Capítulo 10

TE ACOMPAÑARÉ afuera —dijo Edward a Tanya. A pesar de los celos que sentía por su culpa, a Bella le resultaba imposible odiarla. Era una mujer bella, inteligente y agradable que, además, había sido muy amable con Alice y Jasper. Al parecer, Edward sabía elegir muy bien a las mujeres. Antes de irse, la psicóloga se acercó a Bella y la abrazó.

—Ha sido un placer conocerte. Si necesitas algo, no dudes en llamarme. Edward tiene mi número.

—Gracias —dijo Bella—. Te agradezco que hayas venido tan deprisa. Jasper le había contado a su madre que la hermana de Alice estaba en Japón por negocios, y que la chica se había negado a llamar al padre porque, a poco de enviudar, se había vuelto a casar y había formado una nueva familia. Había pasado todos esos días sola. Por suerte, él había ido a buscarla. Y por suerte, Tanya Smit y Emmett McCarty estaban cerca y habían podido acompañarlos enseguida.

—Si la policía o los abogados necesitan hablar conmigo, pueden llamarme sin problemas—insistió Tanya—. Me encantaría ayudar a que atraparan al desgraciado que lastimó a Alice.

—Temo que no va a ser fácil.

—Lo sé —afirmó la psicóloga, con los ojos llenos de lágrimas—. He trabajado en casos parecidos.

Esta vez, era Bella quien abrazaba a Tanya.

Cuando se separaron, ambas tenían los ojos húmedos.

—No lo dejes escapar —le dijo Tanya al oído—. Es un buen hombre.

Bella la miró confundida. Creía que estaban hablando de Gary Laress, pero, al parecer, Tanya se refería a otro hombre.

—¿Perdón? —preguntó.

Pero la psicóloga ya estaba camino a la puerta y en su lugar estaba Emmett, el marido de Rosalie.

—¿Por qué no vienes a casa conmigo? —dijo, con ese simpático acento que motivaba que lo apodaran Vaquero.

Tenía puesta una gorra deportiva en la cabeza y calzaba unas zapatillas sin medias, probablemente, por culpa del apuro por estar con Jasper lo antes posible. Pero incluso vestido así, con cara de dormido y sin afeitar, era fácil comprender por qué Rosalie había sido incapaz de resistirse a sus encantos.

Por un momento. Bella miró a Edward y a Tanya a través de la ventana. A pesar del aparente desenfado con que caminaba, se notaba que él estaba tenso. Parecía que algo lo atormentaba en su interior y le impedía relajarse.

Bella sabía que podía ayudarlo con eso. Cuando estaban juntos, en la cama, él se relajaba completamente.

—Seguro que a Ross y a Tomy les encantaría verte —comentó Emmett—. Desde luego, ahora están durmiendo, pero por la mañana...

Bella rió.

—Ya es de mañana. Tomy estará despierto en un par de horas.

Como la mayoría de los niños pequeños, su sobrino era madrugador.

—Ross me ha ordenado que te lleve a casa —insistió él, mientras iban hacia la puerta—, así que no aceptaré un «no» por respuesta.

—Tendrás que hacerlo —respondió Bella. Luego, volvió su atención a Jasper.

—Cariño, ¿estás seguro de que no quieres que...?

—Mamá, estoy seguro —respondió, mientras la abrazaba—. Te llamaré si te necesito.

Acto seguido, le dio la mano a Emmett y añadió:

—Gracias por haber venido. —Llámame tantas veces como necesites. Puedes contar conmigo, Jasper. Lo sabes.

—¿Jasper? —llamó Alice desde el cuarto. El joven se despidió de Emmett y se marchó a ver qué necesitaba su novia.

—Vamos, Bella —dijo el teniente—. Jasper ya es mayorcito. Tendrás que dejar que él y Alice arreglen esto a su manera.

Cuando regresen del hospital, —necesitarán tiempo para poder hablar solos y con tranquilidad.

—Lo sé.

—Ha dicho que intentará convencer a Alice para volver a Los Ángeles el lunes y buscar asesoramiento psicológico en el departamento de salud de la escuela. Además, quiere hablar con las otras chicas que Gary mencionó, para convencerlas de que presenten cargos conjuntamente —comentó Emmett—. Sospecho que en los próximos días recibirás una llamada suya y que te pedirá ayuda. Pero ahora mismo, su prioridad es que Alice sepa que cuenta con él.

