Izuku podría ser muchas cosas: un obseso al trabajo, soñador, idealista y un rollo de canela, pero nunca un egoísta doble cara –que se sepa, al menos–. Por lo mismo, negar una petición racional como atender las heridas de Bakugou por ser su casa la más cercana, que era algo que, aunque le revolviese las tripas, era necesario para respetar su juramento de procurar el bienestar de sus pacientes, y en el fondo, también le daba curiosidad ver el comportamiento del rubio más allá del centro.
La pegajosa voz de Britney Spears cantando Womanizer salía de los caídos tejanos negros de Kirishima, siendo este incapaz de contestar el móvil por tener las manos sujetando los costados de las dos plastas de carne molida y sangrante que eran Midoriya y Bakugou, el segundo queriendo apartarse alegando su buen estado, peleando a cada oportunidad como un gato deslizándose fuera del agua sin éxito, razón suficiente para comprobar que efectivamente, muchas ganas de hacer esfuerzo no le quedaban. Un "¿Es que acaso vas a huir de Midoriya?" estrellado en susurro a la oreja del orgullo andante bastó para que decidiera dejar de oponer resistencia y caminar en silencio.
La manzana en discordia con pecas estaba en su propia nube, dando de vez en cuando indicaciones del camino, ignorando el sermón interminable del pelirrojo.
–Tuve que dejar la fila del yakisoba cuando vi la luz de los reflectores todavía encendidos, pensé que había sido culpa mía porque Bakugou dijo que se iría rápido… –la dentadura afilada se movía sin parar– Vi dos sombras en las gradas como si fuera una pelea de perros callejeros, ¿Saben cuánto espere que las personas de adelante se aburrieran y se fueran? Y después de todo eso no pude ni hablar con la bella dependiente…
–Joder, cierra el pico –Bakugou sacó la fuerza para gritar con la mandíbula hirviéndole de dolor. Haciendo que la burbuja en la que estaba Midoriya reventara, volteando así a ver a los otros dos como si recién se acordara de ellos– Ehm… Sé que es tarde para preguntar, pero, ¿qué estaban haciendo allá?
–Qué te valga…
–Es una larga historia –Kirishima sonrió, como si hace un segundo no hubiese estrujado sus dedos en el torso del rubio para que se callase– Ayudábamos con la iluminación y el sonido. Ah, los todos se veían tan adorables, el niño que actuó de protagonista podría ser el hijo perdido de Bakugou, ¿no lo crees?
–Me alegra no ser el único que lo pensara –los ojos de Midoriya brillaron.
Resulta que los dos estudiantes culminaban un proyecto que juntaba sus dos respectivas facultades para ayudar a distintos santuarios con la función que darían dependiendo de sus actividades religiosas, resultando en la bella casualidad que les permitía a los tres encontrarse esa noche.
Izuku en su inocente mente pensó que era iniciativa de los estudiantes, y no la persecución por puntos extra que era en realidad.
Para cuando llegaron al condominio, parecido a una caja de fósforos, donde un apartamento se acomodaba sobre otro hasta formar diez pisos; las personas de alrededor seguían manteniendo distancia de la hinchazón y muños que estaban hechos, con ojos críticos pero temerosos. Hasta el vecino que encontraron en el pasillo del sexto piso tuvo cierto temor de reclamarles la limpieza de la alfombra. Izuku pensó, mientras encajaba con dificultad la llave en la cerradura que ningún asesino serial se sentía tan acosado como él en esos momentos.
El lugar era más de lo que se esperaba para un apartamento rentado de tamaño standard, era lo necesario para una persona, con un recibidor y sus estantes para zapatos; el pasillo de unos diez metros que separaba la cocina y el baño, y hasta el fondo, estaba el salón donde estaba la cama a la izquierda y una pequeña mesa de madera frente a una televisión a la derecha. No había muchas cosas memorables, pero algo que sacó de frecuencia a los dos invitados eran esas miles de figuritas, posters, decoraciones y hasta las cosas más pequeñas como imanes de refrigerador con la imagen de un personaje rubio y fornido en uniforme de superhéroe.
Kirishima prefirió no preguntar, dejando a un aturdido Bakugou sobre la cama en lo que el dueño de la casa sacaba lo necesario del botiquín en el baño.
–Ten, dáselo a Midoriya como pago –sacó y le entregó una caja mediana envuelta en tela de la mochila que Bakugou no recordó haber visto en el camino– Procura ignorar las cosas raras, te llamaré más tarde…
El rubio quiso protestar, molestándose interiormente con la sensación de querer recordar algo que está muy sepultado entre recuerdos, cayendo luego en cuenta que eso significaba que Kirishima lo dejaría solo– Joder –gruñó escuchando el golpe en la puerta de entrada. El maldito escapó a la primera de cambio.
