Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.
Al final, sí que me he animado a escribir un epílogo, ya que sentía que muchas cosas se habían quedado en el tintero. Ahora sí podemos decir que esta historia ha terminado. Espero que os guste, y os aviso de que hay varias escenas tan romanticonas que igual os dan arcadas.
Epílogo
Rose Weasley y Scorpius Malfoy
Mayo de 2024. Hogwarts.
─¡Rose Weasley! ¡Levántate de una vez!
Rose dio tal bote en la cama que casi aterriza en el suelo. Cassandra la miraba desde arriba con las manos en las caderas y una expresión amenazadora. Pero todavía no había sacado la varita, así que no podía estar muy enfadada. O eso esperaba Rose.
─Cas ─se quejó, alargando la vocal─. Es domingo. ¿Por qué tengo que levantarme?
─Ah, no sé ─respondió la chica sarcásticamente─. Igual porque el tren sale en menos de una hora y ni siquiera tienes preparado el equipaje.
Rose abrió los ojos, totalmente despierta de repente. Saltó de la cama, pero se tropezó con las sábanas que habían quedado enredadas en sus piernas. El tremendo golpe que se dio contra el suelo no hizo nada por detenerla, y Cas tuvo que sentarse en su cama para no unirse a su mejor amiga en el suelo del ataque de risa del que era presa. Rose, totalmente despeinada y vestida sólo con su ropa interior y una camiseta de tirantes, se abalanzó sobre su baúl y empezó a guardar sus cosas frenéticamente.
─Hermione me va a matar. Hermione me va a matar ─murmuraba una y otra vez, pensando en lo que pasó la última vez que había perdido el Expreso de Hogwarts.
─Eso te pasa por quedarte hasta tarde con Scorpius ─replicó una voz desde la entrada de la habitación de las chicas.
Rose se detuvo por un momento para lanzarle una mirada asesina a Zoé Nott, que la ignoró eficazmente mientras se acercaba a Cas y depositaba un suave beso sobre sus labios.
─Yo no me quedo hasta tarde con nadie ─replicó Rose, que no se había acercado a Malfoy desde el incidente, como había bautizado a lo que había pasado en la puerta de la biblioteca─. ¿No tienes tu propia Casa, Nott?
─Sí, pero es más divertido verte histérica ─Rose le sacó la lengua antes de meter la mayoría de su ropa en el baúl. Sin doblar, por supuesto.
─Te dije que no se iba a levantar con tiempo. Paga.
Rose casi se siente ofendida cuando Nott le dio dos galeones a Cas, que evidentemente había apostado en su contra. Pero como ese espectáculo se había estado repitiendo durante varios años, tampoco podía culparla. Se encargaría de que le comprara algo en el tren de vuelta a casa, ya que iba a ser su última oportunidad de comer los deliciosos dulces del tren. Sin previo aviso, la realidad de lo que estaba pasando la golpeó y sus movimientos frenéticos se detuvieron. Se quedó de pie en mitad de la habitación con un bote de champú en una mano y el libro de Transformaciones en la otra.
─¿Rose? ─preguntó Cassandra tentativamente, preocupada.
─Se ha acabado nuestro último año. Es la última vez que cogemos el tren.
Hubo un silencio entre las tres. Todas compartieron en ese momento la misma sensación. Sus emociones eran una mezcla de alegría, emoción, miedo y nostalgia. Rose nunca pensó que ese día, el último que pasaría en Hogwarts, pudiera ser triste. Llevaba años soñando con salir de ese lugar y lanzarse al mundo, pero ahora que había llegado el momento, se dio cuenta de que iba a echar de menos ese lugar. Las risas con Cassandra en el Gran Comedor, quedarse despiertas hasta las tantas charlando de todo y de nada, los paseos por la orilla del lago, las tardes de biblioteca, incluso jugar al ajedrez mágico con Nott aunque siempre ganara la Slytherin. ¿Qué pasaría con Scorpius y ella ahora?
─Rose, vamos a perder el tren ─dijo Cassandra suavemente, consciente del momento delicado en el que estaba su amiga.
─¿Eh? ─Rose parpadeó un par de veces, antes de darse cuenta de todo el tiempo que estaba perdiendo─. Mierda. Voy, voy.
Siguió metiendo sus cosas en el baúl rápidamente, sorprendida por la cantidad de trastos inútiles, apuntes y cacharros varios que había ido acumulando a lo largo de los años. Quince minutos después de haberse levantado, ya casi había terminado.
