Los X-Men y su universo pertenecen a la compañía Marvel, lo demás es de mi autoría. Andrew es un homenaje a mi amiga Prince Legolas, ya que usó ese nombre para un personaje en su fic de POTC "Against All Odds"

Capítulo Tres: De Regreso A Casa

El jet aterrizó en el aeropuerto y regresaron a la mansión en una de los tantos coches coleccionables de Charles. Erik iba en el asiento trasero, cuidando al dormido Andrew, mientras que Hank conducía y los observaba a través del espejo frontal. Le costaba reconocer en ese hombre preocupado por el estado de su hijo al frío y cruel Magneto, capaz de arrojar un estadio sobre la Casa Blanca para demostrar la supremacía mutante. Todavía no le perdonaba el haber tratado de asesinar a Raven, el haberla arrastrado por el mal camino y el haber hecho sufrir tanto a Charles. Pero así estaban las cosas: Raven se había redimido y Charles lo había perdonado, y ahora Erik estaba cuidando a Andrew con una preocupación notable en su rostro. Hank hizo a un lado sus prejuicios y dejó fluir su lado bondadoso.

-Revisé sus signos vitales, le tomé la temperatura, la presión y está estable – comentó para tranquilizarlo, observando a Magneto por el espejo. Erik no quitaba los ojos de su hijo -. Cuando lleguemos, Charles accederá a su mente y podrá despertarlo.

Erik se limitó a asentir aunque no parecía convencido.

-¿Qué ocurre? – interrogó Hank.

-Estuvo encerrado en esa dimensión por cuatro años.

Hank volvió a mirarlo por el espejo. Erik ahora observaba la ventana, abstraído. Era extraño ver al gélido Magneto preocupándose por un niño, pero era obvio para Hank el afecto que él y Charles se tenían, además, Andrew era el hijo de ambos.

-Me preocupa el efecto que pueda tener en Charles si el niño no despierta – dijo Erik, sin apartar la mirada del paisaje -. Puede caer en una depresión más profunda, ¿no lo crees?

-Andrew va a despertar – replicó Hank cortante y convencido.

Erik no respondió. La vida le había enseñado a no ser optimista.

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Desde la silla de ruedas, Charles contuvo el aliento cuando Erik entró con Andrew en brazos y enfiló directo hacia él. Abrazó a su hijo y lloró. Le besó la cabeza y le masajeó los rizos mientras lo apretaba fuerte contra su pecho. Después de cuatro años oscuros y pesimistas hoy volvía a sentir su calor, a olerlo y a tocarlo. Andrew estaba vivo, dormido pero vivo y solo debía despertarlo.

-Hank lo examinó y está bien – comunicó Erik -. Ahora tienes que hacer que despierte.

-Sí – asintió Charles -. Vamos a llevarlo al laboratorio para que Hank pueda revisarlo mientras lo hago. Ayúdame, Hank.

Erik alzó al niño mientras que Beast ayudaba a Charles a subir hacia el laboratorio. Erik acostó a Andrew boca abajo en una cama. Hank le sacó rápidamente una muestra de sangre y le colocó pulsores en distintas zonas del cuerpo, incluida la cabeza, para comprobar sus latidos y las ondas cerebrales. Mientras tanto, Erik se apartó del lecho para que Charles pudiera concentrarse. Sentado junto a la cabecera, Xavier apoyó los dedos sobre la sien y cerró los ojos para penetrar en la mente de su hijo. Como otras veces, atravesó un corredor estrecho, invadido por una luz blanca, intensa y centellante hasta una sala también nívea, que representaba la mente de Andrew. En las paredes, a modo de pantallas gigantes, veía proyectados como filmaciones los recuerdos del niño en distintas etapas de su vida: cuando jugaba en los jardines ahora descuidados de la mansión, cuando estudiaba en la escuela, cuando Hank, Sean o Alex le leían algún cuento, cuando platicaba con Ororo, y cuando su padre lo cargaba en brazos o lo acostaba. En todos los cuadros, Andrew se veía de siete años, como si el tiempo se hubiera detenido a ese edad, y no se veían recuerdos de Emma raptándolo, ni paisajes de la dimensión en donde había estado. Era una buena señal, pensó Charles, porque significaba que su hijo no tendría memoria del suceso traumático.

Charles lo llamó para localizar su representación mental y ayudarlo a despertarse. Primero lo llamó suavemente, luego con énfasis y finalmente le gritó sin resultados. Sus recuerdos estaban allí, dentro de su mente que por la luz blanca que irradiaba parecía sana, pero su proyección, único medio por el cual su padre podía establecer contacto, no aparecía por ninguna parte. Agotado, Charles tuvo que regresar a la realidad.

