N/A: Pues prometí que no lo dejaría, así que heme aquí después de no se cuantos años, aunque demasiados estoy segura.


La llegada de ella

El ligero movimiento de un cuerpo junto al suyo lo despegaron de esa inconsciencia a la que se estaba aferrando mientras la luz que se colaba por debajo de la puerta lo jalaba hacia el despertar. Estaba desorientado, sentía que había dormido durante mucho tiempo, tal vez años, y la poca sensibilidad de sus miembros y de todo lo demás reforzaban esa vaga idea que comenzaba a formarse en el fondo de su nulo y nublado pensamiento.

Los sentimientos y las sensaciones comenzaron a llegar, y tal como llegaban él las iba recibiendo, comenzando a percibir de nuevo el mundo en el que estaba, todo aquello que le rodeaba. Entonces abrió los ojos y añoró la despreocupación y el descanso que el dormir le proporcionaban, cual bebe añora la calidez, seguridad y comodidad del pecho de su madre.

A su lado, esparcidas armoniosamente en la almohada, se encontraban hebras rosadas que lucían sedosas y celestiales. Siguiendo con sus ojos lentamente los ondulantes caminos que esas extrañas hebras rosadas hacían, llegó a la fuente de donde emanaban.

Vio a una niña pequeña, hermosa, dormida justo a su lado, en medio de sus brazos, y la alegría lo embargó cuando, de una manera poco natural, recordó que ella era su hermana, que esa pequeña criatura que dormía plácidamente protegida por él, era el ser a quien más amaba y, que dichosamente, recibía ese mismo sentimiento de ella hacia él.

Ella respiraba suavemente. La contempló mientras esos asuntos pendientes regresaban desde el fondo de su mente donde él los había dejado antes de irse a dormir. Él ya no tenía que asistir a clases pero eso no significaba que ella tampoco. Ella seguiría su curso normal. Era él quien tenía que adaptarse a un nuevo ritmo, que de paso intuía sería un gran cambio en sus vidas.

Ese día no tenía por qué levantarse hasta poco antes de las 11 de la mañana, lo cual era bastante tarde para lo que él estaba acostumbrado. El problema era el horario de ella. Lamentablemente al no haber ventanas o algún otro medio hacia el exterior, Itachi tenía nula idea de que hora era, y su desorientación a causa del sueño tampoco le estaba ayudando.

Usualmente despertaba unos 5 minutos antes de que una de las monjas tocara la puerta para después aventar la ropa del día. Pero sintiéndose que había despertado tras años de sueño reparador, no estaba seguro de si se había despertado a la misma hora de todos los días, si había despertado aun siendo las 3 de la madrugada o si se habían quedado dormidos. Aunque claro, la última opción era poco creíble, más bien imposible. Claramente dejar a un par de niños dormir en su habitación sin seguir las reglas no estaba dentro de los planes de las monjas.

Itachi comenzó a dudar sobre lo que tenía que hacer. No sabía si debía volver adormir, siguiendo el presentimiento de que aun faltaban unas cuantas horas para que la vida en el orfanato comenzara de nuevo, o si tenía que mantenerse alerta para cuando la hermana llamara a la puerta. Por si acaso, y siguiendo ese gran sentimiento de responsabilidad que desde pequeño se le había inculcado, decidió permanecer despierto admirando esa creación frente a él, su querida y preciosa hermanita que respiraba tan quedamente. Tal vez Dios sí existía porque la existencia de su hermana no parecía de este mundo.

El tiempo, como bien se sabe, es relativo, y decir que el tiempo había pasado muy rápido o muy lento para Itachi sería hacer especulaciones sin sentido. Para él, admirarla era una eternidad contenida en unas cuantas milésimas de segundo, y tan solo viendo cada poro de su blanca, suave y nívea piel se sentía soñando de nuevo.

La ensoñación duró cuanto debía durar, para él era imposible decir si habían sido unos minutos o unas horas, pero el ruido comenzó a hacerse en el edificio. Las mujeres empezaban la rutina del día a día despertando a los niños uno a uno, habitación por habitación. No tardó mucho cuando Itachi pudo escuchar como las llaves eran metidas en la hendidura del picaporte y después la mujer abría sin reparos la puerta aventando la ropa, para volver a cerrarla con llave.

De pronto, se dio cuenta que la mañana era fresca y de que sentía una ligera inclinación por el invierno, pues era en esa época del año cuando tan deliciosamente compartía calor corporal con la angelical criatura que tenía como hermana. Esos roces entre sus cuerpos los sentía tan bien, no quería separarse de ella.

Itachi decidió que era momento de despertar a Sakura. La movía suavemente mientras le susurraba palabras de aliento con la voz más suave que podía hacer. Sintió como la respiración de Sakura se aceleraba un poco al despertar de la etapa de reposo en la que estaba, sus latidos también aumentaban su rapidez y fuerza, y poco a poco, tal como él mismo tiempo atrás, comenzó a abrir los ojos lentamente.

-Buenos días –saludó Itachi, aun utilizando ese tono de voz tan suave y bajo, intentando que el despertar fuera placentero. Parecía casi susurrar, pero ahí estaba el sonido de su voz y no solo del aire escapando de su boca. Despertar para él siempre había sido algo horrible, como un cubetazo de agua helada, así que se esforzaba por evitar que su pequeña se sintiera así cada que debía despertarla.