─Rose, nosotras vamos a ir bajando ya ─Rose levantó los ojos un momento y asintió. Sabía que Nott y Cas no se iban a ver ese verano y necesitaban un momento a solas. De todas formas, ella aún no había terminado.
─Nos vemos en la estación.
─Claro.
Las dos chicas salieron de la habitación cogidas de la mano. Rose las observó con algo de envidia. Las cosas con Scorpius eran sencillamente rarísimas. Siete años de peleas no se superaban en una tarde y Rose no terminaba de entender qué la había poseído aquel día en la puerta de la biblioteca. Había visto a Scorpius más veces, coincidían en la biblioteca y en el Gran Comedor, pero cada vez que el Slytherin sonreía en su dirección, Rose sólo podía sonrojarse y bajar la cabeza. Era una absoluta cobarde y una estúpida, como bien le había recordado Cassandra, e incluso Nott varias veces ─aunque Rose no estaba segura de cuándo una Slytherin había tomado la suficiente confianza con ella como para soltarle eso a la cara.
Estaba intentando cerrar el baúl cuando escuchó pasos que se acercaban detrás de ella. Se dio la vuelta con rapidez, preparada para maldecir a la puñetera Paimpot si tenía la intención de volver a inmovilizarla y teñirle el pelo de verde o cualquier tontería por el estilo. Por eso, no estaba preparada para encontrarse cara a cara con el objeto de su confusión permanente. Malfoy levantó las manos y, aunque sonreía, Rose pudo notar que seguía cada movimiento de su varita. Bien, por lo menos aún la respetaba en ese sentido.
─Scor… Malfoy ─masculló Rose, rezando porque no se hubiera dado cuenta de su casi desliz.
La sonrisa de Malfoy se amplió.
─Rose.
La susodicha tragó saliva y volvió a arrodillarse de cara a su baúl para intentar ocultar su rostro y, de paso, poner en orden sus pensamientos. Toda su vida, Malfoy había significado irritación, enfado, desafío. Ahora, lo único que conseguía era convertirse en un amasijo de nervios. No sabía cómo actuar a su alrededor. Intentando que su voz sonara lo más indiferente posible, dijo:
─No sabía que mi habitación se había convertido en zona de recreo para los Slytherin. Tengo que hablar con McGonagall sobre la seguridad del castillo. Se ha vuelto muy pobre.
─No es culpa suya que Cassandra compartiera la contraseña con Zoé y, bueno, que yo sea especialmente bueno a la hora de conseguir lo que quiero.
Rose le vio acercarse varios pasos al tiempo que, por fin, conseguía cerrar su baúl. Se obligó a levantarse. No iba a permitir que Malfoy la asustara, o lo que fuera que estaba pasando. Ella era Rose Weasley, y no le tenía miedo a nada. No, señor.
─Ya, bueno ─Se aclaró la garganta, avergonzada al escuchar su voz salir casi como un graznido─. Es un poco tarde, Malfoy, así que quizás deberíamos…
Malfoy se acercó otro paso y apoyó una mano en el poste de la cama de Rose, inclinándose hacia ella hasta que sus rostros quedaron a la misma altura. Rose retrocedió, chocando con el mismo poste. Esto de apretarla contra la primera cosa que hubiera en el camino se estaba convirtiendo en una muy mala costumbre. Tomó una respiración profunda, pero eso no ayudó para nada. Una vez más, ahí estaba ese maldito olor. Pergamino y menta. ¿Con qué se duchaba ese tío? ¿Es no podía oler como una persona normal? No, tenía que ser estúpidamente especial con su estúpidamente embriagador olor que la convertían en una masa estúpida de pensamientos inconexos. Maldito Malfoy.
─Ibas a decir algo ─le recordó él, sonriendo petulante.
─Que deberíamos irnos. Eso iba a decir. Así que si no te importa…
Intentó zafarse de él, pero Malfoy no se apartó de ella.
─Me importa ─replicó él, más serio─. Pensé que habían quedado las cosas claras cuando nos besamos, pero parece que contigo hay que ponerlo todo en palabras.
─Malfoy, no…
El chico frunció el ceño, confuso. Bien, ya eran dos. Rose sólo quería olvidar que se habían besado y seguir con su vida. El hecho de verle por absolutamente todas partes y no poder evitar pensar en ello cada vez que se relajaba lo suficiente como para dejar su mente volar, no era bueno. No era para nada bueno.
