El castaño observó a Craig y pronto alejó sus ojos al otro extremo de la habitación.
Mierda. ¿Y ahora cómo vuelvo a dar la cara?
—Se suponía que debías estar muerto —dijo por fin, mirando hacia cualquier otro lugar.
—Bueno, estoy casi muerto —dijo Craig—, pero de todas formas gracias por tenerme tanta esperanza —ironizó.
—Bah, ni que hubieses hecho la gran cosa.
—Sobreviví, eso es importante.
—Para ti. No para mí. —Volteó a ver.
—No he dicho lo contrario. —Capturó los ojos del castaño.
—Bien. Hazte a un lado y no molestes.
Craig dio un paso y se sentó en el cemento.
La Mole observaba el pequeño conducto de ventilación con mucha concentración.
El azabache notó que su celda era de una sola litera. En el E3 ya había visto celdas así, al parecer eran cuatro celdas de a dos por sección.
Pasaron varios minutos sumidos en una plena ausencia de palabras. Sólo oían los sonidos a su alrededor y Craig trataba de pensar en cómo arreglárselas para salir de allí.
—Tu amiguito, el rubio, es bastante interesante —comentó La Mole con su acento francés tras esos minutos de agonía.
—¿Hablas de Tweek?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque llegó al C.
—¿Qué?
—Hoy fue o va a ser puesto en el C.
Volvió el silencio.
Se imaginó al pequeño rubio siendo marcado con el timbre de fuego.
Al pensar en eso volvió a arder la carne viva y su estómago se revolvió. Se mareó y por poco aterriza de bruces en el suelo de cemento de no ser por sus propias manos.
Christophe le observó desde su esquina sin la mínima intención de ayudar. Parecía muy concentrado en lo que sea que tuviera entre sus dedos. Craig, en parte, agradeció su falta de empatía.
—Parece que va a ser un día duro. —Comentó el castaño, al aire.
—¿Por qué lo dices? —Preguntó el de la celda de al frente.
—Oí que hubo problemas en el B.
—Un imbécil quiso escapar. ¿Lo sabías, Topo?
—Sí. Pobre bastardo. Escuché que lo agujerearon.
—¿Sí? Yo escuché que lo tienen vivo abajo.
—De ser así, espero que lo hayan matado ya. —Dijo con su voz rasposa.
Craig permanecía callado, mirando la monótona interacción entre ambos reos, curioso.
—Hablando de matar, Mole…
—¿Sí?
—¿Qué vas a hacer con el chico?
—¿A qué te refieres con que "qué voy a hacer con él"? Dejarlo ser. Él a lo suyo, yo a lo mío.
—No tenías esa idea ayer, ¿verdad?
¿Ayer?
—Explícate. —Ordenó.
—Te vi leyendo la nómina anoche. Parecías conocerle. De hecho, parecía que querías matarlo —rio—. Pobre chico, no sabe lo que le espera.
Oh, claro que Craig lo hacía. Sabía muy bien y sus mil paranoias se sumaban al juego.
—Cállate.
—Hey, chico. Niño.
Craig no quiso responder. Su estómago aún daba vueltas y su cabeza también.
—Hey, ¿te comió la lengua el gato? Déjame verte, niño.
—Déjalo, Cotswolds.
El susodicho bufó.
—¿Estamos delicados, Topo? Si lo vamos a tener de adorno, al menos déjame hablar con él.
—No soy ningún adorno.
—Woah, ¡tiene agallas el chico!
Rieron.
Craig estaba molesto. Odiaba que se rieran a su costa y estaba harto de ello, pero también temía. Ellos estaban en ese edificio por alguna razón.
—Yo tendría más cuidado, Mark. El chico no es tan inocente como parece.
—¿Qué hizo? ¿Robó diez dólares?
—No, imbécil. Inició un tiroteo en su colegio. No fue mucho, pero lo suficiente.
—¿Qué?
¿Qué?