El resto de la mañana concurrió como todos los días, excepto que él no llevaba ninguna prisa. Su parsimonia y tranquilidad era tal que incluso logró acabarse el desayuno entero, y Sakura, tratando de imitarle como la niña que era, logró hacer lo mismo, aunque con mucho más esfuerzo que su hermano.

Entonces se decidió a llevarla al salón de clases como todos los días. La tenía tomada de la manita, pero esta vez con sus dedos entrelazados. Entre su mano, podía notar como la de ella era aun tan pequeñita y hasta un poco regordeta, pero extremadamente suave y tierna, y le daban ganas de presionar esos deditos entre sus labios y tal vez permitirse morderlos suavemente.

Últimamente, con tan poco tiempo juntos, ellos dos habían madurado. Las responsabilidades de cada uno, la manera en la que, dentro de ese pequeño mundo rodeado por maya de metal, habían formado su vida, aún con las limitaciones que tenían.

Le soltó la mano al llegar al salón. Él podía comprender perfectamente la sensación de una madre dejando por primera vez a su hijo en la escuela, la diferencia era que él sentía eso cada mañana y no importaba cuantas veces se había repetido desde la primera vez. Usualmente la gente se acostumbra a todo, pero él jamás se acostumbraría a soltarle la mano y alejarse de ella.

La observó mientras entraba al salón con esos pequeños pasitos, con ese desequilibrado andar de los niños. Como movía torpemente sus bracitos al sentarse en una banca que era demasiado alta para ella, y también para el resto de niños en esa aula. Sentada comenzó a hablar con su amiguita que se sentaba detrás de ella mientras alegremente columpiaba sus pequeños pies colgantes.

Itachi se vio absorbido en la dicha de saber que si él quería, podía quedarse ahí observándola hasta 5 minutos antes de las 11. Pero despertó al ver a la instructora, como las llamaba fríamente a todas demostrando ese nulo lazo que compartía con todas esas mujeres, entrando al salón. Sabía que si se quedaba ahí tarde o temprano robaría la atención de los niños y en especial de Sakura. Y aunque la educación fuera mala en ese lugar, seguía siendo importante que su hermana aprendiera la mayor cantidad posible de cosas. No como él, claro está, porque él no había aprendido de manera normal, pero sí que aprendiera tal como los estudios pedagógicos lo indicaban.

En aquellos años, cuando él era aún más joven y más estúpido, había encontrado en el aprendizaje el refugio necesario para sus temores e inseguridades que semejante cambio de vida le estaba dando. Descuidó un poco a Sakura –y que mal se sentía al recordar eso- y se concentró en aprender todo lo posible de cuanta fuente estuviera a su disposición.

Con obsesión había leído libro tras libro en la biblioteca sin descanso. Pasaba las horas ahí, enajenado entre letras impresas e ideas tal vez demasiado adelantadas para su tierna edad. Pero así la pasaba, así vivía.

Terminó aprendiendo demasiado, tanto, que al orfanato no le convenía, por lo tanto no le agradaba, y por lo tanto, como todo dogma, le prohibieron los demás conocimientos. A tan corta edad, se le había arrebatado la oportunidad de aprender más al ya no permitirle la entrada a la biblioteca, y las personas encargadas del lugar comenzaron a revisar los libros que tenían (porque ni idea tenían de los libros que algunas instituciones y particulares les habían donado), en busca de aquellos que pudieran contradecir lo que la biblia enseñaba.

Itachi los había visto, como repasaban cuidadosamente las páginas de cada libro, y como aquellos que no debían ser leídos terminaban en la sección de literatura prohibida. Le era, hasta cierto punto, doloroso ver como cohibían a los demás niños del conocimiento, como se les arrancaba la oportunidad de expandir sus horizontes y soñar más allá de lo que ya daban por hecho. Pero nada pudo hacer y desde ese día cada vez que necesitaba ir a la biblioteca, era vigilado y lo limitaban al uso de los libros que servían exclusivamente para sus deberes escolares.

Le entristecía tanto verse tan limitado. Le enfurecía que, con toda la intención del mundo, esa gente lo había obligado a quedarse estancado, en un basurero de intelecto, donde todo lo que había ahí ya lo sabía, y donde se sentía aburrido y desinteresado. Le arrebataron la habilidad de saciar su curiosidad y hambre de conocimiento.

Decidido se retiró del lugar en su pacífica manera de ser. El problema era que ahora tenía tiempo libre sin Sakura, y tiempo libre sin ella y sin libros no le parecían productivos ni gustaba de tenerlos.

Salió del edificio, la mañana seguía un tanto fresca y permanecer en la sombra le causaba escalofríos. Se fue a los columpios, tratando de mantenerse en una zona donde los rayos cálidos del sol le acariciaran el rostro y sus brazos. Se sentía libre, vacío y solo, pero de una extraña manera se sentía bien.

Así solo, tan frágil, tan melancólico, se veía hermoso. Era esa aura de soledad la que le hacía brillar de una tenue y extraña manera, una pequeña y muy difusa luz en medio de toda la oscuridad. Así lo pensaron un par de ojos que lo miraban desde la distancia: era solo un niño delgado y pálido, sufriendo en ese orfanato. Unos ojos a lo lejos lo miraban y notaban su soledad.