-¿Qué pasó? – quiso saber Erik cuando Charles abrió los ojos y se apartó la mano de la sien.

-Aún no pude encontrarlo y perdí la noción del tiempo.

-Estuviste dentro de su mente por más de media hora – Erik sonó preocupado -. Fue mucho tiempo, Charles. Te ves cansado.

Charles no dijo nada y solo se echó hacia atrás en la silla. No era conveniente abrumar la mente del niño, tenía que dejarlo descansar y descansar también él. Hank se acercó con los resultados de los exámenes.

-Es increíble – exclamó fascinado. Los padres intercambiaron miradas -. Su altura, su desarrollo, todo su organismo es el de un niño de siete años, como si el tiempo no hubiera transcurrido para él.

Charles observó a su hijo.

-Se lo ve igual que cuando lo dejé dormido antes de viajar a la planta – suspiró emocionado.

-Te ayudaré a bajar a la cocina para que comas algo – sugirió Erik -. Te ves cansado y un poco de aire fresco y comida te harán bien.

Hank estuvo de acuerdo.

-Yo me quedaré aquí con Andrew, Charles.

Por un instante, Charles dudó, su instinto paternal le impedía apartarse de su hijo cuando acababa de recuperarlo después de cuatro años, pero entendió que tenían razón. Necesitaba descansar y despejarse antes de intentar despertarlo nuevamente. Preocupado por su agotamiento mental, Erik decidió empujarle la silla para que Charles no debiera concentrarse y moverla de manera cerebral. Charles se sentía tan agotado que se lo permitió, y los dos juntos se dirigieron a la cocina.

Erik preparó un sustancioso sándwich con varios ingredientes del refrigerador y se lo entregó en un plato. Charles tenía tanta hambre que apenas balbuceó un "gracias" y lo devoró con ganas. Permanecieron en silencio, el uno comiendo y el otro pensando, y pronto Charles escuchó los pensamientos dentro de su cabeza.

-Yo también odié a Emma todos estos años – comentó Xavier, tras tragar -. No sé qué pudo llevarla a actuar así, siempre aparentó ser una persona fría, despojada de sentimientos. No te culpes por no imaginar que pudiera tenerte tanto rencor por haberla ignorado.

A Erik no le sorprendió que escuchara lo que pensaba, y, por primera vez, tampoco lo enojó.

-Como bien lo dijiste, aparentaba ser fría, Charles. Ella gustaba de mí y se me insinuó en varias ocasiones.

-Y como no la correspondiste, explotó y quiso vengarse con nuestro hijo.

-Cierto – contestó Erik y no pudo evitar pensar: "Había alguien que realmente me importaba y por eso no quise corresponderle."

Charles terminó el último bocado y no hizo ningún gesto que determinara si lo había escuchado o no. Simplemente miró el reloj en su muñeca.

-Dejaré descansar a Andrew un par de horas más y volveré a intentar – observó a Erik -. No te permites siquiera pensarlo, pero sé que te empieza a gustar la idea de quedarte a vivir aquí.

-Nunca dije que no lo deseara – rebatió Erik -. Pero no lo considero seguro para ti ni para Andrew.

Charles sonrió, cansino.

-¿Cuántas veces tendré que repetirte que puedo protegerte?

-Charles – sacudió la cabeza con pena.

-Cuando Andrew despierte y puedas conocerlo, te quedarás.

Erik vio que era una batalla perdida y pensó: "Aunque Andrew no existiera, tengo otra razón para quedarme."

-¿Quién es esa razón, Erik? – lo incitó.

Como respuesta, Erik descendió la cabeza hacia sus labios y lo besó. Charles respondió apasionadamente. Esta vez no hubo interrupciones ni pensamientos que los detuvieran. Charles podía leer que Erik estaba tan enceguecido como él, y le acarició la espalda y el pelo, mientras que Erik le tomaba el rostro con ambas manos para sellarle los labios con fuerza. Solo la respiración los obligó a separarse, y, sin mediar palabras, Erik lo alzó y lo cargó en brazos hasta un sofá en la habitación continua. Allí lo recostó boca arriba con suavidad. Charles le abrazó la nuca cuidadosamente para no rozarle la herida, y lo besó.

-Hank está cuidando a Andrew – murmuró Erik, aprisionando y liberando sus labios -. Nadie va a interrumpirnos.