—Y mató a dos guardias a sangre fría ese mismo día con una pluma. ¿Puedes creer que este chico hizo eso? Yo no me metería con él.
—Tú te meterías con cualquiera, Topo... pero... ¿de verdad hizo eso?
—Los informes no mienten.
—Y tú eres el rey de los archivos.
—Vamos, pregúntaselo a él.
—Eh, ¿es cierto lo que dice Mole?
Craig sintió la mirada penetrante de De'Lorne y asintió. ¿Por qué estaba mintiendo por él? ¿Acaso iba a ayudarlo a ganar reputación? Quizás así lo dejarían en paz, después de todo, se encontraba en el salón de la fama de los criminales, mientras él era tan sólo un niño que jugaba a ser cool. Tenía quince. ¿Qué más podía hacer? O la pregunta era "¿qué habían hecho los demás?".
Volvió la sensación repugnante de la piel quemada e, inesperadamente, reapareció el asco propio y a todo lo relacionado con el francés que tenía cerca en la celda. No quería siquiera respirar el mismo pesado aire que él, pero, ¿qué podía hacer?
—¿Qué encontraste de Tweek?
¿Por qué le hablaba?
—Nada más aparte de lo que está escrito en las hojas.
—Da la casualidad de que no tengo las hojas. No son mías.
—¿Y de quién son? Espera. No me digas. ¿Son del marica del E? Ese... Scotch, Scott.
—Butters.
—Ese mismo. —Hizo memoria—. ¿Ese loco te envió? Le encanta preguntar por Tweak a esa perra.
—¿Hablas de Stotch, De' Lorne? —Se sumó una nueva voz a la conversación.
—Sí, tu ex compañerito de celda.
—¿Qué? ¿Era del A?
—Tucker, ¿no? —Preguntó y el aludido asintió—. Tu amiguito incendió su casa con su familia adentro.
¿¡!?
—Imposible.
—Aquí todo es posible.
—Estaba con este chico, Tweak, cuando sucedió. A ese le dejaron ir por su estado mental, pero Butters pagó con cadena perpetua en el A hace uh... siete años y, por buena conducta, empezó a retroceder por los edificios hasta llegar al E. ¿Gran historia, no? Los de su edificio no lo saben. Si lo supieran...
—¿Qué hay de Marsh?
—Princesa, te aseguro que no quieres pagar por esa información —Sonrió con sorna.
Craig apretó los dientes y dio media vuelta. Después de eso, siguió entablando conversación con los de las rejas de al frente. Descubrió que ahí, en esos brazos del A, no se abrían las celdas hasta el almuerzo y luego se volvían a cerrar. No tenían acceso al Área ni a recorrer los pasillos hasta el sábado, pero ahí pocos sabían qué día era o cuántas noches habían pasado.
Tenía tantas dudas que sólo La Mole podía responder..., pero no se arriesgaría a que la escaza y reducida dignidad que le quedaba se esfumara por estar confundido. Christophe le había quitado más que la virginidad de hombre y no tenía deseos de que eso continuara. Quería volver a casa. Sabía que no iba a volver.
Comprendió, además, que en un lugar como ese no se debía preguntar por el pasado de los convictos, como el hacía. Pero que se hablaba bastante de eso en el edificio A, exclusivamente en ese brazo, todo gracias a las habilidades de De'Lorne por conseguir información clasificada.
Aguardó el resto del tiempo hasta el almuerzo en silencio. No estaba seguro de querer ver a Butters, pero tampoco estaba seguro de no hacerlo. Quería compañía, nada más.
—¿Por qué miras las rejas así? ¿Quieres salir?
No respondió.
—No va a ser color y mariposas, niño. Estarás más seguro aquí.
—No finjas que te preocupa mi seguridad. Es asqueroso.
—¿Seguro? ¿Contigo? Topo, no mientas. Un ataque de ira más y este chico no volverá a ver la luz del día.
—Cállate, Cotswolds. O tú serás a quien mate.
—¿Oh? ¿Es una amenaza? —rio.
