Capítulo X
Aquél que nace debe primero destruir un mundo
Lo primero que hizo fue cerrar la puerta de su habitación para evitar que Rin se despertase con el sonido del televisor. Con pasos lentos, Haru se sentó al lado de Makoto, quien le pasó una mano en el hombro y lo apretó con suavidad, dándole ánimos. Pocas eran las veces que no sabía qué decirle a Haruka, pero sus opciones en relación a sus padres eran muy limitadas.
—Todo va a estar bien, Haru —se limitó a susurrar.
Como respuesta recibió un parco movimiento de cabeza que no pudo determinar como afirmativo ni como negativo. La batalla en la televisión continuaba, pero parecía que ninguno de los dos bandos avanzaba, y la CCG siempre se desgastaba antes. Haruka retorció las manos sobre su regazo y apretó los dientes. No podía distinguir a su padre, pero el largo pelo negro de su madre destacaba entre la mayoría de cabelleras cortas de los agentes. Estaba en la segunda línea, rodeada de otros agentes cuya función era, obviamente, protegerla mientras avanzaban, pero no habían recorrido ni un metro cuando los ghouls los tiraban hacia atrás de nuevo.
Diez minutos más tarde, la CCG se retiró en los furgones blindados a un perímetro de seguridad y los ghouls volvieron al edificio. El helicóptero televisivo que retransmitía la noticia en directo se alejó para mostrar los vehículos que rodeaban el edificio y la cifra de fallecidos que aparecía en pantalla superaba los cincuenta. Los fallecidos eran más del doble.
—Voy a llamar a Rin —decidió con un nudo en la garganta.
Intentaba convencerse a sí mismo mientras iba a su habitación que lo hacía para que estuviese al tanto de las noticias, pero sabía perfectamente que lo que necesitaba era que estuviese con él. Que, como Makoto, le dijese que todo iba a estar bien y que sus padres iban a volver vivos. Se sentó en el borde de la cama y zarandeó el brazo de Rin con más ímpetu del que habría querido. Su novio se despertó sobresaltado, pero le bastó con mirarlo a los ojos para saber que algo pasaba. Haruka no se molestó en explicárselo, simplemente lo llevó al salón y lo sentó frente a la televisión.
—Son pocos muertos —fue su primer comentario—. ¿Tus padres…?
—Mi madre está bien, la he visto retirarse. De mi padre no sé nada.
—Deberías llamarlos.
Haruka asintió con la cabeza y cogió el móvil. Las manos le temblaban cuando buscó el teléfono de su madre y le dio al botón verde. Los tres timbrazos se le hicieron los segundos más largos de su vida, hasta que su madre finalmente respondió.
—Haruka, estamos bien —dijo con rapidez—. Supongo que has visto... —su voz se quebró un poco. Haru no quiso creer que estaba a punto de llorar—. Estamos bien —repitió—. Ya nos veremos.
Le colgó antes siquiera de que Haru pudiese decirle nada, y las siguientes llamadas fueron respondidas por el buzón de voz. La televisión ahora enfocaba a los presentadores del informativo, en un programa especial, resumiendo lo que había pasado hasta el momento mientras lo que ellos llamaban "tregua" continuaba. El representante de la CCG aparecía en la esquina superior derecha de la pantalla, explicando que los agentes necesitaban recuperarse y que tenían a los ghousl acorralados.
—No se han mostrado tan agresivos como otras veces —contaba— porque saben que están rodeados. Seguramente estén ahorrando fuerzas para un contraataque más fuerte, pero no los dejaremos llevarlo a cabo.
Luego enfocaron de nuevo el edificio, y la pequeña mesa central volcó cuando Rin se puso en pie sin cuidado. Makoto dio un bote en el sofá, fue el último golpe que Haruka necesitó para que la taza de té saltase de sus manos y se hiciese añicos contra el suelo y Gou salió corriendo de su habitación.
—Makoto… Hermano, ¿qué…?
Rin abrió y cerró la boca un par de veces, como si buscase aire o intentase hablar, pero al final no hizo ninguna de las dos cosas y terminó sentado de nuevo en el sillón con una mano en el pecho, inhalando aire con dificultad. Caminó sobre los trozos de cerámica, rompiéndolos en lugar de cortarse, como si acercándose más a la televisión pudiese ver mejor lo que se retransmitía. Ninguno dijo nada durante un rato.
