arma en su espalda, con el resto de su cuerpo cediendo completamente.
Solo entonces, cuando tuvo la certeza de que aquel ser ya no volvería a levantarse, fue en dirección al viejo roble al encuentro de su familia, pronto dirigiéndose a la menor.
-Te dije que te escondieras en nuestra casa, ¿Por qué no me escuchaste? –Cuestionó con enojo, y lastimosos ojos. La pequeña no sabía como responder a su madre en un principio, pero al igual que había sucedido con su valor, encontró las palabras adecuadas en el fondo de su corazón.
-Mamá... también soy una guerrera, y no podía esconderme mientras ustedes estaban peleando y arriesgando sus vidas. No quería, ni podía dejar que nada malo les sucediera. –Explicó con gran seriedad. Shin debió cambiar su mirada y tono de voz, al notar el lugar en el cual había puesto a su querida hija.
-Ya hablaremos de esto más tarde… por el momento, creo que necesitaremos de toda la ayuda posible -Le replicó, con una sonrisa que la joven Lin correspondió-, ¿Cómo está Blast? –Cuestionó a Kanto con preocupación, quien se encontraba transfiriendo una parte de su energía al cuerpo de su hijo, que respiraba agitadamente, manteniendo sus ojos cerrados.
-La herida que Hiuka trató ha vuelto a abrirse, ahora mismo necesita de tus cuidados Shin. –Le respondió, apartándose para dejar a la guerrera con conocimientos médicos hacer su trabajo, mientras desactivaba su Asili.
La madre asintió, preparando sus cascos cubiertos con un aura verde clara, los cuales apoyó sobre la herida, y cuyo tratamiento inició rápidamente. Se trataba de uno superficial, al igual que en la tarde, pero que permitiría al guerrero incorporarse y movilizarse sin extrema dificultad.
En tanto, no se habían percatado de que el cuerpo del grifo negro que ahora permanecía en el suelo cercano, comenzaba a presentar espasmos, seguidos del movimiento de la única garra que le restaba.
-¿Estás mejor? –Cuestionó la preocupada madre, al ver al unicornio finalmente abrir los ojos con cierto alivio en su expresión.
-Sí, lo estoy… gracias madre. -Le respondió, incorporándose poco a poco.
-Olvídalo, ahora vamos. Debemos evitar que tomen posesión de nuestro hogar a cualquier costo. –Explicó, rápidamente galopando en dirección al pueblo una vez más, siendo seguida por el resto de su familia.
Se detuvieron bruscamente al oír al grifo con el cual creían haber acabado, profiriendo audibles risas ante sus palabras, en medio de una fuerte tos, provocando confusión por parte de los presentes, quienes tenían la certeza de que segundos antes, aquel había perdido la vida.
-¿Ustedes creen… que estamos aquí por sus tierras? –Cuestionó, sorprendiendo a todos los miembros de la familia.
Las armas de cuatro grifos recién llegados se dispararon en dirección a los camaradas de Felshak, que se encontraban asistiéndolo en la batalla cerca de él mientras este batallaba cuerpo a cuerpo contra el lider del escuadrón, pero no fueron aquellos extraños proyectiles lo que salió de ellos, sino ganchos metálicos atados a una larga cuerda elástica, que tomaron a los guerreros de los cascos traseros, arrastrándolos en dirección hacia sus portadores, quienes rápidamente tomaron la lanza a su espalda, clavándolas en la zona abdominal de aquellos, evitando puntos vitales.
No pasó mucho tiempo antes de que sus cuerpos cedieran y el jefe de la aldea, junto a Forsand y Mosdei, sus fieles guerreros, fueran los últimos en pie en el centro del campo de batalla, rodeados por decenas de enemigos.
-No esperaba tener que llegar a este punto, pero usted y su gente resultaron ser seres más testarudos de lo que creí. -Sentenció el lider, quien a diferencia de Felshak y sus camaradas, no mostraba signo alguno de agitación o cansancio.
-¿Qué demonios es lo que quieren? –Cuestionó el jefe una vez más, con ira en sus ojos.
-¿Acaso no es obvio? –Inquirió, señalando con su brazo las jaulas atestadas de guerreros más allá de sus súbditos.
-¿Por qué? ¿Por qué hacen esto? ¿Acaso es una especie de… enfermo ajuste de cuentas por lo que sucedió hace años con los leones?
-Esto no tiene nada que ver con la guerra entre su gente y los leones, Felshak del Trueno, a pesar de descender de tales criaturas, nos separa una brecha de miles de años que no nos obliga a vengar sus muertes. Esto no es personal…
-¡Pues para mi si lo es! ¡AHORA! –Vociferó cuando él, junto a sus dos compañeros, ambos usuarios de viento, impactaron en el suelo sus poderosos cascos generando grandes grietas y una onda expansiva que apartó a los agresores en tierra y aire, obligándolos a retroceder.- ¡Hasta la última sangre, hermanos! –Vociferó una vez más, lanzándose contra el líder del escuadrón con la mayor potencia de su Asili, junto a sus guerreros, dispuestos a cortar la cabeza de aquella invasión.
El equipo fue detenido en el aire por los mismos ganchos que antes habían tomado a sus compañeros -los cuales se clavaban directamente en la carne-, disparados por una gran cantidad de grifos, pero estos no solo llegaron por sus espaldas, sino también desde el frente y sus costados, atravesando su aura limpiamente; esta vez no pensaban cometer ningún error.
Los tres cayeron al suelo, habiendo sido totalmente inmovilizados, y con su Asili desactivándose poco a poco. Pronto, por las mismas cuerdas que los habían aprisionado, fueron obligados a ponerse de pie sobre sus cascos traseros. El grifo blanco se aproximó, y tomó el mentón del jefe con su garra.
-En verdad son criaturas persistentes… -Le dijo, para apartar su rostro rápidamente, con desprecio- Enciérrenlo en una jaula individual, y pongan a los otros dos con los demás. Ya tenemos a una de las prioridades, el general Itaki está encargándose de la otra, ¿No es así?
-Sí, Señor Bóreas, según información solo restan cuatro objetivos, incluyendo a la prioridad restante; es muy probable que se encuentren en la misma posición. –Respondió con seriedad uno de sus subordinados.
-Excelente. Preparen todo y carguen las jaulas, si no llegamos al puente antes de que los ríos crezcan lo suficiente y el clima empeore, ya no podremos llevarlas con nosotros, ni tampoco atravesar la frontera, y ese es un gusto que no podemos permitirnos. Que un grupo cargue todas las jaulas listas y se dirija al punto de extracción, los demás síganme a la posición del general, nos aseguraremos de que no quede nadie en este lugar antes del amanecer. –Concluyó, para luego voltearse y ponerse en marcha antes de escuchar al jefe una vez más.
-¿Realmente crees que… te permitiría llegar hasta ellos? -Cuestionó en un débil susurro el jefe de la aldea, frente a lo cual el líder se volteó para responder.
-Acéptalo, Felshak del Trueno, han fracasado. Debieron rendirse cuando aún tenían la oportunidad, se hubieran ahorrado muchas molestias. -Le replicó, antes de hacer una seña con su garra para que dos de los soldados emplearan sus armas contra él, clavándolas firmemente en su abdomen, frente a lo cual el jefe gimió de dolor, antes de sentir como aquellos extraños artefactos comenzaba a drenar hasta el último vestigio de energía.
-Nunca… -Susurró, sorprendiendo al líder de los grifos al estar resistiendo de aquella manera- Nunca nos rendiremos, ¡JAMÁS! –Vociferó, antes de voltear sus brazos y envolver sus cascos con los cables que ahora lo mantenían prisionero, para proporcionar un fuerte golpe en el rostro a los dos soldados que lo herían, y luego impulsar su brazo izquierdo hacia adelante usando a quienes manipulaban los "lanza-ganchos" como un mazo para embestir al líder del escuadrón que, sorprendido por su poder, se vio obligado a retroceder.
El jefe extrajo de su estómago las barras negras sin mostrar el más mínimo signo de dolor, conservando uno de ellos en su casco izquierdo, y lanzándose rápidamente contra quienes lo mantenían cautivo a él y a sus compañeros mientras un aura azul comenzaba a cubrirlo, sin que bajo sus ojos hubiera aparecido la sombra propia de Hekima; había activado el Impulso Akieri.
Sus habilidades eran muy similares a las que presentaba su Asili trabajando a su máxima capacidad; podía moverse entre decenas de enemigos, evadiendo y atacándolos mediante el arma enemiga a una gran velocidad. En un instante, todos los grifos que los aprisionaban habían caído, incapaces de incorporarse rápidamente, y Felshak y sus compañeros, aún con heridas de mediana gravedad en sus cuerpos debido a los ganchos, ahora estaban libres.
-Muchas gracias, señor. -Dijo Mosdei con agitación, mientras el otro rápidamente extraía los restos de los ganchos que habían quedado adheridos a su cuerpo.
-Cuando acabemos con estos fenómenos, entonces podrán agradecerme. -Concluyó, dándoles la espalda y encontrándose frente a frente con el grifo líder a pocos metros de distancia, contando con escasos instantes antes de que la multitud que aun restaba tras el frente enemigo arremetiera contra ellos.
-¿Aún no lo han entendido? ¡No pueden vencernos! -Declaró el grifo blanco, extendiendo sus garras, mientras el equipo de tres se aproximaba a toda velocidad, habiendo evadido los disparos provenientes del resto del escuadrón.
Una gran cantidad de enemigos se abalanzó sobre ellos, razón por la cual Forsand y Mosdei se quedaron atrás para detener su avance, protegiendo a su jefe y asegurando su ataque. El líder del escuadrón, con una mirada llena de confianza, tomó del arma en su espalda uno de sus proyectiles, sosteniéndolo con su garra izquierda, mientras esperaba el ataque inminente.
Aquellos dos guerreros no fueron rivales para las decenas de grifos que se abalanzaban sobre ellos, con sus cuerpos pronto cediendo ante el repetido ataque de sus armas. Ahora Felshak estaba solo; soltó entonces la barra negra a la carrera, para preparar su ataque final.
Concentró las últimas energías que le quedaban en su casco derecho, propiciando un fuerte golpe que podría destrozar al enemigo en su totalidad. Su galope era algo torpe, su respiración era agitada, y el aura azul que se había concentrado en aquel punto ya no lo protegía; había llegado a su límite, no duraría mucho más; era su última oportunidad.
-¡MUERE! -Vociferó en el aire, dirigiendo el potente ataque al centro del pecho de Bóreas. A una distancia prudente, el resplandor de su casco se extendió cual espada, buscando alcanzar su objetivo.
En un sorprendente y ágil movimiento, el grifo evadió el ataque haciéndose a un lado con una gran velocidad y tomando carrera contra Felshak. Para cuando el ataque de este último había tocado el suelo, no habiendo acertado a su blanco, el lider ya se encontraba justo debajo de él, dirigiendo lo que parecía ser un fuerte puñetazo en el centro de su pecho, pero el interior de su garra cerrada no estaba vacío, sino que llevaba uno de los proyectiles que utilizaban sus potentes cañones.
La aguja de aquella arma, que sobresalía a través de su garra, se incrustó en el pecho del jefe de la aldea, quien al descender al suelo respirando agitadamente, era sostenido por el brazo del líder enemigo, quien evitaba que este cayera al suelo. Aún así, una gran cantidad de grifos se había posicionado a su alrededor, para evitar cualquier otra treta que aquel pudiera intentar.
-Siento que deba terminar así. Como guerrero se ha ganado mi respeto, Felshak del Trueno. Pero como dije antes, tenemos órdenes... no es nada personal. -Fueron las últimas palabras que el viejo jefe llegó a oír, antes de que finalmente perdiera la consciencia.
-No hay nada más trivial que disputarse… una simple parcela de terreno. Nuestro objetivo es mucho más ambicioso… traerá nueva vida a este mundo. –Continuó el grifo negro, con la lanza de la guerrera aún atravesándolo.
-¿De qué demonios hablas? –Cuestionó Kanto, entre la ira y la confusión.
-Ustedes… -Le respondió finalmente, al tiempo que un equipo de cuatro grifos emergía de las sombras, en dirección hacia el padre y el resto de la familia.
-¡Formación de batalla! –Ordenó, frente a lo cual Blast y Shin se habían posicionado a sus espaldas, formando un círculo perfecto que los ayudaba a cubrir un gran campo de visión.- ¡Lin, quédate a mi lado y por nada en el mundo te alejes! –Ordenó una vez más, luego de lo cual se adelanto una breve distancia para propinar una fuerte patada en rostro de uno de los grifos, seguido por su esposa e hijo que se dirigieron a los tres restantes en su frente con la primera haciendo uso de Hekima, propinando una fuerte coz a cada uno, algo más que suficiente para herirlos de gravedad y hacerlos retroceder. Gracias a su entrenamiento con su abuelo años atrás, Blast había aprendido a luchar con gran habilidad y fuerza sin depender de Hekima, puesto que la duración de esta técnica se limitaba mucho en su caso.
