Capítulo 10
Mira a la chica de la brillante sonrisa
"No puedo sacar tu sonrisa de mi mente
Pienso sobre tus ojos todo el tiempo
Eres hermosa, pero ni siquiera lo intentas".
Lovebug by Jonas Brothers.
El día de Remus empezaba con una taza de té en su despacho cuando el sol aún no salía. Vestido y más despierto, se encaminaba al Gran Comedor para desayunar antes de tener que dar la primera clase del día. Aquel jueves por la mañana las primeras dos horas impartía clase a los chicos de primer año. Ellos solían ser muy impresionables y curiosos en todas las clases. Los que parecían divertirse más eran los chicos que eran hijos de muggles, pues apenas meses atrás habían descubierto que eran magos.
La siguiente clase fue con los chicos de séptimo. A diferencia de los estudiantes más jóvenes del colegio, éstos se notaban cansados. Era el año más estresante porque era en el que se evaluaban para sus EXTASIS, el máximo nivel de estudios básicos. Los chicos salieron bostezando de esa clase pese a que apenas era medio día.
Las clases de la tarde eran las que parecían transcurrir con extrema lentitud y por eso intentaba impregnarlas con aire más dinámico. Los chicos de la penúltima clase del día salieron riendo y Remus no podía sentirse más complacido por ello. Se sentó en su escritorio con una sonrisa en los labios mientras esperaba a que llegara el siguiente grupo de estudiantes. A los pocos minutos escuchó que éstos se apiñaban junto a la puerta y fue a recibirlos.
Cuando abrió la puerta, los chicos de quinto de Hufflepuff emitieron pequeños suspiros de alivio y Remus les sonrió con ligera diversión. Se hizo a un lado y los hizo pasar. La mayoría aún no tomaban sus asientos cuando comenzaron a quejarse sobre la tarea que Snape les había dejado durante su ausencia y al profesor no le sorprendió escuchar que dicha tarea había consistido en hacer una lista de las características de los hombres lobo para poder identificarlos, dado que en los días anteriores otros chicos se habían quejado de lo mismo. Sabía cuál era la intención de Snape al hacer eso; que los chicos se dieran cuenta que era un hombre lobo y que Dumbledore tuviera que despedirlo por las quejas de estos y de los padres. Sin embargo, confiaba en que ningún chico prestara demasiada atención, especialmente porque sabía que resultaría muy difícil identificarlo a él como un hombre lobo, puesto que Remus había vivido toda su vida con humanos y había recibido una educación mágica básica, así que lograba pasar fácilmente por sólo un hombre enfermizo al que le costaba mantener empleos … no era algo que el resto de los hombres lobo pudieran decir.
Lo que le gustaba de los chicos de Hufflepuff era que éstos sabían bromear durante la clase sin interrumpir demasiado ni alejarse del tema que trataban. Normalmente una de esas personas era Tonks, que desde el fondo del aula dejaba salir comentarios que hacía reír al resto de sus compañeros. Ese día su cabello era rubio y largo, pero su rostro era el mismo de siempre; sus ojos, la forma de sus cejas, el color de sus labios y las mejillas sonrosadas. Se obligó a dejar de verla en más de una ocasión, pero la simple y divertida sonrisa en el rostro de la chica le hacía bastante difícil su cometido.
Cuando la clase termino y los chicos salieron, Remus se dejó caer en su asiento detrás del escritorio y cruzó los brazos sobre su pecho. La parte lógica de su cerebro le decía que debía dejar de pensar tanto en ella, pero la otra parte de él, la que se emocionaba cuando la veía y la que se sentía feliz cuando se encontraba con sus ojos azules como el zafiro… a ella no le importaba hacer lo correcto.
…
Era viernes por la tarde y la mayoría de los chicos se rezagaba en sus salas comunes y en el Gran Comedor con el afán de mantenerse calientes, pues afuera llovía a cantaros. Tonks estaba en un sillón en un rincón de la sala común. Hacia un buen rato que se dedicaba a ver y a comentar la partida de ajedrez de unos chicos de segundo año. Los chicos, que estaban sentados en el suelo, rompían en carcajadas de vez en cuando ninguno de los dos era capaz de concentrarse por su molesta comentarista.
– Oh-oh, el rubio está a punto de hacer un movimiento tonto – dijo sentada desde su sitio, moviendo la cabeza con desaprobación. El chico rubio y menudo sonrió con diversión. Tras una serie de movimientos erróneos, el otro chico derrotó a su reina con un impresionante movimiento de su rey –. No digas que no te lo dije.