—Están en el cuartel equivocado —dijo al levantarse. Haru podía ver que estaba controlando el temblor de su cuerpo. La parte alta de su camiseta se sacudió con los inicios de la aparición de su kagune—. Ahí no están los ghouls que buscan, estamos nosotros.
—¿Nosotros? —preguntó Haru con el ceño fruncido—. ¿Te has unido a ellos?
Rin sacudió la cabeza con una negativa. Movía las manos de manera compulsiva y empezó a andar de un lado para otro. Intentaba buscar la manera de explicarle a Haru lo que pasaba sin que se lo tomase a mal, lo cual era francamente complicado. Haruka tendía a radicalizar sus pensamientos.
—No formalmente. —Haru chasqueó la lengua y Rin suspiró—. Necesitan ayuda, Haru. Y yo también, y tú. ¿Crees que esto va a terminarse simplemente quedándonos en casa, fingiendo ser otras personas? ¿Qué podremos vivir tranquilamente en esta ciudad mientras yo tenga que comer carne humana para sobrevivir?
—¡Pues iremos donde haga falta! —gritó Haru, levantándose también para poder mirarlo a los ojos—. ¡Pero no vas a ponerte en peligro otra vez! ¡No mientras yo pueda impedirlo!
Se acercó a Rin, con toda la intención de darle un golpe que le quitase aquellas ideas de la cabeza, pero cuando se paró frente a él su brazo no se movió de su costado. Algo en su cabeza le impedía hacerle daño a Rin cuando le estaba pidiendo precisamente que no se arriesgase. La mano le tembló, y lo único que alcanzó a hacer fue cogerlo del brazo, apretándolo más de la cuenta. No importaba, a Rin no le hacía daño.
—La cuestión es que no puedes, Haru —fue su respuesta. Haruka lo miró con los ojos muy abiertos—. Eres la persona que más quiero, y esto lo hago por ti.
—Si lo hicieses por mí, no irías.
Rin supo que Haruka no iba a entenderlo; que Makoto tampoco lo haría. Gou, sin embargo, lo miraba con determinación. Había barreras que ni siquiera el vínculo que tenían ellos se podían superar. Rin aprovechó el agarre para acercar a Haruka y besarlo, y como siempre que aquél contacto se producía todo a su alrededor desapareció y sintió su cuerpo derretirse cuando Haru le pasó los brazos por la espalda a fin de tenerlo más cerca.
—No es una despedida —dijo Rin por lo bajo.
—Por supuesto que no —contestó Haru, tan seguro que Rin fue capaz de creerlo.
Makoto y Gou habían desaparecido del lugar, seguramente para dejarles una intimidad necesaria. Se dejó llevar por Haru hasta la habitación, con el sonido de la televisión de fondo al que ya no prestaban ninguna atención. Habían desplazado la preocupación a un rincón oscuro de su mente, tratando de disfrutar del último resquicio de paz que tendrían en mucho tiempo. Les daba igual si Makoto y Gou estaban en la habitación contigua, porque posiblemente ellos tampoco estuviesen pensando en quién más había en la casa. Haru cerró la puerta por mera costumbre.
Avanzó a trompicones, tropezándose con su propia ropa, mientras besaba a Rin de camino a la cama. No era una despedida, Haruka se lo repetía de manera incesante a la vez que tumbaba a Rin y se acomodaba entre sus piernas para no romper en ningún momento la unión de sus bocas. Sin embargo, había un toque amargo en la saliva que le impedía por completo alejar los pensamientos sobre el porqué de esa situación concreta.
Haruka querría desconectar, dejar de pensar en el mundo en el que vivían y simplemente rozarse contra Rin hasta que su excitación amenazase con hacer un agujero en sus pantalones. Quería besarlo y que la ferocidad del beso les dejase la boca rodeada de saliva y los labios rojos e hinchados, y arrancarle la ropa hasta el punto de, quizás, romperle otra camiseta al dejarse llevar demasiado.
En cambio sus besos eran lentos, y lo único rojo que podría quedar después de aquello serían sus ojos tras soltar todas las lágrimas que llevaba tanto tiempo reteniendo. Abrazó a Rin como si fuera a desaparecer en cualquier momento, ejerciendo una fuerza que a un humano le habría hecho daño. Rin enredó los dedos en su pelo, haciéndole cosquillas, y Haru se sorprendió a sí mismo soltando una pequeña risa que dejaba atisbar su tristeza.