Charles permitió que le desabrochara los pantalones y le alzara las caderas para bajárselos. Erik apenas se apartó para repetir la acción con los suyos y se inclinó sobre él. Con una rodilla apoyada en el sofá y la otra pierna en el suelo, mantuvo la estabilidad para penetrarlo. Se miraron fijo el uno al otro, con la lujuria titilando en sus pupilas, mientras que Erik dejaba entrar su miembro despacio, saboreando la humedad de su interior. Charles soltó un jadeo y atrapó su boca de cuenta nueva. Con balanceos lentos y firmes, Erik quedó acomodado y empezó a moverse dentro de él. Entre besos deliciosos, se dejaron llevar por un mar de sensaciones. Se sentían tan cómodos con las caricias y la intimidad, que no parecía que hubieran pasado doce años del primero y único encuentro. Charles estaba entregado a tal extremo, que percibía las impresiones que Erik estaba sintiendo como naturales y propias, y esta conexión llegó a su punto máximo al alcanzar el clímax. Soltando un gemido, Erik esparció su semilla dentro. Empapados de sudor y resoplando, se apartaron para mirarse, estaban llenos y vacíos a la vez el uno del otro. Con delicadeza, Erik quitó su miembro y cayó repleto y agotado sobre el pecho jadeante de Charles. Charles enredó los rizos entre sus dedos y le acarició la cabeza. Ambos tenían el rostro bañado de lágrimas por el caudal de emociones que habían liberado. No se trataba solo del acto sexual sino de la culminación de su reconciliación. Al fin estaban unidos.

Erik cerró los ojos, degustando el aroma y el sabor de la piel de su amante. Por primera vez sintió que no se pertenecía a sí mismo ni a su causa, sino a otra persona: a su Charles.

-Mi Charles – murmuró sin pensarlo. Él se sentía de Charles y sentía a Charles como suyo.

Xavier no dijo nada, solo encorvó los labios. Pasaron media hora así, acostados en el sofá: Charles boca arriba y Erik sobre su pecho, envueltos en un silencio relajante, apenas interrumpido por la letanía de las cuerdas del reloj de pared.

Finalmente Erik se levantó y cargó a su amante para llevarlo al baño a ayudarlo a asearse. Más tarde regresaron al laboratorio.

Hank estaba tan ensimismado en los estudios, que recién notó que se habían ausentado por más de dos horas cuando entraron. Erik empujaba la silla más como un gesto de afecto que otra cosa. No había miradas cómplices entre ellos pero sí una tranquilidad y alegría que no pasó desapercibida para el científico. Pero, por supuesto, mantuvo un silencio discreto.

-¿Algún cambio? – indagó Charles cuando Erik acomodó la silla junto a la cabecera.

-Todo igual y normal dentro de los parámetros – respondió Hank, mientras leía los datos que una de las máquinas le lanzaba.

-Intentaré entrar en su mente de nuevo – decidió Xavier y Erik se apartó.

Charles atravesó de cuenta nueva el corredor iluminado, pero esta vez la luz era más tenue, y al llegar al salón, lo encontró a oscuras, con las pantallas apagadas.

-¡Andrew! – llamó desesperado -. ¡Andrew! ¡Andrew Charles Xavier!

Nadie le respondió, aunque esta vez divisó una puerta angosta, casi camuflada en una de las paredes. Se acercó, pero se abrió antes de que alcanzara a tocarla. Adentro encontró a la proyección de Andrew amarrada a la pared, inconsciente y jadeante. Fue tal su angustia que la conexión se cortó y regresó a la realidad.

-¡Charles! – exclamó Erik -. ¿Qué pasó?

-Andrew está herido – musitó casi sin voz, secándose una lágrima.

Hank se acercó con aire lúgubre.

-Sus ondas cerebrales se ven tenues en esta última lectura – no se animaba a añadir hasta que tuvo que hacerlo -. Me temo que lo estamos perdiendo.

Erik apretó la mano de Charles, que se veía más muerto que vivo.

-¿Qué se puede hacer? – demandó más que preguntar. Había perdido dos hijos y no se iba a permitir perder al tercero.

Hank se empujó los anteojos en el puente de la nariz.

-Existe algo que puede funcionar – miró a Charles -. Si utilizas todo tu poder dentro de su mente como una descarga eléctrica, podrías provocarle un shock que lo despertaría. Pero . . .

-¿Pero? – apremió Erik.

Hank se volvió hacia Magneto.

-Si usa todo su potencial, el organismo de Charles se volvería inmune al suero que le suministro, y no volvería a caminar.

-Voy a hacerlo – determinó Charles con férrea convicción.

Erik le soltó la mano, sin atreverse a reclamarle el sacrificio que estaba a punto de realizar. Charles lo miró a los ojos.

-Traeré a Andrew de regreso – prometió. Se tocó la frente con una mano y esta vez apoyó la otra en la sien de su hijo -. Andrew – murmuró antes de cerrar los ojos.

Hank y Erik contuvieron el aliento.

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