Capítulo 10. La cierva

Había dejado de nevar, pero la calle estaba ya intransitable. La luz de las farolas se reflejaba en la nieve, que lo cubría todo con su manto blanco y brillante. Sus pasos sonaban amortiguados, tenía que esforzarse para no resbalar, para no caer. Todo estaba en silencio, como si el tiempo también se hubiese congelado. Apretó con fuerza el vial que llevaba en el bolsillo, era su último billete al paraíso.

Se dirigió a la casa de Severus, era tan pobre y oscura como los otros edificios de la miserable barriada, pero desde su interior, una cálida luz se filtraba a través de las pesadas cortinas, llenando la fachada de vida en mitad de la sórdida calle.

Cuando entró, fue como estar de nuevo en un sueño. La casa olía a gloria, a las comidas deliciosas que el hombre preparaba para sus citas. Las numerosas velas y la chimenea encendida caldeaban suavemente el ambiente. Snape lo recibió con el mimo y la sensualidad de siempre, pendiente de sus movimientos, de sus palabras, sin perderlo de vista, rodeándolo con sus brazos y abrasándolo con sus besos. Pronto, sus atenciones le hicieron olvidar la culpa que le reconcomía y se entregó por completo a la dulce tentación.

Harry devoró el roast beef y las patatas asadas con sumo placer y bebió todo el vino que se le ofreció. Estaba dispuesto a apurar hasta la última gota de aquellos irrepetibles momentos. Tan sólo el empeño de Severus en que le contara todos los detalles del asesinato de Tower Hamlets perturbó su dicha.

—¿Así que los muggles pensaron que los habían matado sólo por ser homosexuales?

—Sí, en el barrio en el que vivían había carteles contra los gays. Según Davis y la inefable muggle los ponen los fanáticos religiosos.

—Desgraciadamente, en este mundo sobran individuos que se creen en poder de la verdad absoluta—comentó Snape, mientras volvía a llenar los vasos— Pero, ¿sabes, Harry? Nunca es para defender la libertad y luchar contra el sufrimiento. No, nunca es para eso. Siempre es para creerse superiores a los demás, para esclavizar o explotar a otros. Todo se reduce a poder y dominación, a establecer jerarquías y clases entre los seres humanos, para poder abusar libremente. No importa cuál sea la historia que se inventen —Severus tomó lentamente un trago de vino—Como toda esa basura de los sangre limpia y los sangre sucia.

Harry se quedó petrificado durante unos segundos. No le extrañaba ya que Snape pensara eso de las sangres, pero le sorprendió oírselo decir.

—¿Por qué te uniste a los mortífagos, Severus?—preguntó, con un hilo de voz.

El hombre lo miró fijamente durante un instante; luego bajó la vista y Harry notó que sus facciones se endurecían.

—Es una historia muy larga, Harry. Y …me gustaría poder cerrarla—suspiró y cerró los ojos, con gesto de cansancio—. Pero te diré una cosa: con los años, he aprendido duras lecciones. Y una de ellas ha sido la de recapacitar — y como queriendo cambiar de tema, preguntó— ¿dices que se llevaron las varitas?

—Sí, entre otras muchas cosas, saquearon la casa. Creemos que fueron dos por lo que contó el testigo.

—No es descabellado pensar que sean mortífagos; los pocos que quedan sin capturar están desesperados, cada vez más aislados y con menos recursos, sin nadie a quien acudir. No me extrañaría que se escondieran, incluso en zonas boscosas, y que estuvieran pasando hambre.

—¿Y atacar a una pareja gay que vive en un barrio marginal de la ciudad?

—Tal vez los conocieran. ¿Habéis investigado el pasado de esos dos?

—Sí, lo hemos hecho. Están limpios, lo único que llama la atención es que promocionaban su ropa en club gays, tanto de magos como de muggles. Tenemos pocas pistas, Ron encontró algunos vestigios que se están analizando y yo encontré el diario de Philippe. Lo leí, por si hallaba algo interesante, pero de ese día sólo estaba anotado que les iba a visitar un tal Dorian.

