Primero quiero pedirles una enorme disculpa por haberlas hecho esperar tanto. Lo siento

no he tenido mucho tiempo :-P Espero les guste este capítulo y me dejen sus comentarios para saber su opinión.

Sin más, gracias a todas (y todos) por leer.

atte

AnjuDark


Capítulo10: Rechazo

EDWARD POV

¿Qué estaba haciendo?

Separé mis labios de esa piel sonrojada, suave y delicada…

Debo admitir que eso no estaba en mis planes. Movido por un extraño e incontrolable impulso, la había besado.

Escuché el latido de su corazón acelerarse…

Bueno, tal vez no estaba tan mal después de todo. Si ella había reaccionado de esa manera, se podía deber a solamente dos cosas: O le había causado miedo o… se había emocionado…

Si la segunda opción era la acertada, mi batalla estaba ya casi ganada. Tenía que averiguarlo rápidamente. No había tiempo que perder. Entre más rápido cayera ella en mis redes, entre más rápido pudiera cobrar mi venganza, mucho mejor. Me ahorraría la pena de tener que estar a su lado. Aproveché su inmovilidad y me acerqué otra vez… lenta, pausadamente,… mis labios se entreabrieron, aproximándose, acortando la distancia que cada vez se hacía más extinta. Llevé mis manos a ambos lados de sus brazos y la sentí temblar bajó mi fría piel…

Perfecto… Sólo un poco más…

– ¿Pero qué crees que haces? –

Los papeles cambiaron y, esa vez, fui yo quien se quedó absolutamente quieto ante su inesperado rechazo que vino acompañado de una bofetada – que fuera de lastimarme físicamente, me hirió hasta lo más profundo de mi orgullo – ¿Qué había pasado? ¿Cómo…? Estaba completamente seguro de tenerla a mi merced… yo…

– ¿Qué pensabas hacer? – exigió una explicación que yo no tenía preparada.

Debo admitirlo (y aunque se escuche estúpido, recordando que yo soy un vampiro), me encontraba atónito, ¿Es qué acaso no iba a poder conquistar a esta insignificante muchachita? Mi mirada se encontraba pegada a la suya, expectante, con el chocolate congelado. Era extraño, pero ese gesto endurecido me lastimaba en cierta parte del alma que no lograba descifrar.

– Lo siento – si, lo sé; no encontré nada mejor que decir.

– ¿Me ibas a besar? –

– No – su mirada escéptica me dejó claro que mi mentira no había sido convincente, así que ideé otra manera de liberarme. Al final de cuentas, la persuasión era algo que se me daba fácil (o al menos, eso creía) – ¿Acaso quería que la besara?

– De ninguna manera – contestó, suplantando la frialdad de su rostro por un gesto arrogante y ofendido

– Pues parecía – discutí, con una sonrisa descarada – No se movió ni un solo centímetro, ni hizo nada por rechazarme, hasta el último momento.

– Ahora me hablas de usted – señaló, aceptando mi juego. Lo supe por la mirada que me dedicó – Hace un par de minutos me llamaste por mi nombre y no solo eso, me llamaste Bella. Te estas tomando demasiadas confianzas, ¿no crees?

Tardé más de lo debido en contestar, pues, de nuevo, me había dejado sin palabras. Si, era cierto, me había atrevido a nombrarle… Y eso si que no había sido parte del plan. Simplemente había salido disparado de mis labios con una familiaridad insulsa, pueril…

– Le ofrezco mis disculpas si es que la ofendí con mi atrevimiento – dije – Sé que no es justificación suficiente lo que le voy a decir, pero espero logre comprender que, en su compañía, me es fácil olvidar quién soy.

Intenté tomar su mano entre las mías, para depositar un beso sobre ellas, más sin embargo, ella no tardó en rechazarme.

– No es necesario que me lo dijeras – dijo, poniéndose de pie con la barbilla en alto y alisando la falda de su vestido. Al parecer, aún seguía molesta por que me había burlado de ella. Y es absurdo lo que pasaba conmigo, pero me encontraba fascinado ante su actitud tan orgullosa. Tanto que, cuando ella me dio la espalda y caminó, alejándose, la seguí, a cada paso que dio – Eso está más claro que el agua. Siempre te burlas de mí, ante la más mínima oportunidad que se te dé. No sabes lo que significa la palabra respeto. No existe en tu vocabulario.

