Disclaimer: Los personajes que aparecen en la historia (sin contar a Ayzur, Royce y Sam) pertenecen a George R.R. Martin.

Aclaración: es posible que tenga una visión muy romántica y humana de los Bolton que se irá viendo. Si te empacha o disgusta te pido disculpas por adelantado, aunque en la variedad está el gusto :P


Capítulo 10: Blasón.

Ayzur vio como una chica salía corriendo de la habitación en la que se encontraba su padre. Salía riéndose y con sus ropajes mal colocados, el pelo enmarañado. Muchas chicas salían así de aquella habitación cuando su padre estaba dentro. Y ella lo había esperado en silencio sentada junto a la puerta, esperando a que saliera mientras numerosos hombres y mujeres iban de arriba para abajo en aquel amplio pasillo. Se dijo a sí misma que si aquella mujer ya había dejado a su padre no había ningún problema para que ella entrara a verlo. Abrió la pesada puerta sin pensárselo dos veces y encontró a su padre de espaldas, anudándose el calzón con el rostro serio. Vio que en su torso había numerosas cicatrices y se quedó muda al contemplar sangre sobre aquella cama tan lujosa.

-Padre, ¿estáis herido? – preguntó abriendo los ojos como platos. Su padre se giró al escucharla iluminado con la luz roja que producían las vidrieras de los ventanales de aquel lugar.

-Ay… - suspiró -. ¿No te había dicho que me esperaras fuera? Ayzur, cuando yo digo las cosas es para que las cumplas.

-Sí, padre – dijo bajando la mirada –. Lo siento.

-Bueno, no importa – le dijo con dulzura. Se acercó a la cama y quitó la sábana manchada de sangre –. Anda, siéntate mientras me visto – dio la mano a la niña para indicarla que se sentara. Lo hizo sin rechistar. Su padre comenzó a limpiarse con un trapo mojado el torso.

Ayzur sabía que su padre era el mejor del mundo, pero a veces hacía más caso a las chicas de la casa de su abuela que a ella misma. Muchas de las veces que iba a verla acababa o empezaba la jornada en alguna de las habitaciones de aquella casa con alguna de las muchachas del lugar. A penas, hablaba de él y cuando lo hacía era de alguna de sus misiones o de la aventura que había vivido el día anterior, pero nunca de cuando había sido niño. La niña si se preguntó si su padre había sido niño alguna vez, pero entonces algo llamó su atención como nunca antes lo había hecho.

-Papá – le reclamó un poco de atención.

-Dime – dijo mirándola con una sonrisa. Por lo menos ya se le había pasado el enfado.

-¿Por qué es un hombre rojo? – preguntó señalando el escudo olvidado en una esquinas de aquel cuarto junto con el resto de sus pertenencias.

-Pues… porque… está desollado – dijo terriblemente incomodo, como si no quisiera hablar con su hija de aquel dibujo.

-¿Y que es desollado? – preguntó con los ojos abiertos como platos. Siempre había sido una niña curiosa, pero su padre era muy reacio en ocasiones a hablar de sus cosas.

-Que le han quitado la piel – dijo mientras continuaba intentando que aquella conversación acabara lo más pronto posible –. Se la han arrancado.

-¿Quién le ha hecho eso? Es horrible – dijo con la mirada triste y confundida. Entonces el rostro de su padre mostró alivio, como si hubiese tenido miedo de algo que su hija pudiese sentir.

-En el norte… hay una casa, una familia… - mientras contaba aquella historia cogió su escudo y se sentó al lado de su hija – que hace muchos años desollaba a sus enemigos y vestía sus pieles como si fueran capas. Se llaman Bolton y viven al lado del río de lágrimas, y cuando yo era pequeño viví allí. Este es su blasón – dijo señalando aquel dibujo –. Es un hombre desollado porque era lo que hacían muchos años antes…

-Papá, la abuela dice que eres de una familia importante – dijo clavando su violácea mirada en él –. ¿Son tu familia?

-Sí, por eso tengo este escudo – contestó no queriendo contar nada más a su hija –. Desollar está mal, Ayzur, no lo olvides.

-No voy a desollar a nadie… - le increpó al comprobar que el tono de su padre se volvía cada vez más enfadado, como si la estuviera regañando – pero… tu familia lo hizo… ¿Sigue estando mal entonces?

-Por supuesto – sentenció mientras volvía a levantarse para terminar de arreglarse –. Hoy podríamos dar una vuelta por la ciudad, ¿te apetece?