Ambos rieron por lo bajo. Recogieron el tablero, sus piezas y se pusieron de pie.
– ¡Adiós, Tonks! – dijo el chico rubio antes de seguir a su amigo al dormitorio de los chicos.
– ¡Adiós, rubio! – le dijo contenta. Sabía que su nombre era Evan, pero sabía que al niño le parecía gracioso que lo llamara "rubio".
Y ahora no sabía qué hacer. Cheryl se había quedado dormida en su cama cuando había ido a dejar su mochila. Henry, por otro lado, se había marchado en cuanto había acabado la última clase y Tonks se hacía una idea de con quién se encontraba su amigo en ese momento. Eso la había obligado a encontrar diversión a costa del par de chicos de segundo. Tal vez podría repasar los hechizos de Encantamientos… pero ya los había estudiado demasiado. Comenzó a darse golpes en la pierna con la punta de la varita. Ya había hecho la redacción de Pociones, la de Transformaciones…
Dejó de mover la varita. En realidad sí que había algo que podía hacer. Fue a su habitación, en donde Cheryl seguía durmiendo y vacío el contenido de su mochila sobre su cama. Con la mochila colgada del brazo, volvió a la sala común y salió de allí en dirección a la cocina.
– ¡Hola, chicos! ¿Podrían darme un par de cervezas de mantequilla? – preguntó a los elfos apenas entró por el retrato. Un par de ellos le acercaron media docena de botellas mientras el resto hacía exageradas reverencias. Y sin pedirlo, otro de los elfos le envolvió un pedazo de pastel de chocolate. Tonks metió todo a la mochila –. Muchas gracias – les sonrió – ¡Nos vemos!
Estando en la sala común, que siempre era cálida y acogedora, no se había dado cuenta que el clima había empeorado mucho en la última hora. Diablos, y ella sólo llevaba una blusa, la falda y las calcetas. Motivada por el frío, caminó con un poco más de prisa. Sin embargo, cuando llegó al tercer piso y se paró a un par de metros del despacho de Lupin, una vocecilla en su cabeza le dijo que quizá sería una mala idea estar allí y tocar a su puerta.
Pero, ¿lo era…? ¿Realmente era tan malo querer pasar tempo con él? ¿Y qué si le atraía? ¿Qué más daba? No era como que se lo fuera a decir a él o a alguien más. Sí, eso. Si él no lo sabía ¿qué importancia tenía? Inhaló profundamente, armándose de valor y tocó a su puerta una, dos veces.
– Adelante, está abierto – escuchó la tranquila y ronca voz del hombre desde adentro. Un poco titubeante, Tonks empujó la puerta lo suficiente para asomar la cabeza. La pequeña habitación era puramente iluminada por las llamas de la chimenea y por la única vela sobre el escritorio. Vislumbro a Lupin sentado allí, tras su escritorio. Le sonrió y el hombre le devolvió el gesto con una pequeña sonrisa, al mismo tiempo que cerraba el libro que parecía haber estado leyendo hasta que ella tocó.
– Hola profesor… ¿es un mal momento? – le preocupó que quizá ella estaba irrumpiendo de forma grosera, pues sabía lo mucho que al profesor le gustaba leer.
– Oh, no, para nada – dijo él –. Sólo pasaba el rato con este viejo libro. Vamos, pasa – añadió al notar que ella aún tenía la mitad de su cuerpo afuera. Tonks entró y emparejó la puerta –. ¿Se te ofrece algo? – le preguntó él.
– No realmente – Tonks le contestó vagamente mientras caminaba hacia la chimenea y se paraba frente a ella. Estiró las manos hacia el calor que emanaba el fuego, de forma que casi le dio la espalda a Lupin. Giró la cabeza y le sonrió –. Estaba aburrida en la sala común, así que vine a saludarlo – agregó simplemente. La respuesta era verdad, aunque en ella había mucho más de lo que jamás dejaría saber – ¡Oh! Y le traje algo para beber.
Se sentó con agilidad en la alfombra con las piernas cruzadas y sacó un par de cervezas de mantequilla. Con un hechizo hizo levitar una de las botellas hacía Lupin, quien la agarró en el aire. El hombre la miró con diversión y acto siguiente se puso de pie y caminó hacia ella. Se sentó a su lado y Tonks notó que lo hacía con cierta dificultad. Reparó en que aún se veía bastante pálido y cansado. Y sin embargo, Lupin le regaló una cálida sonrisa una vez que sus miradas se encontraron.
