*Narrador externo*

Despertó por el dulce aroma que había en el ambiente. Abrió los ojos y vio el otro lado de la cama vacío. Detrás de él, una voz angelical tarareaba una canción que desconocía pero que inmediatamente le encantó. Al darse la vuelta, divisó esa pequeña y delgada figura preparando algo en la cocina mientras se movía al ritmo de la canción. No pudo evitar sentirse más feliz de lo que nunca había estado. Los recuerdos de la noche anterior invadieron su mente de golpe y sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa. Su cabeza se iluminó con la idea de hacer algo que jamás haría en su sano juicio con ninguna mujer, pero quería intentarlo por ella, se merecía a un hombre que le demostrase lo especial que era y no a un cavernícola sin modales. Con cautela entonces tomó sus pantalones del suelo y se los puso sin hacer ruido, no quería desconcentrar a la chica. La verdad era que nunca la había oído cantar, ni siquiera cuando las cosas entre ellos comenzaron a ir bien, pero le alegraba que ahora lo hiciera; eso sólo significaba que para ella el momento que habían compartido la noche pasada había sido tan especial como lo había sido para él.

Caminó hacia la chica silenciosamente y le rodeó el abdomen con sus brazos. Ella dio un respingo cuando la tocó, llevándose un gran susto. Él sólo sonrió y besó su mejilla.

―Buenos días―. Dijo con una sonrisa luego de darse cuenta quién era el que la había sorprendido.

―Buenos días―. Respondió―. ¿Qué estás haciendo?

―Jalea de fresas. Últimamente hemos cosechado muchas así que decidí aprovechar toda esa cantidad antes de que se echasen a perder, y de paso le dará un buen gusto a nuestro desayuno. ¿Quieres probar?

Él asintió. Carol tomó una cuchara, la cargó de esa preparación viscosa y roja y la llevó hasta la boca del hombre que estaba junto a ella. El cazador hizo caras raras que no indicaban nada bueno, hasta que finalmente sonrió al ver el rostro cargado de decepción que ponía la chica.

―Está delicioso―. Dijo por fin. Ella achinó los ojos ligeramente enviándole una mirada dura.

―Te odio.

―Sí, claro―. Rodó los ojos y volvió a besarla.

―Ve a sentarte, en seguida llevaré tu comida.

Él la soltó y se sentó en una de las sillas frente a la mesa que daba una perfecta vista a la cocina, y por ende, a la figura de Carol. Le parecía increíble que alguien como ella estuviera viviendo tan feliz junto a él. Merle solía decirle que ninguna mujer le querría nunca por ser un salvaje, y con el tiempo eso se cumplió. Por eso y el turbio ambiente en el que constantemente lo envolvía su hermano, fueron las razones por las cuales se despojó de todos sus documentos y pertenencias que lo vinculaban a éste. Odiaba siempre estar en el medio de los problemas de narcotráfico o que cualquier extraño irrumpiera en su casa con un arma, listo para volarle los sesos a cualquiera que se le cruzase.

Pero ahora era todo tan distinto. Desde que huyó al campo para encontrar la paz que nunca había conocido, tenía esa sensación constante de no contar con nadie más que él mismo para todo, y eso, muy en el fondo, le aterraba un poco. Y luego llegó ella. Esa mujer que tanto observaba pasar de un lado a otro, buscando en las alacenas lo que necesitaba para completar su trabajo, fue su cable a tierra, su liberación de esa constante soledad que le oprimía el pecho.

La chica de cabello corto colocó un plato con pan tostado en el medio de la mesa sin dejar de sonreír, y luego le tendió una humeante taza de café negro a su acompañante. Se sentó frente a él una vez recogió el pañuelo de tela de la encimera y lo colocó a su derecha sobre la mesa.

―Espero que esté bien de azúcar, la verdad es que nunca he molido granos de café ni lo he utilizado para nada, mi familia siempre fue más del té.

Él asintió y tomó un sorbo. La amargura se extendió por su boca y quiso escupir todo el contenido para acabar con su sufrimiento, pero se contuvo. Ella se había esforzado demasiado para dejarlo contento. Fingió entonces una sonrisa mientras tragaba con dificultad. Desafortunadamente, ella se había dado cuenta de sus dificultades para digerir ese, literalmente, trago amargo, antes de poder disimularlo.

―¿Tan horrible está?―preguntó, mostrando una hilera de perfectos dientes blancos.

―Sabe a sudor de oso mezclado con cebolla rancia―, bromeó.

Ella soltó una sonora carcajada―.¡Vamos! No puede ser tan malo.

―¡No te atrevas a probarlo! Mi estómago está acostumbrado a comer cualquier cosa, pero el tuyo...no lo creo, eres demasiado blanda.

―¡No soy blanda!

―¿Ah, no? ¿Quién entonces fue la que me contó que lloró viendo "el Rey León"?

―¡Pero tenía diez años Daryl! ¡Era una niña!

