La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling

CAPÍTULO 10

Alice y Dominique se encontraron a Rose acostada temprano en el dormitorio de la torre de Gryffindor que las tres chicas compartían. Sabían, por el sonido de su respiración que Rose no estaba durmiendo, pero no había contestado a sus saludos y simplemente se había quedado silenciosa, acurrucada entre sus mantas, con la cara escondida en los pliegues de las almohadas. Había vuelto a llorar desconsolada en el mutismo de la habitación vacía, en esa penumbra solitaria que nunca llegaba a decirte nada; y ahora las lágrimas se le habían quedado pegadas a la piel. A la piel de las manos, de las mejillas surcadas de una infinidad de pecas, a los párpados; escociéndole tanto por fuera como por dentro de su alma. Dominique se había limitado a bufar contrariada, rezando para sí misma que si el desconsuelo de su prima se debía a Scorpius Malfoy, mejor era dejarla llorar todos aquellos sentimientos para que se escaparan de ella y desaparecieran por fin en el aire. Para que se marcharan de una vez a ese lugar donde deben quedarse las cosas que simplemente no deben existir. No le deseaba un sufrimiento así a nadie y menos a su querida prima. Pero en su fuero interno, Dominique no podía evitar creer que un Malfoy nunca debería participar en sus vidas, que la sola idea de que aquellas dos familias estuvieran de alguna forma relacionadas no era más que una completa aberración de la naturaleza. No podía evitarlo, porque se había pasado toda la vida tratando de entender las cicatrices que surcaban el rostro de su padre,. Viendo como su familia temblaba de miedo y angustia cada vez que caía la luna llena, esperando que no se despertaran en su padre los síntomas de aquella horrible condición que le habían impuesto muchos años atrás y a lo mejor podía llegar el día en el que se avivara. Sin embargo, aquellos síntomas nunca se habían despertado, pero de todas formas, entre ese miedo y esa angustia, hay muy poco espacio para el perdón.

Alice, al contrario, se había tumbado junto a Rose, abrazándola con fuerza. Rose siguió sin decir nada pero al menos se había dejado arrullar entre los brazos de su amiga, sintiéndola quedarse dormida a su lado. ¿Y si se habían equivocado intentando manipular a Rose? Había pensado Alice justo en ese momento tan vulnerable que precede al sueño y dónde el cerebro se empieza a dejarse caer entre las idas y venidas del subconsciente. ¿Y si era menos terrible y menos doloroso que ella y Dominique hubiesen hablado con Rose abiertamente, entendiéndola, apoyándola, en vez de tomarse aquella especie de justicia por su mano? De todas formas, no mucho habría cambiado si sus amigas no se hubiesen dedicado a meterle aquellos pensamientos en la cabeza, porque si habían llegado hasta allí, era porque Rose les había abierto la puerta de su mente sin reparos. Era ella misma la que, en medio del torbellino de emociones y sentimientos encontrados que llevaba dentro, no había sido capaz de decidir a cual quería escuchar, y andaba por la vida dando tumbos, dando palos de ciego como si de verdad sus ojos fueran incapaces de ver con claridad.

Por la mañana, Rose había seguido atrapada voluntariamente en aquel mutismo errático, porque aquella era la única forma en la que podía existir ahora mismo. Si hablaba, de cualquier cosa, si emitía el más leve sonido, sabía que ya no podría callarse y vomitaría imparable hacia fuera todas sus entrañas. Desde el principio, desde que hubiese hablado por primera vez con Scorpius, desde que se hubiesen besado también por primera vez, encontrándose de frente con aquella hambre insólita que no sabían que llegaran a poseer. Y hasta llegar al último suspiro, hasta aquellas palabras que el chico le hubiese susurrado por última vez: 'Ahora te toca mover a ti...'. Todo. Y aquello no podía ocurrir, porque si todo el castillo se había revolucionado solo porque Rose Weasley había intercedido en favor de Scorpius Malfoy, ¿qué pasaría si la chica iba por ahí escupiendo, a quien quiera que se parase a escucharla, que aquello no era lo único que había ocurrido entre ellos? No. Era más seguro estar callada, cerrar la boca para que no pudiera salir nada más que el aire al respirar. Y así es como Rose había pasado el resto de la semana, callada.