Tonks miró a la chimenea y se llevó a los labios la botella que sostenía con una de sus manos.
– Así que estabas aburrida, ¿cómo es eso? – le preguntó él con educada curiosidad. Tonks rodó los ojos al recordar a sus amigos.
– Bueno, Cheryl se quedó dormida, lo que es inaceptable porque apenas son las siete y media de la noche. Y Henry está en alguna parte con su novio… y eso también es inaceptable – le contó.
– ¿Y eso me convirtió en tu plan B? – le preguntó. Tonks reprimió una sonrisa ante el tono falsamente herido de su profesor y volteó a verlo. Lupin arqueó una ceja, esperando su respuesta.
– Más como plan C… porque el plan B fue comentar la partida de ajedrez de dos chicos de segundo hasta que se marcharon – le dijo. Lupin negó ligeramente con la cabeza, pero sonrió un poco con diversión.
– Podría ser peor. Podría ser el pla – comentó él antes de beber de su cerveza. Tonks rió por lo bajo. Pero mientras lo miraba, se dio cuenta de que él era la única persona con la que quería estar tanto tiempo como le fuera posible.
– O Z – ella añadió, bromeando.
– Merlín, que forma de herirme – dijo él y Tonks estaba segura de que estuvo a punto de reír.
– Usted nunca ríe. Quiero decir… sonríe, pero no ríe.
Lupin, con una de sus comunes pequeñas sonrisas, miró hacia la alfombra bajo ellos.
– No estoy acostumbrado a reír – le dijo sin levantar la vista –. Es… simplemente es algo que no hice por mucho tiempo, así que… no está en mi.
Tonks sintió que algo le apretaba el pecho.
– Bueno… – dijo ella lentamente – pues tenemos que solucionar eso – suspiró, pero después sonrió. Lupin la miró y alzó las cejas –. Será mi misión.
– ¿Tu… misión? ¿Hacerme reír? – le preguntó, una ligera diversión asomándose en su voz.
– ¡Claro! Vendré todas las tardes y haré malabarismo con gatos frente a su escritorio, ¿qué le parece?
Una vez más pareció que el profesor estuvo a punto de reír, pero logró mantener una simple, pero feliz sonrisa. Tonks sintió que su pecho se infló al saber que ella había causado esa respuesta y le sonrió de buena gana.
– Bueno, creo que el malabarismo sería peligroso, pero estaría complacido con que vinieras tanto como quisieras – dijo él. Y aunque aún sonreía, lo había dicho con suficiente sinceridad para que Tonks supiera que lo decía en serio.
Ella no le contestó de inmediato, y se limitó a sonreírle, pero el que a Lupin pareciera gustarle que fuera a hacerle compañía, se le antojaba demasiado bueno para ser verdad.
– De todas formas no sé hacer malabarismo – soltó ella. Para su sorpresa, Lupin rió por lo bajo. Fue una pequeña y ronca risa. Volteó a verlo con los ojos muy abiertos –. ¡Oh, Merlín! ¡Eso fue tan lindo! – dijo muy feliz. La risa del hombre se transformó en una pequeña toz. ¡En serio tendría que aprender a callar algunas cosas!
Sin embargo, cuando la toz de Lupin cesó, este volvía a tener una contenta sonrisa en su rostro.
– Buen comienzo – dijo él antes de dar un trago a su cerveza de mantequilla.
La chica sonrió con suficiencia y observó la chimenea. Se sentía muy ligera y muy feliz, ya fuera por la calidez del fuego frente a ella, por la cerveza de mantequilla que era espumosa y deliciosa, o porque había hecho reír un poco a Remus Lupin.
…
Era muy tarde, aunque Remus no sabía con exactitud qué hora era. Se había acostado en su cama con intención de dormir desde hacía ya un buen rato, pero no lo había conseguido. Su mente estaba atascada en la visita que Tonks le había hecho durante la última hora de la tarde y a lo largo de la noche. Eventualmente, conforme las horas habían transcurrido, la chica se había acostado sobre la alfombra y él, inspirado por la espontaneidad de la joven bruja, se acostó al lado de ella a medio metro de distancia, ignorando lo calientes que se pusieron sus pies y piernas por la cercanía a la chimenea.