– La he hecho enojar – me disculpé, luchando por no soltar la risa que se asomaba a mi garganta – ¿Qué puedo hacer para que su Majestad perdone mi osadía?

– Desaparecer de mi vista – contestó, de manera rápida y volviéndome a encarar, para afirmar con su mirada lo que sus labios habían dicho.

Me dolió.

Si… Así de sencillo…

Esas palabras habían ocasionado que mi pecho se contrajera por la lacerante punzada que sintió recibir e, instintivamente, me pidió buscar un remedio, una cura… La cual, una voz interior me dijo, sólo podía ser ella: la misma que había sembrado ese mal.

Di dos pasos hacia el frente, los mismos que nos separaban, y, sin pensarlo o estar conciente de lo que estaba haciendo, tomé sus brazos entre mis manos y la jalé hacia mí. Fue maravillosa la forma en que mi boca buscó su camino hacia la suya; como si lo supiera de memoria, como si, anteriormente, lo hubiera recorrido una y miles de veces más. Apreté mis dedos sobre su piel al percatarme del pequeño forcejeo con el que pretendía separarnos. No se lo permití. No la iba a dejar ir… Por el contrario, aproveché el pequeño suspiró que emitió para adentrarme más en aquella cueva de dulzura. Mis manos bajaron hacia su cintura cuando su tenacidad se vio doblegada y sus brazos cayeron a sus costados y fue entonces cuando, inquietado por la incertidumbre de saber si se había rendido por resignación o por gusto, la liberé.

Cuando abrí mis ojos, los de ella estaban aún cerrados y tardaron un par de segundos en hacer lo mismo. Nuestras miradas se encontraron y me vi en la obligación de desviar mi atención del tentador rubor de sus mejillas que comenzaba a perturbarme.

En ese instante fue cuando estuve seguro de una cosa: Isabella era peligrosa… demasiado. Sonreí en mis adentros. Jamás imaginé tener como enemigo principal a alguien tan difícil como ella; pero que ni creyera que me iba a rendir tan fácilmente…

– ¿Ve como si quería que la besara? – pregunté, haciendo a un lado a la traicionera voz que me había tentado a actuar de esa manera tan reprobable hacia pocos segundos.

Vi como su quijada se tensaba, al mismo tiempo que su mirada se cristalizaba. Después, sin que yo me lo esperara, me apuntó con un filoso puñal, que traía empuñado en la faja de su vestido. Sentí la afilada punta de acero tocar mi piel…

Qué lastima que no se atrevió a matarme, hubiera sido una oportunidad esplendida, de esas que no se repiten en siglos.

– La próxima vez que te atrevas a besarme, ten por seguro que por muy vampiro que seas, vas a morir.

Me quedé, bastante tiempo, plantado en el mismo lugar después de que ella se fue. Con una serie de imágenes invisibles nadando en mi cabeza, trayendo con ellas demasiada confusión…

EMMETT POV

– Te ves aburrido, primo – señaló James, entrando por la sala y mirándome con gesto divertido

– Lo estoy – admití, con un suspiro pesado y hundiéndome más en el sillón – debo confesarte que esperaba que la cacería de vampiros empezaría rápido.

– No podemos irnos tan deprisa y sin tomar precauciones – dijo, tomando asiento frente a mí y entrelazando sus dedos, con gesto preocupado – La vida de muchos humanos está en juego.

– Lo sé, lo sé – acordé – disculpa. No es que no me importe el bienestar de la gente de tu reino; es sólo que suelo ser demasiado impaciente.

– Eso ya lo sabemos – dijo, con una sonrisa extendiéndose en sus labios – aún no me logro explicar cómo es que tu reino no se ha venido abajo con lo intrépido que eres.