De pronto, Snape se puso rígido y miró a Harry intensamente:

—¿Has dicho Dorian?

—Sí, ¿qué pasa? —preguntó Harry alarmado

—Pasa que Dorian es el apodo gay de Thorfinn Rowle

¿Rowle es gay?

—Sí, pero muy pocos lo sabíamos —Severus se inclinó aún más hacia Harry —ese nombre lo utilizaba en los clubs cuando iba a ligar—susurró.

—Entonces ¿puede ser él el mago alto, rubio y con coleta que vio el testigo?

—Exacto.

—Eso explicaría por qué Philippe les abrió la puerta. ¿Y el otro?

—Apostaría a que es Mulcíber, otro al que el Ministerio no ha detenido. Eran inseparables.

—¿Mulcíber? ¡Pero si está muerto!

—No, Harry. Esa es la tesis del Ministerio; pero, hazme caso, no lo está.

Mientras tomaban el postre, una exquisita tarta de manzana, aún debatieron otros detalles conocidos del caso; Severus conocía datos inesperados de los mortífagos e información valiosa que podía serle útil para tratar de encajar las piezas.

Cuando terminaron, se levantó y siguió a Snape con la mirada, mientras se perdía en la cocina para terminar de recoger. Se quedó entonces solo frente a las tazas de té y, con el pulso zumbándole en las sienes, vertió la última dosis de poción. Se metió el vial vacío en el bolsillo, reprimiendo el deseo de cerrar el puño y apretar con todas sus fuerzas para que el cristal se rompiera y se le clavara en la palma de la mano.

Miró a su alrededor, tratando conscientemente de memorizar el escenario en el que habían transcurrido esos momentos felices y voluptuosos. Al sentarse en el sofá, cogió la capa negra de Severus y la acarició con ternura, como algo enormemente valioso, hasta llevársela a la cara para aspirar el aroma del hombre.

¿Qué haces?—exclamó Snape.

— Nada — respondió Harry, sobresaltado.

— ¿Te encuentras bien? Tienes la mirada muy triste, ¿Qué te pasa?

— Son esos malditos crímenes, que me deprimen— mintió.

Entonces, Severus se echó en el sofá y lo abrazó, apretándolo con fuerza contra su pecho y revolviéndole el pelo, mientras apoyaba la barbilla sobre su cabeza.

—Estás muy tenso, Harry.

Deseó con todas sus fuerzas que el tiempo se detuviera, poder quedarse así para siempre, escuchando los latidos del corazón de Severus, envuelto por su cuerpo.

—Harry, no puedes cargarlo todo sobre tus hombros. Ya lo hiciste una vez. Pero no puedes salvar a todo el mundo, no puedes solucionarlo todo.

"No, no puedo"—pensó. Cerró los ojos, intentando aliviar el escozor.

—Ven, se me ha ocurrido algo para que te relajes.

El hombre lo sacó del mullido asiento y, sin mediar palabra, lo arrastró de la mano por las escaleras ocultas, hasta llevarlo a la habitación pequeña, la misma en la que Harry se había recuperado del ataque del vampiro. Cuando entraron en el baño, no pudo disimular su asombro; de ser pequeño y mísero había pasado a ser grande y lujoso.

Mirándolo con complicidad, Severus agitó la varita y un chorro de agua caliente comenzó a llenar la bañera, que había aumentado de tamaño, tanto como para que los dos cupieran cómodamente. Las paredes estaban ahora cubiertas de brillante mármol blanco, veteado de verde, como surcado por diminutas y relucientes serpientes. Snape giró la muñeca y varias varitas de incienso se quedaron suspendidas en el aire, desprendiendo un fragante olor a rosas. De la nada, surgió un círculo de velas rojas que fue a colocarse obedientemente alrededor de la bañera. El sonido relajante del agua, la tenue luz y el aroma embriagador del incienso aflojaron sus nervios y Harry sintió que flotaba, mientras miraba embelesado cómo el hombre se despojaba despacio y elegantemente de sus largas ropas negras hasta descubrir por completo su pálida piel.