—Lo sé, aunque desearía poder acompañarlos —confesó Bella—. Gracias por el ofrecimiento de la cama, pero no puedo ir a tu casa ahora. Dile a Ross y a Tomy que me comprometo a visitarlos pronto.

Él frunció el ceño.

—No pensarás regresar a Los Ángeles esta noche, ¿verdad?

—No sé qué es lo que vamos a hacer —contestó

Emmett rió a carcajadas y la miró con una sonrisa de endiablada picardía.

—Ya me he fijado que hablas en plural... ¿Ese «nosotros» incluye a Cullen?

—Shh... —dijo ella, en voz baja—. Jasper no lo sabe. Y puede que no lo sepa nunca. No es más que una relación temporal. Ya sabes, dejarse llevar un rato por el deseo, nada más. Prométeme que no le dirás nada a Rosalie.

Emmett parecía apenado, y a Bella la conmovió ver su reacción.

—No me pidas que te prometa eso, Bella. Te quiero como a una hermana, lo sabes, pero no me pidas que tenga secretos con Ross.

—No quiero que se entere mucha gente, lo complicaría todo —explicó—. Aunque sé que lo que hay entre Edward y yo se va a terminar pronto... Entre nosotros, Emmett, me gusta estar con él y no estoy segura de querer que estos días se acaben.

—Tal vez...

Ella lo interrumpió.

—No digas nada. Sólo es una aventura. He sido yo quien impuso esas condiciones. No voy a cambiar las reglas ahora.

—Pero...

—No insistas, Emmett. Eso el lo que haría Ross si se enterase, intentar convencerme para que cambie de idea. Entonces, me alteraría, empezaría a actuar de un modo extraño con Edward y lo arruinaría todo. Dame una semana antes de contárselo a Ross... por favor.

Harían movió la cabeza y suspiró.

—No sé...

—Cuatro días, ¿por favor?

—De acuerdo. Es un compromiso. Se lo diré, pero no permitiré que te llame o lo comente con nadie antes de una semana.

Bella pensó que no iba a funcionar, pero, definitivamente, era un buen intento.

—Me parece justo. Pero ponlo por escrito antes de contárselo. Mira que si me llama antes de ese plazo, no dudaré en colgar el teléfono.

—Bella, piensa un poco, si Edward te gusta tanto...

—Detente —lo interrumpió—. ¿Acaso crees que no he pensado en eso? Créeme, lo he hecho. No sé cuánto conozcas a Edward, pero tal vez debas saber que está emocionalmente atado a otra persona. Alguien a quien no puede tener.

Emmett se puso serio.

—¿Está comprometido pero aun así se acuesta contigo? Lo voy a matar.

—Tranquilízate, Emmett. Por favor, que alguien me salve de la testosterona —bromeó Bella.

—De acuerdo, me limitaré a hablar con él.

—Con eso sólo conseguirías que ya no quiera volver a verme.

—De acuerdo, no le diré nada. Al menos, durante la próxima semana.

—No le dirás nada ni lo mirarás de mala manera —exigió Bella.

—Eso va a ser difícil.

—No estoy de acuerdo contigo. Edward se volverá a Los Ángeles y no tendrás que verlo durante los próximos diez días. Así que, simplemente, sal por la puerta, sube a tu coche y vete a casa a estar con tu mujer embarazada y tu hijo.

Después, Emmett dejó que Bella lo empujara a la calle y se sumergió en la fría noche.

Afuera, Tanya ya estaba dentro de su automóvil y Edward se había inclinado sobre la ventana para poder hablar con ella. Definitivamente, Bella estaba muy celosa.

—Hablaré contigo en una semana —le dijo Emmett a Edward.

Hasta entonces, Bella había estado llena de dudas. Pero al ver que Emmett se alejaba, se dio cuenta de que tal vez había cometido un grave error al rechazar la posibilidad de dormir en casa de su hermana.

Estar con Edward en Los Ángeles era una cosa, pero estar de nuevo en San Diego, donde él vivía, era algo bien distinto. Sobre todo porque aquélla también era la ciudad de Tanya.

En aquel momento, vio que Edward se apartaba del coche de Tanya. Un segundo después, la psicóloga arrancó y los faros de su coche se perdieron en la noche. Edward se frotó la nuca como si le doliera. Luego, suspiró profundamente y movió su cabeza con un gesto que podía ser tanto de disgusto como de pesar. Bella no estaba segura, pero fuera lo que fuera, sin duda no se trataba de algo bueno.