– Es que he aprendido a controlarme

– Pues no lo parece – señaló, poniéndose de pie y pegándome un puñetazo amistoso al pasar a mi lado – Lamento que tengas que esperar más días para que comience la cacería de vampiros – se disculpó – Escuché que Alice quería dar un paseo por el pueblo. Estoy seguro que estaría encantada de que fueras con ella

– No, gracias – me negué con rapidez – A pesar de que han pasado décadas de aquel día, aún puedo recordar con precisión cuando acepté ir con ella a un paseo. Ha sido lo más tortuoso que he pasado en mi vida.

James soltó una carcajada

– Entonces, si gustas, mañana podemos salir a cabalgar – ofreció – Hoy me es imposible. Quedé con Victoria de ir a dar un paseo por los jardines…

– No te preocupes – calmé – Sé lidiar muy bien con el aburrimiento yo sólo…

Permanecí un poco más de tiempo en aquella estancia después de que mi primo se fuera y, tras caminar hacia la ventana y contemplar en nublado paisaje que se pintaba frente a mis ojos, decidí por ir a explorar esas tierras que me invitaban, con sus grandes y frondosos pinos, a sus aposentos.

– Mi Señor – dijo uno de mis hombres, al ver la rapidez y entusiasmo con que montaba mi caballo – ¿Quiere que le acompañe?

– No, gracias – respondí, mientras dominaba las cuerdas que se ataban al hocico del animal – Sólo iré a dar un paseo.

Salí disparado del castillo, en cuanto sus puertas se abrieron, y sonreí al sentir cómo el viento y la brisa fresca alborotaban mis cabellos, al mismo tiempo que unas pequeñas gotas de lluvia mojaban mi ropa…

Libertad, aventura, poder…

Esas tres cosas eran lo más preciado en mi existencia y no me imaginaba, ni si quiera de lejos, que ese paseo traería consigo al único motivo que suplantaría todos mis antiguos anhelos por uno mucho más preciado…

JASPER POV

– Muchacho – llamó el Rey Charles, al entrar a la cocina y ser el primero que sus ojos encontraran

– Me paré de mi asiento rápidamente, para recibirle

– ¿Se le ofrece algo, Mi Señor?

– Mi hija quiere ir al pueblo – informó – Ve y dile al cochero que aliste el carruaje

– Lo siento, Mi Señor, pero eso será imposible – interrumpió Charlotte, entrando con una cazuela entre sus manos – La persona de la que usted requiere no ha venido a trabajar, su mujer ha venido hoy, muy de mañana, y ha hablado con Mi Señora, para informarle que su esposo se encuentra enfermo.

– Qué pena – se lamentó el Rey, suspirando resignadamente – Mándale, con uno de los criados, una canasta con leche y pan – ordenó a la cocinera – Iré a decirle a mi hija que, por hoy, no podré complacerla…

Justo en ese instante, la Princesa Alice apareció, trayendo consigo un delicioso perfume que me envolvía con su dulce fragancia y me desconectaba del mundo entero.

– Padre, ¿Ya está listo el carruaje?

– No, mi querida niña – contestó el Rey, pasando amorosamente su mano por la pálida mejilla – Lamento decirte que no podré complacerte esta vez. El chofer se encuentra enfermo y no ha venido a trabajar

– La Princesa hizo una pequeña mueca de disgusto, la cual se borró al viajar su mirada alrededor y fijarla en mí.

– Jasper – me sorprendió demasiado que recordara y me llamara por mi nombre - ¿Sabes manejar un carruaje?

– S-si – asentí

– ¿Te molestaría si te pidiera que me lleves al pueblo?

¿Quién podría molestarse en servir a un ángel?

– En absoluto, su Majestad – contesté

– Pero jovencita – terció su padre - ¿Cómo se te ocurre que permitiría yo el que fueras solamente en compañía de este joven guerrero? Es arriesgar tu seguridad solo por un capricho.

– ¿Por qué no? – discutió Alice, amablemente – Iba a ir con el cochero, resulta prácticamente lo mismo. Es más, Jasper sabe dominar a la perfección las riendas de los caballos, ¿no es así?