―Aún así, si lloraste con una película infantil, ¡Imagínate lo que puede hacer este intento de envenenamiento al que tú llamas café!

Ella sonrió y tomó rápidamente un trago de su café. No pasaron ni dos segundos cuando ya estaba corriendo hacia afuera para vomitar todo sobre la hierba verde que brillaba a la luz del sol.

―¡Puaj! ¡Qué asco!―se quejó.

Daryl rió y murmuró un "te lo dije", para ser rápidamente fulminado por un par de ojos grises pertenecientes a la mujer que tenía en frente, la cuál arrojaba el café por el fregadero sin pena alguna.

De pronto, la charla con Rick azotó la cabeza del cazador, quien aún dudaba en ir a la cena de esa noche con Carol. No le gustaba estar en la ciudad por demasiado tiempo, ni tampoco sabía si a ella le agradaría la idea de pasar una noche rodeada de gente desconocida. Su cara debió reflejar su inquietud, puesto que la mujer sentada frente a él preparando tostadas con jalea de fresa y durazno le miró con ojos interrogantes.

―¿Qué sucede?―preguntó.

―¿Qué te parece la idea de ir a cenar a la ciudad esta noche?

Los ojos de Carol se iluminaron de pronto. ¿Él estaba invitándola a cenar juntos fuera de su casa? Como, ¿una cita? ¿Realmente era ese tipo de hombre? Eso seguro explicaba el nerviosismo que tenía encima. Su pierna temblaba, sus manos no dejaban de jugar entre ellas y su mirada de cachorrito perdido le gritaba que se sentía extraño.

―O-Oh... pues...

―Será en casa de un buen amigo mío y su familia, tiene una esposa y cuatro hijos de diversas edades. ¿Estarías cómoda con ellos? Realmente quieren conocerte.

El brillo de sus ojos y el sentimiento de su corazón a punto de salirse de su pecho se calmaron de golpe al oír la segunda parte de la invitación, y se regañó a sí misma por haber pensado de otra forma. Sabía de sobra que él no era del tipo de hombre extremadamente romántico y detallista, sin embargo, algo en su corazón se rompió. Le hubiera gustado pasar un tiempo de calidad con él en otra parte que no fuera la cabaña que compartían todos los días.

Decidió retirar ese terrible pensamiento de su cabeza y volver a regañarse. Bastante esfuerzo ya había hecho el pobre en aclarar sus sentimientos y decirle que la amaba, más todo lo que vino después. Sin embargo, una chispa de esperanza se encendió en lo más recóndito de su alma. "Realmente quieren conocerte..." ¿Les habló a sus amigos sobre ella? ¿Qué les dijo? Sus mejillas comenzaron a arder y una sonrisa se formó en su rostro cuando miró al hombre que tenía en frente. Debía importarle mucho como para que hablara de ella a sus amigos, que de por sí eran pocos.

―Por supuesto, me encantaría conocerlos.


Esa tarde, mientras Daryl estaba de caza y Carol preparaba un Cheescake para llevar a casa de los amigos de su pareja, el motor de una máquina que seguramente no era la motocicleta que ella conocía sonó cada vez más cerca de la casa. De inmediato, la joven tomó un pañuelo de tela, limpió sus manos y corrió a ver quién era su visitante.

En cuanto abrió la puerta, una silueta delgada vestida con botas de caza, jeans negros, camisa blanca y sombrerooscuro bajó de una camioneta color plata que nunca había visto.

―¡Rosita!― gritó mientras corría a abrazar a su amiga.

―¡Hola Carol!― le devolvió el gesto con cariño, luego la examinó de pies a cabeza―. ¡Vaya! Pero qué linda te ves.

―Oh, gracias. Tú también te ves bien.

―Pero, espera. Hay algo diferente en ti.

―¿Tú crees?

―¡Sí! Te ves... radiante. ¿Pasó algo de lo que no me enteré?― movió sus cejas de forma inquisidora con una sonrisa traviesa.

―Ehm...― Carol bajó la cabeza mientras sentía cómo sus mejillas ardían de vergüenza. ¿Cómo explicarle todo lo que había pasado sin derretirse en su lugar? Rosita abrió los ojos como platos.

―¡Tú! ¡Maldita perra sucia! Entremos, cuéntamelo todo con lujo de detalles.

Antes de saber lo que ocurría, su amiga ya estaba empujándola hacia adentro con rapidez. En cuanto entraron, la visitante quedó impactada por el lugar.

―¡Wow! ¡Esto ha cambiado radicalmente! De seguro es obra tuya, ¿no?― preguntó estupefacta.

―Podría decirse.

Rosita sonrió mientras miraba cada detalle del lugar.

―Todo se ve mucho más acogedor que la última vez que vine, y he de decir que fue hace un largo tiempo. ¡Has convertido esta antigua pocilga en una casa decente!

Mientras Carol reía le invitó a sentarse. Sacó algunos bocadillos del refrigerador y los llevó a la mesa, guardó el Cheescake terminado en el refrigerador y luego tomó asiento ella también frente a su amiga.