─¿De qué tienes tanto miedo?
Rose cerró los ojos cuando Malfoy le acarició la mejilla. Notaba calor en todo el rostro y sabía que debía estar roja como un tomate. Se sentía bien notar la yema de los dedos de Malfoy en su piel. Tanto que casi se deja llevar. Casi.
─Malfoy ─dijo, con toda la firmeza que fue capaz de reunir─, yo no le tengo miedo a nada.
─¿Ah, no? ─replicó él, sonriendo de nuevo.
─Claro que no.
─Bien, porque yo tampoco le tengo miedo a nada. Ni siquiera a intentar algo con una estúpida, infantil y cobarde Gryffindor.
Rose bufó, ¿a quién estaba llamando cobarde?
─Retira eso. Yo no soy cobarde.
Malfoy se echó a reír y se alejó un poco de ella. Lo justo para poder mirarla a los ojos desde arriba. Su sonrisa le daba todo el aspecto de estar muy pagado de sí mismo.
─Siempre te quedas con las cosas menos importantes.
─Cállate.
─Eso está hecho.
Y la besó.
Fue diferente al beso de la biblioteca. Más suave, más inseguro. Rose sabía, en el fondo, que podría haberse apartado, que podría haber alejado a Malfoy de sí y él no habría hecho nada por retenerla. Sabía que en realidad le estaba dando la opción de terminar con eso, lo que fuera, en ese mismo instante.
Sabía todo eso y, aun así, Rose le devolvió el beso.
Su mano se movió por sí sola hasta cerrarse alrededor de los cabellos de Scorpius, algo que siempre había querido hacer. Notó la mano cálida del Slytherin en su cadera y se alegró de tener el poste para sujetarla porque no se sentía demasiado segura de su propio cuerpo. Llegó un momento en el que ese simple roce de labios fue insuficiente y Rose profundizó el beso. Lucharon por dominar el ritmo y sus cuerpos se pegaron todavía más.
─Scorpius ─murmuró Rose entre beso y beso.
Él sonrió antes de volver a posar sus labios sobre los de ella. Siguieron besándose sin importarles absolutamente nada, como si no existiera nadie más en el mundo. Entonces, ambos escucharon un pitido agudo.
El Expreso de Hogwarts salía en ese momento del andén, rumbo a Londres.
─¡Malfoy! ─chilló Rose apartándole de un empujón─. Mierda, mierda, mierda. ¡Lo he vuelto a perder! Mi madre me va a matar.
Hizo la cama con un aspaviento de la varita y recogió su baúl del suelo. Intentó tirar de él, pero pesaba demasiado así que le lanzó un encantamiento para que fuera solo. Estaba ya en la puerta cuando se giró para mirar a Malfoy, que se había dedicado a observarla con desánimo.
─¿No vienes?
─¿Qué?
Rose se acercó a él en tres grandes pasos y tomó su mano, notando el corazón acelerado. Sin embargo, su voz no tembló cuando dijo:
─No te creas que me vas a dejar tirada ahora, Scorpius. Le vas a explicar a mi madre con todo lujo de detalles por qué he vuelto a perder el tren.
La sonrisa del Slytherin fue la más radiante que le había visto jamás. Rose suspiró por dentro, contenta de no haber tenido que explicarle nada más.
─¿Me vas a presenta a tu madre?
─Qué no se te suba a la cabeza.
oOo
Julio de 2024. La Madriguera.
Bueno, por lo menos nadie había intentado matar a nadie. Ese era el mayor consuelo de Rose mientras miraba a su padre de hito en hito. Toda la familia Weasley, junto con los Potter, estaba reunida alrededor de la enorme mesa de madera de la Madriguera, escenario de miles de comidas familiares, aunque ninguna parecida a esa. Rose estaba bastante segura de que a nadie se le había pasado por la cabeza imaginar que alguna vez un Malfoy estaría comiendo allí. En la Madriguera. Con los Weasley.
Scorpius estaba sentado muy recto y muy tenso al lado de Rose, que hacía lo que podía por mantener el ambiente animado y lejos de cualquier tema espinoso, como el tema Malfoy, por ejemplo. Aunque no es que Scorpius hiciera nada por ayudar. Se parecía tanto a su padre, excepto por los ojos azules, que resaltaba entre tanta cabellera pelirroja y morena. A veces Rose pensaba que era tan sumamente Malfoy solo para molestarla.
─Muy bien, no lo aguanto más ─soltó Ron de repente, dejando el tenedor y el cuchillo sobre el plato.