El grifo derribado por Kanto ni siquiera tuvo tiempo de incorporarse, antes de que la hija menor de la cebra tomara la lanza ubicada en su costado izquierdo, y la incrustara en la cabeza del enemigo, cediendo su cuerpo al instante.
Era la primera vez que aquella niña tomaba una vida. Puesta su edad, debería haberse sentido enferma por el acto que acababa de cometer, pero no era así. Aquellas criaturas habían lastimado a su hermano, a su familia, a sus amigos y compañeros, y aquello era motivación suficiente para incitar a la joven a acabar con la batalla, y con sus enemigos, lo más pronto posible.
-¡Lin, te he dicho que no-…! –Vociferaba el padre, siendo interrumpido por la joven.
-Si sé que no tengo oportunidad, no me arriesgaré, ¡Pero no dejaré que lastimen a nadie más, no mientras pueda hacer algo al respecto! ¡Y por eso acabaré con cuantas bestias sean necesarias para terminar con esto de una vez por todas! –Exclamó gallardamente la joven, sorprendiendo a los padres con sus palabras, mientras el hermano mayor mostraba una sonrisa de orgullo, que pronto toda la familia compartió.
-De acuerdo, ¡Terminemos con esto! –Dijo Kanto, al tiempo que un aura azul lo cubría una vez más, y la sombra característica de Asili se hacía presente en su rostro.
Blast y Shin se adelantaron una vez más, con el más joven posicionándose delante de la guerrera, asestando una fuerte coz en el estomago de una de las criaturas, seguido por su madre, quien incrustó su lanza en el pecho del aturdido grifo, retirándola rápidamente y haciendo uso del otro extremo para empujar al enemigo adverso que se abalanzaba sobre ella en dirección contraria, enviándolo hacia Kanto, quien lo embistió contra el suelo con su potente brazo, pasando a través de su espalda en el proceso, y siendo seguido por su hija menor, que efectuó el mismo movimiento utilizado para acabar con el grifo anterior.
Mientras tanto, cosas extrañas comenzaban a suceder con el cuerpo del grifo negro. El agujero en su pecho había comenzado a sanar alrededor de la lanza, y un nuevo hueso emergía en donde una vez había estado su brazo derecho, siendo envuelto por músculos, piel y plumas que crecían a la misma velocidad.
Fue entonces que en el suelo se sintió un fuerte temblor, y varias grietas hicieron acto de aparición bajo los cascos de la familia; algunas muy peligrosas debido a la mortal caída que representaban. Una gran cantidad de árboles de la zona habían quedado inclinados por causa de ello.
La madre reconoció aquellas aberturas al instante, pues eran producto de una de las técnicas más poderosas del jefe de la aldea, y ello solo podía significar que el mismo había llevado su Asili al límite en la batalla que se estaba librando en el pueblo, a medio kilómetro de distancia de su actual posición.
-¡Padre! -Exclamó Shin con desesperación, antes de hablarle a Kanto.- ¡Debemos regresar al pueblo ahora mismo, mi padre corre peligro! -Explicó, momento en que se volteó, y debió eludir rápidamente el ataque a garra limpia de un nuevo grifo que iba a su encuentro, siendo defendida por su propia hija que en el aire se había abalanzado contra él, encontrando blanco en su espalda; la bestia cayo de frente, y la pequeña pronto se encontró forcejeando en un intento por extraer su arma.
De un momento a otro, siete soldados más se habían presentado en el lugar con aquella familia como objetivo, dos de los cuales aprovecharon la distracción de la guerrera mayor y de su hija -y la distancia entre aquellas y el jefe de la familia- para atacarlas sin piedad, mediante las armas que ahora empuñaban.
El Asili del padre, sin embargo, fue lo suficientemente veloz para interceptar el ataque de ambos enemigos, tomando las barras con sus cascos, empujando los extremos opuestos contra los mismos, y atravesando el cuerpo de cada uno. Mientras tanto Blast se había dirigido a Shin y Lin, quienes eran protegidas por Kanto, para poder combatir junto a ellas, pues de esta forma tendrían más oportunidades. Fue entonces que los tres enfrentaron a los cinco grifos restantes, y siendo acompañados por el padre para ello, luego de que sus anteriores enemigos hubieran cedido por causa de sus propias armas.
El joven de cabellos cálidos, sin dudarlo, arremetió con una fuerte patada sobre dos atacantes del frente, cuando al caer, sin perder tiempo, propinó una fuerte coz a uno de los tres restantes. La menor subió a su lomo rápidamente, y desde allí brincó contra el último grifo atacado, propinando un fuerte puñetazo, potenciada por su Hekima. Blast, no menos sorprendido, la tomó de su casco izquierdo en el aire, girando sobre sí mismo una única vez rápidamente, y auxiliándola a que le propinara una fuerte patada en el rostro como golpe final, luego del cual el enemigo cayó inconsciente y la pequeña quedo con su hermano espalda contra espalda, ambos sonriendo ampliamente, orgullosos del equipo que hacían, mientras que la poderosa guerrera se encargaba de los tres enemigos antes aturdidos, siendo ahora ella auxiliada por su esposo para eliminarlos con un fuerte ataque de su Asili.
El unicornio debió adelantarse al notar, al igual que el resto de su familia, el avance inminente del enemigo, y fue tan solo ese instante, aquella sensación que había perturbado a la menor, lo que el enemigo requirió para tomar a la niña por el cuello con su garra y elevarla rápidamente, cuando sus gritos de dolor conmocionaron al resto de la familia.
-¡B-blast! -Exclamó la pequeña, con el más puro terror en sus ojos.
-¡Lin! -Exclamaron, avanzando rápidamente y deteniéndose al instante, al ver y escuchar al enemigo.
Quien la sostenía no era nadie más que el grifo negro que ahora, de alguna forma, parecía haber obtenido un nuevo brazo, y quien aún tenía en el centro de su pecho la lanza de la guerrera mayor, la cual tomó con su nueva garra, y extrajo rápidamente, para luego partirla por la mitad.
-¡Atrás! ¡O le romperé el cuello! -Ordenó, oprimiendo con más fuerza a la niña, quien gemía de dolor.
-¡Desgraciado! -Vociferaron padre e hijo, mientras que la madre suplicaba por su querida hija.
-Si lo que pretenden es que esta pequeña vea nuevamente la luz del sol, entonces desactivaran su Hekima y se rendirán, o haré con ella lo mismo que ustedes hicieron con mis subordinados.
-Espera, ¿Cómo es que-...? -Cuestionaba la madre, entre la desagradable sorpresa de que aquel ser conociera el nombre de su técnica, y el temor por el bienestar de su ser querido.
-¡AHORA! -Ordenó una vez más, con firmeza.
Padre y madre no tuvieron más opción que acceder a las exigencias del enemigo, justo cuando la segunda recibía la peor información posible por medio de su Hekima. El flujo de energía de su padre era demasiado debil, se había desvanecido casi por completo, lo cual solo podía significar una cosa: él... había sido derrotado. Las lágrimas escaparon inconscientemente de sus ojos, y un nudo se había formado en la garganta de la madre. Estaban acabados. La mayor se dejó caer en el suelo, arrodillándose. El dolor en su corazón era demasiado grande y abrazador, había acabado con sus últimas esperanzas.
Era la primera vez en la historia que algo como ello sucedía; el majestuoso clan Vivuli, el más poderoso del norte de Upendo, había sido derrotado por aquellas criaturas. Todos y cada uno de sus habitantes habían sido vencidos, y ahora no quedaba nadie más que ellos.
La ira quemaba por dentro al joven de cabellos cálidos, que pronto al igual que su padre, buscaba la manera de salvar a la pequeña. Si su padre o madre efectuaban algún movimiento basado en Hekima, era seguro que aquel monstruo acabaría con la vida de Lin. Él ni siquiera contaba con esa posibilidad; la pequeña cantidad de energía que su padre antes le había transferido no era suficiente para activar Asili, y al no tener oportunidad de hacer uso de técnicas de meditación, el tiempo que debía esperar para que la energía natural en su cuerpo se restableciera lo suficiente para hacer uso de su poder era mucho mayor.
Podía sentirlo: varios de los grifos que antes habían invadido el pueblo, ahora se dirigían hacia su posición en el bosque. No tenían mucho tiempo. Claramente el grifo negro estaba haciendo tiempo, esperando a que sus compañeros arribaran, y entonces podrían capturarlos a ellos también. Pero gracias a la anterior técnica de Felshak, no tuvieron la necesidad de pensar en ningún plan para salvar a Lin, cuando bajo las patas del grifo el piso se resquebrajó, generando una gran grieta que le hizo perder el equilibrio.
Un instante de ventaja que Kanto aprovechó, liberando de una sola vez la poca energía que le restaba de Asili para llegar hasta la bestia y en un rápido movimiento exitosamente ejecutado, cortar únicamente la garra que sostenía a su hija, tomando a la niña rápidamente y evitando el ataque de su enemigo con la garra restante, apartándose velozmente.
Aquel, concentrado en quien había lastimado su cuerpo una vez más, no vio venir el ataque de Shin y Blast, que se aproximaban por los costados con claras intenciones de acabar con él. Ni siquiera tuvo tiempo de contraatacar cuando la guerrera daba un fuerte golpe cargado de poder en su costado izquierdo, rompiendo la mayor parte de las costillas en el proceso, mientras que el unicornio propinaba una potente patada en su cuello, destrozando su tráquea al instante.
El general retrocedió unos pasos, intentando inhalar en vano, antes de caer al suelo de espaldas; el guerrero no pensaba permitir que se levantara una vez más. Se colocó sobre el enemigo caído, y comenzó a golpear fuertemente su rostro con sus cascos delanteros, descargando la ira que invadía su ser. No pasó mucho tiempo antes de que la sangre de aquel comenzara a salpicar por causa de ello, mientras poco a poco destrozaba el centro de su sistema.
Una vez acabado, y solo cuando el joven tuvo la seguridad de que aquel no se incorporaría una vez más, se apartó del cuerpo, para ver a escasos metros a su padre y a su madre abrazando a la pequeña, quien sollozaba casi inaudiblemente bajo la fuerte tormenta.
Aún cuando la niña acababa de escapar de la muerte, el joven bien sabía que no había tiempo que perder; el lo había comprendido. No podían ganar, por eso debían escapar inmediatamente para salvar sus vidas, recuperarse, y tener la oportunidad de enfrentarse a aquellos enemigos en mejores condiciones, razón por la cual se dirigió a su encuentro.
Sus intentos se vieron frustrados cuando varios ganchos lo atraparon, tomando sus cascos traseros, delanteros, su lomo, y sus costados, inmovilizándolo al instante. Lo mismo sucedió con sus padres y hermana, quienes eran inmovilizados de la misma forma y separados en el proceso, completamente rodeados por una enorme horda de grifos. En ese instante, el líder de las bestias se había presentado en medio de la escena, descendiendo desde el aire y encontrándose de lleno con el cuerpo destrozado del general.
-Itaki... -Susurró, con un gran dolor en su corazón al ver a su ser querido muerto de aquella cruel forma, antes de dirigirse a los cuatro objetivos restantes, sin haber cambiado su expresión.- Si por mi fuera... los aniquilaría aquí mismo, de la peor forma imaginable... por desgracia no depende de mí; mis órdenes son capturarlos con vida, y eso es precisamente lo que haré. -Concluyó, haciendo una seña con su garra, dando una orden a los grifos captores.
Aquellos los obligaron a inclinarse al instante, pronto poniendo de pie a la madre, con uno de ellos empuñando una de las letales barras, la cual incrustó en el abdomen de la guerrera, quien inevitablemente gritó al sentir la carne desgarrarse.
-¡Shin! -Vociferó el padre, lleno de furia y desesperación, intentando avanzar por todos los medios posibles, con los captores tirando de las cuerdas para frenarlo, lo mismo que debían hacer con el unicornio. La pequeña ahora estaba paralizada por el miedo como para pensar en actuar siquiera.
-Podrían haber evitado todo esto si se hubieran rendido en un principio, que lástima... -Sentenció el grifo blanco, aproximándose al unicornio, cuyos cascos y rostro se encontraban manchados por la sangre del grifo- Dime, Blast... ¿Le temes a la muerte? Pues he de dejarte en claro, que hay cosas mucho peores que ello...
-¡Basura! -Gritó el padre una vez más, concentrando hasta la última fibra de su ser en ejercer la fuerza necesaria sobre las cuerdas para poder liberarse y destruir a su enemigo, siendo detenido por los captores.
-Esta guerrera no requirió de Asili Hekima para acabar con cinco de mis mejores elementos... de seguro nos será de mucha utilidad... -Lo provocaba, tomando el mentón de la madre casi inconsciente con su garra.