La niña asintió en silencio. Aquella tarde su padre la montó sobre su caballo, dieron vueltas por la ciudad, y él no calló ni un solo momento. Le contó gran cantidad de cosas de sus viajes, pero ella sólo pudo quedarse callada, pensando en cómo sería aquella familia que tomaba por emblema tan terrorífico dibujo.


Su hijo se hizo una herida en el pulgar atando una de las cinchas de su caballo. "El momento que no pasa sobre Ayzur lo pasa sobre su caballo" pensó alterado Roose Bolton, aunque no sabía muy bien por qué. La muchacha se acercó a él y se llevó su dedo a la boca. Lamió la sangre y por ende su dedo con mucha sensualidad, clavando sus ojos en la mirada del joven. Éste cerró los ojos, poco le había faltado para soltar un gemidito. Sus labios se mancharon de sangre y sin saber muy bien por qué, Roose salió de las sombras de su portón para interrumpir a la joven pareja que se encontraba a las puertas de su fortaleza, quizás buscando un poco de intimidad. Aquello había sido una estupidez.

Su hijo se colocó sus guantes de monta y se subió a su caballo con velocidad: - Buenos días, padre – dijo sobre su caballo.

-Buenos días, mi señor – clavó su mirada en él. Volvía a reírse de su señor, aunque sólo él lo sabía.

-Buenos días – dijo lacónico.

-En fin, voy a dar un paseo - puso al trote a su animal y se alejó –, Hasta luego.

-¿Sigue enfadado? – preguntó a la muchacha que bajó la mirada.

-Se le pasará – limpió sus labios de la sangre su hijo –. Siempre se debate entre complacerme a mí y complaceros a vos, si no ni os pediría permiso para casarse conmigo, mi señor.

-Cierto – contempló como la muchacha volvía al interior de la fortaleza. Por un momento, al verla de espaldas se pasó por su mente tomarla allí mismo, tras haberla golpeado y escondido entre los matorrales, intentó quitarse aquel pensamiento de la cabeza –. Ayzur, deberíamos hablar del siguiente paso.

La muchacha lo miró con indiferencia, como si aquello no fuera con ella. Entonces vio sus labios de ramera llamándole, le apetecía besarlos como seguramente haría su hijo. Estaba… ¿Celoso? No, Roose Bolton no se ponía celosos por una furcia de pechos turgentes y caderas sugerentes, de mirada triste y felina a partes iguales… se imaginó que aquellas caderas se escapaban de sus manos marcando un ritmo frenético y extasiado… Basta, debía de pensar en su plan con mayor detenimiento y dejarse de aquellos pensamientos que no le conducían a nada, salvo a fracasar en sus intereses. "Sigue siendo tuya, aunque tu hijo se la folle, sigue siendo tuya" una voz se lo repitió varias veces en su cabeza y se tranquilizó.

-Es un buen Bolton, responderá si es necesario. Lo sé – sentenció –. Lo noté mientras me acariciaba, tras haber matado a un hombre, mi señor – sonrió buscando ponerle celoso. Definitivamente, aquella chiquilla necesitaba un correctivo… o demostrarle que era suya por derecho…

-Yo diré si es un buen Bolton o no – se acercó y la agarró el cuello -. ¿O acaso has olvidado que soy yo quien marca los tiempos en este plan?

-Jamás – sus manos acariciaron su torso y comenzaron a descender por el mismo. La soltó rápidamente, sabiendo perfectamente en donde podrían haber acabado aquellas manos. Si lo acariciaran en su hombría… no estaba muy seguro de si hubiese sido capaz de resistirse. Aquel día marcaba una tarde perfecta para las sanguijuelas.

– Ven, quiero enseñarte algo – con su débil voz, le ofreció el brazo para que se agarrara a él. Ella lo tomó con los ojos felinos y una sonrisa sugerente. Juntos caminaron por todo el patio de armas y descendieron hasta las mazmorras de Fuerte Terror. En silencio, pero, sin duda, a Ayzur se le veía muy complacida por ir del brazo de su tío. "Es como debería ser toda señora: una puta en la cama y una dama en público" pensó con una sonrisa lasciva. La muchacha se asustó al oír un grito de un prisionero y se abrazó con aún más fuerza al brazo de su tío, casi como si lo fuera a arrancar.

-Aún sigo siendo útil – dijo en un grito asustada, sin duda pensaba que la había llevado allí para morir.

-Lo sé, no voy a hacerte daño – susurró y la chica pareció tranquilizarse –. Este lugar forma parte de nuestro plan…

La chica lo miró temerosa, sus ojos eran un mar de dudas. Sólo reflejaban miedo. No quería estar allí.

-No comprendo cual es el siguiente paso… - dijo con voz trémula intentando recomponerse con su melena despeinada. Roose no pudo evitar pensar en lo hermosa que estaba en aquel momento, asustada y a su merced, quizás estaba hermosa por eso.