Se separó de Rin lo justo para mirarlo a los ojos y lo besó, lo beso en la nariz, en los párpados y en la frente, y en cada centímetro de su rostro que tenía al alcance. Quizás si dejaba la suficiente impronta en él nadie podría arrebatárselo. Rin suspiró y le devolvió los besos en el cuello y en el mentón, enredando sus piernas con las de él, traspasándole ese calor tan familiar. Haruka mentiría si dijese que no tenía ganas de llorar.
—Te quiero —susurró con un nudo en la garganta, y sintió que nunca lo había sentido tanto como en ese momento.
—Y yo a ti.
La respuesta de Rin llegó ahogada por su propia piel, pues en ningún momento dejó de besarlo. Haru buscó de nuevo sus labios, sintiéndose algo más vivo cuando su cuerpo comenzó a responder a los movimientos insinuantes de las piernas de Rin. Tanteó con sus dedos la camiseta hasta que encontró la abertura y coló las manos bajo la tela, acariciando el torso de Rin, subiendo poco a poco la camiseta hasta sacársela por el cuello.
Como si no lo hubiese visto nunca, Haruka pasea sus dedos y su boca por cada parte del cuerpo de Rin que ha quedado expuesta, por una piel que debería estar plagada de cicatrices y que, en cambio, está lisa como la seda, porque las heridas de Rin no sanan como las de una persona normal. Muerde un poco en el hueco que dejan las costillas y se deleita con el jadeo ahogado que Rin deja escapar. Rodea con la punta de la lengua su ombligo y distrae a Rin con besos mientras le desabrocha el cinturón y le baja los pantalones.
Sabe que Rin no se lo espera antes incluso de meterse su erección en la boca porque, aunque realmente no tienen un límite de tiempo, Rin tiene algo similar a prisa, así que Haruka se contenta con sacarle unos pocos gemidos con su boca antes de volver a besarlo y desabrochar su propio pantalón con la ayuda torpe de su novio. Rin deja de ser capaz de coordinar sus manos cuando está excitado, Haru lo sabe desde hace mucho tiempo. Tiene que terminar él mismo de desnudarse, y cuando su cuerpo se encuentra con el de Rin se da cuenta de lo importante que es para él, como si su mente necesitase ese último empujón para aceptar que no podía vivir sin él.
Pero no le va a decir nada. Haru sólo lo abraza con más fuerza, lo besa con más intensidad, intentando que su cuerpo elimine todo pensamiento racional durante unos minutos. Funciona, al menos un poco. Jadea cuando Rin alza la pelvis en busca de más contacto y lo toma de la cadera para pegarlo a él. Su cuerpo arde y su erección le reclama a cada roce que le haga caso. Hunde los dedos de su mano derecha en el pelo de Rin, y con la izquierda recorre su muslo. De manera instintiva, Rin separa las piernas y Haru se arrodilla entre ellas. No dejan de besarse en ningún momento.
Rin no lo deja separarse para ir a por el lubricante. Tiene prisa, recuerda, o quizás sólo le apetece hacerlo así esa vez. Haruka desea que sea eso último. Gime cuando siente la mano de Rin tocando su punta ligeramente húmeda, y lo hace un poco más alto cuando une ambas erecciones y las masturba a la vez. La saliva se ha secado por completo. Su mano es rechazada, y Haruka lo mira a los ojos cuando le pregunta en silencio si de verdad eso es lo que quiere. La respuesta es afirmativa.
La presión de las piernas de Rin sobre sus hombros es grande, pesada. El momento en que empieza a entrar en él, denso. Haruka siente calor, pero le recorre un escalofrío. No puede mantener su respiración regular cuando Rin intenta empujar hacia delante sin éxito. Está muy seco, muy estrecho, y Haru piensa que es la primera vez que de manera tan ruda y tan suave a la vez.
Está siendo la primera vez para muchas cosas.
Cuando reúne el aire suficiente para entrar de un solo golpe, Rin gime de dolor y le estira del pelo. Haruka jadea sobre sus labios, recibiendo el beso que lo reclama, y empieza a moverse. Al principio es difícil e incluso doloroso, pero tras un par de minutos todo se hace más llevadero, más como siempre. Si no fuese porque Rin no puede sangrar por algo así, juraría que hay sangre ayudando a la unión de sus cuerpos.