– ¿Qué libro leía cuando llegué? – le había preguntado girando su cabeza hacía él. Usando un silencioso hechizo convocador, Remus hizo que el libro llegara a sus manos y se lo pasó a la chica. Tonks lo alzo sobre su rostro y lo abrió por el primer capítulo. El hombre observó atentamente la expresión de perfil de la chica –. ¿Es un cuento?
– Una novela – le había respondido él –. Mi último trabajo lo tuve en una librería muggle, y antes de dejarlo y partir, el dueño me lo dio junto con otros – le explicó. Sentía que podía contarle ese tipo de cosas a ella. Una vez más, no creía estar compartiendo información de más. Usualmente reservado, Remus no solía hablar demasiado sobre él mismo. Pero con ella, con Tonks… sentía un genuino interés por parte de la chica y eso le daba confianza a hablar un poco sobre su pasado o sobre sus gustos. Pequeños detalles, no la gran cosa, pero más de lo que había compartido con alguien en los últimos años de su vida.
– Me gusta – había dicho ella con una pequeña sonrisa. No cuestionó por qué él, un mago, tuvo un empleó muggle, ni cuando lo dejó, ni por qué. A veces Remus creía que la chica parecía saber lo que podía o no preguntar para evitar hacer sentir incomoda a la gente, y en ese caso, a él. Él era bastante similar a ella en ese aspecto.
Posterior a eso la chica había desviado la mirada a la ventana. Remus la imitó y se dio cuenta de que el cielo era de un profundo azul oscuro, que no había estrellas y que había dejado de llover. Tonks se enderezó de golpe, dejó el libro a un lado y se puso de pie. Remus hizo lo mismo, sabiendo que seguramente era lo suficientemente tarde como para que la chica se metiera en problemas por estar fuera de su dormitorio.
– No te preocupes por eso, ya lo recojo yo. – le dijo el hombre cuando la vio con intención de levantar las botellas y el resto del pastel de chocolate que habían estado pellizcando.
– Claro. Bueno, buenas noches, profesor – dijo ella acercándose a él para darle un rápido abrazo.
Cuando estaba por abrir la puerta, el hombre la llamó tras salir de su momentáneo estado estático que le había causado el abrazo de la joven:
– Tonks.
Ella se detuvo y se giró hacia él.
– ¿Si?
Si ella pudiera escuchar dentro de su pecho, si pudiera ver lo que pasaba en su cabeza… podría saber que el corazón de Remus latía a toda prisa. Pero el hombre habló en un tono totalmente tranquilo y amigable, casi despreocupado.
– Puedes llamarme sólo Remus, ¿sabes? – comentó con una pequeña sonrisa. Ella sonrió y asintió levemente.
– Remus – murmuró la chica y tras una cálida ultima sonrisa, salió del despacho.
Suspiró profundamente cuando se quedó sólo en la quietud de su despachó y volvió a hacerlo mientras estaba acostado en su mullida cama, recordando. De entre todo lo que habían hablado, resaltaron ante él los momentos en que Tonks se emocionó porque había conseguido hacerlo reír y en particular cuando dijo que su risa era linda. Remus sonrió con cariño. Le gustó mucho saber que la chica parecía querer pasar el rato con él, pese a que podría estar con cualquier otra persona cuando sus amigos no estaban disponibles.
Aún pensando el ella, Remus se quedó dormido.
Tonks (que llevaba el cabello hasta los hombros de color lila) volvió a aparecer en su despacho un par de días después, durante la tarde del lunes. Sin embargo, se había detenido a mitad de su camino hacia el escritorio al notar que el hombre estaba calificando los trabajos que los chicos le habían entregado ese día.
– Hoy si es un mal momento – ella sonrió ligeramente. Al ver su ligeramente decepcionado semblante, Remus se apresuró a hablar.
– Intentaré acabar pronto con esto – le dijo. Se dio cuenta de que no quería que la chica se marchara. Su joven rostro se iluminó con una sonrisa más animada y se sentó en la silla que estaba del otro lado del escritorio.
Remus continuó leyendo y calificando trabajos. A los pocos minutos notó que Tonks se movía en su asiento. Levanto la mirada justo a tiempo para ver que la chica tomaba de la esquina del escritorio el libro verde y gastado que él le había mostrado la noche anterior. El hombre sonrió y volvió a lo suyo. Sin embargo, le tomó un poco más de tiempo que el que había previsto el terminar de calificar y para cuando volvió a levantar la mirada, Tonks había pasado sus piernas sobre uno de los brazos de la silla y los balanceaba ligeramente. Con la espalda apoyada en el otro brazo del asiento, leía en silencio el libro. Estaba a punto de llegar a la mitad de la novela.
