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Empecé a hiperventilar de la sorpresa y susto. Y por un momento pensé que mis palabras no iban a salir de mi boca, pero alcancé a decir algo… muy poco, en realidad. ¡Tartamudeos!
—Yo… yo…
Ese fue mi gran aporte al diálogo.
Snape caminó hasta mí hecho un demonio, mientras yo me llevaba una mano a la cintura, en el costado izquierdo, donde sentía un ardor y…
Justo en el momento en que me tomó del hombro para zarandearme, arrastrarme, o lo reprimirme, lo que fuera que quisiera hacer, alcé mi mano para mirar la palma húmeda y… ¡sangrante! ¿En qué momento corté mi mano? Nunca había tenido asco a la sangre, pero en esos instantes me pareció repugnante.
Snape no pasó por alto lo de mi mano y la tomó para examinarla más de cerca sin decir ninguna palabra. Era como si, de pronto, alguien hubiese cortado el suspenso de la escena en que "yo salgo corriendo porque Snape quiere matarme".
Todo eso tomó cinco segundos: inspeccionar el corte de mi mano, darse cuenta que no era mi mano, y mirar hacia abajo. Yo hice lo mismo porque, luego comencé a sentir más dolor en mi cintura.
Madre mía. Estaba sangrando del costado y no me había percatado: no podía ver el corte, pero con solo ver el chaleco gris, rasgado en diez centímetros, y manchado de un escarlata intenso y oscuro, goteando sangre al piso, supe que tenía que ser profundo.
Como si alguien le hubiera gritado en el oído, Snape me tomó la mano izquierda y me la puso en la cintura.
—Presiónate —al ver mi cara de dolor, me espetó —¡fuerte!
Le hice caso, pero le desobedecí cuando hizo aparecer una camilla y me acostó automáticamente en ella.
—¿Quieres desangrarte? — gruñó tomando otra vez mi mano, abriéndome la palma y presionando el lugar sangrante.
—Déjeme —farfullé con la lengua trabada. Fue cuando comencé a marearme y a ver Snapes voladores alrededor de mi cabeza.
Desperté a los pocos minutos, en la enfermería, acostada en una cama y siendo atendida por madame Pomfrey. Sentía como si me hubiese rebanado un trozo de mi cintura y como si me estuvieran echando sal en la herida.
—Dijo el profesor Snape que hiciste una explosión en el aula de Pociones —me informó la enfermera con voz crítica. No le contesté, por supuesto: las palabras del profesor Severus Snape eran ley.
Pomfrey me hizo beber un líquido con sabor a alcohol y terminó cerrándome el centímetro y medio de profundidad con la varita. ¡Santo remedio!, ya no sentía nada. Pero sí sentí algo cuando salí de la enfermería y me encontré a Snape avanzando hacia mí, entre la multitud de gente que estaba esperando a ver si yo aparecía. De seguro me habían visto en la camilla, camino a la enfermería.
Poniéndome la mano en la espalda me hizo avanzar lo suficiente para que nos alejáramos de la multitud. Sentí un escalofrío cuando lo hizo. Pensé que me diría algo como "Te flagelarás con un látigo y luego te cortarás las manos".
—Al explotar la mesa hizo que saltara el cuchillo. Éste salió con toda la fuerza y te cortó —me explicó, mirando el enorme círculo de sangre en mi chaleco rasgado —. ¿Estás bien curada? —me miró con… curiosidad y ¿tristeza?
Un momento. ¿Me estaba haciendo una pregunta amable? ¿Estaba poniendo en duda las dotes de la enfermera más minuciosa de la tierra? ¿Se estaba preocupando por mí?
Allí caí en la cuenta de que sí se había preocupado por mí cuando me llevó a la enfermería sin vacilar. Y, ¡con qué cara me había mirado! Él estaba más asustado que yo. ¿O eran sólo ideas mías?
Arqueó las cejas al notar mi expresión de idiota con estanque cerebral. Me puse colorada.
—Eh, sí… sí. Me curó bien. Y…
—Ahora, entonces, anda a reparar todo el daño que…
—¡Pero yo no lo hice! —exploté, dando un pisotón en el suelo con el pie. Varios me miraron y se rieron —¡Fue Lockwood quien puso un…!
Me callé. Lockwood había puesto el petardo en mi mano. Y yo lo solté. Podría yo haberlo lanzado por la puerta.
De pura humillación mis ojos se llenaron de lágrimas y partí al aula de pociones, intentando consolarme con el hecho de que Snape había parecido preocupado por mí. Eran cerca de las siete cuando me puse a recoger las astillas dejadas por la mesa, las siete veinte cuando inicié a ordenar los pupitres, y las siete y media cuando comencé a refregar la pared chorreada de poción. Con la mano izquierda pasaba un trapo mojado y con la derecha usaba la varita. Nunca supe con qué avanzaba más lento. Los hechizos de limpieza no eran mi fuerte, definitivamente, y lo muggle no iba conmigo.
