Compromiso Real regresó a Fanfiction ;)

Los personajes son de la maravillosa Stephenie Meyer, La historia es una adaptación de La Princesa y el Italiano de Jane Porter.


La princesa y el italiano -Jane Porter

Compromiso Real

Capítulo 8

EDWARD estaba a punto de salir del palacio para ir al hotel Porto Palace cuando se encontró con Rose, que a pesar de la hora y del embarazo estaba tan elegante como siempre.

—¿Has disfrutado de la fiesta? —preguntó ella con una cálida sonrisa.

—Sí, gracias. ¿Y tú?

—Mucho. Me alegra tanto ver al abuelo fe liz... No lo veía tan relajado desde antes de la muerte de la abuela.

Edward no quería escuchar aquello. Ya se sentía bastante culpable.

—Creo que se siente especialmente feliz por tener a sus tres nietas en casa.

—Tal vez, pero su mirada denota el alivio que siente. Sus preocupaciones respecto al fu turo de Forks se han esfumado —Rose apoyó una mano en su abultado vientre y sonrió—. El abuelo tiene una gran confianza en ti. Todos la tenemos.

Las palabras de Rose no dejaron de resonar en la mente de Edward mientras se preparaba para acostarse.

Todo había cambiado desde la noche de su llegada a Nueva Orleans. Sabía a qué se habían comprometido Isabella y él, sabía que su matri monio era un acuerdo, una fusión de familias y poder... pero las cosas se habían vuelto mucho más personales.

Aquello ya no era un asunto de negocios. Y él no se sentía precisamente tranquilo.

¿Cómo iban a casarse así? El matrimonio de bía ser algo digno, maduro, respetable. Sin em bargo, él sentía que estaba perdiendo su digni dad y su madurez a pasos agigantados. Se sentía confuso.

Se sentía como si volviera a ser un niño, el niño que fue. Durante su infancia fue arrastrado de un lugar a otro del planeta por su guapísima y sofisticada madre, la princesa Elizabeth, que era amada por todo el mundo excepto por aquellos que la conocían bien.

Pero ya no era un niño.

Ya no lo controlaba nadie.

Era un adulto que tomaba decisiones por su cuenta.

Y como había dicho Rosalie, el rey Charles contaba con él. El rey Charles lo necesitaba. El rey Charles ya era mayor y necesitaba su ayu da.

Y él podía hacer aquello, se dijo, apretando los dientes. Isabella y él superarían sus diferencias, su desilusión, y saldrían adelante. Todo iría bien. Todo debía ir bien.

.

.

Pero a la mañana siguiente, cuando volvió al palacio vestido formalmente para la sesión foto gráfica, Isabella aún no había bajado.

Esperó quince minutos, y luego quince más, y finalmente pidió a una doncella que fuera a buscarla.

La doncella regresó al cabo de un momento.

—La princesa debe de haber ido a algún sitio porque no está en su dormitorio.

El rey Charles lo invitó a esperar en su estudio y Edward aceptó, aunque le costó verdaderos es fuerzos no manifestar su disgusto.

Ya estaba perdiendo la paciencia con todo aquello. Estaba allí hacía media hora, listo para la sesión, ¿y dónde estaba Isabella? ¿Por qué se estaba retrasando? ¿Cómo podía ignorar sus responsabilidades de aquel modo?

De no ser por la edad y la fragilidad del rey Charles... y por el desafortunado hecho de haber sido él quien había desflorado a su nieta en Nueva Orleans, lo que implicaba determinadas responsabilidades, habría cancelado su compro miso en aquel mismo momento.

Apretó los dientes y trató de contener sus emociones. Sabía quién era y lo que era, y aun que nunca fuera a ser el caballero de brillante armadura con el que soñaban casi todas las mujeres, incluso él sabía que no se tomaba la virgi nidad de una joven princesa de veintidós años, para luego devolverla como si nada hubiera pa sado al patriarca de la familia.

—¿Un coñac? —ofreció el rey Charles.

—Demasiado temprano para mí —contestó Edward, que estaba haciendo verdaderos esfuerzos para conservar la calma.

Tal vez en otra época quiso ser un auténtico príncipe de cuento, el que mataba al dragón y rescataba a la dama de sus garras, pero habían pasado muchos años desde entonces. Eso suce dió antes de que supiera realmente quién era, antes de que comprendiera que el mundo en que había nacido y su herencia lo destruirían si él no los destruía primero.