La brisa mecía las hojas de los arboles con suavidad, cual violín, haciendo música natural, relajante, gotas de agua de alguna manguera goteante en algún lado del basto patio que creaban una sinfonía, como si fueran un piano. Los pájaros conformaban el coro, y pensar en el coro era pensar en Sakura. Todo pensamiento, o terminaba en Sakura, o empezaba en Sakura… Sakura… Sakura…

Dejándose llevar por la natural pieza musical, Itachi se permitió a sí mismo soñar despierto e imaginar que sería de él dentro de unas cuantas horas. ¿Sería ella una monja también? Y si lo fuera, ¿sería amable? ¿Le quitaría todo el tiempo, le daría más tiempo, pasaría más tiempo con Sakura, o tendría que hacer milagros para estar con ella? ¿Cómo serían las clases, difíciles, aburridas, entretenidas, desafiantes?

Las dudas lo estaban consumiendo y fue gracias a esto que de su imaginación nació una imagen perfecta de él entrando a un salón. Lo primero que notó fue que en la habitación hacía demasiado frío, tanto, que alzo los hombros y comenzó a frotarse los brazos en un intento por generar calor mediante fricción. Pero nada parecía ayudar y él temblaba y su quijada tiritaba incontrolablemente.

El salón estaba casi vacío. Había unos cuantos niños más, pero no pasaban de cinco y todos estaban esparcidos por el salón, encogiéndose en sus propias bancas. Itachi hizo lo mismo y se sentó en una de las bancas que estaban en medio y frente del salón.

No había ventanas y toda fuente de luz, que era poca, era artificial, provenía del techo, de unas lámparas que colgaban precariamente, amenazando con caer, y de las esquinas de estas parecían haber pequeñas gotas congeladas de agua. En las esquinas del techo habían enormes telarañas. El pizarrón al frente era de gis, pero estaba todo sucio y se veía más blanco que verde. Las paredes eran tan aterrantes que parecían poseer ojos y mirarlos, amenazarlos, burlarse de ellos por estar ahí adentro. Todo era monocromáticamente gris.

Decir que tenía miedo era poco, Itachi estaba entrando en pánico en esa habitación encerrada, helada y solo. Aprender así no era algo que él quisiera hacer a pesar de lo mucho que le gustaba.

La puerta se abrió de una patada y una mujer alta y robusta, con una cara que parecía la de un perro endemoniado, entró. Pasó de largo sin mirar a ninguno y se sentó detrás del escritorio al frente del salón.

Traía en sus manos un libro enorme, parecía una enciclopedia. Se puso los lentes y sin más comenzó a hablar de algo que Itachi no logró entender. Hacía demasiado frio, no podía concentrarse, la mujer le daba miedo, el lugar le daba terror. La frustración de no poder entender a la mujer lo estaba consumiendo, empezó a tener síntomas de claustrofobia…

Algo tocó su hombro y se despabiló con un brinco de tan horrible ensoñación. Miró con las pupilas encogidas a la mujer que estaba frente a él, mirándolo con fastidio, y hasta parecía tener un ligero toque de diversión en sus ojos.

Maldita mujer. Malditos los nervios que ahora lo estaban carcomiendo. El fin del mundo al lado de Sakura era como un paseo al parque. Pero ahí no estaba Sakura. La mañana entera la había disfrutado, había estado tranquilo y calmado, sin estrés alguno por que estaba con ella. Ahora sin ella se daba cuenta de que en realidad estaba muriéndose de ansiedad. Su estómago comenzó a sentirse raro y de pronto sintió unas terribles arcadas.

Se encogió en su lugar, pero el llamado de la mujer lo interrumpió.

-¿Qué estás esperando? La profesora llegará pronto. ¡Anda, vamos! Tienes que estar puntual y dar una buena impresión –sentenció la mujer sin importarle el estado del niño en el suelo.

¿Se le podría declarar a esa mujer como una persona mala? Ella estaba esforzándose por complacer a la Madre Superiora y a la nueva profesora, trataba de darles la buena impresión que necesitaban, todo con la intención de que el lugar estuviera en mejores condiciones como lo quería la Madre Superiora, pero respecto a los niños, la verdad no le importaba mucho.

Pero cargar todo ese peso y responsabilidad sobre los hombros de un niño menudo no se sentía del todo bien. Y mucho menos que esto tuviera repercusiones en una niña tonta de tan sólo 8 años que no sabía vivir sin su hermano porque dependía totalmente de él.

Harta de esperarlo a que se levantara del columpio por sí solo, lo jaló del brazo hasta que él estuvo sobre sus dos piernas, y luego comenzó a caminar en dirección a la entrada del edificio, segura de que él la seguiría sin más demoras. Y así fue, Itachi, tratando de poner todo de lado, siguió a la mujer con la mejor cara seria que pudo poner, aunque las horribles nauseas siguieran ahí.

A pesar de lo mal que se sentía, del miedo que de pronto se apoderó él, de su estomago insistente en devolver el mal desayuno… ahí estaba él siguiéndola, siendo eficiente como todos esperaban que él lo fuera, aunque ellos no supieran ni tuvieran consideración por lo que él sentía. Le veían como una máquina, y en ese momento, como el medio de tener algo un poco mejor.

Estaba siendo demasiado para él. Él era egoísta, a él no le interesaba nadie excepto su hermana. Tanta presión lo estaba dejando en el suelo sin siquiera intentar. ¿Qué no lo entendían? Él no era una especie de héroe, a él no le interesaban los demás, sólo su hermana, sólo ella y él.

