Regreso al hogar

Capítulo 10

Fogonazos de luz y humo. Así es como siempre empieza esto. Y no importa cuánto desee que termine de manera diferente, sabía que siempre sería igual. Pero quizá esta noche…

Me sentía completamente sucio. No me había sentido limpio en lo que parecían años, aunque seguramente solo habían sido días, quizá un mes o así. Echaba de menos mi familia, mis amigos, mi chica. Quería irme a casa. Esta era la primera gran batalla que había vivido. Las glorias de la guerra no me parecían tan gloriosas ahora. Era solo un niño. No estaba preparado para esto y nunca había sentido tanto miedo en la vida.

La escena cambió rápidamente. ¿Cuánto tiempo había estado en el frente? ¿Dos años? ¿Había sido tanto? El tiempo parecía mezclarse.

Pero, lo que sí sabía era que estábamos cerca del 4 de julio y después de la escaramuza en el pequeño distrito de Carlisle, en Pennsylvania, echaba de menos a mi familia aún más. Solo podía imaginarme la barbacoa que celebrarían en esta época del año. Podía oler las tartas y la carne a la parrilla. O al menos lo intentaba. Lo único que podía oler ahora era humo y hollín, el abrumador hedor de la pólvora.

Quizá por eso sucedió. No estaba prestando atención. Quizá fue porque ya estaba demasiado débil y cansado. Me dispararon de repente y la sangre empezó a salir lentamente de mi cuerpo. Sentí como toneladas de metal entraban en mi cuerpo. Caí al suelo como un saco de cemento.

Y permanecí ahí todo el día, dolorido, incapaz de moverme, pero totalmente despierto, observando los cadáveres a mi alrededor. Nadie se merecía morir así. Unionistas o confederados. Nadie merecía esto. Me desmayé en algún momento de la noche y vinieron a recogerme después, fue lo que asumí. Me desperté días más tarde en un hospital, apenas con vida.

«Cosedme como un edredón y enviadme de vuelta», fue lo que pensé una y otra vez. Solo un par de meses después me mandaron de nuevo ahí fuera. Aún hoy en día no estoy seguro de lo que pasó, pero terminé en un terrible campo de prisioneros poco después.

Varicela y disentería. Mugre y muerte me rodeaban. Maltrato, frío, escasez de comida, pero sobreviví porque quería volver a ver a mi ángel desesperadamente. Pero ella ya no me quería. La imagen de la preciosa cara de Bella siendo apartada de mí reemplazó al miedo a la muerte que normalmente llenaba mis sueños. Era mucho, mucho, mucho peor.

Me desperté jadeando y más cansado de lo que estaba antes de irme a dormir. Estaba dolorido, especialmente en el cuello. No es que me sorprendiera, probablemente tendría un moratón gracias a la maldita soga. Por suerte pude encontrar en la casa una camisa que tuviera el cuello lo suficientemente alto para cubrirlo. De hecho, lo que necesitaba eran ropas que me valieran.

Claro que debía haberme imaginado que mi madre se habría encargado de ello. Estaban esperándome en la silla en la que se había sentado ella la noche anterior. Asumí cuánto había trabajado en ellas para conseguir que pudiera ponérmelas de nuevo. La ropa olía a fresco y estaban completamente secas. Me hizo preguntarme qué hora era.

Me vestí después de lavarme la cara y me encaminé escaleras abajo. Lancé una mirada al reloj e hice una mueca cuando me di cuenta de que era mediodía. Me sorprendí de que mi madre me hubiera dejado dormir hasta tan tarde. Sin embargo, no estaba seguro de a qué hora volví anoche.

—Buenos días, hijo— Carlisle me sonrió ofreciéndome un asiento a su lado. My madre no estaba por allí.

—¿Dónde está madre? —pregunté quitando la servilleta del plato.

—En la cocina hablando con Ángela— dijo con un suspiro y poniendo los ojos en blanco —Cree que simplemente porque ahora estés aquí tenemos que preparar un festín en cada comida.

Miré hacia abajo y me sentí mal por lo que iba a decir:

—Eso no será problema mucho más tiempo. No creo… esto… no creo que pueda…

—Demasiados recuerdos. Me lo imaginé. Por eso tengo esto para ti— dijo sacando un grueso sobre blanco del bolsillo de su chaqueta y poniéndolo sobre la mesa.

—¿Por qué? — pregunté mirando el paquete

—Es algo para que empieces— se encogió de hombros.