El sábado amaneció más templado que los días anteriores. mojado de la nieve que se iba derritiendo lentamente en las crestas del horizonte. El agua empezaba ahora a llenar los cauces vacios de los ríos corriendo veloz, tortuosa, abriéndose paso entras las rocas y la tierra dura por la escarcha que la había cubierto durante los previos meses de invierno. Bajaba en cascadas arrolladoras, saltando, revolviéndose en sí misma; un perfecto eufemismo de los propios pensamientos que se arremolinaban salvajes dentro de la mente inquieta de Rose. La chica se había levantado temprano, como siempre, pero esa mañana no había ido a la biblioteca, su lugar preferido para esconderse del mundo, sino que se había ido a pasear callada y tranquila por los terrenos del colegio, huyendo también de los libros y la palabra escrita. Necesitaba pensar, acallar las voces que le gritaban dentro de la cabeza para poder oír por fin su propia voz. Por más que le hubiese gustado poder seguir evadiéndose entre sus deberes y el olor de pergamino viejo, como tantas otras veces había hecho, ahora eso ya no sería suficiente. Su cuerpo necesitaba orden, una organización del caos interno que la inundaba y que amenazaba violento por salir, explotándola, destruyéndola a ella en su ímpetu.

Había cruzado ya la gran explanada de hierba, surcando sigilosa la orilla del inmenso lago negro, y ahora remoloneaba perezosa entre los árboles que cobijaban el improvisado cementerio que se había construido en los terrenos tras la batalla de Hogwarts. Era ligeramente hiriente pasear entre esas tumbas que rezaban silenciosas los nombres de aquellas personas a las que no conocía, pero que seguramente habría conocido si los horrores de la guerra no les hubiesen arrancado de la faz de la tierra prematuramente. Remus Lupin y Nynphadora (Tonks) Lupin, susurró una delicada lápida de piedra gris, adornada con los restos secos y quebradizos de unas flores color rosáceo. Rose se preguntó, con unas lágrimas escurridizas asomándole en los ojos, si aquellas flores serían las últimas que habría dejado Teddy antes de marcharse por última vez del castillo. Desvió la mirada, desviando la mente, a su vez, de aquellos recuerdos, imaginados, pero igualmente dolorosos que aparecían inevitables tras aquellos nombres. Desviándose de todos aquellos fantasmas que también la rodeaban. Al final del cementerio, casi en la orilla de aquella isla de paz y remanso que descansaba entre el mundanal ruido de los que seguían viviendo en ese lado del mundo, estaba la inmensa tumba de mármol blanco del antiguo director de Hogwarts: Albus Dumbledore. Limpia, impoluta, mágicamente ajena al polvo de la tierra que la rodeaba, a los pedazos fracturados de la hojarasca que se levantaban con la brisa fría de otro invierno que llegaba a su fin. Rose pasó por su lado acariciando con las yemas de sus dedos la superficie lisa y suave, sintiendo inexplicablemente una extraña áurea poderosa, como si se pudiera sentir de verdad la presencia de aquel mago extraordinario que yacía detrás de la sólida piedra, durmiendo en el largo sueño de la eternidad. Finalmente, escogió un rincón apartado, unas piedras que asomaban sobre la superficie oscura del lago, y se sentó, abrazándose las rodillas y dejando que aquellas lágrimas saladas descargaran por fin resbalando por la piel ya irritada de sus mejillas. Otra vez. Como ocurría cada noche, cada vez que se volvía a encontrar en el refugio silencioso de la oscuridad de sus mantas.

Rose respiró hondo, muy profundamente, notando como todo el aire de su alrededor se le hinchaba en los pulmones. Resuelta a realizar la ardua tarea que la había arrastrado hasta ese lugar apartado: pensar. Dispuesta a encontrar ente su desorden interno aquella voz que le dijese la verdad; la verdad real, clara, simple, por muy terrible que llegase a ser. Se había sentido morir cuando había visto a Scorpius alejarse de ella. Y es que, la chica sabia que ese alejarse no había sido solamente en el significado estricto de la palabra. El chico se había ido caminando a zancadas pro el pasillo, dándole la espalda, pero también se había alejado de su alma, de su corazón, dejando tras de sí un hiriente vacio. Un vacio que tendría que ser ella la que recorriese sola si quería hacer desaparecer su distancia. Pero es que no podía, simplemente no podía. No era capaz, por más que hubiese deseado en ese momento que no cupiese ni una ínfima gota de aire entre ellos, por más que hubiese necesitado que Scorpius la enredase de nuevo entre sus brazos, que hubiese vuelto a posar sus labios sobre los de ella. No podía. Porque había otra parte de sí misma tirando de su cuerpo en dirección contraria. La misma parte que le decía, una y otra vez, que Scorpius Malfoy no era más que un capullo arrogante. Sin embargo, no conseguía creerse aquello del todo, porque le sonaba más con el tono de voz de otras personas que con el suyo propio.