Quizás deberían controlar el volumen de sus gemidos, porque ya no viven solos. Pero quizás deberían haber hecho tantas otras cosas que no han hecho que Haruka no cree que eso sea importante en ese momento. Rin está gimiendo su nombre, gimiendo que le quiere mientras le araña la espalda con las uñas, y Haru siente que la cordura que lo mantiene atado a la realidad se rompe poco a poco conforme se mueve al ritmo que las caderas de Rin le permiten, lento pero constante, y su falta de aliento se manifiesta en una sequedad de garganta que hace que le duela.
—Haru.
Esa vez no está gimiendo, lo llama. Haruka hace un esfuerzo sobrehumano para buscar los ojos de Rin en medio de la bruma que comienza a ser su visión. Siente los dedos de Rin rodear su rostro y cree verlo sonreír justo antes de que se le escape un gemido que destroza la mueca. Haruka pega su frente a la contraria y nota cómo se resbala con el sudor. Siente una quemazón en el abdomen, un calambre en la entrepierna porque está en su límite. Susurra su nombre, una, dos, tres veces, cada vez un poco más alto, hasta que la última embestida lo hace desequilibrarse y termina con un grito que se apaga en la boca de Rin.
Apenas siente el orgasmo de Rin entre ellos. Está agotado a nivel psicológico, y las únicas fuerzas que reúne las emplea que abrazar a su novio. Se mueve lo justo para salir de Rin y se mantiene así, rodeándolo con los brazos, hundiendo la nariz en su pelo. Rin se deja besar de nuevo, como al principio, por todo el rostro. Guiña los ojos cuando Haru besa sus párpados, y ríe ligeramente ante el gesto, callándose cuando los besos alcanzan su boca para poder corresponder con propiedad.
Haruka quiere decirle de nuevo que lo quiere, pero las palabras se atascan en su garganta. Rin, sin embargo, lo entiende.
Ninguno dice nada cuando Rin se levanta de la cama. Anda de forma extraña hasta que sale de la habitación, pero cuando vuelve del baño ya no se le nota. Haru está sentado en el borde de la cama, con una sábana como única censura. Ha estado mirando la alfombra azul desde que Rin ha salido de la habitación, y sólo alza la vista al ver las manos de Rin apoyarse en sus rodillas.
—Te quiero —le dice, con un tono de voz aplastante. Haruka asiente. Lo sabe. Ambos lo saben.
—Y yo a ti.
Makoto y Gou no hacen ningún comentario cuando los cuatro se encuentran en el salón; no es momento de bromas que en otra ocasión provocarían risas incómodas y luego carcajadas estridentes. Gou está vestida de negro de pies a cabeza y lleva en la mano la máscara que le cubre todo el rostro a excepción de los ojos. Su pelo rubio y corto está sujetado en una apretada pequeña coleta.
Rin ha cogido su máscara también, pero la nueva, no la que simula la boca de un tiburón. Se ha peinado hacia atrás para que el pelo no le moleste y es incapaz de mirar a Haru a los ojos, porque en el fondo no soporta la idea de dejarlo de nuevo cuando se prometió que nunca volvería a hacerlo.
—Volveré —escucha que le dice su hermana a Makoto.
La sigue fuera de la vivienda, sin dirigirle la palabra a Haruka. Sus ojos se encuentran una vez antes de que la puerta se cierre, y Rin siente algo de alivio cuando ve que no lo odia.
.
Reina Nanase se retiró por tercera vez del campo de batalla. Incluso complementando su quinque habitual con uno a larga distancia, los avances eran mínimos. Su terreno habitual era una escueta sala de interrogatorios en la que los ghouls estaban molidos, desarmados e indefensos. El campo abierto y las batallas eran el hábitat natural de su marido, que peleaba en la primera línea.
Hiroki y su escuadrón eran los que más terreno habían ganado sin perderlo dos minutos después. No necesitaba nada más que su quinque habitual y, a pesar de la resistencia de los ghouls, el avance era incesante pero seguro. Reina miró por última vez a su marido antes de deshacerse la coleta y volver a hacérsela. Dos hombres habían muerto protegiéndola, sus únicas secuelas eran unos cortes poco profundos en el dorso de la mano derecha. Se quitó el guante roto, dejó que le vendasen la mano y se puso un guante no sólo nuevo, sino también limpio de sangre.