Lo recogí y miré dentro. Me quedé boquiabierto mirando el dinero que había en él. Examiné los billetes y las monedas:

—Debe ser casi…

Me cortó antes de que pudiera terminar:

—Cómprate algo de ropa. Cosas para empezar una nueva vida. Un lugar en el que estar un tiempo antes de que encuentres tu camino. Sabía que no podrías estar mucho tiempo aquí.

—Gracias, pero no puedo aceptar tanto…

—Sí que puedes y lo harás. Permíteme hacer esto por ti. Es un pequeño comienzo.

Sonreí levemente disgustado por tener que tomar tanto de ellos. Pero no podía rechazarlo. No podía quedarme durante la noche, me rodeaban todos esos recuerdos. Era demasiado duro. Tenía que irme a un lugar en el que ella no estuviera por todas partes.

—¡Ahí estás! ¡La comida está lista! — mi madre estaba radiante y traía una jarra de té. Detrás de ella, una chica llevaba una fuente con un pollo entero. Me miró tímidamente, con la mirada baja. Mi madre se sentó y sirvió a todo el mundo un vaso de té mientras la joven volvía a la cocina.

—¿Quién es? — pregunté poniendo rápidamente el dinero en mi bolsillo. No sabía si madre estaba al corriente de esto pero no quería causarle problemas a Carlisle.

—Ángela, nuestra nueva doncella y cocinera. ¡Es un encanto! — exclamó mi madre.

Le sonreí educadamente. Obviamente adoraba a la joven. Un segundo después la chica volvió con más cosas en una bandeja. Un cuenco de patatas, zanahorias, pan y algún tipo de pastel.

—No tenías que haberte molestado tanto— le dije

—No es molestia en absoluto— me aseguró

—Como si Esme te hubiera dado alternativa— murmuró Carlisle. Se oyó un ruido sordo por debajo de la mesa y mi padrastro se encogió. Se aclaró la garganta y sonrió:

—Damas, esto tiene una pinta deliciosa.

—¿Necesitas algo? — dijo Ángela enrojeciendo ante el cumplido de mi padre.

—No, gracias, Ángela. Es todo por ahora— mi madre sonrió educadamente antes de empezar a servir grandes cantidades de comida en mi plato. Casi se lo arrebaté de la mano para que parara. No me podía comer todo eso.

—Así que, ¿cuáles son tus planes para hoy, Jasper? — me preguntó acercándome dos tostadas.

—Voy al pueblo a comprarme ropa y después voy a ir a las tabernas locales para buscar una habitación en la que quedarme— solté en voz baja mientras cortaba un trozo de pollo para no tener que mirarle a la cara.

—¿Una habitación para quedarte? Pero, ¿por qué? Puedes quedarte aquí— protestó

—Esme…— Carlisle la calmó —Tiene sus razones. Ya es un hombre adulto.

—¡Pero…! ¡Pero… acabamos de recuperarlo! Quédate, por lo menos un tiempo…— comenzó a rogar.

—Madre, por favor— dije en voz baja —Me quedaré en el pueblo. Me verás a menudo. Déjame hacer esto, por favor. Es por mi bien.

Comenzó a protestar otra vez y Carlisle le dirigió una mirada significativa. Mi madre bufó sonoramente y tomó un sorbo de su té. Carlisle me guiñó el ojo, como diciéndome que lidiaría con ella más tarde. Dios sabe que no cederá fácilmente.

Justo después de comer me fui al pueblo. No quería perder más tiempo diurno. Cogí todo lo que tenía, lo que no era mucho. El dinero, la ropa y el sencillo anillo de oro. No sabía que hacer con él pero quería quedármelo por alguna razón. Como si ella fuera a cambiar de idea repentina y mágicamente y fuera volver conmigo.

Me dirigí al primer sastre que encontré. No quería muchas cosas, pero ya que no tenía nada, literalmente, me llevó unas cuantas horas. Varios pares de pantalones, camisas, calcetines, ropa interior, zapatos y botas, cinturones, una chaqueta e incluso unos guantes. Solo me llevé los básicos conmigo, ya recogería el resto al día siguiente después de que lo arreglara. Podía ponerme lo que tenía hasta entonces.

Pero ahora tenía que buscar algo más importante. Un lugar para quedarme. Era más fácil decirlo que hacerlo. La mayoría de los sitios de por aquí me traían recuerdos. Gran parte de mi infancia y juventud dentro de unas paredes. Solo encontré un sitio que no fuera así: La Taberna de Emmett, o más bien, La Taberna y Saloon del Oso Pardo.