—Probablemente —sonrió.
—Dudo mucho que dures contra mi guardián.
—Eso tendremos que verlo.
Se largaron a reír, aunque Christophe parecía decirlo en serio. Y quizás lo hacía.
El silencio volvió a envolverlos y dieron la una. Tenían una sola hora para comer. Craig salió como la luz del edificio y fue interceptado por Stan en las escaleras.
—¿Cómo estás?
—Todo está bien, Marsh. Déjame en paz.
En realidad no quería que Stan se fuera. Tenía miedo. Se sentía relativamente seguro con él, incluso pensando en el pasado y en la posibilidad de que su antiguo amigo fuese un asesino.
—Vamos a comer —decidió.
Stan le siguió.
La comida estaba lejos de ser un manjar de dioses y mucho más lejos de tener algo que ver con Dios. Era más bien los restos de algo que nunca quiso tener buen sabor. Sintió náuseas. Habló con Stan sobre los tatuajes y sobre haber visto a Bebe. Stan conocía a Bebe sólo de nombre y vaya que la odiaba por ser protagonista de la narración de Craig.
Los pelinegros se vieron por primera vez cuando Tucker vivió en New Jersey. Compartieron colegio y clases poco antes de cumplir los diez. Fueron amigos cercanos junto al chico Broflovski, un pelirrojo nacido en la zona. Circunstancias de la vida los separaron, pero Stan se negó a aceptarlo. Perdieron contacto hasta entonces.
Ahora lo tenía frente a él, expectante, emanando un aura oscura, pero extrañamente cálida. Stan haría cualquier cosa (en lo posible) por el chico Tucker.
El almuerzo terminó. Cada uno se dirigió a su edificio sin querer saber a qué se enfrentarían ahora. Cotswolds le había explicado que ellos, el grupo que llegaba sin saber adónde iban, sufrirían las consecuencias de pertenecer a esta categoría en cualquier momento; pronto, le había dicho, muy pronto ya sabría a qué se refería. Mark no sabía que Craig formaba parte de esa fracción de jóvenes desamparados.
Craig podía sentir cómo el tiempo se le escapaba. ¿Por qué estaba ahí? No podía dejar de pensarlo. ¿Sus padres sabían? No lo creía posible…, pero tal vez, sólo tal vez… No. No podían saberlo. No podían ser tan desgraciados, ¿verdad? ¿Ruby sabría? No. ¿El asistente…? ¿El asistente no era de Denver? Quizás…
No tuvo entretención alguna salvo por presenciar una horrorosa pelea entre algunos de sus compañeros de pasillo. No era un espectáculo entretenido como tal, pero lograba distraer su mente. Oía cómo se golpeaban contra las rejas y estas temblaban y emitían ruidos secos por los barrotes. No supo evaluar si fue más brutal la pelea o la forma en que fueron separados por guardias armados.
—¿Tucker? —Le sorprendió una voz con un molesto acento extranjero.
Se dio cuenta de que se había quedado dormido y se encontraba en su cama.
¿Cómo…?
—¿Qué pasa?
—¿Quieres escapar?
—¿Escapar? ¿Estás loco? Es imposible.
—Sé que se ve imposible, pero yo sé cómo.
Tucker lo meditó.
—Entonces escapa tú solito.
Christophe bufó.
—De todas formas, ¿por qué escaparía con–? No. ¿Por qué te ayudaría?
—Mira, niño. Lo pasado fue solo un pago. No significa que debas temerme. No mientras me ayudes, al menos.
—Si me pones un dedo encima, arruinaré tu plan de escape.
El castaño parecía ofendido y bastante molesto por su respuesta, pero Craig, incluso tembloroso ante su reacción, no planeaba retractarse.
—Si te pongo un dedo encima, me encargaré de callarte para siempre.
Bien, eso sí era una amenaza. Pero tenía más miedo de la idea de escapar que de lo que fuera capaz De'Lorne.