En el momento en que me subía a una mesa para limpiar la parte de pared que no alcanzaba, la puerta del aula se abrió de golpe y apareció Peeves, dando tumbos y riendo sin parar. Me quedé convertida en hielo cuando dirigió sus ojillos maliciosos hacia mí.
—Pero, ¿qué tenemos aquí? Una mocosa castigada.
—Hola, Peeves —farfullé, como si eso fuera a detenerlo de los planes que estaba maquinando en su cabeza.
—Cuando a alguien lo castigan, es porque ha hecho algo malo —se burló, dando lentos pasos en el aire, poniéndome los pelos de punta.
Me agaché despacio para bajar de la mesa antes que intentara empujarme. Ya tenía suficiente con la enfermería para ir otra vez.
—Así que… —continuó, quedando a sólo dos metros de mí. Yo ya había alcanzado a bajar una pierna hasta el suelo —, eso significa que hay que darle una buena lección a la persona…
—S-sí, el profesor… me está... castigando —balbuceé, de pie en el suelo. Al menos ya estaba segura de que, si me caía, no me dolería tanto el porrazo.
—Pero yo no estoy satisfecho. No, no, no. Has manchado la pared, y yo haré lo mismo contigo. ¡Al ataqueeeeeeeeeeeeeee!
El monstruo desgraciado fue muy rápido: cogió el cubo de agua sucia que era bastante grande, en donde yo había enjuagado el trapo y fue hasta mí. Sólo atiné a agacharme y cubrirme la cabeza con las manos, sin siquiera alcanzar a ponerme el gorro de la capa.
¡Splash!
Cayó el agua asquerosa sobre mí. Temblé al sentir la temperatura fría.
—¡Déjame en paz! DÉJAME, DÉJAME — grité antes de que acabara la última gota.
—¡Te lo mereces, por ensuciar las paredes! ¡Te lo mereces! Chilla la pobre basura/Agachada en el suelo/ Sin ningún consuelo/ Yo le daré su merecido, lo que será algo divertido…
—¡PEEVES!
No había oído a Snape entrar a la sala.
El poltergeist soltó una risotada, al igual que el cubo que hizo un sonido metálico al caer al piso de piedra. Snape pensó que iba a irse, por eso se encaminó hasta a mí. Yo me reincorporé, con apariencia de perro mojado.
Todo fue bastante rápido: Peeves se lanzó contra Snape, quitándole la varita y lanzándola al otro extremo, y luego ascendió al techo alto y desenroscó la lámpara que iba a caer justo sobre mí.
—¡Adiós! —chilló, dándole un último giro a la lámpara.
—¡No! — vociferó Snape, acortando el metro hasta a mí con un solo salto y empujándome.
Él calló de rodillas y yo sentada, pero ambos estábamos muy, muy cerca. Me tenía casi en un abrazo.
Sólo me salvó por un segundo, y en un segundo también desapareció el bicharraco ése, dando un portazo.
Por supuesto, apenas pude poner atención a Peeves. Todo lo demás se había borrado. De lo único que estaba consciente era de Snape. Se separó un poco de mí, mirándome asustado.
—¿Estás bien?
Creo que no le contesté, ni siquiera asentí. Lo que sí hice, fue mirarlo a los ojos. Me había salvado. Me había rescatado otra vez, a menos que fueran malinterpretaciones mías. Y estaba cerca de mí, sentía su respiración, sus ojos en los míos… Y a mí me gustaba, tarde me había dado cuenta, pero ahora lo sentía más que nunca. Así que, lo tomé por el cuello de la túnica e hice que ambos nos acercáramos la distancia distante equitativamente para yo poder besarlo. Estoy cien por ciento segura que no se lo esperaba: no me respondió el beso.
Al menos, eso fue en un inicio.
Yo no era que supiera dar besos. Una vez, hace tres años atrás me tuve que dar uno con un chico de Ravenclaw por una penitencia de Margaret, y no estuvo nada mal. Pero ese fue el único, y con Snape era totalmente diferente.
Los primeros dos segundos sentí sólo cosquillas en mi estómago, y luego cambió a calor, cuando Snape me rodeó la cintura con los brazos y enredó su lengua con la mía. ¡Lengua! Eso me hizo casi derretirme, pero apenas alcancé a poner las manos en su cuello, me soltó con brusquedad poniéndose de pie. Yo parecía un estropajo en el suelo.
Su expresión era de furia; estaba morado y yo roja.
—Vete —siseó —. Fuera de aquí. Tus castigos se han acabado.
Pensé que estaba de broma.
—¿Estás sorda? ¡Ándate de una buena vez!
Me paré en un dos por tres y salí corriendo, lejos, no sé adónde. Todavía no se alcanzaba a formar el lío en mi cabeza.