―Rosita, ¿qué ocurrió con lo que me dijiste la última vez que nos vimos respecto a marcharte a la ciudad?

La sonrisa de la chica frente a ella se ensanchó aún más y sus ojos brillaron con clara emoción.

―¡De eso venía a hablarte, Carol! Me marcho definitivamente, Abraham no estuvo de acuerdo, pero, ¿sabes qué? ¡No me importa lo que él diga! Es el momento de comenzar de nuevo y no a base de promesas falsas.

―Oh, ¡me alegro tanto por ti!― Sonrió sincera―. Espero que esta vez puedas cumplir tus sueños tal y como los proyectaste.

―Seguro que sí, cariño. O al menos lo intentaré. Estoy harta de soñar con un futuro feliz mientras que mi presente carece de sentido y emoción.

Esa última frase tocó el corazón de la castaña. Era exactamente la forma en la que se había sentido durante toda su vida, y eso sólo demostraba cuán parecidas eran las dos en realidad. La mayor parte de su tiempo fue prisionera del prójimo, adoptando costumbres que fueran "bien vistas" por la sociedad, dejando de lado sus propios sueños y gustos para complacer al resto. No fue hasta que conoció a Daryl que se dio cuenta de lo que estaba mal en su vida. Pasar todo ese tiempo en ese bosque pacífico y sereno oyendo nada más que el sonido del viento moviendo las ramas de los árboles y no el del claxon de los automóviles en la carretera le había abierto los ojos. ¿Por qué tenía que hacer feliz a todo el mundo menos a ella misma? ¿Por qué no podía soñar con una vida mejor? ¿Por qué se había dejado maltratar durante tanto tiempo sin luchar por su libertad? ¡Ella no era una maldita Geisha ni mucho menos!

De pronto, se dio cuenta de lo diferente que era al resto de las personas. Los demás siempre abogaban por ellos mismos, el egoísmo humano crecía considerablemente cada día que pasaba, mientras ella estaba llena de altruismo e inocencia; en otras palabras, una oveja en una jaula de leones hambrientos. Comprendió mucho más entonces al hombre que vivía con ella: él también era una oveja bajo esa fachada de león. Se había cansado de ser tratado como un miserable o que la gente sintiera pena por su forma de ser y estilo de vida, desconfiaba de todo y de todos porque las personas nunca estarían incondicionales ni siquiera para ellos mismos, a la primera de cambio ellos también cambiaban con tal de salvar sus traseros, sin importarles nada más. Así que él también se vio obligado a cambiar y a encerrarse en ese frío caparazón de indiferencia para que su blando corazón no volviera a salir herido nunca más. Y allí estaba ella, abriéndose camino a través de esas barreras auto-impuestas por el cazador, dándose cuenta de que en realidad ese hombre tan duro era muy parecido a ella.

Rosita miró a su amiga, quien se había quedado callada unos segundos con la cabeza baja. En cuanto la otra levantó la mirada ella sonrió pícara y elevó las cejas de forma provocativa mientras le dijo:

―¿Entonces? ¿Qué fue lo que sucedió para que tengas esa sonrisa traviesa en tu cara?

Carol sintió sus mejillas enrojecer otra vez. Iba a ser una larga tarde.


¡Hola! Cuánto tiempo sin actualizar T_T Espero que les haya gustado el cap, aunque no se asusten si ven cosas cambiadas en éste en unos cuantos días, mi beta estará ayudándome a pulir los diálogos ;)

Flor de Cerezo Kawai: ¡Oye! ¿Ya quieres matar a Rick? Te entiendo de todos modos, da mucho coraje saber que está del lado malo. U_U O tal vez es bueno y aún no lo sabes... O.O Jaja, todo puede pasar en mi mundo. *Inserte risa maléfica aquí* Me alegra saber que no fue terrible, quería recrear un momento bastante tierno e íntimo y veo que lo he logrado. :') Un beso y un abrazo para ti. :* :*

Guest: ¡Hola! Oh, realmente aprecio que me dijeras que la escena quedó suave, pues eso estaba buscando, no quería algo demasiado grotesco por lo que me pareció que una noche tierna a la luz de la estufa sería algo bastante íntimo. c: No es que precisamente me cueste escribir un lemmon, es en realidad todo lo contrario, pero siento que a veces mi escritura romántica se vuelve demasiado empalagosa y tengo que quitar algunas escenas, palabras, etc. para que al lector no le parezca tedioso (Incluso hasta a mí me lo parece, no es que busque complacer a nadie ni mucho menos). Agradezco de todo corazón tu comentario, besos para ti también. :*

¡Y eso es todo por hoy! Nos leeremos muy pronto, creo que si los cálculos no me fallan, antes de navidad :3 Pero, por si acaso, ¡les deseo una muy feliz navidad y año nuevo para todos! 3

Bye, bye! ;)