Bueno, éste ha sido un mes un tanto loco, y aún parece que todo sigue algo ajetreado. Pero aunque he vuelto a empezar las clases, ya apenas queda nada para terminar. Sin más que decir, espero que disfrutéis este penúltimo capítulo.
Disclaimer: Hetalia y todos sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya. La idea de esta historia salió sólo de mí.
La Foule
Capítulo Décimo
Pasaron cerca de dos semanas hasta que los amantes volvieran a encontrarse, volviendo a su feliz rutina. Cuando estaban juntos, el tiempo se les escapaba de entre los dedos. Compartieron impresiones sobre distintas aficiones u objetos de su gusto que para su sorpresa aún no habían descubierto en su compañero, aprendiendo mucho el uno del otro, como siempre que uno se detiene a prestar atención a un punto de vista ajeno. Antonio cantaba por las mañanas canciones de su tierra, y algunas francesas aprendidas en el último año. Peleaban por la comida, tratando de descubrir la comida de qué país era la que se denominaría mejor cocina del mundo, aunque al final se convirtió en algo más personal que de orgullo nacional. Con todo, a estas alturas apenas había ocasiones en los que Francis pagara sus estancias con el español.
Los días pasaron, pareciendo a los dos que la vida por fin les sonreía; caminaba el rubio por las calles de París con un aire diferente al que le embargara el año anterior. No es que luciese como un feliz y enamorado bohemio, incluso no es que se hubiera deshecho de su escepticismo por completo; si acaso se había vuelto considerablemente más indulgente. Sonreía para sus adentros al ver a los jóvenes encontrarse con sus enamoradas novias en la calle, tomarlas en brazos y darles vueltas en el aire. Se acordó de cuando él mismo elevaba así a la que sería su futura esposa. Quién sabe, quizás París no era tan infernal como había terminado pareciéndoselo.
Fue un día a finales de marzo. El día que marcó el inicio de un cambio, el fin de la rutina.
—Cierra los ojos, eso es, eso es… Espera un momento —dijo la voz de Francis, sentando a Antonio en el sofá de su estudio—. ¿Tienes lo ojos cerrados?
—Que sí hombre, ten un poco de fe.
—Está bien, está bien… ¡Sea! Et voilà!
Abrió los ojos; Lovino, Feliciano y él mismo le miraron de frente.
—Oh Dios mío, ¡las fotos!
—Sí, lo son. Siento haber tardado tanto en poder arreglarlas, tenía mucho trabajo. Aún no he terminado de apurarlas, pero quería mostrarte el resultado, ya que no va a variar mucho en estos últimos pasos. ¿Te gustan?
—Francis… Yo, yo… No sé, no tengo palabras —confesó con dificultad, notando cómo su voz se iba quebrando y las lágrimas asomaban a sus ojos—. Es, son, somos… Somos nosotros. Dios mío… ¡Y tiene colores! ¿Cómo has sabido de qué color era cada cosa?
El francés sonrió, feliz de ver el resultado que su trabajo había causado en su amante. Pasó inconscientemente una mano por el pelo de Antonio, entrelazando sus dedos en su cabello rizado. Miró con atención cada una de sus reacciones, y fue consciente de lo realmente intensa que era aquella relación, del papel que tenía Antonio en su vida. Se preguntó, estudiando sus facciones, cómo es que vamos eligiendo a personas para formar distintas partes de nuestra vida, cada uno con sus distintos papeles. ¿Un alma gemela? ¿Una persona afín? ¿Un compañero, un amigo, un profesor? No, la gente aparece y se convierte en lo que sea sin ser específicamente elegido para ello. ¿Un compañero tiene que ser de nuestra edad, un profesor tiene que ser mayor? Pues no serían pocas las cosas que niños le hubieran enseñado, y cada día lo eran más. A nuestra alma gemela, por otra parte, le exigimos múltiples cosas: que sea hermosa, que sea del sexo opuesto, que nos comprenda, que se lleve bien con nuestros amigos… Pero ahora todo tenía un matiz distinto. Primero es alguien en quien confiar, luego un amigo. Luego la persona a la que podrías confesar cualquiera de tus secretos, para convertirse en alguien atractivo sólo por su manera de actuar. De repente, tienes una persona con la que compartirlo todo, cuya existencia te hace olvidar la soledad de la vida y el universo, con la que reír, gozar… Y se convierte en la persona. Es la persona que hace a tu vida tener sentido. Con la que quieres vivir y compartir todo tu tiempo, hasta el final.
—Francis, esto es perfecto… Míralo, es él…
Por desgracia, él, que estaba seguro de haber encontrado a esa persona, ni siquiera podría formular ese pensamiento en alto. Quizá por eso ninguno de los dos se había atrevido a ponerlo en palabras. Pero era mejor así.
—Fui deduciendo los colores de las historias que me ibas contando; la ropa la dejé algo menos coloreada porque ésa sí que la he pintado por intuición.