Quería olvidarse de todo. Necesitaba olvidarse de todos sus prejuicios y todos su escrúpulos, olvidarse de las ideas aprehendidas y del qué dirán. Pero un miedo apabullante, más terrorífico que todas sus pesadillas infantiles, la tenía controlada, paralizada, apretándole el corazón hasta ahogarla. ¿Y sí aquellas voces tenían razón? ¿y sí para Scorpius todo era un juego y ella no era más que una pieza más? Un último ataque atronador en la batalla que el chico estaba librando contra el mundo. Un último paso en su plan maestro para demostrarle a los demás que uno se puede abrir paso a la fuerza a través de los largos y fuertes brazos de los prejuicios. ¿Y sí todo era parte de una estratagema que había empezado con la amistad de Albus Potter y que culminaba en ella, que culminaba con la posesión total del corazón de la hija de su familia antagonista por naturaleza?

Una voz, risueña de forma innata, pero silenciosa por el respecto que aquel lugar siempre te obligaba a mostrar, la sacó repentina del vaivén de sus propios pensamientos. "Hola, Rosie" Dijo tenuemente su prima Lilly mientras se hacía un hueco entre las ramas bajas de los árboles y se acercaba hacia ella. "¿Quieres venir al partido?" Le preguntó mientras se sentaba a su lado en la misma roca, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el tronco más cercano, casi como si hubiesen ido hasta allí de excursión y aquello no fuese más que un inocente picnic al aire libre. Sin embargo, Rose no tenía ni la menor idea de lo que Lilly estaba hablando y la miró con una mueca de incomprensión en su silenciosa mirada. "El partido de Quidditch, Ravenclaw contra Slytherin. ¿Quieres venir a animar a Albus?" Aclaró.

Rose suspiró hondo otra vez. "No tengo ganas Lills, lo siento...". Lilly se limitó a sonreírla cálidamente y aquel silencio ligeramente incomodo que parecía perseguir a Rose allá a dónde fuera, se hizo de nuevo entre ellas. En otras circunstancias, la pequeña de los Potter habría clamado al cielo solo por la idea de que alguien fuese a perderse un partido de Quidditch. Sin embargo, esta vez sabia que esa no era cualquier circunstancia. Como también sabía que de nada serviría preguntarle a su prima si estaba bien, o incurrir en el porqué de su obvia tristeza. Ella no respondería, o lo haría con evasivas mentirosas. El bramido del resto de estudiantes del castillo que salían en manada por las enormes puertas de la entrada hacia el campo de Quidditch rompió momentáneamente aquel silencio, pero Lilly no se inmutó, a riesgo de perderse el principio del partido, no podía marcharse sin más, y aunque su prima no fuera a dejarse ayudar o consolar fácilmente, Lilly sentía que debía intentar una última cosa más.

"Cuando estaba en mi primer curso, había en mi clase unos chicos realmente desagradables que siempre andaban insultando a todo el mundo por ahí. " Comenzó a decir Lilly repentinamente, con aquel sonido dulce en su voz, un sonido que inevitablemente conseguía siempre infringir un ligero soplo de esperanza en cualquiera que la oyese, casi como comer un buen pedazo de chocolate. " Y bueno, yo quise gastarles una broma para darles una lección. En aquella época, yo era pequeña e inocente, y aunque la broma estaba resultando especialmente bien ejecutada, digamos que no pensé en como huir sin ser descubierta... Eso es algo que ya nunca me pasa" Continuó, guiñándole un ojo a Rose con una media sonrisa levemente maquiavélica. "El caso es que, estaba intentado llenar las mochilas de esos matones con aquel líquido verde y asqueroso que solía vender el tío George en Sortilegios Weasley y que se convertía en una especie de masa pegajosa que te atacaba después de un rato. Pero acabé yo misma llena, de pies a cabeza, de esa cosa y Flitch se acercaba sin remedio por el pasillo, llamado por el fuerte olor de aquel potingue y preparando una soberana reprimenda. Sin embargo nunca me castigaron por aquello".