Pero Severus no esperó a que él se desnudara, movió la varita una vez más y Harry notó el aire húmedo y caliente en su cuerpo. Su amante lo agarró de los hombros y de las nalgas sin contemplaciones, riéndose divertido, abusando como siempre de su mayor potencia física, y lo metió en el agua, colocándose detrás de él y apoyándole la espalda contra su pecho, aprisionándolo con sus fuertes brazos. Harry dejó escapar un gemido de placer que reverberó contra el mármol cuando los pérfidos y experimentados dedos del hombre juguetearon con sus pezones y con su ombligo. Unos besos dulces y mojados jalonaron su cuello haciéndole estremecer; complacido, respiró profundamente, dejando escapar el peso que le había estado oprimiendo los pulmones.

—No te imaginas lo que me costó quitarte el barro, se te había pegado por todas partes.

—Recuerdo la sensación del lodo asqueroso, sobre todo en la cara.

—Tenías cieno debajo de las gafas y esa ropa tan ligera no te tapaba nada, estabas cubierto de mierda de arriba abajo.

—Creí que me habías encontrado "suculento" con esa ropa.

—Vaya…¿eso dije?; la verdad es que sí, no me sorprendió que el vampiro te atacara. Estabas para comerte.

Acto seguido, Snape le clavó los dientes en la garganta, rasgando su piel levemente y pellizcando su carne a bocados. Una ola de fuego lo atravesó haciendo que su polla se endureciera.

—Mmm… el baño era para que te relajaras

—Y lo estoy, estoy relajado—dijo, tratando de sonar sincero.

—No lo suficiente. Voy a bañarte, Harry y después tú me lavarás a mí.

Quiso protestar, pero desistió en cuanto Severus le puso las manos llenas de jabón sobre los hombros y empezó a masajearle con la yema de sus dedos, ejerciendo la presión justa para que sus músculos se aflojaran. Las recias y espumosas manos se deslizaron por su pecho y por su vientre trazando caricias circulares que, lentamente, bajaron hasta su entrepierna. Snape se inclinó más sobre él, pegándose del todo a su espalda, quemándole con su aliento y le enjabonó la polla con una mano mientras la otra se hundía furtiva en su raja. Harry dio un respingo entre los brazos del hombre y abrió las piernas todo lo que pudo, impaciente. Su amante rozó tentativamente su entrada y Harry apretó el culo contra los dedos, ansioso de que le penetraran. Echó el cuello hacia atrás, buscando ávidamente la boca del hombre; pero exhaló un gemido de frustración cuando Snape cambió de postura y, agarrándolo de las axilas, lo puso de pie y le dio la vuelta para estar cara a cara.

—He dicho que iba a bañarte, Harry, no otra cosa—comentó en tono burlón.

Desesperado, Harry empujó su erección contra el firme muslo de Severus y se frotó impúdicamente contra él, dejándose llevar por la deliciosa sensación de su piel resbaladiza. Su atrevimiento le valió una vigorosa palmada en las nalgas que resonó como un latigazo. Ofuscado, se apartó y miró a Severus con rencor. El hombre lo contemplaba divertido, con una media sonrisa, estaba claro que disfrutaba provocándolo. El chico no pudo resistir el impulso de besarlo en la boca y a punto estuvo de perder el equilibrio cuando se puso de puntillas. Pero Snape continuó burlándose de él y se empeñó en pasarle la esponja, susurrándole al oído cómo le había despojado de sus prendas de puta, cómo había aprovechado su inconsciencia para admirar su cuerpo casi adolescente, para comprobar la suavidad de su cremosa y blanca piel, para rozar con veneración sus rojos y delicados labios.

Las palabras de Severus lo volvían loco y, sin embargo, un terrible escalofrío lo recorrió: acababa de reconocerle que ya entonces lo deseaba apasionadamente. La excitación mitigó el nudo que se le había formado en la boca del estómago y, sin querer pensar, se entregó a lavar a su amante, intentando en vano que se sentara para poder abarcarlo mejor. El hombre quiso permanecer de pie, mofándose de sus esfuerzos, hasta que Harry se cansó del juego, se puso de rodillas y decidió tomar las riendas o, mejor dicho, tomar la formidable y goteante erección de Severus en su boca, gimiendo con los labios apretados, succionando con avaricia la sedosa y turgente carne mientras su lengua rozaba el sensible frenillo.