Su familia, la única que había conocido, ha bía sido tan atípica... y, sin embargo, sus padres se casaron por amor.

Amor.

Si aquello era lo que el amor le hacía a uno, no quería saber nada al respecto. Y el amor nunca había formado parte de la ecuación para él, ni cuando salía con una mujer, ni cuando de cidió casarse y eligió a Isabella.

Había evitado a propósito el contacto con ella hasta poco antes de la boda. Quería que la relación fuera impersonal, civilizada. Era per fectamente capaz de cumplir con su deber, pero no quería saber nada de emociones y pasiones.

Sin embargo, lo sucedido con Isabella en Nueva Orleans había sido pura pasión, pura emo ción.

La perspectiva de un matrimonio impersonal con ella se había convertido en una pesadilla.

—Puede que tome ese coñac después de todo —dijo mientras el rey se servía una copa.

Charles sonrió sin humor.

—Me temo que es ella quien me ha llevado a la bebida. Se ha convertido en una desconocida para mí.

Edward se acercó y tomó la copa que le ofreció.

—He enviado a Alice a buscarla —añadió el rey al cabo de un momento—. Ella la encontrará.

Edward no estaba convencido. Sospechaba que Isabella se había ido de Porto. Debería haberlo imaginado. Se le daban muy bien las despedi das... como a su propia madre, que jamás fue capaz de permanecer en un sitio el tiempo sufi ciente para cumplir con su deber.

Pero la abnegación nunca formó parte del carácter de Elizabeth.

—El fotógrafo y su ayudante esperarán —aña dió Charles.

La sesión de fotos. Edward casi la había olvida do. Odiaba las fotos. Ya había soportado sufi cientes sesiones cuando era niño, y recordaba especialmente las de antes del divorcio de sus padres, en las que se notaba claramente que no soportaban estar uno junto al otro.

Desde entonces no había vuelto a sonreír ante una cámara, no se había dejado manipular para comportarse como si nada lo afecta ra.

Resultaba irónico que se estuviera esforzan do tanto en aquellos momentos por ser amable con el rey Charles mientras Isabella utilizaba uno de los trucos de la princesa Elizabeth y desaparecía... sin sufrir luego nunca las consecuencias de sus actos.

—Marie y yo la criamos —dijo el rey Charles mientras iban a sentarse—. Rosalie siempre fue la traviesa y nos dio muchos problemas, pero Isabella... —miró a Edward con expresión de discul pa—. Alice la encontrará. Conoce muy bien sus sitios favoritos.

Pero Alice no la encontró y fue Rose quien encontró la nota de despedida de Isabella en su habitación. Después, el servicio de seguridad del palacio alertó al rey Charles de que había sido vista abordando un ferry a Mejia.

El rey convocó de inmediato una reunión fa miliar. Edward asistió, pero apenas pudo soportar lo falso que se sentía entre los demás. Estaba fu rioso. Humillado.

—Ya que es obvio que va a la casa de la fami lia en Mejia —dijo Alice—, Edward podría utilizar el helicóptero de Jasper para ir a buscarla.

—¿Por qué traerla de vuelta? —preguntó Rose—. Es evidente que no quiere estar aquí.

—A Isabella nunca le ha gustado que le presten tanta atención y no soporta verse sometida al escrutinio público —explicó Alice.

—En ese caso, quedaros allí —sugirió Emmett Hale, el marido de Rose—. Podéis alojaros en la villa y tratar de resolver vuestros asuntos.

—Tengo mi propia villa en la isla —dijo Edward, incómodo. Le avergonzaba hablar de su relación ante otros, aunque fueran de la familia de Isabella. En su familia, no se había discutido jamás de nada—. Puede que nos tomemos un par de días...

—Una semana —interrumpió el rey Charles a la vez que golpeaba el suelo con su bastón—. O dos. Lo que haga falta.

—Lo que haga falta —repitió Edward, y su boca se curvó en una sonrisa por completo carente de humor.

No podía creer que fuera a ir de nuevo tras Isabella.

.

.

Una hora más tarde, Isabella aguardaba pa cientemente a que el ferry atracara.

Adoraba la pequeña isla de Mejia desde que era niña. La vida en el palacio de Forks era de masiado estricta y formal, pero allí todo era más relajado, más desenfadado.