Rose, que no alcanzaba a entender porque Lilly le contaba todo aquello aunque la hubiese dejado hablar, la miró sorprendida. "¿Ah no?" Fueran cuales fueran las intenciones de su prima, Rose se sintió bien por primera vez. No del todo, pero al menos, bastante mejor que los días anteriores. Lilly era la única capaz de lograr aquello, de envolverte de esa forma entre sus historias, entre su carismática presencia, siempre sonriente, siempre feliz, como si la vida no fuese tan difícil como los demás insistían en imaginarse.

"No." Contestó con una enorme sonrisa. "Jamás. Scorpius, que me había visto escabullirme de mis amigos, me siguió hasta allí y se metió en el aula antes de que llegara Flitch. Nunca supe porque lo hizo, pero insistió en que me metiera en un armario en el que solo cabía alguien pequeñito como yo y cuando llegó ese estúpido conserje cargó él con toda la culpa. Se pasó dos semanas limpiando aquella cosa repugnante, que se había hecho dueña de la habitación" Rose empezaba a entender, solo a medias, aquella conversación. Aunque seguía sin saber cómo demonios había sabido su prima que esa pesadumbre que la llevaba siguiendo desde su última clase de pociones tenía que ver con Scorpius Malfoy. Lilly Potter siempre parecía saberlo absolutamente todo. "¿Sabes por qué nunca te habías enterado de esta historia? ¿Sabes por qué absolutamente nadie, ni siquiera Albus, se han enterado de como Scorpius tuvo que salvarme de aquella?" Rose negó con la cabeza, desviando la mirada de su prima y volviéndola a posar sobre la superficie ondulante de las oscuras aguas del lago. No estaba segura de si quería seguir escuchando la repuesta a esa pregunta. "Yo tampoco. Pero esa es precisamente la clase de cosas que hace Scorpius. Las mismas de las que nunca va jactándose por ahí." Rose miro de repente a su prima, tan de repente que casi pudo oír el crujido de su cuello al girarse con tanto ímpetu, sus cejas apenas un centímetro separadas de la línea donde le empezaba a nacer el pelo. ¿Qué Scorpius Malfoy no se jactaba? Lilly le devolvió la mirada. Una mirada dura y severa que se parecía increíblemente a la de su madre Ginny, pero que era la primera vez que Rose la veía utilizar. "Sé que Scorpius puede ser arrogante, algunas veces. Arrogante y orgulloso. Pero lo es, de la misma forma en la que Albus es un cínico, Hugo un poco despistado y tu... obstinadamente terca." Rose no dejó de mirarla pero ablandó ligeramente la fina línea en la que se habían apretado sus labios. "Son nuestras decisiones las que dictan como somos Rose, no nuestros pequeños defectos"

Con eso último, Lilly se incorporó de la roca en la que estaban sentadas las chicas, tan casual como si solo hubiese preguntado por la hora. Rose no sabía de dónde o de quién sacaba su prima aquellas cosas. Aquellas frases que parecían venir de alguien que había vivido mucho más tiempo que sus escasos catorce años. Pero vinieran de donde vinieran, salían por sus labios y caían a su alrededor con el enorme peso de la inmensa sabiduría que escondían entre sus palabras. Lilly le dio un ligero apretón en el hombro, cariñoso, y se marchó dejando a su prima sola de nuevo. Sola entre el murmullo suave del agua chocando calmada contra la orilla, entre el silbido de las ráfagas de aquel viento débil por las ramas desnudas de los árboles. Sola para poder rumiar despacio todo lo que se habían dicho, todo lo que había sucedido a lo largo de aquel año. El rugido de aquella masa de gente que había salido del castillo camino del campo de Quidditch se había atenuado notablemente, pero ahora, aunque mucho más apagado, el viento traía el lejano murmullo del partido, extendiéndolo como un tenue eco por las angulosas líneas del paisaje. Scorpius estaría allí, subido en aire, surcando el cielo sobre su escoba voladora.