—Parece como si viese ahora mismo el momento en el que fueron tomadas. Mírame, mira mis ojos —señaló, mostrándole la foto al francés sin darse cuenta que de seguro ya la conocía de memoria—. Cuánta alegría y viveza, aún no había conocido los horrores de la guerra… Oh Dios mío, de verdad, no tengo palabras para agradecértelo. Gracias, gracias, siento repetirlo tanto, pero es tan importante para mí…
La sorpresa había terminado venciendo a las lágrimas, por lo que el español había dejado de llorar. Miraba fascinado el papel con su retrato y el de los Vargas.
—De nada, hombre, de nada; me alegro de que te guste.
—¿Cuánto te debo?
—¿Qué? —preguntó de a poco cayéndose del asiento— No hombre, no hace falta que me pagues, ¿estás loco?
—No, es importante y me gustaría compensártelo de algún modo. Quiero pagarte por este trabajo.
—Ni hablar. En serio, Antonio, es un regalo. Acéptalo, por favor; ¿sí?
—… Está bien. Aunque me sabe algo mal no darte nada a cambio…
Francis rió.
—Ya me das muchas cosas a cambio —sonrió mientras se encendía un cigarro—. Pero tengo una idea: las niñas y Brigitte están en Montpellier este fin de semana; ¿por qué no te quedas hasta el lunes?
Levantó el moreno la cabeza; las dudas le invadieron levemente, pensando en su trabajo. Volvió entonces a clavar la vista en las fotos, tan preciosas y perfectas como lo eran sus recuerdos; un escalofrío desagradable le recorrió la espalda al pensar en el burdel mientras las miraba. Tomo aire, y sonrió.
—Por supuesto.
Estiró el español el cuello para besar al rubio, que estaba de pie a su espalda, tras el sofá. Quedó ahí todavía un rato, mirando sus tesoros, mientras el rubio se acercaba a la cocina a preparar algo de cenar. La noche cayó deprisa y la luz de las lámparas iluminó la estancia. La fría primavera no lograba helar el interior de aquel estudio, tan lleno de cálidos sentimientos. No habiéndolo hecho el invierno, nada podría hacerlo.
Las sábanas se enrollaron alrededor de sus piernas, y en las manos de Antonio aparecieron mordeduras, causadas por la contención de los gritos que no debían escapar. A pesar de que antes evitaba hacerse daño, ahora esas marcas eran un tesoro personal; le ayudaban a mantenerse cuerdo durante el tiempo que tenía que pasar en el trabajo, cada vez más desagradable. Pero podía aguantarlo —pensó, al sentir a Francis dentro de él—, porque sabía que volvería a donde su corazón deseaba estar.
—¿Estás bien? Te noto distraído —inquirió el rubio, deteniendo el ritmo de sus caderas.
—¿Eh? Sí… Sí, tranquilo.
Los males se marcharon como el humo; el español sonrió. Colocó uno de los rubios mechones que caía sobre su cara tras la oreja de Francis, para después abrazarse a él.
—No te pares… —susurró—Por nada. Borra todo rastro anterior.
Desde el estómago los celos se liberaron poseyendo el cuerpo del francés. Los embistes en la cama de aquella noche dejaron marcas no sólo en las manos de Antonio, sino en toda su piel, en la de Francis y en la pared. Con las sábanas hechas jirones y el cabecero algo astillado, se buscaron hasta no poder moverse más. Como si al unirse tan furiosamente, pudieran fundirse en un único ser.
La luz de la mañana se filtró por la ventana despertando a Antonio. Giró en la cama para abrazar a Francis, pero el dolor que la noche le había dejado como secuela hizo que se olvidara de todos sus propósitos. Se dejó caer pesadamente abandonando cualquier intento de moverse, y volvió a dormirse hasta cerca del mediodía.
Abrió los ojos asustado cuando un estrépito cercano resonó en la habitación, encontrando a Francis con gesto mezcla de dolor y enfado. Al buscar el origen de tal expresión, pudo comprobar el español que una pila de libros había caído desordenadamente al suelo, sobre el pie izquierdo de su amante.
—¿Qué buscas? —rió incorporándose, mientras se quitaba las legañas.
—Un libro que, en principio, debería estar aquí —rumió el otro entre dientes, revolviendo la pila caída y cotejando los títulos de los libros mientras los recogía.
—Pero no te enfades desde tan pronto por la mañana, hombre…
Se dejó Antonio caer sobre la cama con un suspiro.
—No es que me enfade, es sólo que me molesta en grande no encontrar algo que en principio debiera estar aquí; qué rabia…
—Cuando no lo busques, aparecerá —dejó caer el español, a punto de abandonarse de nuevo a los brazos del sueño.
—No sigas que me cabreas más —espetó Francis lanzándole un libro a la cabeza y despertándolo del todo.
—¡Ey!
Antonio le devolvió un cojín directo a la cara, empezando una pelea que estaba destinado a perder debido a la contundencia de los proyectiles de su rival. Se hizo un fuerte con la almohada más que intentar atacar, pero un diccionario fue el fin de su campaña bélica.