—Situación —exigió, dirigiéndose a los agentes que monitorizaban los satélites sobre el lugar.
No había cambiado desde la última vez que la habían informado. Existía un número desconocido de enemigos dentro del edificio que por el momento no estaba tomando parte en la lucha. Sólo habían conseguido acabar con veintitrés de los ghouls que los atacaban, mientras que habían muerto ya cuarentaiún agentes. Reina tomó asiento, preparándose para volver ahí fuera e intentar igualar un poco las cifras. O abrir una entrada al edificio para poder acabar con aquello de raíz.
—Nanase-san, debería quedarse aquí —le dijo uno de sus subordinados—. La necesitaremos para los interrogatorios y el equipo de explosivos está a punto de llegar.
—Tengo que salir ahí hasta que lleguen los equipos que faltan. —Las ciudades vecinas les habían mostrado su apoyo, pero los agentes aún no llegaban. En la CCG no habían podido permitirse alargar el golpe a riesgo de que se descubriesen sus planes, y se habían lanzado con las fuerzas que tenían disponibles—. Y mientras no haya un hueco para llegar, el equipo de explosivos es inútil.
Era Hiroki quien estaba más cerca de conseguir aquello, pero lo tendría más fácil si Reina le quitaba algunos ghouls de en medio. Desenfundó su quinque de nuevo y dio una orden seca para que la siguiesen. Sus subordinados terminaron de ajustarse las piezas del uniforme reforzado que habían tenido que cambiar y la rodearon, como la barrera humana que eran. Aquello de que todas las vidas tenían el mismo valor era una tremenda mentira.
—Iremos con todo —dijo una vez estuvieran ya fuera del alcance de escucha de aquellos que preferían anteponer su propia seguridad a la de la misma ciudad—. Vamos a unirnos al escuadrón especial por el flanco derecho. Nuestra misión es facilitar la llegada a la base del edificio para que el equipo de explosivos pueda hacer su trabajo.
Sus hombres asintieron con un grito unánime y volvieron a la carga. El escuadrón especial estaba a otro nivel, Hiroki no peleaba rodeado de sus subordinados, sino que estaba en primera línea, en aquel momento enzarzado en una brutal batalla contra una ghoul con kagune doble que usaba una parte para atacar y la otra para defenderse. Había cinco más alrededor y, al final, uno metros separado de la pared del edificio, estaba el ghoul cuyo kagune traslúcido hacía las veces de escudo.
—¡Escuchadme! —gritó poco antes de llegar a su posición—. Aquél es nuestro objeto —dijo, señalando al ghoul con su quinque en forma de espalda—. Si conseguimos acabar con él, sin importar lo que nos cueste, habremos ganado este asalto.
Se lanzaron en oleadas, línea tras línea. Reina en la tercera, justo en el medio. Vio caer a dos de sus hombres cuando los ataques de sus propios quinques se volvieron contra ellos al chocar contra la barrera. El ghoul se vio forzado a usar su kagune para protegerse a sí mismo, dejando a algunos de sus compañeros sin el amparo de la barrera. Durante el breve momento de confusión en el que los planes de los ghouls se torcieron, Hiroki fue capaz de matar a dos de los tres que se habían quedado sin protección y avanzar otros diez metros hacia el edificio.
Conocían sus formas de atacar, supo Reina, y habían organizado su estrategia en base a ello. No les costó reagruparse atrás cuando perdieron efectivos, y en menos de dos minutos los habían sustituido otro par de ghouls. Habían ganado terreno hacia el edificio y, por primera vez, Reina vio a sus enemigos nerviosos. Durante un momento se extendió entre ellos una calma tensa, en la que ninguno de los dos bandos atacaba. Reino hizo un gesto suave a los hombres que le quedaban para que la cubriesen mientras se acercaba a su marido.
—Están nerviosos —le dijo a Hiroki cuando llegó a su lado—. Creo que el ghoul con ese kagune que se encarga de la mayor parte de la defensa no tiene sustituto. No hay otro igual, y empiezan a tener miedo de que podamos llegar a él.
—Si acabamos con ese tendremos una parte ganada —resumió él. Pragmático, como siempre. Enfocado en lo que le importaba. Su trabajo era matar, y redirigiría todos sus pensamientos a hacerlo de la forma más eficaz posible.