–Lo siento, Kacchan, no tengo agua oxigenada, pero tengo algo que igual nos servirá –Izuku salía cargando miles de cosas en sus manos, dejándolas todas en la cama– ¿Eh? –Volteó buscando por Kirishima.
–Se fue –alzó el dichoso bote, arrugando la nariz al leer Clorhexidina en la viñeta– ¿Qué es esto?
Izuku tomó pedacitos de algodón entre sus dedos, hacía mucho que no curaba una herida y las indicaciones que Iida le dio mil veces se habían disuelto en su cabeza justo en ese momento– Un bactericida. No te preocupes, no duele.
–¿Estás insinuando algo? –torció el morro, entrecerrando los párpados y dejando que el otro le quitara el bote.
Izuku sonrió sin contestar ni mirarlo, mojando el algodón. Los dos estaban acomodados en la cama sin que les pareciera raro, ponían la practicidad de estar a la par para curarse, pues solo había un botecito.
Asumiendo que el otro se atendería primero, Katsuki se quitó la chaqueta. Sintiendo un escalofrío, se extrañó por como la temperatura había subido en tan solo un instante.
–Mírame.
El meteorito metáforico que era el algodón en la mano de Izuku nunca llegó a las tierras no exploradas de las mejillas rosas de Katsuki, interceptado por el satélite en movimiento de una mano que detuvo de la muñeca al otro. El joven psicólogo levanto su otra mano libre en señal de redición, un poco nervioso de comenzar otra pelea, no le quedaba tantas vendas.
–De esta manera es más rápido –se defendió– Si no, tendríamos que estar los dos en el baño… para vernos en el espejo –Rascó con el dedo índice su propia mejilla.
La imagen mental de compartir un espacio tan íntimo, más íntimo que la propia cama, les puso a ambos si aún no lo estaban, nerviosos por las posibilidades.
Porque todo era más fácil si estaban separados por al menos un metro, como se veían la mayoría del tiempo. Era un espacio para odiarse, un espacio para que el otro no viese lo que ocultaban entre los rayos solares de sus iris, entre las mangas de su ropa y por supuesto, para que no se escuchase el palpitar acelerado de sus corazones.
–Como quieras –cerró sus párpados, cruzando los brazos y las piernas.
Izuku pudo respirar, acercando nuevamente el algodón. Trató de explicar el procedimiento a medida que trabajaba, algo que le recomendó hacer Iida entre las muchas otras observaciones que hizo cuando un día vio las cicatrices en su antebrazo y su mano, siendo el más grande producto de un pobre cuidado después de su operación de tendón– Terminé –anunció, cortando unas cuantas gazas más para sí. Una parte de él se ilusionó con la surreal idea de ser curado por el rubio para devolverle el favor.
Pero esa idea tocaba demasiado el borde de su razón.
Tanto que tuvo que tragarse las palabras cuando le vio levantarse y recoger la chaqueta.
–Ten. –una esquina pudo sacarle un ojo al pobre Izuku si no hubiese atrapado al vuelo la caja.
–¿Qué es esto?
–Ábrelo.
El cielo se despejó para dejar sonar las trompetas celestiales y los cantos angelicales, hasta la luz imaginaria saliendo de la caja dejó ciego a Izuku. Era el tan anhelado Kashiwa Mochi que no pudo comprar del festival.
El joven se hubiese secado las lágrimas que no pudo contener con los puños si su cara no estuviese morada y le doliese. Katsuki, que se acercó para ver, rodó los ojos por pensar que sería algo más interesante para hacer llorar a alguien de veintipico de años –y tomó una bola, porque era hora de cenar y se moría de hambre.
–¡Espera, Kacchan! –Izuku se paró como un rayo, ignorando el crujido de sus rodillas y el tirón de sus músculos– Haré un poco de té, que mala educación de mi parte, perdona. Tengo té verde, negro, manzanilla, jazmín, chai y también embotellado, por si quieres algo frío…
–Detente, idiota. Desinfecta tus heridas primero. –señaló con la mirada todas las cosas en la cama– Ya me voy.
Izuku se quedó en blanco. Las partículas de polvo se enfocaban en su vista, haciendo un borrón horrible del paisaje a su alrededor; la opresión latente en su pecho le quitaba aire, y pudo sentir todos sus músculos moverse tensos en temblores, abriendo paso al sudor como canales arañados en la tierra para dar paso al agua.