Lilly tenía razón, Scorpius era arrogante. Arrogante, orgulloso, altanero, sarcástico, y un sin fin de sinónimos más. Pero solo a veces, solo en aquellos momentos en los que sentía que tenía que defenderse de algo o de alguien, solo cuando le obligaban a justificarse a él y a su familia. ¿Y quién podría juzgar que el chico hubiese adquirido aquella manía de colgarse esa armadura? ¿Quién podría haber permanecido impasible, sin luchar, sin protegerse, cuando durante toda su vida había tenido que vivir batallando contra el odio generalizado de toda la comunidad mágica, un odio irracional, sin sentido, que se excusaba meramente en la mancha oscura de un apellido que él nunca había elegido? Sin embargo, en otras ocasiones, en otros mucho momentos, toda aquella fachada desaparecía por completo y Scorpius podía llegar a ser incluso... tierno. Tierno, dulce y carismático a partes iguales. En esos momentos, su rostro no se parecía nada a esa máscara irónica y presuntuosa que la gente siempre veía en él. No, aunque siguiera manteniendo aquellas medias sonrisas ladeadas que simplemente le sentaban tan bien, sus severas facciones se ablandaban, rodeándole de una belleza menos masculina, pero sí más amable, más especial por su increíble rareza. Y además, el gris plomizo y frío de sus ojos se teñía de aquel insólito azul cielo brillante, cálido, esperanzador, iluminando los páramos, los valles y montañas que forma su iris alrededor de la pupila.

Tal y como había ocurrido después de aquel otro partido de Quidditch, cuando Rose se lo había encontrado tumbado apaciblemente sobre la paz sosegada de la enfermería, cuando habían hablado por primera vez como si fueran viejos amigos. O como cuando se habían vuelto a besar por segunda vez y Scorpius se había dejado derretir entre las disculpas que Rose le había susurrado sincera, bebiendo de sus palabras como si fueran lo único que podía calmar su sed, mientras le limpiaba las lágrimas amargas que resbalaban por sus mejillas. Tal y como había ocurrido en tantas ocasiones en las que Rose no había querido ver, o entender, la verdadera naturaleza que se esconde en ese color azul, tenue pero intenso al mismo tiempo, que baña sus ojos y su alma y que solo está ahí, patente, brillando, para aquellos suficientemente valientes como para saber descubrirlo.

Rose se encontró a sí misma recordando, buceando en las imágenes de la memoria. Imágenes que se habían quedado ahí, aletargadas, hibernando; agazapadas en algún rincón de su mente, esperando a que el frío del invierno pasara de largo llevándose consigo la escarcha. Esperando a que Rose quisiera rescatarlas de su olvido y consiguiera por fin ver lo que de verdad le estaban contando. Se encontró a sí misma recordando a Scorpius. Recordando a ese muchacho delgaducho y pálido que se había quedado prendado de ella el mismo instante en el que la había visto en el vagón del Expreso de Hogwarts aquel uno de Septiembre de hacía seis años. Con los ojos atrapados en ella, como si Rose fuera el único foco de luz que pudiese iluminarle, y a la vez, aterrado de mirar directamente a algo tan bello. Ese movimiento nervioso e itinerante que va y viene, temiendo desgastar lo mirado o perderlo de vista del todo. Se encontró a sí misma imaginándose una y otra vez las sonrisas del chico, sus cambios de gesto, el tacto de la suave piel de sus dedos o el fuerte olor que emanaba su presencia. Rememorando en su cabeza aquella vez que Scorpius la había ayudado a recoger sus cosas cuando unos niños se habían burlado descaradamente y cruelmente de ella, tirando su mochila por el suelo del pasillo. O aquella otra vez que el chico le había dejado sutilmente, disimulado entre sus cosas, ese libro preciso que ella necesitaba y que él simplemente lo había intuido. O aquella otra vez,...

