—Cuando llegué al despacho de Emmett, éste discutía acaloradamente con James sobre mí.
»—Mira, aquí la tienes, a esa puta. Te la cedo, ya que consideras que folla tan bien. Eres un cerdo, nada te autorizaba a tirártela hoy mismo… Y tú —dijo, fusilándome con la mirada—, ¿es cierto que le has provocado para que te follara?
»—Umm… Bueno, yo…
»— ¿Sí o no?
»—Pues sí, ¿y qué?… Creía que tú lo habías previsto.
»—De acuerdo, de acuerdo, tú lo creías, pero no era este el caso. Y como la señorita no sabe decir que no, irás con las demás zorras de la casa, quedas degradada.
¡Largo de aquí!
»Así fue como perdí la condición de favorita. "¡A la mierda! —pensé—. Me da lo mismo con tal que pueda cantar".
»—Bien, si ya has dejado de gritar, ¿puedo hablar contigo?
»—Sí, déjanos, James, que lo que ella quiere decirme es importante.
»—Ya está —dije cuando nos quedamos solos—. Esta noche, si quieres, tu hija será tuya, y con la complicidad de Rosalie. ¿Contento?
»—Me da igual, he roto las relaciones con esas dos. Vera puede dejarse follar por quien quiera.
»—No seas estúpido, la chica está lista y Rose está entusiasmada ante la idea de ofrecerte a su hija. Aprovéchalo.
»—Bien, de acuerdo, gracias, me tiraré a Vera, pero he terminado contigo.
»Se sujetó la cabeza con ambas manos, apoyó los codos sobre su mesa de trabajo y, estupefacta, vi dos lágrimas caer sobre el vidrio y manchar una hoja de papel. No daba crédito a mis ojos: estaba llorando; ¿significaba eso que me quería? Quise acercarme para tratar de consolarle, pero él agitó nerviosamente un brazo en dirección a la puerta, mostrándome con el índice extendido la salida. Segura de recobrar mi influencia sobre él muy pronto, franqueé la puerta esperando que el resto del personal ignorase mi nueva situación de «chica de todos». Mi intuición no me había fallado: vencedora en un terreno, perdía mucho más en el otro.
»¡Ay!, mis esperanzas resultaron vanas. Todo el mundo sabía ya que acababa de ser «repudiada» por el patrón. Apenas había dado un paso en la sala cuando un tal Aro me agarró por la cintura, me llevó a un diván, y dos muchachas me desnudaron durante el corto trayecto de la puerta del despacho al mullido diván sobre el que casi me proyectaron, desnuda y disponible a todos los machos, por cuanto tres chicas del servicio se ocuparon de mantenerme inmovilizada y con los muslos abiertos. Y durante más de tres horas, los seis hombres del personal común, los dos ingenieros de sonido y James, me pasaron por encima. Cada vez que uno de ellos me había rellenado un orificio, una de las chicas se precipitaba sobre la alcoba abandonada para aspirar el esperma que el macho acababa de depositar allí. Me montaron no sé cuántas veces, ya que cada uno de los hombres regresaba tan pronto como recobraba el vigor suficiente. Fui follada, sodomizada y chupada por quién sabe cuántos y cuántas, porque varias chicas se repartían a veces mi coño para arrancarme gritos de goce. Pues sí, violada, gocé varias veces seguidas.
»Cuando uno de los hombres no podía excitarse lo bastante rápido, me introducía la polla en la boca, dejando a mi cargo la restitución de una erección suficiente para poder joderme de nuevo como una perra. En un momento dado, tuve tres vergas dentro de mí. Me hicieron acostarme sobre un hombre, en el que tuve que insertarme; otro vino por detrás y me hincó su herramienta entre las nalgas mientras que un tercero, arrodillado ante mí, se hacía mamar hasta la eyaculación. En cuanto este último me hubo llenado la boca con su esperma, una de las chicas, creo que la más gorda, que se llamaba Victoria, me puso su almeja pringosa en la boca y descargó una ración de semen que acababa de recibir de no sé quién. Seguidamente, me obligó a chuparla hasta el orgasmo. Esa noche, al volver a casa, escribí una carta a Edward, una carta que jamás llegué a enviar, pero que empezaba así:
»"Me he equivocado de camino; mi camino, mi vida, eres tú. Me arde el cuerpo cuando pienso en ti y, hoy, regreso a ti, al amor…".
»Pero mis lágrimas emborronaban la carta, y acabé por romperla. Sentía vergüenza de mí misma, del mundo entero, y decidí morir. Gracias a Dios, mi cuerpo y mi juventud fueron más fuertes, y desperté a la mañana siguiente con la cabeza turbia, la boca pastosa, la lengua reseca, el pelo revuelto, el rostro enmascarado por las lágrimas y el rímel, y el estómago en el umbral de la boca. Me precipité hacia el lavabo y vomité una cantidad demencial de cápsulas de Gnardenal.
»"Maldita estúpida —me dije—, ¿qué habrías sacado con digerir estas porquerías?".