-¡Déjenla en paz! ¡No tiene nada que ver en esto, fui yo quien mato a esa bestia! ¡Además ni siquiera la conozco, no tienen razón para lastimarla! -Ordenó el unicornio, intentando mantener la calma en la medida de lo posible. La expresión del grifo blanco se volvió más seria, antes de ordenar con un ademan que extrajeran el arma del cuerpo de la guerrera, la cual se sintió desfallecer luego de ello, con sus largos cabellos cubriendo su rostro.
-¿Dices no conocer a tu "madre"? -Cuestionó, escépticamente. Blast lo observó atemorizado, ¿Cómo sabían de su vínculo con la guerrera? El grifo se percató de su expresión, y continuó.- Sí, lo sabemos, sabemos todo sobre ustedes, tenemos una gran cantidad de información sobre Vizuri Shetani, tanto en cuestión de territorios, como de habitantes.
-¿Por qué...? -Fue la única pregunta que cruzó por su mente en aquel instante, aunque realmente no esperaba una respuesta por parte del enemigo.
-¿Por qué? Porque su raza ha sido objetivo de nuestra organización desde hace más de 40 años; no la única, pero si la más importante. Es difícil de creer, pero su especie está casi extinta, y los pocos especímenes restantes se encontraban en este pueblo.
-¡¿Por qué hacen esto?! ¡¿Cual es su fin?! -Cuestionó con ira el padre, tirando de las cuerdas.
-Lamentablemente no puedo dar una respuesta a esas preguntas; lo único que necesitan saber es que buscamos crear un nuevo mundo, un mundo mejor, y requerimos del clan Vivuli para lograr nuestro objetivo. Y si no cooperan por las buenas, lo harán por las malas. -Concluyó, volteándose y disponiéndose a retirarse mientras sus súbditos frente a él aproximaban tres jaulas del mismo tamaño que las antes vistas en el pueblo, listos para terminar con el trabajo.
-Entonces... será por las malas. -Replicó Kanto, concentrando la poca energía reunida mientras se encontraba inmóvil y liberándola de una sola vez en una fuerte onda expansiva, soltándose de los ganchos encarnados bajo su piel en el proceso, y dirigiéndose a su ser querido más próximo -su hijo mayor-, a quien libró cortando limpiamente las cuerdas que lo sostenían, justo antes de que el resto de los grifos se abalanzaran sobre ellos, dándoles esquinazo.- ¡Salva a tu madre y a tu hermana! ¡Yo me encargo de ellos! -Ordenó el padre antes de que se separaran.
En una situación normal el joven lo hubiera contrariado, pero todo sucedía tan rápido que ni siquiera contaba con tiempo para cuestionar aquellas ordenes, solo se encargó de llevarlas a cabo.
El líder permanecía en el mismo lugar a escasos metros del lugar. Apenas se había volteado, y observaba la escena con resignación. Lo único que deseaba era regresar a su patria lo más pronto posible, y aquellas tercas criaturas estaban dificultando enormemente el cumplimiento de aquel deseo, y por sobre todas las cosas, los deseos de su líder.
Mientras que Kanto luchaba cuerpo a cuerpo con múltiples enemigos a la vez, prescindiendo de Hekima, su hijo se dirigía contra los captores del resto de su familia, a quienes atacó ágil y velozmente sin miramientos, cortando una gran cantidad de cuerdas con un rápido golpe limpio de su casco en el proceso; finalmente fue capaz de librar a su madre y hermana de su prisión, quienes se abrazaron al instante.
-¡Huyan al sur y crucen el Río Sarabi lo antes posible, allí no podrán alcanzarlas! -Señaló Blast, defendiendo a su familia del repetido ataque de los grifos, ganando numerosas heridas en el proceso de unos breves instantes.
-¡No! ¡No los dejaremos aquí! -Se opuso la madre, con la hija desbordando lágrimas de desesperación.
-¡Solo háganlo! ¡Las alcanzaremos-...! -Ordenó, siendo interrumpido por el ataque de las bestias, tomando la garra de una de ellas con ambos cascos, volteando al grifo y haciendo uso de aquel para detener a otro que se abalanzaba sobre él.- ¡Váyanse ahora! ¡No podremos detenerlos mucho tiempo más!
-¡No podemos dejarlos atrás! -Suplicó la niña a la madre.
-¡Shin, vete de una vez! ¡Podemos con esto! -Vociferó Kanto, cuando el líder aterrizó frente a él, con la ira marcada en cada una de sus facciones.
-No… -Le susurró, tomándolo rápidamente del cuello- No son capaces, y nunca lo serán. –Completó, elevándolo unos centímetros, para golpear fuertemente su rostro con su otra garra, y luego lanzarlo contra un viejo roble. Su espalda resultó gravemente lastimada al contacto, antes de caer al suelo, conmocionado por aquel ataque.
-¡Papá! -Llamó el joven, solo para tener en aquel instante al mismo grifo blanco frente a él. Su velocidad no era de este mundo, tampoco su fuerza, y el unicornio fue capaz de comprobarlo de primer casco cuando aquel golpeó sin miramientos su estomago, lo tomó del cuello y lo impactó contra el suelo.
-No quería tener que hacer esto, pero no me dejaron otra opción. -Susurró frente al guerrero mientras lo hundía en el lodo, al haberle hecho una pequeña demostración de lo que en realidad era capaz de hacer.
Falto de aliento, a aquel le resultaba difícil proferir palabras dirigidas a su actual enemigo. Intentó iluminar su cuerno, en un intento por quitarse de encima al enemigo tal y como tiempo atrás debió hacerlo con Shisui durante uno de sus entrenamientos, pero el hechizo simplemente no era capaz de completarse, dadas la fuerza y resistencia que presentaba la poderosa criatura, quien deshacía con tan solo su movimiento el aura que comenzaba a cubrirlo rápidamente.
Shin, no menos que aterrada por lo que podía sucederles a sus seres queridos, ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar y emprender su huida junto a su hija, antes de que los grifos que aún permanecían en el lugar la rodearan, y dispararan sus cañones contra ellas, desprovistas de cualquier defensa, así como de cualquier vestigio de fuerza.
Una fuerte punción a sus espaldas y costados, y todo comenzó a desvanecerse a su alrededor. La fría lluvia sobre su pelaje, el calor del cuerpo de su hija, el dolor causado por las heridas de la batalla, poco a poco no quedaba nada más que oscuridad para la guerrera.
-¡M-madre! –Llamó el joven tan solo para que el grifo, oprimiendo fuertemente su cuello, lo elevara escasos centímetros y lo impactara en el suelo una vez más, con el guerrero perdiendo la consciencia en el proceso.
-¡SUELTEN A MI FAMILIA! –Vociferó el padre, dirigiendo una fuerte coz contra Bóreas, quien detuvo sus cascos traseros con sus garras, antes de lanzarlo en dirección contraria.
-Lo siento, pero ahora le pertenecen a nuestro señor. –Explicó el enemigo con frialdad, mientras el otro se incorporaba.
-¡Ellos... no le pertenecen... A NADIE! –Repitió, embistiendo contra el líder, que debió detenerlo con sus garras para evitar perder el equilibrio, antes de golpear fuertemente su pecho, rompiéndole dos costillas, y rechazándolo en la misma dirección.
Ni siquiera había tenido tiempo de percatarse de que su acción había enviado a la cebra directamente a una de las grietas en el suelo, a la cual cayó profiriendo un fuerte grito de terror, sin ninguna oportunidad de alcanzar el borde. El padre había caído al vacío, y la única miembro de su familia que aún seguía consciente para percatarse de ello era su esposa, que gritó fuertemente antes de romper en dolido llanto, aún bajo los efectos del poderoso sedante.
-¡VAYAN A BUSCARLO! –Ordenó el líder, frente a lo cual cuatro grifos se aproximaron a la abertura, y se detuvieron al notar sus dimensiones, para luego examinarla- ¡¿Qué están esperando, inútiles?! ¡Recupérenlo de inmediato! -Ordenó una vez más, dirigiéndose rápidamente a la grieta.
-Señor, ninguno de nosotros cabe en este lugar. –Replicó con cierta duda, para luego tomar una bengala de su bandolera, encenderla, y dejarla caer en el lugar esperando que alcanzara el fondo, cosa que no llegó a suceder- Además tiene una gran profundidad, no hay forma de que la cebra haya podido sobrevivir a esto. -Continuó, para que luego el líder por primera vez en la noche mostrara signos de desesperación, de furia.
-Maldición… ¡Maldición! ¡MALDICIÓN! –Repitió, con gran ira en su voz- Demonios… ¡Tomen a los tres que AÚN quedan! ¡Nos vamos de inmediato…! ¡MIERDA! –Vociferó, dejando lugar a que los diecinueve grifos restantes en su grupo tomaran y encerraran en la misma jaula a las dos guerreras, y en una distinta al unicornio.
-Que Diell nos proteja... -Susurró uno de los encargados a su compañero, antes de cargar al joven guerrero.
Fue el momento en que la madre había perdido toda resistencia. Había sido espectadora de todo, y ahora aquel extraño metal que conformaba su prisión terminaba por drenar sus últimas fuerzas, pero no sus últimas esperanzas puesto que aún ahora era capaz de percibir a aquel ser que más amaba. No todo estaba perdido.
Kanto... estás vivo... -Pensó, antes de perder la consciencia, cerrando los ojos finalmente.
-¿Mami, te lastimaron? ¿Donde está papá? ¿Qué está pasando? -Cuestionaba el niño al ver a su madre en tal estado cuando aquella, que lo llevaba en brazos, lo dejaba con uno de los sabios en el refugio del pueblo, habitado por una gran cantidad de niños y mujeres a su alrededor.
La joven de ojos azules y melena trenzada tenía visibles heridas en la mayor parte de su cuerpo, muchas de gran profundidad, habiendo arriesgado su vida al atravesar el campo de batalla protegiendo a su querido hijo, para asegurarse de que aquel llegara a salvo a destino.
-Sh... todo está bien Kanto, todo está bien. Por favor, esperame aquí, volveré pronto. -Prometió, dirigiéndose al pasillo que daba a la salida.
-¡Mami, espérame! -La seguía, siendo detenido por el anciano.
-No Kanto, no puedes ir con ella. -Explicó Akela con severa voz, lo cual consiguió el efecto contrario, pues el niño ahora forcejeaba mucho más para alejarse.
-¡Mami, no me dejes, por favor mami! -Suplicaba, desbordando lágrimas de desesperación que conmovieron a la madre, llegando a su corazón. Debió regresar, y abrazarlo fuertemente. No podía dejarlo ahí, no podía dejarlo ir, pero era necesario, debía de unirse a los suyos y luchar por proteger su hogar y su familia, pero el pequeño no era consciente de ello.
-No, no mi niño, nunca te dejaría, no. Toma, cuidarás de esto hasta que yo regrese. -Le dijó, tomando el colgante de su cuello, y colocándolo en el suyo. El niño se sorprendió de aquel gesto pues sabía cuan valiosa era aquella joya para la joven- Así tendrás la seguridad de que volveré, sin importar qué. Te amo... -Musitó en su oreja, al abrazarlo de nueva cuenta.
Su afecto se vio interrumpido por un fuerte temblor que sacudió los cimientos del refugio, seguido de fuertes rugidos que se hicieron presentes en el lugar.
-Están aquí... -Susurró el sabio anciano, con gran preocupación- ¡Shenzi, no hay tiempo que perder! -Le dijo a la madre, quien se apartó con dolida expresión, dirigiendo una última mirada a su hijo, antes de partir.
-...Y siempre te amaré. -Concluyó, mientras bajo sus ojos se formaba una oscura sombra que pronto se dividía en múltiples líneas llegando hasta sus orejas, y su cuerpo se bañaba de un aura roja, para luego voltearse y dirigirse rápidamente al pasillo que conectaba al resto de la estructura, con dirección a la entrada principal.
-¡Mami, no! ¡Por favor, vuelve mami! ¡Mami! ¡No me dejes, mami!
-¡Madre, espera! -Llamó Kanto en un fuerte grito al haber reaccionado finalmente, seguido de una agitada respiración.
Tardó unos segundos en contemplar que aquello había sido tan solo un sueño, pero no fue más que el tiempo que tardó en descubrir que tenía la mirada perdida en el vacío, con tan solo unos centímetros de distancia que lo separaban de una caída con destino a la perdición total.
Se incorporó rápidamente, colocándose lo más cerca posible de la pared y lo más lejos posible del abismo. Con pulso acelerado, pronto tomó el colgante de su cuello al tiempo que cerraba los ojos brevemente, recordando a su anterior dueña.
Escasas gotas de lluvia caían sobre su cabeza, no contrastantes con el fuerte sonido de la tormenta actual. Fue entonces que dirigió su mirada al cielo, solo para descubrir que se encontraba a una distancia aproximada de cuarenta metros de la superficie.
Sintió también el dolor en su pecho causado por el ataque del grifo blanco, y recordó lo que había sucedido en aquel momento. Ya no era capaz de sentir la energía natural de ninguno de sus seres queridos, ni tampoco la de los invasores; ya no quedaba nadie a su alrededor... estaba solo.
