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EL ESPEJO PERFECTO

Por Berusaiyu

CAPÍTULO 10: DUELO DE GATAS.

Amaneció, fue una noche muy larga donde apenas pudo pegar sus hermosas pestañas largas. Antonio entró a su habitación con todo el desplante de dueño de casa, aunque distaba mucho de serlo. Traía el desayuno, así que dejó la bandeja en la mesita de noche y se acercó a la cama.

—Cata a levantarse —dijo, tirándole las colchas hacia atrás— ¿Cómo?, ¿otra vez duermes con la ropa puesta?

—¿Ah? No fastidies tan temprano… ¡Ah!

Antonio abrió las cortinas de golpe, dejando pasar la luz y molestando sus bellos ojos negros.

—Anoche, a ese chico, tuve que prohibirle venir con usted. Me agarré a golpes con él. Tiene un humor muy volátil ¿De verdad quiere llevarse a ese dos caras con usted?

Catalina abrió los ojos con sorpresa y luego rio con cansancio. El ratoncito no era tan ratoncito.

—No tenías que arriesgarte —le dijo Catalina—. Podía apañarme con él.

—Eso era lo que realmente me daba miedo. Así que le dije sus verdades como que debería besar el camino que pisa usted, en vez de andar con bravuconerías.

—Él no besará el camino de nadie. No está acostumbrado.

"Quizás el camino de Oscar, si esta se lo pide" —pensó enseguida Cata.

—Pues tendrá que acostumbrarse —siguió Antonio con su voz autoritaria—. Usted les está haciendo el favor de los favores y se ponen en ese plano ¡Dios mediante! Ahora levántese, saldremos a las nueve en punto.

Catalina iba a decir algo, pero Antonio la atajó, leyendo su pensamiento:

—El chico está bien, no lo golpeé tan fuerte y él tampoco me atinó. Se tranquilizó cuando vio lo inútil que era seguir con eso. Al menos es inteligente.

Catalina quedó con la mente en blanco. Le gustaba el chico amable orgulloso, pero el que vio Antonio, a ese no lo conocía.

—Prepara mi uniforme de la Capitanía General de la Flota Imperial.

Antonio quedó parado en su sitio.

—¿Por qué ese en especial? —preguntó Antonio con curiosidad.

—Tengo ganas de vestirlo.

—¿Así, como así no más?

—Así, como así no más. —Fue la respuesta de Cata, redundando—. No olvides la condecoración.

Antonio hizo un gesto de fastidio.

—¿Algo más? Ahora voy por el chico complicado.

—No, tranquilízalo si tienes que hacerlo. No quiero problemas con él.

—Lo haré, no te preocupes.

Antonio salió de la habitación y Catalina se desperezó en la cama, estirándose todo lo que pudo con manos y piernas abiertas, e incluso, dedos. Volvió a dar dos vueltas por la cama y volvió a estirarse, volviendo a emitir soniditos desperezados. Quedó un rato tendida, mirando el techo de la habitación. No se había dado cuenta de los hermosos motivos que decoraban los bordes. Relieves con formas de ramas de flores eran exquisitos.

—Solo los franceses harían esas cosas en los techos donde nadie mira —dijo Catalina para sí misma.

Se levantó como quien cayó en coma y durante varios meses no ha pisado suelo: con una pesadez estoica. Estuvo varios minutos, incluso sentada en la cama con la mirada perdida en la ventana. Caminó hasta el lavado con flexiones en su cuello, torso y cintura. No hizo más que tocar el agua y siseó, estaba congelada.

—Este Antonio lo hizo a propósito —pensó en voz alta.

Tripas corazón y tomó bastante agua para lavarse la cara. Quizás debería tomar un baño antes de salir, el viaje sería bastante largo. También podía bañarse en el barco, siendo de su propiedad, podía hacer lo que quisiera a bordo sin problemas. Era su jurisdicción. Siguió, lavándose con cuidado todas sus partes, cuando volviera a su barco, el cual ya extrañaba demasiado, se daría un baño de espuma en su pequeña y cómoda tina de madera, con agua caliente exquisita. Tendría que cargar el agua con ese propósito específico, con anterioridad, porque era un crimen ocupar el agua del barco destinada para la tripulación.

Tomó su desayuno con calma, aunque el chocolate estaba frío. El pan estaba rico; un pan francés muy crujiente. Dejó las frutas; no tenía tanta hambre como creyó.

Antonio llegó con su traje cuando ella cepillaba su cabello con minuciosidad, cuidando cada fibra de él como si fuera de oro. No era rubio, sino negro, pero tenía un brillo espectacular casi azulino.