—Está bien, está bien, me rindo —sentenció el de ojos verdes con las manos en alto–. Ahora deja eso y vuélvete a la cama un rato, anda, que es muy pronto…
—…De acuerdo —cedió finalmente.
Con cierto aire de cansancio se dejó caer sobre la cama. Varios besos de buenos días sellaron la paz definitiva; poco después el moreno se levantó, tarareando aquella canción extraña que solía cantar cuando preparaba el desayuno.
—Y dime, ¿qué libro buscabas? —preguntó el español llevando la bandeja con la matinal comida a la cama y sentándose con las piernas cruzadas.
—Uno de poesía.
—¿Poesía? ¡Sabía que tenías alma de poeta! ¡Te lo dije! —rió mordiendo un bollo con mantequilla. Francis rió.
—Sí, sí, lo recuerdo —dio un sorbo al café—. Pero no te creas que tengo ningún don especial para escribirla, sólo me gusta leerla.
—¿De verdad? Yo nunca he sido muy aficionado a leerla, aunque a Lovino le gustaba mucho. Leía en alto los poemas que más le gustaban —rememoró—. Me encanta escuchar a la gente recitar, eso sí. De todos modos, ¿para qué lo necesitas?
—El otro día estuve releyendo poesía de Whitman, uno de mis autores favoritos, y encontré un poema breve que quería enseñarte —sonrió Francis encendiéndose un cigarro.
—¿Sí? Vaya, ahora sí que me da rabia que no aparezca el libro…
—Te lo tienes merecido.
El rubio sonrió ufano mientras se ataba el cabello, disfrutando del mohín de fastidio de Antonio.
—Venga, hombre, ¿y no lo recuerdas? Podrías recitarlo en alto…
—Ni hablar; ahora te tocará esperar.
—…Te odio.
—Lo sé. Pero no voy a hacerlo, ya que no lo recuerdo a la perfección, y necesito que lo sea.
—¿Que sea cómo?
—Perfecto.
No pudo Antonio replicar porque Francis dio la conversación por zanjada con un beso. Sonrió para sus adentros y aceptó a regañadientes. No tuvo tiempo de darle muchas más vueltas; volvieron ambos a perderse entre las sábanas hasta largo pasado el mediodía, disfrutando de la pereza que emanan los domingos; repasando Francis cada una de las marcas en el cuerpo de Antonio que no había sido creada por él. Siendo cada uno sola y exclusivamente para el otro una vez más; lejos del mundo, lejos de todo. Olvidando su familia, su pasado, sus propias vidas. ¿Enamorados? Ni pensarlo; eso estaba prohibido.
Por la noche, antes de dormirse, Francis ayudó a Antonio a escribir la carta que debía enviar al día siguiente; fue un sentimiento extraño para el cantante español sentirse acompañado por completo en esa tarea. Era una onda cálida, que se expandía por su pecho suavemente. Ya no quedaba nada que ocultar, y era una sensación muy agradable.
Por desgracia, todo cuanto inicia tiene un fin. Y el lunes llegó inevitablemente, teniendo Antonio que marchar. Se acercó hasta el recibidor, donde tenía los zapatos, y se los ató con esmero y detenimiento.
—Espera un momento.
Francis detuvo al español antes de que este abriera la puerta; se acercó al estudio y volvió con algo en la mano.
—Estuve trabajando el domingo mientras dormías —sonrió—. Llévatelas.
Eran las fotos. Sus fotos. Sin poder decir una palabra, Antonio rodeó a Francis con los brazos, permaneciendo así largo rato. Le costó una infinidad soltar su mano.
—Me da la sensación de que si te suelto te irás para siempre o algo —bromeó.
Francis rió.
—Sólo hasta dentro de diez días. ¿Vendrás el jueves?
El rostro de Adèle volvió a la mente de Antonio.
—¡Claro! Nos vemos la semana que viene.
"Lo siento, jefa", pensó en cuanto la puerta se cerró tras de sí. Con ese sentimiento presente, pero aún satisfecho por el buen discurrir del fin de semana, el español marchó a echar la carta en el buzón con una sonrisa tonta que dejaba entrever sus dientes. Incluso cuando Adèle le reprendió al llegar al burdel, no podía dejar de pensar en Francis. Por suerte, la llegada de Emma hizo que la bronca se redujese considerablemente.
—Calma, Adèle; come un bollo —trató de mediar la rubia metiendo el dulce directamente en la boca de su amiga.
Los reproches que quisiera dejar escapar la morena fueron absorbidos por el dulce en cuestión, y finalmente decidió dejarlo y marcharse a otro sitio lejos de Antonio donde quizás pudiera relajarse un poco. Sentíase el español un poco culpable, pero era algo incontrolable.
—Ese hombre te hace mucho bien —guiñó entonces un ojo la pastelera, que seguía allí, dando a Antonio un susto de muerte.
Su rostro se tornó rojo, y las palabras no atinaban a salir en orden de su boca. Dejó finalmente caer la cabeza sobre la barra del bar y la enterró entre sus brazos, vencido. La chica rió.