– Hago lo mejor que puedo – balbuceé

– No es de su poca capacidad para dominar a los caballos de lo que no me fío – volvió a interferir el Rey – si no de la intrepidez que semejante cualidad les otorga. Mucho más si se trata de espíritus jóvenes como el suyo

– Alteza, yo jamás arriesgaría a la Princesa con semejante acción – me defendí, hablando sin pensar, pues el sólo hecho de imaginarla herida, me aterraba.

– ¿Ves padre? – apoyó la pequeña y hermosa muchacha – No hay por qué temer. Jasper es de confianza, lo demostró justo el día en que obedeció las órdenes de mi hermana y me trajo a salvo al castillo.

El Rey Charlie quedó en silencio por un momento más, con la preocupada mirada viajando entre su hija y yo.

– Papá... Por favor… – insistió ella, con un gesto tan tierno y peligrosamente suplicante que, sin necesidad de mucho esfuerzo o inteligencia, supe cuál iba a ser la respuesta.

– Te encargo mucho a mi hija – soltó el Rey, con voz cansada y resignada – Cuídala con tu vida

– Si, Señor – prometí, rápida y automáticamente. Aunque él bien pudo tomarlo como una muestra de compromiso y respeto.

Me adelanté hacia donde el carruaje se encontraba, le até las riendas de los caballos – exagerando en los cuidados – y me quedé inmóvil, sintiendo como los latidos de mi corazón estaban completamente acelerados.

– ¿Nos vamos? – la suavidad de su voz me hizo pegar un brinco – Disculpa, ¿Te asuste? – preguntó, con una sonrisa en sus labios

– No – contesté, mientras le ofrecía mi ayuda para que pudiera subir – Solo me tomó desprevenido.

– El soñar despierto te inhibe del resto de los sentidos y eso, para un guardia, no es bueno – bromeó

Me obligué a retirar mi vista de la forma de sus labios… No podía permitirle a mi mente ir más allá. Tomé las riendas de los caballos y les hice cabalgar hacia el pueblo. El camino transcurrió en completo silencio y eso, de alguna manera, estaba bien… No debía permitir que su belleza me cautivara más de lo que ya lo había hecho. Ella era prohibida, Mi Princesa… y yo… yo sólo era un humano más que se estaba enamorando…

– ¿Siempre eres así de callado? – inquirió, parando de caminar por el mercado en el cual, a cada paso que daba, la saludaban y reverenciaban.

Frené mis pasos y permanecí con mi distancia de un metro, atrás de ella.

– Vamos, acércate – pidió, con gesto entre divertido y consternado – No muerdo. Puedes caminar a mi lado

– No creo que sea lo apropiado, Alteza – dije, con voz baja, para que las personas que se encontraban atentas a la escena no me alcanzaran a escuchar – Mi deber es ir vigilando sus pasos y prevenirla de cualquier peligro que pueda llegar atentar contra usted. Eso no me sería posible si voy a su par.

La Princesa no discutió más al respecto; pero fui conciente de la mirada que me dio, una mirada la cual no supe descifrar. Continuó con su paseo, saludando amablemente a las personas que se le acercaban. Y fui testigo de cómo su rostro se mostraba incomodo por las muestras de respeto que se le rendían.

Volvimos al carruaje con un silencio mucho más penetrante, el cual se hacía más incomodo con la oscuridad que la caída de la noche comenzaba a traer. Tiré más fuerte de las cuerdas para hacer que los caballos aceleraran sus pasos, había algo extraño en el viento que me enchinaba la piel. Giré mi cabeza, solo para ver si la princesa iba igual de inquieta que yo, pero solo fui capaz de comprobar que se encontraba viendo fijamente el paisaje que se materializaba a su costado derecho sin ningún tipo de emoción en su rostro.

– ¡Corran! – grité a los animales, quienes con un relinche accedieron a mi orden.

Me sentí desperado al no visualizar el castillo. Era extraña la facilidad con la que obedecía a aquella voz interior, llena de aflicción, que me gritaba que tenía que apresurarme por que ella podía estar en peligro…

– ¡Jasper, ten cuidado! – su voz llegó al mismo tiempo que sus brazos, los cuales me jalaron hacia adentro del carruaje, el cual perdió el control y se fue a estrellar a una pared de tierra que se despidió de unos pequeños trozos de piedra ante el impacto.