Rose se temió lo peor. Que Ron Weasley dejara de comer por algo nunca significaba nada bueno.
─Ron, contrólate, por favor ─murmuró Hermione, tan nerviosa como Rose.
─Pero… Hermione, venga.
Scorpius se aclaró la garganta y los cuchicheos que se escuchaban alrededor de la mesa se acallaron. Con absoluto horror, Rose le observó levantándose de la silla y alisándose una inexistente arruga. Mortificada, la muchacha enterró la cara entre las manos, deseando no tener orejas, como el tío George sólo que por dos.
─Señor Weasley ─comenzó Scorpius. Cualquiera que no lo conociera no habría notado el ligero temblor en su voz, pero Rose había pasado demasiado tiempo a su alrededor, sobre todo últimamente, como para pasarlo por alto─, comprendo sus reticencias a mi relación con su hija, pero le prometo que nunca le haré daño, que estaré a su lado todo el tiempo que ella me quiera cerca y que… ─Scorpius tragó saliva y, en lugar de mirar a Ron, miró a Rose─ que la quiero. Llevo queriéndola toda la vida.
Rose casi roza la mesa con la barbilla de lo sorprendida que estaba. No se habían dicho que se querían y Rose estaba segura de que había quedado bastante implícito, pero escucharlo era… era diferente, emocionante, cálido. Una sonrisa boba tiró de la comisura de sus labios. Le daba igual que toda su familia pudiera verla embelesada como una tonta por las palabras de un Malfoy, nada menos. El corazón le latía muy rápido y una felicidad más grande de la que había sentido en toda su vida le llenaba el pecho. Scorpius la quería. A ella. La quería a pesar de estar loca, de ser la persona más dramática del mundo, de que siempre se quedaba dormida y llegaba tarde a todas partes, a pesar de que a veces le llevaba la contraria sólo por costumbre.
─Yo a ti también ─dijo de pronto, sin proponérselo.
No era como se lo había imaginado. En su cabeza, ese momento era muchísimo más íntimo y desde luego no ocurría delante de sus padres, pero las palabras habían brotado de sus labios sin poder contenerse. Scorpius le devolvió la sonrisa y ambos se quedaron mirando al otro como tontos.
Un carraspeo al fondo de la cocina rompió el momento.
─Ya que estás de pie, Scorpius ─dijo Ron lentamente, todavía un poco malhumorado─, pásame las patatas.
Se escucharon risitas alrededor de la mesa mientras Scorpius cogía el cuenco con las patatas asadas y se lo pasaba a Ron, que no perdió la oportunidad de lanzarle una mirada asesina.
Cuando volvieron a estar juntos, Rose entrelazó sus dedos con los de Scorpius y le guiñó un ojo, riendo.
oOo
Año 2026. Londres.
─Quita.
─¿Por qué?
─Me das calor.
─No es culpa mía que seas una estufa.
─Ni tampoco es culpa mía que tú tengas frío todo el tiempo.
Rose gruñó un par de cosas ininteligibles e intentó apartar a Scorpius una vez más. En venganza, él puso sus pies helados contra la espalda de Rose. La joven dio un grito y se apartó del repentino frío, cayendo de bruces al suelo. Se miraron el uno al otro durante un segundo antes de que Scorpius se echara a reír. Rose le dio un almohadazo con todas sus fuerzas, lamentando no tener la varita a mano. Estúpido rubio de los cojones. ¿En qué momento le había parecido buena idea vivir juntos? Gruñó un par de cosas más y apartó a Scorpius de un empujón para acomodarse de nuevo en su sitio.
─Lo siento ─murmuró Scorpius en su oído unos minutos después─. ¿Te has hecho daño?
─No ─replicó Rose, malhumorada─, pero tú sí que te vas a hacer daño como sigas molestando.
Scorpius soltó una risita y depositó un suave beso en su hombro desnudo. Murmuró una disculpa otra vez y se alejó de ella, consciente de que no había nada que hacer en ese momento y lo mejor era dejar que durmiera.
A la mañana siguiente, Rose decidió perdonarle ya que levantarse a las siete de la mañana para comprarle sus bollos de canela favoritos acompañados de una buena taza de café era suficiente castigo.
oOo
Año 2028. Londres.