—No te preocupes, no se lo diré a nadie —sonrió llevándose el dedo índice a los labios.
El inmigrante no pudo evitar contagiarse de la sonrisa. Levantó el rostro para mirarla, feliz con su compañía.
—Gracias.
—De nada.
Y, tras darle un besito en la mejilla, se alejó con la cesta de dulces a hablar con su amiga. Antonio pudo comprobar que discutían un poco, dado que Adèle aún estaba enfadada. No obstante, Emma siempre sonreía y era amable con todo el mundo, no siendo por ello una persona moldeable. Era una buena influencia en aquel… lugar.
Los días se hicieron largos, sobre todo en brazos de otros hombres. No es que estuviese el de ojos verdes especialmente solicitado, pero incluso un mínimo roce de alguien que no fuera Francis le revolvía el estómago. Pensando cada una de las veces en el fotógrafo, decidió que tenía que encontrar un nuevo empleo. Sí, definitivamente: dejaría de vender su cuerpo por dinero. Era lo único que quedaba por hacer. Volvería a vivir.
La idea le sedujo de inmediato, y pasó los días restantes hasta el jueves de su cita ardiendo en deseos de decírselo a Francis. Esbozó varios planes en su mente; había que ser realistas, por lo pronto sólo podría ascender a ser peón en algún lugar. Pero valía la pena, pensó mientras tocaba el timbre.
Cuando llegó arriba, la puerta ya estaba abierta. Supuso que Francis estaría trabajando, como era habitual, así que tras cerrar y echar la llave se quitó los zapatos por su cuenta. No quería distraerlo, pero había una pregunta bullendo en su interior que no pudo controlar.
—Bonjour —canturreó feliz— ¡Confiesa! ¿Has encontrado el libro de poesía? Dime que sí, dime que sí, la intriga de ver lo que querías enseñarme me está matando…
El francés, de espaldas a él y concentrado al parecer en algún trabajo que tenía sobre la mesa, contestó tras una pausa de varios segundos.
—Sí. Es ese azul, sobre la mesa.
Antonio se acercó curioso, tomándolo entre las manos nada más verlo. No obstante, el tono de voz de su amante parecía indicar que estaba muy cansado.
—¿Te encuentras bien, Francis? —inquirió, acercándose preocupado.
El rubio tomó aire profundamente, y después se dio la vuelta.
—No, lo cierto es que no —confesó muy serio y, sobre todo, cansado.
—¿Qué te pasa?
El español se asustó; Francis lucía extenuado, e incluso ceñudo. Pareciera que la mera luz del día hiriese sus retinas, obligándole a entrecerrar los ojos. Lo más llamativo, no obstante, era el tono de piel oscuro bajo sus ojos, que de hecho se veían algo hinchados.
—Siéntate conmigo —pidió tomándole de la mano y acercándose a los sofás.
Antonio obedeció preocupado, agarrando el libro con una fuerza inusitada mientras se dejaba guiar por Francis. Quería preguntarlo todo, dejar escapar todo lo que acudía a su mente por sus cuerdas vocales sin filtrar nada, pero nada pudo decir. Callado y con la vista fija en el rubio, era incapaz de reaccionar por culpa de los nervios que produce el no saber qué ocurre, teniendo la certeza de que es algo malo.
Francis apoyó la frente en la mano; la bajó por la cara y se tapó la boca. Después, con los antebrazos apoyados en las piernas, entrecruzó los dedos. Tras unos segundos, extendió la mano para agarrar la muñeca de Antonio.
—…He estado pensando… Y creo que no hay una manera suave o delicada de decirlo, así que iré directamente al grano, ¿vale? Por favor, perdóname.
—…Francis…
—Antonio… Voy…
—¿…Sí?
—Voy a mudarme.
Sintió algo similar a un puñetazo en el estómago, que impulsó preguntas inevitables anteriormente estancadas en su garganta.
—¿Qué? ¿Adónde? ¿Por qué?
—… A Nueva York.
A Nueva York. Directo. Efectivo. Un golpe destructor en forma de palabras que golpeó en el interior de su cabeza y pecho, y que resonó produciéndole dolor físico inmediato. Notó cómo se quedaba instantáneamente vacío, mientras las palabras del francés se extendían como un eco seco por todo su cuerpo. Perdió el habla, y sus extremidades se agarrotaron al punto de ser casi tan rígidas como las de un cadáver. Nueva York. Tan lejos. Sintió un resentimiento profundo por aquella ciudad en tan sólo unos segundos.
—Yo… No sé por dónde empezar. Me cuesta hablar, mirarte a la cara —dijo el rubio tomando aire con dificultad. El cenicero, sobre la mesa, estaba a rebosar de colillas consumidas hasta sus últimos posibles—. No soy capaz de pedirte perdón una vez he dicho esto… No puedo, no creo que lo merezca. Y esto no es autocompasión, es… La realidad. Joder… Esto es horrible, cada palabra me envenena. No obstante, voy a contártelo todo, necesito explicarte; ¿querrás escucharme?
