Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni estas historia me pertenecen.


Santana y Rachel se sentaron en una mesa de la esquina en la cafetería del hospital, preparándose para el almuerzo. Bueno, ellas lo llamaban almuerzo, pero en realidad eran las tres de la mañana. Rachel se contentaba con la comida de los desayunos, mientras que Santana usualmente optaba por la de la cena. La única cosa que ambas tenían en común, sin embargo, era el masivo consumo de café.

—Una parte de mí quiere romper con esa imagen de la Pequeña-Señorita-Buena, hacer alguna locura. Vivir nuevas experiencias mientras todavía soy joven. Quiero decir, ¿es eso tan malo? —La morena no mencionó la invitación de Quinn. Necesitaba comprobar el terreno primero.

—Amén, hermana. —Santana levantó su taza en un brindis.

—O sea… ¿sería totalmente loco si quisiera, qué sé yo… perder el tiempo con Quinn, ver de qué va todo este alboroto…?

Santana escupió su trago de café.

—¡No me había dado cuenta de que estábamos hablando de eso! —Rachel limpió el cálido líquido de la mesa frente a ella con unas cuantas servilletas— Haz lo que quieras, Rach. Pero sabes que ella no estará satisfecha con el típico sexo vainilla, ¿verdad? Probablemente haya hecho cosas con las que nosotras sólo hemos soñado.

Rachel no sabía en qué consistían los sueños de la latina, pero el sexo vainilla era el grado de los suyos.

—¿Cómo por ejemplo…?

—Pues no sé, me imagino que tríos, orgías, sexo anal…

Rachel levantó una mano, deteniéndola.

—Vale, vale. Suficiente, gracias. —Sus mejillas se acaloraron con su diatriba. Rachel estaba interesada en explorar su sexualidad con Quinn, pero de ninguna manera estaba preparada para nada de eso. No podía siquiera escuchar las palabras sin sonrojarse.

Santana se echó a reír.

—Relájate, Berry. Te lo dije. Quinn sería malditamente afortunada de conseguir a una chica como tú. Sigo pensando que eres demasiado buena para la gente como ella, pero esa es mi opinión. Sólo quiero que me prometas una cosa si realmente vas a seguir adelante con esto.

¿Iba a seguir adelante con aquello? Rachel realmente no lo sabía. De lo único que estaba segura era de las extrañas reacciones que Quinn provocaba en su cuerpo.

—¿El qué?

—Diviértete con la estrella del porno, pero prométeme que no involucrarás a te involucrarás sentimentalmente.

Rachel casi se echó a reír al escuchar su ridícula advertencia. ¿Su corazón? La morena quería asegurarle a Santana que no había posibilidades de que se enamorara de Quinn, pero su mente parpadeó de vuelta a la gentil naturaleza de la rubia con Sophie y las palabras se atascaron en su garganta.

Rachel simplemente asintió.

—Mis padres me han preparado otra cita con otro candidato a yerno. Su nombre es Matthew no se qué y me llevará a comer mañana.

Santana puso los ojos en blanco. La latina estaba bien informada de las entrometidas maneras de sus padres.

—Está bien. ¿Puedo darte un consejo, con toda seriedad, si vas a hacer esto?

—Claro.

—Querrás afeitártelo todo, minuciosamente, ya que Quinn está acostumbrada a esas chicas de los videos, y no encontrarás ni una mota de pelo en ninguna de ellas.

Ahora fue su turno de poner los ojos en blanco. ¿Ese era su consejo? Rachel no estaba dispuesta a afeitarse el vello púbico para complacer a Quinn. ¿Lo estaba?

—Tengo que volver al trabajo. —Rachel tiró el vaso de papel a la basura y se metió el último trozo de panecillo en la boca.


El por qué había acordado hoy una cita con Matthew Smith III estaba más allá de su comprensión. Fue un momento de debilidad. Su madre la había pillado bajando de las nubes por pasar el tiempo con Quinn, y ella había aceptado.