Edward se había quedado tanto tiempo parado en el lugar, que Bella temió que la hubiera olvidado.

Entonces, tosió y dijo:

—¿Hay algún sofá en tu piso en el que pueda dormir un rato?

Él se volvió hacia ella y la miro con confusión.

—Pero yo pensé que... —se detuvo y comenzó de nuevo—. Tengo una cama de matrimonio. ¿Hay alguna razón para que de repente quieras dormir sola?

—No —respondió—. Creía que, después de ver a Tanya, tal vez ya no querrías acostarte conmigo.

—¿Acaso piensas soy estúpido? Por favor, princesa. Vamos, salgamos de aquí así Jasper lleva a Alice al hospital.

Después, comenzó a caminar hacia su coche.

Bella lo siguió.

—Desearía que me permitieran acompañarlos.

—Lo sé —dijo Edward, mientras le abría la puerta—. Pero no puedes. Además, Jasper no es tonto. Tiene el número de mi móvil. Si llegara a sentir que esto es demasiado para él, nos llamaría de inmediato.

Una vez dentro del coche, Edward comentó:

—Mira, el sol está a punto de salir. ¿Qué te parece si vamos a la playa a ver el amanecer?

—Buena idea —respondió—. Probablemente no habría conseguido dormir ni un minuto.

Tenía demasiadas cosas en las que pensar. Jasper, Alice, Tanya...

Un segundo después, Edward encendía el motor y, mientras se marchaban, Bella se volvió para mirar cómo Jasper ayudaba a su novia a salir de la casa. La chica se movía despacio y con cuidado. Era difícil determinar cuáles eran las peores heridas, si las físicas o las emocionales.

En cualquier caso, su recuperación iba a ser muy dura. Pero, por suerte, Jasper estaría ahí para acompañarla.

Pensar en la entereza de su hijo la hizo llorar.

—Ésta es mi playa favorita en San Diego —dijo Edward mientras aparcaba.

Bella trató de ocultar las lágrimas.

—Bueno, es cierto que no es una gran playa, pero tampoco es para que te pongas así, princesa.

—Lo siento, Edward. Lo siento mucho.

Acto seguido, Bella corrió hacia el auto.

Era evidente que no estaba de humor para bromas. Edward se maldijo por haber sido tan torpe y salió corriendo detrás de ella.

Bella era más rápida de lo que él podía suponer. Aunque era algo lógico en ella porque, a fin de cuentas, estaba llena de sorpresas, Edward tuvo que esforzarse para poder atraparla.

—¡Eh!

—Déjame sola, por favor. Necesito llorar y no quiero incomodarte.

Él se rió.

—¿Y qué pasa si me incomodas? Por Dios, Bella, ¿nunca dejas de pensar en los demás? ¿Nunca piensas en ti?

Ella se sentó en la arena y escondió la cabeza entre los brazos.

—Por favor, vete.

—No.

Después, se sentó junto a ella y la abrazó.

—Princesa, está bien que llores. Ha sido una noche muy dura.

Bella se resistió por un segundo, pero finalmente se abrazó a él con fuerza.

El marino la sostuvo y le acarició la cabeza.

Entretanto, el cielo comenzaba a clarear lentamente. La niebla los envolvía y una bruma densa y húmeda chocaba contra la cara de y los brazos de Edward.

Sumergida en su pesar, Bella no parecía haberse dado cuenta.

—Dios, debes de pensar que soy un desastre —dijo ella, mientras se secaba las lágrimas con la mano.

Él le apartó el pelo de la cara. —Lo que creo es que eres increíble. Y creo también que Jasper es el chico más afortunado del mundo por tenerte de madre. ¿Sabes lo que habría ocurrido en mi casa de haber puesto mi beca de estudios en riesgo por una pelea?

Ella negó con la cabeza.

—Mi madre se habría puesto muy seria y mi padre apenas habría levantado la vista de su cena para hacer alguno de sus comentarios descalificadores. Siempre insistía en que iba a fracasar hiciera lo que hiciera.

—Es terrible que un padre le haga eso a su propio hijo...

Él la besó.

—No, preciosa, no te pongas así. No te lo he contado para que volvieras a llorar.

—Me dijiste que tu padre no te golpeaba —dijo ella—, pero es como si lo hubiera hecho. En mi opinión, decirle a un hijo que se espera que fracase equivale a una paliza brutal.

—Es posible. Pero era fácil hacer esos comentarios porque la verdad es que yo era un inútil.