Sin poder hablar y apenas mover un músculo de la cara, Antonio asintió muy levemente, sin cerrar ni los ojos, ni la boca, ni soltar el libro que sin darse cuenta agarraba con enorme fuerza. La mano de Francis que le tomaba suave por la muñeca sudaba frío, pero el español no era capaz de sentirlo.
—El otro día, una media hora después de que te fueras, vino Brigitte…
En efecto, cuando Antonio marchó el lunes y se enfrentó a una vida para él cada vez más llevadera y feliz a pesar de las reprimendas de Adéle, la vida de Francis se vio abocada al desastre en pocas horas. Al poco de despedirse de su amante, el rubio ya estaba sumamente concentrado en su trabajo; deseaba terminar toda tarea pendiente para poder pasar a dedicar su tiempo a una idea que tenía en mente. En cuanto terminara aquellas imágenes para el periódico… Sonó el timbre. Lo inesperado hizo que cayera su plumín al suelo; Antonio se habría olvidado algo en el estudio. Abrió la entrada del portal sin preguntar por el interfono, y volvió un momento a la mesa de trabajo. Cuando se agachó para recoger el plumín caído, su rostro se iluminó: calzando el sofá para que éste no tambaleara, encontró el libro que había estado buscando en la mañana. Con una pequeña exclamación de satisfacción que se escapó en voz alta, dejó el libro de poesía sobre la mesa, para después abrir la puerta de su estudio.
—Brigitte…
La sonrisa de su rostro desapareció de inmediato.
—Buenas tardes… ¿Puedo pasar?
Lo inesperado hizo que tardara unos segundos en contestar.
—…Claro, claro —cerró la puerta mientras invitaba a su esposa al interior—. ¿Ha pasado algo? ¿Y las niñas?
—No, no; tranquilo, las niñas están bien. Las he dejado con Suzanne y Leroy, para así poder venir a verte y hablar contigo tranquila; iré por ellas dentro de un rato.
El corazón de Francis se encogió, y sintió cómo la boca del estómago intentaba escapar de su cuerpo por cuenta propia; tenía la boca seca pero se sentía incapaz de beber. Miró a la habitación desde el salón en el que se encontraban, donde se veía con claridad la cama completamente revuelta y también alguna que otra prenda tirada por ahí. Brigitte dirigió hacia allí la vista, y también hacia la parte de la cocina, donde había fregados dos vasos y varios platos y pares de cubiertos. Ahora que sentía su matrimonio a un paso de desmoronarse del todo, a Francis su esposa le pareció más bella que nunca. Esperó.
—Hay que ver, con lo maniático que eres a veces lo desordenado que puedes llegar a tenerlo todo —dijo ella entonces.
El francés se extrañó. No había una pizca de reproche en aquella frase; el tono de su esposa era algo triste, y esbozaba una ligera sonrisa que parecía querer convencerla más a ella que a su marido. Hablaba con un tono de voz suave, hasta dulce, que el rubio en su época consiguió hacer salir a flote considerándolo una auténtica proeza. Era ella de por sí una mujer de carácter, con fino y algo negro sentido del humor que al esgrimir con maestría y cierto sarcasmo hubo de enamorarle cuando lo usara contra él en sus primeros encuentros; descubrir inteligencia detrás de la belleza siempre seduce las pasiones del alma. Cuando por fin una noche ella perdió su escudo y se mostró dulce y débil frente a Francis, él decidió que quería protegerla para siempre. Con el tiempo ese tono de voz se hizo más visible, y actualmente solía utilizarlo para leer cuentos y despedirse de sus hijas por las noches. Escucharlo en ese ahora le hizo sentir como si el golpe que esperaba no sólo no hubiese llegado, sino que parecía haber salido de sí mismo, si es que eso tenía algún sentido, sintiéndolo señal inequívoca de aciago destino cercano.
—He bajado la guardia —confesó, en tono amistoso. Después se puso serio—. ¿Qué es lo que pasa? —afirmó, más que preguntar.
Brigitte retorció sus manos, nerviosa.
—Sentémonos.
Ocuparon los sofás; se sentaron cada uno en uno distinto, en lugar de sentarse juntos.
—No sé por dónde empezar… Francis, tengo miedo.
—¿Miedo? ¿De qué, qué ocurre?
Ella tomó aire, miró la hora y se acercó al televisor. Francis la siguió con la mirada no falto de preocupación; en la pantalla apareció el noticiario.
—De eso —dijo intranquila.
Su marido miró al aparato; una voz algo estridente narraba –como casi a diario– sobre la expansión alemana, dirigida por aquel hombre pequeño de bigote ridículo que no obstante parecía llenar todo el espacio con su presencia. Últimamente siempre había algo mencionable respecto a Alemania; la toma de los terrenos checoslovacos tenía a todo el mundo desasosegado después de la anexión de Austria al imperio, generando un rumor general de incertidumbre. Francis sabía que no era un miedo despreciable el que su mujer quería sacar a relucir; había visto con sus propios ojos al presidente taciturno y pensativo ofuscarse por causa de la remilitarización alemana. Pero tampoco es que pudieran hacen mucho al respecto.