Sabía que era lo que debía hacer, y que no había mucho tiempo para llevarlo a cabo. Habían secuestrado a su familia y lo único que restaba ahora era recuperarla, no importaba la forma, no importaba lo que debiera hacer, lo lograría. Con favor de los ancestros, si aquellos aún no habían logrado cruzar la frontera, sería capaz de alcanzarlos. Y por más que no fuese así, los perseguiría hasta el fin del mundo con tal de lograr su propósito.
-Pero primero necesito salir de aquí... -Susurró, observando las paredes y examinando cuales eran los puntos que podía llegar a utilizar para regresar al punto de partida.
La tormenta ahora arreciaba con furia, de tal manera que parecía ser capaz de arrancar los árboles a su alrededor del suelo en cualquier momento. Apenas a unos cuantos minutos del puente Bagheera, el equipo de Bóreas se dirigía al norte, con aquel en la retaguardia asegurando el traslado del unicornio personalmente.
El líder cargaba la jaula junto a tres de sus soldados, con cada uno ocupando una de las esquinas. De la misma forma lo hacían otros cuatro grifos que iban adelante, cargando otra que contenía a dos jóvenes cebras. Los diez soldados restantes iban adelante, asegurando el avance del equipo y que este llegara a su destino sin complicaciones.
Por órdenes del líder, el resto del escuadrón se había adelantado, llevando a todos los habitantes del pueblo que habían logrado capturar al punto de extracción, donde serían trasladados por mar hacia su destino final. No había tiempo que perder, pues una vez que las aguas embravecieran, no habría forma posible de escapar de aquel lugar por vía marina hasta pasadas dos semanas de fuerte tempestad.
-¡Señor! ¡A este paso no lo conseguiremos! -Vociferaba uno de los soldados, al ser prácticamente arrastrados por el viento.
-¡Cállense y sigan avanzando! ¡Aún quedan dos horas antes del amanecer y cuatro antes de la hora límite, tenemos mucho tiempo todavía!
Demonios, aún así... con este viento... -Sus pensamientos se vieron brutalmente interrumpidos por un fuerte temblor que no parecía tener relación con la tempestad.
Frente a ellos, el suelo comenzó a agrietarse rápidamente, comenzando a ceder parte por parte al vacio. El equipo que iba adelante se apresuró a atravesar el inestable terreno para asegurar su supervivencia, mientras que el equipo que cargaba al unicornio debió retroceder para evitar caer al abismo.
Al asegurar su carga en el terreno ahora firme, Bóreas se dirigió al borde del precipicio, examinando la profundidad y la distancia al otro lado.
Esto no es algo natural... ¿Qué pudo haberlo causado? -Se preguntaba, cuando recordó lo que había sucedido en el pueblo minutos atrás. Cuando el jefe había hecho uso de aquella extraña técnica junto a sus guerreros, y el suelo a su alrededor había comenzado a agrietarse.
¿Habrán sido ellos? No, no tiene sentido, pues el primer grupo pasó por aquí hace poco tiempo, y al parecer lograron llegar al otro lado sin problemas. Quizás... ¿O será... será que Felshak preparó esto? Quizá preparó esto para atraparnos aquí en un principio... pero requeriría de cierto periodo de tiempo antes de que su ataque alcanzara este lugar y lograra el efecto deseado, pues debió necesitar de mucho poder para lograr algo como esto. -Razonaba, antes de que una voz llamara su atención.
-¡Señor Bóreas! ¡¿Está usted bien?! -Llamó uno de sus subordinados, al otro lado.
-Soldado Ishtar, ¡Reporte de la situación! ¿Cuál es el estado de la carga? ¿Sufrieron daños mayores?
-No señor, la carga está en buen estado. Pero no podemos llegar hasta usted.
-Eso no importa. Que tres escoltas vengan aquí, los demás, diríjanse todos al punto de extracción, allí nos reagruparemos. ¡Apresúrense! -Concluyó, con severidad.
-¡Si, señor! -Respondieron con firmeza. Tres de los grifos volaron con dificultad hacia el otro lado del recién formado cañón para reunirse con su líder.
-¡Nosotros, rodearemos esto y buscaremos un lugar por el cual podamos transportar al objetivo! ¡Vamos! -Ordenó nuevamente. El resto del equipo asintió sin cuestionar, antes de cargar una vez más la jaula y retomar su avance.
Kanto se encontraba galopando rápidamente bajo la fuerte lluvia, a través de la galería que formaba el bosque a lo largo del camino hasta el puente Bagheera. No había obstáculo que no pudiera sortear, ni siquiera se detenía a rodear los árboles durante su recorrido, sino que empleaba su agilidad para trepar y saltar sobre ellos, apenas deteniéndose en el proceso. Para él, cada segundo contaba, y no pensaba permitir que aquellas bestias lograran salirse con la suya.
Llegó un momento en que debió detener su marcha abruptamente, derrapando sobre el lodo para evitar caer a un abismo que sabía, no podría cruzar, ni siquiera haciendo uso de Asili. Se detuvo justo al borde, arrastrándose rápidamente lejos de la orilla, incorporándose casi al instante.
Santo cielo, ¿Qué pasó aquí...? ¿Habrá... habrá sido cosa de Felshak? -Se preguntó, al examinar con más calma la abertura en el suelo- Espera... Esto es...-Susurró al voltearse, al percibir la energía del grifo blanco, y de su propio hijo, encaminándose en dirección al oeste- Estarán intentando rodear esto... ¡Debo alcanzarlos antes de que lo consigan! ¡Maldición, no puedo permitirlo! -Se decidió, reiniciando su galope, esta vez a una mayor velocidad.
¡Shin... Blast... Lin... por favor resistan! ¡Estoy en camino! ¡No voy a perderlos, los salvaré a como dé lugar! -Juró, mientras un aura azul comenzaba a cubrirlo en toda su extensión, cuya ausencia de sombra en los ojos del usuario delataba la activación del impulso Akieri.
Es muy probable que Felshak haya luchado haciendo uso del máximo poder de Asili gracias a Akieri. Si es así, y aún de esa forma aquella bestia blanca logró vencerlo, entonces no tendré ninguna oportunidad a menos que libere la forma final de Hekima... No tengo otra alternativa...
En ese instante el aura azul del guerrero, que se mantenía estable sobre su pelaje, comenzó a flamear cual ardiente fuego aumentando su tamaño, mientras que bajo sus ojos una sombra comenzaba a extenderse en forma de líneas negras hacía sus orejas, nuca, espalda, costados, vientre y patas; aquellas terminaban por cubrir su cuerpo en toda su extensión, mientras aumentaba la velocidad de su galope.
Al atardecer, dos guerreros del clan Vivuli recorrían un prado de pastos verdes, con el sol adornando el paisaje con su cálida luz, ya retirándose en el horizonte. Desde que habían partido del pueblo, el mayor no había dicho palabra alguna; esperaba que su yerno abriera la conversación pues tenía la seguridad de que sabía porque estaba allí. Aún así, llevaba ya un buen rato esperando, por lo que decidió tomar la iniciativa.
-Entonces... tu y Shin serán quienes se encarguen de la orden de recolección a la Isla Rafiki mañana, ¿No es así? -Inquirió el jefe finalmente.
-Sí señor, lo había platicado con el señor Kuhn y él decidió que lo más seguro sería enviarnos a nosotros, puesto que ambos somos guerreros de primera división, y Shin tiene un gran conocimiento sobre hierbas medicinales. -Respondió relajadamente.
-No se confíen; se que no hace falta que se los diga, pero en ese lugar habitan criaturas muy peligrosas, por eso... no se confíen, y cuiden sus espaldas mutuamente, por favor.
-Puede estar seguro, señor... usted bien sabe que daría lo que fuera por Shin, incluso mi vida.
-Lo sé Kanto, lo sé, ambos... ambos la amamos, y daríamos todo lo que tenemos por ella... -Decía, pronto tomando una expresión ligeramente melancólica al detenerse mirando al horizonte, antes de hablar- Me he percatado... de que ha estado algo triste en los últimos meses... -Siguió. Kanto enmudeció; como siempre, Felshak no se iba con rodeos. Sabía de que hablaba, por lo que el joven decidió proceder de la misma forma, sabíendo que no tenía caso disimular la situación por más tiempo.
-Aún no lo ha olvidado, Felshak... lo recuerda todos los días. -Reveló finalmente, y el jefe sabía bien a quien se refería.- En el último tiempo hemos hablado... sobre aumentar nuestra familia, pero ella... ella siente que sería un cruel intento por reemplazarlo a él. -Concluyó el joven mientras se posicionaba a su lado, con dolida expresión, mirando al cielo rojizo.
-Entiendo... no es una situación fácil.
-Creí que el dolor se disiparía con el tiempo, que se iría, pero no ha hecho más que aumentar y empeorar con el paso de los años. No solo para ella... sino también para mí. A veces... a veces despierto sobresaltado en la noche, escuchando su llanto; me dirijo a su habitación lo más rápido que puedo para calmarlo, pero cuando llego ya no hay nadie ahí... está vacío, y me encuentro a mi mismo solo una vez más, en medio de la oscuridad... -Relataba. Felshak escuchaba atentamente, eligiendo cuidadosamente sus siguientes palabras.
-Lo que ambos están pasando es inevitable, Kanto, pues la pesadumbre y el dolor se apoderan de nuestro ánimo solo cuando el tiempo nos demuestra la triste realidad de una pérdida semejante. Siento decepcionarte, pero ese dolor no desaparecerá... deberán aprender a vivir con él, asimilar y aceptar ese dolor como parte de ustedes, y seguir adelante... es la única manera.
-Lo sé-... lo sabemos, y saben los ancestros que lo hemos intentado, pero no somos capaces... no somos tan fuertes-...
-Ustedes no son conscientes de su propia fortaleza, hijo. -Interrumpió el jefe, sorprendiendo al joven.- No es algo que pueda lograrse de la noche a la mañana, quizá ni siquiera una década sea suficiente, pero sé que lo conseguirán. Tu sabes... debes saber que hace muchos años, la guerra me arrebató a mi querida esposa, y puedes suponer que el dolor que debí sufrir a lo largo de los años no tiene nada que envidiarle al que están padeciendo ustedes ahora, pero deben de ver a su alrededor. Su familia, sus amistades, su futuro, son muchas las razones por las cuales no pueden dejarse vencer por aquel sufrimiento, razones por las cuales deben imponerse a él, y seguir adelante. -Continuaba, volteando a ver a Kanto, que mantenía la mirada baja. El jefe colocó una pesuña en su hombro, sorprendiéndolo una vez más por tal gesto.- No será fácil, pero si cuentan con el apoyo el uno del otro, podrán lograrlo. Sé que podrán. -Concluyó el jefe, ahora mirándolo a los ojos.
-Gracias, Felshak... muchas gracias. -Respondió, bajando ligeramente la mirada, con una sonrisa apenas perceptible.
-No hay de qué... después de todo, sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites. -Dijo cálidamente, ahora sonriéndole con sinceridad, expresión que cambió poco a poco con el paso de los minutos mientras su acompañante se enjugaba las lágrimas, y se reponía de sus recuerdos- Escucha Kanto, hay... hay algo más de lo que quería hablarte. -Siguió, algo incómodo por el tener que cambiar de tema de forma tan abrupta. Ciertamente no había planeado aquello. Kanto levantó la mirada una vez más, sin cambiar su expresión, sabiendo a que se refería su suegro.
-Lo suponía... -Dijo, asintiendo. El jefe lo observó intrigado, esperando que continuara- Luego de lo que pasó hace dos días en la excursión al sur, no esperaba otra cosa. Me sorprendió el hecho de que no me buscara de inmediato, el mismo día.
-Esperaba que pudieras descansar y recuperarte, antes de hablar esto contigo.
-Bueno... aquí estoy.
-Está bien... seré lo más directo posible, asique escucha esto detenidamente y con atención: Kanto, eres el único de nuestros guerreros en lograr alcanzar la etapa final de Hekima en lo que va del último siglo... algo de lo que ni siquiera yo he sido capaz durante todos mis años de entrenamiento.
-Y eso es... bueno, ¿Verdad? O acaso...
-Un poder no es bueno, ni malo... es solo poder, todo depende del uso que le des de ahora en adelante. Y este particularmente, es un poder muy especial.
-Lo sé, he escuchado historias por parte de los sabios... sobre la última etapa de Hekima.
-Siendo tan cercano de Kuhn y Akela, no esperaba menos... debes estar al tanto de todo lo relacionado con ella, ¿No es así?
-Sí, tristemente.
-Entonces estás enterado... de que quienes han usado esta técnica indiscriminadamente-...
-...han muerto a una temprana edad. No podían cargar con la aceleración de su flujo de energía, y por eso sus cuerpos se deterioraban a gran velocidad, y terminaban por ceder en pocos años.