La primera vez que conoció a Matthew fue el año pasado en una fiesta de Navidad en la oficina de su padre. La misma fiesta en la que sus padres la habían mostrado por ahí como si fuera una preciada posesión desde el día en que cumplió los dieciocho. Como si ella quisiera un gordo y poco atractivo contador como marido.

Afortunadamente Matthew había sido diferente. Tenía veinticuatro años, recién salido de la escuela de negocios, y se había sentido tan fuera de lugar con los contadores de mediana edad y sus cónyuges tanto como ella.

Ambos habían pasado la noche sentados en un balcón, Rachel con la chaqueta de su traje sobre sus hombros desnudos, hablando sobre sus campos favoritos de la Universidad. El de la morena, la filosofía, el suyo, la economía.

Sus padres quedaron encantados al ver que los dos se llevaban tan bien. Era una buena imagen para sus ojos, todo lo que querían para ella: un hombre blanco de entre veinte y treinta años, buena genética, bien educado, de una familia de clase media-alta de New Hampshire. Sano como un roble. E igual de emocionante...

Su sola emoción hizo que Rachel se retorciera. La morena había evitado sus llamas y sus débiles intentos para quedar durante gran parte de esos seis meses. Razón por la cual le resultaba desconcertante que ahora estuviera rizándose el pelo, y planchando mi camisola marinera, para su cita.

Hicieron planes para jugar al tenis en el club de campo del que su padre y él eran miembros. Rachel guardó su traje de tenis en su bolso grande, el cual Santana había nombrado la bolsa de Mary Poppins, y fue a esperar a Matthew.

Cuando se detuvo en su elegante Lexus plateado, la morena corrió a su encuentro. Peter salió del coche, todo pelo rubio engominado y dientes blancos y rectos que indicaban años de ortodoncia. La recibió en la puerta del coche, vestido en vaqueros casuales y una camiseta abotonada y le besó el dorso de la mano antes de ayudarle a entrar en el coche. El rico olor del cuero la envolvió y se acomodó en el asiento.

Algo sobre Matthew le era familiar, como un par de pantalones vaqueros gastados, o tus cómodas chanclas, pero nada sobre su presencia, y ciertamente no su beso. Aquel beso no la llevó a ningún lugar cerca de los fuegos artificiales. Era más como una tolerable indiferencia. Quinn, por otro lado… bueno, sus pezones se endurecían de sólo pensar en ella.

Después de un aburrido partido de tenis, en el que predeciblemente el chico la dejó ganar, ambos almorzaron en el espacioso patio de piedra del club. Rachel pidió una ensalada de fresas y champán y Matthew el risotto de trufa. Bebieron agua con gas durante la comida y el chico contó elaboradas historias diseñadas para impresionarla. Empezó con las aventuras en el velero de su padre, fiestas locas con sus amigos del instituto, y finalmente sus ambiciones profesionales, hacer de socio a la edad de treinta y cinco. Ni una sola vez el chico le preguntó sobre la suya. O nada sobre ella, en realidad.

La morena encontró a su mente vagando entre Quinn y Sophie. Se preguntaba qué hacían los fines de semana. Rachel imaginaba que desayunaban tortitas con chispas de chocolate en pijama mientras veían los dibujos animados. El pensamiento la hizo sonreír. No pudo evitar las ocasionales miradas a su reloj, contando los minutos que quedaban para que terminara aquella cita y pudiera ir a ver a Quinn y Sophie.

Después de la cita, Matthew la acompañó hasta su coche, abriendo la puerta mientras ella instalaba en el asiento del conductor.

—Ha sido divertido. Deberíamos hacerlo de nuevo. Mi familia hace este tour de vino cada otoño, deberías venir.

—Me lo pensaré —dijo Rachel, luego cerró la puerta del coche y se largó de allí.