El capitán la tomó del codo para ayudarla a bajar. Había sido un viaje de tres horas, pero no creía que la hubieran reconocido. Llevaba un gran sombrero de paja blanca cubriéndole la ca beza y unas enormes gafas negras. Y si la habían reconocido, al menos nadie había empezado a susurrar.

Lo maravilloso de Forks y Mejia era que todo el mundo respetaba a la familia real. Si al guien los abordaba en la calle, normalmente era algún forastero.

Se colgó del hombro la enorme bolsa de via je que llevaba y se encaminó hacia la parada de taxis. La villa sólo quedaba a unos diez minutos del puerto.

—Bella, bella, bella.

¡No!

¡Él no!

Isabella bajó la mirada como si así pudiera de saparecer. ¿Qué hacía allí Edward?

Él la tomó por la babilla y le hizo alzar el rostro.

—Déjame en paz —murmuró.

—¿Qué vamos a hacer contigo, bella bambina?

—Olvídame.

—¿Acaso quieres romper el corazón de tu abuelo? —Edward chasqueó desaprobadoramente la lengua—. No creo.

Isabella trató de ignorar las miradas de interés de las personas que había en el viejo embarca dero.

—Veo que no captas con facilidad una indi recta —espetó ella.

Edward pasó un brazo por sus hombros y se en caminó con ella hacia un coche que aguardaba.

—Pronto me conocerás. Afortunadamente, te nemos tiempo de sobra para hacerlo.

Isabella se detuvo en seco.

—No pienso ir a ningún sitio contigo.

—No temas. Voy a ser muy paciente contigo. Sólo faltan dos semanas para la boda...

—¡No va a haber boda!

—Claro que sí. Tú abuelo no está lo suficien temente bien como para ser humillado pública mente.

El conductor del coche abrió la puerta mien tras Edward e Isabella se acercaban.

Isabella se detuvo en seco y se negó a dar un paso más.

—No voy a ir a ninguna parte contigo.

—Claro que sí.

—No.

Con un suspiro, Edward la tomó en brazos la metió en el coche y a continuación la siguió.

—¡No tienes ningún derecho a hacer eso!

El conductor puso el coche en marcha como si no pasara nada.

—Puede que no ahora —dijo Edward—, pero dentro de dos semanas...

—¡Nunca!

Edward suspiró.

—Van a ser dos semanas muy largas.

—Estás loco —al darse cuenta de la dirección que tomaban, Isabella preguntó—: ¿A dónde vamos?

—A casa.

—No a mi casa.

En lugar de hacer algún comentario, Edward se limitó a apoyar un brazo en el respaldo del asiento.

Isabella sintió que se acaloraba al notar la pro ximidad de su mano.

—¿Te importa?

—Bella...

—¡No me llames eso!

Edward se volvió hacia ella.

—Estoy lo suficientemente cerca de ti como para tumbarte sobre mis rodillas y darte una buena azotaina.

—¿Qué?

—Puede que eso resolviera algunos de nues tros problemas.

—¿Con quién te crees que estás hablando? —preguntó Isabella, indignada.

—Contigo.

Antes de darse cuenta de lo que sucedía, Isabella sé vio tumbada de pronto sobre el regazo de Edward, que le subió la falda y le dio unos azotes en el trasero. Volvió a dejarla en su sitio a la misma velocidad.

Abochornada, se apartó de él lo más posible.

—No puedo creer lo que acabas de hacer.

—Te había advertido. Es hora de que empie ces a prestar atención. Yo no amenazo en vano —Edward entrecerró los ojos—. Y perdóname, prin cesa, pero te lo estabas buscando.

Isabella permaneció en el rincón, con los ojos llenos de lágrimas mientras se maldecía a sí misma, a Edward, y a su abuelo por sentir tanta es tima por aquel arrogante italiano.

Nadie la había afectado de aquella manera. Nadie la había hecho sentirse tan impotente, tan confundida... el hecho de que tuviera tal poder sobre ella le daba miedo. La enfurecía.

—No olvidaré esto —murmuró.

—Bien.

Veinte minutos después, el coche se detenía ante unas verjas que se abrieron un instante des pués. Avanzaron por un sendero bordeado por frondosos árboles y plantas hasta que el con ductor volvió a detener el vehículo ante un gran villa de color ocre.

Edward salió del coche y se volvió hacia Isabella con una sonrisa.

—¿Vienes a que te enseñe la casa, querida?

Si hubiera tenido algo duro a mano, Isabella se lo habría lanzado a la cabeza. En lugar de ello, logró salir con una elegancia realmente regia del vehículo.