-Exacto, ese es el punto débil de este poder, y es por eso que deseaba hablarlo contigo lo antes posible, para que no hicieras uso de ella nuevamente sin poseer tal conocimiento. En lo personal creo... que no deberías depender de esta técnica para luchar, más que en un caso muy particular.
-¿Un caso particular? -Inquirió una vez más, intrigado. El jefe entonces se adelantó unos pasos a su posición, observando los pequeños animales salvajes que circulaban por los verdes prados. Kanto permaneció en silencio, esperando su respuesta.
-No solo cuenta el hecho de que el uso reiterado de este poder puede deteriorar tu cuerpo con el paso de los años a una gran velocidad, sino que los usuarios de los que he sabido solo han sido capaces de mantener su transformación durante un máximo de cinco minutos, luego de los cuales sus cuerpos quedaron exhaustos, débiles, desprovistos de defensas ante el enemigo. Con el tiempo entenderás que, si debes de hacer uso de ella, será por una razón, y solo una...
-¿Cuál? -Cuestionó el joven, con cierta duda. El jefe se giró para verlo a los ojos con una seria mirada, antes de hablar.
-Lo sabrás cuando el momento llegue... el momento en que debas hacerte a ti mismo una simple pregunta: ¿Qué estarías dispuesto a sacrificar, para salvar lo que más amas? -Concluyó, cuando una fuerte brisa surcó el lugar, agitando los cabellos del joven.
Ese momento... ha llegado. -Se dijo a sí mismo, al haber detectado su objetivo a menos de un kilómetro de distancia.
Una gran cantidad de energía emanaba de su cuerpo, dispareja, cambiante, mientras aquellas líneas negras que lo envolvían comenzaban a oprimir sus músculos. Su cuerpo comenzaba a ceder ante aquel poder, no solo porque era casi imposible alcanzar la última etapa de Hekima exitosamente, sino que debía resistir todo el peso de su propio poder al cien por ciento de su capacidad y sobrevivir en el proceso, y no haciendo uso de la energía natural que debía recaudar antes, sino la vital (habiendo activado a Akieri), sin dudas algo que incrementaba los riesgos en sobremanera.
Conseguir abrir todas las puertas de su propio ser, y dejar fluir esa energía por cada una de ellas manteniendo la armonía de su cuerpo era una proeza de la cual él, podía presumir, era el único de su clan en las últimas décadas en lograr.
Un frío intenso comenzó a invadirlo desde los cascos hasta la cabeza en el preciso instante en que aquellas líneas detuvieron su avance, y comenzaron el viaje de regreso hacia su punto de origen, retornando no bajo sus ojos, sino en ellos, con el tono grisáceo original de su iris dando paso a un profundo azul marino. El aura azul que hasta entonces lo había cubierto se desvaneció en un segundo, dejando como resultado un resplandor del mismo color casi imperceptible sobre su pelaje; el proceso estaba completo.
-Kukubwa Hekima, ¡Liberado! -Vociferó al saltar desde la rama de un árbol a una gran altura, lleno de fervor, al finalmente haber hecho contacto visual con el enemigo en movimiento, desde el aire.
Tan solo dispongo de cinco minutos... cinco minutos, ¡No puedo fallar!
Al voltearse rápidamente, Bóreas sonrió ampliamente, olvidando todo lo demás. Su misión aún podía salir exitosa, teniendo una nueva oportunidad para capturar al sujeto restante: el último guerrero en pie.
-¡Sabía que estas criaturas no podían morir tan fácilmente! -Exclamó, con malicia en su rostro- ¡Atrápenlo! -Ordenó. Los tres grifos escoltas se lanzaron en vuelo dificultosamente por causa del viento, armas en garra, con la última cebra como objetivo.
Kanto no había cambiado la seria expresión de su rostro, su profundos ojos azules ahora no mostraban sentimiento alguno. La primer bestia al ataque ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando una fuerte patada en su pecho lo envió directo al suelo, deteniendo el latir de su corazón al instante. Luego de ello, girando sobre sí mismo, propinó un fuerte gancho en el rostro del otro atacante, acto seguido tomándolo de una de sus garras y lanzándolo contra el restante, quien acabó en el suelo de la misma forma, junto a su compañero.
El guerrero aterrizó sobre ambos con todas sus fuerzas, destrozando sus cuerpos en el proceso. Bóreas no se mostró menos sorprendido, después de todo al guerrero no le tomó más de veinte segundos el acabar con tres de sus soldados en escasos impactos.
En aquel instante, Kanto alcanzó a divisar a su hijo mayor en la jaula que cargaban, pero algo iba mal; dos miembros de su familia no se encontraban allí, y tampoco era capaz de percibirlas en el área circundante.
-¡¿Donde están?! -Cuestionó aquel, con ira en su voz, sorprendiendo al líder.
-¡¿De qué rayos hablas?! -Devolvió la pregunta.
-¡¿Dónde están mi esposa y mi hija?! -Replicó una vez más.
-¡No tengo obligación alguna de darte esa información, pero... si insistes, gustosamente te llevaré junto con ellas! -Exclamó. La expresión del guerrero se tiñó de ira, antes de movilizarse.- ¡No escaparás! -Vociferó al tiempo que soltaba el cargamento. Sus compañeros instintivamente hicieron lo mismo, preparándose para capturarlo. En el instante todos los soldados se lanzaron contra su presa siguiendo al líder.
El guerrero no profirió palabra alguna, apresurándose a extender sus brazos a los lados frente a ellos, mientras que las gotas de lluvia a su alrededor se detenían breves instantes, antes de salir disparadas contra el enemigo. Todos lo previeron, haciendo uso de sus brazos para proteger su rostro, instante del cual la cebra aprovechó para adelantarse y atacar a sus oponentes.
Recibió de improvisto una fuerte patada en su costado por parte del grifo blanco, quien solo había fingido caer en su burda treta, pues aquel ataque no era capaz de afectar su cuerpo. El guerrero cayó al lodo impactando fuertemente, arrastrando su cuerpo varios metros por causa de la agresión.
-¡Esperaba algo mejor de ti, Kanto de la Noche! Algo más que un truco tan estúpido como ese. ¡"Guerrero de primera división"! ¡"Salvador de Vizuri"! ¡Debe ser una broma! -Exclamaba con una audible risa, mientras descendía frente a él, y sus compañeros se colocaban en formación de cruz a su alrededor.
Cuatro minutos...
Preparados con sus respectivas armas, los tres soldados restantes se disponían a acabar con él, habiéndose aproximado al objetivo, y dirigiendo el ataque rápidamente al área inferior de su espalda.
En un veloz movimiento la cebra las evadió, quedando las barras clavadas en el suelo, mientras que él se impulsaba hacia arriba en un breve salto, desde donde propinó tres fuertes y precisas patadas al pecho de los enemigos lanzándolos a varios metros de distancia, mientras que con sus cascos tomaba las tres barras enterradas y las lanzaba contra cada oponente, antes de que estos siquiera tocaran el suelo.
Cada ataque dio en el blanco; las tres barras negras se clavaron en el corazón de los tres grifos, quienes caían ya sin vida en sus cuerpos. Al terminar, aquel permanecía en el mismo lugar, frente a frente con el enemigo final.
A Bóreas le resultaba difícil de creer que el guerrero contra el cual había luchado antes ahora presentara un poder, velocidad y precisión de tal nivel, el cual solo creía comparable al de sus camaradas, los "hermanos del fuego". Pero sabía bien de lo que las cebras eran capaces una vez que empleaban la "energía natural" durante una pelea, ahora consideraba que realmente había subestimado a sus contrincantes.
Detrás del enemigo, Kanto podía divisar a su hijo mayor aprisionado en una gran jaula de metal oscuro, inconsciente. Era su prioridad, debía de salvar al joven lo antes posible, pues no contaba con mucho tiempo.
-Será mejor que te enfoques en tu enemigo, de otra forma esto no sería divertido. -Dijo el grifo blanco al notar hacia donde la cebra dirigía su mirada; acto seguido, aquella se puso en estado de alerta una vez más.- De hecho, sería incluso más divertido de esta forma. -Declaró, despojándose de sus armas de fuego, pero no de la barra negra, dejando en claro que deseaba un combate cuerpo a cuerpo.- Ven a por mí... -El guerrero no perdió tiempo, antes de iniciar carrera contra el grifo a gran velocidad.
Piensa liberar al unicornio, ¿Acaso cree que lo voy a permitir? -Pensó, preparándose para rechazar su ataque.
-¡Tienes cosas más importantes de las que preocuparte! -Vociferó, lanzando un potente gancho contra el rostro del enemigo, el cual terminó por atinar al aire. Su figura se desvaneció en un instante, y lo único que el grifo fue capaz de escuchar segundos después fue el crujir del metal.
El equipo de cuatro cargaba la jaula con las dos cebras cautivas a lo largo del camino, con tres escoltas adelante y cuatro más en la retaguardia. Quien aseguraba el avance desde atrás aún no podía estar tranquilo luego de haberse separado de su líder y el resto de su pelotón, dejándolos atrás. Su compañero notó esto, antes de hablarle.
-Sé lo que estás pensando, por más que el capitán Bóreas esté con ellos, estamos hablando de uno de los objetivos prioritarios... en verdad, luego de aquel derrumbe, no puedo evitar pensar que algo malo podría suceder antes de que alcancen el punto de extracción.
-¿Ustedes también? -Cuestionó un joven de pelaje rojizo y plumas café a su lado- Se que va contra nuestras ordenes, pero... deberíamos regresar con el capitán y asegurarnos de que la carga llegue a destino sana y salva. Gracias al señor Kirth, estamos muy cerca de alcanzar nuestra meta final, es por eso que no podemos dejar nada al azar, por más que el capitán diga que este bien. No me malinterpretes, confío en su sabiduría y poder pero aún así...
-Entonces regresemos... -Recomendó el último, de pelaje crema y plumas blancas- Para asegurarnos de que todo esté en orden, y alcancemos nuestro destino lo antes posible. No nos tomará mucho, quizá veinte minutos. Con algo de suerte, ya habrán atravesado el cañón y los encontraremos en el camino. -Dijo el joven, a lo cual sus compañeros asintieron, antes de hablar a los demás.
-Ustedes sigan adelante, nosotros regresaremos para asegurar el translado del objetivo prioritario. Junto al capitán, los encontraremos en el punto de extracción. -Le habló a sus compañeros, quienes asintieron antes de adelantarse, con los tres grifos escoltas adelante, cada vez más cerca del fin del camino. Pronto, el equipo de cuatro inició el viaje de retorno a través de la tempestad.
Tres minutos...
La cerradura de la jaula estalló en mil pedazos al impacto de su casco, la puerta se abrió de par en par, y el ser cautivo en su interior salió despedido hacia afuera, deslizándose hacía el lodo y perdiendo todo contacto con su prisión.
Bóreas nunca se permitiría perder al objetivo prioritario, menos cuando durante la misión había perdido una gran cantidad de buenos soldados, y mucho menos aún cuando estaba enfrentándose a tan solo un guerrero.
-¡Tendrás que hacer algo mejor que eso! -Vociferó el líder atacando a garra limpia el rostro de Kanto con gran velocidad, rasgando peligrosamente su mejilla. Aquel se apartó rápidamente, solo para abalanzarse sobre él de nueva cuenta.
Bóreas hizo uso de sus garras para desviar la potente coz que a su abdomen iba dirigida, intentando asestar un golpe con el filo de la derecha en un lugar preciso de su pecho que no implicara matarlo. El guerrero esquivó ágilmente el ataque, aprovechando la abertura para lanzar un golpe cargado de poder con su casco, golpe que logró alcanzar el brazo izquierdo del grifo, apenas logrando rasgar la piel de la bestia, quien se apartó rápidamente al sentir el contacto.
-¿Acaso no lo entiendes? ¡No puedes matarme! -Gritó, elevando sus brazos para exponer ante su contrincante como sus heridas sanaban con el paso de los instantes, cosa que no llegó a suceder.
Sus heridas no estaban sanando, la sangre estaba corriendo libremente a través de ellas, algo que manifestó la emoción más cercana al temor que la bestia había experimentado en toda su vida.
-Tal parece que ya no lo eres... -Declaró, sin cambiar su expresión.
-¿Qué has hecho...? ¡¿Qué demonios me has hecho?! -Vociferó, con desesperación.
-Probé una teoría... -Le dijo, con una sínica sonrisa.
Cuando herimos a su compañero de forma normal, su heridas sanaron casi al instante, mientras que cuando lo herí haciendo uso de Asili, tardó mucho más en recuperarse. Supuse que las heridas provocadas con técnicas basadas en la energía natural causaban daños más serios, difíciles de tratar con sus métodos poco convencionales, y al parecer no me equivoqué. Al hacer uso de Kukubwa Hekima, la máxima expresión de la energía natural, causé daños irreparables en su cuerpo, pues aún cuando ya ha pasado un cierto periodo de tiempo, no veo que sus heridas hayan empezado a sanar como había sucedido con anterioridad. -Razonó Kanto, preparándose para reanudar la batalla, ahora con más confianza que antes.