Una muy embarazada Cassandra llamó a su puerta pasadas las siete y media con una botella de vino y a Zoé Nott agarrada de la mano. Rose las dejó pasar mientras Scorpius terminaba de poner la mesa detrás de ella. El apartamento era pequeño, pero acogedor y ambos se habían encargado de decorarlo a su gusto. Eso había desatado alguna que otra pelea, pero nada que un buen revolcón y una moneda tirada al aire no resolviera. Rose, que tenía una suerte especial en ese tipo de cosas, había ganado la mayoría de las veces.
─Toma el vino y aléjalo de mí ─dijo Cassandra como saludo, mientras se sentaba en una de las sillas con cuidado─. Ocho meses sin una sola gota de alcohol están trastornando mis nervios.
─Claro ─dijo Zoé con sarcasmo y cariño entremezclados─, porque lo que tienes ahí dentro es un bollo de canela.
A excepción de Cas, todos soltaron sendas carcajadas. Rose nunca se había imaginado que su mejor amiga sería de las embarazadas difíciles, pero vaya que sí lo era. Las hormonas habían transformado su carácter, aunque todos esperaban que volviera a la normalidad, o algo cercano a ella, después del parto.
La decisión de sus amigas de ser madres había sorprendido a todo el mundo. Rose no se veía con un hijo a sus cortos veintidós años, pero sólo la sonrisa que se le ponía en la cara a Zoé y a Cas cuando hablaban de tener un bebé había bastado para desterrar todos los argumentos que hubiera podido tener en contra. Scorpius y ella las habían ayudado en todo lo que habían podido para buscar un donante, especialmente después de que quedó claro que Cas no quería, ni por asomo, tener un niño tan pedante como él. Así lo había dicho ella y Rose casi se muere de la risa al ver la expresión de total indignación de su novio.
La cena se alargó bastante entre copas de vino y zumo para Cas, bromas, noticias y viejos recuerdos. Rememorar los años de Hogwarts tenía un sabor dulce para Rose, ahora que lo miraba con perspectiva. Todas las risas y la despreocupación, las peleas tontas con Scorpius y sus primeros besos. En un momento dado, Zoé y Scorpius se levantaron para recoger la mesa y Rose ayudó a Cassandra a levantarse de la silla y llegar hasta uno de los mullidos sillones de color verde musgo. Algo achispada por el vino, Rose no dejaba de reír a casi cada comentario de su mejor amiga así que le pilló por sorpresa cuando Cas, ni corta ni perezosa, le soltó lo del matrimonio.
─Cas, ¿en serio?
Soltó una risita, pero podía notar las manos sudadas.
─Claro. Sé que a Scorpius le gustaría. Es muy tradicional en ese sentido, ya sabes.
─No ha dicho nada al respecto ─murmuró Rose, pensando en ello.
─¿A ti te gustaría? ─le preguntó Cas, medio arrepentida por haber sacado el tema. No quería preocupar a su amiga con una idea que se le había pasado por la cabeza sin más.
─Nunca me lo he planteado.
Cas asintió, sabiendo que era cierto. Rose no era de las que hacían muchos planes, sino más bien de dejarse llevar, actuar primero y después preguntar. Cassandra no insistió, llenándole la copa a Rose por octava vez en lo que llevaban de noche y cambiando de tema. Zoé y Scorpius se unieron a ellas sólo un minuto después así que Rose tampoco tuvo mucho más tiempo para pensar en ello y decidió despreocuparse por el resto de la noche.
Dos horas después y muy entrada la noche, Cassandra se estaba durmiendo en el sofá así que Zoé insistió en que ya era hora de que se fueran. Rose y Scorpius las observaron marchar desde la puerta, asegurándose de que cogían un taxi. Cuando desaparecieron en la esquina de la calle, Rose cerró la puerta y se sentó en uno de los sillones con las piernas cruzadas, pensativa. Estaba algo borracha y no conseguía enfocar bien sus ideas, pero lo que había hablado con Cas se mantenía firme en su mente. Scorpius se sentó a su lado.
─¿Pasa algo malo? ─preguntó finalmente, extrañado por el silencio de Rose.
Esta negó con la cabeza, pero le miró a los ojos intensamente.
─Scorpius, ¿y si nos casamos?
─¿Qué?
Scorpius se echó para atrás todo lo que el sillón le permitió, con los ojos muy abiertos. Mentiría si dijera que no se le había pasado la idea por la cabeza, pero jamás imaginó escuchar esas palabras saliendo de la boca de Rose. Sencillamente no pegaban con su carácter.
─¿Qué pasa? ¿No quieres casarte conmigo?