La observó por lo que parecieron minutos, pero en realidad sólo fueron unos segundos hasta que se obligó a mirar otra parte. Se llevó la mano a la nuca y se masajeó un poco.
– Esto da una perspectiva interesante de cómo viven los muggles – la escuchó murmurar. – Ignorando que nosotros podemos hacer magia, nos les pareceos mucho – divagó en un tono claro. Era como si hablara consigo misma y Reus lo encontró adorable –. Mismos dramas familiares, mismos líos amorosos, mismas rivalidades…
– En efecto – el dijo en voz baja. La chica lo miró.
– El odio que reciben por parte de algunos magos no tiene sentido – dijo en un tono serio y era primera vez que Remus la escuchaba hablar de esa forma.
– Resulta fácil odiar lo que no se conoce – le dijo. Pensó en la actitud de repulsión que habían adoptado contra él algunas personas al enterarse de que él era un hombre lobo. Pero a diferencia de él, los muggles eran completamente inofensivos.
– Odiar suena… extremista – dijo ella, pensativa. La miró y por primera vez Remus se preguntó cuál sería la reacción de la chica si se enterara de la maldición con la que cargaba el hombre del otro lado del escritorio. ¿Seguiría dirigiéndose hacia él con la misma amabilidad con la que lo había tratado hasta el momento? ¿Seguiría apareciendo en su despacho y a confiar lo suficiente como para sentarse frente a él mientras leía un libro?
Remus bajó la mirada al montón de trabajos que acababa de revisar. No sabía si quería saber las respuestas a esas preguntas. Por más noble que la chica fuera, por más bienvenida y cálida que su personalidad se mostrara… no se arriesgaría a preguntarle.
– Creo que es hora de irme – anunció ella dejando el libro verde en el escritorio y poniéndose de pie. ¿Qué? ¿Por qué? Remus miró el reloj a un lado de él y se percató de que faltaba poco para el toque de queda, una medida de seguridad de ese año por el intento de Sirius de entrar a la torre de Gryffindor.
– Claro, ya es muy tarde.
– El viernes por poco no llego a la sala común – dijo la chica alisándose la falda negra del uniforme –. Buenas noches, Remus – le sonrió. El hombre sonrió al escuchar su nombre de pila.
– Buenas noches, Tonks – le dijo de vuelta –. Hey, ¿por qué no te llevas el libro? – agregó de último momento, cuando ella ya tenía una mano en el pomo de la puerta.
– ¿En serio? – le preguntó con sorpresa.
– Por supuesto – dijo. Se puso de pie, rodeó el escritorio y cogió el libro. Se lo tendió.
Tonks lo tomó y tras echarle una pequeña mirada, abrazó al hombre. Contrario al abrazo de la noche anterior, este fue más largo. A Remus le dio tiempo para salir de su sorpresa y abrazarla de vuelta. Recargó su cabeza suavemente contra la de la joven. Su cabello se sentía suave contra su mejilla y olía a algo que identifico como un sutil aroma a cereza. Cerró los ojos.
Se quedaron así por al menos un minuto. Cuando se separaron, vio que las mejillas de Tonks estaban muy sonrojadas. No supo por qué lo hizo, pero levantó una mano hasta una de ellas y la acarició ligeramente con dos de sus dedos. Bajó la mano inmediatamente al segundo después, la metió al igual que la otra a sus bolsillos y dio un par de pasos atrás con la mirada abajo.
– Nos vemos – ella dijo voz baja.
El asintió con la cabeza, pero no la miró. Una vez que escuchó la puerta cerrarse, Remus se llevó las manos al rostro y se lo talló con ellas. ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué no podía ponerse un alto cuando se trataba de ella?
…
Salió del despacho de Remus sintiéndose como si hubiera bebido una gran cantidad de algo cálido que le estaba embotando los sentidos. Caminaba, pero ¿realmente caminaba? ¿Cómo estaba segura de que en realidad no volaba? ¿Podía volar? Sentía que estaba volando.
Apretó contra su estomago el libro verde que el hombre le había prestado. ¿En serio acababa de abrazarlo por un minuto que se sintió eterno y perfecto? ¿Era verdad que él le había acariciado la mejilla mientras la miraba de esa forma tan suave, casi con ternura? ¿Era Remus si quiera real? ¿Cómo es que alguien tan hermoso podía serlo? Le gustaba tanto referirse a él como Remus.