Mi cuerpo ya no está sanando, ni tampoco el de los demás, no han vuelto a levantarse... sea lo que sea, debe tener relación con su poder actual... es muy distinto al Asili Hekima sobre el cual estábamos informados. Si eso es cierto, y las heridas que me provoque de ahora en adelante no fueran a sanar, deberé tener mucho cuidado con él. Un paso en falso, un impacto preciso a un órgano vital y estaré acabado. -Pensó Bóreas para sus adentros, sabiendo que no tenía muchas opciones.
-Demonios... tal parece que no podré dejar nada a la suerte contigo esta vez. -Dijo finalmente, tomando en su garra derecha un cuchillo de combate con la funda horizontal en su cintura, cuya cuchilla parecía estar compuesta por el mismo material negro que las barras- Pero no voy a perder esta batalla, no voy a fallar en mi misión, ¡Aunque me vaya la vida en ello! -Vociferó, empuñando el arma blanca y lanzándose al ataque una vez más.
Dos minutos...
El guerrero caído pronto comenzó a abrir sus ojos, con la mirada levemente nublada. Al irse aclarando, encontró a quien parecía ser su padre, luchando fervientemente a una gran velocidad contra el grifo de plumaje blanco, quien intentaba alcanzarlo en su ataque a toda costa.
Intentaba mover sus cascos, pero sus extremidades no respondían ante las órdenes del centro de su sistema. La energía natural de su cuerpo aún no se había restablecido, y no podría movilizarse hasta que aquello hubiera sucedido, redundantemente, de forma natural. No tenía más que aceptar el ser un mero espectador de la batalla que ahora se desarrollaba frente a sus ojos, sin tener oportunidad de intervenir, al menos por el momento.
Los tajos de Bóreas eran veloces, implacables. Era capaz incluso de cortar las gotas de lluvia con perfecta precisión, y para el guerrero era difícil evadirlo. Aquel puñal resultaba en un peligro mucho mayor que las barras negras de las cuales habían hecho uso hasta entonces, puesto que un golpe asestado en una zona precisa, lo dejaría fuera de combate en cuestión de instantes.
Un movimiento en corte hacia abajo fue el que Kanto usó a su favor, dejando que aquel siguiera su camino para posicionarse a su lado y atacar sus costados. Pero el líder del escuadrón tenía un alto nivel de velocidad, o quizá estaba tan acostumbrado a las batallas que su cuerpo respondía por inercia ante los movimientos del enemigo; fuese lo que fuese, leyó con exactitud los movimientos del guerrero, agachando su cuerpo para esquivar su gancho derecho, y propinando un fuerte codazo en su costado del mismo lado.
El impacto conmocionó a la cebra, quien aún aturdida, alcanzó a ver venir el ataque del arma blanca, el cual logró evadir desviando el brazo del líder, alcanzando su abdomen con una fuerte patada, que provocó en el grifo el mismo efecto que el propio ataque anterior. Antes de que aquel fuera devuelto, Kanto dio una gran voltereta hacia atrás.
Al aterrizar, previendo el ataque inminente del grifo, extendió los brazos hacía un lado, a lo cual las fuertes gotas de lluvia comenzaron a reunirse, rodeando al guerrero y girando rápidamente, formando una suerte de escudo acuático. Bóreas estuvo a instantes de impactar sus puños en el rostro de la cebra, encontrándose de lleno con aquella protección, la cual comenzó a golpear repetidamente, sin cesar.
De haber estado haciendo uso de la energía natural de su entorno, aquel habría tenido oportunidad de utilizar técnicas más poderosas, pero no estaba trabajando con ella, sino con la energía vital de su propio cuerpo a través de Akieri. Un movimiento en falso, un ataque elemental excesivo, y la transformación terminaría antes de lo deseado, y entonces quedaría indefenso ante el enemigo.
Pronto, estirando más sus brazos en un movimiento rápido, el escudo giratorio se expandió, terminando en veloces cuchillas de agua que dañaron gravemente el cuerpo del líder, incluyendo su garra, la cual soltó la daga en medio del campo de ataque. Antes de que tocara el suelo, Kanto la devolvió con una fuerte patada al tiempo que la protección de agua se disolvía; la cuchilla se partió en dos, y la mitad de mayor filo se incrustó en el pecho de su dueño, quien retrocedió al instante con dolida expresión.
Imbuyó la daga en energía natural al hacer contacto con ella; demonios... el daño a mi pulmón izquierdo no desaparecerá. Se me están acabando las opciones. -Se dijo así mismo al extraer el arma rápidamente del área afectada, recorriendo la herida con su garra.
Un punto en su pecho está lo suficientemente vulnerable por la energía de Kukubwa. Si ataco en ese lugar precisamente y alcanzo su corazón, su vida habrá acabado. Un minuto... un minuto es todo lo que me queda. -Pensó para si mismo, cuando una mueca de dolor se dibujó en su rostro al instante, mientras se arrodillaba involuntariamente a escasos metros del enemigo.
Intentaba resistirse a aquel cambio, pero inevitablemente el profundo azul marino de sus ojos se desvaneció dando paso al gris original, y las líneas negras se extendieron una vez más desde sus ojos al resto de su cuerpo. Cada área alcanzada por aquella coloración iniciaba un fuerte dolor muscular, uno casi imposible de soportar.
No... no puede ser... el tiempo... ¡No, no pudo haber terminado! -Pensaba, mientras intentaba incorporarse de nueva cuenta.
Al levantar la mirada tenía sobre él, en pleno ataque a traición, al líder del escuadrón. Con un esfuerzo imposible levantó su brazo para frenar el del grifo, con el cuchillo quedando a escasos centímetros de su cuello, y con un esfuerzo mucho mayor todavía, alcanzando el estómago del enemigo con un fuerte golpe, apartándolo ágilmente.
Con agitada respiración producto del dolor en aumento, el guerrero comprobó sus brazos, encontrando que las líneas negras aún permanecían allí. La transformación estaba incompleta, y aunque todavía poseía aquel extraordinario poder, su cuerpo comenzaba a ceder ante él, no siendo capaz de soportarlo, afectando gravemente su nivel de agilidad y velocidad. No pasaría mucho tiempo antes de que el último vestigio de aquella técnica se desvaneciera, y su cuerpo sufriera las consecuencias de sus actos.
El grifo blanco no se encontraba en mejores condiciones, su pulmón izquierdo y el área circundante, incluyendo su abdomen, habían resultado gravemente afectados por el poder de Kukubwa, y sus movimientos y fuerza también se habían visto notablemente restringidos por causa de ello.
Unos segundos más... padre, por favor, resiste un poco más... -Pensaba el joven guerrero, cuyo cuerpo comenzaba a recuperarse. Pronto sería capaz de incorporarse una vez más. Solo necesitaba de unos segundos, unos segundos más y entonces podría auxiliar a su padre, y terminar con aquella batalla de una vez por todas.
-Es tu última oportunidad, Kanto de la Noche... tu última oportunidad que tienes de rendirte. -Declaró, sorprendiendo al guerrero por aquellas palabras, que aumentaron su cólera una vez más.
-Tal parece que me estás subestimando una vez más... ¡Tan solo mírate! ¿Crees que estás en mejores condiciones? -Cuestionó burlonamente, con dificultad.
-No lo creo... de hecho, puedo verlo. -Respondió secamente.- Tu técnica no tardará mucho más en desvanecerse, y tu cuerpo se encuentra ya muy débil como para continuar. Por otro lado, yo también tengo daños graves en mi sistema, pero aún así, sigo teniendo más oportunidades de ganar esta batalla...
-Si crees que-...
-...Pero ese no es mi objetivo. -Lo interrumpió- Nunca estuvo en nuestros planes eliminar a ningún habitante de Vizuri, pues lo único que necesitamos de ustedes... es su asistencia, y como era inevitable una negativa a nuestro pueblo de su parte, esta era la única forma. Si te rindes ahora, puedo prometer que una vez que hayamos alcanzado nuestro objetivo, tu familia y tu clan serán libres una vez más. Tienes mi palabra. -Concluyó, con una seria mirada. Kanto cerró sus ojos ligeramente, antes de abrirlos una vez más, mostrando una mirada embebida en ira pura.
-¿Acaso me crees tan estúpido? -Cuestionó, con una audible risa. Bóreas no se inmutó, y Kanto continuó.- ¡¿Crees que me tragaré una estupidez como esa...?! ¡Lastimaron a mi familia! ¡Destruyeron mi hogar! ¿Crees que podría creer en esa palabrería ahora? No sé cuales sean sus objetivos, pero todo eso, todo esto... ¡Termina... AQUÍ! -Vociferó, extendiendo su casco hacia un lado, el cual comenzó a flamear con una gran llama azul, en la cual se concentraba el último resto de Kukubwa Hekima.
-Debí saber que intentar persuadirte no serviría de nada... -Se resignó, extendiendo en la misma forma su garra sosteniendo el resto de la cuchilla partida, la cual relucía con las gotas de lluvia en la oscuridad.
Kanto y Bóreas ahora se encontraban frente a frente, listos para atacar. Ambos lo sabían: quien lograra asestar el siguiente golpe sería el vencedor.
El tiempo se agotaba para Kanto; su cuerpo estaba perdiendo poder, y la técnica de la cual había hecho uso hasta aquel momento se desactivaría en cualquier instante, podía sentirlo... aquel sería su último ataque, aquella sería su última oportunidad.
Padre, por favor, no lo conseguirás tu solo, tu cuerpo no va a resistir mucho más. Solo unos instantes, solo un poco más y entonces... -Pensaba, al ya ser capaz de mover sus brazos.
-Es hora de terminar con esto... ¡De una vez por todas! -Exclamó el grifo blanco, empuñando el arma blanca e iniciando dificultosamente la carrera contra su oponente, al igual que aquel, que no perdió tiempo al dirigirse contra la bestia híbrida en el galope más difícil de su vida.
¡No puedo fallar!
¡Te llevaré conmigo!
¡Por favor, resiste!
¡Todos ustedes caerán!
¡Ya no queda tiempo!
¡Solo unos segundos!
¡Eres mío!
¡AHORA! -Pensaron al unisonó.
El joven guerrero había logrado incorporarse, pero ya era demasiado tarde; la batalla había concluido. El tiempo se detuvo en aquel instante, y el universo entero se desvaneció a su alrededor, pasados los limites de tal escenario. La lluvia, que hasta entonces había pasado desapercibida para los tres presentes, se volvió el único sonido captable por el sentido de la audición del unicornio.
La sangre corría libremente, y se mezclaba con el lodo bajo aquellas patas y cascos que permanecían de pie. Ambos, cebra y grifo, se encontraban muy cercanos el uno del otro, respirando agitadamente. Finalmente, el grifo agacho la cabeza reposándola en el hombro del padre. La cuchilla resbaló de sus garras, quedando clavada en el suelo.
Kanto había logrado asestar el golpe mortal en el pecho de su contrincante justo antes de que el último rastro de Kukubwa Hekima se desvaneciera en sus cascos, atravesando al grifo blanco y destruyendo en su totalidad el centro de su sistema circulatorio; su brazo era ahora visible a espaldas de aquel.
Pero lejos de poder sonreír al haber logrado su objetivo, fue una repetida tos lo que salió a través de su boca, acompañada de abundante sangre.
-Te lo he dicho... n-no fallaré... en mi misión, t-tu vendrás conmigo... de una forma... o de otra. -Sentenció.
No fue más de un instante lo que el líder de las criaturas hibridas requirió para emplear su garra derecha en devolver el ataque recibido, aprovechándose de la proximidad y de la pérdida del escudo de su enemigo. Al igual que el casco del padre, el brazo del grifo pasó a través de su pecho limpiamente, hiriendo uno de los más importantes órganos vitales. Sentían la fuerte lluvia sobre su cuerpo debilitarse poco a poco, hasta que solo quedó una ligera llovizna.
Su expresión de horror no había cambiado entonces; era mero espectador del espectáculo más espeluznante visto en lo que iba de su existencia. No era capaz de moverse, se encontraba paralizado no solo porque aquel ser le había robado incluso gran parte de su energía vital, sino que la imagen que ahora reflejaban sus ojos lo acompañaría por el resto de su vida, en sus peores pesadillas.
Habiendo cumplido su objetivo, Kanto intentó apartarse, pero aquel intruso se lo impidió reteniéndolo con su única garra libre, para hacer uso de sus últimas fuerzas al girar la otra en el pecho de la cebra, provocando un grito de inmenso dolor, la ruptura de sus huesos, y un daño irreparable a todo el sistema vital del guerrero; si iba a irse, el grifo blanco no pensaba hacerlo solo, deseaba asegurarse de que su enemigo tampoco pudiera escapar de el destino que pronto compartirían.