Una mano crispada se enredó en su pelo. El ligero temblor que se apoderó de las piernas de Snape y los jadeos sofocados del hombre lo incitaron y todo su cuerpo se entregó por completo a la mamada, moviéndose rítmicamente, aumentando progresivamente la presión y añadiendo un suave masaje en los testículos, como sopesándolos. Cuando la vena bajo su lengua empezó a palpitar con fuerza, Harry se sacó la polla de la boca y poniendo toda su malicia en ello, empezó a lamer la erección entera, desde los huevos hasta la punta, como si de una irresistible golosina se tratara, mirando intensamente los ojos ardientes de Severus, sin dejar de chupar cada centímetro, de besar devotamente el miembro de su amante, mostrando descaradamente lo mucho que lo deseaba.

Su estratagema funcionó a la perfección. Las gotas de agua salpicaron por todo el suelo cuando Severus, fuera de sí, lo tiró encima del camastro como a un fardo. Le colocó el culo en el borde del lecho y saltó sobre él, mientras Harry se apretaba anhelante contra su cuerpo aún mojado y jabonoso y abría las piernas, levantándolas hasta su pecho, buscando la postura para que la polla de Severus rozara su entrada; pero el hombre se apartó, se puso de pie junto a la cama, lo asió fuertemente de las nalgas abriéndole aún más y con un único y poderoso movimiento, lo penetró. Harry arqueó la espalda, contorsionándose de dolor, notando cómo se le saltaban las lágrimas; pero, el hombre pareció tener piedad de él porque se quedó quieto y se inclinó de nuevo sobre su pecho, besándolo fervientemente, poseyéndolo con sus labios y con su lengua, calmando su desazón. Harry se agarró a su espalda como un náufrago, enloquecido de placer y dolor.

Durante unos minutos permanecieron piel con piel; Harry cerró los ojos abandonándose a las manos de Snape que lo recorrían como si quisieran moldearlo, hasta que el hombre volvió a erguirse, sujetándolo de las caderas y se movió dentro de él, golpeando su próstata con furia. Harry abrió los ojos y vio fascinado cómo la polla de Severus entraba y salía de él. Nunca antes se había sentido tan vicioso como ahora, con las piernas totalmente abiertas, con su entrada dilatada, chorreante, expuesta, mientras el poderoso miembro de su amante lo taladraba, haciendo chocar salvajemente sus testículos contra su perineo. Su propia polla, dura como una roca, goteaba profusamente y se meneaba enhiesta contra su vientre con cada vaivén. Tuvo que agarrarse al colchón para evitar que la fuerza de las acometidas le estampara la cabeza contra la pared. No pudo hacer otra cosa que jadear y gemir escandalosamente, mientras Severus lo follaba como una bestia en celo.

Cuando el torbellino de placer empezaba ya a condensarse, Snape salió bruscamente de él y con un gesto autoritario le hizo darse la vuelta y ponerse a cuatro patas. El hombre volvió a penetrarlo brutalmente haciendo que, por un segundo, le faltara la respiración. Sus quejidos de dolor se disolvieron en cuanto la feroz presión contra su próstata electrizó todo su cuerpo, traspasándolo de parte a parte y erizando todos los poros de su piel.

Cada estocada, ahora más profunda, le hacía vibrar en lo más íntimo. Severus lo aferraba de la cadera izquierda con una mano, mientras que con la otra le sujetaba del hombro derecho rozándole la garganta con sus dedos. Lo manejaba así a su antojo, tensándolo, curvándolo, tocándolo como un experto que arrancara notas obscenas de un instrumento, perforándolo sin piedad. Harry no tardó en volver a estar a punto de explotar. Como adivinando su necesidad, el hombre se pegó a su cuerpo y con la mano con la que había asido su cuello le agarró el miembro, masturbándole, sin dejar de empalarlo frenéticamente.