—Lo entiendo —dijo tras unos segundos mirando ambos la televisión obnubilados—; pero sólo podemos esperar. Esperar y confiar en que las cosas terminarán arreglándose. No hay nada que yo…
—¿…pueda hacer para cambiar el mundo?
Francis calló un momento, y un recuerdo nostálgico atravesó su consciencia. Él mismo había reprendido severamente a uno de sus amigos de la facultad al decir semejante frase, asumiendo que el primer paso para el conformismo y el fracaso era la autolimitación de las capacidades del individuo en sí mismo. Cada persona por sí misma tiene voluntad y un principio causal que conlleva consecuencias por cada una de sus acciones, luego el mundo cambia a ritmo vertiginoso por consecuencia de las acciones de todas las personas. Cerró los ojos, negando ligeramente con la cabeza ante el políticamente activo recuerdo de sí mismo rodeado de veinteañeros.
—Francis, ¿recuerdas la guerra? —preguntó entonces su mujer.
Cerró los ojos. Eran recuerdos difusos, enterrados muy profundo en su memoria. Pero sí, estaban allí. Su padre era un hombre falto de una pierna y de un ojo; recordaba horrores, sangre y dolor, y sobre todo confusión. Siendo uno de los afortunados supervivientes en considerables buenas condiciones, era innegable que con todo era una etapa que no le desearía a nadie en su vida.
—Yo… No pretendo que cambies el mundo, de alguna manera. Sólo… Sólo… Tengo miedo, mucho miedo. ¿Has visto lo que ese hombre es capaz de hacer? Ha bombardeado España con total impunidad, a pesar que todos prometieron no intervenir… Mírale a los ojos: parece que no tenga alma…
Llegada a este punto, Brigitte hablaba con dificultad y estaba a punto de romper a llorar; sus ojos vidriosos hacían esfuerzos por retener las lágrimas sin dejarlas caer.
—Estoy aterrada —confesó, tratando de calmarse. Francis la tomó de las manos—. Este aire, este ambiente, me trae recuerdos desagradables que sin un motivo sólido me hacen querer salir corriendo antes de que sea demasiado tarde… Francis, ¿entiendes? ¿Me entiendes?... ¿Crees que estoy loca?
Le tomó unos segundos contestar.
—No, no lo creo; por supuesto que comprendo.
Secó con cariño una lágrima de la mejilla de su mujer.
—He venido a hablar contigo porque es importante para mí, y para los dos como familia. Quiero que me digas si crees de verdad que no he de tener miedo, que pasará; que todo irá bien si nos quedamos aquí, sabiendo que nada malo terminará por ocurrir a la población civil. Si es ésta tu opinión servirá para que me calme, te creeré. Pero si existe un atisbo de duda, hay algo que me gustaría que consideraras.
El hombre alzó la mirada, interrogante.
—Francis, no habría venido aquí si esto no me hubiera ocurrido: el otro día, hablaban de este tema los vecinos cercanos al taller de costura, entre los cuales se hallaba el señor Dacheux. Yo había estado pensando en todo lo que antes te he dicho, pero creyendo que estaba sucumbiendo a la hipocondría, decidí guardarlo para mí misma e intentar calmar mi agitado interior. No obstante, escucharle hablar hizo saltar todas mis preocupaciones. Habló sobre hechos ocurridos en fronteras alemanas, con una frase que devastó mi interior: No, no, créeme, Brigitte, que esto irá para largo. Como somos buenos amigos, departimos aún de camino a casa y, cuando nos quedamos a solas ocurrió algo insólito: me confesó que había comprado pasajes para Nueva York, adonde tenía pensado irse, lejos de las garras de la inminente guerra. No había terminado de asimilar aún la sorpresa y el terror cuando, tomándome de las manos y en un susurro, me los ofreció. Al parecer, tanto la señora Dacheux como su hija menor enfermaron hace poco, y el médico ha dicho que no sobrevivirán a la travesía trasatlántica. Como no puede devolver los billetes, me los ha ofrecido en última instancia, por si, según sus palabras textuales, quería asegurarme de educar a mi familia en un lugar más seguro que La Vieja Dama.
Tomó aire con dificultad antes de seguir, mientras Francis, catatónico, trataba de asimilar todas las palabras dichas. Tal torrente de información le impedía saber nada sobre la realidad, pasada, presente o futura; había caído sobre él como un cubo de agua helada que entumeció todos sus músculos y funciones.
—Tengo aquí los pasajes —mostró, sacándolos del bolso y poniéndolos sobre la mesa—. Querría que, si por el contrario a lo dicho anteriormente no crees que esté exagerando, si crees que mi miedo tiene posibilidades de convertirse en realidad… Por favor, considéralo.
—Pero… ¿América? —se le escapó inconscientemente, sorprendido. Se apartó el pelo de la cara, con asombro— ¿De qué vamos a vivir? ¿Y el trabajo?