Las fuerzas del forastero se vieron desvanecidas luego de aquel movimiento. Un fuerte espasmo en su pecho lo obligó a apartarse, y tras torpes pasos en dirección hacia atrás cayó de espaldas quedando tendido en el suelo, dando inútiles bocanadas de aire, mientras la vida se escurría de cada fibra de su ser.
-Gran-… K-kirth, devuél-venos… la vida-… de-vuél-venos-… -Intentaba hablar, pero las palabras ya no salían de su pico. Pronto no quedó de él más que un cuerpo sin vida, tendido en el frio suelo, cuya sangre que brotaba a borbotones de sus heridas se mezclaba con aquel lodo.
Kanto fue quien lo siguió, tras movimientos similares, mientras intentaba mantenerse en pie. Sin éxito, pues pronto incluso sus cascos perdieron toda sensibilidad, y aquel también cayó de espaldas fuertemente, sintiendo únicamente la gentil llovizna, más allá del insoportable dolor que lo aquejaba.
-¡Padre! –Exclamó Blast, con todas sus fuerzas, con una voz y expresión llenos del más puro terror.
Al haberse incorporado con dificultad, galopó torpemente hacia su ser querido. Sus cascos resbalaron y cayó de frente sobre el suelo. Se levantó una vez más con el rostro cubierto de lodo oscuro, el cual resaltaba sus ojos color ámbar, derramando lágrimas de desesperación. Al llegar donde Kanto se arrimó rápidamente a él para atender sus heridas. No puede describirse con palabras los sentimientos que atravesaban su ser a toda velocidad, infundiendo en él aquel terror.
Intentó acercar sus cascos a la honda herida con el objetivo de tratarla, y allí permanecieron, a escasos centímetros de aquel ser, temblando, desesperado, pues la brutalidad con la que había sido herido el padre había dejado una huella terrible. Ahora se encontraba frente a un cuerpo vacío; la energía natural ya no corría por su cuerpo, y apenas alcanzaba a detectar un pequeño resto de la vital, insuficiente para llevar a cabo cualquier tratamiento similar.
-¿Blast…? –Cuestionó Kanto con dolida voz, similar a un susurro, en dirección hacia arriba, pues no era capaz de ver claramente a través de sus ojos.
-Padre... aquí estoy, aquí estoy. Todo estará bien, no te preocupes. Aún puedo salvarte, solo... solo debemos volver a Vizuri, y estarás bien... todo estará bien. –Le prometió el hijo, tomando a su padre con delicadeza y colocándolo rápidamente sobre su espalda, e iniciando un rápido galope a través del camino. No había tiempo que perder.
De lo que momentos antes había sido una fuerte tormenta que azotaba las tierras de Vizuri, ahora tan solo quedaba una suave llovizna. Kanto se encontraba realmente débil, no tenía ya las fuerzas necesarias para contrariar a su hijo, y pronto fue trasladado velozmente a través del bosque en el lomo del unicornio.
El pelaje de Blast se encontraba visiblemente manchado por la sangre de su padre, que brotaba de su herida sin detenerse ni un instante, al igual que el joven, cuya voluntad de regresar al pueblo lo más pronto posible parecía dotarlo de una fuerza, velocidad y resistencia que ni siquiera él recordaba poseer.
Su plan consistía en visitar la casa de alguno de los doctores de la aldea que hubiera quedado en pie, tomar de allí las medicinas necesarias, y tratar a su padre lo más pronto posible; sabía que cada segundo contaba para salvar su vida.
Se encontraba cegado por la creencia de que aquello llegaría a buen término, que nada malo podía pasar a su padre, que todo estaría bien, el se recuperaría y juntos irían en busca de aquellos grifos para salvar a su querida familia. Por más que la parte lógica de su cerebro le indicaba que la herida de aquel simplemente era mortal e intratable, ignoraba esos pensamientos con todas sus fuerzas, no quería oírlos, no quería pensar en la alternativa.
El sabía que su padre pronto estaría con bien, no podía ser de otra manera, y era el único pensamiento que necesitaba tener presente. Kanto había sobrevivido con valentía a situaciones casi tan complicadas como aquella, habiendo escapado de los fríos cascos de la muerte en reiteradas ocasiones, y esta no iba a ser la excepción, Blast nunca lo permitiría.
-Blast, detente… -Susurró al oído del unicornio.
-¡No puedo hacerlo! ¡Debemos llegar de inmediato, de lo contrario-…!
-Detente, no lo repetiré… -Susurró una vez más, fríamente.
Aquellas palabras resonaron en los oídos del unicornio mucho más que el choque de las gotas de agua de lluvia en las hojas de los robles a su alrededor. Por sobre su instinto de cumplir con su objetivo, siempre se habían posicionado las ordenes de sus padres, y las de Felshak. Era su naturaleza, la cual había adoptado con el paso de los años.
Se detuvo a mitad de camino, pronto acercándose a un viejo roble y ayudando a su padre a sentarse al pie de este, respirando agitadamente, con la honda herida aún abierta en su pecho, cuyo sangrado no había cesado desde entonces.
-Estas hecho una pena… -Le susurró, con una débil sonrisa, observando el rostro del joven guerrero cubierto de lodo, una melena agitada y desalineada que contrastaba con su pelaje, y variadas manchas de sangre ajena a lo largo de su cuerpo.
-Papá, por favor, debemos regresar a Vizuri y tratarte, entiende… -Suplicaba el joven, a lo cual Kanto negó con la cabeza en un débil movimiento.
-Aceptémoslo, no lo conseguiré en mi condición… prefiero pasar mis últimos momentos en paz, solo te pido... que lo entiendas...
Sorprendentemente, Kanto era capaz de hablar casi con fluidez, aún cuando uno de sus pulmones había sido literalmente destrozado, y su corazón sufrido un daño irreparable. Aquel guerrero había pasado por brutales batallas a lo largo de su vida, y su cuerpo, poseedor de una resistencia inigualable, soportaba con fervor el dolor de sus últimos momentos.
-Padre, por favor… -Suplicaba con dolida expresión, y lágrimas de dolor.
-Blast, escucha… -Le pidió. El joven se detuvo en seco, sin pestañar un solo instante, observándolo atentamente.- Han tomado prisionera a nuestra familia, hijo… se los han llevado... a todos. No sé qué es lo que quieren, pero sé… sé que tú no lo permitirás… -Continuaba. Blast solo asintió débilmente, sin cambiar su expresión.
-Ese es... mi muchacho. Quiero... que tengas esto… -Le explicó, mientras levantaba débilmente su casco, tomaba el colgante de su cuello y lo extraía de un tirón para luego extenderlo, dirigiéndolo hacia su querido hijo al tiempo que su brazo cedía de pronto al perder fuerza, siendo atrapado por los brazos de este en el aire.
-¿Recuerdas lo que te dije... aquel día? -Inquirió el padre. Aquella pregunta, hecha mientras el collar permanecía frente a él, movilizó el corazón de Blast. Claro que lo recordaba, las palabras estaban tan claras en su mente como la primera vez que las había oído.
Estos colgantes pertenecieron a los fundadores de nuestro pueblo, en los tiempos de las primeras canciones. Representan nuestra unión, el deseo de paz, y la fuerza espiritual que se halla en cada uno de nosotros. Mi madre me lo dejó hace muchos años, antes de morir. Significaba mucho para ella...
-Tienes lo que ha llevado a la gloria… a nuestro pueblo desde sus inicios, Blast. Las llamas de la voluntad arden con la fuerza de nuestros ancestros en ti; nunca... permitas que esa llama se extinga…
El unicornio, con temblorosos brazos, oprimió con moderada fuerza el casco que sostenía la cruz Vizuri.
-Nunca... nunca lo permitiré, es una promesa. –Le aseguró, intentando no romper en llanto en el proceso. Kanto solo se limitó a sonreír débilmente, antes de continuar.
-Cuando miro hacia atrás, cuando pienso en el pasado... encuentro difíciles de creer los sucesos que te trajeron a nosotros. Desde entonces no ha habido un solo día… en que no le haya agradecido a los ancestros, por aquellos eventos inesperados que te trajeron a nuestras vidas.
-Papá… -Susurraba, con lagrimas corriendo libremente por sus mejillas.
-Nunca podré agradecerte… todo lo que has hecho por mí; has llenado de felicidad la vida de este pobre viejo. –Decía él. Blast rió forzadamente, con lágrimas en sus ojos, intentando responder.
-No- no digas tonterías. No eres viejo, aun faltan muchos años para que puedas llamarte a ti mismo de esa manera.
-Es cierto… -Decía, mostrándose realmente exhausto, cerrando los ojos débilmente, y abriéndolos instantes después con la misma velocidad. Su cuerpo estaba cediendo, y él lo comprendía- Discúlpame, creo… que no podré llegar a los ochenta… después de todo. –Susurró con una débil sonrisa en sus labios.- Dile a tu madre... que la amo... que nunca he amado a alguien tanto... como la amé a ella, y que me perdone… pues no podré preparar la cena… cuando Bicar y Nalu vengan a visitarnos... la semana próxima...
-Papá… papá, por favor, no…
-Dile a Lin... que nunca pierda sus ánimos, sus deseos de fortalecerse, mientras mantenga esa llama encendida, se que se convertirá en una gran guerrera... y a ti, quiero-… quiero decirte… que no importa lo que pase a partir de ahora, ni a donde me dirija… si no hemos de volvernos a ver… quiero que sepas… que siempre estarás en mi corazón… y siempre te amaré… hijo mío… -Susurró el guerrero, antes de cerrar sus ojos por última vez.
Los ojos de Blast ya no parpadeaban. Se encontraba mirando directamente el rostro de su padre cuando entonces daba su último suspiro, y el brazo de aquel resbalaba de sus cascos cayendo al frío suelo, pues ya no había vida que lo sostuviera. La sangre del joven se había helado, cada pensamiento producido por su mente se redujo a la nada absoluta.
Aquello no podía estar pasando, se trataba de una pesadilla, era la única explicación posible, era simplemente una cruel y maldita pesadilla. Intentaba convencerse de ello, de esas ideas que lo llevaban a desear despertar lo antes posible, regresar al mundo real.
Aquel lugar en donde su querida madre lo recibiría con la cena luego de trabajar, donde su padre se sentaría en el sillón de la sala de estar y les contaría a sus hijos exageradas historias de su juventud, las cuales la hermana menor escucharía con profunda admiración, mientras que el mayor sonreiría, cada tanto dudando de su veracidad. Aquel lugar en el cual tendría una cita en apenas unas semanas, y donde pronto, en tan solo unos meses, sería quien apadrinara al hijo de su mejor amigo.
Pero ya nada había allí, todo se había desvanecido, todo en tan solo una noche, y ahora aquel se encontraba solo, en medio de las tinieblas, en medio de la tempestad. Aquellas criaturas habían destruido su mundo, habían acabado con sus esperanzas, con sus sueños, con su familia. No podía soportarlo; esa no podía ser su realidad.
Un fuerte ardor comenzaba a trepar desde lo más profundo de su alma, una cólera inimaginable que surgía poco a poco, lentamente quemando su ser en su totalidad. Las llamas lo habían arrastrado, y el unicornio ni siquiera fue capaz de presentar oposición alguna ante aquella ira abrasadora que se llevaba consigo su consciencia.
No se había movilizado de su posición cuando las llamas rojas de Asili habían comenzado a flamear desde su cuerpo, aún cuando ni siquiera la sombra característica de esta técnica había aparecido bajo sus ojos.
Con un rostro cubierto de suciedad, en el cual resaltaban los profundos ojos ámbar ahora reluciendo un fuerte resplandor rojo, dirigió su mirada al cielo sin mover el resto de su cuerpo. Como un estallido, el grito más representativo del profundo dolor que ahora habitaba su corazón escapó de su encierro, una expresión en la cual intentaba encontrar un bastión de paz para su alma. Lejos de lograrlo, aquello intensificó el poder del aura de Asili que ahora comenzaba a envolverlo involuntariamente, tal y como la primera vez que había logrado activar aquel poder.
El equipo de cuatro soldados que había regresado para investigar el retraso del capitán Bóreas y sus subordinados había hallado su objetivo. Todos permanecían perplejos; el grifo blanco se encontraba tumbado en el suelo mirando en dirección al cielo. El agujero en su pecho aún escurría la sangre oscura, al igual que su pico, el cual se mantenía abierto.
De la misma forma, los otros grifos de rango menor permanecían muy cerca de la escena, casi despedazados por algún arma desconocida. Aquellos no habían perdido tiempo; había un prisionero prófugo, y sabían las consecuencias que ello podría acarrearles. Aún cuando el fuerte viento había cesado momentáneamente, no iniciaron vuelo, sino que corrieron a través de la galería de robles, y siguiendo las huellas aún frescas en el lodo, habían emprendido el mismo camino por el cual el unicornio se había marchado.