-A un Bolton desde que es pequeño se le enseña "Que un hombre desnudo tiene pocos secretos, uno desollado ninguno" – le sonrió al terminar de hablar –. Vamos.

La muchacha lo siguió arrastrando los pies, junto a él, con la respiración alterada… entraron en una estancia de las mazmorras. Justo antes de entrar, Roose cogió una antorcha para iluminar aquel terrorífico lugar.

No se filtraba ni un ápice de luz del exterior. El señor hubiera deseado trabajar a la luz del sol, pero aquello era un secreto y los secretos siempre se desarrollan en la oscuridad. Gracias al fuego iluminó aquel lugar: gruesa piedra y suelo terroso, pero en mitad de aquel amplio espacio había un potro de tortura con un joven atado al mismo. Con rapidez, fue encendiendo varias antorchas que se encontraban en las paredes para iluminar aquel sobrio aunque terrorífico espacio.

Cuando los ojos de Ayzur se acostumbraron a la penumbra, ésta se quedó sin respiración. Se llevó la mano al pecho, como si aquello la escandalizara: - Dioses míos… ¿Quién es? – preguntó en un susurró -. ¿Por qué le habéis hecho esto?

-Algunos hombres cazan… otros pasan horas en la taberna – agarró sus manos y como un loco enamorado, como un niño nervioso el día de su nombre… la llevó hasta el potro de tortura –. Un Bolton juega… un Bolton desuella… - la chica lo miró desolada para acabar bajando la mirada, sin duda algo se había roto dentro de ella – pero… para jugar a este juego hay que saber…

- ¿Va a perder los miembros? – lo preguntó aunque más era una afirmación. Las piernas ya lucían rojas, puro músculo sin piel. Ya putrefactas, dañaban más que beneficiaban a su propietario.

-Bueno… aún tiene los brazos – sonrió mientras se acercaba a una mesa con utensilios de tortura varios, aunque siempre cogía el mismo… siempre utilizaba aquel pequeñito cuchillo de desollar –, aunque por poco tiempo… - hizo una mueca con las cejas mientras se dirigía con aquella herramienta hacia la muchacha, que seguía contemplando aquel grotesco espectáculo.

La chica pegó un pequeño salto hacia atrás ahogando un grito, asustada, al escuchar y observar como aquel ser sufriente emitía sonidos, a pesar de que su cabeza estaba tapada por un saco. Roose la sonrió.

-Esto es lo que hace que nuestra familia sea nuestra familia – se acercó a ella y le habló con fingida decepción –. Pensaba que esto no te iba a asustar – pronunció con voz débil, escrutando su rostro –. En fin, para jugar a este juego hay que tener en cuenta una regla básica: nunca puede ser alguien a quien vayan a echar de menos, alguien a quien vayan a buscar, alguien que llame la atención… al menos en tus tierras.

Le quitó aquel saco y la muchacha cerró los ojos arrepentida. Era aquel joven mensajero, aquel muchacho que la había confundido con una señora. Tenía la mirada perdida, los ojos inyectados en sangre, los labios morados… a esas alturas ya sólo sufría y el señor disfrutaba considerablemente de su sufrimiento, nadie se lo podía ni imaginar.

-Ya le había olvidado, yo… - dijo en un susurro.

-Ten – le puso en un susurro aquel pequeño cuchillito, su pequeño tesoro en sus manos. Imaginársela así lo excitaba –. Quiero ver si haces honor al nombre de tu padre. Te voy a enseñar… - cogió su mano y junto acariciaron la piel de uno de los brazos que aún estaban intactos. Con los ojos perdidos aquel joven clavó como pudo su mirada en el lugar señalado –. Vamos a quitarle la piel del brazo derecho… juntos… - terminó susurrando en su oído. Casi pudo sentir como la muchacha se estremecía entre sus brazos.

-Yo no… - comenzó a decir con voz entrecortada, pero su tío la interrumpió.

-Este es el siguiente paso… hazlo… y reconsideraré tu posición… - entonces, sin previo aviso rozó sus labios con los de su sobrina, para acabar en un beso que sabía a sangre y a miedo. Ella sabía mejor de lo imaginado. Se quedó satisfecho al ver que su sobrina seguía siendo suya, todo en Fuerte Terror era suyo. Complacido por aquel beso, acto seguido se deleitó con los gritos de aquel muchacho mientras enseñaba a su sobrina la lección que ella debía repetirle a su hijo.


Espero que comentéis que os parece. Muchas Gracias por leer, Chiquibabies. ;)