Lo dejó en un salón, estaba solo. Afortunadamente esta aula tenía una gran ventana por la que podía ver al exterior y por donde la luz de la alegre mañana se colaba. No había frío que congelara hasta los huesos, no había telarañas en las paredes del lugar, y ahí estaba la luz natural entrando por la ventana. El miedo que sintió lo fue dejando de lado, comenzando a pensar racionalmente y asegurándose una y otra vez que todo lo que había imaginado era sólo eso, imaginación. Al fin y al cabo sólo tenía que aprender y contestar un examen que después se le haría, y él era bueno en los exámenes y aprendiendo. ¿Cuál podría ser el problema? Una vez que estuviera todo terminado, resultara lo que resultara, estaría otra vez con Sakura. ¿Y si no ganaba? No se le podía culpar, Itachi era solo un niño. Si habían puesto todas sus expectativas en él, era problema de ellos, no de él.

No había relojes en el lugar y no tenía la mínima idea de que hora era, de cuanto faltaba para su llegada, si estaba ahí puntual, demasiado temprano o demasiado tarde. Pero decidió entretenerse oteando por la ventana. Se sentía aburrido y débil. Su momento de quiebre emocional le había costado bastante de su energía y ahora se sentía exhausto, con ganas de acostarse donde pudiera, probablemente en el suelo. Su cuerpo parecía exigírselo con urgencia, pues sentía que ya no podía ni sostenerse sentado.

En cuanto escuchó el ruido del picaporte siendo movido, su corazón se aceleró y no pudo evitar voltear en esa dirección con tanta rapidez que un calambre le vino al cuello. Era el estrés que había puesto rígidos los músculos de su cuerpo.

Por entre la ranura de la puerta observó como una joven mujer entraba al salón. Era blanca, alta por el uso de sus tacones, sus ojos eran como la miel y su cabello azul. Sus ropas eran negras, un traje de oficina de falda y saco, y una flor blanca de adorno sobre su cabeza.

Entró al salón sin si quiera mirarlo, caminó hacia el escritorio y dejó su bolso sobre este. Dirigió su mirada a la ventana, ignorando completamente a Itachi por un momento.

No aparentaba tener más de 25, lucía joven y bella y en sus fríos ojos se podía notar su inteligencia. Itachi sintió que tener clases con ella no estaría tan mal, pues la mujer no parecía de las que hablaban hasta por los codos de cosas no pertenecientes a las ciencias.

-Tu nombre. –sonó la voz de la mujer, en un timbre jovial y severo que le daban autoridad aun si ella no lo pretendía. Continuaba mirando por la ventana, como si quisiera evitar los ojos negros del niño.

-Itachi Uchiha –respondió. Le dio a su respuesta un tono neutral, relajado y serio.

La mujer usaba sombras azuladas sobre sus párpados, haciendo que el color miel de sus iris resaltara. Sus pestañas lucían largas y tupidas por el maquillaje. Su piel era tan blanca que sus labios, con ese tono coral y el maquillaje, brillaban carnosos. Su cabello era lacio, corto y le daba el porte de capaz, eficiente, y jovial, como si esa mujer fuese capaz de desempeñar sus tareas y hacerlas bien.

De un momento a otro, súbitamente, lo miró a los ojos directamente. Tan fijo que Itachi podía ver todo lo que esa mujer sentía en ese momento. Compasión, decisión, autoridad, duda, y un poco de confusión. Y de misma manera, él no sabía bien como sentirse al respecto.

-Mi nombre es Konan Yukata y de ahora en adelante seré tu profesora para el concurso de matemáticas –inició la mujer para luego seguir con un discurso breve y conciso.

El tono de voz con el que hablaba capturaba la atención de Itachi, el volumen que usaba era el justo para escucharla desde donde él estaba sentado, sin aturdirle ni tener problemas para entenderle, su lenguaje corporal acorde a su discurso. En pocas palabras la mujer explicó el plan de estudios, como serían las clases, los horarios y lo que esperaba de él. Explicó también como sería el concurso, dónde, cuándo y demás detalles.

Itachi se encontraba fascinado escuchando a esa mujer. Deseó que Sakura también tuviera clases con ella, y entonces la recordó. El semblante de Itachi se entristeció y no pasó desapercibido por Konan.

La había olvidado durante esos momentos. Estaba ensimismado viendo cada detalle de esa bella mujer, escuchando con toda su atención cada palabra que emanaba de su boca. Como sus labios y su lengua se movían. Ese pequeño orificio debajo de su labio inferior disimulado con maquillaje.

Se sintió culpable. ¿Qué hacía él mirando con tanto interés a otra persona que no fuera su hermana? Se había prometido a sí mismo mantenerse apartado, concentrado únicamente en lo absolutamente necesario para que lo dejaran en santa paz y volver a esos días tan felices con sólo Sakura y ninguna otra responsabilidad. Lo único que él quería era culminar con el pacto que habían hecho él y la Madre Superiora.

-¿Sucede algo? ¿No te sientes cómodo conmigo? –el rostro de ella se había contorsionado frunciendo el ceño pero su voz seguía siendo neutral. Quería mantener la distancia con el niño, pero su rostro triste y sus ojos reflejando desesperación la hicieron sentir algo raro en el interior. Sabía que el niño era especial en ciertos sentidos, y quería cumplir su trabajo tan bien como le fuera posible, sin embargo, si el niño y ella no se llevaban bien, no tenía caso que ella siguiera ahí. Además, haberlo visto tan solo en los columpios, y ahora con esa mirada de tristeza, realmente le estaba dando lástima.