—¡Eso no importa! Odias tu trabajo, Francis, lo sé desde hace mucho. Sé que sólo sigues con él para poder colmar a las niñas de todas las atenciones y cuidados que necesiten…
—Y a ti —confesó—. No sé por qué te excluyes.
Brigitte abrió mucho los ojos y después bajó la vista avergonzada. Francis, por su parte, recordó que en su momento agradeció que, a pesar de todo, su trabajo le proveyese de holgada cantidad de dinero para poder estar con Antonio libremente, aunque ahora ya no pagaba. Antonio…
—Hay trabajo de sobra para alguien como tú, y yo puedo trabajar en un taller o cosiendo por cuenta propia; ya nos apañaríamos. Prefiero… Prefiero que las niñas vivan en escasez que en medio de una guerra. No miraré atrás; lo dejaré todo sin arrepentirme… Podemos… Podemos empezar de cero, quizás… Los cuatro…
Sus nervios no aguantaron más y se derrumbó. No rompió a llorar; su voz se quebró y simplemente no pudo seguir hablando. Enterró la cara entre las manos, tratando de respirar con calma, obligándose a aguantar lo posible. No le gustaba llorar, sabía que era una debilidad de su marido el acudir a socorrer sus angustias cuando lo hacía, así que lo sentía como una suerte de chantaje emocional que no quería llevar a cabo. Quería hablar con su marido de igual a igual, argumentando en lo posible todo cuanto tuviera por decir. La última vez que se había derrumbado por completo fue cuando más de 6 años atrás volvió a casa tras asimilar que estaba embarazada de la pequeña Elise.
—Francis… Lo siento… Lo siento…
—…Tranquila… Calma; te traeré un vaso de agua.
Se levantó por inercia, más que por voluntad; cuando volvió con el vaso, se sentó al lado de Brigitte, en el mismo sofá. Ella dio un pequeño trago agradecida, mientras el rubio limpiaba lágrimas que caían negras por cosa del maquillaje con la manga de la camisa. Cuando la bella mujer dejó el vaso sobre la mesa, parecía algo más tranquila.
—Confío en ti, desde el fondo de mi corazón. Siempre has sido sincero, honesto y sobre todo bueno para conmigo. Tengo… Mucho miedo de que dejes de quererme, aunque sé que no tengo derecho y que nada volverá a ser lo mismo.
El francés tomó aire profundamente, y levantó la mirada a algún punto alto en la ventana, donde pudiese dejar la mirada perdida. Brigitte le siguió con la vista; luego miró a la habitación, y después a la cocina.
—Perdóname… —susurró ella.
—Ya…
No tenía fuerzas para consolarla, ni para decirle que sabía que en realidad no había nada por lo que disculparse, puesto que uno no decía cuándo o a qué tener miedo. Había estado juzgándola unos minutos al inicio, mas le pareció finalmente que su terror era sincero. Pero ahora, oh, ahora, se sentía tan pesado y devastado que se habría hundido como el plomo de haber caído al agua; le costaba incluso mover la lengua.
—Voy a dejar aquí los pasajes, para que puedas pensar sobre ello a solas. Aceptaré tu decisión sea cual sea, Francis, y la seguiré y apoyaré desde el corazón.
Miró el reloj.
—Tengo que ir a por las niñas…
—… Está bien.
—Tómate el tiempo que necesites, yo estaré en casa. Puedo hacerme cargo de todo, así que tú puedes quedarte aquí si quieres.
Fue un milisegundo, un instante ínfimo de tiempo. Se expandió por su cuerpo como el gas comprimido al liberarlo. Sus ojos se cruzaron con los de Brigitte y, por un instante, sintió que lo sabía todo, que conocía su secreto desde hacía mucho tiempo y que aun así había permanecido callada sin decir nada, consciente del cambio de espíritu y ánimo que se había obrado en el marido al que abandonó. Cobraban entonces las disculpas y la última frase de su mujer un significado adicional tácito, sacudiendo el cerebro de Francis: le estaba regalando tiempo a solas.
No obstante, pensó después, no tenía ni tendría manera de saber si la impresión que sintió en aquel momento era cierta o resultaba ser un mero producto de su imaginación. La interpretación dependía enteramente de él.
—Me marcho… Te quiero, Francis.
Se inclinó para dar a su marido un corto beso en los labios; ocurrió algo extraño. Por primera vez en años una sensación poderosa despertó en sus estómagos, expandiéndose y erizando el vello de sus pieles. Francis rodeó la nuca de su mujer tomándola con cuidado, y ella lo abrazó alargando el beso. No dijeron nada al separarse. Ni al despedirse. Francis eligió creer.
Estuvo pensando. Mucho. Más que en toda su vida. Se enfadó, tiró materiales, muebles, dio patadas a las cosas. El vaso de agua que Brigitte había dejado sobre la mesa cayó al lanzar Francis un estuche, derramando el líquido sobre el libro para Antonio que había apartado. Jurando y maldiciendo consiguió reparar medianamente el daño, quedando sólo unas páginas arrugadas; sintió tal frustración que se hirió los nudillos al golpear la pared. No podía hacer más que pensar en Antonio. ¿Abandonarle? ¿Dejarle y, por ende, sentirse él mismo igual de abandonado? La paz que ese hombre traía a su alma era indescriptible. ¿Podía haber algo siguiera que pudiera compararse con aquella devoción que sentía?