»Loca de rabia, me metí en un taxi y me presenté en casa de Emmett. La criada que abrió la puerta quiso entrometerse, diciéndome que el señor y la señora estaban todavía en la cama. La aparté de un empujón, subí los peldaños de la escalera de cuatro en cuatro y entré como un vendaval en el dormitorio de mi patrón.
»Estaban allí los tres: Rosalie a la derecha, Emmett en medio y Vera a la izquierda. Despertando sobresaltados, me miraron como si hubiesen visto aparecer un muerto.
»—Puerco, basura infecta, ¿sabes lo que me hicieron tus esbirros anoche? Me pasaron todos por encima, sin duda obedeciendo tus órdenes. Fue para darme las gracias por haber corrompido a tu mujer y tu hija, ¿verdad?
»—Cállate, lo siento.
»—Cállate tú, voy a contárselo todo a tus mujeres.
»¡Plof!… La oscuridad completa. Emmett acababa de administrarme un crochet de derecha justo debajo del mentón.
»Cuando volví en mí, Rosalie y Vera habían desaparecido. Emmett estaba inclinado sobre mí, con lágrimas en los ojos, una copa de licor en la mano y, junto a él, una palangana con una esponja flotando en el agua.
»— ¿Has terminado, idiota?… Te amo, ¿entiendes?, he sufrido tanto al saber que ese gilipollas de James, que folla como un bruto, te había pasado por la piedra… Toma tu puesto, si quieres; ¿aceptas?
»—Demasiado tarde, ya no volverás a tocarme, aparta tus sucias patas. Tú me has mandado con las zorras de tu burdel, y allí me quedaré. Todos me tendrán, ¡todos! Pero tú no.
»Él suspiró, resopló como un chiquillo llorón y, tras volverme la espalda, descolgó el teléfono y ordenó a James que grabase lo antes posible el single. Mi single… Me presenté inmediatamente en el estudio, y allí grabé el slow lascivo, el slow voluptuoso que incita a las parejas a restregarse en las salas de baile, el cómplice innato de los ligones, el slow gracias al cual tantos muchachos se cepillan a la chica que se les resistía hasta entonces. Lo grabé con una chica entre las piernas para chuparme y un chico por detrás para sodomizarme. Eso explica la voz única y voluptuosa que pongo en el disco. Ni decir tiene que gocé como una marrana.
—Pero después de ese, ¿grabaste otros discos que todavía no se han difundido por las ondas? —pregunta Tanya, cuya respiración alterada denota una profunda turbación carnal.
—No, me negué a seguir grabando. Aquel mismo día salí del estudio después de rescindir el contrato que me hacía casi millonaria por los cócteles en los que había participado y, sobre todo, por el single que acababa de grabar. A pesar de los ruegos de Emmett, que renovó sus promesas de amor, y de las súplicas de Rose y Vera, me mantuve firme y fui a ahogar mi tristeza por haber sido engañada y mi vergüenza por haber participado de todo aquello en un club de moda.
»El Sapho-Club es un local equívoco y oscuro donde se consume poco, ya que las bebidas alcohólicas se sirven a precios prohibitivos, pero se baila mucho, y, cuando yo entré, la radio emitía en exclusiva Brisa de amor, interpretada por la talentosa Bella Swan, es decir, apenas una hora después de la grabación. Emmett no escatimaba ni su pena ni su dinero para lanzarme. Lo cierto es que me importaba un bledo.
»Fui abordada por una corpulenta pelirroja, que me llevó a la pista para bailar «mi slow». A medida que las palabras atravesaban la pantalla acústica, yo revivía el momento de la grabación. "Lauren me chupa el higo, Aro me sodomiza", gocé al final del disco y precisamente, al extinguirse las últimas notas de la canción, gocé entre los brazos de la lesbiana, que me estrechaba con fuerza y que creía ser la causante de aquel espasmo por el hecho de magrearme, con destreza, debo admitirlo.
»Me condujo a un rincón del club, me hizo sentarme en una banqueta y, escurriéndose bajo la mesa y situándose entre mis piernas, pegó su boca a mi húmeda intimidad. Volví a gozar, una y otra vez, dejando escapar pequeños gemidos. Pero cuando ella me dejó por fin y se incorporó a mi altura, vio que estaba llorando. No insistió y me abandonó para reunirse con un hombre que entraba en ese momento, al que indicó el lugar en el que yo estaba. El tipo vino hacia mí, me reconoció de entrada, me cogió del brazo y me arrastró hacia una puerta oculta detrás de un grueso papel pintado.
»— ¿Qué pasa, Bella, por qué no disfrutas de tu éxito?
»— ¡Mike!… ¿Frecuentas este local?
»—No, te he seguido, he esperado fuera a que salieras, y finalmente he entrado.
Conozco a la pelirroja, es mi hermana. Es tortillera, pero es una tía legal.
»—Me ha hecho gozar… Yo también soy tortillera a ratos, pero prefiero a los hombres.
»—Ven a mi casa, eres demasiado elegante para dejarte corromper en nuestro ambiente. ¿Sabes?, anoche yo fui el único que no abusé de ti. Me vinieron ganas de romperles la cara a esos gilipollas.