—Sí —suspiró Reina—. Lanzando un ataque en masa desde todos los puntos podríamos hacerlo en unos veinte minutos.
—Perderíamos a dos tercios de los hombres que enviásemos. Por lo menos.
—En efecto.
En silencio, ambos miraron a la fila de ghouls que se ocultaban tras el escudo. La película traslúcida de color rojizo deformaba sus rostros allí donde se curvaba. Excepto los dos nuevos, todos se veían cansados pero resistentes, exactamente igual que ellos. Si aún quedaba alguien que desconociese la existencia de los ghouls, no vería diferencias entre ellos. Pero Reina las veía.
Veía la sed de sangre, de venganza y de rencor en los ojos negros que los observaban. Veía las ganas de hacerles daño y casi podía imaginárselos riendo desquiciados mientras despedazaban a Hiroki frente a ella y se lo comían como si fuesen perros. Podía verlos torturando a Haruka, usándolo para hacerlos sufrir, como si ellos fuesen los malos en aquella película de mal gusto. Como si fuesen ellos los que comían personas.
No le hizo falta que su marido le dijese nada. Escudada por sus compañeros, volvió sobre sus pasos hasta el camión negro en el que se encontraba el comandante de la CCG y le expuso su idea, con todas sus ventajas, sus desventajas y, sobre todo, sus consecuencias. La respuesta fue inmediata, apenas un asentimiento seco con un implícito "no les digas que van a morir". Reina inclinó ligeramente la cabeza y agrupó a cuarenta y cinco soldados que esperaban a ser necesarios en la batalla.
Conocía a varios. Bajo sus cascos negros que apenas dejaban ver sus ojos y su nariz era capaz de reconocer la forma de sus pestañas y la inclinación de su tabique. Los recordaba llevándole café o informes cuando había entrado nuevos, todo nervios e ilusiones. La firmeza de su determinación variaba de un rostro a otro, pero ya no había sonrisas tras los halagos, y las ganas de luchar se habían esfumado hacía horas.
Reina sabía que querían irse a su casa, abrazar a sus novias, a sus esposas y a sus hijos. Sabía que se arrepentían del trabajo que habían escogido aunque una parte de ellos les gritase que estaban haciendo lo correcto, que estaban ayudando a la humanidad. Sabía que en ese momento, el amor por sus seres queridos era mayor que aquél que sentían por el mundo. Ella misma sentía, bullendo en su pecho, la necesidad de abrazar a su hijo, por si aquella era la última vez que salía al campo de batalla. Inspiró hondo.
—Sé que preferiríais estar en cualquier otro lugar. Yo también —dijo con voz fuerte—. Querría estar en mi casa, con mi marido y mi hijo —"y mi yerno", le dijo una pequeña voz en la cabeza. No Ren, sino Rin, ese chico que había conseguido con Haruka lo que ellos no habían podido: hacerlo feliz—. Pero esto lo hacemos por ellos. Estamos construyendo un mundo en el que puedan vivir seguros. Damos nuestra vida para que ellos puedan vivir sin miedo a ser atacados en cualquier momento.
»Es normal estar asustado. Pero somos más, estamos más preparados, y tenemos la razón. Somos nosotros los únicos que podemos librar el país de la infecta existencia de los ghouls y volverlo a hacer un lugar seguro. Hoy no es el momento de dudar.
No obtuvo una respuesta gritada al aire, como hacía su escuadrón cuando salía a luchar. Los cuarenta y cinco hombres inclinaron la cabeza al finalizar su discurso y desenfundaron sus armas, esperando órdenes. Reina los dividió en cinco grupos: dos menos numerosos que atacarían desde los flancos del Escuadrón Especial y tres más poblados que se ocuparían de los lados y la parte de atrás. Ella iría en el de la retaguardia; quería ser ella misma quien acabase con aquél ghoul, quería darle a Hiroki la oportunidad de dar el golpe final.
—Atacaremos todos a la vez, con todo lo que tengamos. Los aplastaremos con fuerza bruta.
Estaba protegida como la que más, pero tenía miedo. Podía morir exactamente igual que sus compañeros, de maneras tan horribles que sólo pensarlo le paralizaba los músculos y la hacía más lenta. Cada vez que veía un chorro de sangre elevarse al aire pensaba que era de los suyos, aun sin saberlo. Cada vez que un kagune le pasaba rozando y abría una brecha en su traje se volvía un poco más lenta. No quería morir.