Parpadeo varias veces para darse cuenta que estaba al borde de un ataque de pánico y respiro lentamente asegurándose que todo estaba bien ahora. Que nada era más real que el mismo Bakugou alejándose a la salida y lo que le asustaba de verdad era quedarse solo con sus pensamientos y con la visión de Shinsou en su propio reflejo, herido y perdido.
–¡Kacchan! –llamó agitado, acortando la distancia entre ellos con pasos torpes– Acepta una taza de té. Tienes hambre, ¿verdad? E-Estaba por preparar curry, es decir, no te sientas obligado y no es por presumir, pero considero mi receta muy buena, bueno, tal vez no tan buena como la de mi mamá, ¡ah! Aunque eso depende del gusto de cada quien, además de los ingre… –se calló dándose cuenta que jugaba con sus dedos mientras hablaba, recordatorio de tener las palabras hasta por los codos.
–¿Estarás así toda la noche? –Suspiro, tomando la manija de la puerta con fuerza un segundo antes de dejarla ir– Más vale que sea bueno.
Izuku asintió rápido como un rayo, feliz de lograr su cometido. Sin pensar en cuánto tiempo podría jugar sus cartas sin quemarse.
…
…
Las cebollas, patatas, zanahorias, carne, arroz y por supuesto, el paquete de curry daba luz verde al show de esa noche en la pequeña trinchera cuadrada que servía como apartamento.
Katsuki revisaba la refrigeradora que estaba cerca de la cocina, pues al estar todo en un mismo pasillo podían hablar sin levantar la voz. Mientras, Izuku cortaba las verduras del tamaño de un bocado con la habilidad que tienen las personas que han pasado media vida solos, rápidamente y vigilando de reojo la cazuela con el aceite y los ajos que empezaban a dorarse.
–¿Dónde mierda está la cerveza?
–Estoy casi seguro que compré… alguna vez.
El sonido de la corcholata y la espuma desbordándose respondía que sí.
–Deku el solitario… –comentó con una sonrisa que no demostraba amabilidad, doblado hacia adelante, pues el electrodoméstico no era muy alto, aún con la mano sobre la puerta– Odio esta marca.
–Como dije, también tengo té.
Bakugou dio un largo trago a la cerveza antes de hablar otra vez, quería poder culparse de estar medio ebrio para considerar cenar con alguien que "odiaba" y pasarlo como buena idea.
–Compra de otra la próxima vez.
Y dejando al pecoso con la boca abierta y un corte en el dedo, Katsuki se puso a sofreír la carne notando que los ajos estaban quemados.
…
…
–¡Maldito nerd, te digo que pongas una taza de leche y agreges las verduras por último!
–¡Serán dos tazas, estará demasiado picante! Y prefiero las verduras blandas. –Bufó, quitándose el delantal, que, si hacía falta agregar, estaba estampado con el mismo personaje bajo unas letras que se leían "plus ultra" en azul.
–Deja de ser tan débil, el curry debe ser picante.
–Entonces esa es tu fuente de energía… –susurró, con el dedo en el mentón.
–¿¡Dijiste algo, bastardo!? –el cucharón de madera con el que amenazaba no parecía tan potente al lado de la tapadera que Izuku usaba como escudo.
–¡Esta bien, Esta bien! –se aguantó las ganas de reír– Lo haremos a tu manera, porque eres el invitado. Pero la próxima vez lo haré yo.
Izuku estaba esperando una cara de asco por lo menos, pero se sintió bien cuando Katsuki solamente sonrió victorioso, midiendo la taza de leche.
El reloj con la cara bronceada y las manecillas doradas simulando cabello marcaban las nueve para cuando se sentaron a comer. Izuku no pudo dar el primer bocado por estar concentrado en la cara que pondría el otro, mordiéndose levemente el dedo.
–¿Está bueno? –Preguntó con una aureola de estrellas rodéandole.
–¿Cómo no iba a estarlo? Si lo hice yo.
Izuku se atragantó con su propia saliva. Quería reír, pero la cara aún le dolía y si lo hacía, era probable que el rubio le golpease unas cuantas veces más. Optó por probar la comida, soltando un gemido de dolor al tacto, olvidó que el picante y los labios partidos no solían combinar. Hasta le sorprendió que Bakugou siguiese comiendo como si nada, si estaban iguales los dos.