No pasó mucho tiempo antes de que dieran con su paradero, y aún sin las huellas, era difícil no hallarlo. Aquel se encontraba prácticamente en el medio del camino haciendo uso de aquella extraña técnica que antes habían visto, prorrumpiendo en gritos de dolor junto a un cuerpo sin vida. Los grifos ignoraban a quien pertenecía el cuerpo, aunque suponían que era quien había auxiliado al prófugo.
No dudaron ni un instante y luego de que Ishtar, el líder de equipo, diera algunas indicaciones, el grupo se dispersó y dos de los grifos se elevaron en el cielo, para atacar al sujeto desde cuatro direcciones distintas, un ataque contra el cual era imposible responder o escapar.
El grupo de dos en aire no tardó más que unos instantes en lanzarse en picada contra el -para ellos- desprotegido unicornio, segundos después seguidos por el grupo que se movía por tierra, pero no paso mucho tiempo antes de que se percataran de su terrible error.
Aquel ser había sentido su presencia, incluso cuando se encontraban a cientos de metros de su posición. Su consciencia ya no gobernaba sus acciones, lo hacía la ira, el desprecio, la sed de sangre de aquellas criaturas, y el deseo de venganza contra su despreciable raza.
Dos extensiones con forma de garras de gran tamaño surgieron de su espalda al instante –la velocidad a la cual lo habían hecho no se comparaba en lo más mínimo con la de sus alas-, atrapando a uno de los dos atacantes, mientras que el otro se había apartado justo a tiempo, evitando un destino fatal. Aquellas extensiones que tomaron al grifo prisionero no tardaron en comenzar a comprimir el cuerpo, que se ubicaba enteramente dentro de ellas.
Los grifos que se dirigían a su posición por tierra se detuvieron en seco junto a su compañero, derrapando con sus patas de león, siendo sorprendidos por la captura a su camarada, quien sufría bajo el abrazo de su verdugo. Las garras no solo lo comprimían, sino que también estaba literalmente carbonizando su cuerpo. Las armas de combate del enemigo apenas alcanzaban a absorber una pequeña porción de la energía que lo envolvía, aunque ello no fue suficiente para salvar su vida.
No mucho tiempo después el poderoso guerrero gruñó, para luego proferir un fuerte grito, al tiempo que se oía lo que podría tomarse como la ruptura de la cascara de una nuez; las garras oprimieron una vez más y se cerraron en su totalidad. Al abrirse, no cayeron más que cenizas de lo que antaño había sido su camarada, acompañadas de sus respectivas armas también destrozadas.
El unicornio giró levemente su cuello, y entonces los invasores fueron capaces de divisar el resplandor rojo de su furiosa mirada. Aún con el temor invadiendo su ser, se lanzaron al ataque sin dar importancia a aquellas sensaciones, ignorándolas. No iban a dejarse vencer por aquel ser; el líder tomó la barra de su espalda, al igual que sus dos compañeros, dirigiéndola contra su actual enemigo.
Blast ni siquiera debió voltearse enteramente para responder, pues emergió de su cuerpo tres de las lanzas de energía que solía usar en sus combates, que rápidamente fueron encaminadas contra sus enemigos. Uno de ellos recibió el ataque de lleno en su pecho, siendo atravesado de lado a lado. Pero el unicornio no se habría conformado con ello: aquella extensión continuó su camino, trepando por su espalda y envolviendo su cuello rápidamente. En pocos instantes, el centro de su sistema había sido separado del resto de su cuerpo.
Las bestias restantes se separaron, intentando atacar al extraño combatiente por el frente y por la retaguardia. No debieron subestimar el alcance de sus ataques; una vez más, surgieron las garras de su espalda, pero esta vez se extendieron, alcanzando al grifo que tenía en esa dirección, el cual sufrió el mismo destino que su compañero en un tiempo menor.
A grito de batalla, el último superviviente se arrojó lanza en garra contra la bestia. El arma apenas logró atravesar su aura y rozar su mejilla, generando una honda herida, pero aquel no había dado indicios de haberlo notado siquiera, no mientras tomaba a aquel ser con la garra formada por su casco derecho, acercándolo lentamente hacia él, antes de rugir por última vez, bañando el rostro de aquella bestia hibrida con llamas que surgían desde su garganta, carbonizando el centro de su sistema, destruyendo la unión de su cuello por la presión que ejercía, mientras que el resto de su cuerpo caía frente a él.
Cada una de aquellas bestias hibridas había sido eliminada por su propio casco, y ahora el aroma a carne quemada inundaba el lugar... pero su sed aún no se había visto satisfecha. No era suficiente; aquellas bajas no compensaban en lo más mínimo lo que él había perdido.
Las llamas rojas que lo envolvían se disolvieron, la sombra bajo sus ojos desapareció, el resplandor de Asili se desvaneció pocos instantes después. El último guerrero en pie respiraba agitadamente, sus parpados pesaban, y pronto no hubo nada que lo detuviera antes de caer de espaldas, inconsciente, a merced de la tormenta.
La aurora amaneció temprano, pero sin avisar de su llegada mediante su cálido resplandor pues las nubes de tormenta impedían cualquier intento por iluminar las tierras de Vizuri.
El joven guerrero abrió los ojos débilmente, encontrándose con una gentil llovizna que caía sobre su, ya de por sí, sucio y húmedo pelaje, debido a la tormenta anterior. Apoyó sus cascos sobre el suelo intentando incorporarse, intento que resultó fallido cuando resbaló en el lodo, cayendo con su rostro sobre algo muy distinto a la tierra mojada que esperaba, algo con un suave y frío pelaje.
Sobresaltado, se apartó rápidamente para luego aclarar su vista, y encontrar el cuerpo de uno de los soldados contra los cuales había luchado horas atrás. Se sorprendió, pero no mostró ningún otro sentimiento. Recordaba lo que había sucedido poco tiempo antes, recordaba lo que habían hecho, la razón por la cual el cuerpo permanecía frente a él, y la razón por la cual allí se encontraba.
Buscó con la vista, y rápidamente lo encontró. El cuerpo de su padre aún yacía al pie del viejo roble, con tranquila expresión en su rostro. De no haber sido por la herida en su pecho, el joven hubiera creído que se encontraba durmiendo plácidamente. No pudo contenerse, y una vez más se quebró, comenzando a sollozar audiblemente, dejando que las lágrimas corrieran libremente desde sus ojos.
No pasó mucho tiempo antes de que se librara de aquellas y se incorporara una vez más, con seria expresión. Se dirigió lentamente a su padre, y con tristeza en su mirada, lo acomodó en su espalda de la mejor forma que pudo, y emprendió el camino de regreso, con un destino presente en su mente.
Había pasado una hora desde entonces, desde el momento en que el joven había partido de aquel cruento escenario de guerra cargando el cuerpo de su padre, y ahora se encontraba en el centro del bosque Rikudo, en medio de las tumbas donde descansaban los cuerpos cuyas almas habían partido al otro mundo.
La tierra había sido removida, y a diferencia de las otras sepulturas que poseían una lápida con el nombre del difunto, la presente solo tenía al final una cruz de madera atada mediante cuerdas. El joven guerrero se encontraba frente al mismo, sin saber que decir. Era una costumbre expresar unas palabras dedicadas al alma que había partido, rodeado por sus seres queridos, quienes lo acompañarían hasta el final.
Incluso eso le habían arrebatado, el poder despedirse de su padre como era debido. "Un amado esposo, un padre ejemplar", eran palabras que sabían describir a la perfección a aquel guerrero que había dado la vida por salvar a su familia, y las que debían de ser esculpidas en el sepulcro que su nombre debía llevar.
-Siento no poder darte algo mejor, padre, pero... no hay nadie con quien pueda darte un entierro digno... -Susurró, con cabeza gacha y lágrimas en sus mejillas- Siento... siento no haber sido más fuerte... siento no haber sido capaz de salvar a mamá... a Lin, pero... siento mucho más... el no haber sido capaz de salvarte. Lo siento tanto... -Continuó dolidamente. Debía expresar aquellas palabras dedicadas a quien lo había criado desde pequeño, pero no era capaz. No despediría a su padre de esa forma, no cuando lo más querido para él aún corría peligro; habría sido un insulto a su memoria- Pero... pero no dejaré que tu muerte sea en vano. Me salvaste la vida... fue el mayor acto de amor que has hecho por mí, y por eso también, ahora recae en mí la responsabilidad y el deber... de proteger a los nuestros. Ten la seguridad... de que encontraré la forma. -Siguió, ahora con una seria mirada, con gran determinación- Nunca... nunca faltaré a mi palabra, padre. Salvaré a nuestra familia, la traeré devuelta, y cada uno de los grifos involucrados que haya tocado las tierras de nuestro hogar… lo pagará con su sangre. –Aseguró, para luego tomar la cruz que ahora colgaba de su cuello, y susurrar- La llama que me has heredado… nunca se extinguirá.
Un haz de luz entonces iluminó la escena con un poderoso resplandor blanco. Aquel escenario, y el ser que aparecía en él, desaparecieron en medio de su albor, desvaneciéndose poco a poco.
Al disiparse, los árboles que rodeaban el cementerio habían sido reemplazados por estantes cargados de libros, con lomos gastados por el tiempo; el suelo de tierra había pasado a ser de robusta madera; ya no era de día, sino de noche; y el ser que antes había estado de pie frente a la tumba, ahora permanecía en cama, vendado de cascos a cabeza.
Frente a él permanecía una alicornio de pelaje blanco y ondulante crin aurora, quien se inclinaba respirando agitadamente, por causa del gasto de energía mágica que había debido realizar para llevar a cabo el deseado hechizo. La tempestad había terminado.
¿Se lo esperaban? Bueno, i hope no. Tuve problemas para realizar los últimos dos capítulos, no por bloqueos, sino porque se me fueron ocurriendo diversas versiones de la historia y me fue difícil decidirme por una sola que me convenciera; es una de las razones por las cuales me demoré tanto -además del estudio, claro-, pero bueno, ahí están, y le ponemos punto final a la primer parte de la historia. La segunda es mucho más breve, no se preocupen, y la tercera... bueno, habrá que saber llevarla.
Puedo decir con seguridad que me jugué con todo en este capítulo, es una de esas cosas que puede salir estupendamente bien, u horrendamente mal -realmente espero que sea la primer opción, pero bueno, son ustedes, mis lectores, los que decidirán eso-. Lo sé, con todo este texto podría haber hecho tranquilamente varios capítulos individuales (siete, para ser exacto) y no dos capítulos excesivamente largos en un intervalo de tiempo mucho más largo todavía. Y justamente eso es lo que pienso corregir de ahora en adelante, haciendo capítulos más breves para que el intervalo de tiempo entre uno y otro sea de alrededor de un mes, pero como digo siempre, la vida es impredecible, no sé lo que puede pasar más adelante, asique lo único que puedo prometer es que seguiré actualizando esta historia (claro, si no muero, caigo en coma o algo por el estilo).
Volviendo al ruedo, muchos de los sucesos de estos dos últimos capítulos me surgieron también a último momento, no estando presentes en el borrador original. Y más que sorprenderlos -pues el desenlace de la batalla ya se sabía desde el principio de la historia-, mi objetivo era presentar algo entretenido, que no fuese tan… "mecánico"… -si, esa es la palabra-.
Fue todo un tema manejar a tantos personajes en escena; en un principio pensaba meter más incluso, pero entonces la batalla probablemente se hubiera tornado repetitiva, y se hubiera perdido la línea del combate de cada uno. Aparte tampoco me gustaba la idea, pues el capítulo entonces hubiera debido de tener como mínimo una o dos partes más, y ya me parecía demasiado.
Entran nuevos personajes, y salen otros. Mis disculpas, pero la muerte de Kanto era un suceso que había estado presente desde el principio, y es prácticamente el origen de todo el rencor del protagonista de turno. No sé, incluso yo le había tomado cariño al personaje, pero bueno, hay cosas que están más allá de mi poder como escritor (?
Supongo que habrán notado la variedad de historias secundarias en la pasada entrega. El objetivo era hacer notar que había "vida" en Vizuri más allá de la familia de Blast -aunque claro, estos personajes no estaban ahí para figurar nada más, tienen cierta importancia en el desarrollo de la historia más adelante, cosa de la cual no voy a hablar mucho, pues ahí sí quiero sorprenderlos-.
Bueno, finalizado el primer tramo AL FIN -lo resalto otra vez porque yo tampoco veía la hora de regresar al punto de partida- volvemos a Ponyville, y la historia sigue su curso normal. Y desde ya voy adelantándoles: Los futuros capítulos van a ser un poco distintos a lo que habían sido hasta ahora, pero no voy a dar razones, van a tener que esperar hasta el próximo.
Era hora de un cambio, y van a notar muchos a lo largo del desarrollo de esta segunda parte de "Decisiones". Como dije antes, espero que puedan acompañarme hasta el final de este viaje, ¡Y gracias a la gentuza que va dejando reviews a lo largo del camino! Siempre van a tener un lugar especial en mi corazón~ -Los demás... los odio con toda el alma-.
¡Hasta la vista! ¡Y gracias por leer!