Quizás se había dado cuenta demasiado tarde de que no merecía la pena morir por su trabajo si eso le traía desgracia a Haruka. Tal vez si lo hubiese dejado cuando se quedó embarazada sus vidas habrían sido un poco más tranquilas, más felices. Quizás su hijo le dedicaría más palabras que los monosílabos sueltos que lograban arrancarle en una conversación. Pero no lo había hecho, y eso la había llevado a una única opción en su momento.
Su visión de repente se tornó roja. Frente a ella, la barrera vista desde atrás parecía más rígida y oscura. Era increíblemente complicado distinguir las figuras humanas del otro lado. Reina alzó su quinque, que se sacudió de la emoción que ella misma emanaba. El ghoul apenas pudo girar el cuello para mirarla cuando fue sesgado por la mitad. Reina le dio una patada a la mitad superior antes de que empezase a regenerarse, sólo por si acaso. El cuerpo cayó en un charco de sangre escarlata y vísceras amoratadas, y el kagune se disolvió en el aire como si jamás hubiera estado allí.
—¡Retirada! —escuchó. La voz no era de Hiroki, por lo que la orden venía del bando contrario.
—¡No los dejéis ir! —respondió su marido.
Reina se quedó en su lugar mientras los pocos hombres que había sobrevivido a la carnicería iban tras los ghouls que huían. Se quitó el guante de la mano derecha y buscó con la mano desnuda el kakuhou entre los intestinos del ghoul. Era un futuro quinque demasiado valioso como para dejarlo allí.
La persecución resultó en más muertos en pos de que sólo un ghoul de los atacantes consiguiera escapar. Reina volvió la primera, con el órgano ensangrentado en la mano. Lo dejó con el primer médico que encontró con la clara advertencia de que lo tratase como si fuera oro si no quería sufrir las consecuencias y empezó a quitarse el traje reforzado. El aire la golpeó en la fina ropa cuando se quitó la parte de arriba. Las cifras eran espantosas: tan sólo siete de los cuarenta y cinco hombres que se habían involucrado en la operación final habían sobrevivido, dos de ellos con mutilaciones y otros tantos con heridas graves. Del equipo de Hiroki había caído un hombre. Habían dado un gran golpe, pero los números seguían estando en su contra.
Sin embargo, Reina sabía que su papel allí fuera había acabado. Su habilidad no era tal como para entrar a luchar en un espacio cerrado, mucho menos con el cansancio que la acuciaba ya. Por otra parte, Hiroki volvía a prepararse, sin darse un mínimo de descanso. Cuando se hubo desecho de todo el traje y hubo recuperado la movilidad total de su cuerpo se acercó a él, limpiándose la mano ensangrentada con una pequeña toalla húmeda. Hiroki daba instrucciones al equipo de asalto y al de explosivos sobre por dónde entrar y qué zonas quería atacar primero.
—Haruka ha llamado antes —dijo, atrayendo la atención de su marido—. Parecía preocupado.
—Eso sí son noticias sorprendentes.
Reina frunció el ceño y Hiroki la miró con frialdad. Quería decirle a su esposa que Haruka no había sido el mismo desde el incidente con Rin Matsuoka, y menos desde que le habían revelado su profesión. Hiroki era capaz de sentir el odio que emanaba de su hijo cuando se veían, algo que había heredado de su madre. Tal vez por eso Reina era incapaz de notarlo, o fingía no hacerlo. Ninguna madre quería aceptar que su hijo la odiaba, pero Hiroki sí podía.
—Ojalá pudiésemos salvar a Haruka.
—No sabes lo que dices. Es tu hijo, por el amor de Dios, Hiroki.
—¡Sabes que ya ha elegido bando!
—¡Pues lo protegeremos! ¡Lo protegeremos hasta que este mundo esté limpio! Pero no puedes dejarlo de lado. No puedes.
Le gustaría poder decirle a Reina que no creía que ese mundo fuese a estar limpio nunca, o al menos que ellos no vivirían para verlo. La guerra sería eterna, o al final los ghouls se impondrían, como todas las razas superiores se han impuesto a las inferiores a lo largo de la historia de la Tierra. Mientras ellos respirasen, Haruka los odiaría. Los odiaría por haberle quitado a Rin, por haber matado y torturado a sus iguales, y no importaba lo mucho que intentasen explicarle que todo aquello lo hacían por él, para darle un mundo mejor, porque Hiroki sabía que su hijo no cedería.