–¿Qué pasa, Deku? –de nuevo la sonrisa destructiva que embobaba a cualquiera que la veía– ¿Demasiado para ti?
–No es eso –se limpió la boca con el dorso de la mano, pensando si morder el anzuelo– Quería darte ventaja.
–¿Estás retándome? ¿Cuándo no puedes probar ni un bocado sin llorar? –le apuntó con los palillos– Bien, ¿qué te parece si lo hacemos interesante?
–¿Qué tienes en mente?
–Tres platos de curry, quien termine primero puede doblegar al perdedor.
–Creo que ya estamos bastante morados e hinchados para eso…
–Me refería a un favor o algo en esa línea, no todo tiene que terminar en violencia –frunció el ceño.
Izuku se remojó los labios– ¿Cómo qué?
–Podrías no escribir nuestra pelea en mi reporte a la fiscalía, por ejemplo.
Izuku se detuvo de beber al escuchar esa petición, bajó la taza y se abstuvo de comentar nada bajo la creciente vibración de enojo surgiendo desde su estómago. Sujetó con el pulgar y el índice el tabique de su nariz, extrañamente intacto. Después de todo, estaba claro que ese era el principal motivo por el que Bakugou seguía en su casa. ¿Cómo pudo pensar que sería diferente si hace tres horas estaban peleando a puños?
–Paso… –Declinó sin mirarlo, comenzando a comer otra vez, ya sin importarle el escozor en los labios.
–Gallina.
Terminando de comer, a Izuku se le hizo extraño que el invitado se ofreciera a ayudarlo a lavar los platos. Le pareció tierno que gritara como bestia y muy dentro de sí actuara como alguien amable, muy dentro de sí y solo con acciones. Pero no quería dejarse llevar tampoco, que no se fuera no significaba que dejaría de intentar convencerlo de no manchar su reporte –cosa que ni se le pasó por la mente–. Aceptó, pasándole la vajilla de a uno para que la secara.
–Hey Deku –escuchó el chasquido de dedos frente a su cara, ¿cuándo llegó ahí? – Escucha cuando te hablan, joder.
–¿Qué pasa?
–Te pregunté por qué coño hay tanta mierda espeluznante en tu casa, ¿eres otaku?
Izuku desvió la mirada– Eh… No les hagas caso, solo son regalos.
–Qué puto psicópata regala estas cosas, esa serie hace años que no se transmite.
Silencio.
–Espera, ¿qué? –Izuku soltó la esponja, encarando los rubíes a diez centímetros de ellos– ¿También lo veías, Kacchan?
–No. –entrecerró los ojos, sin molestarse por la cercanía– Esas cacerolas no se lavarán solas, muévete.
…
…
A las diez, ambos se asustaron desde la entrada por la melodía del reloj. Katsuki deslizaba con cuidado la chaqueta por su espalda, listo para irse. No volvió a tocar el tema de la disuelta apuesta.
–Cuando era niño –Izuku rompió el silencio, sintiendo el pulso de la ansiedad en sus muñecas con tan solo ver la espalda del rubio– Me encantaba esa serie de superhéroes, en aquél entonces me obsesioné a tal punto que creía que yo era la reencarnación del personaje principal, porque era tan genial y salvaba al mundo con una sonrisa; supongo que es un sueño normal en los niños, pero para mí esa serie era la octava maravilla del mundo. Mi mamá dice que lloraba tres horas si no veía el episodio de la semana y… siempre quise intentar… aunque fuese un sueño ridículo e infantil, yo…
No sabía que quería transmitir, pero le quemaba en la garganta sacarlo, decirle a Kacchan que él también era una persona y que su intención era hacer su trabajo sin intenciones ocultas.
–Maldita sea, Deku –Katsuki dio la vuelta cuando terminó de ponerse los zapatos, estando en la parte baja del recibidor, forzaba su vista hacia arriba para ver al pecoso. Estampó su palma abierta en la boca del otro, quedándosele las palabras atoradas en la garganta– Lo acepto, yo también veía ese programa. Entiendo lo que tratas de decir… Aunque no cambia lo que debo de hacer –sonrió– Todavía haré que firmes mis horas con sangre.
Izuku se puso rojo, pero sonrió y tratando de evitar el sentimiento agridulce de la conversación, no pudo evitar decir cuando se vio libre–Así que los bebés también lo veían.
–Te voy a explotar la puta cabeza.
Izuku se quedó viendo la puerta cerrada un rato, los labios aún le ardían por el curry y se recriminó que no fuese por otra razón. Porque esta noche era una grieta en su rutina de la que no volverían a hablar.