Ella sabía lo que era no tener padres, así como también sabía lo que era preocuparse por sus compañeros, que para ella habían sido como hermanos, así como amarlos tal cual. Ahora estaban muertos, ella había logrado arreglar su vida y ahora la vivía cómodamente, pero los recuerdos seguían ahí atormentándola cada noche y, por Dios, como los extrañaba.

Y por supuesto que ella sabía de la vida de Itachi. Aún antes de conocerlo ya se sentía interesada por tan complicado jovencito, tan niño aún, tan inocente y tan condenado. Sentía como si justo enfrente de ella, ese pequeño niño era ella misma de niña, pasando por esas cosas que niños no deberían de conocer, pero que ella tuvo que. Se vio a si misma inundada en la tristeza y la desesperación.

Quiso abrazar a esa imagen de ella desamparada frente a sus ojos.

-No, nada –contestó Itachi.

Obviamente mentía, ella lo sabía, pero así como le preocupaba un poco, sabía que intentar acercarse tanto en ese primer día sería catastrófico y contraproducente. No quería espantarlo, cual conejito en el prado, con los pocos avances que ya había hecho ese día no deseaba retroceder ni tampoco quería presionar demasiado. Y probablemente no pareciera como ningún avance, pero él estaba respondiendo a sus preguntas y se notaba expectante y hasta curioso.

Itachi aún no se daba cuenta, pero esa mujer lo estaba leyendo como libro abierto. Poco después se enteraría de la facilidad con que ella sabía lo que sucedía dentro de su cabeza, con tan sólo mirar un poco a sus ojos. Sería la única persona capaz de comprenderlo de esa manera. Y no porque Sakura fuera una insensible o desinteresada, pero ella carecía de la madurez y experiencia que Konan ya poseía.

Konan se restringió a si misma. "Él no es tú" se dijo mentalmente. Y era cierto, él no era ella, y ella no era él. Sabía que si se entrometía tan sólo un poco más, él se cerraría y entonces sería imposible que volviera a abrirse.

Lo que siguió a continuación fueron unos cuantos exámenes que le aplicó a Itachi para evaluar el nivel de sus conocimientos. Podía ser un prodigio, pero su mente, hasta ese momento, estaba limitada por lo que el orfanato había querido hasta ese día. Pero desde ese día en adelante ella personalmente se encargaría de satisfacer la necesidad de conocimiento que quemaba dentro del pequeño y no habría nadie que la detuviera. Después de todo, ella tenía esa misma hambre de conocimiento, y empatizaba con el chico al respecto.

Y una vez más se regañó a si misma por pensar eso. ¿Pero era imposible, no? Una vez que había penetrado un poco dentro de la capa de indiferencia y frialdad que Itachi explayaba, y al verlo con esa expresión en la cara, encontraba en él un ser frágil, una reflexión de ella misma, a la cual deseaba ayudar.

Una vez aplicados los exámenes se dio cuenta de que a pesar de todo, el niño no estaba tan mal. Iba un tanto atrasado a comparación del resto de los niños que asistirían al concurso, pero estaba segura de que si él era tan inteligente como las monjas se lo habían dicho, no tendrían problema alcanzando a los demás en un corto periodo de tiempo.

La "clase" concluyó al atardecer. Itachi había logrado mantener su desesperación por ver a Sakura al mismo nivel que su fascinación y concentración por los temas y los discursos de ella.

-Creo que por hoy es suficiente. Al parecer tienes cosas importantes que hacer. Mañana nos veremos a las ocho en este mismo salón – sentenció ella al momento que le despegaba la mirada y comenzaba a guardar sus cosas dentro de su gran bolso negro de piel.

Itachi asintió y salió del lugar sin mucha prisa. Se sentía bien, satisfecho y tranquilo. Por fin aprendiendo cosas de nuevo, estimulado, interesado, comprometido.

Encontró a su criatura dentro de la habitación, acostada boca abajo en el suelo, soportando su peso en sus antebrazos, mordiendo un pequeño lápiz amarillo con una mirada absolutamente concentrada en el libro debajo de ella.

-¿Quieres que te ayude? –soltó él con un tono jovial y un poco burlón. Ella se veía extremadamente adorable mordiendo el lápiz con tanta concentración y él se encontraba de muy buen humor.

Ella gritó su nombre y corrió a abrazarlo. No lo había visto desde la mañana y sin duda lo extrañaba.

El resto del día pasó como cualquier otro. Itachi estaba enfocado en hacerla sentir bien y entre conversaciones y juegos se quedaron dormidos.

Durmió tan plácidamente que el pelinegro soñó árboles de plomo meciéndose y peces de metal y cromo nadando elegantemente en una blanca nada.

A la mañana siguiente, al dejar a Sakura, por primera vez no se sintió tan mal. No sintió la desesperación de abrazarla por la eternidad sino que se sentía ansioso por ir de nuevo a sus clases.

Conforme los días iban pasando Itachi se sentía cada vez emocionado de ir a las clases de Konan. Esa mujer era interesante, inteligente, podía responderle las preguntas que él tenía, resolver sus dudas, darle precisas opiniones y útiles consejos. Le gustaban su voz y la forma en que movía sus manos al explicarle algo, le gustaban sus letras y sus números escritos en el pizarrón. Tan emocionado se sentía de estar con ella que en vez de alargar el momento de dejar a Sakura en su salón, lo acortaba, caminando veloz aún si Sakura no podía seguirle bien el paso.