– ¡Princesa! – exclamé, incorporándome rápidamente, para verificar si no había sufrido algún daño – ¿Se encuentra usted bien?

– Silencio – susurró – Estoy bien, no te preocupes

– ¿Qué pasa? ¿Por qué hizo eso? Fue demasiado peli…

– Estás sangrando – señaló, con los ojos bañados de preocupación. Me llevé la mano hacia la parte izquierda de mi frente, en donde pude palpar un cálido y espeso líquido que pintó mis dedos.

– No es nada – calmé, y justo al segundo después, un movimiento salvaje revolvió a la carroza, haciéndonos perder el equilibrio a ambos.

– Son ladrones

Y era cierto, lo dijo como un anuncio ante su llegada, pues los hombres sucios y malolientes aparecieron frente a nosotros al instante.

– ¿Qué es lo que quieren? - exigí saber – No traemos nada de valor, largo de aquí

Sus risas escandalosas se levantaron por el aire

– ¿Qué no traes nada de valor, dices?" – preguntó uno de ellos, clavando su fiera mirada en la mujer que detrás de mí se encontraba – ¿Y ella, Tu Princesa, qué es entonces?

– Nos han estado siguiendo – aventuré, pues se veían demasiado confiados en lo que hacían. Tensé la espalda frente a ellos, cuando se atrevieron a dar un paso hacia el frente, para acercarse.

– Vamos, muchacho. No hagas esto más difícil – trató de persuadir el hombre que había hablado antes – Coopera con nosotros y hasta te puede ir bien. ¿Cuánto crees que estén dispuestos a dar el Rey Charlie y el príncipe James por ella?

– Si son estúpidos – me burlé, sin dejar de estar atento a cada uno de sus movimientos – ¿Acaso creen que ellos se doblegan ante nosotros, unos simples humanos? ¿Se les olvida lo que son, el por qué son venerados y respetados? Son inmortales. Lo único que están ocasionado en este momento es su muerte en la hoguera

– Te equivocas – discutió otro de ellos, uno mucho más joven y de aspecto rebelde – "Los únicos inmortales aquí son los vampiros. Ella – señaló a Alice con un movimiento de cabeza – Puede morir tan fácilmente, como nosotros, si no se le es retirada a tiempo. Lo única diferencia entre los mortales y La Realeza es que ellos jamás envejecerán

– Sus heridas también se curan rápido, cosa que nuestro cuerpo no es capaz de hacer

– ¡Ba! – exclamó, en defensa – Para herir a un vampiro se necesitan armas especiales, exclusivamente diseñadas con un filo capaz de penetrar su piel. En cambio ella, al igual que los licántropos, basta con tener al alcance de la mano una daga común y corriente para desangrarlos. El hecho de nunca envejecer – repitió, con exasperación – es solamente esa característica la que les quita el título de humanos. Sin ella, ahora mismo estuvieran postrados ante los pies de quienes, en realidad, deberían ser nuestros Reyes: Los vampiros

– Así que se trata de eso – descifré – Están aquí, recibiendo ordenes por parte de ellos, de los chupasangre

La forma en que sus labios se estiraron y el brillo malévolo de sus ojos me dieron la respuesta.

– Y díganme, si tan fuertes son tus señores, ¿Por qué no vinieron ellos mismos a realizar la tarea que les han demandado?

– ¡Y quién eres tú para pedir explicaciones! – se alteró el primer hombre que se presentó, sacando un puñal y apuntándome con él – ¡Hazte a un lado y coopera con nosotros, si no quieres morir!

El único movimiento que hice fue el de empuñar lo mejor posible la espada para poder defenderla. No sabía cómo lograrlo, pero en mi cabeza sólo había cosa en claro: Bajo ninguna circunstancia dejaría que le hicieran daño. Recibí el primer ataqué justo al segundo siguiente, lo esquivé, sin ninguna complicación, hasta que más danzas punzo cortantes se elevaron por el aire, amenazando con tocar mi piel.