—Por supuesto. Nada me apetece más.

Pero cuando Edward fue a tomarla de la mano le dedicó una mirada fulminante.

—No soy tuya. No creas que lo soy.

Edward le enseñó rápidamente la planta baja, donde estaban el salón, el comedor y la cocina, y luego las numerosas habitaciones de la planta de alta. La última puerta que abrió daba a una amplia suite.

—Nuestro dormitorio.

—¿Cómo has dicho?

—Nuestro dormitorio —repitió Edward.

Isabella se quedó helada y, un instante después, sintió que se le acaloraban las mejillas. Se acercó a la ventana para tomar un poco de aire.

—Preferiría una habitación en la planta baja.

Edward se dejó caer en uno de los cómodos si llones de la habitación y cruzó los brazos tras su cabeza. Al hacerlo, sus fuertes y morenos antebrazos quedaron expuestos.

—No lo dudo. Pero me siento mejor sabiendo que estás sana y salva aquí arriba, conmigo.

Isabella se volvió y se apoyó contra el alféizar de la ventana mientras trataba de ocultar su in credulidad.

—¿No tienes ninguna obligación que atender? Algún trabajo... alguna obligación debida a tu título...

—No.

—Supongo que trabajarás en algo.

—Sí —Edward suspiró y apoyó los pies en la oto mana que iba a juego con el sillón—. Que mara villa. Deberías venir a sentarte aquí.

—No sé qué tratas de hacer, pero no me gusta, y sé que a mi abuelo no le parecería bien.

—Quiero hablar contigo sobre tu abuelo, pero eso tendrá que esperar. Ahora mismo sólo va mos a divertirnos.

«Divertirnos». Aquella palabra resonó ame nazadora en la mente de Isabella. Se llevó una mano a la garganta a la vez que tragaba convulsivamente.

—¿Aún sigue apeteciéndote divertirte? —aña dió Edward.

De manera que se trataba de aquello. Estaba utilizando el frívolo comentario que hizo ella en Nueva Orleans sobre las chicas y su afán por divertirse.

—¿Hay algo de beber?

—No tardarán en servir el almuerzo.

—Bien.

—Cometiste un error en Nueva Orleans —dijo Edward con expresión benévola—. Hay muchos hombres con los que podrías haberlo pasado bien, pero yo no soy uno de ellos.

—Es obvio que cometí un error.

—¿Uno? Cometiste varios. Eres descuidada, temeraria y vives exclusivamente centrada en ti misma. No tienes idea de lo que hiciste pasar a tu familia cuanto te fuiste a los Estados Unidos. Tu abuelo convocó una reunión de emergencia. Pi dió a tus hermanas que acudieran a Forks. Era lo último que necesitaba tras la muerte de su mujer.

Isabella decidió no darle el gusto de replicar. Además, la mirada de Edward no invitaba a contra decirlo.

—Así no estamos llegando a ninguna parte —Edward se levantó y dedicó a Isabella una burlona sonrisa que hizo que ésta quisiera gritar—. Te servirán el almuerzo aquí, en la habitación. Yo volveré a verte esta tarde.

—Yo... —empezó a decir Isabella, pero Edward salió del dormitorio sin detenerse.

Isabella se quedó boquiabierta cuando oyó que echaba la llave.

La había encerrado. Su asombro dio rápida mente paso a una ciega furia.

Al principio se puso a caminar de un lado a otro del dormitorio como una leona encerrada. Podría estar nadando, o tumbada en la playa, le yendo, pero Edward la había encerrado en una ha bitación en la que no había ni libros, ni televi sión, ni radio.

Cuando llegó la hora del almuerzo, la donce lla que lo subió encontró la puerta cerrada y, tras disculparse profusamente por no poder ser vir la comida a la princesa, se disculpó y se fue.

—Miserable bastardo —masculló Isabella, y juró que iba a hacerle pagar por aquello.

Harta de esperar y no saber qué hacer, deci dió tomar un baño.

Estaba empezando a relajarse en la bañera cuando oyó que se abría la puerta del baño. Supo de inmediato que se trataba de Edward por las tensión que sintió. Se sumergió rápidamente todo lo que pudo en el agua, agradecida por la cantidad de burbujas que había.

Un instante después, se abrió la mampara de baño y Edward se asomó.

—¿Has pasado una buena tarde? —preguntó a la vez que introducía una mano en el agua para comprobar su temperatura.