Después fue a vestirse, Antonio la ayudó sin tapujos, pues estaba acostumbrado desde siempre. Su sirviente conocía bien su cuerpo desnudo y no le costó para nada vestirla con ese increíble traje naval: chaqueta blanca larga hasta las rodillas, con puños anchos y gruesos de color azul marino. Los bordes de la chaqueta, por delante, también eran azul marino con botones dorados, finamente, labrados. El chaleco interior también era azul con hermosos relieves dorados, los cuales hacían juego con los motivos de la chaqueta. Pantalón blanco, ajustado, con botas negras bastante más largas de lo habitual, pero manteniendo el taco militar tan característico. Una capa blanca muy larga con el interior de azul marino.

—¿Estamos listos para irnos? —preguntó Cata.

—Listos.

—Espera, falta mi condecoración.

Antonio hizo una mueca de disgusto, ya que no le gustaba que la luciera, porque era demasiado ostentosa y no le pegaba para nada a ella, según apreciación personal. Se la pasó a regañadientes, e incluso, tuvo que prenderla él mismo en el pecho de Catalina.

Sucedía que Antonio estaba totalmente, equivocado con respecto a esa condecoración. Catalina se veía espectacular y ese traje acompañaba muy bien, con dicho broche dorado con la imagen de la diosa de la victoria al centro. Así se hizo ver cuando salió de su habitación y los sirvientes la miraban atontados, pues su porte caballeresco, tan elegante, rivalizada con la propia Lady Oscar.

André quedó de piedra cuando vio a la condesa con ese uniforme tan increíble. Parecía una diosa, no igual a Oscar, porque nadie se parecía a Oscar, pero también el chico no era muy objetivo con respecto a eso. Demasiado cercana la preferencia.

—Condesa, estáis radiante —le dice André.

—Gracias André.

—Quiero aprovechar el momento de agradecerle lo que hace por la familia Jarjayes.

Catalina arrugó el ceño con sospecha de que le agradecieran algo, que el otro no quería agradecer, puesto solo esa noche estuvo dispuesto a pelear con ella. Por fortuna, Antonio estuvo ahí para detenerlo.

—Pues, de nada —dijo Cata un tanto dudosa.

—Quiero decir, tuve tiempo de reflexionar y si yo puedo hacer algo por la familia, no tengo problemas en irme con vuestra señoría.

—Me alegra saber eso, André.

—Espero volver pronto a Francia.

—Eso dependerá, exclusivamente, del general Jarjayes, ¿no es cierto general?

El general, quien estaba en la puerta de la mansión Jarjayes se puso nerviosos y con cara también triste.

—Por supuesto, señora Condesa.

La Nana tuvo prohibido salir a despedirse de André, porque estaba en su cuarto, llorando a mares por la ida de su nieto y, aunque entendía las razones, no tenía corazón para verlo partir.

La Condesa se despidió del general y de su esposa, no, porque vivía en palacio en ese tiempo como dama de honor de la reina María Antonieta. Le hubiera gustado despedirse de la abuela, pero le dijeron que estaba indispuesta en su cuarto. También, debía de despedirse de sus majestades. Sin embargo, como salía de inmediato por emergencia, enviaría un comunicado oficial con el general Jarjayes.

—Esta es mi despedida para los reyes de Francia. Posee el sello oficial de mi casa, ruego a vos entregar a los reyes con mis infinitos agradecimientos —le dijo Catalina al padre de Oscar.

—Así lo haré. Es mejor que se vayan, Oscar está por llegar.

—¿Ella no sabe lo de André?

—No, y prefiero que quede así. Después le informaré.

Catalina lo quedó mirando con sospecha. Quizás qué mentira le iba a contar, pero prefirió no interferir en cosas que no le importaban.

Subieron a la carroza y partieron rumbo al puerto. Pasaron diez minutos de camino, alejados ya bastante de la mansión y los terrenos de los Jarjayes. Entonces, apareció un jinete solitario que venía hacia ellos.

Era Oscar en su esplendoroso caballo blanco.

Catalina iba dentro del carruaje. Antonio y André estaban frente a ella, conversando sobre el clima de Castilla, cuando el carruaje se detuvo.

—Buenos días Condesa, ¿dónde vais tan temprano? —dijo Oscar en la ventanilla—. Los ladrones siempre acechan.

Menuda broma. No se preocupó de eso todas las veces que salía y ahora sí. Coincidencia de que ahora estaba André con ella. Catalina entrecerró los ojos.

André la miró asustada.

—Me voy a España —respondió la noble.

—¡Oh! Una lástima privarnos de su presencia tan pronto. —Su voz pareció sincera.

—Tengo asuntos urgentes que atender.

—¿André los acompañará hasta el puerto? —dijo Oscar con la mirada en el chico de ojos verdes.

Catalina miró fijo a André. El chico siguió con mirada asustada. Antonio no quitó la vista de su ama. Catalina sonrió y dirigió su mirada a la chica.

—No, André vendrá conmigo a España por un tiempo.

Oscar pestañeó varias veces.

—¿Cómo? ¿Qué habéis dicho? —balbuceó Oscar.

—Me llevo a André para España —repitió la Condesa.