Y Sakura podía ser pequeña e ignorante, pero estaba notando como Itachi poco a poco estaba cambiando. Parecía enfocarse mucho en lo que tenía que hacer, y era normal de él, porque Sakura sabía que a él le gustaba hacer cosas y le gustaba hacerlas bien, pero esta vez era diferente. Parecía no tener tiempo ni espacio para ella, y ella no quería decírselo porque sabía que era el trabajo de su hermano. Pero comenzaba a sentirse sola y abandonada.

Estaban en el cuarto, esperando a que llegaran por ellos para ir a bañarse. Itachi estaba en el suelo boca abajo resolviendo unos problemas que venían en el libro delgado. Sakura estaba sentada en la cama, mirándolo. No es que quisiera ser egoísta, pensar en eso le resultaba doloroso porque ella no era así, pero ¿por qué no volteaba él y le regalaba una sonrisa como solía hacerlo? Antes de que empezara todo este asunto del concurso, no importaba que tan ocupado estuviera su hermano, siempre tenía tiempo suficiente para dedicarle una mirada, un gesto simple y simpático como una dulce sonrisa que derretía su corazón. Y ella no se daba cuenta, pero se sonrojaba y entonces un poco tímida le devolvía la sonrisa, sintiéndose dichosa de poder observarlo. Pero no últimamente. Él estaba totalmente absorto en sus libros, su mirada fija en ellos, sus atenciones en ellos, y no en ella.

Estaba ahí físicamente, pero su mente parecía estar más alejada de ella que nunca. Y sentía que no podía pedirle nada. Impotente, frustrada, apretó sus manitas con las sabanas arrugándose entre sus dedos. No lloró para no distraerlo, pero se moría de ganas por soltar sus lágrimas, hacerlo notar su dolor, hacerlo sentir culpable, y dejar que él la apapachara; pero no, ella no era egoísta y no iba a apartarlo de su trabajo. Esperaría pacientemente hasta que él terminara con todo, para volver a esos tiempos normales. De todos modos ella seguía teniendo clases de coro y le había hecho exactamente lo mismo que él le hacía ahora. ¿Con que derecho podía exigirle su atención?

A la semana siguiente Itachi se presentó un poco antes de las 8. La profesora, porque a ella no la veía de manera despectiva como para tan solo llamarla "instructora", aún no llegaba, pero él ya se sentía listo y expectante por la clase. Todo iba bien hasta el momento, estaban empezando ya con temas de cálculo integral.

Las matemáticas nunca habían sido de tanta importancia para él ni especiales en ningún sentido. Sí, les tomaba el interés como a cualquier otra materia pero hasta ese momento no había tenido ningún favoritismo. Pero ahora sí, y era claro que la razón de este favoritismo recién entraba por la puerta, dejando sus cosas sobre el escritorio.

Ella estaba esperando a que él terminara el ejercicio del pizarrón. Estaba realmente fascinada con él. Jamás en su vida había tenido un alumno tan disciplinado, responsable, trabajador, inteligente… Itachi era el alumno perfecto. Le prestaba atención y ella era feliz cuando sentía la mirada de él clavada en ella, tan concentrado prestando atención. Él era fantástico, le daba un poco de teoría, un par de ejemplos y con eso tenía él para resolver cuantos ejercicios le diera ella del tema.

Su desempeño de la semana pasada había sido excelente. Terminaron en pocos días lo que se veía en 1 año en secundaria. Era increíble.

En cambio para Itachi, aprender con ella era fenomenal. La profesora Konan estaba a kilómetros de distancia de las monjas que enseñaban ahí. Esas mujeres carecían de esa flama especial que Konan tenía para enseñar.

Mientras antes la educación había sido general y estrictamente disciplinaria, con poco enfoque en temas científicos y más bien sermones sobre la biblia, ahora experimentaba lo que era la educación como debía y resultaba ser algo totalmente diferente. La disciplina estricta funcionaba con el resto, porque era general, se aplicaba a todos sin considerarlos como individuos, pero él no se sentía bien, desde antes él se sentía diferente a los demás. Y no diferente con intenciones de hacerse el importante y el especial, sólo que se sentía diferente, raro, extraño, ajeno. Y en cambio Konan sabía aprovechar su potencial y habilidades para alzarlo. Lo sentía, sentía a Konan metiéndose en su ser para sacar lo mejor de él, lo exploraba profundamente y neutralizaba aquello que le impedía seguir adelante, sus miedos, sus frustraciones, sus dudas. Ella le brindaba verdadera comprensión y el regalo del conocimiento.

Konan era la luz de su intelecto, lo sacaba de las penumbras del desconcierto. Era un ángel de alas de papel que desprendía polvo de tiza al revolotear.

-¿Te encuentras bien? – sonó la voz de Konan y resaltó de entre sus pensamientos.

Se encontraba sorprendido y confundido. Había pensado de más, se había dejado llevar por esos pensamientos tan profundamente que no prestó atención a lo que ella había dicho. Miró el pizarrón y vio números y letras que por un instante le parecieron imposibles de entender. Luego la miró a ella con temor.

-Luces distraído, ¿quieres tomar un descanso? – Konan era seria pero amable. De vez en cuando le apetecía despejar su mente, y esa mujer se lo permitía. Entonces los dos miraban por la ventana, ella pensando en él, y él pensando en el concurso.