De repente, la comisura de su boca se curvó hacia arriba inesperadamente, incontrolablemente, atendiendo no a su razón, sino a algo mucho más profundo, mucho más hondo, algo que había estado siempre enraizado en su corazón. Y entonces, Rose sintió como si su mente se despejara repentinamente de un humo denso, espeso, que había estado nublando sus pensamientos desde hacía mucho tiempo. Casi como si llevara años escalando la ardua y tortuosa pared escurridiza de una montaña y por fin hubiese llegado a la cima, jadeando, mirando ahora por encima de aquel banco de nubes y viendo por fin con total claridad. Y lo que vio fue una verdad brillante, luminosa. Una verdad que la había estado esperando paciente, escondida en la cumbre de aquella montaña, detrás de la niebla. Una verdad que ya jamás podría olvidar porque formaba tan parte de ella como su propios músculos internos, como sus venas, como el corazón que bombeaba sangre por ellas. Y entonces, supo lo que le gritaba aquella verdad incluso antes de empezar a oírla hablar, y es que Rose, estaba totalmente y absolutamente enamorada de Scorpius Malfoy. Posiblemente siempre lo había estado, por mucho que hubiese intentado esconderlo, deshacerse de todos aquellos sentimientos incómodos que colisionaban inevitables con el deber y los prejuicios de su propio apellido. Pero ya no podía evitarlo más, estaba irremediablemente enamorada de él. Y tenía que decírselo. Daba igual que para Scorpius todo aquello no fuera más que un juego, una manera de entretenerse, de probarse a sí mismo o de demostrarle algo al mundo. Daba igual incluso lo asustada que estaba, lo terrible que era aquella sensación de atemorizante parálisis que le inundaba por dentro cada vez que se encontraba cerca de él. Daba igual, porque si se guardaba por más tiempo aquella verdad recién conquistada, acabaría por pudrírsele dentro, carcomiéndola, envenenándola. Destruyendo aquel sentimiento infinitamente bonito, el más bonito que hubiese sentido jamás, destruyéndolo y dejándola inválida de volver a sentirlo, dejándola incapaz de volver a amar. Tenía que decírselo. Iba a decírselo. Porque como le había dicho una vez su padre, el valor no es no tener miedo, sino hacer las cosas aunque nos den un miedo terrible.

De repente, estaba de pie, estaba cruzando a pasos veloces aquel campo de tumbas y últimas despedidas, estaba corriendo jadeante la extensa explanada verde que rodeaba al castillo, estaba subiendo, mejor dicho, saltando la escalinata que precedía las enormes puertas de la entrada. Temblando de pies a cabeza, Rose se asomó al Gran Comedor, buscándole con la mirada desesperada entre el gentío y el sonido envolvente de las conversaciones. Vio la celebración animada y ruidosa de la mesa de Ravenclaw y también vio la respuesta apesadumbrada de los de Slytherin. Scorpius no estaba allí, no estaba entre sus compañeros de sexto ni con el resto del equipo de Quidditch. Ni siquiera estaba sentado junto a Albus, quien revolvía entre aburrido y cabreado su plato de sopa con los ojos clavados sobre las vetas de madera de la mesa. Una idea se le pasó repentina por la mente y Rose se escabulló de la sala antes de que nadie la viera, precipitándose escaleras abajo y recorriendo el mismo camino pero en sentido contrario. Justo antes de llegar a la orilla del Lago Negro, la chica desvió la trayectoria y se encaminó hacia el campo de Quidditch. Corriendo. Corriendo más de lo que nunca había corrido antes, corriendo como si ya no necesitase respirar, como si nunca tuviera que parar a tomar aire. Y no paró, no paró ni siquiera cuando llego a los lindes del campo vacio, ni cuando estuvo delante de la puerta cerrada de los vestuarios. Solo se lanzó dentro cegada por aquella determinación invencible que la había arrollado por dentro, que la había dado algo por lo que luchar; cegada por la infinita necesidad y ansia que siempre trae consigo el amor.

"¿Qué haces aquí, Weasley?" Scorpius la había visto entrar en los vestuarios de sopetón, desde donde estaba sentado y le susurraba, todavía escondido entre las sombras, el semblante duro, marcado por la ira, acentuado por las tinieblas que reinaban en la habitación.

Rose se había quedado paralizada nuevamente al girarse y encontrase de bruces con su mirada fría, congelada, gris, atravesándola desde un rincón de la penumbra. El miedo subiéndole desde el estómago y a punto de hacerla vomitar. "Yo..." musitó, haciendo un esfuerzo casi sobrehumano para poder articular palabra.

Scorpius no dejó de mirarla, con la espalda y la cabeza apoyadas tiesas sobre la pared. En él, la rabia y la cólera no ardían de fuego sino de frío, de hielo. "No tengo todo el día, Weasley" espetó cortante.

"Yo..." Volvió a musitar la chica, respirando con dificultad, intentado en vano calmar los agitados latidos de su corazón que amenazaban con salir desbocados de su pecho. Nunca en su vida había hecho algo tan difícil, tan necesario, tan obligatorio y a la vez, tan condenadamente difícil; tan infinitamente peligroso.