Rose estaba dolida y Scorpius lo sabía.
─Rose ─dijo su nombre lentamente, preocupado─, no quiero casarme contigo ─Rose se levantó de un salto con los ojos picándole, pero no iba a llorar delante de él. Tenía su orgullo─. Espera. ¡Espera, Rose! Deja que me explique.
─Vete a la mierda.
Rose se encerró en la habitación que compartían, furiosa y más dolida de lo que jamás se había sentido en toda su vida. Habían tenido peleas antes y se habían dicho cosas verdaderamente malas, pero nunca algo como eso. Nunca algo tan crudo, que dejaba tan al descubierto lo mal que iba su relación, algo de lo que ni siquiera Rose se había percatado. Las lágrimas quemaban en sus mejillas y el pecho le dolía.
─¡Rose! Escúchame, por favor. No lo entiendes.
─¡Déjame en paz, Malfoy!
El apellido le quemó en los labios. Hacía mucho tiempo que no lo utilizaba para dirigirse a él.
─Nunca ─le escuchó decir, pegado a la puerta─. Rose, te quiero. Te quiero más que a mí mismo. Eres toda mi vida. No necesito absolutamente nada más. No quiero nada más. Y por eso, amor, por eso no tengo que casarme contigo. El matrimonio es solo un papel, un contrato. Yo no necesito prometer ante nadie que pasaré el resto de mi vida contigo, con que tú lo sepas es suficiente para mí. Lo dije aquel día en la Madriguera, ¿te acuerdas? Estaré contigo todo el tiempo que tú me quieras cerca.
Rose abrió la puerta, respirando con dificultad, pero sin ese dolor devastador en el pecho.
─Eres idiota ─dijo, apretándole en un fuerte abrazo.
─Tú también.
Ambos rieron, temblorosos, pero felices.
oOo
Año 2029. Londres.
─Necesito una poción reabastecedora y díctamo en cantidades industriales ─gritó Rose, entrando como una furia dentro del Hospital San Mungo con un paciente medio desangrado en una camilla─. ¡AHORA!
Hubo un movimiento frenético a su alrededor mientras más sanadores se acercaban a ella. En menos de cinco minutos habían acomodado al chico, que no tendría más de quince años, en una de las camillas de la sala de urgencias del hospital. El corazón le latía acelerado mientras intentaba salvarle la vida al joven, que había perdido muchísima sangre. Las pociones no estaban actuando con la suficiente rapidez. Rose dio órdenes a diestro y siniestro al mismo tiempo que hacía todos y cada uno de los conjuros que se le ocurrieron que podrían servir, pero tras quince minutos intentando reanimarlo, tuvo que darse por vencida. El sudor le caía por la frente y varios mechones de pelo rebelde que se habían escapado de su trenza se le pegaban a la cara. Se restregó los ojos con la mano derecha, intentando controlar el abatimiento. No era la primera persona que perdía, pero nunca lograba acostumbrarse. Era más difícil cuando se trataba de niños.
Salió de la habitación, aguantó estoicamente la reacción de los padres al darles la noticia y firmó los papeles correspondientes antes de bajar a la cafetería. A pesar de que no había comido desde el desayuno, no fue capaz de tragar ni un solo bocado así que se conformó con una taza de café humeante. Todavía le quedaban varias horas antes de poder irse a casa así que apuró lo que le quedaba, tomó una respiración profunda y se sumergió en el trabajo hasta que fue noche cerrada y terminó su turno.
Llegar a casa fue la mejor de las sensaciones. Escuchaba a Scorpius cantar a grito pelado mientras hacía la cena, con la música a tope, totalmente ajeno a su llegada. Le observó desde el marco de la cocina. Había sido un día horrible, pero la simple y cotidiana visión de su novio cocinando conseguía entibiar su corazón. Finalmente, Scorpius la vio ahí parada y sonrió. Rose le devolvió la sonrisa.
─¿Un mal día? ─preguntó suavemente, bajando la música antes de acercarse a ella.
Rose le dio un suave beso en los labios antes de contestar:
─De los peores.
Scorpius no tuvo que preguntar más, se limitó a estrecharla entre sus brazos.
─Ahora estás en casa.
Rose sonrió contra su pecho y aspiró su aroma. Pergamino y menta. Sí, estaba en casa.
Ahora sí que sí, hemos terminado. Espero que estas escenas de la vida de Rose y Scorpius os hayan gustado.
Un beso enorme, y hasta pronto.