Itachi no le contestó. Realmente se sentía algo distraído, pero estaba distraído por esa mujer, por estar pensando en ella y en la forma en la que enseñaba. Quería ese descanso, quería levantarse de su asiento, salir afuera, recibir los rayos del sol directo en su cara y lastimando sus ojos por un instante, quería respirar el aire solitario del patio a esas horas.

Seguía sin contestar y Konan se preocupó.

¿Por qué no respondía? ¿Estaba Itachi por fin cerrándose como se le había advertido? Todo parecía ir bien, había logrado establecer ese lazo de proveedora y beneficiario, había logrado construir una buena base sólida en la que comenzaba a edificar. Entonces, ¿por qué él se quedaba callado y la miraba con temor? Intentó mirar sus ojos para descubrir lo que pasaba por la cabeza del niño, pero estos ya se hallaban escondidos tras su lacio y negro cabello.

No, no quería perder todo lo que había logrado, había sido mucho como para perderlo en un instante y sin siquiera entender por qué. Se aferró a no dejarlo, aun si sabía que estaba mal, aun si se lastimaba a ella misma en el proceso. Sentía ese miedo recorrerla de pies a cabeza. Se vio de nuevo a sí misma en él.

Comenzó a recordar a Nagato y Yahiko. Los momentos felices que había tenido con ellos, las veces que había corrido a su lado huyendo de alguien al robar comida, los días bajo la lluvia, mientras sin preocuparse por nada saltaban sobre los charcos de agua sucia en las calles. Nada importaba porque estaba con ellos. Recordó los momentos en los que se habían molestado, a veces ellos podían ser tan inmaduros y tercos que terminaban gritándose, pero después de una hora llorando se abrazaban y se pedían disculpas. ¿Dónde estarían sus cuerpos ahora?

Se sintió sola y melancólica. Miró a Itachi. Se veía tan frágil, como si un solo soplo lo desvaneciera.

El ambiente se convirtió en uno melancólico y deprimente, pesado, cualquiera lo sentiría de inmediato. Parecía faltar el oxígeno.

-Por hoy es suficiente – Konan ya no soportaba más, quería irse a su solitario departamento donde podría llorar abrazando la almohada. A veces era demasiado verse a sí misma reflejada tanto en él, y recordar a sus hermanos aún le dolía en demasía.

Itachi la miró aún más sorprendido. Pero sintió que ella lo necesitaba, algo se lo decía. Asintió con su cabeza y comenzó a recoger sus cosas. Konan las alistó rápidamente y salió sin mirarlo de nuevo.

Él se quedó solo en el salón. Por la ventana pudo ver como ella caminaba tan rápido que casi parecía que corría por el patio hacia la puerta.

Por fuera habían sido solo unos cuantos segundos. Solo unos instantes en los que ambos se quedaron callados y de pronto la clase acabó. Por la mente de ambos transcurrían muchas cosas, sus sentimientos se revolvían una y otra vez, por dentro eran un caos aunque por fuera hubiera parecido nada.

Ese era el problema con ellos dos. Introvertidos que se pasaban la vida pensando y pensando sin atreverse a preguntar, a expresarse, porque simplemente no podían, para ellos no se sentía bien, en especial para Itachi que la mayor parte del tiempo sentía que no podía dejar salir todo aquello que pasaba dentro de su ser. No, era demasiado doloroso todo lo que ocurría por dentro. Además, ¿para qué molestar a otros con sus problemas o arruinarles el ánimo con sus pensamientos y sentimientos? Y por sobre todo, ¿por qué querría el compartir algo tan íntimo con los demás quienes no eran importantes? Así que callado se quedaba, sin poder expresarse con Sakura, ni ahora con Konan. Itachi se sentía solo… estaba solo.

El resto del día Itachi estuvo pensativo, envuelto en esa aura de melancolía profunda de la que parecía que no podía despertar. Sakura, tan pequeña como ella era, tan inocente e inexperta, joven e infantil, no atinaba más que a sentir tristeza por su hermano, que lo veía sufrir, pero se veía incapaz de hacer algo. Durante horas había intentado animarlo de una u otra manera, cosas de niños, pero sus esfuerzos inútiles poco a poco agotaban con sus ganas y sus propias energías.

La noche llegó y juntos se acostaron en la cama, y sí, Sakura se sentía tranquila de tener a su hermano rodeándola, pero era solo su cuerpo el que estaba ahí, él no estaba ahí con ella, estaba tal vez en algún lugar muy lejos, tal vez muy dentro de sí mismo, y ella se durmió sintiéndose acompañada, pero muy sola.

A la mañana siguiente, lo que despertó a Itachi fue el ruido de la hermana abriendo la puerta y arrojando las cosas. Sintió sus ojos pegados y secos, y le dolían, los parpados le ardían, los labios los sentía extraños, como si una capa les cubriera, y su boca se sentía tan seca como un desierto, no sentía ninguna humedad en su boca ni en su garganta, el cuerpo le dolía, la cabeza le dolía. Itachi se sentía mal, pero no se sentía enfermo.

-¡Arriba niños, pronto se hará tarde!- fueron las palabras de la hermana que terminaron despertando al pelinegro. Sakura en cambio, con el ruido, se acercó aún más a Itachi, tratando de cubrirse de cualquier molestia externa.