—Pero… pero… ¿por qué?

—Porque me da la gana y encontré de mal gusto que trataran tan mal a André, así que me lo llevo.

—¿Cómo decís? —Oscar no podía creer lo que escuchaba.

—¿Estáis sorda?

Oscar estaba tan estupefacta que no podía pensar en una respuesta.

—Doña Catalina, por favor, no digáis eso —dice André igual de sorprendido.

—Yo digo lo que se me da la gana —dijo Cata con arrogancia.

Oscar reaccionó de improviso.

—No dejaré que hagáis eso —sentenció Oscar.

—Me parece bien —dijo Catalina, abriendo la puerta del carruaje.

Oscar se apartó del carruaje mientras Catalina salía de él con la majestuosidad de una reina. André también salió junto a Antonio.

—¿Y cómo pensáis detenerme? —preguntó Catalina, mirando hacia arriba donde estaba Oscar montada en su caballo.

Oscar desmontó con tranquilidad y caminó los pasos para quedar de frente a la condesa. Esta era más alta que ella en unas buenas pulgadas, ya que tenía casi la misma estatura de André. Sin embargo, esto no la disminuyó en nada, en vez de eso, puso su mano en la empuñadura de su espada.

—Espera Oscar, creo que deberías saber algo —empieza diciendo André.

—¡Callaos! ¡No he dado permiso de hablar, sirviente! —lo gritoneó Cata.

—¿Cómo? ¿Qué está pasando aquí? No tenéis derecho a gritarle —dijo Oscar.

—¡Yo le grito a quien quiera! Soy una condesa, de la casa real de La Barca y sangre real corre por mis venas.

—¡Estáis abusando de tu poder! —exclamó Oscar con bravura—. No sigáis, porque os daré una lección.

Catalina cruzó los brazos y se encogió de hombros con porte despectivo.

—Inténtalo —picó, caldeando los ánimos hasta el tope.

André dio unos pasos e iba a decir algo, pero Antonio tomó del brazo con fuerza y lo hizo para atrás.

—Déjala, confía en ella —le murmuró Antonio.

—No puedo dejar que lastime a Oscar —explicó André con el mismo murmullo a Antonio.

—No la lastimará.

Dejaron el carruaje a un lado del camino junto con el cochero, a quien lo dejaron también a cargo del caballo de Oscar. Se alejaron del camino entre los árboles, hasta llegar a la parte descampada, donde el terreno llano, le hacía el espacio perfecto para un duelo.

Oscar y Cata tomaron distancia. Cata se quitó su capa de forma ceremoniosa y se la pasó a Antonio.

—No la lastimes mucho —le susurró Antonio.

—Eso depende de ella —dijo la española.

—Cielos —masculló Antonio al alejarse.

Antonio volvió donde estaba André y se puso a su lado por cualquier cosa.

—Bien, Oscar, quien gane se queda con André —dijo Cata.

—No creo que sea tan fácil —dijo Oscar.

—Lo será —aseguró Catalina.

André y Antonio seguían susurrando para no interferir con las chicas.

—Esto es ridículo —dijo André.

—Dos ladys peleando por un sirviente, jeje, es divertido —planteó Antonio.

—No lo veo divertido, si se enteran en la corte serán las hazmerreír.

—Nah, siempre pueden decir que Cata insultó a Oscar, siendo foránea está acostumbrada a que la mancillen.

—¡Dios! ¿Cómo puede decir eso de su ama?

Antonio se encogió de hombros.

—La costumbre —dijo Antonio sin inmutarse.

André quedó con la boca abierta de la impresión.

El duelo estaba a punto de llevarse a cabo.

—¿No tendremos padrinos? —preguntó Oscar, moviendo su espada de un lado para el otro.

—¿Quieres casarte conmigo? —dijo burlona Catalina—. No, eso es de perdedores. Además, los chicos aquí atrás verán todo.

Lady Oscar tenía cara de mosqueada, esa condesita le tocaba las que no tenía y cuando llegaba a su punto de tolerancia, no había vuelta a atrás. Estaba, realmente, con ganas de darle una buena lección con su espada. Desde hace bastantes días tenía ganas, a punto de ebullición, de darle su merecido a la odiosa esa, quien más encima trataba de llevarse a André.

Por otro lado, Catalina también quería matar a Oscar. No la soportaba y le caía mal. Al diablo eso de no lastimarla, si podía matarla, mejor para ella. Total, no sería el primer noble que se cargaba.

—Comencemos —dijo Cata.

Las dos presentaron sus espadas con la señal significativa frente a sus rostros. Tomaron sus posturas con las espadas al frente, y se midieron antes del primer choque.

El sonido del metal chocando, inundó el ambiente del duelo. André hizo su cuerpo para atrás en un movimiento instintivo de rechazo. Antonio puso cara de preocupación, su ama estaba demasiado seria en esta pelea.

Continuará.