—¿Ves lo mucho que te ha golpeado? Lo creías entonces, y lo crees ahora.

Sin dejar de acariciarle la cabeza, Edward trató de cambiar de tema sutilmente.

—¿Qué harás si Jasper pierde la beca? Bella se sentó junto a él y apoyó la cabeza sobre los hombros del marino.

—Te diré lo mismo que le he dicho a Jasper: ya encontraremos el modo de resolverlo.

—Piensas dejar tus estudios de enfermería, ¿verdad?

Bella asintió.

—Puedo pagar esos estudios gracias el dinero que ahorro de la educación de Jasper —explicó—. Él tenía planeado ir a Amherst, que estaba muy cerca de nuestra casa en Appleton, Massachussets. Quería vivir en casa. De hecho, fue categórico con ese tema. Traté de convencerlo de que viviera en los albergues estudiantiles. Le hablé de la diversión, los compañeros de habitación, las fiestas y todo lo que suponía. Pero me dijo que ya había pasado demasiados años viviendo con extraños en los orfanatos así que ahora que tenía un hogar de verdad, quería disfrutarlo.

—Es muy inteligente —dijo Edward.

Bella comenzó a acariciarle los muslos y, con una sonrisa, se puso a jugar con la cremallera de los pantalones de Edward.

—Sí, es muy inteligente. Por el mismo motivo, cuando más tarde obtuvo la beca completa para la universidad en Los Ángeles, se entristeció tanto que estuvo a punto de rechazarla. Pero de pronto pensé que hacía tiempo que quería retomar mis estudios y que seguramente encontraría una escuela de enfermería en Los Ángeles. Así, podíamos mudarnos juntos —relató—. Era un poco raro... no sé, pensar que Jasper y su mamá iban juntos a estudiar me hacía pensar en los argumentos de las películas para adolescentes. Pero era lo que él quería y, de esa manera, podíamos hacer que funcionara para los dos.

Se detuvo un momento, respiró hondo y continuó:

—Sé que podremos arreglarnos, incluso sin la beca. Con la demanda de enfermeras que hay en Los Ángeles, podré conseguir un trabajo de tiempo completo en un hospital con bastante facilidad.

—Eso sería una pena.

—No, la vida es así. Suceden cosas y tienes que encontrar el modo de manejarlo. Terminaré mi especialización, pero me tomará más tiempo del que suponía. Eso es todo.

De pronto, Bella notó la bruma por primera vez.

—Dios mío, ¿quién nos metió en la máquina de hielo seco? —bromeó.

Era bastante aterrador, como si fueran las únicas personas en el universo. Aterrador, pero atractivo. No podían ver si a esas horas de la mañana había alguien más en la playa, pero tampoco podían ser vistos.

En ese momento, Edward la besó.

—California tiene un clima muy extraño —comentó ella.

—Yo adoro este tipo de bruma. Es una buena cobertura para ciertas operaciones.

—¿De qué operaciones hablas? —preguntó Bella, mientras lo besaba.

En ese momento, Edward se echó hacia atrás, llevó a Bella consigo y los dos quedaron tumbados sobre la arena. La bruma ya no parecía causarles tanto frío

El marino no podía recordar cuándo había sido la última vez que había hecho el amor en la playa. Lo que recordaba perfectamente era que el sexo y la arena eran una mala combinación.

—Me refiero a operaciones especiales. Misiones secretas, para ser más claro —explicó—. Suelen ser tan secretas que, en ocasiones, ni siquiera tu superior a cargo sabe que estás en ellas.

Al escucharlo, Bella sonrió con picardía, se apretó contra él y dijo:

—Apuesto a que tus superiores inmediatos no saben lo que estás haciendo en este preciso instante.

El se rió.

—Tenlo por seguro.

—Bueno... si yo vistiera una falda en lugar de unos vaqueros...

—No te salvaría ni Dios... Ella rió por el comentario y Edward le acarició la cara.

—Bella, sabes que te adoro cuando ríes, pero no debes pensar que no lo hago cuando lloras frente a mí, ¿de acuerdo?

La mujer asintió y lo miró con ternura.

—Lo mismo vale para ti. Edward soltó una carcajada.

—Está bien, gracias, pero...

—Vas a decirme que los tipos duros no lloran, ¿verdad?

—No me refería a eso. He visto llorar ha muchos tipos duros —afirmó—. Pero intento no adquirir ese hábito. Me asusta un poco...

Bella lo miró en silencio y esperó a que continuara.