—Vete a la mierda —finalizó Craig.
Era atrevido. Volvía su esencia Tucker.
El francés no respondió más. Era extraño. No se parecía en nada a la primera impresión que tuvo de él ni a todas las descripciones que había recibido de el francés.
No durmió bien esa noche. Se sumió en pesadillas con Ruby y El Topo. Y, al despertar, su mente vagó por los recuerdos con Stan.
A las seis de la mañana fue sacado de su celda y esposado. Fue el único. Eso levantó los murmullos en la zona.
—Topo, no me dijiste que Tucker era uno de ellos.
Se encogió de hombros y continuó enrollando y desenrollando un resorte con sus manos.
Craig no alcanzó a escuchar más, pues le hicieron avanzar. Caminó. Fue vendado y llevado a una sala blanca como el papel, impecable y con piso de baldosas con un fuerte olor a desinfectante.
Le pareció oír la voz de Pip.
—¿Ya lo viste? N-no puedo hacerlo.
—Sí puedes. Tenemos que ser fuertes. Queda poco ya, Pip, sólo… aguanta un poco más.
—Pero…
—Ya sabes lo que hay que hacer.
Sintió las frías manos del rubio en su rostro descubriendo sus ojos.
—Hola de nuevo, Craig.
—Ustedes lo sabían —Musitó apretando sus puños—. Sabían a dónde nos llevaban y no dijeron nada… Yo pensé que eran de los buenos. Pero veo que me equivoqué.
—¡N-no tuvimos opción, Craig!
—Oh, claro que la tuvieron. ¿Tanto costaba decir "hey, chicos, no van a rehabilitación"?— Con eso me hubiese conformado.
—Craig. —Era la voz de Gregory—. Tranquilízate.
El aludido respiró hondo.
—Nos equivocamos, lo sé. Pensamos que sería mej–
—No, no lo hicieron —cortó—. Y también le mintieron a Tweek sobre Butters.
Los ingleses escuchaban culpables mientras Craig se salía de control. El azabache no era conocido por su capacidad de mantener la calma, él era impulsivo y fácilmente irritable. Estaba enojado y sentía unos grandes deseos por golpear a cualquiera de los dos que se pusiera primero frente a él. Se sentía menospreciado y subestimado. Una mala combinación cuando se le suma a la frustración y el estrés.
—Craig, e-eso era por el bien de Tweek.
—¡Le dijeron que estaba muerto!
—No. Le dijimos que probablemente–
—Olvídalo.
Golpeó la mesa con todas sus fuerzas, cosa que asustó a los rubios.
—¡Craig, contrólate!
—¿¡Por qué estoy aquí!? ¿¡También tienen que ver con esto!?
—Craig, necesitamos que te sientes y trates de relajarte…
—¡No me voy a relajar!
Pip trató de acercarse tímidamente y le tomó el brazo.
—No me toques. —Dijo serio, quitando el brazo y golpeando al inglés en el acto.
Pip se alejó un par de pasos, confundido, y miró a Greg, quien ya hervía en ira.
—Greg, por favor, ¿puedes esperar afuera?
Craig sintonizó lo que ocurría y se hizo sonar el cuello. Un acto reflejo cuando se sentía atacado.
—¡Él se lo está buscando, Pip! ¡Tan solo míralo!
—B-basta, Greg. Vete. Quiero que te vayas ahora. Me puedo encargar de esto, confía en mí.
Gregory dudó y luego dio media vuelta, molesto y rechinando los dientes. Salió por la puerta y aguardó pegada a ella, escuchando lo que ocurría adentro.
—Craig, por favor, cálmate.
—¿Qué está pasando aquí?
—No puedo decirte. Tendrás que averiguarlo por tu cuenta, Craig.
—¿Podrías descubrir tu brazo?
Craig se sentó, aún en alerta y obedeció desganado.
Le tomó severos exámenes de sangre y pasó por varias máquinas que le hacían una revisión simple. Era como ir a tomarse un control médico.