Itachi se movió un poco para indicarle a la hermana que con eso era suficiente y que ya estaba despierto. La mujer, así como entró apresurada, salió.

Le pesaba todo a Itachi, por una vez en su vida quería quedarse en cama y lamentarse de sí mismo, no de sus difuntos padres, no de la vida que llevaban, no de sus estudios, no de Sakura… de nada excepto él, sentir lástima de sí mismo, victimizarse, sentirse miserable. ¿Acaso era un acto vil el querer concentrarse en sí mismo por una sola vez? ¿Y qué pasaba entonces con todo lo que había prometido, tanto a ella como a sí mismo, de estar ahí siempre para Sakura? ¿Acaso iba a permitir que su misma persona interfiriera entre él y su pequeña hermana? Por más extraño que sonara, ella era para él, y él era total y completamente para ella. Todo lo que ella quisiera, todo lo que ella necesitara, todo lo que ella le pidiera, su existencia estaba para satisfacer a la de Sakura, para estar ahí para ella cuando le necesitara o le quisiera, sin importar lo demás, sin importar el mundo, la sociedad, sus valores, las costumbres y tradiciones, las leyes, las normas, esa pequeña comunidad religiosa en la que se encontraban, Dios, su dignidad como hombre, o su dignidad como ser humano. Él estaba a la entera disposición de ella, y eso era lo que se había prometido. ¿Desde cuándo se había vuelto tan egoísta como para querer lamentarse de sí mismo y mandar todo lo demás al olvido? ¿Desde cuándo Sakura entraba en la categoría de "todo lo demás"? Más aun, ¿realmente iba a romper su promesa? ¿Y en todo esto, dónde quedaba Konan?

No, él no iba a romper su palabra, sus promesas eran eternas escritas en piedra y en metal, y su amor por Sakura era más fuerte que todo lo demás junto. Un nuevo aliento de esperanza llegó para iluminarlo, casi sintió la brisa imaginaria golpeándole gentilmente el rostro y moviéndole sus negros y lacios cabellos. Se enjuagó esas pequeñas lagrimitas que se habían juntado en sus hermosos ojos negros con sus delicadas y blancas manos, y sonrió.

-Sakura… Sakura, despierta ya pequeña, tenemos que vestirnos e ir a clases – pronunciaba con voz suave y alegre. Nada era más importante que ella, su pequeña y adorable hermana menor.

Se removió poco a poco entre las delgadas y desgastadas sabanas de la cama. Eran algo duras y rasposas, pero no se podía obtener nada mejor. No había dinero suficiente para comprar suavizantes para la ropa, o eso era lo que les decían a ellos.

Se apoyó en sus manitas y logró sentarse en la cama, sin soltar el apoyo porque era de lo único que se sostenía, y abrió los ojitos. Estos se encontraban hinchados, sus parpados un poco enrojecidos, su iris nublado de la inconciencia que aún se apegaba a ella, sus labios entreabiertos, y un pequeño hilo de saliva colgándole de la comisura de su boquita rosada, sus cabellos alborotados, y las marcas de las almohadas en su mejilla. Se veía adorable. ¿Cómo había podido permitir que él mismo se posicionara encima de Sakura en su escala de prioridades?

Itachi se levantó de la cama a recoger la ropa del suelo, sabía que ella lo observaba, así que le sonrío. Acto suficiente para Sakura, quien alegre se levantó de la cama, pisando el frio suelo con sus descalzos pies y se acercó hasta él para abrazarlo. Al soltarlo alzó sus brazos hacia la cabeza de su hermano, pidiéndole que se agachara hasta la altura de ella. Cuando lo hizo, Sakura pegó su frente a la de Itachi mientras lo sujetaba de los costados de la cabeza. Unas lagrimitas saladas resbalaron de sus ojitos cerrados mientras restregaba su nariz contra la de Itachi. Por fin, por fin ya no estaba sola. Itachi no lo resistió más, la sujeto de los cachetes, los apretó un poquito y beso dulcemente los labios expuestos de esa hermosa niña.

Se sentía en el cielo. Sus rosados labios suaves y carnosos se le antojaban como una jugosa fruta blandita para morder, casi lo hizo, pero se contuvo.

El resto de la mañana transcurrió tranquila y en calma. Itachi vistió a su hermana y a sí mismo, desayunaron algo que esta vez no era tan asqueroso, pero era desabrido. La dejó en su salón y el dolor volvió a él, aunque no tan intenso como antes, menguado.

No estaba seguro de si quería asistir a la clase de Konan, ¿pero cómo faltar si él era el único alumno? Además, ¿qué haría el solo durante tantas horas? Con pasos lentos de indecisión empezó a dirigirse hacia su propio salón, ese que tenía la gran ventana que daba al patio, el cual a esas horas se encontraba vacío, notándose así el césped maltratado y medio seco de esa zona donde los niños solían jugar por las tardes. Pensaba que era una ventaja tener esa ventana, le gustaba mirar hacia afuera de vez en cuando solo para despejar su mente por algunos cuantos segundos, antes de volver totalmente concentrado a su clase, y como a esas horas no había niños afuera, entonces no había distracciones, sino la simple calma y tranquilidad de la naturaleza.

Cuando llegó, faltaba pocos minutos para las ocho, pero Konan ya estaba ahí, mirándolo expectante. Ese día iba a ser diferente.


N/A: Ojalá les haya gustado. Estaré reconstruyendo poco a poco la historia, pero como siempre, paciencia por favor.