—Me da miedo empezar a llorar y ser incapaz de detenerme.

—Oh, Edward...

La bruma los había empapado tanto que, para entonces, Bella tenía la cara cubierta de agua. Su camiseta blanca se había vuelto prácticamente transparente y se le traslucía el sostén.

—Podrías participar de un concurso de camisetas mojadas —comentó él.

De inmediato pensó que aquél había sido un comentario estúpido. Podía apostar a que Bella desaprobaba cualquier clase de exhibición sexista. Pero estaba desesperado por cambiar de tema.

Ella se miró el pecho y rió.

—Tienes razón.

—Yo votaría por ti.

—Gracias—contestó ella—. Aunque no estoy segura de si tendría que agradecerte por sugerir que me humille junto a otras mujeres, parándome en un escenario frente a un público de hombres ansiosos por juzgar el tamaño y la forma de mis senos.

Edward había acertado: ella odiaba esos espectáculos.

Acto seguido, Bella lo miro fijo y agregó:

—¿Acaso te gustaría entrar en un concurso que premie al que tenga el pene más grande? Imagina que alguien te indique que te bajes la ropa y enfrentes a la multitud.

—De acuerdo. Pero al menos a las mujeres les permiten dejarse la camiseta puesta...

—Como si fuera una gran diferencia cuando la camiseta está mojada —protestó Bella.

Después, metió una mano bajo la prenda y se las arregló para quitarse el sostén y sacarlo por la manga en un segundo.

—¿Ves? —dijo, desafiante.

Lo que Edward veía era que Bella, completamente mojada y con los pezones duros, resultaba increíblemente sensual.

Se sentó y la besó.

—¿Quieres ir a mi casa a tomar una ducha caliente? —sugirió él.

Entretanto, comenzó a morderle suavemente los pezones que asomaban bajo el algodón de la camiseta.

Ella gimió mientras apretaba su pubis contra la cadera de Edward.

Un segundo después, Bella comenzó a desabrocharle los pantalones. El botón le había costado, pero la cremallera no le había presentado ninguna dificultad.

—Dos preguntas —dijo Bella—. En primer lugar, ¿tienes preservativos en el bolsillo? Y, en segundo lugar, ¿sabes cuánto tardará esta bruma en disiparse?

Él rió pero, en cuanto ella comenzó a tocarlo, la risa se convirtió en gemido.

—Sí, tengo preservativos —respondió—. Sin embargo, lo que preguntas sobre la niebla es difícil de responder con precisión. Cuando está tan espesa, suele durar hasta el mediodía. Pero apostaría que hoy no va a durar más de cinco minutos. Lo cual nos deja unos cuatro libres, dado que tienes que quitarte los vaqueros y...

Bella se apartó y se desabrochó los pantalones. Estaban húmedos y no le resultó fácil quitárselos. Mientras tanto, Edward aprovechó la ocasión para ponerse el preservativo.

Segundos más tarde, Bella se sentó sobre él, lo guió para que entrara en ella y comenzó a moverse. Rápido y fuerte, como si la necesidad por Edward la devorara por completo.

Definitivamente, Bella sentía pasión por aquel hombre.

-Princesa, hablo en serio —dijo él, entre jadeos—. Estoy tan loco por ti que no voy a poder resistir mucho más.

Ella respondió con un grito ahogado. Había alcanzado el éxtasis de un modo tan brutal que se arqueó de placer mientras murmuraba el nombre de su amante.

Entonces llegó el turno de Edward. No podría haber contenido el orgasmo aunque su vida hubiese dependido de ello. Fue tan intenso que se le humedecieron los ojos.

—Gracias —susurró ella, mientras lo abrazaba-. Gracias, gracias y gracias. Siempre sabes lo que necesito.

Edward soltó una risa entrecortada. No podía creer que ella le diera las gracias. Si alguien tenía algo que agradecer, ese alguien era él.

-Ahora creo que te vendría bien una ducha caliente. Y una taza de café.

Sin embargo, justo entonces cayó en la cuenta de que, probablemente, no tenía café en la casa. Pero no le importó: si no había, encontraría la forma de conseguirlo.

En aquel momento, lo único que importaba era Bella. Y si le hubiera pedido la luna, se la habría alcanzado.

Hola espero que me perdonen por la tardanza, Ahora voy a publicar una vez a la semana, aunque les informo que dentro de poco tengo vacaciones y podre publicar más, así que espero sus comentarios. Besos.