Scorpius escupió un bufido contrariado y se incorporó lentamente, dándole la espalda a Rose y encaminándose hacia la puerta de los vestuarios. Hoy no estaba de humor para más de sus tonterías. A decir verdad, ya nunca estaría de humor para ninguno de los jueguecitos estúpidos de Rose Weasley. "Cuando aprendas a hablar como es debido, ya me avisarás". Le dijo con aquel deje sarcástico tan común, arrastrando las palabras por encima de su hombro mientras cruzaba el umbral de la puerta.

Rose le vio salir de la habitación todavía inmóvil, los puños apretados por el esfuerzo y el ardor interior. Tenía que moverse, tenía que correr detrás de él. Esta vez no podía dejarle marchar sin más, viendo como huyen con él sus últimas esperanzas. De la misma forma en la que se había levantado de aquella roca escondida en la superficie del agua, de la misma forma en la que había corrido por los amplios terrenos del colegio, de la misma forma casi ingrávida, casi inconsciente en la que había llegado hasta allí, Rose volvió a precipitarse hacia Scorpius, sin pensarlo, sin razonar, guiándose únicamente por el impulso instintivo de su alma, de aquel amor que empantanaba su alma. Porque el valor no es no tener miedo, sino arrancar, aventurarse, saltar, hacerlo todo aunque nos dé un miedo atronador. "¡Estoy enamorada de ti!" Gritó de repente con el temblor del desasosiego surcando su voz. Scorpius se quedó quieto a medio paso, todavía de espaldas, todavía incapaz de enfrentarse a la mirada de la chica, temeroso de que aquello solo hubiese sido fruto de su imaginación. Pero no lo era. Era real, tan real como el viento que les rodeaba, como la luz, como el frío que aun reinaba en aquel invierno moribundo. Era real y ya nada podría hacerlo desaparecer. "Creo que siempre lo he estado, aunque no lo supiera". Siguió diciendo Rose, imposible de contenerse ahora que por fin todo su espíritu, todas sus emociones salían a borbotones entre sus labios. "He sido demasiado cobarde para admitirlo, he estado demasiado asustada para decirlo en voz alta, y siento tanto haberte hecho daño por ello. Siento tanto haber sido tan estúpida y que ahora te haya perdido para siempre. Pero estoy enamorada de ti..." Susurró con un último suspiro, consciente de que él seguía sin darse la vuelta, consciente de que él aun no había dicho nada en absoluto. Rose no recordaba cómo habían llegado las lágrimas a arremolinarse en sus pestañas, como habían comenzado a desbordarse silenciosas, pero ahí estaban, arañándole la piel al caer. ¿Por qué no se daba la vuelta? ¿Por qué no la miraba a los ojos? ¿Por qué no decía nada? Solo necesitaba que dijera algo, lo que sea, un leve murmullo que apaliase ligeramente el dolor que ahora sentía clavándose en el alma, desgarrándola, despedazándola. Pero él seguía allí plantado sin dejar de darle la espalda. "Ya está, ya lo he dicho. Ahora mueves tú..." Añadió en un lamento casi inaudible. No había sarcasmo ni ironías, no había ira, solo había una profunda e insondable tristeza

Sin embargo, lo que Rose no había podido ver era la enorme sonrisa arrolladora que se le había dibujado en el rostro a Scorpius. Una sonrisa prodigiosa, milagrosa que no había estado ahí jamás, porque reflejaba una felicidad que no había sentido nunca antes. Por fin, el chico giró sobre sus talones y cerró la distancia que les separaba en apenas dos pasos rápidos. Dejando solo un instante en el que sus miradas se cruzaron al fin, entendiendo el brillo en los ojos del otro, antes de fundirse en un beso. Un beso tan hambriento, tan voraz como el primero, y a la vez tan suave, tan tierno, tan dulce como el segundo. Un beso cargado de las necesitadas ansias de seguir tocándose, de seguir notando la presión en los labios y el sabor en la saliva, de nunca volver a separarse del todo. Un beso que acababa y volvía a ocurrir infinitas veces.