Gregory volvió a entrar y, pacífico, ayudó a Pip con la toma de muestras. Luego ambos se retiraron despidiéndose y dándole ánimos. Tras ellos entraron un enfermero y una enfermera con varios utensilios en una bandeja de metal. El ambiente olía a alcohol y fierro.
No tuvo tiempo a reaccionar cuando le inyectaron una extraña sustancia en el cuello. No supo qué era, pero le dolió. Sentía cómo ardía en su carne y, poco a poco, su sentido se fue desvaneciendo.
...
Cuando despertó notó que estaba en una camilla extraña y al lado de varios otros jóvenes de diferentes edificios. La mayoría dormía aún, pero otros cuatro estaban despiertos, uno de ellos llorando. Se veía tan pequeño que a Craig se le encogió el corazón.
Miró hacia abajo y vio que sus manos estaban encadenadas y lucía una bata blanca. Perfecto. ¿Qué estaba ocurriendo? Estaba desorientado. Se sentía mareado, sentía sangre en su garganta, hormigueo en su cuello y su cabeza le martillaba.
—Hey, no te había visto, ¿eres nuevo?
—Sí.
—Soy Pete.
El chico tenía el cabello negro y rojizo desteñido, casi rozando el ceniza, llevaba los ojos rodeados de delineador esparcido por lágrimas y sudor. Jadeaba al hablar y lo hacía con un dejo afónico. Lucía cansado.
—Craig Tucker —saludó.
—¿Tucker? —dudó—. ¿Eres el hijo de Thomas y Laura?
Abrió los ojos sorprendido.
—¿Los conoces?
—Claro. Naciste en South Park, como todos nosotros.
—No, no, no. Soy de Minneapolis.
Pete mostró un extraño gesto curvando los labios que no se decidía entre una sonrisa o suspiro agotado.
—Michael conoció a tus padres. ¿Lo ves? Es el chico desmayado por allá. —Apuntó con sus dedos tiritones—. Él…, te conoció. Ha hablado de ti. Eras pequeño.
El mundo de Craig se remeció mientras escuchaba a Pete.
—Imposible.
—Craig… ¿No te han dicho nada? Los que nacimos en South Park terminamos aquí. Se las arreglan para traer de regreso a las familias que huyeron… Es… como un proyecto en el que colabora la cárcel. Nos traen de todas las edades antes de los veintiuno. ¿Sabes lo que nos está pasando?
—No.
—Déjame ver.
Se bajó a duras penas de su camilla y tomó la muñeca de Craig, donde danzaba con su hilo un papel.
—Te acaban de drogar y evaluar la reacción de tu cuerpo con la droga. Tienes suerte. ¿Primer día? —Levantó un poco su bata y dejó ver horribles cicatrices en su cuerpo—. Es un lugar duro. Y llevo tan solo dos años aquí.
—¿C-cómo…?
—Llegaron un día a mi casa con un asistente social. Dijeron que me había metido en líos y… que me quedaba poco para ir a rehabilitación. Yo sólo había causado un solo disturbio drogado, pero siempre fui tranquilo, ¿sabes? Pero después de eso decidimos, con mi grupo, rebelarnos e infringir la ley. Fue un error que aún pagamos. Henrietta está al lado, en la cárcel de mujeres… Lo último que supe de ella es que atraparon a su hermano menor golpeando a alguien y que ahora estaba en la mira…
Seguía estupefacto. Su ser iba alejándose cada vez más de su cuerpo y el mundo hasta que dejó de escuchar y la sala giró a su alrededor, siempre oyendo un pitido agudo en sus oídos. Sudaba. Todo estaba muy caliente a su alrededor. Cerró los ojos y colapsó.
Pete alcanzó a agarrar su cuerpo en el aire y lo empujó dentro de la camilla. Sus brazos no tenían fuerza y una gran herida en la cabeza le comenzaba a sangrar mezclándose con el tono rubio, aparte de eso, Craig no recordó nada más.