El rostro inteligente de Anne Marie apareció en su mente junto a la carita desdentada de Elise. Se dejó caer sobre el sofá, que por cosa de una patada anterior estaba volcado en el suelo. Cerró los ojos humedecidos, aunque no llegó a derramar una lágrima.
—Mierda…
La guerra… Le dio tantas vueltas que tuvo que tomar varios analgésicos para poder librarse de un insufrible dolor de cabeza que a punto estuvo de causarle un desvanecimiento. Durmió en el mismo suelo del salón. Sólo de pensar que sus niñas pudieran tener que presenciar o ver cualquiera de los horrores de la guerra se le encogió el corazón. Él no era muy mayor cuando empezara la Gran Guerra, y a día de hoy seguía teniendo pesadillas de vez en cuando por las noches; de cuando su padre perdió la pierna, de cuando una bomba cayó en el colegio de unos amigos. El mismo Antonio era un ejemplo de los horrores que la guerra trae consigo…
—Me di tiempo —dijo entonces el rubio mirando al inmigrante—; tiempo para ir al trabajo algunos días y ver si el miedo de Brigitte me parecía una presencia real, una realidad inminente o si existe algo a lo que agarrarme para creer que es un miedo infundado y quedarme contigo. Antonio, hay muy pocas cosas en este mundo que pueda querer más que quedarme contigo…
Francis dejó de hablar. No podía seguir, sentía que iba a vomitar. Entrecruzó los dedos de las manos y apoyó los pulgares en las sienes, tapando su cabizbajo rostro.
Antonio tampoco podía decir nada. Sentía como si un animal salvaje estuviera devorando sus entrañas desde el interior. Y no sabía si lo peor, o quizá lo mejor, era el hecho de comprender que sus hijas siempre serían lo primero para Francis. Lo sabía, era como debía ser. En su caso, él habría de hacer –y haría– lo mismo sin ninguna duda. Pero… Era tan duro…
No obstante, sacó fuerzas de flaqueza para preguntar algo que quería saber y no terminaba de entender.
—Pero, ¿cómo así tan rápido? ¿Son diez días suficientes para tomar una resolución de esta envergadura…?
No pretendía ser egoísta, aunque fuera inevitable.
—No, no lo son. Pero ha tenido que ser así.
El francés tomó aire antes de seguir.
—Cuando después de destrozar el lugar quise calmarme, tomé los billetes que había traído Brigitte para estudiarlos un poco; al ver la fecha, enfermé… ¿Sabes? Siento, y me aterra, que me estoy convirtiendo de nuevo en el hombre que era la primera vez que te vi. En tan sólo una semana, no sé… Mírame, mira mi cara, mi aspecto. Yo… No sé qué va a ser de nosotros. Te necesito para vivir.
Dijo esto último tomando una bocanada de aire que parecía hacerle mucho falta. Antonio, casi como si fuera un reflejo natural, le abrazó.
—Eso no pasará —dijo con voz grave, sorprendiéndose él mismo del tono tranquilo—. Ya nos conocemos, eres inevitablemente diferente. No estarás perdido, sólo lejos. No estarás solo, porque mi ser se irá contigo. Eres un gran hombre, Francis. Llegarás a donde quieras llegar, ¿recuerdas? Para cambiar sólo hay que querer y decidir cambiar. Eres… Tan libre como tú mismo decidas —añadió, como masticando las palabras. El esfuerzo que había hecho para hacer a un lado su dolor y consolar a Francis estaba perdiendo intensidad y el dolor volvía rápido a hacerse con él. Pero, finalmente, reunió el valor para hacer la pregunta que no quería hacer—¿Y… cuál es esa fecha? ¿Cuándo… te vas?
Francis levantó los ojos y se mordió el labio por dentro, oculto tras las manos en las que apoyaba la barbilla, tapando su rostro hasta la nariz. Se preparó para dar el golpe, consciente de que, dijera lo que dijera, iba a derrumbar los pilares de la nueva vida de Antonio.
—El lunes.
En el interior de la cabeza de Antonio se escuchó un ruido sordo.
Capítulo Décimo - Fin
Et voilà. Ya está dado el golpe de dolor que algunos esperaban... Es en este momento cuando yo voy a escuchar Pierce, de One Ok Rock, para sufrir más. Y bueno, para ahondar en el sufrimiento, podéis escuchar Etcetera, To Feel the Fire, del mismo grupo, o incluso Formidable de Stromae o Kusabi de Hanako Oku... Yo lo digo, que a veces una gusta de sufrir *risas*. Espero que, a pesar de todo, os haya gustado. ¡Nos leemos en cuanto pueda!
Muchas gracias por leer.
Bou