Reticente, Scorpius se alejó un momento de los labios de la chica, sujetándola con las manos en sus mejillas, acariciando suavemente la piel de detrás de sus orejas, allí donde nacían los primeros rizos. Sonriendo de nuevo, sin poder evitarlo. Hubiese deseado decirle cuanto la quería, cuanto había soñado con oír aquellas palabras, con vivir aquel instante. Sin embargo, no lo lograba. Ahora era él quien se había quedado mudo. Sus músculos faciales no respondían a nada más que a la llamada de aquella sonrisa que se había extendido por su rostro, dueña de todo el territorio. Así que la beso de nuevo, en la línea de la mandíbula, en el cuello, en la comisura de los labios y luego sobre ellos, entreabriéndolos, explorando el interior cálido y húmedo de su boca. Intentando controlar con extrema dificultad aquella fuerza impasible que le obliga a seguir sonriendo, más y más. Rose se dejaba besar y correspondía atenta a los besos, riéndose levemente entre las caricias y los mimos cada vez que sentía como a Scorpius se le curvaba hacía arriba la boca involuntariamente. El miedo, la tristeza, todo había desaparecido como si lo hubiese arrastrado el viento, sin apenas dejar posos en su cuerpo. Ahora solo existía él, y ella, y aquel abrazo profundo, eterno, aquel aire que se exhalaban el uno en el otro. Scorpius se separó una vez más de sus labios para descargar toda la tensión de su cuerpo, abrazándola, estrechándola fuerte entre sus brazos. Rose se acurrucó entre él, apoyando la cabeza en su pecho, respirándole en el cuello. Y ahora sus fragancias llegaban hasta el otro ahogándoles por dentro. Él, olía a vainilla y algo más que Rose no sabía distinguir, algo masculino, firme, algo que se le metía por la nariz y la embriagaba por dentro nublándole los sentidos y la razón, mareándola. Ella olía a flores, olía como huele el campo en primavera, como se siente la hierba en los dedos de los pies descalzos y la brisa cálida entre el cabello.

El sol, antes en la cumbre del cielo, había bajado lentamente, aproximándose cada vez más a la línea del horizonte, perdiendo calor y fuerza. Cuanto tiempo estuvieron allí, besándose, abrazándose, riéndose y volviendo a besarse, no lo sabían. Parecía infinito, tan infinito como la distancia que les separaba ahora del resto del mundo. Un mundo que ya no importaba nada en absoluto. En algún momento, habían echado a andar de vuelta al castillo, sin embargo, no paraban de interrumpirse en su caminar para volver a saltar sobre sus labios, para volver a escurrirse, a derretirse entre sus brazos. Scorpius no dejaba de mirarla, incrédulo de pensar que aquella figura que le acompañaba a través de la hierba, aquella persona que se mantenía muy cerca de él, que le acariciaba suavemente el dorso de la mano con su dedo pulgar era Rose, Rose Weasley, la misma persona por la que él había perdido por completo la cordura y la razón. Porque eso era exactamente lo que estaban haciendo, perdiéndose entre la enajenación, entra la locura de sus propios sentimientos. Dejando que fuese esa locura la que rasgase, la que rompiese de una vez todos los prejuicios, todas las barreras aprehendidas que les habían mantenido separados hasta entonces, todas las sombras que les habían alejado, oscureciéndoles, entristeciéndoles. Aunque eso ya nunca volvería a ocurrir, nunca dejarían que aquellas tinieblas impuestas les ensombrecieran de nuevo. Porque ahora, podía mirarse a los ojos, podían hundirse juntos en las aguas bravas de ese mar azul oscuro que navegaba alrededor de las pupilas de Rose, podían extraviarse con el azul añil entre los páramos grises, entre los valles color marengo de los ojos de Scorpius, podían simplemente quererse. Sin importarles el mundo, sin importarles nada más.

Subieron la escalinata de mármol, cruzaron las enormes puertas de madera oscura de la entrada al colegio y anduvieron despacio, lentos, hasta llegar a las escaleras que bajaban a las mazmorras, a los dormitorios de Slytherin. Scorpius sostuvo las manos de Rose, incapaz de dejarla marchar del todo, y en el último segundo, se volvió a acercar a ella, dejándose arrastrar por esa energía mágica que les envolvía y les obligaba a colisionar, a tocarse, a mantener siempre aquel contacto suave y cálido. Se abrazaron una última vez, y respirando otra vez aquel aroma a flores y primavera, Scorpius le susurró a ella en el oído. "Por si no te habías dado cuenta ya, Rose, yo también estoy enamorado de ti".

Espero que os haya gustado este capítulo

y que me dejéis maravillosos reviews como siempre hacéis.

Un enorme saludo a todos, muchas gracias por pasaros a leer.