La mente de Harry se fundió en blanco, la vorágine de placer se solidificó en su vientre y perdió todo control sobre su cuerpo, que se retorció y convulsionó desbocado hasta expulsar un chorro de semen caliente que salió disparado en todas direcciones alcanzando la pared, las sábanas, su pecho y sus piernas. Mientras boqueaba, tratando de recuperar el aliento, con el corazón martilleando sus costillas, Severus le hundió la cabeza en el colchón y le subió aún más las caderas. La polla, dura y dilatada al máximo, se enterró en su carne aún más profundamente, extrayéndole un grito ahogado, como un nuevo orgasmo intangible, produciendo un extraño placer, más allá de lo físico, que palpitó en su mente cuando el hombre gritó su nombre mientras se corría dentro de él.

Se dejaron caer completamente agotados en el camastro, hechos un amasijo de miembros, piel y sudor. Suspendido en el halo de sensualidad, Harry cerró los ojos, dejándose acunar por el olor a sexo, por la respiración aún agitada de su amante, por el calor que desprendía su cuerpo. Severus se removió y Harry sintió cómo le cubría con una de sus capas negras y tupidas. Se tumbaron de costado y acurrucó su espalda en el pecho del hombre. Snape comenzó a acariciarlo suavemente bajo la tela que los envolvía protegiendo su apacible intimidad. Las largas y delicadas caricias le hicieron suspirar, la mano callosa transitaba desde su nuca hasta su cadera, se perdía entre sus nalgas y sus muslos, iba y venía, como si Severus quisiera memorizar sus formas en la yema de sus dedos, como si pretendiera retener los pliegues de su piel, sus redondeces, sus aristas, su vello, su desnudez.

La música lo despertó. Snape no estaba en la cama. Una voz angelical de mujer llenaba toda la casa con una bellísima melodía. Se quedó durante unos instantes como hipnotizado, escuchando lo que parecía el sonido del Edén, como el suave mecer de las olas, como la luz de la luna reflejada en el agua o el brillo de las estrellas en el firmamento. No podía entender lo que decía pero sabía que hablaba de amor.

(*Música: "Aníron" de Enya, versión El señor de los anillos, "Evenstar")

A través de la puerta, se filtraba una luz blanca, casi fantasmal. Siguiendo la música y la estela de luz, bajó por las escaleras y abrió la falsa puerta de la estantería. Lo que vio le dejó petrificado.

El patronus de Severus, la cierva plateada, paseaba por el salón. De ella emanaba aquella música celestial y su cuerpo etéreo proyectaba una frágil luz en la oscuridad. En medio de las sombras, se vislumbraba la figura del hombre, sentado en una de las sillas, apenas cubierto por una de sus capas, con la varita en la mano, contemplando los movimientos del animal mágico, como absorto en sus pensamientos. Sin saber por qué, Harry se acercó a él muy despacio, como temeroso de lo que pudiera encontrar, pensando que tal vez la dosis de amortentia había sido excesiva.

El hombre se percató de su presencia y lo miró y Harry se sintió atravesado por la tristeza de su mirada. Fue como verle desnudo por primera vez. Había en sus ojos una chispa de dolor que recordó a Harry el niño asustado que lloraba en un rincón mientras sus padres discutían, el adolescente solitario, el hombre roto en pedazos en el despacho de Dumbledore. Aquella mirada, fija ahora en sus ojos, le oprimió el pecho, como si le estremeciera el alma, y se arrodilló a los pies de Snape,

El hombre alargó el brazo y le acarició con ternura las mejillas, dibujó con su dedo índice el contorno de sus labios y le tocó el pelo como deleitándose en su tacto, hasta que lo atrajo hacia sí y le besó en la frente y en la boca con una dulzura infinita.

—Yo…nunca imaginé—su voz sonaba ronca, casi rota—ni en mis más febriles desvaríos en Azkabán, ni en las noches más negras… —susurró.

Severus miró a la cierva que empezaba a difuminarse al mismo tiempo que la melodía se convertía en un eco lejano. Luego se volvió hacia Harry y le sujetó la barbilla para acercar su rostro al suyo. Los ojos le brillaban.