Al ver que Isabella se apartaba de él todo lo que podía, reprimió una sonrisa. Había nota do la cautela de su mirada, pero también su curiosidad.

Pero además de bella, Isabella era difícil y ter ca como una mula, y su terquedad lo volvía loco. Casi tanto como la atracción física que sentía por ella.

Habían pasado ocho días desde que la había tenido entre sus brazos, y quería volver a dis frutar de ella. No sabía cuánto tiempo iba a po der resistir su deseo... y la invitación que había en la mirada de Isabella. Era curioso oírle decir determinadas cosas mientras sus ojos decían todo lo contrario.

—El hecho de que nos hayamos acostado una vez no significa que puedas meterte en la bañe ra conmigo.

—No pensaba meterme —Edward tomó un poco de agua en su mano y la dejó caer sobre un hombro de Isabella—. Pero ahora que lo mencio nas, no me parece mala idea.

Ella alzó una mano para apartar la de él.

—No me presiones —advirtió—. Ya he tenido suficiente por hoy. Me has arrastrado a tu coche a la fuerza, me has dejado encerrada en la habi tación y me has dado una tunda como si fuera una niña.

Edward aprovechó el movimiento de su mano para tomarla por la muñeca.

—Eso fue divertido, ¿verdad?

—A mí no me lo pareció. Te encanta esto, ¿verdad? Dominarme, controlarme...

—A ti también te encanta el poder —añadió Edward mientras veía cómo se acaloraban las mejillas de Isabella—. De lo contrario no lucharías contra mí con tanta intensidad.

Isabella no respondió, pero Edward notó cómo po nía su mente en marcha para darle una respues ta adecuada.

Isabella era una luchadora y él empezaba a en tender por qué había necesitado irse a los Esta dos Unidos, por qué había querido distanciarse de su familia.

—Dame tu otra mano —dijo.

Isabella se acurrucó todo lo que pudo contra la pared de la bañera, pero en sus ojos no había miedo cuando lo miró. Sólo había fuego.

—Dame la mano —repitió Edward—. Ahórrate las consecuencias.

—¿Qué es lo siguiente que planeas hacerme? ¿Atarme? —preguntó despectivamente.

Edward se excitó al instante al oírle decir aque llo.

—Sólo si estás desnuda —dijo a la vez que in troducía la mano bajo el agua.

Isabella trató de deslizar la mano bajo su cuer po, pero en el momento en que notó que Edward le rozaba la cadera la sacó instintivamente del agua.

El aprovechó la circunstancias para tomarla por ambas muñecas y luego enlazar sus dedos con los de ella y atraerla hacia sí.

—¡No soy una ciudadana de segunda catego ría! —espetó—. ¡No puedes tratarme de este modo!

Edward le hizo alzar los brazos y presionó su es palda contra la pared de la bañera, dejando sus pechos expuestos.

—Es cierto. Eres una princesa. La princesa Bella.

—¡Suéltame!

—¿Y si no lo hago?

—Te... te...

—¿Me salpicarás? ¿Me insultarás? ¿Cuál es tu plan?

—¿Por qué disfrutas humillándome?

Edward inclinó el torso hacia ella, y al sentir el roce de sus pezones sintió que su cuerpo se in cendiaba.

—No quiero humillarte. Pero quiero que en tiendas el compromiso al que llegaste, la pro mesa que me hiciste...

—Nuestro compromiso se llevó a cabo a tra vés de unos representantes —la voz de Isabella surgió más ronca de lo habitual—. Ni siquiera acudiste personalmente a verme. Dejaste que otros se ocuparan de los detalles.

—Lo mismo que tú.

—Exacto. Ni siquiera nos conocimos. Firma mos un trozo de papel. Menudo compromiso.

—Te di mi anillo.

—Eso no significa nada.

—Para mí sí —Edward inclinó la cabeza, besó a Isabella en el cuello y notó cómo se estremecía—. Y también debería significar algo para ti. Su pongo que tu palabra y tu reputación significan algo para ti —añadió antes de volver a be sarla.

Isabella se presionó contra él, buscando instin tivamente un contacto más íntimo.

—Edward... —murmuró.

Él se apartó y la miró provocativamente de arriba abajo. Su mirada fue tan posesiva, tan ín tima, que Isabella se estremeció.

—Eres mía. Aunque aún no lo sepas.


Pronto terminamos :D

Besos: K. O'Shea ;)