No estaba segura de cómo es que llegó a la sala común. Entró a la iluminada estancia.
– ¡Tonks!
La voz era de Cheryl, que estaba sentada al lado de Henry en un sofá. Tardó un par de segundos en comprender que había algo mal en aquel cuadro que presentaban sus amigos. No sólo estaban ellos dos, pues había un pequeño grupo de chicos a su alrededor y todos miraban a Henry con preocupación e incluso con tristeza. Su amigo tenía la cabeza entre sus manos, escondida.
– ¿Qué pasa? – preguntó acercándose a ellos. Henry no se movió.
– Henry estaba con un chico y unos tipos de Slytherin los vieron, y ellos… – comenzó a responder Cheryl. Ella misma parecía tener problemas con entender lo que intentaba explicar. Sin embargo, Tonks no necesitó más que eso y la imagen completamente decaída de Henry para hacerse una idea de lo que había sucedido.
– ¿Es sobre Isaac? ¿Le hicieron algo?– le preguntó a su amigo. Lentamente, el chico levantó la cabeza y la miró con ojos abnegados en lágrimas. Asintió –. Oh, Henry – mustió. Se sentó del otro lado del chico, dejó el libro verde sobre su regazo y abrazó a su amigo. El chico enterró su cara entre el cuello y el hombro Tonks y poco después la chica pudo sentir las lágrimas de su amigo en su piel. Miró sobre la cabeza de él a Cheryl, quien los miraba con tristeza – ¿Qué paso?
– Le dieron una paliza al otro chico – contestó un muchacho alto y moreno, el que estaba más próximo a ella –. Pasábamos por afuera de un aula cuando escuchamos gritos y mucho ruido, como si hubiera una pelea. A Henry le habían dado con un hechizo de inmovilidad y al otro tipo… Isaac, lo tenían en el suelo. El ya estaba inconsciente – dijo el chico con un dejo de tristeza y frustración –, pero eso no pareció importarles, porque lo estaban pateando. Cuatro contra uno, ¿qué te parece?
Estúpido. Todo era muy estúpido y ella sentía una rabia muy grande crecer desde sus entrañas. Abrazó a su amigo con un poco mas de fuerza.
– Isaac está ahora en la enfermería – dijo Cheryl.
– Eh, entonces seguro que se pone bien – dijo Tonks a su amigo, intentando infundirle positivismo –. La señora Pomfrey es un genio, ¿recuerdas? – pero el chico siguió llorando silenciosamente. Tonks miró a los chicos que estaba allí – ¿Podrían dejarnos solos?
No hubo necesidad de decir algo más. Todos se despidieron de Henry con simpatía y el muchacho moreno (que ahora Tonks reconocía como el Premio Anual de Hufflepuff), le dio unas suaves palmadas en la espalda al lloroso chico.
Parecieron horas las que estuvieron allí Cheryl y Tonks acompañando a su amigo. Cuando ya era muy noche y no quedaba nadie más en la sala común, Henry ya había dejado de llorar y de ocultarse en el hombro de su amiga. Estaba sentado con la cabeza echada hacía atrás, sobre el respaldo del sofá. Tenía los ojos ligeramente entornados, quizá a causa del cansancio que generaba el llorar tanto. Cheryl, del otro lado del sofá, abrazaba un mullido cojín. Entonces Henry giró la cabeza para ver a Cheryl.
– Perdón por no haberte contado que salía con alguien – le dijo con voz ronca. La chica sonrió con alivio, demasiado complacida con que su amigo hubiera hablado por fin como para importarle el por qué se disculpaba.
– No seas tonto, eso no era asunto mío – le dijo con sinceridad.
Henry asintió. Volvió a mirar al techo.
– Sé que va a estar bien – dijo con voz baja –. Pero me asusté mucho, ¿saben? – añadió con un hilo de voz –. Al final, ya no se movía ni hacía ruido…
– Lo entendemos – dijo Tonks con suavidad.
Miró el libro verde que tenía en su regazo y recordó lo que le había dicho a Remus sobre el odio de algunos magos hacia muggles. Henry era hijo de muggles y dichos magos los detestaban tanto como a los muggles mismos. Los chicos de Slytherin que atacaron a Isaac probablemente creían que era muy bajo relacionarse con alguien como Henry.