—Cuando te di mis memorias lo hice para que supieras lo que tenías que hacer, sí, para que confiaras en mí. Sabía entonces que lo harías, que te sacrificarías, que morirías por los demás. Igual que tu madre. Pero si te conté todo cuanto pude de ella fue porque me había dado cuenta de lo egoísta e injusto que había sido contigo. Te entregué lo más valioso que podía darte porque quería que me perdonaras, Harry. Y cuando te pedí que me miraras a los ojos no sólo fue para ver los de ella, quise ver también los tuyos, para morir en paz.

Las palabras de Snape conmovieron a Harry en lo más hondo y sin poder reprimir las lágrimas se echó en su regazo. La cierva se desvaneció y se quedaron abrazados mientras la luz se extinguía lánguidamente.

—No contaba con sobrevivir. No contaba con que tú siguieras vivo. Pero llegó el juicio. Y allí estabas, defendiéndome. Supe que me habías perdonado. Descubrí en ti el sentido de la justicia que tanto admiraba en ella, esa defensa apasionada de lo que uno cree que está bien. Pero cualquier otro se habría limitado a hacer lo correcto; en cambio tú… la convicción y la vehemencia con la que hablaste en mi favor me sorprendieron, me llenó de admiración tu generosidad conmigo, tan sincera, tan auténtica.

Harry se derretía mientras Snape deslizaba los dedos por su cabello con delicadeza, pero una terrible sensación de frío se alojaba en su vientre:

—Pero yo… yo quería verte, hablar contigo, hice todo lo posible por acercarme a ti…

¿Para qué? ¿para hablar de tu madre? No lo entiendes ¿verdad? En aquella misma sala, sentado en el banco de los condenados, viendo como convencías al Tribunal de mi lealtad, te deseé, Harry, descubrí que eras un joven muy atractivo. Cómo iba a atreverme a encontrarme contigo, a estar cerca de un sueño aún más inalcanzable que ella, aún más loco. Sólo pensé en seguirte, en saber de ti, en hacer lo que siempre había hecho, protegerte. Ha sido mi obsesión. Qué otra cosa podía hacer un amargado y marginado solitario

La confesión de Severus lo atravesó como un rayo, sacudiéndolo con una fuerza brutal que le obligó a cobijarse entre las piernas del hombre, a abrazarse a su cintura, a esconder la cara en su regazo. Era como si las puertas del cielo y del infierno se hubieran abierto de golpe, la dicha de ser deseado por el hombre, el horror de haberlo traicionado y manipulado. Tratando de controlar a duras penas los sollozos que agitaban su pecho, Harry dejó que la grave y espesa voz del hombre le revelara sus misterios.

—Cómo iba a atreverme a soñar que te tendría entre mis brazos, que me perdería en tus ojos, en los que parece estar escrito mi destino, por los que valió la pena morir. Cómo iba a imaginar que te sentiría todo mío, tan hermoso, tan embriagador como un vino fuerte y profundo, pero en el que aún pueden saborearse las notas dulces de la fruta fresca, un vino oscuro y caliente que emana el fragante aroma de canela y miel…

Aterido de frío, con el rostro empapado, temblando, con el vello erizado, agarrado al cuerpo tibio del hombre, sucumbiendo a sus caricias, con el corazón encogido, habría dado cualquier cosa, lo que fuera, por poder volver atrás.

El hombre lo llevó hasta el dormitorio principal y allí lo arrulló con sus besos, lo cubrió de ternura, lo vistió de sedosas caricias. Tuvo que quedarse muy quieto, sin atreverse a mirarle a la cara, conteniendo su agitación, ocultando sus pensamientos rotos. Fingió quedarse dormido, mientras Severus caía en un profundo sueño. Pudo contemplar así, extasiado, al hombre al que tanto había odiado una vez, al que tan desesperadamente amaba ahora, el muro infranqueable que había caído, el rostro impenetrable al descubierto, el pecho impertérrito que había abierto su corazón.

Traspasado de angustia y de dolor, recogió sus ropas tanteando en la oscuridad, con cuidado de no hacer ruido, sin atreverse a respirar, y se marchó, huyendo como el más vil y rastrero de los criminales.