Él tampoco lo haría si le hubieran arrebatado a Reina.
Le puso las manos en los hombros a su esposa y depositó un beso en su frente. No podía decirle todo aquello y destrozar la entereza que quedaba en sus ojos. Quizás era él quien estaba equivocado y dentro de cinco años todo aquello podía ser recordado como una terrible pesadilla. No podía predecir un futuro tan incierto como el que se iba a derivar de todo aquello, y mucho menos podía romper a la persona que más le importaba en el mundo.
—Entonces tengo que ir a limpiar el mundo —dijo en voz baja.
Reina no respondió. Sus ojos no tenían lágrimas a punto de caer ni estaban tristes. Aquella era la mujer de la que se había enamorado, fuerte e impertérrita. La poca gente que los conocía a los tres solía decir que Haruka era tan frío como su padre, pero Hiroki sabía que su verdadera templanza procedía de Reina. Esa capacidad para encerrar lo que sentían y dejarlo escapar sólo cuando se sentían en plena confianza no era suya.
Sintió un pequeño pinchazo en el pecho al darle la espalda a su esposa y dirigirse de nuevo al edificio, siempre con la incertidumbre de no saber si volvería a verla. ¿Cuánto hacía que no le recordaba lo mucho que la amaba? ¿Cuándo había sido la última vez que abrazó a su hijo? ¿En qué momento había dejado de abrazar a Reina por las noches? Aferró su quinque con más fuerza, en la retaguardia del equipo de explosivos. Los pocos ghouls que salieron a detenerlos no pudieron hacer nada contra los hombres del Equipo Especial recién incorporados, frescos y sin cansancio acumulado. El as bajo la manga de Hiroki.
Sin embargo, una vez alcanzaron el edificio la calma los rodeó. En la escalera hacia el sótano nadie los atacó, y el lugar estaba desierto, a pesar de que Hiroki sabía que eran conscientes de sus intenciones de volar el edificio desde los cimientos.
—Raro —murmuró, llamando la atención de su subcapitán—. Deberían estar intentando que no pusiésemos las bombas.
—Tal vez piensan desalojar.
—Tenemos el edificio rodeado. No lo conseguirían a tiempo.
Disparos. Disparos en el exterior fue lo que disparó las alarmas. Hiroki metió prisa a los artificieros para que terminasen de montar las bombas. Sin saber lo que pasaba, intuía que el objetivo del ataque serían ellos. Habrían elegido atacar desde el exterior para sorprenderlos, tal vez, o para acorralarlos contra un lado del sótano. Pero a través de la puerta entró un solo ghoul.
No había liberado su kagune. Atacaba usando su velocidad, noqueando a los agentes a base de golpes secos en el cuello. Hiroki logró alzar su quinque con forma de mandoble a tiempo para evitar una patada en el rostro. El ghoul rebotó y cayó con gracia delante de él. El pelo marrón no le cubría el rostro y la máscara roja sólo le tapaba la boca. Hiroki lo reconoce y su respiración se corta, porque de repente muchas piezas encajan por sí solas.
—Matsuoka —susurra. Y la fuerza que tenía flaquea un poco, porque ese chico ha sido capaz de hacer a Haruka feliz no una, sino dos veces.
Bueno, bueno. Hola. No me matéis.
Sé que merezco el peor de los horrores porque no he estado inactiva, sino que me he pasado a otros fandoms. Traición. Pero para que veáis que no, que no he abandonado el fic. Sigo sin poder prometeros fecha de actualización, pero queda un capítulo y el epílogo, así que esto está llegando ya al final y, aunque sé lo que quiero que pase, me está costando mucho escribirlo.
PD: ni he revisado el capítulo, así que cualquier cosa que veáis ponedmelo en los comentarios.
Iré respondiendo los reviews que tengo de a poquito, cuando vaya teniendo tiempo. ¡Feliz año nuevo, mis chiquitines! Los que sigáis leyendo, muchas gracias por tenerme esta paciencia.
¡Espero que nos leamos prontito! Ojalá os haya gustado el capítulo y podáis dedicarme unos segunditos a decírmelo.