»—Gracias. Ahora podrás abusar de mí, y tú solo.
»En cuanto llegamos a su piso de soltero, fui yo quien se volvió hacia él y le ofreció la boca. Él aceptó mi invitación; sus labios, cálidos y tan pulposos como los de una chica, me sorbieron la lengua que yo había deslizado en su boca, sus manos toqueteaban lascivamente mi cuerpo, me desabrochaban lentamente la blusa, me bajaban la falda hasta el suelo, me quitaban las braguitas con una ternura infinita y luego, cuando estaba desnuda y me ofrecí a él, me estrechó con ternura y me acarició detenidamente por todas partes antes de osar aventurarse más íntimamente hacia el ángulo sedoso de mi intimidad.
»—Mike, te deseo, tómame enseguida, ya nos lameremos luego, pero ahora estoy desesperada, dame tu amor, lo necesito.
»—Querida…
»Me llevó en brazos hasta la cama; me depositó suavemente sobre las sábanas y, tras desvestirse a toda prisa, me montó, haciendo penetrar su miembro profundamente en mí. Era largo, grueso y, ¡sorpresa!, paradojas de la naturaleza, tan duro y erecto como un falo corto. Me llenó toda, mi vagina apenas podía contener su grosor, y el glande chocaba contra mi matriz cuando sus testículos se aplastaban contra mis nalgas. Así colmada, me encontré en el paraíso. Le dejé dirigir el ritmo de nuestro acoplamiento. Primero, iba y venía a velocidad moderada; luego, acelerando el ritmo, recorrió mi intimidad en toda la longitud de su miembro paradisíaco. Su voluminoso glande, del tipo "sexo-martillo", estaba prisionero a lo largo de mi funda por mis músculos, vibrantes de placer. Cada una de mis fibras íntimas estaba tensada al máximo. No gocé de inmediato, como temía, sino que degusté largo tiempo el gozo incomparable de nuestro dúo y, cuando le sentí hincharse en mí, cuando supe que iba a desahogarse en mis entrañas, no pude evitar decirle que me esperase.
»Qué chico tan majo. Si hubiera sido egoísta, tan sólo se habría ocupado de su placer, pero, educado como era, ralentizó sus sacudidas y me concedió tiempo para aturdirme por efecto de la deliciosa caricia de su mazo carnal. Por fin, sentí crecer en mí el vértigo turbador que iba a precipitarme en el abismo aturdidor del espasmo. Fundiéndome en una sola masa con la espada que hendía mi vientre a golpes ralentizados, deliré literalmente debajo de él, dejé finalmente que mis órganos abrieran sus compuertas, y mi emoción se desbordó en chorros continuos sobre el falo divino al que debía tanto placer.
»El orgasmo me hizo estrechar tanto mis músculos íntimos, que Mike quedó casi inmovilizado por ellos. Logré relajar el cuerpo y mi amante reanudó, por un breve instante, su alocada carrera hacia el placer. Cuando eyaculó, eso desencadenó en mí un segundo espasmo, y tuve la sensación de que me atravesaba hasta el corazón. Permanecimos largo rato conectados uno a otro, estremeciéndonos de dicha, imaginando el futuro a la luz de los mejores auspicios.
—Y ahora, ¿qué vas a hacer? —Inquiere Tanya—. ¿Has decidido definitivamente dejar de cantar?
—Se acabó, el mundo del espectáculo está demasiado corrupto. Soy viciosa, perversa, llevo el vicio a flor de piel, pero no hasta el extremo de soportar la decadencia moral que imponen algunos productores a sus estrellas.
— ¿Sabes, querida?, no todos son como Emmett.
—Lo sé, pero el contrato que firmé con Emmett establece que le debo las diez grabaciones siguientes. Y como no quiero volver a ver a ese ser repugnante…
— ¡Bueno! —Dije yo—, ¿y por qué no te casas? Mi hermano sueña contigo, tiene todas tus fotos colgadas en su habitación, sabe que te conozco y me ha pedido a menudo que te presente. Está bien situado en la administración, y, no temas, es tan vicioso como yo; la prueba está en que los tres, Tanya, él y yo, compartimos cama con frecuencia. Si te comprometes con él, no me perderás, ganarás un marido o un amante (según tu conveniencia) y compartiremos cama los cuatro muy a menudo.
— ¡Mmm! ¡Sí! ¿Por qué no? Preséntame a tu hermanito, debería de gustarme si, como dices, es tan perverso como yo.
—En este sentido, puedes estar tranquila —interrumpió Tanya—. Te follará como a ti te gusta; tiene, igual que Edward, un sexo-martillo, y jode divinamente.
— ¡Perfecto! Mientras tanto, tú, Tanya, cómeme el higo, y yo le haré una mamada a Edward.
Dicho y hecho. Yo me tiendo boca arriba, con la verga en la boca de Bella, y Tanya, de cuatro patas detrás de la joven, empieza a emitir los ruidos característicos de una succión.
La vida es bella, ¿no?…
